viernes, 19 de marzo de 2010

21-3-2010 DOMINGO V CUARESMA (C)
Is. 43, 16-21; Slm. 125; Flp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
- Éste es ya el último domingo de Cuaresma; el próximo será ya el domingo de Ramos. Hoy celebramos el día de Seminario, precisamente en el año dedicado al sacerdocio. Quisiera aprovechar este día par profundizar un poco en la vida San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, a quien el Papa Benedicto XVI nos propone como modelo para todos los sacerdotes. Los seminaristas de todo el mundo y los sacerdotes de todo el mundo debemos mirarnos en su espejo. ¡Cuánto bien haríamos los sacerdotes a todos los hombres, si fuéramos como el Santo Cura de Ars!
Ya en torno a la festividad de Todos los Santos del año pasado me he detenido a predicar sobre este santo sacerdote. Hoy quiero hacerlo de nuevo. En los encuentros de dirección espiritual que llevo con algunas personas les hablo del Santo Cura de Ars y les pido que lean algo de o sobre él. También por mi parte procuro hacerlo. Del último libro que estoy leyendo, en donde se recogen algunos de sus pensamientos y de sus acciones, voy a extraer algunos trozos para que nos ayuden a nosotros a conocer un poco más a este cura francés del siglo XIX, para amarle un poco más, para que él nos ayude a ser mejores cristianos, para rezar por los sacerdotes…
San Juan María Vianney era sobre todo un pastor, que fue perdiendo su vida poco a poco por todos los que llegaban a su lado. Pero su fin último no era el hombre. Su fin último era Dios, sólo Dios. Y a Dios quería llevar a todos, pues sabía que el auténtico amor por la gente era darles lo mejor, y lo mejor era Dios. El era un enamorado de Dios. Dios le había poseído totalmente. Por eso decía: “Uno no se equivoca cuando se da a Dios”. Desde aquí ha de entenderse toda su actuación y todas sus palabras. Veamos algunos aspectos de su vida y de sus palabras. El se desvivió por enseñar a todos los hombres el camino hacia Dios. Fijaros qué verdades y qué cosas tan bonitas dice. Atended y escuchad, pues habla un santo, una persona que está muy cerca de Dios:
* San Juan María Vianney era un devoto amante del Espíritu Santo. En cierta ocasión dijo esto: “Sin el Espíritu Santo somos como una piedra en el camino… Tomad en una mano una esponja empapada en agua y en la otra una piedrecita; apretadlas igualmente. No saldrá nada de la piedra y de la esponja haréis salir agua en abundancia. La esponja es el alma llena del Espíritu Santo y la piedra es el corazón duro y frío, en el que el Espíritu no habita”. Ésta es una imagen muy gráfica, que a aquellos campesino de Ars les decía mucho y la entendían muy bien. En otra ocasión dijo el Santo Cura: “A un cristiano guiado por el Espíritu Santo no le duele dejar los bienes de este mundo para correr tras los bienes del cielo. Sabe ver la diferencia”.
* Sobre la fe decía: “Los que no tienen fe son más ciegos que los que no ven. Estamos en este mundo como en medio de una niebla, pero la fe es el viento que la disipa y que hace lucir un hermoso sol en nuestra alma”. “Si buscáis a Dios, lo encontraréis”. “Dios mío, danos fe y te amaremos con todo nuestro corazón”.
* De la oración decía: “La oración es como el gas que hincha los globos y los hace subir hacia el cielo”. “Si hay tantas almas cobardes, tibias e indiferentes, es porque no dedican tiempo a la meditación (oración), cada día”. “El pez no se queja nunca de tener demasiada agua; de igual manera, el buen cristiano no se queja nunca de estar demasiado con Dios”. “Después de pasar una semana sin casi pensar en Dios, es justo emplear el domingo en rezar y dar gracias a Dios”. “Cuando predico, a menudo me relaciono con sordos o con gente que duerme, pero cuando rezo, me relaciono con Dios y Dios no es sordo”.
* El Cura de Ars se encontró con tres clases de penitentes que se acercaban a su confesionario. Por eso, él adoptó tres posturas diferentes. En primer lugar a él se acercaban los que él mismo llamaba ‘peces gordos’. Eran generalmente personas que habían abandonado totalmente la práctica religiosa o que se complacían en vivir para sí. Iban a Ars con mucho miedo y una cierta buena voluntad, atraídos por la fama de su párroco. La actitud de éste con ellos estaba llena de dulzura y compasión. Se sentía inclinado a descubrirles la grandeza de la bondad de Dios. “Nuestras faltas son como granos de arena ante la gran montaña de las misericordias de Dios”. Evidentemente, les mostraba el horror del pecado, les hacía sentir su peso, pero les hablaba sobre todo del amor. En segundo lugar el Santo Cura vería en confesionario a los ‘abominables” indiferentes; los que recitan ritualmente sus pecados y se encuentran satisfechos de este gesto. “Se dice que hay muchos que se confiesan y pocos que se convierten. Yo lo creo así. Es porque hay pocos que se confiesen con arrepentimiento”. Entonces se volvía duro. Les decía: “Lloro por lo que no lloráis”. Y no era tanto por sus pecados, cuanto por la mediocridad del penitente. Encontraba palabras rápidas e incisivas que lanzaba a los corazones indiferentes: “¡Qué lástima…!” “Me temo que a la hora de la muerte os arrepentiréis de haber vivido así”. Estos penitentes eran, desgraciadamente, los más numerosos. Les pasaba rápido. Incluso a veces les enviaba a prepararse de nuevo. Luego pasaba a otro suspirando. En tercer lugar se le presentaban almas que tenían un verdadero deseo de Dios y que buscaban abrirse camino espiritualmente, o que el las juzgaba dignas y capaces de hacerlo. Entonces, les daba un verdadero empujón hacia adelante.
* San Juan María Vianney enseñaba a sus feligreses a identificar la soberbia y el orgullo, y a huir de ellos. Sobre estos dijo: “El orgullo es el pecado que más horroriza a Dios”. “Una persona orgullosa cree que todo lo que hace está bien hecho. Quiere dominar a todos los que le rodean; cree que tiene siempre razón. Cree, siempre, que su opinión es mejor que la de los demás”. “El pecado de soberbia es el más difícil de corregir, cuando se ha tenido la desgracia de cometerlo”. “Los que hacen el bien, los que tienen alguna virtud lo estropean con el amor a sí mismos”. Lo contrario del orgullo es la humildad. El Santo Cura de Ars la predicaba, pero sobre todo la vivía. Durante su vida fue perseguido y calumniado. Recibió muchas denuncias identificadas… y anónimas. En cierta ocasión en que recibió una de estás últimas, él mismo cogió el papel lo firmó con su nombre y apellidos, y la envió a su obispo, como diciendo: “Éste soy yo. Así soy yo”.
- Del evangelio de hoy quisiera fijarme únicamente en una palabra que Jesús dirige a la mujer sorprendida en adulterio. Dice así el texto que acabamos de escuchar: “Jesús se incorporó y le pregunto: Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?” Fijaros que Jesús le dice: “Mujer”. Jesús no la llama: “adúltera”, “mala madre”, “mala esposa”, “puta”, “cerda”, “asquerosa”… Jesús la llama “mujer”: “mujer” creada por Dios, “mujer” hecha a imagen y semejanza de Dios; “mujer” necesitada de amor y llena de amor para dar. “Mujer” equivocada, pero “mujer” de Dios. Con la palabra “mujer” Jesús HABLA de respeto, de comprensión, de cariño, de perdón, de cercanía, y no de juicio ni de condenación.
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