viernes, 28 de mayo de 2010

Domingo de la Santísima Trinidad (C)

30-5-2010 SANTISIMA TRINIDAD (C)

Prov. 8, 22-31; Slm. 8; Rm. 5, 1-5; Jn. 16, 12-15

Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En el día de hoy celebramos la festividad de la Santísima Trinidad y he pensado en seguir profundizando en el Espíritu Santo. En efecto, el domingo pasado, Pentecostés, os hablaba de los dones del Espíritu y hoy quiero hablaros de los frutos del Espíritu. Decía Jesús: “Por sus frutos los conoce­réis”. “Si un árbol es bueno, dará fruto bueno; pero si un árbol es malo, dará fruto malo. Porque el árbol se conoce por el fruto” (Mt. 12, 33).

Mucha gente cree que no es mala, porque no tiene pecados. Así se mide uno en el mundo, pero ante Dios uno se mide de otra manera. Jesús no mira si no tenemos pecados; Él mira más bien si tenemos obras buenas. Por eso, si cualquiera de nosotros desea saber si es bueno ante Dios, no mire las cosas malas que no tiene, sino las cosas buenas que tiene. ¿Y cuáles son esas cosas buenas? Pues son los frutos del Espíritu Santo.

La tradición de la Iglesia enumera doce frutos del Espíritu, los cuales están tomados en gran medida de una carta de San Pablo a los Gálatas, que dice así: “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Ga 5,22-23). Y hemos de saber que estos frutos, más que consecuencias de nuestro esfuerzo, son regalos de Dios, del Espíritu de Dios y, cuanto más cerca estamos de Él, más profundamente están los frutos en nosotros. Vamos ahora a ir examinando algunos de los frutos del Espíritu… hasta donde lleguemos.

- El amor es el primero entre los frutos del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque Dios es amor. Dad a un hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que sea posible; haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres que se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda imaginar; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al sol, que divida los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de Dios en grado tan eminente como queráis, que tenga además el don de profecía, de discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. El menor acto de amor que haga, valdrá mucho más que todo eso, porque ese acto de amor lo acerca y lo hace semejante al Supremo bien. Sólo Dios es bueno, sólo de Dios procede lo bueno, y lo mejor que existe en la tierra y en el cielo es el amor: Amor a Dios, amor los otros, amor a uno mismo, amor a las criaturas. Si en vosotros encontráis este amor, entonces es que sois un árbol bueno y tenéis en vosotros el mejor de los frutos del Santo Espíritu de Dios.

- La alegría es uno de los indicativos más fuertes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Los problemas nos han desaparecido, las circunstancias negativas siguen siendo las mismas, pero la perspec­tiva es otra muy distinta. "Por lo demás, hermanos míos, mante­neos alegres, como cristianos que sois" (Flp. 3, 1). Decía San Juan Crisóstomo: “Los seguidores de Cristo viven contentos y alegres, y se gozan de su pobreza más que los reyes de su corona”. Decía San José María Escrivá: “¿No tienes alegría? Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. Casi siempre acertarás”.

- La mansedumbre y la paciencia. Ésta es el amor que comprende a las personas difíci­les o inmaduras, y que nos da esperanza en situaciones difíciles. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza y es propio de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera que se levanta para rechazar el mal presente. El esfuerzo humano por ejercer la paciencia y la mansedumbre como virtudes requiere un combate que requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero, cuando la paciencia y la mansedumbre son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto. La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios. Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre someter los movimientos de cólera. Cuando el Espíritu Santo toma posesión de una persona, aleja de ella la tristeza y la cólera.

- La perseverancia. La perseverancia nos ayuda a mantenernos fieles al Señor a largo plazo. Impide el aburrimiento, la rutina, la desesperanza y la pena que provienen del deseo del bien que se espera y que no acaba de llegar, o del mal que se sufre. La perseverancia hace, por ejemplo, que al final de un tiempo consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.

- La bondad y generosidad que nos hace ser desprendidos de lo nuestro: de nuestras cosas y de nuestras personas. La bondad es un fruto que mira al bien del prójimo. Por ello, quien es regalado con este fruto se siente inclinado a ocuparse de los demás y a que los demás participen de lo que uno tiene, pues lo ha recibido de Dios y no es propietario, sino administrador. Es bondadoso quien pone por obra aquellas palabras de despedida de S. Pablo a los responsables de la comunidad de Efeso: "En todo os he hecho ver que hay que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: 'Hay más alegría en dar que en reci­bir'" (Hch. 20, 35).

- La fe, como fruto del Espíritu Santo, es la aceptación de todo lo que nos es revelado por Dios, es la firmeza para afianzarnos en ello, es la seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de la fe. No es suficiente creer, hace falta meditar en el corazón lo que creemos, sacar conclusiones y responder coherentemente. Por ejemplo, la fe nos dice que Nuestro Señor es a la vez Dios y Hombre y lo creemos. De aquí sacamos la conclusión de que debemos amarlo sobre todas las cosas, visitarlo a menudo en la Santa Eucaristía, prepararnos para recibirlo y hacer de todo esto el principio de nuestros deberes y el remedio de nuestras necesidades. Pero, cuando nuestro corazón esta dominado por otros intereses y afectos, nuestra voluntad no responde o está en pugna con la creencia del entendimiento. Creemos, pero no como una realidad viva a la que debemos responder. Hacemos una dicotomía entre la "vida espiritual" (algo solo mental) y nuestra "vida real" (lo que domina el corazón y la voluntad). Ahogamos con nuestros vicios los afectos piadosos. Si nuestra voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios, tendríamos una fe profunda y perfecta.

- La modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente. Nuestro espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par todos lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar. La modestia lo detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser la mansión de Dios: el don de presencia de Dios. Ésta sigue rápidamente al fruto de modestia. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía. La inmodestia es señal de un espíritu poco religioso.

- El dominio de sí mismo es un fruto del Espíritu Santo que nos hace ser libres de los instintos animales y ciegos como la ira, la rabia, la gula, la lujuria. Mediante esta virtud el hombre se convierte realmente en el señor de la crea­ción y de las cosas creadas, sujetando su voluntad a la voluntad divina.

8 comentarios:

Any dijo...

Buenos dias Hermanos ¡¡¡ buenos dias Andres ..he estado de viaje por ello mi ausencia ya que no tenia ordenador .. pero como diria mi abuela de vacaciones ¡¡pero no vacaciones de Dios ¡¡¡ los he echado de menos .. sobre todo leer tu homilia ¡¡¡ la cual me hace muy bien .. y esta especial del dia de hoy me ha llegado al alma y he aprenddio mucho de ella ..sabes todos los dias hago algo que mi abuela me enseño .. antes de orar prendo una vela para que la luz del Espirirtu Santo se presente ante mi y me de fortaleza .. sabiduria .. para enfrentar el dia ...y me acompañe todo el dia .. al terminar mi oracion solo digo " Espiritu Santo ven " ¡¡¡¡¡que tengan una semana llena de paz ...

Andrés Pérez Díaz dijo...

Any, ya te echaba de menos. Me alegra que estés bien. Dios te bendiga y te proteja siempre.
Quiero contaros un episodio que me pasó ayer por la tarde:
Estuve en un santuario mariano en donde nos reunimos varias cofradías marianas-hermanas. A una de ellas pertenecía un chico (al cual yo no conocía), que estaba un poco enfadado conmigo por una actuación que tuve con su cofradía en mi calidad de vicario judicial del arzobispado. El venía "caliente" y me iba a cantar las cuarenta. En la Misa se sentó en el primer banco y al explicar el primer fruto del Espíritu: el amor, fui y le di un beso en la frente. Luego le di varios besos en la frente y un abrazo grande en la paz (ya sabéis cómo hago yo de escenificar lo que predico). Posteriormente, cuando comíamos algo todos juntos se me acercó este chico y me dijo que venía "caliente", que me iba a reñir, pero que mi gesto lo había desarmado. ¿Por qué cuento esto? Pues como ejemplo de un fruto del Espíritu cómo se hizo presente en medio de la homilía y yo sin saber nada. ¡Qué bien hace todo Dios! ¡Bendito sea!

Anónimo dijo...

La homilia muy enriquecedora pero el hecho que narras como comentario es una de esas cosas de Dios.
Se trata de gestos y de ver a Dios en esos gestos.
Debemos creer que una flor puede parar una guerra y en lo que no estemos convencidos de ello ¡¡mal va la cosa!!.

Buena semana para tod@s.

Chony dijo...

Hermosísima y jugosa la homilía.
Desde el comienzo hasta la última frase me ha parecido impresionante, y el escucharla aviva en mi interior ese fuego que encendió un día el Espíritu, y que en ocasiones por no cuidarlo parece que se va apagando, eso sí, siempre queda la brasa, y cuando el Espíritu sopla, a través de una predicación, en la oración, o lectura de la palabra, entonces vuelve a crecer la llama, con un deseo incontenible de que, como en este caso, todo la que D. Andrés nos ha dicho, pueda darse en mi; y no solo para mi bien y mi goce, sino para que aquellos que me rodean puedan bendecir a Dios,por todo ,lo que realiza en cada persona.
El pasado domingo pedía con ansia el espíritu Santo y sus dones, los necesito, son mi fuerza, mi alegría, mi paz; sin ellos no podría hacer frente a tantas cosas que surgen y que parece que te aplastan, pero estos dones te sacan fuerza de donde no la tienes, porque en realidad la fuerza nos viene de Él.
Luego me decía a mi misma, si recibo unos dones como consecuencia han de surgir unos frutos, porque sino es así, de que me sirven? para guardármelos yo? no, han de cambiar mi vida, han de hacerme comprender que tantas gracias recibidas han de tener una respuesta, que yo no puedo dar, pero que sí puedo pedir a mi Dios que esa semilla plantada en mi huerto, de el fruto deseado.
Mi pregunta es ¿se dan estos frutos en mi? porque hace mucho que el Espíritu Santo está derrochando sus dones conmigo; Creo que para responder sería bueno preguntar a aquellas personas que conviven conmigo, o son cercanas a mi.
Bien es cierto, que tantas veces soy consciente de que hago o digo o actúo de una forma que no saldría de mi, así como en tantas ocasiones en los momentos de oración, ocurren cosas que ni yo misma puedo imaginar; y puedo sentir Su mano que coge la mía, y me invita a seguirle, puedo notar sus besos en mi piel, y este contacto despierta un amor grande hacia todos mis hermanos, y se que amándolos a ellos, estoy amando a mi Señor.
Me ha llamado la atención lo que os dices al principio, es decir: Yo no tengo pecados, ¿y obras buenas? tampoco, entonces ¿que tienes? que importantes son los frutos, para mi estos son los que hacen presente en medio del mundo a Jesucristo, es el mejor testimonio y manera de evangelizar.

Preciosa, y conmovedora la reflexión, no cabe duda Andrés, el espíritu del Señor está sobre ti; muchas gracias y que Él te bendiga.
Un abrazo a todos los hermanos.

BENDITO SEA DIOS.
chony

Anónimo dijo...

Gracias D. Andrés por esta preciosa Homilía que llega cargada de esperanza, ¡tantos regalos del Señor, y muchas veces no somos conscientes de ello!
Yo estuve en ese encuentro mariano al que Vd. alude, ese día no pude ir a la Misa de la Catedral de las 11, pero el Señor me hizo el regalo de escucharle allí, en aquel Santuario de la montaña asturiana, y sentir que la gran concentración de fieles asistentes a la ceremonia, permanecíamos extasiados por sus palabras, y por esa explicación magnífica de los Frutos del Espíritu Santo, en realidad, estábamos recibiendo en cascada esas Bendiciones que el Señor nos manda a través de su Santo Espíritu, y que Vd., iba desgranando para que entraran en nuestros corazones. Ha sido un bello día de acción de gracias al Señor, por su misericordia, y por permitir que a través de las palabras de D. Andrés, fruto de su trabajo generoso, preparando esa catequesis de todos los domingos, nos pudiésemos beneficiar tan altamente del conocimiento de los Dones y Frutos que Dios nos manda a través de su Espíritu.
Que el Señor le bendiga D.Andrés, pues es mucho el bien que hace a nuestra querida Iglesia.
Un fuerte abrazo a los hermanos del blog.

Juanjo dijo...

Hola Andrés, soy Juanjo, el "chico" del Cébrano ", hoy en la casa de Hermandad de mi Cofradía le preguntaba a nuestro párroco, si habría manera de conseguir la homilía de la misa, me había gustado , y un compañero de cofradía me comento de tu Blog y efectivamente aquí la encuentro...y al leer tu comentario se me saltaban las lágrimas... lo mismo que comentas sentí yo en tu homilía... el fruto del Espíritu, que sigue su camino y me ha hecho llegar hasta aquí , para leer tu comentario y maravillarme de los caminos del Señor.
Dios te bendiga, Andrés, por hacerme ver que El está presente donde menos te lo esperas.

Andrés Pérez Díaz dijo...

Dios te bendiga, Juanjo, y Dios nos bendiga, pues, sin nosotros saberlo, hizo brillar su luz, su perdón y su amor en medio de nosotros. El Espíritu existe. Ahí están sus frutos bien patentes y nosotros hemos de reconocerlos.
Un abrazo

Pepitina dijo...

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!!
Decía Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”. Nos recuerda San Pablo:“Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Ga 5,22-23).
……………………………………………………………………………………………Hace unos dias recibí un correo sobre el estreno de una película basada en la vida y muerte de un “buen sacerdote”, Pablo. De él escribe el director de esa película: “La última cima” quien se sintió impactado y yo diría que “convertido” por este joven sacerdote a quien apenas conoció, sino por los testimonios que otros, ya muerto Pablo le dieron sobre él. Buscad en internet, si no conoceis la noticia y ojalá como a mi me ocurrió digáis: "El Espíritu existe. Ahí están sus frutos bien patentes y nosotros hemos de reconocerlos."
................................
Pablo Domínguez Prieto, sacerdote
"He llegado a la cima"
"Estaba enamorado de Dios y servía a Dios sirviendo a los demás",
“Todo lo unía en Dios"
"Estaba enamorado de la Iglesia"….. estaba enamorado de las montañas, de la naturaleza, el lugar en el que se encontraba con Dios de modo más íntimo.
De él destacan sus virtudes: su alegría, su humildad, su generosidad, su amor a Dios, su castidad, su desprendimiento de todo lo material..."
Minutos antes de morir, llamó por celular a su familia y dijo: "He llegado a la cima".
***
Juan Manuel Cotelo, director de cine
Se autodenomina simplemente:
"contador de historias que merezcan la pena ser contadas",
"He querido dar la cara por los curas",
Contar historias de personas buenas,
he descubierto la belleza de la vocación sacerdotal: "es la belleza de un Dios humilde quien, pudiendo actuar sin depender de nadie, nos hace llegar su gracia a través de otros hombres".
..................................
¡Cuántos frutos ha dado la vida de Pablo Domínguez Prieto!
Ciertamente Pablo "Ha llegado a la cima", pero también es cierto que Juan Manuel Cotelo, director de la película de la vida de éste, ya
“Ha comenzado la escalada a marchas forzadas.”
Yo amigos, me encuentro en esa escalada a marchas forzadas, confiando en el Espíritu y que este haga fructificar en mis sus dones. Mi única esperanza es “Llegar a la cima”; de momento me pregunto: ¿Hoy, me reconocerían por mis frutos?
Buena semana para todos.