lunes, 9 de noviembre de 2009

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (B)

8-11-2009 DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (B)
1 Rey. 17, 10-16; Salm. 145; Heb. 9, 24-28; Mc. 12, 38-44
San Juan María Vianney (Santo Cura de Ars) (II)
Homilía de audio en MP3
Homilía de audio en WAV
Queridos hermanos:
En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesionario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en “el gran hospital de las almas”. En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: “El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!”. Una frase suya era ésta: “Santo no es el que nunca peca, sino el que siempre se levanta”. A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo abominable de su actitud: “Lloro porque vosotros no lloráis”. Juan María se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”.
Juan María practicaba la pobreza evangélica. El era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo. Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”.
Y ahora me gustaría contaros tres casos del Santo Cura de Ars, que a mí me impactaron, me edificaron y me enseñaron mucho:
- El primero se trata sobre la humildad. Resultó que un día un monaguillo del Santo Cura le preguntó qué era la humildad. En vez de darle una explicación larga o corta, pero a base de ideas, quiso el buen párroco ponerle un ejemplo. Le mandó que fuese al cementerio e insultase a los muertos con los mayores insultos que supiera. Para allá fue el chaval y “escupió” allí todos los mayores insultos y palabrotas que había oído decir a su padre o a otras personas. Cuando cansó, volvió a la parroquia y el cura le preguntó qué habían contestado los muertos. El monaguillo muy sorprendido dijo que nada. Entonces el párroco le dijo que fuese de nuevo al cementerio y que les dijese los mejores piropos que supiera. Marcho para allá de nuevo y dijo a los muertos que eran muy buenos, listos, guapos, etc. Cuando cansó, se volvió y el párroco le preguntó de nuevo qué habían contestado los muertos. El chico volvió a decir que nada, y entonces Juan María le dijo que eso era la humildad: ya te ensalzasen o ya te insultase tú siempre reacciones por dentro y por fuera del mismo modo que los muertos. El día que el chico fuera capaz de hacer esto, ese día habría alcanzado la humildad. ¿Somos capaces nosotros de esto? ¿Así es como actuamos nosotros en nuestra vida ordinaria?
- Podemos decir que el ejemplo es muy bonito, pero es que el Santo Cura de Ars lo practicaba. Veamos el segundo caso. Resultó que, al principio de su estancia en Ars, ya la gente comenzó a darse cuenta que era muy bueno, que está cerca de Dios y acudieron enseguida gente de los alrededores, incluso de las parroquias vecinas. Por ello, empezaron a surgir envidias de los párrocos limítrofes. Y uno de ellos le escribió una carta, de modo anónimo, diciéndole que era lo peor, que engañaba a la gente con su falsa santidad y con su falsa humildad, que estaba lleno de pecados, etc. Juan María, al recibir la carta y leerla, enseguida reconoció la escritura y cogió el escrito y se fue rápidamente hasta la parroquia y la casa rectoral del cura que le había escrito aquel anónimo. Llegó ante la puerta, picó y el párroco “anónimo” quedó muy sorprendido y se puso colorado como un tomate cuando le vio la carta en la mano a Juan María. Este le dijo que tenía toda la razón del mundo, que era el único que sabía ver y descubrir la verdad sobre su persona, que, por favor, escribiera rápidamente al Obispo para que lo sacara de aquella parroquia de Ars y lo enviara a un convento retirado a llorar sus pecados lo que le quedaba de vida, y para que no hiciera más daño a nadie. El párroco “anónimo” al ver tanta humildad en Juan María, pues se dio cuenta que lo decía de verdad, se echó a llorar y le pidió perdón, y reconoció la santidad que los fieles veían en él. Juan María marchó resignado para su parroquia, pues aquel que lo había descubierto cómo era en realidad, ahora pensaba igual que todos sus feligreses.
¿Qué habríamos hecho nosotros si recibimos una carta anónima? ¿Cómo habríamos hablado y reaccionado ante el “admirador” oculto? Casi seguro que la mayoría de nosotros no hubiera actuado como Juan María.
- El último ejemplo se refiere también a un párroco vecino de Ars, que veía que todos sus esfuerzos por predicar, enseñar y llevar a Dios a sus feligreses no funcionaban. Al observar los frutos de la acción pastoral de Juan María le preguntó que por qué sus esfuerzos no funcionaban. A lo que el Santo Cura le hizo dos preguntas: - ”¿Cuánto oras cada día por tus feligreses?” Y el párroco vecino agachó la cabeza. – Le volvió a preguntar que cuánto se sacrificaba por sus feligreses y el párroco vecino agachó aún más la cabeza. Entonces este sacerdote se marchó y empezó a orar constantemente por sus feligreses y a sacrificarse por ellos y los frutos de santidad en sus fieles enseguida fueron patentes.
Quizás nuestros esfuerzos con los fieles, con el marido, con la mujer, los hijos, los vecinos, amigos… sean escasos porque no hacemos lo que decía Juan María. Hay una frase que se repite mucho en Cursillos de Cristiandad: “Antes de hablar a los hombres de Dios, habla a Dios de los hombres”.
Confío que estas breves palabras sobre el Santo Cura de Ars os hayan gustado, ayudado a saborear un poco más a Dios y dado ganas de conocerlo un poco más y, sobre todo, de imitarlo.

5 comentarios:

Any dijo...

Me ha encantdo .... todos lo que nos has enseñado ... y sobre "El cura de Ars a" cada dia me gusta mas leer sobre El ..
Ahora que dificil hermanos parecernos a El ... la verdad que me han impresionado las historia s que nos ha contado Andres ... y me han llegado profundo ... Me propongo empezar este lunes a tratar de imitar en mis tareas al cura de Ars .. a practicar la humildad ....se que sera dificl ... pero lo intentare ....
Que Dios los bendiga ¡¡¡ y tengan una buena semana

Anónimo dijo...

D. Andrés, a mí también me ha encantado esta Homilía.
La voy a fotocopiar y guardar en el bolso para leerla cada mañana cuando voy en el metro e intentar poner en práctica durante el día.
Un saludo
Manuela

Chony dijo...

¡Que razón tenías! la segunda parte es aún mas hermosa que la primera.
Tanto, que dificilmente se puede añadir nada, porque ante la humildad y santidad de este cura, uno se queda sin palabras; en verdad su vida y su forma de actuar son hermosas y envidiables. Hay una cosa clara para mi, la humildad y la sencillez, atraen, es grato estar cerca de personas así, te sientes agusto, cómoda e inclinada a abrir tu corazón ante ellas.
Nos decías en la primera exposición, como era una persona un tanto ¡torpe! y no obstante en su conducta y quehacer nos muestra una tremenda sabiduría, que como él mismo decía, no le venía de los libros, sino de la contemplación, la adoración, de tantas horas ante el sagrario. Así llegó a entender lo que Dios quería de él, como a su vez recibía la gracia necesaria para ello. Pero sobretodo entendió el gran AMOR DE DIOS, y vio que era algo tan maravilloso que le cautivó y le llevó a actuar como lo hizo el mismo Jesús; entregándose día a día a todo aquel que acudía solicitando su ayuda.
Yo desde luego no me parezco en nada al santo cura de Ars, y ¡vaya si me gustaría! y pienso que es cierto que estoy hecha de la misma pasta que él, pero no lo es menos que sin duda yo pongo muchos obstáculos para dejarme moldear.
Pido a Dios por medio de este gran santo, me conceda un poquito de su humildad, que sea capaz de responder como "los muertos" siempre callada, ante ataques o halagos, todo está bien en el Señor, yo soy torpe pero Dios es mas fuerte y sabio que yo, todo lo espero de Él. Aunque no puedo perder de vista lo que nos dice Juan María Vianney, rezar y mortificarse.
Gracias Andrés, muchas gracias, es precioso todo lo que nos has dicho; ahora lo importante es que se haga realidad en mi vida, en nuestras vidas. Que el Señor te colme de bendiciones.
Feliz y humilde semana para todos, hermanos.
BENDITO SEA DIOS.
chony

Arcana Mundi dijo...

Padre:
Es mi ilusión invitarle a seguir a lo largo de estas semanas, a través de mi humilde blog (www.molestoluegoexisto.blogspot.com), el ensayo que realizo acerca de la dulce obra escrita por el genial Saint Exupery; El Principito. Esta breve creación tiene mucho de profundo. Pero no se trata de una profundidad plomiza, suprametafísica o hiperintelectual, ¡para nada! Todo lo contrario, el mensaje del principito es sencillo, directo y preclaro.
Mi objetivo es que juntos saquemos el máximo jugo a la brillante creación del francés… sin duda esta apasionante labor nos servirá para alegrar nuestros espíritus y crecer un poquito más.
Un animoso saludo desde la isla de Gran Canaria.

Pepitina dijo...

¡¡Qué estrecho el camino de la Santidad! llevo una semana repitiéndomelo y rumiándolo. Ha sido fácil que recordase las Bienaventuranzas de hace dos domingos, creo, leyendo a nuestro Cura de Ars. Pobre, manso, sufrido, limpio de corazón, perseguido, misericordioso...
un Santo!! Le ayudaron buenos sacerdotes: aquel formador, que le animó en sus desalientos y el vicario general, que viendo lo que vió -¡y vió mucho! dejó que el resto lo hiciera la Gracia de Dios en él. También ante nosotros Dios coloca personas que son "peldaños" para que crezcamos y a veces no las aprovechamos.
Me quedo al fin con dos ideas: qué antes de quejarme de nadie ó de algo, ore y me sacrifique por ello.. y lo otro, esa preciosa frase que me llena de Esperanza ante mi debilidad:¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!”.
Cuando Jesús nos pide que aprendamos de Él a ser mansos y humildes, será que "con Su Gracia" podremos..además estamos llamados todos a la Santidad,¿ó no?
Gracias por hacernos tan cercanos a tus amigos los santos, Pater.
Buena semana amigos.