jueves, 23 de marzo de 2017

Domingo IV de Cuaresma (A)



26-3-2017                               DOMINGO IV DE CUARESMA (A)
Queridos hermanos:
            El domingo pasado, en el relato de la Samaritana, Jesús se nos presentaba como Agua Viva. Nos decía Jesús que, quien bebiera de cualquier agua, volvería a tener sed, pero, quien bebiera del agua que Él le diera, nunca más tendría sed: “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
            En el evangelio de hoy, también de San Juan, se nos presenta el suceso de la curación de un ciego de nacimiento por parte de Jesús, y se nos habla de Jesús como luz del mundo. En efecto, la oscuridad sólo puede ser vencida por la luz, y Jesús nos dice que Él es luz para este mundo… y para todos nosotros: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.
            - Jesús ha sido enviado por Dios Padre a este mundo para iluminarnos a todos nosotros, para hacernos llegar al conocimiento de la verdad y de la auténtica realidad. En el evangelio de hoy vemos que no basta para conocer la verdad tener ojos en la cara. Los fariseos tenían sanos y con buen funcionamiento los ojos físicos, pero no fueron capaces de reconocer a Jesús como el Hijo de Dios; sí, los fariseos no fueron capaces de reconocer que Jesús había hecho un milagro al devolver la vista a un ciego de nacimiento. En efecto, los fariseos se pararon en lo accidental y no llegaron a lo fundamental: El ciego les dijo que él era ciego de nacimiento, que Jesús le había devuelto la vida, y que lo había hecho así: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. El milagro estaba claro, pero había una ley judía que impedía trabajar en sábado y, como aquel día era sábado, como Jesús había hecho barro con sus manos y como eso se consideraba trabajar, entonces, para los fariseos, el milagro estaba manchado de un pecado y, como consecuencia, tal “milagro” no podía venir de Dios.
Para nosotros, aquí y ahora, está clara la cerrazón de mente y de corazón de los fariseos, porque, cuando alguien les señaló el milagro de la curación del ciego, se quedaron con el hecho de que… Jesús había hecho barro en sábado. Esta situación se parece a aquel dicho de un hombre que mostró a otros con el dedo la luna, y ellos se quedaron mirando el dedo en vez de fijarse en la luna. Pero este error no es sólo de los fariseos. Es un error propio de todos los hombres. Voy a poneros un ejemplo de esto y lo mostraré con un cuento. A ver si os gusta: “Un hombre muy rico llevó a su hijo a hacer un recorrido por sus tierras con el propósito de que el hijo, al ver lo pobre que era la gente del campo, comprendiera el valor de las cosas y lo afortunados que eran. Estuvieron por espacio de todo un día y una noche en una granja de una familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje, y de regreso a casa, el padre le preguntó al hijo: -¿Qué te pareció el viaje? –Muy bonito, papá. -¿Viste qué pobre y necesitada puede ser la gente? –Sí. -¿Y qué aprendiste? –Vi que nosotros tenemos un perro en casa, y ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina de veinticinco metros, y ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta el borde de la casa, el de ellos se pierde en el horizonte. Especialmente, papá, vi que ellos tienen tiempo para conversar y convivir en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo, y casi nunca os veo. Al terminar el relato, el padre se quedó mudo, y su hijo agregó: -¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podríamos llegar a ser!”
            Sí, en tantas ocasiones las cosas pueden cambiar a nuestros ojos, según cómo las miremos. Las podemos mirar como los fariseos y como el padre del cuento: fijarse en el dedo, fijarse en que Jesús trabajó un sábado, fijarse en todas las cosas materiales que se tienen. O podemos mirar las cosas con los ojos del ciego curado y con los ojos del niño del cuento, es decir, mirar todo con los ojos de Jesús gracias a la luz que Él mismo nos da: o sea, darse cuenta que Jesús hizo un auténtico milagro, que Jesús hablaba y actuaba de parte de Dios, que el padre y la madre del niño del cuento tenían muchas cosas y a su hijo le daban muchas cosas, pero no le daban ni tiempo ni cariño, que era lo que el niño más quería y, sobre todo, lo que él más necesitaba.
            - Con estas reflexiones que os acabo de hacer, ¿quién tiene luz para ver realmente las cosas: los fariseos o el ciego de nacimiento, el padre o su hijo? Y es que surge enseguida una consecuencia de todo lo dicho hasta ahora: La luz puede ser acogida, como el ciego, o puede ser rechazada, como hicieron los fariseos. Sí, Jesús y su luz pueden ser acogidos o rechazados.
            En efecto, en la segunda lectura dice San Pablo a los primeros cristianos, que han aceptado la fe y la luz de Cristo Jesús: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”. Cuando se realiza el sacramento del Bautismo, se da a los recién bautizados (o a sus padres y padrinos) una vela, que se enciende del cirio pascual. Este cirio representa a Cristo, la luz de Dios. Así, los nuevos cristianos reciben la luz de Cristo y la luz de Dios, y las velas son un signo que representa esta realidad. De igual manera, en la Vigilia Pascual del Sábado Santo se enciende el cirio pascual a la entrada de la iglesia. Luego los fieles van acogiendo en sus velas el fuego y la luz de este cirio. Al final, cuando el sacerdote está delante del altar, con la iglesia a oscuras de luz eléctrica, pero con esa misma iglesia iluminada por el cirio pascual y por las velas de los fieles, se alcanza una emoción y una significación especial: Cristo y los cristianos son portadores de la luz de Dios para sí mismos y para el mundo entero. Sin embargo, todo esto quedaría como un rito muy bonito, pero vacío de contenido si no hacemos en nuestra vida lo que San Pablo dijo en su día a los cristianos de Éfeso y que acabamos de leer: “Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”. Ésta es nuestra tarea para esta Cuaresma, pero también para toda nuestra vida.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Domingo III de Cuaresma (A)



19-3-17                                  DOMINGO III CUARESMA (A)

Homilía en vídeo
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
- En una pequeña escuela rural había una vieja estufa de carbón muy anticuada. Un chico de ocho años, Glenn, tenía asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros. Una mañana, llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Su hermano Floyd, de diez años de edad, y que estaba con él no sobrevivió al incendio. Glenn tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo y lo llevaron al hospital del condado. Las piernas de Glenn sufrieron muy graves quemaduras por lo que los médicos recomendaron su amputación. Su desazón fue tal que sus padres no lo permitieron. Los médicos predijeron que nunca podría volver a caminar. Había perdido toda la carne en las rodillas y espinillas y todos los dedos de su pie izquierdo. Dado que el fuego había dañado en gran manera las extremidades inferiores de su cuerpo, le decía el médico a la madre, habría sido mucho mejor que muriera, ya que estaba condenado a ser inválido toda la vida, sin la posibilidad de usar sus piernas. El niño tomó una decisión. No sería un inválido. Caminaría. Pero, desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz. Sus delgadas piernas colgaban sin vida. Finalmente, le dieron de alta. Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control; nada. No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca. Cuando no estaba en la cama, estaba confinado en una silla de ruedas. Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco. Ese día en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla. Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas. Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa. Con gran esfuerzo, se subió al cerco. Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco, decidido a caminar. Fue a principios del verano de 1919 cuando por primera vez intentó volver a caminar, casi dos años después del accidente. Empezó a hacer lo mismo todos los días hasta que hizo una pequeña huella junto al cerco. Nada quería más que darle vida a esas dos piernas. Por fin, gracias a las oraciones fervientes de su madre y sus masajes diarios, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego de caminar tambaleándose y, finalmente, de caminar solo y después de correr. Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante, en la universidad, formó parte del equipo de carrera sobre pista. Y aun después este joven que nunca caminaría, que nunca tendría la posibilidad de correr, este joven determinado, Glenn Cunningham, llegó a ser el atleta estadounidense que ¡corrió el kilómetro más veloz del mundo!
Glenn nació en 1908 y murió en 1988. Glenn marcó récords mundiales para la milla, los 800 metros y para los 1500 metros. En 1934 estableció el récord mundial de la carrera de una milla y en 1936 el récord mundial en la carrera de 800 metros. Participó en los Juegos Olímpicos de 1932 y de 1936. Glenn era creyente y su versículo bíblico favorito era éste: “Pero los que esperan a Yahvé tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán” (Isaías 40, 31).
            - Nos cuenta la primera lectura que los israelitas, que habían visto las diez plagas, que habían contemplado el paso del Mar Rojo con las aguas abiertas para dejar libre al pueblo de Israel, que comían a diario del maná, que habían visto cómo un lago de agua putrefacta se había convertido en agua potable, y tantas más maravillas…, estos israelitas ya no creían ni confiaban en Yahvé ni en Moisés, su profeta: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” Y una vez más Dios les dio pruebas de su presencia haciendo que Moisés sacara agua de unas piedras. Y no un poco de agua, sino agua suficiente para abastecer a miles y miles de israelitas y a sus ganados.
            - Ante nuestros ojos se nos presentan dos modelos de personas: Primero, los israelitas, que, a pesar de todo lo que han visto y experimentado, siguen sin confiar plenamente en Dios. Cualquier dificultad los convierte en los ‘pupas’: ven problema por todo, no ven ninguna salida y quieren tener siempre todo claro y resuelto. Cuando están en Egipto y son esclavos protestan y se quejan a Dios de su esclavitud y de las cargas pesadas que tienen que afrontar. Echan en cara a Dios que no mira para ellos y que no es el Dios bueno del que les habían hablado. Cuando este Dios les libra de la esclavitud y, para llevarlos a la tierra prometida, los conduce a través del desierto, en donde hay poca agua y poca comida, entonces protestan y le echan en cara a Dios que le hizo salir de Egipto para morir de sed y de hambre: “Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque vosotros (Moisés y Aarón) nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea” (Ex. 16, 3). “Los israelitas se sentaron a llorar a gritos, diciendo: ‘¡Si al menos tuviéramos carne para comer! ¡Cómo recordamos los pescados que comíamos gratis en Egipto, y los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos!’” (Num. 11, 4-5). También la samaritana pertenece en un primer momento a este grupo de gente que pone excusas para no reconocer a Dios: que si Jesús y ella son de razas diferentes, que si Jesús no tiene caldero ni cuerda para sacar agua del pozo, que cuál es el templo mejor para Dios... Estas personas ponen excusas para todo y ellos no se mueven ni un paso. Esperan que todo les sea hecho y dado, y, así y todo, no están contentos con lo que les es dado.
            En el segundo grupo, están Moisés y Glenn Cunningham. Ellos confían en Dios contra toda esperanza. Han visto sus maravillas y saben que Dios no defrauda nunca a nadie. Pero también saben que, esperar y confiar en Dios, no significa que sea solamente Él quien haga las cosas. Ellos tienen que hacer su parte. Glenn hacer ejercicio, caminar y caminar cada día, no desfallecer y, al final, correr como el viento. Moisés sabe que, a pesar de estar rodeado de un pueblo testarudo, egoísta y voluble, él tiene que ser fiel y seguir a Dios. Por eso, el salmo 94, que acabamos de leer, nos invita a decir una y otra vez: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: ‘No endurezcáis vuestro corazón’”. No endurezcamos nuestros corazones como los israelitas ni como la samaritana, sino que abramos nuestro corazón a las maravillas de Dios y confiemos siempre en Él.
            ¿En cuál de los dos grupos estoy en mi vida diaria? ¿En qué grupo quiero estar?