miércoles, 21 de junio de 2017

Domingo XII del Tiempo Ordinario (A)



25-6-17                        DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO (A)

Queridos hermanos:
            * En la homilía de hoy quisiera hablar un poco del MIEDO. Deseo escoger este tema, porque el mismo Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar nos dice por tres veces que no tengamos miedo, pero también en este mismo evangelio nos dice una vez que sí debemos tener miedo.
            El miedo o temor es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Existen diversas clases de miedos:
     Miedo a los cambios. Tanto las personas adultas como los niños pueden sufrir este pavor a modificar no sólo su rutina sino también su entorno. Esto se puede producir por culpa de un cambio de colegio, de trabajo, de ciudad, de amigos…
Miedo a la oscuridad. Si hay un pavor que sea muy propio de los más pequeños es este que puede producirse a raíz de pesadillas, de situaciones que se imaginen o de cuentos que les hayan asustado. En este caso, es habitual que los niños tengan que dormir con alguna luz encendida en su habitación.
Miedo a los animales. Todos podemos sufrir este miedo a los animales en general o a alguno en concreto: serpientes, ratas, arañas...
Miedo a las tormentas. En la etapa infantil es cuando se produce más frecuentemente este pavor; no obstante, existen muchos adultos que siguen sufriéndolo y en concreto tanto a las citadas tormentas como a los propios truenos.
Además de estas distintas clases de miedo, también podemos subrayar que existen otros tales como el miedo a la separación, los llamados ‘escolares’ que son aquellos en los que se tiene pavor ante el fracaso o ante las actividades públicas, o bien los nocturnos.
            Asimismo están los miedos provocados en los maltratos de género, que tan de moda están ahora en los medios de comunicación. Es decir, la ejercida por los hombres sobre las mujeres. Yo creo que esto es una gran verdad, pero creo que es más verdad que la violencia, física y/o psicológica, se ejerce por personas humanas sobre personas humanas: hombres sobre mujeres, mujeres sobre hombres (caso de señora en Covadonga), adultos sobre niños, niños sobre niños, niños sobre adultos y ancianos (caso de Vegadeo: niño que va a comprar cosas e insulta y desprecia a su abuela, o casos de agresiones por parte de los hijos a sus padres). Voy a leeros ahora cómo son algunos de los efectos que se producen en las personas sobre las que se ejerce esta violencia (sentimientos de culpa, baja autoestima, destrucción interior de la persona…). En este caso se trata de una mujer sobre la que sus padres, marido, suegra, amigos… ejercen dicha violencia. Lo relata ella misma en una carta: “Siento mucho el haber nacido y que, por mi culpa, mi padre tuviese que darme malos tratos. Siento haberme metido en tu vida y ser tu problema siempre. Siento haberme casado y que, ¡ay mis hijos! vivan las penas de mi vida, de las que yo sola soy la culpable de sus miserables vidas. Siento el haber nacido. A veces pienso que tienen razón y que la culpable soy yo. Pero lo único que deseaba es ser feliz y entregarles cariño y amor, pero a lo mejor me equivoqué y ellos no deseaban cambiar sus vidas y eran felices con las que tenían. Bueno, sólo te diré que los niños están bien, y yo un poco mejor, pero el domingo he tenido que estar casi todo el día acostada, ya que no me sostenía en pie. Una persona así tiene miedo de vivir, miedo de hablar, miedo de actuar, miedo de callar, miedo de no hacer, miedo de no cumplir las expectativas de los demás, miedo a fracasar, miedo a no saber, miedo a entablar relaciones con otras personas, MIEDO a…
            * Ante todo esto, ¿qué nos dice la Escritura? Jesús en el Evangelio de hoy nos dice:
- “No tengáis miedo a los hombres”. Nadie es más que tú, nadie es mejor que tú (todos somos diversos y con cualidades y defectos diferentes), nadie tiene derecho a despreciarte o a no valorarte, nadie tiene derecho a vejarte. Dios te dice que tú tienes tu propia dignidad. No la tienes por lo que sabes, ni por lo que tienes, ni porque los demás te la den o te la reconozcan… Tú eres importante por ti mismo, porque Dios te creó. Esa dignidad que Dios te dio te acompaña todos los días de tu vida: en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, en la juventud y en la vejez, en el pecado y en la gracia. Siempre.  Los hombres sólo te pueden hacer el daño que tú les dejes que te hagan. No quiero decir que seas insensible, sino que lo que te dicen de malo o te hacen de malo, no cambia en nada lo bueno que Dios te dio.
            - No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Jesús nos dice que no temamos las enfermedades, ni los golpes, ni los disparos, ni los accidentes… Todo ello afecta y destroza o hiere nuestro cuerpo. Un cuerpo que se va desmoronando día a día, pero “nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (2ª Cor. 4, 16-18). Esto lo sabían bien los mártires, que dieron su cuerpo y su sangre por amor a Jesús. Esto lo saben bien tantos cristianos de Egipto, Irak, Siria y de tantos sitios que prefieren morir en su cuerpo antes que renunciar a su fe en Jesús, el cual salva sus almas. Esto lo saben bien tantos hombres de fe que no se desmoronan ante la enfermedad o la vejez, ya que confían en la Vida Eterna.
- “No tengáis miedo”. Dice Jesús esta última frase ante las preocupaciones de la vida: la falta de trabajo, de ropa para vestirse, de comida para alimentarse, de casa para habitar, ante los problemas de todo tipo, problemas en las relaciones familiares, perder amistades, o tu fama, o tu hijo, o tu padre por muerte. Te pide Jesús que confíes en su Padre Dios. Él vela sobre ti y no dejará que todo eso te destroce. Confía en Él.
- Cuando uno deshecha el miedo, viene la confianza, la paz, la libertad de actuar, de decir, y de pensar. Los santos son los hombres y mujeres más libres, porque sólo están pendientes de Dios, sólo a Él obedecen, sólo ante Él se postran, sólo a Él entregan su vida entera con sus preocupaciones, dolores, angustias, alegrías e ilusiones. Porque así lo hacía Jesús, y así debemos hacerlo nosotros. Quien ama a Dios, no tiene miedo de nada ni de nadie. Porque pueden a un santo quitarle la fama, la salud, la riqueza, la compañía, la vida, pero nunca podrán quitarle la fe y el amor a Dios. De este modo pensaba S. Pablo cuando decía: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas esas pruebas. Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rm. 8, 35-39).
            - ¿Debemos los cristianos tener miedo a algo o a alguien en este mundo? ¡Claro que sí! También nos lo dice Cristo: “Temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo”.  ¿Quién puede hacer esto, quién puede matar alma y cuerpo, en definitiva, quién puede apartarnos de verdad de Dios, nuestro Amor? Sólo el pecado, el pecado que nosotros podemos cometer y cometemos.
            ¡Qué Dios nos ayude a no separarnos nunca de Él y así no tendremos miedo a cosas y situaciones que no son importantes, ni eternas, ni absolutas!

miércoles, 14 de junio de 2017

Homilías semanales EN AUDIO: semana X del Tiempo Ordinario








Domingo del Corpus Christi (A)

 18-6-17                                          CORPUS CHRISTI (A)


        En esta semana no 'cuelgo' en el blog ninguna homilía, porque este fin de semana no estaré en las parroquias.
Un abrazo

                      Andrés