miércoles, 23 de enero de 2019

Domingo III del Tiempo Ordinario (C)


27-1-2019                   DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO (C)
Queridos hermanos:
            El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre varios puntos:
            Nosotros creemos en un Jesús liberador. Así se presenta Él en el evangelio de hoy: Dios Padre “me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar li­bertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Por lo tanto, la misión de Cristo es la de anunciar una Buena Noticia a todos los hombres y también la de liberar a todos los hombres de diversos males, pero esta liberación que nos promete y que nos da Jesús es integral.
Hace unos años (en 2010) entrevistaron a Monseñor Munilla, el obispo de San Sebastián, y con ocasión del terremoto de Haití dijo que había desgracias tan grandes o peores que esta. La gente se escandalizó, algunos salieron enseguida a atacarle y le llamaron el ‘obispo sin alma’. Entonces Monseñor Munilla publicó un comunicado en el que decía que sus palabras fueron tergiversadas, manipuladas y sacadas de contexto. Cuando decía que había (y hay) desgracias tan grandes o peores que el terremoto de Haití, hablaba en un plano teológico en el que el pecado es mucho peor aún que la enfermedad física[1] o que la misma muerte física y terrena[2]. Pues ésta acaba ahí, y el pecado nos puede llevar a la muerte eterna y a apartarnos para siempre de Dios. Y ya sobre la situación vivida en Haití, se ha de recordar que Monseñor Munilla había dado instrucciones a Caritas diocesana de San Sebastián para que donasen 100.000 € para las víctimas de Haití. Igualmente os recuerdo el caso que contaba una misionera, a la que una vez la invitaron a hablar en una universidad estatal de la India sobre Cristo y sobre los Evangelios, y que al terminar le dijeron a la misionera: “Conocemos misioneros que trabajan en la enseñanza o en hospitales; Vd. se ocupa de las mujeres del campo. Admiramos esto. Pero no trabaje sólo para mejorar el nivel de vida de otras personas. Por favor, transmítales la energía que toma de Jesu­cristo y su Mensaje. Ayúdeles a caminar hacia ese mismo Dios, para que también ellas tengan esa misma fuerza interior.
Por lo tanto, hemos de repetir que la liberación de Cristo es integral. Jesús nos salva de la esclavitud del pecado, pero también de las miserias físicas del hombre como las enferme­dades, de las miserias sociales como la pobreza y la cárcel, de las miserias psicológicas como la depresión, etc. Ante todas estas mise­rias Jesús se presenta como el liberador.
La libertad o la liberación siempre ha sido un mensaje atrayente para todos los hombres. En la primera mitad del siglo XX Hitler se presentó ante los alemanes como un libertador en medio de su miseria y de su humillación. Luego Hitler usó a los alemanes para sus fines de megalomanía, de odio y de destrucción. Jesús libera realmente al hombre de todas sus ataduras, de sus esclavitudes. Pero no se aprovecha de él ni le pasa factura. La prueba de que Jesús no se aprovechó de nadie es que prefirió morir Él a que cayesen algunos de sus compañeros, por ejemplo, en el huerto de los Olivos. Jesús no es como el ‘capitán Araña’ que enrola una tripulación para el barco y él se queda en el puerto, mientras son los demás los que tienen que arrostrar los peligros y tormentas. Jesús es el que libera a costa de su propia vida.
            Bien, Jesús nos ofrece a nosotros la libertad verdadera, total e integral. Pero, ¿nosotros nos sentimos necesitados de la liberación de Jesús? He tratado algo con personas que padecen trastornos psicopatológicos (neurosis o psicosis) y ¿sabéis qué es lo peor?, pues que, cuando tratas de llevarlos a un médico o especialista, dicen que no lo necesitan, que no están enfermos. Dicen que ellos están bien, que vayamos los demás. Igual pasa con los alcohólicos y con los drogadictos. Vuelvo a preguntar: ¿Nos sentimos necesitados de la liberación que nos ofrece Jesús? ¿Me siento esclavo de algo, de mi físico porque me gusta o porque no me gusta; de mis miedos, de mis inseguridades, de lo que diga la gente, de la moda, de mi trabajo, de mis depre­siones, de mis pertenencias, de mi mujer o marido o hijos, de mi enferme­dad, del alcohol, del tabaco? Pues bien, os anuncio que CRISTO ES EL UNICO QUE PUEDE LIBERARNOS DE TODAS NUESTRAS ESCLAVITU­DES.
Os narraré algunas cosas de un caso extremo, pero que es un buen ejemplo de lo que llevo dicho hasta ahora. El obispo vietnamita Van Tuan, fue arrestado y metido en una cárcel en 1975. Estuvo 13 años allí, y de ellos 9 en total aislamiento. Sin embargo, él fue capaz de vivir libre en medio de su cárcel, pues Dios es más fuerte que todas las circunstancias que nos rodean. Celebraba la Misa cuando podía con un poco de pan que le pasaba alguna vez alguna persona y una gota de vino en su mano, que hacía las veces de cáliz. No tenía libros para celebrar y lo hacía de memoria. Fue capaz de convertir a la fe en Jesucristo a guardianes comunistas terribles con su gran ejemplo de entereza, de paz y alegría interior. Sí, en medio de su cárcel llena de barro e insectos, de frío y de calor, de soledad y de malos tratos, Van Tuan fue hecho libre por Jesús. Al salir y ser expulsado de Vietnam escribió varios libros. Uno de ellos se titula “Oraciones de esperanza”. Si podéis, leerlo.

[1] Recordad el pasaje del evangelio que leímos a mitad de enero, en que cuatro hombres presentan a Jesús un paralítico en una camilla para que lo curara y lo que se le “ocurre” a Jesús decirle al paralítico es lo siguiente: “Hijo, tus pecados quedan perdonados” (Mt. 9 2). Estas palabras pueden parecer un sarcasmo; también se podría decir aquí que Jesús es un ‘hombre sin alma’ o un ‘Dios sin alma’. ¿Por qué Jesús habrá perdonado los pecados al paralítico antes de curarlo de su parálisis? Pues porque, para Jesús, era mucho más grave su situación espiritual que su situación física: un hombre postrado en una cama para el resto de sus días.
[2] En otro lugar del evangelio dice Jesús: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no puede quitar la vida; temer más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno (Mt. 10, 28).

miércoles, 16 de enero de 2019

Domingo II del Tiempo Ordinario (C)


20-1-2019                              DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO (C)
Queridos hermanos: 
           Ya estamos en el tiempo ordinario, tiempo de la esperan­za. Hasta la Cuaresma (6 de marzo), la Iglesia nos irá presentando la ac­tuación de Jesús (sus obras y sus palabras) en su vida pública. En Navidad nos presenta el nacimien­to y la vida oculta hasta los 30 años. En la Cuaresma y Semana Santa se nos presentan los últimos días de Jesús en la tierra. En la Pascua se nos presentan las actua­ciones de Cristo resucita­do. Y, como decía antes, en todo el tiempo Ordinario se nos presenta a Jesús en los tres años que duró su vida pública.
            En la catedral de Oviedo se dice que hay un cántaro de las bodas de Caná. Aquí podéis ver la 'hidria', como se la conoce en Oviedo, y en la foto inferior el lugar en donde está guardada.

            En el evangelio de hoy, de las bodas de Caná, hay dos figu­ras principales: Jesús y María. Vamos a analizar a cada una de ellas. En los pueblos de esta época la gente era muy pobre, casi no tenía dinero y no podía encargar a un restaurante la comida de bodas. No había dinero. Entonces lo que hacía la gente era ir guardando parte de la cosecha de vino para cuando llegasen las bodas de los hijos. También los animales que tenían, como ovejas, ca­bras, etc., las tenían destinadas para estas fiestas. Por tan­to, la boda se cele­braba en las casas y duraba varios días en los cuales los familiares y la gente del pueblo pasaba a comer y beber allí. También lo hacían los vecinos de las aldeas cercanas. Era la oca­sión de quitar el hambre. (Me contaba una vez un minero que se había casado hacia el año 1930 que la boda se comía en casa y la gente no se marchaba y les estaban acabando con todas las existencias. Ya llevaban tres días y la gente no hacía ademán de marchar, por lo que los novios dijeron que salían unos días de luna de miel a León y fue la forma de echar de casa a todos aquellos ‘fartones’). Pues bien en esta boda de Caná o los novios no calcularon bien o vino más gente de la esperada; el caso es que el vino se acababa. Si esto sucedía les iba a que­dar un estigma que pasaría de padres a hijos y a nietos. Se­rían siempre los novios a los cuales se les acabó el vino y María sabía lo que esos motes y palabras hirientes suponían en un pueblo. Por eso avisa a Jesús y Él se preocupó de ayudar a los recién casados. Es un problema poco importante, que no tiene relevancia en la historia de la Salvación. Parece una broma de mal gusto: que el Hijo de Dios, el primer signo o milagro que hace sobre la tierra es convertir agua en vino para que la gente se embo­rra­che. Es usar mal de las cosas sagradas; sería como cuando un cura deja una sotana o una casulla a unos chicos para disfra­zarse en el Carnaval.
            Algunas conclusiones:
- Jesús no hace milagros para que la gente crea en Él o en Dios. Jesús solo vino a ayudar a que la gente se encuentre con Dios y con los demás hombres; por ello se preocupa de sus cosas más sencillas. Lo que es importante para los hombres es importante para Jesús, para Dios. En aquel mo­mento lo importante para los novios era que no tenían vino y la gente se iba reír de ellos. En definitiva, no temáis, pues para Dios todas vuestras cosas, situaciones y personas son muy importantes. Dios está pendiente de nosotros en todo momento. Él cuida de nosotros.
- Lo que está en juego en las bodas de Caná no es el hambre o la sed, sino su fiesta y su alegría. María se preocupa de la alegría de aquellas gentes, y Jesús la hace realidad a través del vino. A través del vino, es decir, de nuestra fe en Dios podemos alcanzar ese gozo y esa alegría. Hay una película muy famosa: ‘El nombre de la rosa’ ambientada en la Edad Media. En un momento de la película aparece una discusión entre dos frailes, pues uno quería esconder un libro de Aristóteles que hablaba de la risa, de la alegría alegando que Dios no era amigo de risas y de gozos, pues eran cosas del diablo. El otro fraile decía todo lo contrario. En efecto, el gozo y la alegría forman parte de la vida del hombre, de la vida de un cristiano, del Reino de Dios y, por tanto, de Dios. Dios quiere la alegría del hombre y Jesús hace su primer milagro sobre la tierra fomentando esa fiesta.
            - En este evangelio se recogen las últimas palabras que tene­mos de María: “Su madre dijo a los sirvientes: -Haced lo que él os diga”. María aparecerá más veces en el evangelio, pero ya no serán recogidas sus palabras. Estas son como el mensaje que nos deja a todos los hombres, a todos los cristianos: “Ha­ced lo que él os diga”. Antes, María misma nos había dado ejemplo: cuando se le apareció el arcángel, ella le dijo: “Hágase en mí según tu palabra” y ahora nos lo dice a nosotros.
Sí, aparecen una serie de personajes al comienzo del evangelio: Zacarías, Isabel, Ana, Simeón, José, Juan Bautista, María. Pero ahora desaparecen. El único que importa es Jesús y María nos dice: Jesús va a hablar de parte de Dios, hacedle caso. Durante este año litúrgico estemos muy atentos a lo que Él nos diga.