sábado, 22 de septiembre de 2007

Domingo XXV del Tiempo Ordinario (C)

23-9-2007 DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (C)
Am. 8, 4-7; Slm. 112; 1 Tim. 2, 1-8; Lc. 16, 1-13
PECADO-PERDON-CONVERSION
Queridos hermanos:
Reflexionábamos el domingo pasado sobre el pecado. Os decía que sólo el hombre que está cerca de Dios puede verse pecador. Quien ve a Dios, ve la santidad de Dios y, al mismo tiempo, ve su propio pecado; pero, a la vez, quien ve a Dios y ve su propio pecado, ve el perdón de Dios para con el hombre pecador. Dios no nos “restriega” nuestro pecado en las narices. Nos lo muestra y, a la vez y sobre todo, nos ofrece su perdón.
- El perdón de los pecados está en el corazón del anun­cio evangélico. Jesús declara repetida­mente que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido y no se contentó sólo con exhortar a los pecadores a que se convirtie­sen e hiciesen penitencia, sino que acogió a los pecadores para reconciliarlos con el Padre y les perdonó todos sus pecados. Como escuchamos el domingo pasado, Jesús comió con publicanos y pecadores y su comprensión hacia el pecador la expresó en varias parábolas (la oveja perdida, el hijo pródigo).
Con el mensaje de la reconciliación ofrecido por Dios a los hombres se abarca la práctica totalidad del mensaje de la salva­ción. La reconciliación es el primer fruto de la redención. Lo mismo que el pecado supone, como veíamos el otro domingo, una triple ruptura: con Dios, con los demás y con uno mismo. El perdón de Dios supone la reconciliación del pecador con Dios, con los demás y con uno mismo. En efecto, la reconciliación 1) restablece a los hombres en su verdad más profunda y les conduce a la comunión con Dios a la que están ordenados desde su creación. Dios reconciliador alcanza al hombre en su interioridad más profunda, dándole un corazón nuevo y haciéndole participar del Espíritu y de sus dones que lo sitúan en una nueva forma de existencia. 2) Con la reconciliación el hombre, que estaba desgarrado por el pecado, reencuentra su unidad interior y su libertad más auténtica y se hace capaz de vivir conforme a su dignidad perso­nal. 3) El hombre reconciliado está capacitado para establecer una relación amorosa y auténtica con los demás. Se hace próximo a sus hermanos dando lugar a unas relaciones fundadas sobre el recono­cimiento de la dignidad del otro, de la justicia y de la paz.
Además, la plena reconci­liación de todos los hombres se extiende a su vez a toda la creación. Recordemos el texto de Is. 11, 6ss. (“El león y el cordero pastarán juntos, la pantera con el ternero, no habrá estrago por todo mi monte santo.”) De aquí también viene eso que se nos cuenta de S. Francisco de Asís y su trato con el lobo que aterrorizaba a una comarca en Italia (Arezzo).
- La reconciliación es un regalo de Dios que sólo podemos recibir, ya que se nos da sin mérito alguno de nuestra parte; pero, a la vez, cada uno debe conquistarlo con esfuerzo y lucha personal y, ante todo, mediante un cambio total interior, una conversión radical de toda la persona, una transformación profunda de la mente y el corazón.
El hombre que se convierte 1) abandona cuanto le tenía alejado de Dios, rompe con su autosuficiencia -sus idolatrías y pecado-, renuncia a su actitud fundamental enfocada a la autoseguridad para dejarle todo el espacio a Dios en su vida. 2) Dios es para el hombre convertido en el criterio último y definitivo de su obrar. 3) El hombre convertido pasa a tener una confianza abso­luta en Dios y una firme esperanza en El. 4) El convertido ve operarse en él como un nuevo nacimiento, el surgimiento de una nueva criatura que reconoce que no hay, fuera de Dios, poder alguno al que debamos someter nuestra vida ni del que podamos esperar la salvación.
La conversión, por su misma naturaleza, es ante todo y primariamente una realidad personal. Acontece en la intimidad de la persona, en su encuentro con Dios, y conlleva una honda modi­ficación de la orientación existencial que marca, a partir de entonces, la conducta total. La conversión es una transformación interior, perso­nal e intransferible, que llega hasta el último fundamento del ser del hombre.
Esta conversión supone, como en el caso del hijo pródigo, un darse cuenta de que uno se alejado libremente de Dios, que este alejamiento sólo ha traído consigo vacío, sole­dad, ruina y miseria. Uno se reconoce a sí mismo desilusionado por el vacío que lo había fascinado. En este momento es cuando se arrepiente de su egoísmo, de su autosufi­ciencia. Por todo ello, el pecador se arre­piente y decide volver toda su persona a Dios; decide corregirse, no sólo en tal o cual punto concreto, sino cuestionarse a sí mismo en la totalidad del propio ser y disponerse para el cambio sin reser­vas. En efecto, como nos dice Jesús en el evangelio, Dios nos quiere por entero, no sólo una parte de nosotros: “Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.” Y es que la conversión exige la ruptura con el viejo mundo de pecado, como uno que ha sido alcohólico-ludópata-drogadicto y ya no puede volver a beber-jugar-tomar drogas nunca más ni a frecuentar determinados ambientes y personas. La conversión supone la decidida voluntad de no volver a pecar. Ello se realiza normalmente en un lento y laborioso proceso de madura­ción y de vida nueva, con altibajos y aún sus retrocesos prosi­guiendo el camino hacia adelante, a pesar de las recaídas, con humildad y confianza, puestos los ojos en Aquél que nos busca y sale al encuentro. Y es que tenemos la total confianza en lo que hoy se nos dice en la segunda lectura: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.”
Voy a leer a continuación un relato de un soldado americano, que ilumina muy bien todo lo que he ido diciendo hasta ahora. Este soldado murió en el norte de África durante la segunda guerra mundial. En un bolsillo se le encontró un papel en donde ponía lo siguiente: “¡Escúchame, Dios mío!, nunca te había hablado; pero ahora quiero decirte: ‘¿Cómo te encuentras?’ Escucha, Dios mío; me dijeron que no existías y como un tonto me lo creí. La otra tarde, desde el fondo de un agujero hecho por un obús, vi tu cielo… De pronto me di cuenta de que me habían engañado. Si me hubiera tomado tiempo para ver las cosas que Tú has hecho, me habría dado cuenta de que esas gentes no consentían en llamar al pan pan. Me pregunto, Dios, si Tú consentirías en estrecharme la mano… Y, sin embargo, siento que Tú vas a comprender. Es curioso que haya tenido que venir a este sitio infernal antes de tener tiempo de ver tu rostro. Te quiero terriblemente; quiero que lo sepas. Ahora se va a dar un combate horrible. ¿Quién sabe? Puede ser que llegue yo a tu casa esta misma tarde… Hasta ahora nunca habíamos sido camaradas, y me pregunto, Dios mío, si Tú me vas a estar esperando a la puerta. Mira, ¡estoy llorando! ¡Yo, derramando lágrimas! ¡Ah, si te hubiera conocido antes…! ¡Bueno, tengo que irme! Es extraño, pero desde que te he encontrado ya no tengo miedo a morir. ¡Hasta la vista!” Este es un modelo de un hombre que vivió de espaldas a Dios, que se encontró con El y que se convirtió, aunque no tuvo tiempo vivir terrenalmente en el día a día su amor por Dios.
Os deseo una feliz reconciliación y conversión a todos.

6 comentarios:

María Cristina dijo...

Andrés después de leer y orar los elementos que nos diste en la homilía de hoy solo me queda repetir con el salmista: “La santidad es el adorno de tu casa”. Tú has dicho: Solo el hombre que está cerca de Dios puede verse pecador”, mucho me falta a mi para vivir esta realidad. Esta mañana en mi oración resonaba en mi interior: “Señor date prisa en socorrerme”, prisa para ayudarme a reconciliarme con Dios, con los demás y conmigo misma”. Que bien percibir al “Señor de los Señores” dándose prisa cada mañana dándome su gracia de la conversión, de la transformación interior .

Gracias Andrés por recordarme que la bondad de Dios entiende mis altibajos, mis retrocesos, mis recaídas, pero que confía en que me vuelva a levantar y por ello como a la mujer adúltera me dice: “Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete en paz y no peques más.

Mi amigo “El anónimo” el domingo XXIII enfatizaba que Jesús no presenta rebajas, y yo también lo afirmé ese día, pero hoy me atrevo a decir que las rebajas que presenta son: Ante mi pecado ofrece su vida en una cruz por mi y por la humanidad. Y en la oración cuando experimentamos “Desolación” sus rebajas son: Paz, cercanía y deseo de seguirle aunque no le sintamos afectivamente.

Gracias Andrés por esta homilía tan profunda que me desinstala de mis comodidades, seguro que a todos los de “La comunidad de las once y a todos los del blog” nos pone en camino.

Un abrazo y una feliz semana para todos.


Cristina

José Manuel dijo...

Estimado Don Andrés y demás hermanos:

DIOS es ese PADRE que busca de forma continua encontrarse con el hijo descarriado y pecador. Para ello no dudará en un solo instante en salir a buscarle al medio del camino, por si regresa como el hijo pródigo de la parábola. Este no tendrá que llamar repetidamente a la puerta del PADRE y esperar a que le abra, porque estará vigilando la puerta día y noche a la espera de su hijo.

DIOS deseoso y atento hasta la saciedad, de que el pecador arrepentido su hijo, le pida perdón y se reconcilie con EL.

¡BENDITOS SEAN DIOS Y JESUCRISTO!

Violeta dijo...

Constatación:
Realmente Dios siempre nos ofrece y nos da su perdón, sin pedir cuentas de nada, sin echar en cara nada, ni a nadie … En el Evangelio tenemos infinidad de textos y situaciones que nos lo confirman. Jesús siempre perdonó y perdona a todos los que nos acercamos a Él, reconociendo nuestro pecado.

Esta Homilía entronca muy bien, con la anterior, nunca llegaremos a una verdadera conversión, si no nos reconocemos pecadores, si no afinamos en cada una de nuestras actitudes, cuesta a veces reconocer nuestro pecado.. y yo no sé si a los demás les pasa como a mi, hay pecados que me cuesta reconocerlos como tales, quizá por no darles toda la repercusión espiritual que puede causar de cara a Dios, a los demás, a mi misma y a la creación… Tal vez por no pensar en el gran amor, compasión y misericordia, con que soy tratada por Dios… y por lo tanto debo corresponderle con amor, sinceridad, coherencia… “Amor con amor se paga…”

Bien dices Andrés que, la conversión es regalo de Dios y yo añado, de tantísimo valor que, para recibirlo tenemos que pasar toda la vida, al menos los que no nos entregamos de lleno o radicalmente, como bien dices… Me consuela un párrafo que dice: “La conversión supone voluntad de no volver a pecar (¡Es tan difícil…) Me consuela lo que sigue: Ello se realiza normalmente en un lento y laborioso proceso de maduración y de vida nueva, con altibajos y aún con retrocesos prosiguiendo el camino hacia delante, a pesar de las recaídas, con humildad y confianza, puestos los ojos en Aquel que nos busca y sale al encuentro”.

Que ese deseo final de reconciliación, con Dios, con los demás, conmigo misma y con la creación, se haga realidad en mi y en todos los que la deseamos, iremos poniendo nuestro granito de arena, el Señor hará todo lo demás, hasta llegar a esa conversión auténtica, que tal vez la consiga al final de la vida, seguiremos luchando…
Roguemos unos por otros y el Señor se compadecerá y obrará las maravillas que Él quiere realizar en o por nosotros.

Gracias Andrés por darnos esa oportunidad de reflexión y de ayuda.
Violeta

Anónimo dijo...

Esa es mi fuerza, sentir que El me busca, sale a mi encuentro, olvida mis defectos, siempre está para mi, nunca se cansa de esperarme y me cuida a cambio de nada. Y además me lo hace saber.¿ Donde voy a encontrar mayor prueba de Amor...?

Anónimo dijo...

Aún sabiendo, con cierta certeza por las vidas de los santos como la de la M. Teresa, que a Dios no le van las rebajas, amiga Cristina, en el momento en que aceptamos sus exigencias y abrazamos esa "desolación" que podamos experimentar, no tarda en aparecer en nosotros la "contradicción" de saber(en FE), que en mi vacio está Su paz, en mis sombras Su cercanía, en mis soledades Su soledad y sobretodo ese deseo de seguirle por encima de todo, es lo que me anima porque sé que es ÉL y me cuida y me sostiene; me ama. Aunque yo caiga a menudo si no le pierdo de vista, se que no desfalleceré.Es lo que vivo.
El anónimo

Aloya dijo...

Confio en la Misericordia infinita de Dios. Mi conversión la pongo en marcha cada día de mi vida, y cada día, lleno mi corazón de buenos propósitos, pero...caigo y me levanto infinitas veces, es el combate de la vida... No obstante, tengo la seguridad, de que el Señor me espera siempre, El es el Padre amoroso, el Amigo que me escucha cuando le hablo de mis penas, de mis fatigas,de mis pecados, de los pequeños logros y le confio una vez más toda mi vida, poniendo a prueba su Paciencia y su Bondad.
Si en el fondo de tu corazón, brota el arrepentimiento sincero, no solo se " alborota " el Cielo, también nosotros los humanos experimentamos los beneficios de la paz, de la reconciliación con todo el Universo, en definitiva, nos sentimos más cerca de Dios y de nuestros hermanos.
Gracias D. Andrés por tantas lecciones maravillosas, sobre el amor de Dios a los hombres.
Un abrazo a los amigos del Blog.
Aloya