miércoles, 9 de enero de 2019

Bautismo del Señor (C)


13-1-2019                              BAUTISMO DEL SEÑOR (C)
Is. 42, 1-4.6-7; Slm. 28; Hch. 10, 34-38; Lc. 3, 15-16.21-22
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Queridos hermanos:
            Celebramos en el día de hoy el Bautismo del Señor. Y quisiera profundizar un poco en algunos aspectos de este sacramento, pues a veces damos por supuestas cosas en la vida de fe, que, no es que no sean aceptadas por algunos cristianos, sino que ¡son ignoradas! Por ejemplo, el otro día me contaban de una adolescente bautizada, que hizo la primera Comunión, y que entró en una iglesia en la que en ese momento se estaba rezando el rosario, y salió disparada del templo, porque aquello le sonaba… “a palabras de una secta satánica” (¡¡!!).
            - Anuncio, catecumenado y catequesis
            Bien, vamos allá. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que, “desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística” (número 1229). En efecto, el camino ordinario para acceder a la Iglesia, a los sacramentos, a la fe en Jesucristo… debería de ser este: escuchar la Palabra de Dios y que algo se conmoviera en nuestro corazón y en nuestra alma, que sintiéramos cómo Dios nos abría el entendimiento y la voluntad para aceptar su mensaje. En ese momento, el oyente quiere cambiar de vida y dejar que Dios sea su luz y su guía. A partir de aquí, el oyente se acerca a la comunidad de fe y pide ser admitido dentro de ella. Y la comunidad inicia un camino con esta persona para instruirle en las verdades de la fe, en el evangelio, en la familiaridad con Dios, con su Palabra y con sus sacramentos.
            Así es como se hacía en los primeros siglos de existencia de la Iglesia. Este proceso, que podía durar varios años o meses, según las circunstancias se denominaba “catecumenado” (número 1230). Por supuesto, este catecumenado era realizado por adultos, los cuales se sentían llamados a la fe cristiana, tomaban la iniciativa de acercarse a la Iglesia y entraban en este proceso.
            Con el paso del tiempo todo cambió. En el proceso anterior se escuchaba el anuncio, uno sentía su corazón tocado y llamado por Dios a la fe, uno era instruido en la fe y, finalmente, se recibían los tres sacramentos de iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Más adelante, sin embargo, cuando el sacramento del Bautismo se impartía habitualmente a los niños (a los bebés), se hacía un catecumenado postbautismal, también llamado ‘catequesis’. El objetivo de esta catequesis era lograr lo que antes conseguía el catecumenado, e incluso lo anterior al catecumenado, es decir, conocer el anuncio del evangelio, abrir el corazón y el espíritu a la fe, orientar toda la vida conforme a la voluntad de Dios y de los contenidos evangélicos, la instrucción en los contenidos de la fe, la familiaridad con Dios y con sus sacramentos, y la participación activa en la vida de la Iglesia como un miembro corresponsable (número 1231).
- Fe y Bautismo
            Uno de los más graves problemas que tenemos en nuestras Iglesias de Asturias, de España y de Europa occidental es que tenemos millones de personas ‘con todos los sacramentos’, pero sin fe o con una fe, que no es la fe de Jesucristo ni la fe de la Iglesia.
            En el número 1253 del Catecismo de la Iglesia Católica se dice muy claramente que “el Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc 16,16)”. Es decir, solo podría recibir este sacramento quien confesara y profesara la creencia y la fe en Jesucristo y su evangelio. “Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Solo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: ‘¿Qué pides a la Iglesia de Dios?’ y él responde: ‘¡La fe!’”. Por ello, “en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la vigilia pascual la renovación de las promesas del Bautismo” (número 1254).
            Para que esta fe crezca, se desarrolle, se profundice, se agrande, se purifique, se haga adulta…, es necesaria la comunidad eclesial, representada en gran medida por los padres y los padrinos. El Catecismo lo explica así: Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial. Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo” (número 1255).
            - Los padrinos
            ¿Cuál es la misión de los padrinos? Asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo (canon 872 del Código de Derecho Canónico).
            ¿Cuáles son algunas de las condiciones que pone la Iglesia para que uno pueda ejercer como padrino en el sacramento del Bautismo? Nos lo dice el canon 874:
            1.- “Que tenga capacidad para esta misión e intención de desempeñarla”.
            2.- “Que haya cumplido dieciséis años, a no ser que, por justa causa, el párroco o el ministro consideren admisible una excepción”.
            3.- “Que sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.
            Habiendo leído todo esto, nos damos cuenta que el padrino (o la madrina) no es aquel que se encarga del niño, si los padres mueren. Padrino no es el que regala el día de Reyes. NO.
Padrino es aquel que vive la fe, que confía en Dios, que está dentro de la Iglesia y participa en la vida de ella de un modo muy activo. Por eso no vale cualquiera para ser padrino, pues nadie da lo que no tiene: Si el padrino no tiene fe, no puede dar fe. Si el padrino no confía en Dios y ora a Dios, no puede enseñar a su ahijado a confiar en Dios y a orar a Dios. Si el padrino no vive de modo activo en la parroquia y en la Iglesia, no podrá introducir a su ahijado de un modo eficaz y convencido en algo en lo que él no está.
Debido a todo lo anterior, se exigen las condiciones apuntadas más arriba. Aquí la casuística es mucha: padres que nos traen como padrinos a gente sin bautizar o ya bautizados, pero sin fe, etc.