viernes, 11 de junio de 2010

Domingo XI del Tiempo Ordinario (C)

13-6-2010 DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (C)

2 Sam. 12, 7-10.13; Slm. 31; Gal. 2, 16.19-21; Lc. 7, 36-8, 3



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En el relato del evangelio de hoy se nos cuenta un episodio de María Magdalena. Ella era una prostituta. Para conocer un poco más lo que sucedió aquel día tenemos que tratar de acercarnos a la realidad social de las mujeres de aquella época y de las prostitutas en concreto.

Ante todo hemos de decir que sorprende ver a Jesús en los relatos evangélicos rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena; las hermanas de Lázaro: Marta y María; mujeres enfermas como la hemorroisa o paganas como la siro-fenicia; prostitutas despreciadas por todos o seguidoras fieles, como Salomé y otras muchas que le acompañaron hasta Jerusalén y no le abandonaron ni en el momento de su ejecución. De ningún profeta de Israel se dice algo parecido. ¿Qué encontraban estas mujeres en Jesús? ¿Qué las atraía tanto? ¿Cómo se atrevieron a acercarse a Él para escuchar su mensaje? ¿Por qué se aventuraron algunas a abandonar su hogar y subir con Él a Jerusalén, provocando seguramente el escándalo de algunos?

En tiempos de Jesús se vivía una sociedad patriarcal en que la mujer vivía en inferioridad y sometida a los varones. Para los judíos había sido Eva, una mujer, quien se había dejado engañar por la serpiente y quien había instigado a Adán a desobedecer a Dios y a pecar. Por ello, el pueblo judío tenía una visión negativa de la mujer, la cual era fuente siempre de peligrosa tentación y de pecado. A la mujer había que acercarse con mucha cautela y mantenerla siempre sometida. Por otra parte, la mujer siempre era propiedad de un varón: primero pertenecía al padre; al casarse pasaba a ser propiedad del marido; si quedaba viuda, pertenecía a los hijos o volvía a pertenecer al padre o a sus hermanos. Era impensable una mujer con autonomía. La mujer tenía sólo dos funciones sociales: tener hijos y servir fielmente al varón. Además, la mujer era considerada un ser vulnerable al que había que proteger, por eso se la retenía recluida en el hogar. Lo más seguro era encerrarlas en casa para tener mejor guardado su honor y el honor de la familia. Fuera del hogar, las mujeres no “existían”. No podían alejarse de la casa sin ir acompañadas por un varón y sin ocultar su rostro con un velo. No les estaba permitido hablar en público con ningún varón. No tenían los derechos de los que gozaban los varones. Incluso hubo un maestro judío que mandaba rezar a los varones así: “Bendito seas, Señor, porque no me has creado pagano ni me has hecho mujer ni ignorante”.

Veamos ahora lo que podría ser la condición de las prostitutas en tiempos de Jesús. Eran mujeres, como hoy día, usadas como pañuelos de papel: usar y tirar. En ellas los hombres descargaban todas sus frustraciones, todas sus apeten­cias, todos sus complejos. Eran mujeres sobre las que se podía hacer o decir todo, porque para eso eran pagadas (seguro que muchos de los que gritaron contra María Magdalena habían ido en alguna ocasión a yacer junto a ella). Eran mujeres que, al ir a coger el agua en la fuente del pueblo, eran despreciadas, escupidas, insultadas o maltratadas de obra por las otras mujeres a las que les robaban sus maridos; por eso, tendrían que ir a coger el agua cuando más apretaba el sol y la fuente estaba vacía para evitar improperios y bofetadas. Las prostitutas eran mujeres sin derechos. Eran mujeres en las que sólo se veía un trozo de carne y no una persona con sentimientos. Eran mujeres que tenían que matar a los hijos engendrados de sus relaciones, pues una mujer embara­zada no era apetitosa y, además, no podía atender a sus hijos. Eran mujeres que no podían volver a sus hogares familiares, porque no eran admitidas; habían deshonrado, no sólo a ellas mismas, sino y sobre todo a su familia. Este era el caso de María Magdalena.

El encuentro que nos narra el evangelio de hoy entre María Magdalena y Jesús no fue el primero entre ellos. Seguramente María Magdalena había oído hablar de Jesús. Le habrían dicho que era un profeta, que hablaba en nombre de Dios, que curaba, que daba de comer a la gente…, pero María Magdalena conocía bien a los hombres. Bajo el manto de la riqueza, o del poder, o de la religión… los hombres eran todos iguales. Antes o después todos iban a lo mismo. Seguramente, por curiosidad, se acercó a él y encontró en Jesús un hombre que la miró entera: por dentro y por fuera. No miró de modo lujurioso sus senos, sus piernas, sus glúteos, sus labios… Jesús le miró el corazón, el espíritu y un cuerpo bello, pero cansado de que la sobaran todos los hombres con los que se encontraba. Jesús habló a María Magdalena como a una persona, tan importante como otra cualquiera. En Jesús María Magdalena encon­tró compresión, perdón, cariño, acogida, aceptación. Y ella no permaneció indiferente. Por fin, había encontrado un hombre, un ser humano que la miraba a ella y no a su cuerpo, que hablaba con ella y de lo que a ella le interesaba y no con la intención de acostarse con ella. María Magdalena encon­tró a alguien que no la juzgaba ni la condenaba, sino que la quería y la aceptaba sin más, independientemente de lo que fuera o de cómo se ganara la vida o de lo que hubiera hecho anteriormente. Jesús le devolvió su dignidad, la misma con la que Dios le había creado. María Magdalena encon­tró a un hombre que la quiso y… el amor con amor se paga. Por eso, ella quiso y amó a este hombre del mismo modo que se sintió amada por él: de un modo puro y desinteresado.

Ahora ya podemos entender un poco más el relato del evangelio de hoy. Ahora conocemos un poco más de la vida de las mujeres en tiempos de Jesús, de la vida de las prostitutas en tiempos de Jesús y de la relación entre Jesús y María Magdalena. El evangelio nos dice que María Magdalena “colocándose detrás junto a sus pies llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume”.

Sí, María Magdalena 1) se postró detrás de Jesús, pero no en la parte de su cabeza, sino de los pies, no de un modo servil, sino amoroso, y allí dio rienda suelta a su amor, al perdón y a la aceptación de Jesús hacia ella. 2) Sus lágrimas de arrepentimiento y de cariño bañaron los pies de Jesús para quitarle el barro del camino. 3) Sus bellos cabellos, esos que sólo se mostraban en el pueblo judío por parte de las esposas a los maridos o que le sirvieron a María Magdalena en tantas ocasiones para conquistar y atrapar a los hombres en su lazo, ahora ella los usaba para limpiar los pies de Jesús. 4) Sus besos no fueron entonces utilizados para dar placer a un hombre, sino como muestra del amor más rotundo y profundo a Jesús. Pero no le besa los labios, ni las mejillas, ni la cabeza, ni las manos…, sino los pies, porque para ella, lo más humillante (los pies), se convirtió en la expresión máxima de su amor. Él, que no rehusó tratar con una prostituta y amar a una prostituta, ésta, es decir, María Magdalena tampoco rehusó besar los pies de Jesús. 5) Los pies de Jesús ya estaban limpios, secos, ablandados por los besos de María Magdalena. Ahora sólo faltaba el perfume que cubriera aquellos pies que llevaban la buena noticia a tanta gente necesitada de Dios, de perdón, de comprensión y de amor.

Jesús se dejó hacer, porque comprendía el signifi­cado de todo aquello que hacía María Magdalena con él. No le importaba a Jesús lo que pudiera decir la gente que le rodeaba. A él sólo le importaba aquella mujer herida y necesitada de amor, y lo que dijera su Padre del Cielo.

Sería muy interesante profundizar en el personaje de Simón, el fariseo que invitó a comer a Jesús en su casa y que juzgó a María Magdalena, pero hoy no nos da tiempo. Hacedlo vosotros. A ver qué os dice Dios de él. ¿A quién me parezco yo más en mi vida ordinaria en la relación con Dios y con los demás: a Simón el fariseo o a María Magdalena?

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando hay sinceridad..auténtico amor... generosidad, cuando me aceptas como soy sin juzgarme, sin mirar para atrás, sin examinarme, eso se capta y la relación es fluida. Maria Magdalena seguro que saboreaba todo eso por parte del Señor.

Te salió redonda.

Prometo hacer la tarea que nos pones.

Un abrazo y buena semana para tod@s.

Anónimo dijo...

Me impresiona la descripción que hace D. Andrés de María Magdalena, porque el texto bíblico no abunda en el ejercicio de transmitirnos de forma tan tierna y tan rotunda la vida y los sentimientos de una prostituta, aunque se llame María Magdalena. Todos los gestos que hace esta mujer ante Jesús, son la expresión de un amor puro, herido, y esperanzado en la Misericordia Divina.
Este pasaje nos debe de llenar a todos de alegría, el Señor, perdona y ama a los pecadores, y los ama de forma especial, los "conquista", con su paciencia, con su bondad infinita, No juzga, se limita a dejarse querer por la sinceridad de un sentimiento puro.

Como nos habla D. Andrés de las prostitutas es realmente impresionante, ¡qué catequesis! Estos pobres seres humanos que se prostituyen, ya sean mujeres u hombres, tienen todo mi cariño, y mis oraciones, ellos son las víctimas siempre de una sociedad endurecida, decadente, envilecida, pues unos, los que demandan los servicios, y los otros, los que cobran por ellos como intermediarios, son la expresión más dura de la pobreza humana, vivir de la indignidad del hermano o someterlo a perderla, es sobrecogedor. Me llama la atención, que ahora en estos tiempos haya "prostitutas de lujo", y de la "calle", ¿Cual es la diferencia? Nuestra sociedad hipócrita, está catalogando casi con benevolencia social esta triste situación, y la hacemos más llevadera con el título, "lujo", lo de "calle", es otra cosa..., incluso en los medios de comunicación se auspicia como un trabajo digno, "ejercer la prostitución", hemos avanzado mucho desde los tiempos de Jesús, ahora resulta que esta situación tremenda, que hunde a quien la vive, es un trabajo más, con sus derechos y obligaciones..., y nos quedamos tan tranquilos. También se dice, que es el oficio más antiguo del mundo, y..., ¿qué hacemos para que estos oficios, den paso a otros, más acordes con la dignidad humana? ¿Cómo informamos a estos pobres hermanos que no encuentran más recursos que prostituirse para vivir, de que hay otros caminos?
¿De qué manera podemos sacar los colores a una sociedad que por consumir, se hace consumista de la dignidad de otros seres humanos, que les roba la vida con la aquiescencia de una gran parte de su masa crítica, por llamarlo de aguna manera?
Quiera Dios que puedan leer o escuchar esta Homilía de D. Andrés, personas que estén en el duro y hostíl mundo de la prostitución ( no le llamo ni oficio, ni trabajo, estos términos deben siempre dignificar al hombre), porque verán en cada una de sus palabras, el amor de Dios transmitido a través de un sacerdote, cercano, sensible, equilibrado, y capaz de hacer llegar la esperanza,no todo está perdido, solo basta con tener resolución, y ahí debemos de estar todos, ayudando a que cada vez haya más seres humanos que recobren su dignidad, de "lujo" y de "calle", con "trabajo u oficio", fuera del consumo depredador de algunos de sus congéneres.
Especial atención a los estudiantes de ambos sexos, desplazados de sus puntos de origen, con serios problemas económicos, pues en la actualidad, se solicitan "servicios de compañía", aparentemente inócuos, y se pagan bien, y esta suele ser una vía muy recurrida para comenzar a perderse en el oscuro mundo del mercado de seres humanos, porque además ahora..., los piden "cultos".
Gracias D. Andrés, por ese trabajo tan grande de comprender a la humanidad en sus múltiples facetas, y más en esta de la prostitución, donde la degradación es incomensurable, lo mismo que lo es la Misericordia de nuestro Dios, que nos amparará a todos.
Un fuerte abrazo a los hermanos del blog, y el ruego de unirnos en oración al Señor, pidiendo su Luz, para todos los hermanos que están siendo víctimas de esta situación que denigra, y termina con sus vidas.
También, oremos por todos los Sacerdotes de nuestra Iglesia hoy que termina el Áño Sacerdotal.

yolanda dijo...

Un saludo Andres tu que haces posible este encuentro en el Señor y otro a los hermanos del blog ¡¡
Para mi es una de mis preferidas esta homila...porque yo en muchas ocasiones tambien me sujeto a los pies de Cristo y me siento baja y rastrera como Mª Magdalena.
No porque practique la prostitucion que no es mi caso,pero si me siento igual de miserable por otros motivos personales y agradezco al Señor la oportunidad que me da de acercarme a Él cuando mas le necesito asi de esa manera tan maravillosa cogiendome a sus pies.
No es poesia lo que os cuento..no. es real. cuando mas necesito del Señor y le llamo por mis pecados cometidos,el me acoge de manera especial y me deja abrazarme a sus
pies.
Yo puedo decir que es un encuentro tan puro y especial, que ningun hombre podra darme nunca.
Lo que si es cierto y por mi trabajo sanitario lo vivo,es que cuando me acerco a los que sufren y les acaricio sus pies..Algo maravilloso se produce...es un encuentro tambien igual de especial como con Jesus.
El ver el descanso en mi hermano necesitado..es ver mi dolor y el alivio que nos da el Señor.
Lo mio con los pies de la gente es tener un encuentro con el Señor..y eso es algo que agradecere por siempre al Señor.
Asi es cuando en mi desesperacion por limpiar mi alma yo me agarro al Señor..a sus pies...y Él me limpia y me da la Paz. y ademas quiere que comparta ese regalo con los que sufren, con los que caminan y caminan y no descansan...
Desde aqui le doy gracias a Jesus por darme a mi tan preciado regalo a mi..una pobre miserable pecadora como lo era Mª Magdalena a la que tanta devocion tengo.
Os mando un abrazo especial a todos que paseis buena semana y que Dios os bendiga.
Hasta pronto hermanos.

pazglez1936 dijo...

Durante una cuaresma y pensando en la injusticia de que un inocente muriera por mis pecados,Jesús, no acababa de verme tan malona para tanto horror, pero pensé: Y si toda mi vida, el ayer el hoy y el mañana saliera a la luz pública, no lo dudé me trincan pero con varias penas de muerte, se acabaron las dudas para siempre, esto de sert pecadora pública tiene su aquél, a no ser que te encuentres con un Amor ( yo lo encontré) dentro de esta Bendita Iglesia donde cada vez, que libremente, vas a los pies de Jesúsy admites tus pecados sales como ella NUEVA!.Andrés: Cum Laudem.Amy, estás mejor?, recuerda vale más ser ofendida que ofender , pero duele.Un abrazo.Paz

Chony dijo...

Se proclama hoy un Evangelio que a mi me conmueve y es uno de mis preferidos; en el me veo como María, pecadora, no importa que mi pecado no sea la prostitución, he sido y sigo siendo pecadora, y hay muchas formas de prostituirse; veo también una mujer que en medio de su "miseria" necesita sentirse perdonada, amada, y que alguien la quiera a ella como persona, no como objeto de placer; alguien que se moleste en escucharla, que se preocupe de su situación, y que sin juzgarla de antemano, se preocupe de averiguar que motivos la han llevado a su forma de vivir.
A mi me llama mucho la atención, el observar como Jesús, siempre sale en defensa de la mujer, especialmente de la mujer pecadora, en un país cuya cultura hace que la mujer no cuente para nada, solo sea un objeto al servicio del varón, Él siempre se dirige a ellas con cariño, con ternura, las hace sentirse persona. Lo vemos en este caso, en el episodio de la mujer adúltera, con la samaritana, etc. En esta ocasión, es la mujer la que va en busca de Jesús, a la adúltera se la ponen delante, a la samaritana, es Él quien se acerca; en todos los casos lo que busca el Señor, es que estas mujeres se sientan perdonadas y amadas, lo que despertará en su interior, el amor hacia aquella persona que las amó primero, cuando eran pecadoras y "despreciables" ante el mundo.
¡¡Cuantas veces he visualizado esta escena!! y otras tantas me he visto en el lugar de la Magdalena, a los pies de Jesús, porque realmente no me veo digna de otra cosa; besar sus pies, agarrarme a ellos y sentir sobre mi Su mirada que atraviesa lo exterior, y se detiene en mi corazón, que sabe ver lo que se encierra dentro de mi, y lo acepta, me quiere y perdona.
En cuanto a Simón no parece que la invitación a Jesús tenga una buena intención, mas bien parece que sea porque en ese momento, esa persona estaba de "moda" y el invitarlo a su casa le daba prestigio.
Por eso cuando ve entrar a la mujer, sin duda la miró con ojos lascivos, y sintió cierta rabia de que se arrodillara ante Jesús, y los juzga; ve a una prostituta, solo puede ver eso, y a un hombre que según la gente es un profeta y debería saber lo que es aquella mujer, y por tanto despreciarla en público; pero es incapaz de ver en primer lugar, su pecado, sin duda el se había aprovechado y utilizado a aquella persona, dejándola luego tirada. Tambien es incapaz de comprender a Jesús, es incapaz de entender que pueda amar desinteresadamente, y tratar a la "ramera" con dignidad y cariño.
Yo también me veo reflejada en este personaje, cuantas veces yo he juzgado a la ligera, sin mesericordia, sin ver mas allá, ni
saber mirar con los ojos de Dios, como Él me mira a mi.
Yo admiro a María Magdalena, que tras sentirse perdonada y querida, fue una fiel seguidora de quien supo ver en ella un corazón arrepentido y enamorado.
Andrés, Gracias.
BENDITO SEA DIOS.
chony

Pepitina dijo...

El jueves pasado salíamos cinco amigas en coche a pasar el día en Covadonga. Fue uno de los días en que mas agua cayó sobre Asturias...una dijo, que parecíamos "unas locas peregrinando tal día", pero al llegar al Santuario, encontramos tres autocares, llenos de "locos" que se unían a nosotros.Por estas fechas solemos hacer un retiro-peregrinación y en esta ocasión el tema que nos ocupaba era en la mañana, -que corresponde a la Oración-: una meditación sobre "El Gran Silencio", película alemana, que nos trasmite la necesidad del silencio para el ser humano y de escucha. En la tarde -dedicada a la Formación -, desde las homilías del P. Andrés compartíamos aquellas dedicadas a la Adoración. Al día siguiente,al comentar el día pasado en Covadonga, rebosábamos de gozo aún; un ambiente de silencio y adoración ante el sagrario seguía envolviéndonos... es el mismo que esa mujer María Magdalena logró en este pasaje del evangelio a los pies de Jesús. Lágrimas, perfume, gestos de adoración a Su Señor; perdón y agradecimiento. Todo esto lo vivimos y seguimos agradeciéndolo. El milagro del silencio -el mismo que imagino tendría aquella mujer al margen de los juicios por los que era acusada- dió lugar a que nos convirtiéramos en "cinco locas adoradoras en Espíritu y Verdad".
¡buena semana amigos!