viernes, 16 de mayo de 2008

Domingo de la Santísima Trinidad (A)

18-5-08 SANTISIMA TRINIDAD (A)
Ex. 34, 4b-6.8-9; Slm. (Dan. 3, 52-56); 2 Co. 13, 11-13; Jn. 3, 16-18


Queridos hermanos:
En el día de hoy celebramos la festividad de la Santísima Trinidad. Asimismo hoy la Iglesia ora y tiene muy presentes a los fieles consagrados a la vida contemplativa: a los monjes y a las monjas. Ya el año pasado hice esta homilía sobre la base de un escrito de una monja. Nuevamente esta monja, contempladora permanente del Dios amoroso y eterno, me escribió para que pudiera predicarlo en este día. Leamos:
“MI VOCACIÓN CONTEMPLATIVA
Pasada una semana después de mi nacimiento mis padres me llevaron a bautizar. Sé que, desde entonces, además de los brazos de mis padres, he tenido los brazos de la fe y del amor de nuestra Madre, la Iglesia. Y, aunque no era muy consciente de ello, mi vida transcurría, se alimentaba y crecía no sólo en mi familia humana sino también en el Hogar de la Iglesia.
Hacia los 16 años se despertó en mí como “un uso de razón espiritual”, es decir, a mi corazón le fue dado ver este inmenso Hogar: me di cuenta que éramos muchos hermanos, muchos hijos de la Iglesia y que, nuestra Madre-Iglesia, necesitaba y me pedía que yo le echase una mano con su familia.
Así es como mi vocación contemplativa, desde sus primeros momentos, está entrañablemente unida a la Iglesia. Cuando yo escuchaba poderosa y dulcemente que el Señor Crucificado me llamaba a estar con Él en el silencio y la oración, al mismo tiempo Él ponía ante mí y me mostraba el gran Hogar de la Iglesia y las heridas ¡tantas heridas! de la humanidad: las lágrimas y los sufrimientos de los hombres, mis hermanos, sus tragedias, fracasos, soledades y desesperanzas.
Comprendí, entonces, que el Señor y la Iglesia querían que me quedase para siempre en Casa, muy dentro, en el Hogar. Ése era el lugar que ellos habían escogido para mí. No necesitaba ir de una parte a otra anunciando el Evangelio; no era necesario ir a otro país a la misión o multiplicarme en actividades de caridad. Ni siquiera era necesario que los hermanos supieran de mí. Mi lugar estaba de puertas a dentro: para que no se apagase el calor del Hogar, su acogida, su belleza, su hospitalidad, su amor. Y ésta es mi vocación en la Iglesia:
· Mantener la luz del Hogar, con una fe viva; poniendo mi vida y la de todos mis hermanos en las Manos del Padre; siendo yo una ofrenda con Jesús en favor de todos; suplicando el Espíritu Santo, el único que renueva nuestra vida y la faz de la tierra.
· Mantener abierta la esperanza, como se mantiene la puerta entreabierta para que los hijos, en cualquier momento, puedan entrar. Si abandonan el hogar, aguardarles con mi oración y plegarias. Tender la mano a los que vacilan, confortar a los que sufren. Orar con esperanza y por la esperanza del mundo.
· Mantener el calor del hogar con el amor ardiente y puro a Jesús, mi Señor y Esposo. Un amor encendido, único y sobre todas las cosas, pero un amor que se extiende a toda la humanidad y sostiene y nutre nuestra gran familia.
Nuestra Madre la Iglesia, no sólo me ha abierto el Misterio de su corazón: Esposa de Cristo y Madre nuestra, sino que me ha dado parte de él, en vuestro favor.
Así mi vocación, con la de otras hermanas y hermanos contemplativos, es como una estrella en la noche de la humanidad. Diminuta en el inmenso firmamento, pero que regala su luz sin pedir nada a cambio. Somos como un goteo constante en el alma de la humanidad y de cada persona para que no se apague la vida, para que no se seque del todo ni para siempre su raíz, sino que sigan brotando, creciendo y dando frutos la esperanza, el gozo y el amor de Dios, nuestro Señor.
En este día, en que la Iglesia os pide que volváis vuestra mirada hacia nosotros, los contemplativos, os digo: Ved cómo Ella, la Iglesia, también a vosotros os necesita. Todos hemos de echar una mano en la familia, responder a sus llamadas, ocupar nuestro lugar, ahora que estamos en Sínodo Diocesano y caminamos a la sombra del gran Jubileo de la Cruz. Contáis con la estrella y el goteo de nuestra oración que os acompaña.
Moisés subía, con frecuencia, al Monte Sinaí a orar. Un día, como nos narra la 1ª lectura, Dios le descubrió su Corazón: un Corazón compasivo y misericordioso. Moisés, tocado por este amor entrañable de su Dios, se sintió movido a hacer tres súplicas en favor de su pueblo:
- Acompáñanos, Señor, en nuestro camino. No nos dejes solos.
- Perdónanos, Señor, somos pecadores.
- Recíbenos, Señor, como tuyos. Haznos ser tu pueblo y tu heredad.
Este Corazón compasivo y misericordioso de Dios que Moisés vislumbra en su oración y que le llena de piedad y paciencia, nosotros lo vamos a contemplar y recibir en Jesús, el Hijo Amado del Padre:
Tanto amó el Padre al mundo que nos ha dado a su Hijo Único.
Tanto amaron el Padre y el Hijo al mundo que nos han dado el Espíritu Santo.
Tanto amó el Espíritu Santo al mundo que ha suscitado, en la Iglesia, personas que, tocadas como Moisés del Amor misericordioso de Dios, están constantemente en el Monte de la oración y hacen súplicas por el mundo y por todos los hombres.
Hoy, día de la Stma. Trinidad, es un día en que recordamos y oramos por estos hermanos y hermanas nuestros que, en la vida contemplativa, hacen de su vida un canto de bendición al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo –como leíamos (cantábamos) en el salmo– y oran al Señor por toda la humanidad.”

Espero que os hayan gustado las palabras de esta monja, y sobre todo espero que os hayan ayudado y conmovido el corazón, el alma y la fe.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa e inspirada la carta de esta monja contemplativa.
Es cierto, que muchas veces me pasa desapercibido el gran regalo que hacen a la Iglesia los contemplativos, la enorme generosidad con que entregan su vida a la oración por todos nosotros, sin que se note apenas, mateniendo " ese calor de hogar ", para acoger nuestras penas y sufriemientos, nuestras debilidades, y transformarlas en oración permanente de intercesión al Señor.
Tengo la suerte de tener por vecinas a un Monasterio de contemplativas, y me honro con su cariño y amistad, incluso se me contagió con los años, el deseo de estar en su Capilla, a solas, me acostumbré a estar en la soledad de sus bancos, y reconozco que solo en estas circunstancias, mi diálogo con el Señor es verdaderamente enriquecedor.
Gracias D. Andrés por compartir con nosotros esta bella carta de amor de una contemplativa, y conocer esa experiencia personal de entrega y generosidad conmovedoras, y gracias a esta monja, que haciendo gala de esa entrega, nos permite conocer mucho más de su compromiso con el Señor.
Un abrazo a los hermanos del blog.

Anónimo dijo...

Si, me han gustdo las palabras de esta hermana y envidio su precoz vocación de la que aún habla con entusiamo y entrega. Hoy rezaré una oarción especial por los/las contemplativos a cambio de las muchas que ellos rezan por mi.

Anónimo dijo...

Estimado Don Andrés y demás hermanos:

¿Que esperamos de esta vida en la que hay tantas penalidades? Ahora reímos después lloraremos, porque esta vida no se le puede pedir más.

Es inmensa la necesidad que tiene el hombre de Dios y no lo apercibe, como también de Jesucristo nuestro Salvador y del Espíritu Santo, transmisor del amor del Padre y el Hijo.

Quien no crea, en los malos momentos reze apesar de todo, reze aunque no rea, porque no hay nada ni nadie, que pueda aliviar su tribulación, tan solo Dios y Jesucristo por medio del Espíritu Santo, le mostraran la verdad para la que hemos nacido, solo así podrá entender que hacemos aquí en este valle de lágrimas, paso a la felicidad eterna. Y sepa que si el no cree en Ellos, Ellos si creen en él.


Benditos sean Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo.


José Manuel

Anónimo dijo...

Me dijeron que a el Espíritu Santo no se le espera, no aparece por sorpresa, tenemos que llamarlo desde dentro de nuestro corazón e inmediatamente se nos hace visible. El está esperando que lo invoquemos para cubrir cada uno de nuestros pensanientos y acciones con la sabiduria de Dios Padre pero dándonos la libertad de decidir lo que queremos hacer en cada momento. Este descubrimiento del poder del espíritu Santo en los cristianos es el mayor tesoro con el que jamás pensé encontrarme. Por favor, hacedlo que El está esperándonos a cada uno de nosotros por muy desastre o por muy pobres de espíritu que seamos nos espera para mandarnos Su fuerza y su luz. Gracias padre
Andrés

Anónimo dijo...

Precioso y envidiable testimonio de esta religiosa contemplativa. Confieso con vergüenza que no suelo acordarme mucho de estas personas, que, de manera tan desinteresada, entregan su vida para la contemplación u oración.
Y es que siempre parece que nos fijamos en lo que se ve; y no soy consciente que, para que algo funcione, hay detrás mucha gente trabajando, que permanece en el anonimato, es decir, se queda en casa; para mantener vivo el fuego del hogar.
Hoy meditando sobre este testimonio, me imaginaba a estos contemplativos,como a esas personas, que permanecen entre bastidores: tramollistas, electricistas, directores de escena, etc. etc. que son los que realmente hacen posible que una representación teatral, tenga éxito. Sin embargo, ni nos enteramos de que están ahí.
Verdaderamente si no fuera por estos religiosos/as, no sé qué sería de la Iglesia, o sea, de todos nosotros.
Ellos, en el silencio de los claustros, permanecen en constante contacto con El Señor. Le adoran, le bendicen, le dan gracias, por los que no lo hacen; y sobre todo interceden por toda la Iglesia, para que nuestro Padre no se canse de perdonarnos y de ayudarnos en el camino de la vida. Creo que debe de haber tal intimidad y amor entre el Señor y ellos que aquel no puede permanecer ajeno a lo que le piden.
En un cuerpo lo que hace que todo funcione es el latido constante del corazón; cuando éste se para, todo deja de funcionar; tengo la sensación de que estos religiosos, son el corazón de la Iglesia.
Es cierto como decías, Andrés, que la gente del mundo no le da importancia a esto, creen que no sirve para nada. Si comento esto es porque hace pocos días he tenido una conversación con una persona, acerca de la Iglesia. Saqué lo conclusión de que el mundo ve a la Iglesia como una O.N.G. que ha de dedicarse a paliar todas las necesidades que hay en el mundo, y además han de hacer publicidad de esto, para que la gente pueda creer en ella. No se da importancia a la oración, a la intimidad con el Señor, a que tú quieras crecer en la fe, que será lo que luego te empuje a realizar aquello que la gente demanda.
Admiro a estos religiosos que permanecen en el anonimato y que realizan una labor imprescindible.
Es cierto que no a todos nos llama el Señor por el mismo camino, ya que el E.S. suscita infinidad de carismas, pero creo que todos absolutamente, somos necesarios y nos complementemos.
Vaya hoy mi gratitud mi oración, para estas personas a las que tanto debo, aunque no las conozca.
Gracias a tí también Andrés, por darnos a conocer todo esto. Que Dios te bendiga.
BENDITO SEA DIOS.

pepitina dijo...

¡¡Cuánto gozo me ha dado este testimonio!! Ha movido mi corazón y aumentado mi fe y mi amor a la Iglesia a quién cada día agradezco mas su acción en mi como Madre y Maestra.
Ciertamente,¡cuántas heridas de la humanidad entran por el "torno" de lo conventos de clausura y desde las manos de estos hermanos/as nuestros suben como incienso a la presencia del Padre!¡cuánto hemos de agradecerles desde nuestra oración por ellos/as y por el aumento de vocaciones!
Me encantaría agradecerle personalmente las pistas que me ha dado en mi vocación de mujer casada, madre de familia e hija de la Iglesia,respecto al lugar que ocupo en ella; preciosa vocación la de vivir puertas adentro:desde lo profundo del corazón y en esa gratuidad de ser y hacer de una mujer cristiana en su día a día,que sólo Dios conoce.Nunca mejores y mas propias las palabras que esta monja utiliza en su carta para realizar nuestra labor:
*Mantener la luz del Hogar, con una fe viva.
* Mantener abierta la esperanza, como se mantiene la puerta entreabierta para que los hijos, en cualquier momento, puedan entrar
* Mantener el calor del hogar con el amor ardiente y puro a Jesús, mi Señor y Esposo.
Porque sólo desde ahí- de ese amor del que nos hace partícipes Jesús,-aunque no seamos monjas ó religiosas- ésa LUZ, ESPERANZA y CALOR se puede mantener.
Me hace ilusión que mencione nuestro Sínodo Diocesano-casi tan desconocido como el Espíritu Santo para muchos- y el contar con la oración de estas comunidades, nos llena de Esperanza, sobretodo a nuestro arzobispo D. Carlos, me imagino.
Por último veo en esta mujer una alumna aventajada del P. Andrés, pues, ¡qué bien nos ha profundizado en las lecturas, dejando nuestro corazón en oración -al menos a mi me ha ocurrido así- nada mas terminar de leer su testimonio. Mi agradecimiento. GRACIAS.