jueves, 11 de febrero de 2010

Domingo VI del Tiempo Ordinario (C)

14-2-2010 DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO (C)


Jr. 17, 5-8; Slm. 1; 1ª Cor. 15, 12.16-20; Lc. 6, 17.20-26



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- Ante todo os recuerdo que hoy se celebra la Campaña contra el Hambre organizada por Manos Unidas. Demos en la medida de nuestras posibilidades. Cualquier ayuda es bien recibida y lo poco que demos cada uno de nosotros aquí, allá donde sea recibido, será multiplicado.

- La frase de Jeremías, en el inicio de la primera lectura, es muy dura: Así dice el Señor: ‘Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita’”. De la lectura rápida de esta frase parece que se desprende una contraposición entre Dios y el hombre. En efecto, alguien puede interpretar que, si uno quiere estar con Dios y en Dios, parece que tiene que renegar del hombre, y viceversa: si uno quiere estar con los hombres, parece que tiene que renegar de Dios. Os pido que leamos tranquilamente al profeta y tratemos de escuchar lo que realmente nos quiere decir Jeremías con estas palabras. Yo he procurado hacer esa lectura atenta y he pedido luz al Espíritu Santo, y os diré lo que yo he ido sacando y extrayendo del texto, por si a alguien le sirve de algo. También es verdad que cada uno ha de hacer su propia lectura y reflexión:

* El profeta no quiere que nos convirtamos en personas desconfiadas, recelosas y encerradas en nosotros mismos. No es esto lo que Jeremías quiere decirnos. Alguien entregó su amor a un chico o una chica, y lo traicionó; alguien invirtió su dinero con un amigo o un pariente en un negocio, y salieron riñendo entre sí y, además, perdió todo el dinero; alguien contó un secreto a un amigo y éste lo ha traicionado divulgándolo por todos lados; alguien tuvo una necesidad y ayudó a otra persona y, cuando él mismo necesitó ayuda, el otro le volvió la espalda. Podemos imaginar multitud de situaciones. En estos casos estas personas pueden decir: ‘¡Sí, qué tenía razón Jeremías! “Maldito quien confía en el hombre”.

* Para mí el profeta lo que quería hacer realmente era llamar la atención sobre aquellas personas que confían en el hombre: en otros hombres o en sí mismos, y dejan a Dios de lado y lo alejan de sí. Reniegan de Dios, el bueno entre los buenos, el santo entre los santos, para confiar en hombres de carne y hueso, débiles y pecadores. Por eso, yo creo que el sentido de la frase quedaría mucho más claro si estuviera redactada de este modo: “Maldito el que aparta a Dios de su corazón y sólo confía en el ser humano y en su propia fuerza”. Y esto creo que es así porque, a continuación de la frase anterior, Jeremías escribe refiriéndose ya únicamente a Dios: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”.

* Dice Jeremías que, quien se aparta de Dios y sólo confía en sí mismo o en otros hombres, “será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita”. Una persona, que viene a hablar conmigo mensualmente, con mucha frecuencia se queja contra la vida, contra los demás, contra Dios. Los demás no pasan estreches económicas, y esta persona sí; los demás son considerados en el mundo y en la sociedad, y esta persona no; los demás tienen buenas casas, y esta persona no. Un día se me ocurrió mientras estaba en una continua queja lo siguiente: le dije que yo era sacerdote de Dios, que tenía el poder de consagrar y de perdonar pecados, que tenía el mismo poder de Dios y que la iba tocar con mi dedo. En cuanto la tocara con mi dedo, toda su vida iba a cambiar: tendría una casa mucho mejor, un status social buenísimo, unos ingresos económicos descomunales, pero…, en contrapartida, se le quitaría la fe en Dios, el amor de Dios y su pertenencia a la Iglesia. Mientras le decía esto iba acercando mi dedo a su mano para tocarla, y entonces esta persona retiró rápidamente su mano y dijo que se quedaba como estaba; me dijo que, por favor, no la tocara, que no podía prescindir de la fe, porque entonces sería como un cardo en la estepa, viviría en el desierto y sería una tierra salobre e inhóspita. Prefería vivir con estreches y desconocida para los demás, pero con fe, a ser famosa y rica, pero sin fe.

* Sólo quien confía en Dios de verdad es bendecido entre los hombres y, suceda lo que suceda a su alrededor, es capaz de mantenerse ecuánime, equilibrado, pacífico, sereno. Quienes tenemos experiencia de fe y de Dios, sabemos que sólo Dios es nuestro salvador y quien nos ama de verdad.

* Sólo quien confía en Dios, se sabe amado por Dios y experimenta ese amor, aprende a confiar en el hombre, pero no por el hombre mismo, sino porque todo hombre es criatura de Dios y está hecho a su imagen y semejanza. Sólo el hombre de Dios acepta a los hombres de verdad y, lleve los desengaños que lleve, no deja de confiar, porque sabe y aprende que Dios confía siempre en nosotros a pesar de los continuos desengaños que nosotros mismos le damos.

- Algo muy parecido a lo que nos comenta Jeremías pasa en el evangelio de hoy: el de las bienaventuranzas. Dice Jesús: “Dichosos los pobres […] Dichosos los que ahora tenéis hambre […] Dichosos los que ahora lloráis […] Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten…” Parece que Dios quiere que seamos pobres, que lloremos, que pasemos hambre, que nos insulten… Y parece que Dios tiene inquina contra los ricos, contra los afortunados de la vida, de este mundo: “¡Ay de vosotros, los ricos! […] ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! […] ¡Ay de los que ahora reís! […] ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!”

Repito que hemos de profundizar en estos textos y no prejuzgar ni contentarnos con una lectura y reflexión superficial sobre los mismos. Nos preguntaremos: ¿Por qué Jeremías dice lo que dice? ¿Por qué Jesús dice lo que dice?

Existe una frase de San Pablo que a mí siempre me ha gustado mucho y la he visto como una gran verdad: “El hombre del mundo no capta las cosas del Espíritu de Dios. Carecen de sentido para él y no puede entenderlas, porque sólo a la luz del Espíritu pueden ser comprendidas. Por el contrario, quien posee el Espíritu lo comprende todo y no está sujeto al juicio de nadie. Porque, ¿quién conoce el pensamiento del Señor para poder darle lecciones?” (1ª Co 2, 14-16).

En efecto, sólo quien confía en Dios y experimenta a Dios en su vida ordinaria puede decir y vivir las bienaventuranzas predicadas por Jesús. Los que confían en el hombre y en este mundo quieren ser ricos, estar saciados, no llorar, no ser insultados, sino ensalzados. El otro día me invitaban a comer una mariscada y yo dije que no podía ir, que estaba de ejercicios espirituales y que, por tanto, no podía ir. A la persona que me invitó no le entraba en la cabeza que yo prefiriese unos ejercicios espirituales a comer una mariscada.

- ¿Cuál es la moraleja que sacamos de las lecturas que acabamos de escuchar en la Misa? Pues que Dios, Jesús cambia totalmente los criterios y perspectivas del hombre sobre la vida.

¡Señor, enséñanos a ver las cosas como las ves Tú, a vivirlas como las vives Tú! Así seremos dichosos, estaremos alegres y saltaremos de gozo, pues nuestra recompensa será grande en el Reino de los cielos, como nos dice Jesús en el evangelio de hoy.

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