viernes, 26 de octubre de 2007

Domingo XXX del Tiempo Ordinario (C)

28-10-2007 DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (C) Eclo. 35, 12-14.16-18; Slm. 33; 2 Tim. 4, 6-8.16-18; Lc. 18, 9-14

Queridos hermanos:
- En este domingo hemos escuchado la parábola del fariseo y del publicano.
El fariseo es un hombre fiel a las normas religiosas en grado sumo: 1) Aunque sólo estaría obligado a ayunar una vez al año, él lo hace dos veces a la semana. En estos dos días a la semana el fariseo no come ni bebe nada, ni agua siquiera. 2) El fariseo paga el diezmo de todo lo que tiene, aunque no tiene obligación de ello, pues el pago del diezmo es obligatorio para el productor y no para el consumidor. 3) Además, el fariseo no roba, no es adúltero, no comete injusticias. Realmente este fariseo es una ‘joya’ y una maravilla de ‘hombre religioso’.
El publicano, en cambio, es un traidor a su patria y a sus compatriotas por colaborar con el ejército invasor, con los romanos. Es ladrón y usurero, sanguijuela de los pobres, huérfanos y viudas, es avaro y estafador. El publicano se da cuenta que, ante Dios, tiene las manos vacías y manchadas.
Sin embargo y a pesar de todo lo dicho anteriormente, quien obtiene el favor y la salvación de Dios es el publicano y no el fariseo. ¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho el fariseo? El no miente sobre su observancia y sobre su fidelidad a la religión. ¿Qué ha hecho, en cambio, el publicano para obtener el favor de Dios? En realidad, el fariseo no hace una oración de agradecimiento a Dios por la fe que Éste le ha dado, sino que su oración es un enunciar sus propios méritos, pues las obras que hace van más allá de los exigido por la Moisés, y Dios TIENE que recompensarle por ello. Su religiosidad se convierte en un ‘autobombo’, que le hace despreciar a los demás, porque los demás están por debajo de él. Por otra parte, cuando hablamos y actuamos los gestos son importantes. Fijaros en los gestos del fariseo: en el templo se queda muy cerca de Dios, pues tiene derecho a ello y trata a Dios casi de un igual a igual; el fariseo se planta firme ante Dios y con la cabeza bien alta y con la mirada firme; el fariseo mira a los demás por encima del hombro… En realidad, el fariseo no se reconoce culpable de nada, ni necesitado de nada ni de nadie, ni siquiera de la salvación de Dios. Y esto es precisamente lo que le cierra el corazón de Dios, al cual no necesita para nada.
Veamos qué pasa con el publicano y cómo es su postura física en el momento de orar. Éste se queda en la parte de atrás del templo, pues tiene vergüenza de acercarse a Dios; está con los ojos bajos; y se golpea el pecho constantemente. Y es que el publicano, al entrar en contacto con Dios, se siente urgido a una conversión radical de vida. Habla a Dios con humildad y de inferior a superior. Confiesa la necesidad que tiene del perdón, del amor y de la salvación de Dios: “¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!” Y es este hombre, el publicano, quien recibe la salvación de Dios.
Al dar Dios su paz al publicano y no al fariseo, se cumplen así las palabras de la primera lectura: “Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa." Se cumplen las palabras de la Virgen María ante su prima Isabel: “Dios dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos” (Lc. 1, 51s). Finalmente, se cumplen las palabras de Jesús en este evangelio: “Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
Para alcanzar la salvación de Dios y su favor hemos de aprender del publicano:
* Ante Dios nadie hay inocente. Todos tenemos algún pecado o más bien muchos pecados. El domingo pasado iba yo hacia las 10 menos cuarto de la mañana para orar en la catedral antes de celebrar la Misa de 11. Había algunos chicos que regresaban de la juerga nocturna y uno de ellos me dice: “Cura, soy un pecador”. Y a continuación añade: “Yo no creo en Dios”. Sólo es pecador quien cree en Dios y quien tiene una relación de fe y de amor con Dios. Si esto no es así, no hay pecados; hay fallos o errores. Pecador es aquella persona que actúa contra el plan de Dios y lo hace de modo consciente, tanto porque tiene certeza de la existencia de Dios, como de su voluntad y actúa contra ella. Repito, por tanto, el hombre creyente sabe que, ante Dios, uno siempre falla, pues El es el único Santo y uno es pecador.
* Si el hombre creyente se ve pecador (como el publicano), entonces se puede reconocer necesitado del perdón de Dios, de la salvación de Dios, del amor misericordioso de Dios. El hombre creyente y pecador se sitúa siempre en humildad ante Dios.
* El hombre creyente pecador no mira por encima de los hombros a los demás hombres, porque él no es mejor que ellos. Si los demás pecan, él también. Si los demás necesitan de Dios, él también. Por ello el hombre creyente pecador no juzga ni condena.
* El hombre creyente pecador tiene actos y gestos de humildad y de confianza ante Dios. No ve denigrante arrodillarse ante un sacerdote para pedir perdón, ante un sagrario para orar a su Amado. ¡Cuánto me impresiona siempre ver a personas arrodillarse para recibir el Sacramento de la Penitencia! ¡Cuánto me impresionan las personas que hacen la genuflexión ante el sagrario o se arrodillan en el banco para orar o hacen la señal de la cruz en la calle o en el templo! Estos días estuve enfermo de gripe en la cama y vino un joven a confesarse y a hacer dirección espiritual. Al terminar y estirar yo la mano, desde la cama, para darle la absolución, el joven estiró su cabeza para que mi mano tocara su cabeza y sentir así el perdón de Dios.
- Hoy, 28 de octubre, domingo, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, van a ser beatificados 498 mártires españoles. Dentro de esos mártires, hay un grupo numeroso de asturianos que fueron mártires aquí en nuestra tierra y otros en otros lugares de España, aunque en la celebración de hoy no están todos los fueron martirizados. Estos mártires dieron su vida, en diversos lugares de España, en 1934, 1936 y 1937. Son los obispos de Cuenca y de Ciudad Real, varios sacerdotes seculares, numerosos religiosos -agustinos, dominicos y dominicas, salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas, distintos grupos de carmelitas, franciscanos y franciscanas, adoratrices, trinitarios y trinitarias, marianistas, misioneros de los Sagrados Corazones, misioneras hijas del Corazón de María-, seminaristas y laicos, jóvenes, casados, hombres y mujeres.
Podemos destacar como rasgos comunes de estos nuevos mártires los siguientes: fueron hombres y mujeres de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; por ello, mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa, comulgaban e invocaban a María con el rezo del rosario; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión; rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana; fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos; a la hora del sacrificio, mostraron serenidad y profunda paz, alabaron a Dios y proclamaron a Cristo como el único Señor.
El Papa Juan Pablo II llegó a escribir de los mártires, de todos los mártires: “quiero proponer a todos, para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en el Este como en el Oeste. Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre. Estos testigos, especialmente los que han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y para la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo […] Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza”.
Y es que en los mártires se cumplen las palabras de las lecturas de hoy: “Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia”; los mártires gritaron al Señor y clamaron por el perdón de sus ejecutores y Dios les escuchó. “El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”; Dios libró a los mártires del Maligno y los llevó a su Reino de gloria. Allí los mártires alabarán a Dios por los siglos de los siglos, e interceden por nosotros.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

RECIBI ESTE CORREO-COMENTARIO A LA HOMILIA, Y LO COMPARTO CON VOSOTROS:
Querido P. Andrés, muy bonita la homilía del fariseo y el publicano, pero me hizo pensar algo que dices, que solo es pecador el que cree en Dios, porque al tener una relación con El, conoce lo que Dios quiere y si no lo hace peca. El que no Lo conoce no peca porque no tiene contacto ninguno con Dios y no sabe ni le interesa lo que El quiere, luego no peca, falla, se equivoca.
Pero es que si comete un pecado grave como matar o algo así, él no tendrá conciencia de pecado y ante la justicia será un delito penal, pero ¿qué pasa ante Dios? porque Dios está ahí, lo crea esta persona o no.
Jesús decía que el que conoce lo que su Señor quiere y no lo hace recibirá muchos azotes y el que no sabe lo que su Señor quiere y hace algo digno de castigo recibirá pocos.
Bueno no es que yo quiera que se castigue a nadie, ni deje de hacer el mal por evitar el castigo, pero también está el caso de no querer saber, de no querer comprometerse para evitar exigencias." Oye mira, si no creo no peco, así que no creo y hago lo que quiero porque como no será pecado". ¿No crees que puede caber esta postura? y ¿qué pasa en el fondo del corazón? puedo decir que no creo pero al mismo tiempo tener un sentimiento de que he hecho algo malo. Ese chico dijo: "soy un pecador", también dijo que no creía en Dios.
¿Por qué se siente pecador si no cree?
La fe es Gracia de Dios, pero ¿Dios niega esa gracia a alguien?,¿puede alguien decir que no tiene fe porque Dios no se la ha dado y por tanto no es culpable de lo que haga?, ¿Y si rechaza la fe, cómo no va a ser "culpable"?
¡Que homilía te he dado yo! bueno espero que me ilumines un poco esto.
Jesús es misericordioso con los pecadores y esto es suficiente.
Un abrazo

A MI VEZ LE RESPONDI ESTO:
Muy buenos los interrogantes que planteas. Voy a darte algunos puntos para que sigas reflexionando sobre todo ello:
El hecho de que un hombre no peque, en el sentido estricto del término, por no creer en Dios no quiere decir que no sea responsable de sus actos... ante sí mismo, ante los demás, ante la sociedad y, en último término, ante Dios, pues Dios sí que existe.
Dios ha inscrito en el ser humano las leyes de la naturaleza y de los mandamientos divinos. Aunque es cierto que una persona que no se cultive espiritualmente se vuelve más sordo y más ciego para las cosas de Dios y de los demás.
En definitiva, Dios le juzgará según la conciencia que tenga (eso sólo Dios lo conoce). Quizás Dios no lo "condene" por hechos concretos (blasfemias, faltar a Misa, dejar en la indigencia a otras personas, odiar...), pero el hombre sí que se condenará a sí mismo por ese encerrarse a Dios y a los demás. Recordad la parábola del rico Epulón.
Un abrazo
Andrés

Aloya dijo...

Yo me siento a lo largo del día muchas veces fariseo y otras publicano. Lo que suele suceder, es que al darme cuenta de mi actitud de fariseo, intento rapidamente comportarme como un publicano, y busco el perdón del Señor, pero indudablemente, reconozco que mi debilidad es grande, y repito esta conducta dual muchas veces.
Siento como una gracia de Dios, el tener conciencia de pecado, y me reconforta sobremanera, el acercarme al Sacramento del Perdón, con el convencimiento de que el Señor " ha hecho, borrón y cuenta nueva con mi vida" y otra vez, me da la oportunidad de reconciliarme con él. Parece pues, que puedo instalarme en una postura cómoda, " ahora caigo, ahora me levanto ". La cosa no es tan fácil, la búsqueda permanente de Dios, es un camino difícil, con muchas dificultades, y mantenerse en el equilibrio del bien, es tarea de Santos, yo me conformo con reconcer haber hecho el mal,es decir, ser consciente de mi pecado - no de mi fallo -, para solucionarlo lo antes posible en el Confesionario, de donde se sale renovado y cargado de esperanza, para seguir en el combate de la vida.
Personalmente creo, que todos estamos incluidos en el proyecto de Dios, y eso me lleva a confiar plenamente en su Misericordia infinita al juzgarme como pecador, débil, y fariseo al fin y al cabo.
Me alegra D. Andrés su mejoría. Oyéndole, no me cabe la menor duda de que el Señor, también puso su Mano sobre su cabeza, para bendecirle e iluminarle en esta tarea ingente de evangelizarnos.
Muchas gracias por su esfuerzo.
Un abrazo para todos los amigos del blog.
Aloya

José Manuel dijo...

Estimados Don Andrés y demás hemanos:

La vanidad y la humildad, presentadas en dos personajes diferentes.

Ni el diezmo, ni el ayuno, sirven de nada, ni tan siquiera la fe, sin humildad, porque DIOS detesta la vanidad.

Cuantas veces en este Mundo de caos y pecado, caigo en la tentación de creerme por encima de los que tienen olvidado a DIOS y no me doy cuenta que solo soy el "trabajador de la viña" que ha ido a trabajar unas horas antes tan solo antes que los demás, y que muchos otros van a la viña cuando el Sol se está ocultando en sus vidas y para el SEÑOR es tan válido sus escasos segundos como mis horas.

La vanidad perdió al Angel Caído.

Asun dijo...

El evangelio de hoy, me acerca más a mi realidad, a mi debilidad.
Como Aloya, (casi siempre me identifico con ella), tengo una personalidad dual. También, como ella, siento el efecto que produce en mí el perdón que el Señor pone a mi alcance.
La humildad es una virtud que admiro en los demás y deseo en mí, y buena dosis de ella se necesita para reconocerse pecador y pedir perdón por nuestros pecados, pero no solo a Dios (sé que es principal), si no a nuestros semejantes, y a veces, por la cercanía, por el cara a cara, nos resulta difícil. Del confesionario se sale ligero y sabiéndose comprendido por Dios, pero mi pena no desaparece hasta que me humillo ante la otra persona, entonces si quedo en paz, aún cuando sé que la justicia humana no escapa nunca a la parcialidad, sólo Dios practica la infinita exigencia de justicia.

Mi alegría por la justicia hecha a los mártires españoles. Cuándo se quiere revolver con la memoria histórica, es bueno hacer oír al mundo las atrocidades sufridas por confesar la creencia en el Señor y practicar la religión. Mi admiración a tantos que se quedarán en el anonimato, viene a mi mente un sacerdote de una parroquia de Villaviciosa, D. José Fernández, cuya historia me llegó a mi ayer mismo.

Siempre gracias a mi Padre y a mi director espiritual

Un fuerte abrazo a todos los compañeros del blog.

Asun

Pepitina dijo...

Terminaba el evangelio del domingo pasado preguntándonos:"Cuando venga el Hijo del Hombre,¿encontrará esta FE sobre la tierra?" Aún siento la emoción de ayer siguiendo la trasmisión- un rato por TV. y luego por Radio María- de la Beatificación de los Mártires nuestros hermanos. Con cuánta claridad veíamos en ellos-tras escuchar testimonios de su vida entregada por Cristo- todos esos frutos de la Fe auténtica que nos presentabas Pater en la pasada homilía; una Fe que como la de Luis Ricardo, María y Alex,rebosaban dicha porque la entregaban generosamente; unos la entregaban en el lugar de su Misión (Ecuador ó Chile), otros-estos 498- nos entregaban a nosotros el TESTIGO ayer trás ser beatificados, y haber dado su vida por Cristo en el martirio de sangre.Esta tierra de misión que es España nos pide ese "martirio"(=testimonio) a cada uno de nosotros allí donde estemos,-aúnque no sea muriendo sino Viviendo la Fe-, esa que se fortalece dándola: sin miedo para hablar de Dios, confiando y anunciando Su Palabra "a tiempo y a destiempo"; renunciando a certezas humanas, porque nos fiamos de sus promesas y de Su Palabra, como nos han enseñado estos 498 hermanos.La Eucaristía, María, la oración(¡¡la del Publicano!!)nos dispondrán para una Fe valiente,servicial y reconciliadora.
"Cuando venga el Hijo del Hombre,¿encontrará esta FE sobre la tierra?" Recordar estos Testigos de la FE, hace crecer mi Esperanza.
A ellos les pido su intercesión para este querido Blog:
"Dadnos gozo y valentía
al sembrar la paz y el bien,
poclamando en nuestra vida
la ALEGRÍA DE LA FE."(del Himno, Semilla de Paz)
un abrazo a todos

Anónimo dijo...

Sólo La Gracia de Dios nos hace ver nuestro pecado. El fariseo con un pecado más sutil y oculto ¿no recibe esa Gracia?.
Le pido a Dios me haga digna de recibir Su Gracia y abra siempre mis ojos a mis pecados.

Olga dijo...

¿quien obtiene el favor y la salvación de Dios? el publicano
El publicano se acerca a Dios, se descubre hundido en la miseria, necesita salir de su pecado y pide con ansia el auxilio del Señor, sabe y está seguro que está solo, su vida se encuentra traspasada en el pecado, se siente indigno de mirar a Dios y llega hasta el fondo de sí mismo y es cuando deja que Dios le ilumine y le cambie, es aquí donde se da cuenta del amor que Dios le tiene. Es aquí donde el publicano pude gozarse del don que Dios le da, que es el PEDÓN Y POR SUPUESTO EL AMOR MANIFESTADOS EN TODOS LOS DETALLES DE LA VIDA.
La postura del fariseo le impide conocer y reconocer a Dios, se apoya en sí mismo, en sus propias fuerzas y no mira más allá. Es mediocre
Humanamente cuando nos sentimos solos, hundidos, buscamos ayuda, clamamos auxilio. Cuando nos decidimos a levantar las manos, la mente, el corazón a Dios, cuando suplicamos su auxilio es cuando entramos en la maravillosa experiencia de sentirnos sanados, perdonados, amados.
Me doy cuenta que si tengo la postura del publicano, no disfruto de la BONDAD Y LA MISERICORDIA DEL SEÑOR, mi vida es rutinaria y en una continua tibieza y mediocridad.
Si mi actitud es la del fariseo puedo revelar día a día en los más pequeños detalles de la vida la ofensa a mi Señor, a mi Amado y con su gracia reconocer que lo he ofendido y por lo tanto reconocerme pecadora, necesitada de la misericordia de Dios y gozarme del don que Él me ofrece, gozarme del mismo Dios. Me da la oportunidad de sentir su mano que me acaricia, que me perdona, que me sana, que me levanta de mi postración y me anima a caminar a buscarle con más expectación.
Hoy pido al Señor me dé la gracia de conocer y reconocer mis pecado, mis fallos, mis faltas de amor hacia Él y pueda ir dejando esa tibieza, esa mediocridad y llegar a ser firme y consecuente en mi vida hacia Dios y esto me llevará a disculpar, a tener gestos y actos de humildad, a no juzgar las actitudes de los demás. Y SOBRETODO A RECONOCER LA GRANDEZA DE DIOS EN MI VIDA
OH Dios ten compasión de mi que soy una pobre pecadora
Un abrazo para todos.Gracias por el regalo que me dais con vuestros comentarios.
Olga