sábado, 29 de septiembre de 2007

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (C)

30-9-2007 DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (C)
Am. 6, 1a.4-7; Slm. 145; 1 Tim. 6, 11-16; Lc. 16, 19-31
Queridos hermanos:
- El domingo pasado terminaba el evangelio diciendo: "No podéis servir a Dios y al dinero". Y, para ilustrar esto, Jesús nos pone en el evangelio de hoy como ejemplo una parábola: La del rico Epulón y el pobre Lázaro. La verdad es que esta parábola llamó mucho la atención a los judíos del tiempo de Jesús, pues estos pensaban que Dios castigaba y premiaba ya en esta vida. Es decir, cuando uno era pobre y tenía enfermedades y desgracias, era que Dios lo castigaba por sus pecados. Por el contrario, cuando uno era rico y tenía salud y todo le iba bien, era que Dios lo premiaba por sus virtudes. Jesús “da la vuelta a la tortilla” de un modo radical.
Jesús cuenta que hay un rico, Epulón, que comía bien y vestía bien. Este muere y va derecho al infierno. Jesús no le “adjudica” ningún pecado; pero, por el hecho de ser rico, va al infierno. También narra Jesús que el pobre Lázaro pasaba hambre y estaba enfermo; muere y va derecho al cielo. Lázaro no tiene más “virtud” que la de ser pobre y por esto va al cielo. ¿Qué tiene la riqueza que nos aparta de Dios? ¿Qué tiene la pobreza que nos acerca a Dios? La riqueza (de dinero, de cosas, de títulos académicos o de otro tipo, de salud, de buena fama…) nos vuelve insensibles (a los hermanos y a Dios y a sus cosas), autosuficientes (no necesitamos de nada ni de nadie), orgullosos, egoístas, ambiciosos (quien tiene…, quiere tener más), vanidosos, caprichosos. La pobreza (de dinero, de cosas, de títulos académicos o de otro tipo, con salud, con mala fama…) nos puede hacer más humildes, más comprensivos con los demás, nos puede hacer reconocernos que somos más dependientes de los demás, no puede volver más generosos (una vez me contaron que a un niño en una aldea de África le regalaron un paquete de galletas y enseguida buscó a todos los niños del poblado para compartir las galletas), más austeros, más sensibles a los demás y a Dios. Por eso, Jesús exclamó “¡Qué difícilmente entrarán en el cielo los que tienen riquezas!” (Mc. 10, 23). Por eso, Jesús terminaba el evangelio del domingo pasado diciendo: "No podéis servir a Dios y al dinero".
Y aquí quisiera traer ahora una experiencia que se da habitualmente en todas las personas que de verdad se van encontrando con Dios en sus vidas. Hablo de santos canonizados como S. Francisco de Asís o de cualquier cristiano “de a pie” de Oviedo, de España o de cualquier parte del mundo. La experiencia es ésta: cuando Dios entra en mi vida y en mi alma y en mi corazón, las cosas materiales salen de mi vida, de mi alma y de mi corazón. Y uno se siente llamado por Dios al desprendimiento, a despojarse de cosas materiales y no tan materiales. Voy a contaros un ejemplo: Recuerdo que hace años hablaba con una persona y le preguntaba si estaba apegada a las cosas materiales. Me dijo que no. Entonces le pedí que me diera el reloj que tenía en su muñeca. Se quedó muy sorprendido, pero enseguida me respondió que no, que se lo había regalado un ser muy querido y que no se iba a desprender de él. Yo le insistí en que me lo diera. Que me diera el reloj y que se quedara con el cariño de esa persona que representaba ese reloj. Me replicó que no. Entonces yo volví a plantearle el primer interrogante: “¿Estás apegado a cosas materiales?” Agachó la cabeza y me contestó que sí, que estaba apegado. A los pocos días, según supe después, perdió el reloj o se lo robaron y quedó muy asombrado. Pensó que había sido un castigo de Dios por no querer desprenderse del reloj. Dios no actúa así, pero no cabe duda que esta experiencia se le quedó muy grabada y que esta persona aprendió algo más sobre sí mismo.
Y ahora os pregunto y me pregunto: ¿A quién se parece más mi vida: a la del rico Epulón o a la del pobre Lázaro? ¿A quién se parece más mi vida: a la de la persona del reloj o a la de aquellos que sienten la llamada de Dios para despojarse de cosas y de seguridades?
- El rico Epulón, según nos cuenta el evangelio de hoy, estaba en el infierno. Sólo entonces comprende que sus riquezas le han apartado de Dios y de los hombres necesitados que estaban a su alrededor y de los que no se ocupó en vida para nada. Por eso, Epulón no protesta ni se queja ante Dios por la "injusticia" de su destino. Sólo hace dos peticiones: 1) "Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas." Quien tuvo de todo en la vida terrena, no tenía nada, aparte de sus torturas, en el infierno. 2) Epulón también pidió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento." Cuando Abraham le contesta que escuchen a Moisés y a los profetas (hoy se diría a la Iglesia, a la Biblia, a los sacerdotes). Epulón dice que a ésos nos les hacen caso, pero si un muerto resucita, entonces sí que harían caso. Cuando estuve de seminarista a Jove (Gijón) recuerdo que una chica tenía dudas de fe y en un momento de una conversación me dijo que todo sería más fácil si un muerto viniese a esta tierra y dijese qué había después de la muerte y si era cierto todo lo de Dios, lo de la Iglesia, lo de los sacramentos. Lo que pasa es que cada uno quisiéramos que se nos aparecieran nuestros muertos y no un único muerto para todos, pues ese muerto sería conocido por sus amigos y familiares, pero no por el resto de la gente. ¿Pensáis vosotros que la gente creería más y tendría más fe si se le aparecieran sus muertos y les dijesen lo que hay después de la muerte? Veamos lo que nos dice Jesús en el evangelio de hoy: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto".
Os contaré un hecho que leí hace tiempo y que me llamó mucho la atención. Había una niña que tenía una gran enfermedad y le quedaba poco de vida. Su madre era muy creyente, y desesperada porque los médicos no le daban esperanza alguna, llevó a su hija a la tumba de un santo de su especial devoción y depositó a su hija sobre esta tumba. Esta sintió un calor en el cuerpo y luego la llevaron al hospital de nuevo y allí los médicos comprobaron sorprendidos que el mal había desaparecido. Estaba curada. Con el tiempo esta niña hizo una vida normal, pero, al llegar a la juventud, esta chica dejó la fe, se volvió iracunda con su madre y le hizo la vida imposible, bebía, consumía drogas… ¿De qué le sirvió el milagro a esta chica, si luego su vida fue lo que fue? También he oído hablar que el Hno. Rafael curó milagrosamente a una chica de un accidente de coche (perdió parte de la masa cerebral) y luego ella pudo vivir y hacer una vida normal, pero esta chica en la actualidad “pasa” de la fe. ¿De qué le sirvió el milagro a esta otra chica, si su vida está de espaldas a la fe?
Por eso, para mí, tiene toda la razón Jesús cuando dice: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto".

6 comentarios:

Aloya dijo...

Buscar al Señor desde la radicalidad en estos tiempos, donde el dinero supone SEGURIDAD, es una apuesta muy difícil para los seres humanos. Hoy no vivimos, simplemente sobrevivimos, a una serie de opciones que nos lanza la sociedad: moda, comodidad, coches, casas, viajes, exquisiteces de todo tipo ( existe un teléfono móvil que se compra en algunas joyerías que se llama Bertus y vale 6000 € ), no hablemos de las ofertas gastronómicas y de ocio, tampoco toquemos los cachivaches de diseño, etc., todo un mundo artificioso y peligroso, donde la gente se va metiendo poco a poco, hasta hipotecar sus vidas, y muchas veces sus almas. Estamos en la sociedad de consumo, en la aldea global, donde todo vale, todo está al alcance aparentemente. ¡ Qué difícil nos está poniendo esta vida el ser sensibles, generosos, el saber renunciar a tanta tentación !
Un mundo donde la riqueza es excesiva para unos, y para otros lo es la pobreza. Los primeros, a veces lavan su conciencia, sufragando ONG, proyectos médicos, de investigación, etc., y después nos enteramos de que todas estas generosidades " desgravan ", lo que les convierte en más ricos todavía.
Dejar nuestras " seguridades ", por las buenas, no solo nos va a costar a nivel personal, sino que nos pasará factura a nivel social y de convivencia, así que lo veo bien negro esto de desprenderse de todo, es casi un sentimiento romántico, una quimera, un sueño imposible,¡ tenemos que SOBREVIVIR!

A mi me sirve, ponerme en la piel del enfermo, el que sufre, el emigrante, el que pide en la calle ( considero que es muy duro pedir, y oir al prójimo a la vez, hay de todo ). Encuentro sentido a mi vida, cuando puedo compartir, cuando percibo una sonrisa anónima que se alegra con algo que viene de mí, cuando cojo el teléfono aunque el día haya sido duro, porque al otro lado, alguien me necesita un poquito, cuando cuido con esmero a mi familia, a los amigos, o tiendo mi mano a los que me abandonaron en mi peor momento, en fín, cuando me encuentro al final de la jornada con el cansancio encima, y también " comparto " con Dios, los avatares del día, esas oraciones que tanto me cuestan a veces, porque la cosa no da más de sí, todo esto y más me sitúa en el plano real de mi vida, de mis prioridades, y efectivamente, siento que lo " material " es simplemente accesorio. La clave para mí, está en compartir en la medida de mis posibilidades, en descubrir las sutilezas de la austeridad, en la disponibilidad para con mi prójimo.
Pero a pesar de todo, me sigue costando abandonar mi SEGURIDAD.

Gracias D. Andrés por esta homilía que me parece perturbadora, aunque no tenga fortuna.
Un abrazo a los amigos del blog.
Aloya

Pepitina dijo...

Me gusta Pater, cuando nos remites a los últimos versículos del domingo anterior como en el evangelio de hoy, pues es una manera de comprender mejor las palabras y actitud de Jesús en su contexto. Esta vez me he fijado sobretodo en los versículos 14-15,17. También nuestra sociedad se "burla"-con una sonrisa irónica- hoy de las palabras radicales del Señor en muchas ocasiones, olvidando que ESA Palabra se cumplirá, nos guste ó no.
Aunque Jesús "da la vuelta a la tortilla" como tan graficamente dices, creo que aún en estos tiempos muchos se plantean la riqueza ó pobreza como un premio ó castigo, poniendo en duda la Justicia de Dios, cuando , alguien bueno sufre (por ejemplo) por una enfermedad-sin merecerlo-;el viernes en una meditación sobre la pasión, leía -"¿por qué tengo que sufrir tanto? ¿Por qué Jesús has sufrido tanto?"-" La respuesta de Jesús respondió la primera pregunta, pero ello no convence a nuestro mundo donde el bienestar y el dinero ocupan un lugar tan importante, en la vida de los creyentes y el Amor y el Sacrificio, ahora se escriben con minúscula. Gracias a Dios, no siempre.
"¿Qué tiene la riqueza que nos aparta de Dios? ¿Qué tiene la pobreza que nos acerca a Dios?" son preguntas claves en la vida de un cristiano de este siglo, si nos atreviésemos a responderlas....
sería un buén comienzo para que Dios entre en nuestras vidas y comience a ocupar el lugar que le pertenece y que está lleno por tanto de lo que Él nos invita continuamente a desprendernos.
Creo que el desprendimiento-como casi todo si no TODO-, es un Don de Dios, pero también Tarea nuestra, por tanto posible de conseguir,si fuésemos capaces de no estorbarle en la labor que quiere hacer en nosotros....
un abrazo para el Blog

Asun dijo...

Dificil, por no decir imposible, que en mí se realice el proyecto cristiano "como Dios manda". Es duro reconocerlo, pero tengo que hacer un ejercicio de sinceridad. Estoy demasiado rodeada de "cosas", e inmersa en una sociedad que no me lo pone fácil. En la aceptación de esta forma de vida, pongo en evidencia mi cortedad de aspiraciones.
La fe no es solamente la aceptación pasiva de un credo religioso, sino un combate dificil. ¿De qué me sirve tanta liturgia, si el principio fundamental de despojarme de lo superfluo, no soy capaz de hacerlo?
Rogad al Señor por mí.

Siempre gracias a mi Padre y a mi director espiritual.
Un abrazo para todos los compañeros del blog.

Asun

soco dijo...

Me ha gustado mucho esta homilía sobre todo por lo cercana y fácil de entender. No requiere profunda reflexión para vernos reflejados.
Asun, te entiendo perfectamente. Cuesta desprenderse de tanta comodidad y tanto cacharrito pero, de vez en cuando se enciende la bombilla roja y surge la pregunta ¿me hace falta de verdad? y me alegró mucho pues noto que El me echa una mano y me está ayudando a recorrer el camino.
Un fuerte abrazo a tod@as.

Anónimo dijo...

También yo me pregunto: ¿De qué me sirve a mi conocer el Amor de Dios?
¿Ha cambiado algo en mi vida? Quisiera poder decir que si, pero la realidad es que sigo viviendo del mismo modo, con comodidades, con deseo de conseguir más en todos los campos... ¿ acaso más cerca de los demás? ....no me atrevo a decir que si.

José Manuel dijo...

Estimado Don andrés y demas hermanos:

Esta vez he tardado mucho en contestar y no es solamente porque haya estado algo escaso de tiempo.

El problema ha sido que de repente no he encontrado palabras para responder al tema.

Esta vez en lugar de hablar me atendré a hacer un donativo para los necesitados.

¡BENDITOS SEAN DIOS Y JESUCRSITO!