jueves, 4 de agosto de 2016

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (C)



7-8-2017                     DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO (C)
                                                  Sb. 18, 6-9; Slm. 32; Hb. 11,1-2.8-19; Lc. 12,32-48
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Seguimos con las homilías sobre las obras de misericordia:
            4.7.- Enterrar a los muertos
            - Esta obra de misericordia está recogida en el libro de Tobías: “enterraba a mis compatriotas, cuando veía que sus cadáveres eran arrojados por encima de las murallas de Nínive” (Tb. 1, 17).
            En Israel es un mal horrible que alguien se viera privado de sepultura, por eso se decía: “Hijo mío, por un muerto, derrama lágrimas, y entona un lamento[1], como quien sufre terriblemente. Amortaja el cadáver en la forma establecida y no descuides su sepultura” (Eclo. 38, 16). Con esta acción se demuestra que el hombre está imbuido de la dignidad de Dios, incluso después de muerto. Así, los discípulos se acercaron a Pilato para pedir su cadáver y darle sepultura y no dejarle sin más en una fosa común: “Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús –pero secretamente, por temor a los judíos– pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Jn. 19, 38-42).
- Por otra parte, el entierro de los difuntos no deja de ser un acto de fe en la resurrección. Sí, para un cristiano la muerte y la resurrección están indisolublemente unidas. Así se atestigua en el evangelio: “Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán […] No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio” (Jn. 5, 25.28-29).
- También es una obra de misericordia ‘enterrar a los muertos’ que llevamos a cuesta desde hace años: aquellas personas que nos han hecho daño y nos sigue haciendo daño su recuerdo, los que nos han traicionado, los que nos han desilusionado. Hay personas que no nos saludan o a las que nos saludamos. Hay hijos que no se hablan con sus padres o viceversa, hermanos que no se hablan (hace poco murió un hombre y su hermano no fue al entierro con el siguiente argumento: ‘si no lo traté en vida, sería hipócrita que acudiera ahora a su funeral’). Hay acciones mías que no me perdono ni me perdonaré nunca; esto también es un muerto que me pesa, que me huele mal, que me quita el sueño.
Repasar los muertos que tengo en mi corazón y en mi alma, para ‘irlos enterrando’.
5.- Las obras de misericordia espirituales
Estas obras surgieron con Orígenes (finales del S. II o principios del S. III), a partir de una interpretación alegórica del texto de Mateo 25. Esta línea fue seguida por san Agustín y completada por santo Tomás de Aquino.
5.1.- Enseñar al que no sabe
- “El Espíritu Santo dijo a Felipe: ‘Acércate y camina junto a su carro’.  Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: ‘¿Comprendes lo que estás leyendo?’ Él respondió: ‘¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?’ Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él” (Hch. 8, 29-31). El protagonista no es el que enseña, sino el Espíritu Santo que guía a uno y a otro para llegar a la verdad plena. Uno no sabe y debe ser enseñado. El otro sabe, pero porque antes también fue enseñado. Así, ante Dios no es más el uno que el otro.
- En esta obra de misericordia no se ha de contar en primer lugar con la sabiduría, como pudiera parecer en un primer momento, sino con la humildad. Humildad, por parte del enseñado, para reconocer uno sus propias carencias y limitaciones, humildad para poder dirigirse a otro y preguntarle, humildad para reconocer que el otro, el que sabe, puede ser menos que yo, o tener menos que yo…, pero de lo que uno va a preguntar o de lo que uno no sabe, el otro sí que sabe. Así, el “eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía” (Hch. 8, 27) y que iba en un carro, es capaz de dejarse instruir por uno que es más pobre que él, que no tiene buena ropa, que no tiene carro ni caballo, que va a pie sudoroso y sucio del polvo del camino.
Asimismo el que sabe y el que va a instruir debe tener humildad antes que sabiduría para no ponerse ni creerse por encima del otro. Y aquí nos vienen muy bien las palabras de Jesús: “No os dejéis llamar tampoco ‘maestros’, porque sólo tenéis un Maestro, que es el Mesías” (Mt. 23, 10). El que enseña debe saberse mero instrumento del único Maestro y Sabio: Jesús. También nos ayudará a la hora de enseñar a los demás esta otra máxima de Jesús: “Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis” (Mt. 10, 8).
Para poder enseñar hay que primero haber sido enseñado, haber aprendido y también estudiar. Todo esto supone esfuerzo, diligencia, apertura, escucha, experiencia de vida, oración, lectura, estudio…
Se puede enseñar al que no sabe sobre temas religiosos o sobre cualquier otra cosa de utilidad. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de comunicación o directamente.
- Termino con dos textos bíblicos que se refieren a este tema:
“Quien instruye a muchos para que sean justos, brillarán como estrellas en el firmamento” (Dan. 12, 3b).
“Hermanos míos, si uno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sabed que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados” (Sant. 5, 19-20).

[1] Preparar bien los funerales los curas, y la asistencia religiosa de los fieles. Caso de la moto en Taramundi para echar la tarjeta en un funeral. Javier Col.

1 comentario:

Feli dijo...

Me voy acordar siempre de un hecho que pasó en mi casa,bueno mejor dicho en casa de mis padres.Murió un tío mío,que no era creyente,avisamos al cura,para que lo confesase,y mi tío estaba en las últimas,llego el cura,le puso la unción de los enfermos,y todavía no había salido el sacerdote de la habitación se murió.Yo dije ,estaba esperando el perdón y para todos fue una alegría, y porqué no,un descanso. Creo que los que somos creyentes debemos descansar, en un Camposanto.Yo quiero que me incineren,pero quiero ir a mi dormitorio ,hasta la resurrección.Un abrazo y que Dios nos bendiga.