miércoles, 13 de junio de 2018

Domingo XI Tiempo Ordinario (B)


17-6-2018                              DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            - Nuestra época, nuestro tiempo es propicio al pesimismo en todos los niveles, ya que los problemas nos abruman: ¿Qué pasará con lo de Cataluña? ¿Qué hará este nuevo gobierno? ¿Putin, Trump, Siria, Corea del Norte, falta de expectativa laboral para tantos jóvenes y para tantas familias, situaciones familiares muy problemáticas…?
            Y este pesimismo que nos rodea a nivel político, social, familiar y personal también se contagia, con frecuencia, en la Iglesia, en los cristianos: Son pocos los que vienen a Misa, casi ningún joven; no surgen vocaciones de sacerdotes o religiosas; parece que va a desaparecer la fe católica; etc. Además, si miramos para nosotros mismos vemos muchas veces que estamos muy lejos de Dios, que no cumplimos como debiéramos, rezamos porque sí, hay pecados y defectos que los tenemos durante años y no somos capaz de superarlos. A veces dudamos si existirá Dios (¿por qué no se nos muestra con gran poder, y que haga milagros y así todos creerían en Él?). Otras veces dudamos si habrá algo más allá, si no habrán sido los curas los que han inventado todo este entramado.
            También los primeros discípulos tenían sus dudas: 1) Se habían juntado a Jesús para medrar (Santiago-Juan, los cuales querían estar al lado de Jesús, pero… en su trono; Pedro, que no quería que Jesús muriese, ya que si moría Él, entonces todos los proyectos de Pedro se derrumbarían y, por eso Jesús tuvo que decirle aquello de ‘apártate de mí, Satanás. Tú piensas como los hombres y no como Dios’); 2) para lograr su revolución sangrienta (como Santiago el Menor: zelotes); 3) pero los discípulos fueron viendo que nada de sus anhelos llegaba, sino que cada vez estaban más lejos; 4) los familiares tomaron a Jesús por loco; 5) los fariseos dijeron que Jesús era Satanás; 6) luego Jesús dijo que había que comer su carne y beber su sangre; 7) y que iba a morir. Entonces, ¿dónde estaba el Reino de Dios, en qué se notaba que había comenzado, dónde estaban sus fronteras, su bandera, su ejército, sus ministros?
            Muchos de los seguidores de Jesús tenían sus propias pretensiones, que no eran las mismas que las de Dios: buscaban sólo saciarse de pan, o curarse de sus enfermedades, o ver un espectáculo a base de milagros. En aquellos tiempos había muy pocos que siguieran de verdad a Jesús. También hoy hay poca gente que crea en Jesús de verdad y que intente cumplir de verdad su mensaje.
            - Jesús nos dice en el evangelio de hoy que el Reino de Dios es algo muy pequeño. Su crecimiento es obra de Dios. Este crecimiento sucede, como en las semillas que se plantan en los campos, también de noche, sin que sepamos cómo. Tenemos que continuar sin verlo, guiados por la fe, como se nos dice en la segunda lectura.
            Hemos de ver el Reino de Dios, no en grandes cosas, sino en pequeñas cosas (Jesús no nace en palacio de Herodes, sino en cuadra; a Jesús sólo lo reconocieron los Reyes Magos y unos pastores ignorantes, pero no los poderosos ni los sabios de Israel). El Reino de Dios está en la alegría que Jesús me da para vivir, para creer; en los hombres y mujeres que, sin grandes aspavientos, fueron fieles a Dios a lo largo de la historia; en cualquiera de noso­tros que abandona su pereza y su egoísmo, y realiza un acto de servicio a los demás.
            El Reino crece en nosotros, no ahoguemos su semilla. Tengamos paciencia. Esta historia, que narro a continuación ilustra muy bien la idea que Dios desea transmitirnos. Se titula esta historia así:
ORACIÓN DE UNA TAZA. ‘AGUANTA UN POCO MAS’
“Se cuenta que en Inglaterra había una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Al entrar en una de ellas se quedaron prendados de una hermosa tacita. ‘¿Me permite ver esa taza?’ preguntó la señora, ‘¡nunca he visto nada tan fino!’
En las manos de la señora, la taza comenzó a contar su historia: ‘Usted debe saber que yo no siempre he sido la taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo era solo un poco de barro. Pero un artesano me tomó entre sus manos y me fue dando forma. Llegó el momento en que me desesperé y le grité: ¡Por favor... ya déjeme en paz! Pero mi amo sólo me sonrió y me dijo: «Aguanta un poco más, todavía no es tiempo»
Después me puso en un horno. ¡Nunca había sentido tanto calor! Toqué a la puerta del horno y a través de la ventanilla pude leer los labios de mi amo que me decían: «Aguanta un poco más, todavía no es tiempo».
Cuando al fin abrió la puerta, mi artesano me puso en un estante. Pero, apenas me había refrescado, me comenzó a raspar, a lijar. No se cómo no acabó conmigo. Me daba vueltas, me miraba de arriba a abajo. Por último me aplicó meticulosamente varias pinturas. Sentía que me ahogaba.  Por favor déjame en paz, le gritaba a mi artesano; pero él sólo me decía: «Aguanta un poco más, todavía no es tiempo».
Al fin, cuando pensé que había terminado aquello, me metió en otro horno, mucho más caliente que el primero. Ahora si pensé que terminaba con mi vida. Le rogué y le imploré a mi artesano que me respetara, que me sacara, que si se había vuelto loco. Grité, lloré; pero mi artesano sólo me decía: «Aguanta un poco más, todavía no es tiempo».
Me pregunté entonces si había esperanza. Si lograría sobrevivir aquellos tratos y abandonos. Pero por alguna razón aguanté todo aquello. Fue entonces que se abrió la puerta y mi artesano me tomó cariñosamente y me llevó a un lugar muy diferente. Era precioso. Allí todas las tazas eran maravillosas, verdaderas obras de arte, resplandecían como sólo ocurre en los sueños. No pasó mucho tiempo cuando descubrí que estaba en una fina tienda y ante mi había un espejo. Una de esas maravillas era yo. ¡No podía creerlo! ¡Ésa no podía ser yo!
Mi artesano entonces me dijo: «Yo sé que sufriste al ser moldeada por mis manos, mira tu hermosa figura. Sé que pasaste terribles calores, pero ahora observa tu sólida consistencia, sé que sufriste con las raspadas y pulidas, pero mira ahora la finura de tu presencia.  Y la pintura te provocaba nauseas, pero contempla ahora tu hermosura. Y, ¿si te hubiera dejado como estabas? ¡Ahora eres una obra terminada! ¡Lo que imaginé cuando te comencé a formar!»
Querido hermano que lees. Tú eres una tacita en las manos del mejor alfarero: Dios. Confíate en Sus amorosas manos, aunque muchas veces no comprendas por qué permite tu sufrimiento.
            Dios hace en nosotros ese crecimiento de su Reino, y nos pide esa paciencia para dejar que la semilla crezca a su ritmo, y produzca frutos a su tiempo.