miércoles, 29 de junio de 2016

Domingo XIV del Tiempo Ordinario (C)



3-7-2016                                DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO (C)
                                                    Is. 66, 10-14a;Slm. 65; Gal. 6, 14-18; Lc. 10, 1-12.17-20
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Como sabéis estamos en el Año Santo de la Misericordia. En su carta inaugural de este Año Santo el Papa Francisco nos exhorta a vivir las obras de misericordia, las corporales y las espirituales. Algo de esto ya os he predicado en el Adviento y en la Cuaresma. Ahora, en el verano y aprovechando que acuden a nuestras parroquias más fieles, he pensado en ir desmenuzando durante los domingos de julio y de agosto los ejercicios espirituales que impartí en la Cuaresma en Oviedo y en Lugo sobre las obras de misericordia. Los dos primeros domingos de julio haré una introducción y los restantes domingos iré explicando dos obras de misericordia de cada vez.
            En el día de hoy quisiera hablaros sobre la misericordia y sus obras en la Biblia, primero en el Antiguo Testamento y luego en el Nuevo Testamento.
1.- La misericordia en el Antiguo Testamento
            Para el pueblo de Israel el concepto de ‘misericordia’ comprendía varios significados: amor, ternura, piedad, compasión, clemencia, bondad, don de Dios… En toda la Escritura Dios manifiesta su ternura ante la miseria humana: “Dios, Señor de la misericordia” (Sab. 9, 11), o también “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias” (2 Co. 1, 3). En definitiva, la misericordia bíblica expresa el sentimiento que se experimenta ante una necesidad o infortunio, así como la acción que surge de ese sentimiento. La misericordia es como un triángulo de tres caras: 1º: la cara de la necesidad grave; 2º: la cara del sentimiento que suscita esa necesidad; 3º: la acción que completa esa misericordia. Si falta alguna de estas caras, no hay misericordia.
            El Dios de Israel es un Dios misericordioso desde el primer momento en que se muestra a su pueblo. Así se explicita en el Sinaí: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y rico de misericordia y fidelidad. Él mantiene su misericordia a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado” (Ex. 34, 6-7a). Se podrían aludir más textos, pero termino con uno que compendia lo dicho por los profetas y en la Ley: (contenido de ese 'sentimiento') “El Señor es 1º bondadoso y 2º compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no acusa de manera inapelable ni 3º guarda rencor eternamente; 4º no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas […] 5º Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles” (Sal. 103, 8-10.13).
            Con el tiempo en el Antiguo Testamento empiezan a aparecer listas de obras y actos concretos de misericordia que visibilizan la bondad sobre los que sufren: (ejemplos de acciones de misericordia) “Éste es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Is. 58, 6-7). “Tiende la mano también al pobre, y serás plenamente bendecido; sé generoso con todos los vivientes y no niegues tu piedad a los muertos; no des la espalda a los que lloran y comparte la aflicción de los que sufren; no dejes de visitar al enfermo” (Eclo. 7, 32-35). En tiempos de Tobías se añadió otro acto concreto de misericordia: el ‘enterrar a los muertos’ (cf. Tob. 1, 16-18).
2.- La misericordia en el Nuevo Testamento
            En varios momentos del evangelio se nos dice que Jesús se compadecía y sentía misericordia ante la multitud: Mt- 9,36; 14, 14; 15, 32. En Lucas también se nos dan casos concretos, como el hijo único de la viuda de Naín (Lc. 7, 13) o los padres desconsolados (Lc. 8, 42). De ahí la recomendación de Jesús: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36) y la bienaventuranza en el Sermón de la Montaña: “bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5, 7).
En el texto paradigmático de Mt. 25, 31-46 se recoge que, para Jesús, sus hermanos son todas las personas marginadas y necesitadas de nuestro mundo, a lo largo de toda la tierra y de toda la historia, de los lugares y de los tiempos. Se trata, por tanto, de una visión universal de las necesidades y de la misericordia. La lista de Mateo está en sintonía con lo contenido en otras partes del Antiguo Testamento: Is. 58, 6-9 (encadenados, oprimidos, hambrientos, vagabundos, desnudos, heridos), Is. 61, 1-2 (pobres, desgarrados, cautivos, prisioneros), Job 22, 6s (desnudos, hambrientos, sedientos), Job 31, 17.19.21.31s (huérfanos, desnudos, pobres, inocentes, extranjeros), Tob. 1, 16-17 (hambrientos, desnudos, muertos), Eclo. 7, 34s (afligidos, enfermos)…, pero también del Nuevo Testamento: 1 Pe. 3, 8: “sed solidarios en el sufrimiento, quereos como hermanos, tened un corazón compasivo y sed humildes”, Rm. 12, 8.15: “el que exhorta, ocupándose de la exhortación: el que comparte sus bienes, que dé con sencillez; el que preside, con la solicitud; el que hace obras de misericordia, con alegría […] Alegraos con los que estén alegres, llorad con los que lloran”, Heb. 13, 3: “acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados, como si estuvierais en su carne”.
Para Jesús la razón fundamental que subyace en todo el texto del juicio final está en dos versículos: “Y el Rey les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo’ […] Y él les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo’” (Mt. 25, 40.45). En efecto, no es ésta la única vez que Jesús utiliza esta razón como fundamento del obrar de sus discípulos. En otros momentos de su vida también Jesús dijo lo mismo con palabras parecidas: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc. 10, 16, Mt. 10, 40). En la misma línea están las palabras que Jesús dirige a san Pablo camino de Damasco: “¿Por qué me persigues?” (Hch. 9, 4).
Por esta razón los santos padres también identificaron en sus sermones y escritos a los necesitados con Jesús. San Agustín dice: “Cada uno espera encontrar a Cristo sentado en el cielo; pero miradlo acostado en el portal, miradlo en el que tiene hambre, en el que tiene frío, en el que no tiene nada, en el que es extranjero”.
Finalmente, decir que es con santo Tomás de Aquino cuando se consolida la doble lista de las obras de misericordia, las corporales y las espirituales.

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