jueves, 3 de marzo de 2016

Domingo IV de Cuaresma (C)



6-3-2016                                DOMINGO IV CUARESMA (C)
            En este domingo volvemos a escuchar la parábola del hijo pródigo. A pesar de haberla leído y de haber pensado en ella muchas veces, siempre se sacan cosas nuevas. Así es la Palabra de Dios: por mucho que la exprimas, siempre vas a sacar nuevo jugo cada vez que vuelvas sobre ella. Vamos a ver qué cosas nuevas podemos extraer en el día de hoy sobre esta preciosa historia que Jesús nos cuenta:
            - En el tiempo de Jesús, la ley judía preveía que, al repartir la herencia, el primogénito recibiera dos tercios de la herencia y el hijo menor el otro tercio. Bien es verdad que los bienes de la casa eran del padre mientras éste viviera y no tenía ninguna obligación de repartirlos con sus hijos en vida. Si lo hizo, lo hizo libremente y no porque la ley le obligara a ello. En realidad, Jesús nos narra la historia de un padre que no respeta demasiado la ley judía, sino que simplemente hace caso de su corazón y del amor que tiene por sus hijos.
            * Actuaciones del padre. Éste, según la ley judía, tendría que haber sabido estar en su puesto: no debería de haber salido de casa a recibir a su hijo pequeño, sino que debería de haber esperado a que éste picara a la puerta, debería de haber verificado que el hijo pequeño estuviera realmente arrepentido, debería de haberle preguntado a dónde había ido a parar su parte de la herencia, que era el fruto de sudor de las generaciones anteriores. Sin embargo, el padre, dejándose llevar por su amor hacia él, ya lo estaba esperando fuera de casa, se le echó al cuello, le organizó una fiesta por todo lo alto. Tampoco fue normal el comportamiento que tuvo el padre con el hijo mayor, pues no esperó a que volviera del campo para preguntarle su parecer sobre cómo actuar con el pequeño. El padre sólo sabía que su hijo pequeño había aparecido y estaba bien, y lo demás no le importaba demasiado. El padre salió de la casa en dos ocasiones a buscar y recibir a sus hijos: una al pequeño y otra al mayor.
            Frente a la imagen de un dios terrible o de un dios que no se ocupa de sus hijos, Jesús nos presenta a un Dios que es sobre todo PADRE. Para un padre no son suficientes las leyes. Las leyes no pueden decirle al padre de esta parábola cómo tiene que actuar con sus hijos. Quien le dice al padre cómo ha de actuar es su corazón, es el amor que siente por sus hijos: por los dos.
            * Los hijos no fueron capaces de ir más allá del dar para recibir. Resulta muy llamativa la descripción que Jesús hace de los dos hijos. No parece que los dos hijos tengan los genes del padre, ni que hayan aprendido del padre en los años que estuvieron con él. En efecto, el hijo menor, el cual pidió su parte de la herencia sin importarle otra cosa que hacerse con lo que creía que era suyo, derrochó toda los bienes que le correspondían por ley. Cuando vuelve a casa, lo hace, no porque esté arrepentido, sino porque no consigue encontrar otra salida, porque está al límite de sus fuerzas. No es el arrepentimiento lo que le empuja a volver a casa, sino el hambre. Por otra parte, el hijo mayor, no entiende al padre: no entiende que el padre premie a quien debía de castigar, o mejor aún, simplemente no dejarlo entrar en la hacienda. ¿No se marchó libremente? Pues que apeche con las consecuencias. Además, quizás el pequeño vuelva con la intención de quitarle todo o parte de lo que ahora por ley le corresponde. ¡Y eso sí que no! Veamos otra diferencia entre el hijo mayor y su padre: Jesús en la parábola nos describe la reacción del hijo mayor con este verbo: “se irritó (o se enojó)” (Lc. 15, 28). Por el contrario, la descripción que hace Jesús del padre es también con otro verbo: “se conmovió” (Lc. 15, 20).
- ¿Qué características vemos en el padre, que encarna la figura de Dios? Es un padre comprensivo ante sus hijos: al pequeño no quiere humillarlo; para ganarse al mayor le dice que todo lo que tiene es suyo, y que había que alegrarse de que su hermano pequeño haya vuelto y, además, con vida.
El padre respeta la libertad de los hijos, y les quiere ayudar a crecer en responsabilidad.
El padre es compasivo y perdona.
El padre es cariñoso y busca la unión y el cariño entre los hermanos.
El padre no es materialista, es decir, no pone lo material por encima del cariño. Para él lo de menos es que se haya dilapidado un tercio de los bienes familiares. Lo que le importa de veras es que ya están otra vez todos juntos en la casa familiar.
¿Qué características tienen los hijos? Son materialistas.
Son egoístas. Uno se marchó de casa porque le convenía, sin importar el dolor que causaba a su padre. Al mayor tampoco no le importó herir a su padre echándole en cara lo que no le daba: Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigo (v. 29); ni tampoco le importó herirle diciéndole: ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado! (v. 30). En efecto, el hijo mayor lleva cuentas del mal recibido y del bien que se hace al otro.
Prima el interés propio por encima del amor familiar. El pequeño vuelve a casa por hambre, no porque esté realmente arrepentido. El mayor no quiere tener consigo a su hermano, para que no le haga sombra ni le quite lo que por derecho le pertenece.
Ninguno de los dos ama, más bien se aman a sí mismos.
            - La parábola del hijo pródigo no nos cuenta el final de la historia. En otras parábolas sí que hay un final, pero en ésta no. No sabemos si el hijo mayor fue convencido por el padre para entrar en la casa. No sabemos si también el hijo mayor decidió pedir la parte que le correspondía y abandonar la casa paterna. No sabemos si el hijo mayor se encontró con su hermano pequeño y se reconcilió con él. No sabemos el comportamiento del hijo pequeño una vez recibido en casa: si se esforzó en ayudar, en trabajar, en dejar sus egoísmos, si aprendió la lección, si procuró llevarse bien con el mayor… Esta parábola permanece siempre abierta a todos nosotros para que la acabemos de un modo u otro. Porque somos nosotros el hijo pequeño, somos nosotros el padre, somos nosotros el hijo mayor… en la vida que estamos haciendo ahora mismo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta parábola,me encanta,me dice mucho,y también me enseña a perdonar.
Me dice a lo que puede llegar el amor de un padre por su hijo.También,llega a mi corazón,que Dios como padre nuestro que es,cuanto nos perdona,todo,y está feliz cuando volvemos a ÉL,dándonos todo su amor y su perdón.
El problema es lo terrenal,yo creo que no le daría la parte de la herencia a mi hijo,no me extrañaría que el hermano mayor no estuviese enfadado.Recibiría a mi hijo con los brazos abiertos,mi hijo perdido,y lo recuperé,pero,lo pondría a trabajar,y ayudar a su hermano y pedirle perdón.Hoy en día familias enteras ,enfadadas por las herencias,que triste.Como dice una cuñada mía,los hijos no se enfadan,por lo que gastas,se enfadan por lo que dejas.Un abrazo,y en esta cuaresma,el perdón llegue a nuestros corazones.

Anónimo dijo...

Qué bonita explicación de esta Parábola.

Ana dijo...

Cuando era niña esta parábola no la compre día ....ahora que ya peino canas y he tenido la dicha de ser madre ! Como no entenderla ! El,amor de un padre puede más que cualquier falta ....el hijo que se aleja siempre será bien recibido ....pues en el corazón por siempre brilla el amor ...tengo casualmente un hijo que se ha alejado de la familia ..al cual esperare hasta mis últimos días con los brazos abiertos porque en mi corazón solo hay amor que supera el dolor que me causa
Me gustado mucho tu homilia Andrés .... Y de paso te ruego ores por Tomas para que vuelva cuando esté listo a vernos ....es que es Neurocirujano por un problema con su hermano se ha alejado de todos ...
Muchas gracias los llevo en mi corazón

Andrés Pérez Díaz dijo...

Hola, Ana. Sí que encomendaré a Tomás para que Dios le dé paz a su corazón y luz.
Un abrazo y que Dios os bendiga

Ana dijo...

Gracias Andrés de corazón ....mDios me ha bendecido al conocerte

Pepitina dijo...

Me ha encantado ese final "abierto"de la parábola en el que nunca me había fijado de esta manera; efectivamente la Palabra nos brinda siempre enjundia nueva.Veo el corazón confiado de un Padre, de una Madre, que siempre da otra oportunidad al hijo; me ha emocionado. !Cuántas oportunidades he recibido de Dios en la vida!¡Cuán libre me he sentido siempre ante Él! Y, ¡cuánto me ha ido educando y modelando, a través de Su Palabra, de sacerdotes, personas o situaciones que ha permitido que viviese, dejando que asumiese las consecuencias de mis actos!
He recordado una frase lapidaria tuya,pater, que en una época de mi vida, me acompañó mucho: Todos nuestros actos tienen sus consecuencias. Gran verdad.
Es un gesto paternal de tu parte esa preocupación hacia nosotros sobre hacer el Testamento y hacerlo bien...gracias, pater.
Ana, Tomás estará en mi oración de esta noche. Ánimo, mantén tus brazos abiertos. Un día te hará feliz con su vuelta. Un abrazo
Buena semana amigos.