viernes, 15 de febrero de 2008

Domingo II de Cuaresma (A)

17-2-08 DOMINGO II CUARESMA (A)

Gn. 12, 1-4a; Slm. 32; 2 Tm. 1, 8b-10; Mt. 17, 1-9


Queridos hermanos:

EXAMEN DE CONCIENCIA
No quisiera que este examen de conciencia fuera una especie de losa sobre nosotros. No. La miseria humana, en cristiano, va siempre acompañada de la misericordia de Dios. Sólo a través de los ojos y del corazón de Dios el hombre puede y debe mirar sus propios pecados. El nos los descubre, y al mismo tiempo nos los perdona. Pero yo no puedo cambiar y caminar hacia Dios si no veo dónde estoy de verdad, y esto me lo hace ver Dios con su luz admirable y con la paz maravillosa que nos concede su perdón.
¿He sentido envidia hacia alguien por las cosas que tenía, por su carácter más simpático o por su saber más grande que el mío, por su físico; de tal manera que me alegraba de sus fallos o cuando las cosas le iban mal, y me entristecía cuando las cosas le salían bien? El sentimiento de la envidia en muchas ocasiones no es buscado por nosotros, pero es algo que surge en nuestro interior y nos da mucha vergüenza. En determinados momentos la envidia que sentimos es fruto de la tentación a fin de quitarnos la paz.
¿He sentido celos ante otras personas porque ellas son más valoradas que yo, más tenidas en cuenta que yo, más apreciadas que yo? ¿He sentido celos porque a los demás se les reconoce enseguida lo “poco” que hacen, y a mí no se me reconoce todo lo que hago (al cuidar a unos padres, al hacer las tareas de casa, en el lugar de trabajo…?
¿He hecho juicios en mi interior acerca de otras personas, desca­lificando las actuaciones de los otros, como si todo o casi todo lo de ellos fuese malo? El juicio interior supone ponerse en una posición de superioridad y desde ahí considerar como negativo lo que los demás dicen, hacen o dejan de decir y/o de hacer.
¿He murmurado contra alguien, bien iniciando yo la conver­sa­ción o siguiendo lo comenzado por otros? ¿He sacado los defec­tos de los demás a la luz pública? La murmuración presupone un juicio previo. El juicio queda en mi interior, mientras que la murmuración sale al exterior por la lengua. Lo malo o negativo que veo en los demás, ¿soy capaz de decírselo al interesado o interesada? La mayoría de las veces no, entonces ¿por qué lo digo?: ¿Porque me interesa de verdad esa persona y que mejore; por pasar el rato; por despecho; por quedar por listo o gracioso ante quien estoy murmurando? Si no soy capaz de decir lo negativo al interesado, entonces es mejor que me calle o en todo caso que se lo diga a Dios rezando por esa persona. Lo peor de la murmuración no es lo que decimos, que en muchas ocasiones es cierto, sino el “tonillo” con el que decimos esas cosas, es decir, no hay caridad. Y la verdad que no va acompañada de la caridad-amor, no es la verdad de Cristo. Yo no he descubierto nunca a Dios diciéndome las cosas, ni a mí ni a nadie, restregándolas por las narices. Dios me muestra las cosas, mi verdad, mis defectos, pero lo hace con tanto amor, que veo lo que me dice, lo acepto y mi amor hacia El crece más. Aprendamos a hacerlo así y, si no lo hacemos así, es que estamos murmurando.
¿He difamado, es decir, he dicho cosas negativas de los demás que son falsas, bien porque exagere lo que digo o porque no me cercioro y aseguro de la veracidad de lo que escucho sobre los otros y “alegremente” lo suelto sin más? CUANTO DAÑO HACE LA LENGUA, NUESTRA LENGUA. Ya leemos en la epístola del apóstol Santiago que “la lengua ningún hombre es capaz de domarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones”. “Todos faltamos a menudo, y si hay alguno que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su persona entera”.
¿Soy una persona mal hablada con frecuentes tacos, con blasfemias, con palabras soeces o hirientes (“cada día te pareces más a tu madre…”, “cállate, gorda…”); buscando siempre el insulto, el dejar mal a los otros, el decir la palabra graciosa, aunque sea a costa de los demás?
¿He mentido a alguna persona, a mi familia, en el trabajo para no quedar mal, por aprovecharme de otros, por venganza, etc.? ¿He dicho medias verdades por las mismas motivaciones? Cuando Jesús fue condenado a muerte por los judíos del Sanedrín, para ello utilizaron sus propias palabras. Le preguntaron si El era el Hijo de Dios y Jesús contestó que sí, que lo era. Y esto le ocasionó su muerte. Podía haber dicho una mentira piadosa. Total esa mentira piadosa le hubiera permitido vivir más años, curar a muchos enfermos, hacer muchos milagros, enseñar mejor a los apóstoles, asentar mejor la Iglesia que quería fundar, anunciar mejor el mensaje de Dios Padre. Pero no, El dijo siempre la verdad, aún a costa de ser muerto, aún a costa del fracaso de su misión entre nosotros. Y su verdad le llevó a la cruz, y esta cruz, fracaso entonces, es salvación para todos nosotros.
¿He sido impaciente con los demás y conmigo mismo? El impaciente es aquél que no tiene paz en su corazón y por eso “salta” con frecuencia. Estoy impaciente cuando no soy capaz de esperar con sosiego y tranquilidad que llegue el ascensor al que he llamado, a que el semáforo se ponga en verde, a que te atiendan en el médico, o que atienden en el supermercado a la persona que está por delante de mí. Estoy impaciente cuando no me pongo en el lugar de los otros y quiero que ellos hagan las cosas como yo las hago y en el tiempo en que yo las hago. No aguanto los fallos de los demás, pero los míos propios… tampoco.
¿He tenido ira, rabia, enfados hacia alguna persona (familiar, amigo, en el trabajo, etc.), y he manifestado esta ira externamente con expresiones hirientes o soeces, con voces, o incluso también en mi interior?
¿Tengo rencor hacia alguna persona, de tal modo que no hablo con esa persona, ni la perdono de ningún modo y, cuando la veo o surge una conversación sobre ella, siempre se nota mi inquina contra ella? ¿Llevo mi “agenda” de los agravios que me han hecho los demás y las fechas en que me las han hecho y ante quien me las han hecho? ¿Hay alguien a quién no salude ni tenga intención de hacerlo? ¿Soy una persona vengativa; las cosas que me han hecho las tengo bien guardadas y presentes, y ante la más pequeña oportuni­dad se las "restriego" en la cara o suelto mi "veneno" ante otras personas?
¿He tenido pereza para levantarme, para acostarme, para hacer los estudios, el trabajo, mis oraciones, asistencia a la Misa, etc.? Perezoso es aquel que hace las cosas que le gustan, y las que no, las va dejando siempre de lado: el cesto de la plancha, los azulejos, tareas en el trabajo, escribir cartas, visitar a personas, enfermos. Con frecuencia la pereza va asociada al egoísmo, pues saco tiempo para las cosas que me gustan y me interesan, pero las otras cosas quedan las más de las veces sin hacer o a medio hacer.
¿He perdido el tiempo? Tenía diversas cosas que hacer y las he ido dejando de lado para hacer lo que me gusta: ver la Tv, hablar por teléfono, leer una novela, dar la lengua con alguien… y mientras tanto las cosas sin hacer.
¿He tenido gula, es decir, me dominan las apetencias y los gustos por encima de mi voluntad: domina el dulce sobre mi voluntad, domina el alcohol sobre mi voluntad, domina el café sobre mi voluntad, domina el tabaco sobre mi voluntad…? Seguramente que en muchas ocasiones pensamos como el gallego: “perdono o mal que me fai, por o ben que me sabe”. Tengo gula cuando como entre horas por el simple hecho de picar, o como nada más de lo que me gusta, o no como jamás lo que no me gusta, o protesto por la comida, o como o bebo con ansia, etc.?
¿He sido egoísta en el trato con los demás preocupándome tan solo de lo que me venía bien a mí, pasando o dejando de lado las necesidades de los otros? ¿Soy de los que cojo el mando de la TV y no lo suelto en modo alguno, y todo el mundo tiene que ver el programa que a mí me gusta? ¿Al sentarme en el coche o en casa escojo el mejor puesto… sin pensar en los otros? ¿Pienso en los otros, en lo que les gusta a los otros, en lo que les viene bien a los otros, o nada más me veo a mí mismo y mis apetencias y mis necesidades?
¿He faltado a la pobreza cristiana con gastos superfluos en cosas que no son del todo necesarias (ropas, tabaco, cafés, revistas, consumiciones, CD, bisutería, viajes, etc.)? ¿Compro cosas baratas que no necesito o que ya poseo más que suficientemente? Al comprar pregunto a mi gusto, a los demás… ¿y a Dios? Porque El tendrá algo que decir, sobre todo si me confieso cristiano y deseo que su Voluntad se cumpla en mí. Un cristiano no puede caer en el consumismo igual que otra persona que le dé igual vivir en su Santa Voluntad o no. ¿Tengo codicia y ansío poseer cosas materiales? ¿Doy limos­nas a la Iglesia o a ONGs o a familias necesitadas (es bueno aquí comparar cuánto gasto para mí al mes y cuánto doy en limosnas para los demás al mes; se verá que la diferencia es mucha)? La limosna es lo que yo llamo el dinero de Dios. Es suyo y yo he de administrarlo según su Voluntad y no según mi capricho. El dinero de la limosna nunca puede quedarse en mi bolsillo. Si no lo doy yo directamente, entonces debo de buscar a organizaciones o personas que busquen donde entregarlo y que conocen mejor que yo diversas necesidades de otros hombres. ¿Tengo mi corazón pegado a cosas mías (coche, ropa, objetos), personas, opiniones, mi físico, etc.? Para entender la pobreza cristiana se ha de partir de que sólo Dios es nuestra riqueza, porque es lo totalmente Absoluto, lo demás es relativo (Mt. 10, 37).
¿He robado, es decir, me ha apropiado de cosas que no son mías? Me apropio de cosas que no son mías, robo, cuando en el hospital en el que trabajo cojo tiritas, esparadrapos, tijeras... y lo llevo para mi casa o para mis familiares. Robo cuando en el colegio donde trabajo cojo hojas, bolígrafos... y los llevo para mi casa. Robo en el trabajo llegando tarde y saliendo temprano. Robo en el trabajo al no pagar lo justo y debido a mis empleados y no reconocerles sus derechos. El hecho de que lo hagan los demás no quiere decir que está justificado que lo haga yo.
¿He sido desobediente en mi casa, con mi familia, con Dios, con la Iglesia, con mi director espiritual, con las normas de tráfico, con las cosas que me piden muchas veces por favor; y soy más bien de los que siempre hace lo que les da "la realísima gana"? La obediencia no es simplemente hacer sin más lo que me digan o me pidan, también hay que mirar el modo y las maneras en que lo hago. Por ejemplo, si realizo las cosas que se me piden pero con protestas, interiores o exteriores, entonces no estoy obedeciendo. Yo nunca he visto ni he leído que, cuando Dios Padre indicó a su Hijo que fura a la Cruz, por el perdón de los pecados de los hombres, Jesús obedeciera pero diciendo: “¡Vaya, hombre! ¡Siempre me toca a mí!” ¿A quién tengo que obedecer yo? Pues en primer lugar a Dios, a mis padres, a mis hijos, a mi marido, a mi mujer...
¿He faltado a la castidad con pensamientos, deseos, miradas, actos impuros (solo o acompañado); he respetado mi cuerpo y el de los demás por ser Templo del Espíritu de Dios, me he mantenido alejado de aquello que me tentara en este punto como TV, revis­tas, conversaciones, etc.?
¿He tenido el pecado de la vanidad de tal manera que estoy demasiado pendiente de mi aspecto físico, de la moda, y al final soy un esclavo de ello? Hay personas que son incapaces de salir desconjuntadas de casa o de no salir a la calle con prendas que no son de marca. Hay personas que visten o se acicalan de una determinada manera, pero no por convencimiento o gusto propio, sino por obtener el parabién de la gente con la que están.
¿He tenido soberbia al considerarme superior a otros, al considerarme inferior y esto me hacía sufrir, puesto que no me acepto tal y como soy? ¿Me ando siempre quejando de la sociedad, de los demás, de mí mismo? ¿"Engordo" cuando los demás hablan bien de mí, y me entretengo después pensando y "repensando" lo que se dijo bueno de mí? ¿Me enfada el que los demás hablen mal de mí, sea mentira o verdad, y "despo­trico" contra ellos y busco rápidamente el justificarme? ¿Me cuesta admitir mis errores? ¿Me cuesta pedir perdón? ¿Hago o dejo de hacer cosas, digo o dejo de decir cosas por el qué dirá la gente, de tal manera que soy un esclavo de lo que piensen los demás?
Veamos algunos de los frutos de la soberbia: En las relaciones con el prójimo, el amor propio y la soberbia nos hace susceptibles, inflexibles, impacientes, exagerados en la afirmación del propio yo y de los propios derechos, fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras. Nos deleita en hablar de las propias acciones, de las luces y experiencias interiores, de las dificultades, de los sufrimientos, aun sin necesidad de hacerlo. En las prácticas de piedad nos complace en mirar a los demás, observarlos y juzgarlos; nos inclinamos a compararnos y a creernos mejor que ellos, a verles defectos solamente y negarles las buenas cualidades, a atribuirles deseos e intenciones poco nobles, llegando incluso a desearles el mal. El amor propio y la soberbia hacen que nos sintamos ofendidos cuando somos humillados, insultados o postergados, o no nos vemos considerados, estimados y obsequiados como esperábamos.
¿He faltado en el amor al prójimo hacia los enfermos, ancia­nos, familiares, marginados, etc.? ¿Tengo verdadera preocupación por las necesidades materiales, morales y espirituales de las personas que me rodean, de la gente que vive en Asturias, en España, en Europa, en el mundo? ¿Considero a las demás personas como hermanos míos al ser hijos todos del mismo Padre?
¿He tenido falta de confianza en Dios buscando yo siempre el encontrar solución a todo y rápida; y cuando no salía tal y como era mi deseo me enfadaba con Dios o me descorazonaba con El? No tengo confianza en Dios cuando las cosas positivas o negativas que me suceden me afectan sobremanera. No quiere decir con esto que tengamos que ser insensibles a las circunstancias que acontecen a nuestro alrededor, pero sí es cierto que nuestra seguridad total está en Dios y no tanto en que las cosas me salgan bien o mal.
¿He dejado mis oraciones de lado, o las he hecho con rutina y sequedad? ¿He sido fiel a lo que el Señor me iba mostrando o pidiendo en ellas?
¿He faltado a la Misa de los domingos, o he asistido a ella con rutina, falta de fervor, de mala gana y distracciones?
¿He realizado alguna lectura espiritual para alimentar mi ser y abrirme a otras experiencias y a otros horizontes que puedan acercarme más a Dios?
Se podían sacar muchas más cosas, pero de momento yo creo que con esto vale para tener una guía más o menos exhaustiva.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Después de leer el primer párrafo de tu homilía, me vino a la mente una consideración de un libro de un jesuíta MARKO IVÁN RUPNIK (año 2002 ) que, en su página 79, dice:"...Al comienzo se recoge la mirada del Señor y con ella se examina la jornada.-Siempre se hace así, y nunca al contrario.-Hacer lo contrario, contemplar la jornada y ver lo que hay de Dios en ella, es muy problemático, porque podemos caer en ilusiones, racionalizaciones, egolatría", etc.-Por ello deduzco que como en la Oración normal hay que ponerse en presencia de Dios, llegar a la SERENIDAD INTERNA y seguir el examen.--José Ramón

Anónimo dijo...

Me gusta la primera parte de la homilía, porque puedo dar testimonio de que es cierto que, cuando Dios te muestra tus pecados, lo hace con exquisita delicadeza. No lo hace para echártelos en cara, más bien para liberarte, y poder sentir la alegría de verte libre de un gran peso que te impide caminar.
¿Sabes? Ya no me horrorizan mis pecados, los reconozco, y le ruego al Señor que los cure, sé que cuento con su apoyo incondicional.
Tras lo que viví en estos ejercicios espirituales, es como si me hubiesen quitado una losa de encima, estoy más ligera y segura; la misericordia de Dios es eterna.
Cuando regresé, comenzaba a caer en la tentación de luchar a toda costa contra ese pecado que el Señor en su gran misericordia me mostró; mas enseguida me di cuenta de que así no conseguría nada, sólo cansarme y desanimarme. Parece que el Espíritu Santo me mostró otro camino: orar, orar mucho, y rogarle al Señor que cada día pueda amarle mas y mas, si me concede estra gracia (que yo creo que sí) lo demás vendrá por añadidura. Por supuesto le pido con insistencia que me conceda una profunda y auténtica humildad.
!Cuantas gracias le doy al Señor por todo esto! no tienes ni idea de lo agradecida que le estoy.
Hoy venía de casa de N.,y pensaba por el camino: Que bueno eres Señor, que no has permitido que se emponzoñara mi herida, mas bién compruebo que va sanando limpiamente, y esto te produce una tremenda paz.

Anónimo dijo...

El Exámen de Conciencia que propone D. Andrés, me hace empequeñecerme de forma extrema,y de ver lo débil que sigo siendo, a pesar de los buenos propósitos para cambiar esta situación.
Yo contestaría con un " siiiii " a casi todas sus preguntas, o a todas, porque como veíamos en la homilía del Domingo pasado, el diablo tiene la habilidad de convertir en " casi pasable ", lo que es realmente un pecado a todas luces. Así que yo me pongo un " siii " en todo, y probablemente me quedo a mitad de camino.
¿ Podrá el Señor hacer conmigo borrón y cuenta nueva ? Solo me resta acorgerme a su Misericordia infinita y a su amor de Padre.
Con este planteamiento parece todo muy fácil, El siempre te va a perdonar, el problema que veo es que el tiempo de Dios es diferente al nuestro, El está " siempre " y nosotros " temporalmente ", de manera que si yo no rectifico mi camino "hoy", y le ofrezco al Señor mi sincero arrepentimiento, " mañana ", puede ser tarde, porque sencillamente hay posibilidades de que por mi temporalidad, ya no esté aquí, y obviamente el pedir perdón ya se me habrá acabado, solo habrá juicio somero por mis actos.
Escojo pues, el arrepentimiento sincero del " hoy ", y pongo en manos del Señor y de su Bondad mi vida.
Cada mañana cuando me levanto, suelo decirle al Señor:
Señor que todo lo que haga en el día de hoy, te agrade, sea bueno para mi prójimo, para mi familia y para mí, y si es posible, que te haga sonreir. Cuando termina el día, puedo percibir, si con mis actos hice sonreir a Dios, y pueden creerme no es nada fácil, porque al menos yo, lo logro en contadas ocasiones.
Gracias D. Andrés por " remover " mi conciencia y hacerme ver, la grandeza de la Misericordia de Dios, y la poquita cosa que soy yo.
Un abrazo para los hermanos del blog.

Anónimo dijo...

Estas palabras del comienzo de la homilía, se hicieron vida en mi ayer, en la jornada en que el Arcipreztazgo de Gijón peregrinó a la Catedral a ganar el Jubileo:"La miseria humana, en cristiano, va siempre acompañada de la misericordia de Dios. Sólo a través de los ojos y del corazón de Dios el hombre puede y debe mirar sus propios pecados. El nos los descubre, y al mismo tiempo nos los perdona." Sentí esa gratuidad y Misericordia del Señor para conmigo através de su Iglesia al convocarnos a la Conversión desde este Año Santo y Sinodal celebrado en Asturias.Y digo -sentí- porque así fue, aunque si no lo hubiese sentido hubiese sido igual mi certeza- por Fe- de estar recibiendo la gracia y la bendición de la Victoria que desde la Cruz nos consiguió el Señor Jesús; bendición que se hizo patente siendo impartida por D. Carlos con la Cruz de la Victoria allí presente en la Catedral.
Como él dijo: -La Iglesia está en marcha..- Allí estaba visible en una buena representación de todos los gijoneses. Me llenó de Esperanza este acto comunitario, porque..¡cuán necesario es vivir la Fe en comunidad!! Allí el Señor nos va formando como miembros de su Cuerpo, allí le conocemos en lo que va haciendo y deshaciendo en nuestros hermanos de camino, allí-en comunidad- nuestra Fe sale fortalecida-.
¿y qué tiene que ver esto con el examen de conciencia? pues que en ese perdón "plenario" concedido por la indulgencia, queda cubierta nuestra miseria por Su Misericordia(bondad gratuita que ni merecemos ni comprendemos), a pesar de nuestra gran lista de pecados; aunque el ganar la Indulgencia requiera el confesarlos.Si recuerdo en una ocasión hablando sobre el tema de las Indulgencias, que nuestro Director Espiritual expresaba que esta Indulgencia Plenaria requería un "rechazo total al pecado",por lo que era algo muy dificil de conseguir para nuestra pobre humanidad pecadora. Creo que, intentando formarnos una recta conciencia y viviendo en la actitud de agradar y dar Gloria a Dios, podremos contemplar como nos narra el evangelio de hoy,la Gloria que nuestro Dios nos regala en la Iglesia en este Año Santo y Sinodal a Asturias.
Hasta ese último momento de nuestra vida terrena en el que le imploraremos Su Misericordia y sea nuestra oración:"en tus manos Padre encomiendo mi espíritu", vivamos la Victoria sobre el pecado, que Cristo nos ganó en la Cruz para resucitar con Él.
Con mi cariño y unidos en oración,Pepitina

Any dijo...

Que seria de nosotros sin la misericordia de Dios ¡¡¡ Con este examen de conciencia me sentido una persona muy pequeña ante los ojos de Dios ¡¡¡lo he escuchado ..lo he leido .. y me ha ayudado mucho a ver cuantas cosas durante el dia hago mal y cuantas veces uno se va del camino verdadero¡¡¡ Nadie dijo que seguir a Jesus era facil¡¡ pero si vale la pena... Mi amada abuela siempre me decia que antes de dormir y decir las oraciones cerrara los ojos y pensara en el dia ¡¡ en cuantas cosas habia hecho mal y cuantas habia hecho bien ... y con todo el corazon pidera a Dios su perdon y sobre toda la fuerzas para mejor... para ello le pidera su Luz .. asi no perderia el camino ¡¡ Hoy a las 52 añitos lo sigo haciendo ¡¡ Vuelov a decir no es facil pero la paz que nos brinda Jesus ¡¡ bien vale la pena..
Gracias amigos Gracias Andres por compartir este examen ¡¡¡ y con la luz de Cristo seremos mejores personas .... Un abrazo Que Dios os bendiga"

Anónimo dijo...

Estimado Don Andrés y demás hermanos:

Vivimos unos tiempos en los que el pecado practicamente "ha desaparecido", el ateísmo de esta sociedad nos conduce con facilidad a esta situación.

Estos aspectos que nos ha citado Don Andrés en la homilía, nos recuerdan que para hacer un examen de conciencia bien fácil, podemos recurrir a los Mandamientos y a los 7 pecados capitales.

Que nuestra conciencia no se acomode a estos tiempos y sus influencias.

José Manuel

Anónimo dijo...

Cuando preparo mi confesión, cuando me encuentro ante un examen de conciencia, siempre me viene al recuerdo "te basta mi Gracia". 2 Cor 12, 7-9.

Pablo pide ¡¡3 veces!! al Señor que le aparte un aguijón de Satanás, y otras tantas el Señor le dice "te basta mi gracia".

También yo le pediría al Señor me libere de algun pecado reincidente, pero no me atrevo. Intuyo que es ahí donde el Señor me está recreando de nuevo: en la humildad, en mi aceptación, en la fuerza de su gracia.

Además así me abre el corazón hacia los hermanos, !!quién soy yo para acusarlos!!

Me alegra ser pecadora. Sí, suena fuerte. Pero donde abunda el pecado, sobreabunda la Gracia. Sólo un corazón al que se ha perdonado mucho, puede amar mucho. Esa es mi esperanza.

Anónimo dijo...

Yo he asumido por fin que el pecado me acompañará todos los días de mi vida. Lucho contra él pero sé que no le venceré. Asi que sólo me queda aprovechar la oportunidad que me brinda para acercarme mas a Dios y suplicarle Su Ayuda, Su perdón, Su Amor.
...feliz la culpa que mereció tal Redentor...

Anónimo dijo...

Querida/o anónima/o del
17 de febrero de 2008 20:22, qué palabras tan esperanzadoras las que nos recuerdas de San Pablo y el Señor:"Mi Gracia te basta." Será mi oración de esta noche y en la que os tendré muy presente a todos los del Blog.
Gracias.
un abrazo, Pepitina

pd. no quiero ir de anónimo, pero no sé donde escribir al no ser de Google..