jueves, 18 de agosto de 2016

Domingo XXI del Tiempo Ordinario (C)



21-8-2016                   DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO (C)
                                                                   Is. 66, 18-21; Slm. 116; Hb. 12,5-7.11-13; Lc. 13,22-30
            Seguimos con las homilías sobre las obras de misericordia:
            5.4.- Perdonar al que nos ofende
            - Cuando en el Antiguo Testamento apareció el precepto del “si sucede una desgracia, tendrás que dar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión” (Ex. 21, 23-25), supuso un gran adelanto. Pues antes, lo que existía era la venganza incontrolada, la fuerza bruta sobre la persona más débil, la pura arbitrariedad. Esta norma fue la primera regulación sobre la ofensa recibida. Pero se quedó muy corta en comparación con el mensaje de Jesús en el Sermón de la Montaña: “Vosotros habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’ […] Vosotros habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por vuestros perseguidores; así seréis hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si vosotros amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacéis lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” (Mt. 5, 38.43-47).
            No se puede negar que el amor a los enemigos desde un punto de vista humano es seguramente la prescripción más exigente de Jesús, siendo considerado desde antiguo como el signo distintivo de la vida y conducta cristianas. “Quien no ama a quien lo odia no es cristiano” (Segunda carta de Clemente, 13s). De aquí se sigue, como dice santo Tomás de Aquino, que el perdón de los enemigos pertenece a la perfección de la caridad. Además, así cumplimos con el precepto del Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt. 6, 12).
Jesús nos dio ejemplo de esto en su vida: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34).
- Hace un tiempo leí un libro que os recomiendo. Se titula: “El arte de bendecir” y lo escribió un suizo, Pierre Pradervand. Está publicado en la editorial Sal Terrae. ¿Cómo empezó Pierre a escribir este libro de “El arte de bendecir”? Pues resulta que un día en su trabajo fue despedido. Oigamos la narración de Pierre: “Durante las semanas y meses que siguieron, empecé a experimentar un rencor violento, y aparentemente imposible de desarraigar, contra las personas que me había puesto en aquella situación imposible. Al despertarme por la mañana, mi primer pensamiento era para aquellas gentes. Mientras me duchaba, al comer, al andar por la calle, al dormirme por la noche, me atenazaba aquel pensamiento obsesivo. El resentimiento me roía las entrañas y me envenenaba. Sabía que me estaba haciendo daño a mí mismo, y a pesar de mis oraciones, aquella obsesión me chupaba la sangre como una sanguijuela. Pero un día, una frase de Jesús se me clavó en el ser: ‘Bendecid a los que os persiguen’ (Mt. 5, 44). De repente, todo se me hizo claro. Así, comencé a bendecir a los que me había hecho daño: los bendije en su salud, en su alegría, en su abundancia, en su trabajo, en sus relaciones familiares y en su paz, en sus negocios, etc. La bendición consiste en querer todo el bien posible para una persona o personas, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y quererlo desde el fondo del corazón con total sinceridad. Esta bendición transforma, cura, eleva, regenera, centra espiritualmente, y desembaraza nuestro ser de pensamientos negativos, condenatorios o críticos. Al comienzo bendecía sólo con mi voluntad, pero con una sincera intención espiritual. Poco a poco las bendiciones se desplazaron de la voluntad al corazón. Bendecía a las personas a lo largo de todo el día: mientras me limpiaba los dientes, mientras hacía footing, cuando iba a correos o al supermercado, mientras lavaba los platos o me iba durmiendo. Los bendecía uno a uno, en silencio, mencionando su nombre. Seguí esta disciplina y a los tres o cuatro meses me encontré bendiciendo a las personas por la calle, en el autobús, en las aglomeraciones. Bendecir se fue convirtiendo en uno de los mayores gozos de mi vida. No he recibido ningún ramo de rosas de mi antiguo empresario ni la más mínima expresión de afecto ni la menor excusa por su parte. Pero he recibido rosas de la vida, a manos llenas”. Con este ejemplo aprendemos: El odio hiere sobre todo al que lo genera. En tantas ocasiones, la persona odiada, o no se entera, o no le da importancia… Pero el que odia siente cómo si una alimaña le fuera destrozando por dentro y no le deja en paz ni de día ni de noche. El que odia se vuelve un amargado, un murmurador constante, pues siempre tiene algo que hablar en contra de los demás. El que odia se aísla a sí mismo y genera más ira a su alrededor y en los que están a su lado. Por el contrario, el que perdona revive y siente como si una losa muy pesada es arrojada fuera de él.
Después de ‘colgar’ la homilía en el blog, pusieron el siguiente comentario-testimonio: “No siempre resulta fácil perdonar, aunque quieras. Querer perdonar y no poder es terrible; te destroza por dentro. Recuerdo una ocasión en la que, por más que lo intentaba, era incapaz de perdonar a una persona, ni siquiera pidiendo ayuda a Dios. Después de mucho rogar y suplicar, se me ocurrió que quizá, en vez de pedir a Dios que me diera perdón para esa persona, tenía que pedirle que me diera humildad para mí, porque quería perdonar, pero también quería tener la razón. En cuanto humillé mi amor propio, y dejó de importarme quién era el culpable y quién tenía la razón, llegó el perdón”.
            5.5.- Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
            - La tradición sapiencial del Antiguo Testamento subraya con fuerza que, ante hermanos que irritan al sabio, “más vale ser paciente que valiente, dominarse que conquistar ciudades” (Prov. 16, 32). Job es el paradigma del hombre paciente: “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job 1, 21). En la misma línea y mucho más allá se manifiesta Jesús, quien, lejos de ser implacable  con los pecadores, es tolerante, ya que “vuestro Padre celestial hace salir su sol sobre buenos y manos” (Mt. 5, 45). ¿De dónde procede esta paciencia? Pues san Pablo nos dice que procede del amor: “el amor es paciente […] y todo lo soporta” (1 Co. 13, 4.7). Así, quien ama soporta pacientemente al que es fastidioso, antipático, aburrido, lento…[1] Asimismo, esta realidad debe propiciar la reflexión sobre uno mismo para descubrir en nosotros aquello que también es molesto e insoportable para nosotros mismos, y que puede serlo también para otros, ya que Dios mismo en Cristo nos ha soportado pacientemente amándonos de forma incondicional: “sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a  otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef. 4, 32).
            - Sin embargo, se ha de tener en cuenta que las obras de misericordia no se deben tomar de modo aislado, sino que se han de interrelacionar siempre entre sí. En efecto, esta obra de caridad está totalmente conectada con todas las anteriores (enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste), es decir, esta obra de caridad (sufrir con paciencia los defectos del prójimo) nunca ha de ser tomada como algo pasivo o como una sinónimo de la resignación. El sufrir el carácter o los hechos de los otros, es y debe de ser un primer paso para actuar enseguida con las otras obras de misericordia. Porque lo amamos, llevamos con paciencia su forma de ser y de actuar, pero, también porque lo amamos, queremos ayudarle a salga de ese pozo y de ese círculo vicioso que lo destruye y que destruye toda relación personal que comienza. Como actuaría una madre o Dios mismo, así tendremos nosotros que actuar.

[1] Esto está en línea con el amor al enemigo, de lo que se habló más arriba.

5 comentarios:

Ana dijo...

Muy buenos dias .... Que bella historia la que nos cuentas y que bellas tus palabras .....sabes mi abuela siempre decía antes de responder o actuar tómate unos minutos y piensa cómo actuaría Jesus ante esta situación .... Y así no te equivocaras ....no es fácil lo sé pero si lo intentamos de su mano lo lograremos
Mi nuera ha dañado mucho el corazón de esta familia que la recibió con amor y como otra hija más ... Nacio El Niño y el cambio fue muy cruel ... Yo le digo a mi hija no te enojes ni guardes rencor con ella ..pues ella está bien y tú te enfermas de odio ... Reza para que ella cambie o se de cuenta y aprende para no actuar así jamás ....
Le daré a leer tu homilia gracias Andrés ! Que el Señor los benfifa

Feli dijo...

Creo que una de las cosas más bonitas que tiene el ser humano,es saber perdonar ,es algo tan bello
que te ríes sola,te da una felicidad como si estuvieses flotando y pensando que Dios está feliz mucho más.Otra cosa muy importante es saber pedir perdón, a mí no me importa. Me acuerdo de una vez, por Fin de Año,llamé a una persona pidiéndole perdón,realmente no sé , quién lo tenía que pedir, pero yo no estaba a gusto con esa situación. Pero pensé, Año Nuevo,vida nueva. Tengo otro montón de defectos, pero perdonar y pedir disculpas no me cuesta trabajo hacerlo, me hace sentir bien . Un abrazo y que Dios nos dé fuerza para perdonar.

Anónimo dijo...

No siempre resulta fácil perdonar aunque quieras. Querer perdonar y no poder es terrible, te destroza por dentro. Recuerdo una ocasión en la que, por más que lo intentaba, era incapaz de perdonar a una persona, ni siquiera pidiendo ayuda a Dios.
Después de mucho rogar y suplicar, se me ocurrió que quizá en vez de pedir a Dios que me diera perdón para esa persona, tenía que pedirle que me diera humildad para mí, porque quería perdonar, pero también quería tener la razón.
En cuanto humillé mi amor propio, y dejó de importarme quien era el culpable y quien tenía la razón, llegó el perdón.

Jose Luis dijo...

Preciosa homilia, que nos enseña a ser felices en tu amos como cristianos. Jesus nos dijo: Yo soy la Verdad y la Vida, y así si seguimos sus consejos encontraremos La Paz, la armonía, y por tanto la felicidad.
También me ha llamado la atención el comentario del anónimo, al poner la solución en la "humildad" para uno mismo.
Pido al Espíritu Santo que me regale sus siete dones, y a la Virgen que me acompañe en mi caminar para llegar a su hijo Jesucristo.

Anonimo dijo...

Gracias por esta reflexión Me ha dado mucha luz.