miércoles, 8 de junio de 2016

Domingo XI del Tiempo Ordinario (C)



12-6-2016                              DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (C)
                                               2Sam. 12, 7-10.13; Slm.31; Gal. 2, 16.19-21; Lc. 7, 36-8, 3
            En el día de hoy voy a repetir una homilía que ya había preparado y predicado hace 9 años, pero que aquí, en el concejo de Tapia de Casariego, no la oyeron y pienso que las ideas que entonces dije son oportunas y buenas. Se trata de explicar un poco lo que Dios nos quiere decir a través del relato de la primera lectura.
            La primera lectura y el evangelio de hoy nos hablan del mismo tema: del perdón de Dios y de su misericordia para con todos nosotros. Así, el profeta Natán le dice al rey David: “El Señor perdona tu pecado. No morirás.” Y Jesús en el evangelio narra la parábola de un prestamista que tenía dos deudores: uno le debía 500 denarios (al cambio de hoy pueden ser unos 24.000 €) y otro le debía 50 denarios (al cambio de hoy pueden ser unos 2.400 €; más o menos, no soy demasiado bueno en matemáticas). Jesús nos dice que el prestamista perdonó las dos deudas. ¡Imaginaros que llega a casa una carta del banco, en donde se dice que la deuda pendiente de la hipoteca queda cancelada! ¡Qué alegría y que noticia más estupenda sería para tanta gente! También Jesús perdona en el evangelio a la mujer pecadora, que le riega los pies con sus lágrimas. Las palabras de Jesús son éstas: “Tus pecados están perdonados […] Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
Supongo que conocéis la historia del rey David, de Urías el hitita y de su mujer. La primera lectura de hoy nos cuenta el final de esta historia. Al narrar los hechos sucedidos, me voy a ir fijando en todos los pecados de David. Y voy a hacerlo así, porque, si no comprendemos la enormidad de los pecados de David (de nuestros pecados), podemos pensar que el perdón de Dios es una bagatela o una nadería: 1) David se queda en el palacio, mientras envía a los demás a la guerra: A pasar frío, calor, sed, hambre, sufrimientos, heridas, incertidumbres, muerte, lágrimas. Él está bien, mientras los demás están mal (pecados de egoísmo, de asesinato, de robo, de desprecio hacia los demás…); 2) David disfruta de un palacio, de varias mujeres, de comida… Un día se levanta de la siesta y sale a dar un paseo por los torreones de su palacio. Observa a una mujer bañándose en una casa cercana. Sabe que es una mujer casada, pero pide que se la traigan. La mujer obedece, porque es el rey quien lo ordena. David comete adulterio y encima lo hace abusando de su poder, de su fuerza sobre una mujer que tiene a su marido luchando por aquel que va a abusar de ella (pecados de abuso, de adulterio, de violación, de pereza, de lujuria…); 3) cuando la mujer avisa a David que está encinta, él busca tapar su falta mandando que le envíen a Urías con el pretexto de que le informe cómo va la guerra. David emborracha a Urías, lo agasaja con regalos y le manda a dormir con su mujer para tapar su falta. Pero Urías no puede, en conciencia, acostarse con su mujer y dormir en cama blanda sabiendo que sus compañeros de armas están pasando penalidades (pecados de engaño, abuso de poder, doblez en la intención…); 4) al ver que no va lograrse lo que David quiere (tapar su falta, ya que, si se descubre ésta, quedará mal ante sus súbditos), entonces en una carta, que manda por el propio Urías, ordena su muerte (pecados de instigación al asesinato, de abuso de poder, de doblez de corazón, de desprecio de la vida humana, de soberbia y, por no perder su fama, está dispuesto a lo que sea…).
Así y todo, a pesar de todos estos pecados, David no es capaz de verlos en sí mismo. Y es cuando se le acerca el profeta Natán y le cuenta la siguiente historia: “‘Había dos hombres en una misma ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía una enorme cantidad de ovejas y de bueyes. El pobre no tenía nada, fuera de una sola oveja pequeña que había comprado. La iba criando, y ella crecía junto a él y a sus hijos: comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. ¡Era para él como una hija! Pero llegó un viajero a la casa del hombre rico, y este no quiso sacrificar un animal de su propio ganado para agasajar al huésped que había recibido. Tomó en cambio la oveja del hombre pobre, y se la preparó al que le había llegado de visita’. David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: ‘¡Por la vida del Señor, el hombre que ha hecho eso merece la muerte! Pagará cuatro veces el valor de la oveja, por haber obrado así y no haber tenido compasión’. Entonces Natán dijo a David: ‘¡Ese hombre eres tú! Así habla el Señor, el Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl; te entregué la casa de tu señor y puse a sus mujeres en tus brazos; te di la casa de Israel y de Judá, y por si esto fuera poco, añadiría otro tanto y aún más. ¿Por qué entonces has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que es malo a sus ojos? ¡Tú has matado al filo de la espada a Urías, el hitita! Has tomado por esposa a su mujer, y a él lo has hecho morir bajo la espada de los amonitas. Por eso, la espada nunca más se apartará de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado por esposa a la mujer de Urías, el hitita’”. David no fue capaz de ver su pecado, pero vio enseguida el pecado del que robó la oveja al otro y lo condenó inmediatamente sin posibilidad de apelación: “¡Por la vida del Señor, el hombre que ha hecho eso merece la muerte! Pagará cuatro veces el valor de la oveja, por haber obrado así y no haber tenido compasión.” Nosotros somos, en muchos casos como el rey David: Pecamos y no vemos nuestro propio pecado, pero sí que vemos enseguida el de los demás. Vemos la mota de polvo en el ojo ajeno, cuando en nosotros no vemos la viga.
            Ante las acciones pecaminosas de David, Natán presenta las acciones de Dios para con David: le ungió como rey de Israel, le libró de sus enemigos, le entregó miles de posesiones y le va a dar aún más. David ha pagado los dones de Dios con pecado y con el desprecio de su Palabra. ¿Cuál será el castigo de David? La lectura nos narra que David vio sus pecados y los reconoció: “He pecado contra el Señor”. Y el Señor perdonó sus pecados; todos ellos. Dios nos pide no pecar, pero, si pecamos, Dios nos pide el reconocimiento de tales pecados, el abajarnos ante el Señor, el sentir el dolor de estos pecados como los siente el Señor. Nadie reconoce de verdad los pecados propios, tal y como Dios quiere, si no percibe en su interior el dolor de los pecados como a Dios le duelen. Y sentir esto es un don de Dios. Ya os conté una vez que un padre dominico, Julio Figar, lloraba cuando le confesaban los pecados, aunque fuesen simplemente haber dicho tacos, haber murmurado, haberse enfadado con la mujer o el marido… Julio sentía en su espíritu el dolor de Dios, porque su espíritu era uno con el Espíritu de Dios.
            ¿Cuáles son los frutos del perdón de Dios en el hombre pecador? Como hemos visto más arriba, el perdón de Dios nos salva, nos da la paz, impide nuestra muerte, porque el hombre en pecado es un hombre muerto interiormente.

3 comentarios:

Feli dijo...

Que bueno es, que el Señor nos perdone,pero creo que no es igual una blasfemia,o una mentira, que los pecados que cometió David,ahí entraron muchos y fuertes, haciendo mucho daño a Dios y a muchas personas . Y ante esa situación tendríamos que doblegarnos a él en cuerpo y alma,y pedir mil perdones.También pienso,que yo lo veo con ojos de humana,Dios lo ve con ojos divinos.Lo bueno es que Dios nos perdona,sin mirar el tamaño de los pecados.Gracias Señor,por estar sacándonos del pozo,porqué vemos la paja, en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro.Alabado sea el Señor,un abrazo amig@s.

Mary dijo...

En ésta homilía se nos vuelve a recordar lo grande que es la misericordia de Dios, cómo nos perdona siempre que nos acercamos a ÉL arrepentidos ,eso es una alegría muy grande ,saber que siempre está ahí para levantarnos de nuestras caídas .Gracias JESÚS por tu paciencia y tu misericordia que tanta paz nos da .Que el Señor nos bendiga a todos

Chony dijo...

Me parece preciosa esta homilía, en la que se nos invita a reflexionar sobre nuestro comportamiento; sobre sus consecuencias y arrepentimiento, y sobre el perdón de Dios.
Puedo decir que desde hace tiempo, le ruego al Señor que me muestre mis pecados, especialmente aquellos que me parecen no son demasiado importantes, porque "los gordos" si que los veo y recuerdo. Y porque esta petición? porque en alguna vez que el Señor me concedió la gracia de descubrirlos, y ser consciente de las consecuencias de los mismos, entonces sí sentí el dolor y arrepentimiento; y pude exclamar como David: "¡¡He pecado contra el Señor!!" reconocí mi culpa, y pude también conocer el amor de Dios, sentirme dichosa; porque sí es cierto que el Señor no quiere que peque, y le duelen mis pecados, pero me queda muy claro que, a pesar de todo El es amor, y por este mismo amor, siempre siempre me perdona; su paciencia no tiene límites, y su amor tampoco; hay días que meditando quiero "descubrir" de que manera me quiere el Señor, hasta donde, como me ve etc. y no encuentro una respuesta, porque es algo tan tan grande, que llega hasta el infinito, no tiene fin; por tanto no puede entrar en mi cabeza ni ser razonado; lo sí tengo claro que cuando de mi corazón brota esta frase: "¡¡He pecado contra el Señor"!! El no ve esa infidelidad, sólo sale de El AMOR AMOR Y AMOR, porque El es eso.
Yo hoy doy las gracias al Señor y a la iglesia, que nos pone estas lecturas tan hermosas, a través de las cuales podemos ver con toda claridad la misericordia, el amor de Dios hacia nosotros; sin importarle la gravedad de nuestras culpas, siempre que nos duelan. Porque no se si habéis pensado que, también nosotros somos capaces de matar a quienes nos estorban, con la espada, si si, con la espada de nuestra lengua, por ejemplo
David fue un gran pecador, así como la mujer que se nos muestra en el evangelio; también reconoció su pecado, y lloró amargamente lavando con sus lágrimas los pies del Señor, y secándolos con sus cabellos, sin importarle los juicios que surgirían de todos los presentes (tan pecadores como ella), y le unge los pies con el mejor perfume; "Tus pecados están perdonados" esa es la respuesta de Jesús; al igual que en el caso de David: "El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás"

Muchísimas gracias a nuestro pater que siempre tiene una palabra de aliento, para cada uno de nosotros.
Feliz semana hermanos
BENDITO SEA DIOS