miércoles, 2 de enero de 2019

Epifanía (C)

6-1-2019                                            EPIFANIA (C)

Homilía de vídeo
Homilía en audio.
Queridos hermanos:
            En este curso estoy impartiendo a un grupo de unas 20 personas la catequesis de confirmación. Unos vienen porque ‘toca’ (primero se bautizaron, luego hicieron la primera Comunión, ahora hay que confirmarse, luego casarse por la Iglesia…), otros vienen por ‘indicación’ de sus padres, otros vienen por verdadero interés… Mayormente e inicialmente están durante la catequesis en una actitud pasiva: sentados ‘en el patio de butacas’ esperando a que les den el espectáculo de turno (como ver una película, como oír un concierto, como ver los toros o un partido de fútbol…), es decir, la catequesis. En esta situación y actitud pasiva es dificultoso suscitar el interés, la ilusión y la pasión por lo que escuchan y provocar en ellos una auténtica búsqueda personal de Dios.
            ¿Por qué digo esto? En el Ángelus del año pasado y tal día como hoy, el Papa Francisco nos decía que el evangelio y la fiesta de Epifanía nos presentan tres actitudes ante el nacimiento del Hijo de Dios: “la primera actitud: búsqueda, búsqueda atenta; la segunda: indiferencia; la tercera: miedo”. Hay tres formas de relacionarse con Dios: desde la indiferencia, desde el miedo, desde la búsqueda.
           - INDIFERENCIA. Esta actitud la tenían los sumos sacerdotes y los escribas de Jerusalén. Ellos sabían dónde iba a nacer el Mesías prometido: en Belén, a pocos kilómetros de la ciudad en donde vivían, pero no estaban dispuestos –como sí los estuvieron los magos, que recorrieron miles de kilómetros durante días y días, y por lugares peligrosos- a caminar unas pocas horas para encontrar a ese Mesías prometido, a ese Hijo de Dios.
           Esta indiferencia hacia Dios y hacia las cosas de Dios no se dio únicamente en los escribas y sumos sacerdotes. También existe ahora mismo; lo percibo en muchas ocasiones. Esta indiferencia puede provenir del egoísmo, de la comodidad, de la insensibilidad, de la frialdad.
           En efecto, podemos ser indiferentes ante los sufrimientos de los demás. Vemos las muertes de tantos inmigrantes en las pateras al cruzar el mar, de las gentes que mueren de hambre, de los que mueren en atentados terroristas o en las guerras, de los que padecen todo tipo de enfermedades… “Mientras no me toque o afecte a mí o a los míos”, decimos. Esta es una expresión o un sentimiento de las personas que sienten indiferencia ante los sufrimientos y problemas de los demás.
            Pues, como os decía más arriba, esta indiferencia también alcanza a Dios y a las cosas de Dios. Da lo mismo tener fe (los escribas y sumos sacerdotes tenían fe en Dios) o no tenerla; podemos caer en esta indiferencia y no querer salir de nuestras comodidades y egoísmos; podemos no querer escuchar y acoger de verdad la Palabra de Dios. De hecho, estos sumos sacerdotes y escribas tuvieron a pocos kilómetros de sus casas la realidad más grande de todos los tiempos y de todo el universo: Dios mismo se hizo hombre y vino entre nosotros, pero ellos… pasaron de esto. Ahora mismo se estarán ‘tirando de los pelos’ por los siglos de los siglos. Y esta indiferencia está presente entre los cristianos de nuestras iglesias, entre los bautizados de nuestras parroquias, pero que no practican de modo habitual, entre tantas personas que ‘pasan’ de todo lo que huela a Dios y a religión. Dios está a su lado, e incluso dentro de ellos, pero ellos ‘pasan’ (‘pasamos’) de Dios.
           - MIEDO. Esta actitud la tenía Herodes. Él estaba aferrado al poder, al oro, a sus palacios, al placer… Y tenía miedo que el nuevo rey (el Mesías) se lo quitara y él se quedara sin nada. La historia de la humanidad nos dice que, tantas veces, los príncipes mataron a sus padres, los reyes, para llegar al trono antes. La historia nos cuenta que, tantas veces, los padres mataron a sus hijos para que estos no les quitaran de su trono. El que tiene y posee, tiene miedo de que se lo quiten y por ello hará todo lo posible, aunque sea lo más horrendo, para mantenerse en su lugar. Y no le importará asesinar al culpable, al sospechoso, al inocente… a todo aquel que pueda ser una amenaza para su trono. El que tiene miedo está lleno de paranoias y ve gigantes donde solo hay molinos de viento.
            Pues bien, el egoísta considera a Jesús como una amenaza y procurará acabar con Él de cualquier modo. En tantas ocasiones he escuchado a gentes decir que no querían hablar con Dios, ni leer la Biblia, ni rezar, porque… tenían miedo de lo que Dios les pidiera (ser sacerdotes o monjas, que cambiaran su vida totalmente, que renunciaran a sus bienes, que perdonaran a quienes les habían hecho daño…). Para evitar esto, han procurado ‘matar’ y ahogar esos gritos de Dios en sus conciencias. Y se escudan en miles de excusas y justificaciones: ‘aquel cura dijo esto o hizo lo otro’, ‘no hay que ser fanáticos’, ‘vete tú a saber si Dios existe’, etc. Estas frases y otras parecidas lo único que esconden es el miedo a que Dios nos quite de nuestro trono, de nuestros palacios, de nuestras seguridades, y nos lleve por un camino desconocido. El miedo nos lleva a alejarnos de Dios o a acercarnos a Dios por un interés o para que no nos pase nada malo.
            El que tiene miedo no está dispuesto a renunciar a lo que tiene por nada ni por nadie, ni siquiera por Dios.
            - BÚSQUEDA. Esta última actitud está encarnada por los magos, los cuales abandonaron su hogar, su pueblo, su seguridad, su egoísmo, y se pusieron en camino tras una luz y una noticia inciertas. Han arrostrado cansancio, peligros, gastos de su peculio para encontrar al Hijo de Dios.
           Así es, toda búsqueda conlleva salir del lugar de confort y seguridad en que vivimos. Toda búsqueda supone un peligro de perderse uno mismo y de perder las cosas de uno, de no encontrar lo que buscas, de que se burlen de ti, de fracaso, de malgastar lo que tienes (un chico que pide salir a una chica, se puede encontrar con el rechazo; una persona que deja su pueblo para buscar trabajo, lo pasa mal hasta que encuentra una estabilidad; una persona que deja su pueblo para ir a estudiar fuera, lo pasa mal…). Sí, toda búsqueda supone un esfuerzo, pero también es verdad que toda búsqueda consigue una madurez personal, un crecimiento como persona, un vencer miedos y complejos, una satisfacción personal y una alegría cuando uno encuentra lo que buscaba o más de lo que buscaba.
            Esta búsqueda de Dios es una gracia que te sirve para toda la vida, que da sentido a tu vida, que te da paz, alegría, confianza, fe, fuerza, amor… Quien ora y habla con Dios, busca. Quien escucha en el silencio, busca. Quien asiste a la Eucaristía cada semana o cada día, busca. Quien lee la Palabra de Dios u otros libros espirituales, busca. Quien asiste a charlas, cursillos o ejercicios espirituales en la parroquia o en otros lugares, busca. Quien practica los sacramentos, busca. Quien necesita a Dios, busca. Quien ayuda a los demás por amor a Dios, busca. Quien sigue los impulsos interiores de su corazón, busca. Quien perdona, busca. Quien no se desanima y se levanta una y otra vez de sus caídas, busca. Quien pide perdón, busca…
            - Hacemos un resumen de todo lo que hemos escuchado: El indiferente no busca a Dios. El miedoso no busca a Dios. El egoísta no busca a Dios. El cómodo no busca a Dios. El conformista no busca a Dios. El que no quiere complicaciones no busca a Dios. ¿Tú estás buscando a Dios? O mejor dicho: ¿Tú te estás dejando encontrar por Dios?
            Esta es la mayor tarea que estoy procurando afrontar con quienes asisten a las catequesis de confirmación (a las Misas, a las confesiones, a cualquier tipo de contacto conmigo o con otras personas vinculadas a la fe): QUE PASEN DE LA INDIFERENCIA ANTE DIOS Y SUS COSAS, A LA BÚSQUEDA DE DIOS; QUE PASEN DEL MIEDO A DIOS Y A SUS COSAS, A LA BÚSQUEDA DE DIOS.
¡FELIZ EPIFANIA (MANIFESTACIÓN) DE DIOS ENTRE NOSOTROS!