viernes, 22 de septiembre de 2017

Domingo XXV del Tiempo Ordinario (A)



24-9-17                       DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (A)

Queridos hermanos:
            En la segunda lectura de hoy, san Pablo la termina diciendo así: “Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo”. Es decir, explica san Pablo que lo mejor para él sería morir y así podría estar ya con Dios y con Jesucristo para siempre. Sigue diciendo que, sin embargo, lo más necesario para los cristianos de Filipos es que él se quede con ellos y les ayude a encontrar a Jesús y a seguir a Jesús. Finalmente, san Pablo concluye diciendo que lo que importa (lo importante) es que los cristianos de Filipos lleven una vida según el evangelio de Jesús.
            - También en el día de hoy podemos nosotros plantearnos, de la mano de Dios y de su Iglesia, estas tres cuestiones en nuestras vidas. Para ello tendremos en cuenta dos premisas:
1) Tenemos que pensar que estos tres puntos no se han de referir SÓLO a nosotros y a los nuestros, SINO TAMBIÉN a todos los que nos rodean, a los que conocemos y a los que no conocemos, a los que nos caen bien y a los que nos caen mal, a los que queremos y a los que no queremos, a los que nos quieren y a los que no nos quieren.
2) Este modo de pensar es hacerlo al modo de Dios. Ya nos advierte el Señor de ello en la primera lectura: “que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes […] Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Sí, abandonemos los malos caminos. Sí, abandonemos nuestros malos planes. Sí, caminemos tras los planes de Dios, y tras los caminos de Dios, y nos irá mucho mejor en la vida.
            Pongo un ejemplo concreto que pueden iluminar estas dos premisas de la mano de un cuento que tiene que ver con la envidia y la codicia a la que Jesús nos alude en la parábola de los obreros de la viña: “Un príncipe en la corte de Sicilia tenía a su servicio dos soldados. Uno pasaba por muy envidioso. El otro por muy avariento. Queriendo el príncipe ponerlos a prueba reunió a ambos y les dijo que se proponía darles a cada uno un premio, haciéndoles observar, no obstante, que el primer solicitante recibiría el objeto de su deseo, y el segundo el doble del primero. Les concedió un poquito de tiempo para que se decidieran. Los dos permanecieron silenciosos y meditabundos, no queriendo ninguno de ellos adelantarse en su solicitud. El avaricioso decía: ‘Si pido primero me tocará sólo la mitad que a éste’. Asimismo el envidioso discurría en sus adentros: ‘No seré el primero en pedir, pues no consiento que a este grandísimo avariento le toque más que a mí’. El príncipe se dirigió al envidioso y le ordenó que manifestase su deseo. Vaciló un instante y se dijo para sí: ‘¿Qué pediré? Si pido un caballo, le tocarán dos a éste. Si pido una casa, recibirá dos. Ya caigo en la cuenta. Le pediré un castigo para que él reciba dos’. Se volvió al príncipe y le dijo: ‘Suplico a su majestad mande que se me saque un ojo’. El príncipe lanzó una ruidosa carcajada. No accedió a su petición, pero al menos pudo captar hasta dónde era capaz de llegar la maldad del hombre”. En efecto, 1) pensemos en los demás al actuar y al hablar, y no sólo en nosotros mismos, y 2) hagamos todo buscando los planes y los caminos de Dios.
            - Y ahora sí, vamos a pensar qué es lo mejor para nosotros, para los nuestros y para los demás. Lo dice san Pablo en la segunda lectura: lo mejor es que todos nosotros estemos cerca de Dios. Lo peor es que estemos lejos de Dios. El otro día me decía una persona que trabaja en el obispado que sigue habiendo bastantes peticiones de gente que pide apostatar, es decir, borrarse de la Iglesia Católica. Lo peor no es esto, sino que ya no quieran a Dios en sus vidas, que expulsen a Dios de sus vidas. Pero también hemos de saber que hay mucha más gente que no apostata, que no solicita formalmente la salida de la Iglesia Católica, pero su vida, su pensamiento y su corazón están lejos de Dios en el día a día. Tantas veces me ha comentado de gente que tenía una fe fuerte, que frecuentaba la Iglesia, que oraba, que… y poco a poco se fue apartando, hasta que ahora ya siente a Dios y a la Iglesia y la fe como extraños en su vida. Yo esto lo noto mucho, por ejemplo, en los funerales, cuando hay gente que están como sordos y ciegos, y nos ven a los cristianos practicantes como de otro planeta: estas gentes, cuando están en los funerales, no escuchan, no se santiguan, no se arrodillan, no contestan… Sus cuerpos están, pero ellos no están. Por lo tanto, si lo mejor es estar cerca de Dios, hemos de esforzarnos por ello. ¿De qué modo? Ir a la viña del Señor, como nos dice el evangelio de hoy, en el momento de la vida en que nos encontremos. Él nos llama, Él nos espera.
            - ¿Qué es lo más necesario para nosotros, para los nuestros y para los demás? San Pablo estaba dispuesto a renunciar a lo mejor (ir al cielo y para ello morirse) con tal de hacer lo que fuera más necesario para los demás. Sí, pienso que aquí se nos debe plantear qué es lo más necesario para el otro, qué podemos hacer por el otro (nos quiera o no, nos caiga simpático o no). Para mí lo más necesario es pensar en vosotros y, por eso, he de preocuparme menos de mí y entregarme en tiempo, en cariño, en preocupaciones, en atenciones, en ser un buen párroco… ¿Y tú? Hacer lo más necesario para los demás cuando eres un buen padre, una buena madre, unos buenos abuelos, unos buenos hijos y nietos, unos buenos trabajadores y estudiantes, unos buenos vecinos y estudiantes, unos buenos creyentes y cristianos… Esto es lo que más necesitan los otros, los demás. Para ello... más lectura y menos televisión-Internet. Para ello… más escuchar y menos hablar. Para ello… más compartir lo que tenemos y menos acaparar y amontonar. Para ello… dar más cariño y herir menos con gestos, palabras y acciones. Para ello… más trabajar y menos hacer el vago. Para ello… más alegrarse del bien ajeno y menos entristecerse de ello. Para ello… más buscar el bien del otro y menos el nuestro.
            - ¿Qué es lo más importante para nosotros, para los nuestros y para los demás? Lo más importante para un enfermo es conseguir la salud. Lo más importante para un parado es conseguir un trabajo y un sueldo dignos. Lo más importante para tantas personas con el corazón lastimado o en soledad es conseguir una persona con la cual compartir su vida y su amor. Lo más importante para un cristiano es… Dios. Así nos lo decía hace ya unos cuantos siglos santa Teresa de Jesús:
Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta
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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (A)



17-9-2017                               XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A)

Homilía de vídeo
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
            ¿Recordáis el argumento de ‘Romeo y Julieta’, de Shakespeare? Pues, por lo que yo recuerdo, la historia se desarrollaba en Verona (Italia), en la época del Renacimiento, más o menos. Había en la ciudad de Verona dos familias (los Montesco y los Capuleto) totalmente enfrentadas entre sí por rencores tan antiguos, tan antiguos, que ya ni se acordaban de cómo se había originado la disputa entre ellos. Se odiaban a muerte. Estando así las cosas tuvieron la 'mala suerte' de que el hijo único de los Montesco, Romeo, se enamorara perdidamente de la hija única de los Capuleto, Julieta. Y Julieta también se enamoró perdidamente de Romeo. Sin embargo, ambas familias no podían permitir que se mezclara su sangre con la inmundicia de los Montesco o de los Capuleto. Por ello, Romeo y Julieta tuvieron que llevar su mutuo amor a escondidas de sus respectivas familias. Al final, aquello acabó como rosario de la aurora: Las familias consiguieron que ambos jóvenes no pudieran estar juntos y disfrutando de su mutuo amor, puesto que éstos acabaron suicidándose. El rencor pasó factura a ambas familias, y una factura terrible: la muerte de sus únicos hijos.
            Sin embargo, el rencor no pertenece sólo a la literatura, a los libros, sino que está muy presente en nuestras vidas, en los que estamos aquí, en este templo. Estoy convencido que, de un modo u otro, los que estamos aquí, cura incluido, padecemos rencor o resentimiento contra alguna persona o personas[1]. Y este sentimiento se debe a algo que nos han dicho o que nos han hecho o que nos han omitido. El rencor y el resentimiento están dentro de cada uno de nosotros, de una forma o de otra, consciente o inconscientemente. Y esto mueve nuestras vidas, de tal manera que tomamos decisiones muy importantes de cara a los demás y de cara a uno mismo basados en este sentimiento: ‘Prefiero que mi hijo, Romeo, muera por su propia mano a que se case con esa fulana y malnacida, Julieta, hija de la familia de mis enemigos’. ‘Prefiero que mi hija, Julieta, muera por su propia mano a que se case con ese sinvergüenza, Romeo, hijo de la familia de mis enemigos’. Y esto es algo que está presente en tantas personas, sean creyentes o no. El rencor, el resentimiento, la amargura… están presentes en nosotros, de una forma u otra. Y todo esto quiero que quede bien claro, porque, si no tenemos esto bien claro, todo lo que nos ha dicho Dios en las lecturas que acabamos de escuchar, caerá, no en tierra fértil, sino en el camino, entre piedras, en el asfalto endurecido de nuestro corazón, de nuestra conciencia, de nuestra alma y no podrá ser acogido ni ser fructífero. En la homilía de hoy quisiera exponer cuatro enseñanzas que, a mi juicio, Dios nos propone.
            ¿Existe alguna manera de superar estos sentimientos de rencor, de resentimiento, de amargura, de odio, de rabia, de frustración…?:
1) La Palabra de Dios que acabamos de escuchar hoy y que la Iglesia nos propone para nuestra reflexión y oración nos hablan del perdón. Dios nos dice que solamente se puede salir del rencor, del resentimiento, del deseo de venganza, de la amargura, de la ira…  a través del perdón.
2) En la primera lectura y en el evangelio de hoy se nos dice claramente que el perdón que los hombres hemos de dar a aquellas personas que nos han herido ha de estar basado en el perdón inmenso y repetido que el Señor ha hecho, hace y hará de nuestros pecados: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”,  decía el libro del Eclesiástico en la primera lectura. “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”, decía el evangelio. Es decir, si nosotros no perdonamos de corazón a los que nos han hecho daño, tampoco nuestro Padre del cielo podrá perdonar nuestros pecados. Por ello, quien ha experimentado en su propio ser cómo Dios ha perdonado todas sus culpas y pecados, está en la mejor actitud y posición para poder perdonar a los demás.
3) Además, el perdón que hacemos sobre otras personas que nos han hecho daño evita males mayores en nosotros mismos, como nos aporta el ejemplo de la historia de Romeo y Julieta. Ya sabéis aquel dicho (creo que era de Confucio) que dice que quien busque venganza ha de preparar dos tumbas: una para su enemigo y otra para sí mismo[2]. No te dejes vencer por el odio, pues te comerá vivo por el dentro. Pon todo en manos de Dios. Por en sus manos tus dolores y sufrimientos injustos, y Él dará paz a tu corazón. 
4) Finalmente, se ha de decir que perdonar no tiene por qué significar reconstruir la relación con esas personas como si nada hubiera pasado. Esto no es posible en tantas ocasiones y el perdón significaría que no haya rencor ni odio en nuestro corazón, pero que cada uno siga su camino. Y esto puede suceder porque, aunque uno perdone en su corazón, la otra persona no quiera saber nada con nosotros y persista en su enojo y en su rabia y en sus ‘razones’ contra nosotros. Pero también puede suceder que, aunque uno perdone en su corazón, las heridas son tan profundas que sea muy difícil reconstruir la confianza y la comunión mutua. El perdón que reconstruye todas las relaciones y todas las heridas y la confianza y la comunión mutuas es obra exclusivamente de Dios y, mayormente, se da en el cielo. Lo cual no quiere decir que renunciemos a él, sino que luchamos por él sabiendo que es una obra divina, que comienza aquí y acaba en el más allá.

[1] Estamos heridos contra la vida que nos ha tratado injustamente, contra padres, hermanos, primos, tíos, parientes, compañeros de clase, profesores, vecinos, compañeros de trabajo, jefes, subordinados, amigos…
[2] Más frases relativas a este tema: Ghandi (Ojo por ojo y el mundo acabará ciego); Francis Bacon (Vengándose, uno se igual a su enemigo; perdonando, uno se muestra superior a él).