viernes, 21 de mayo de 2010

Domingo de Pentecostés (C)

23-5-2010 PENTECOSTES (C)
Hch. 2, 1-11; Slm. 103; 1 Co. 12, 3b-7.12-13; Jn. 20, 19-23

Homilía en audio de MP3
Queridos hermanos:
Cuando rezamos el Credo decimos que creemos en Dios Padre, en el Hijo (Jesucristo) y en el Espíritu Santo. En el día de hoy: domingo de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo a los apóstoles y, a través de ellos, a toda la Iglesia.
Es muy poco lo que se habla del Espíritu Santo y ¡tanto lo que se puede decir de Él! Hoy profundizaremos un poco en este misterio del que depende nuestra vida de fe. En la segunda lectura nos dice San Pablo que “nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Parece una tontería, pues todos podemos decir: ‘Jesús es Señor’, pero San Pablo no se refiere únicamente a mencionarlo o expresarlo con nuestros labios, sino sobre todo a decirlo con todo nuestro ser. O sea, lo que quiere decir San Pablo es que nadie puede creer en Jesús como Dios y como Señor, sino es porque el Espíritu Santo nos da la fe para decirlo, para creerlo y para vivirlo.
Supongo que habréis oído hablar de los dones que uno recibe con el Espíritu Santo. Cuando los apóstoles estaban reunidos en el día de Pentecostés, varias lenguas de fuego se posaron sobre ellos. En esas lenguas de fuego recibían el Espíritu Santo y sus dones. Estos permiten a los cristianos secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino. Por lo tanto, los dones del Espíritu son infundidos por Dios. El creyente no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas, ya que estos transcienden infinitamente todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia, y son incompatibles con el pecado mortal. Con estos dones el Espíritu Santo rige y gobierna inmediatamente nuestra vida sobrenatural. Ya no es la razón humana la que manda y gobierna; es el Espíritu Santo mismo, quien actúa como motor y causa principal única de nuestros actos virtuosos, poniendo en movimiento todo el organismo de nuestra vida sobrenatural hasta llevarlo a su pleno desarrollo.
Y ahora vamos a hablar de los dones que el Espíritu nos otorga. Ya sabéis que son siete:
- Don de sabiduría. La sabiduría es la luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso, que es propio de Dios. Este conocimiento está impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad con las cosas divinas y gusta ya en la tierra de ellas. Con este don se es capaz de juzgar las cosas, los acontecimientos y las personas según la medida de Dios. Por otra parte, con esta sabiduría se sabe en cada momento lo que se tiene que hacer para agradar a Dios,
- Don de entendimiento o de inteligencia. Es una gracia del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios y profundizar las verdades reveladas. La palabra "inteligencia" deriva del latín intus legere, que significa "leer dentro", penetrar, comprender a fondo. Esta inteligencia sobrenatural se da, no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores y a los fieles, que de este modo poseen el sentido de la fe.
- Don de consejo. Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que conviene más al alma. El Espíritu de Dios enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos.
- Don de fortaleza. Es la fuerza sobrenatural que Dios nos otorga para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente, y nos ayuda a superar los miedos, la cobardía, la rutina y el cansancio.
En nuestro tiempo muchos ensalzan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. Este don de la fortaleza encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica, tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y la dureza en las relaciones económicas, sociales y políticas. La timidez y la agresividad son dos formas de falta de fortaleza que, a menudo, se encuentran en el comportamiento humano, con la consiguiente repetición del entristecedor espectáculo de quien es débil y servil con los poderosos, pero prepotente con los indefensos. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no solo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.
- Don de ciencia. Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. El hombre contemporáneo, en virtud del desarrollo de las ciencias, corre el riesgo de absolutizar las cosas de este mundo y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo. Gracias al don de ciencia, el hombre no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida. Así logra ver las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias. Además, el hombre con este don descubre la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación.
- Don de piedad. Este don sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre. La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración y nos da una profunda confianza en Dios. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Así se da en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. Por esto el cristiano se siente impulsado a tratar a los demás con la amabilidad propia de una relación fraterna. El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.
- Don de temor de Dios. Se trata del temor a ofender a Dios y humildemente reconociendo nuestra debilidad. El creyente se preocupa de no disgustar a Dios, de "permanecer" y de crecer en la caridad. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el «espíritu contrito» y con el «corazón humillado». Este temor no excluye el miedo que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos.
¡Ven, oh Santo Espíritu, y concédenos tus siete dones, ahora y por siempre! AMEN

10 comentarios:

pazglez1936@gmail.com dijo...

Bien Andrés, magnífica homilia, se nota que te lo curras.Aquí no hay pérdida ni dudas, porque los siete dones dan 12 frutos, y lo tienes o no.Sólo la Iglesia católica posee estos tesoros y los da gratis, !qué gran Madre y Maestra!.Gracias por compartir tus vivencias conmiigo.Paz

Anónimo dijo...

“Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia, y son incompatibles con el pecado mortal.”…..
Esta frase me hace reflexionar, porque yo en mi ignorancia, he pedido muchas veces al SEÑOR estos dones, sintiendome decepcionada cuando no los recibia, sin darme cuenta, que mi pecado de soberbia, o de orgullo, o la ira estaban alimentando mi vida y en este estado ¿Cómo iba a recibir nada?, el maligno me enviaba su muerte y yo pedía con palabras, con un alma, no en gracia, sino mas bien, en des-gracia.
Pero tambien tengo la hermosa experiencia de experimentar los dones del espiritu Santo, sin pedirlos… recibidos gratuitamente del Señor cuando en mi fuero interno he sido humilde, me he preocupado por los demas y he aceptado la humillación……
¡ Que estupida no darme cuenta tantas veces……! Gracias por recordarme esta realidad, porque me lleva a vivir este PENTECOSTES en total entrega a la voluntad del Señor.
Mi cariño a todos los que dejais vuestros pensamientos aquí y un recuerdo muy especial para una amiga que me ayuda, apoya y aconseja siempre que lo necesito.
¡ DIOS OS BENDIGA A TODOS!.

Pepitina dijo...

Ciertamente estas palabras de San Pablo:“nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”; se hacen realidad en mi en muchas ocasiones, siendo para mi motivo de un gran gozo. Hemos escuchado también decir al P. Andrés, que "es el Espíritu Santo el que ora en nosotros", no nosotros con nuestro esfuerzo- este sólo colabora en docilidad para recibirle- y lo tengo vivido, comprobado, cuando en cualquier actividad que esté durante el día, de pronto surge de mi corazón un "¡cuánto te amo, Señor!" o un " te amo, Jesús" o alguna frase parecida, que yo no he preparado, ni siquiera buscado e incluso a mi me sorprende. También cuando al despertar sale de mi corazón, ese: "Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores"; probablemente porque me quedé dormida con la misma oración. Es la presencia del Espíritu que ora en mi, es un saber que Jesús está cumpliendo sus promesas y nos ha enviado su Santo Espíritu, es un volver a escuchar: Yo estoy contigo hoy y siempre. Es un gozo, fruto del Espíritu y que no tiene nada que ver con la alegría que me ofrece el mundo.
Marcho a Covadonga, junto a la Madre a recibir todos esos hermosos dones, allí cerquita de Ella..también los pediré para todos vosotros amigos y de forma aún mayor para el P. Andrés, que tanto nos acerca a ese cielo, que hemos de comenzar a vivir aqui, aunque a veces -por lo que vemos a nuestro alrededor- nos cueste trabajo creerlo. La Ascensión nos dejó un misión: continuar la Misión de Jesús y para poder dar pequeños pasitos en ésta necesitamos estos Dones del Espíritu.
Buena semana amigos.

Anónimo dijo...

Gracias D. Andrés por esa preciosa Homilía. He visto siempre en el libro de oraciones de mi madre, la Novena al Espíritu Santo, y la hago todos los años.
Por experiencia propia, sé los frutos que da el pedir lo que se necesite a través de la intercesión del Espíritu Santo, y dejar en sus manos cualquier contengencia de mi vida. La necesidad contínua de su asistencia, mejora mi vida y me hace reconocer mis caídas, dándome fuerzas para volver a levantarme.
¡Gracias Espíritu Santo Divino, por presidir los actos de mi vida, por ayudarme en mi debilidad, por poner luz en mi oscuridad!
Invocarle con cariño, es algo maravilloso, en las tristezas y en las alegrías, en las tentaciones, El está siempre presente con sus dones para ayudarnos.
D. Andrés le encomiendo al Espíritu Santo, para que le siga iluminando con sus dones, y podamos seguir conociendo, y amando al Santo Espíritu del Señor.
Un fuerte abrazo a los hermanos del blog.

Lucia dijo...

Muchas gracias.Esta Pascua de Pentecostés me pilla enferma (nada raro en mí por otra parte) y esta homilía me ayuda a descansar en Dios y a no renegar (mucho) de mi cruz.Una ayuda más para vivir en cristiano que re-escucharé con frecuencia.un saludo a todos.

Anónimo dijo...

Queridos D. Andrés y demás hermanos:

Creo que es en estos momentos de incertidumbre y de miedos, cuando todo se derrumba, debemos de pedir al Espíritu Santo, sosiego y fe y valentía para defender nuestras creencias, ante la adversidad y el ataque del Enemigo.

Ven a nosotros Espíritu Santo del Padre y del Hijo.

Madre ruega por nosotros.

Siempre gracias a Vd. Don Andrés por todo.


Un abrazo a todos.

Anónimo dijo...

La Homilía de este Domingo es de esas de las que dejan comentarios del tipo: " ¡ Vaya lo que sabe este cura!. Estuvo un buen rato hablando y no me esteré de nada". (Alguna vez hablamos de ello). Apetece escuchar lo mismo en una charla para niños que se estén preparando para hacer la Primera Comunión y tener la esperanza de poder entender algo más.
Por algo se llama el Misterio del Espíritu Santo.
También creo que está relacionado con los dones que otorga y que son imprescindibles para su comprensión. A mí me faltan todos y creo que sólo tengo algo del de la Fortaleza, porque de lo que si estoy seguro es que no voy a darme por vencido con facilidad.
Un fuerte abrazo.
Un penitente agradecido.

soco dijo...

Debo confesar que en cuanto al Espíritu Santo ando por debajo del cinco -ahora que estamos en época de examenes- pero, sin que suene a broma, tambien debo decir que esta homilía me viene como anillo al dedo pues me está haciendo reflexionar sobre conceptos que tenía aparcados y me está ayudando mucho.
Gracias Andrés
Un abrazo y buena semana para tod@s.

Chony dijo...

Pentecostés, fiesta realmente hermosa que pone fin al tiempo Pascual, con la venida del E.S. Comienza así el tiempo de la iglesia guiada por el Espíritu de Jesús.
Es cierto que se habla poco del Espíritu, y parece un tanto olvidado, y sin embargo, el es quien "mueve los hilos" en nuestro día a día.; y creo que si lo pensamos un poco, seremos conscientes de que es así. ¡Cuantas veces de mis labios sale esta frase: esto no es cosa mía, ha sido el Espíritu quien lo ha hecho! y es que realmente lo siento así; Alguien me empuja a actuar de cierta manera según Dios.
Esta homilía me ha esponjado el corazón, me llena de alegría, y hace renacer en mi un gran deseo de que este Espíritu venga a mi con sus siete dones; a mi modo de ver, todos estos dones me son necesarios para poder vivir según Dios, y Feliz en este mundo, aún en medio de las dificultades.
Para mi todos son necesarios y se complementan; es cierto en que hay momentos en que parece que necesitas mas de unos, según la situación que se te presenta, pero todos ellos en mi, hacen que pueda sentir que la Santísima Trinidad, habita en mi corazón.
En la vigilia, pedí con fuerza este Espíritu y sus dones, para mi, y para todos aquellos a los que quiero, porque creo que es lo mejor que les puedo "ofrecer". ¡¡¡Como cambia tu vida cuando el Espíritu reside en tu interior!!! El hace que no te hundas, que tengas esperanza, y que todo lo esperes de Él.
Él es el gran consolador, la luz del corazón, el dulce huésped del alma. nuestro descanso.
Es hermosísima la secuencia, que nos muestra que el Santo espíritu es la mejor "medicina" del alma.
Que Dios te bendiga Andrés, ha sido una homilía extraordinaria, y gran ejemplo de lo que es haber recibido el E. S.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquecernos.
Mira el vacío del hombre,
si tu le faltas por dentro.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de n uestro esfuerzo,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Queridos hermanos, esto es lo que deseo para cada uno de vosotros.
BENDITO SEA DIOS.
chony

Ricky Jones dijo...

Saludos a todos. Padre Andres, gracias por tus palabras elocuentes y precisas. He estado pensando en todos los cambios que Dios ha hecho en mi y tu me lo has explicado en una manera tan maravilliosa, pero tambien sin hacerlo complicado. Ahora puedo decir que si tengo una mejor entendimiento del transformacion que el Señor me ha hecho y me sigue transformando.

Ahora reconozco que es el Espiritu que me ayuda a entender y contemplar los misterios de Dios. Y aunque hace dos años no conocia nada de Él, ahora es el parte central de mi vida. Una cosa que si me falta es pedir al Espiritu el consejo. Desde mi conversion he pasado por tanto y se que sin Dios no tuviera el paz que tengo ahorita. Con unas problemas que me parecieran gigantes, con Dios en mi vida las he vencido. Me acuerdo la primera vez que empece a admirar la grandeza y maravilla de la naturaleza y todo la creacion. Me he dado cuenta que en vez de enojarme en las situaciones dificiles, el Espiritu me llena el corazon con su amor. Me humillo en Su presencia y reconozco Su bendito mano en mi vida.

Gracias otra vez Padre Andres por tus palabras. Que Dios te sigue utilizando y que te bendice infinitamente.