viernes, 13 de abril de 2007

Domingo II de Pascua (C)

15-4-2007 DOMINGO II DE PASCUA (C)

Hch. 5, 12-16; Slm. 117; Ap. 1, 9-11a.12-13.17-19; Jn. 20, 19-31
Queridos hermanos:
- A finales del siglo XX el Papa Juan Pablo II instituyó el segundo domingo de Pascua como DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA. ¿De dónde viene esto? Una joven monja polaca, María Faustina Kowalska, que fue canonizada en abril de 2000, escribió un diario por indicación de su director espiritual en el que narraba las revelaciones que Cristo Jesús le hizo. Estamos hablando de 1930. Esta monja no tenía ni la EGB y falleció en 1938. Lo que ella escribió en el diario y que le fue revelado por Jesús no es nada nuevo: Dios es misericordioso y nos perdona, también nosotros debemos ser misericordiosos con los demás y perdonar. No importa lo grandes que hayan sido nuestras faltas, el mucho tiempo durante el cual hayamos pecado. Su misericordia es más grande que nuestros pecados y todos ellos han sido borrados por la sangre derramada por Cristo en la cruz.
- En este tiempo de Pascua celebramos que Cristo Jesús ha resucitado. La resurrección de Cristo significa su aceptación por el Padre. Este no lo ha abandonado, como podía pensarse durante su pasión y muerte de cruz. Dios ha acogido a su Hijo muerto y sacrificado por todos los hombres. La resurrección de Cristo significa el gran SI del Padre al Hijo: su respuesta de amor al amor del Hijo. Por eso, la resurrección de Cristo es el centro del mensaje evangélico. Como dice S. Pablo: “si Cristo no ha resucitado, tanto mi anuncio como vuestra fe carece de sentido […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido y seguís aún hundidos en vuestros pecados […] Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15, 14.17.19). De este modo, la resurrección de Cristo conlleva: 1) nuestra propia resurrección y 2) el perdón irrevocable de todos nuestros pecados (los que hemos cometido hasta hoy, los que cometemos hoy, los que cometeremos hasta el día de nuestra muerte). La cruz ya no es un escándalo sin sentido; nuestra vida no es un inútil absurdo. La condición humana ha cambiado radicalmente.
- En el evangelio de hoy se nos habla de una aparición de Jesús a sus discípulos. En todas las apariciones de Jesús resucitado, narradas en los evangelios, hay algunos puntos esenciales y comunes:
1) Se parte de una situación humana de tristeza, de miedo y de incredulidad: María Magdalena está llorando; los discípulos de Emaús están tristes; los apóstoles, en el cenáculo, llenos de miedo; Sto. Tomás no cree en lo que le dicen los otros apóstoles…
2) Jesús se aparece y no es reconocido y, entonces, El interpela y pregunta. Jesús irrumpe en medio de las lágrimas, de la tristeza y del miedo preguntando: “¿Por qué lloras?”, a la Magdalena; “¿qué os pasa, a dónde vais?”, a los discípulos de Emaús.
3) Se produce la revelación de Cristo. Reconocen a Cristo. María Magdalena lo reconoce cuando El la llama; los discípulos de Emaús, al partir del pan; S. Juan, desde la barca del lago, al ver la pesca milagrosa, dice: “Es el Señor…”
4) Cristo da el encargo de una misión. La aparición nunca busca el consuelo para la persona a la que Jesús se aparece. El le da la misión de anunciar y compartir el gozo.
Veamos a continuación la aparición de Jesús a los apóstoles y a Sto. Tomás:
a) Se parte de una situación humana de miedo y de incredulidad. “Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Cuando a Sto. Tomás se le dijo que se les había aparecido Jesús, aquél dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. También hoy Jesús se encuentra con cristianos encerrados en sus casas, en sus iglesias, en sí mismos… por miedo a los agnósticos, a los ateos, a los vecinos y familiares. Tenemos miedo de confesar nuestra fe, de que nos reconozcan como personas de fe o de Misa o de oración. Tenemos una fe vergonzante. También hoy Jesús se encuentra con cristianos tibios, con muchas dudas de fe, con pocas ganas de salir de esta apatía. Somos los cristianos comodones, miedosos y dubitativos: Nos da reparo hacer la señal de la cruz al pasar por delante de una iglesia, al entrar en un templo. Nos da reparo el bendecir la mesa al comer, cuando estamos en un bar o restaurante ante tanta gente desconocida. Nos da reparo y vergüenza hacer la genuflexión ante el sagrario. Nos da reparo y vergüenza defender el Vaticano, a la jerarquía de la Iglesia, la abstinencia de comer carne los viernes de Cuaresma… y todo aquello que huela a carca o no sea “política o culturalmente correcto”. Vemos normal el ir una semana a realizar un crucero al mar Egeo, pero no encontramos tiempo o nos da vergüenza hacer unos ejercicios espirituales o un retiro y el decirlo a nuestros familiares y conocidos.
b) Ante esta situación de miedo de los apóstoles y de incredulidad de Sto. Tomás, Jesús se presenta a éste y le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Sí, Jesús hoy también coge nuestro dedo y lo introduce, no en su bolsillo, ni entre sus labios, ni siquiera entre sus manos, sino en el agujero que los clavos dejaron en sus manos. Mete nuestro dedo en una parte de su cuerpo que le produce a El dolor, pero a nosotros nos confirma en la realidad de su dolor, pero también en la realidad de su amor por nosotros, ya que es capaz de no mirar su dolor (al reabrir su herida con nuestro dedo) con tal que nuestras dudas se disipen y percibamos su amor para con nosotros. Del mismo modo Jesús coge nuestra mano y la lleva a su costado abierto. Jesús no se preocupa de su sufrimiento, de sus necesidades, sino de nuestras necesidades, de nuestros miedos, incredulidades y dudas.
Todo esto (introducir nuestro dedo y nuestra mano en sus heridas) lo hace para que creamos. “Y no seas incrédulo, sino creyente”. Porque sabe que el que cree tiene otra forma de afrontar la vida distinta del que no cree. ¿Qué sería de nosotros sin fe, sin la certeza íntima de Su presencia, de Su amor, de Su ternura, de Sus detalles para con nosotros, de Su alegría y de Su fuerza? ¿Qué sería de nosotros sin El? Imaginemos por un instante nuestra vida sin la existencia de Dios. Pero los que creemos tenemos VIDA, según el evangelio de hoy: “Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.”
c) La respuesta de Sto. Tomás a las palabras de Jesús fue ésta: “¡Señor mío y Dios mío!”. El apóstol es incrédulo (“no lo creo”) y desconfiado (“si no meto…”), pero, cuando Jesús se le muestra, todas sus dudas y desconfianzas desaparecen, y hace un acto de fe en Jesús. ¿Qué significa un acto de fe? Significa que le confiesa, no como “maestro”, como hicieron los fariseos en la entrada triunfal en Jerusalén el Domingo de Ramos, sino que le confiesa como “Dios”, pero “Dios suyo” (hay una relación de comunión y de intimidad entre Dios y el creyente). Y también le confiesa como “Señor”, pero “Señor suyo”. Jesús es confesado como el único Dios y el único Señor. Sto. Tomás ha reconocido a Jesús y esto implica que ha renacido a la nueva vida del Resucitado. El Jesús que ha reconocido ahora Sto. Tomás, no es simplemente el Jesús físico y carnal, sino que es nuestro mismo Jesús: el Jesús de la fe. Y en este punto, Sto. Tomás y nosotros no nos diferenciamos en nada.
d) Y termina el evangelio de hoy con un mensaje para nosotros: los que no hemos comido y bebido con el Jesús físico y carnal, los que no hemos visto su pasión y muerte, los que no hemos metido físicamente nuestro dedo y nuestra mano en sus heridas. A nosotros, Jesús nos dice: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Nosotros no hemos visto carnalmente. A pesar de ello, ¿creemos en su resurrección? Pues entonces DICHOSOS DE NOSOTROS, PUES TENEMOS VIDA EN SU NOMBRE.

8 comentarios:

ALOYA dijo...

¡bienvenido D. Andrés ! Me alegra mucho saber que ya está restablecido y que el Señor Jesús, le sigue ayudando, no solo con su mejoría física, sino también dándole ánimo para iluminar nuestros caminos, con sus extraordinarias homilías. ¡ Bendito sea Dios !
Hace algunos años, un Sacerdote de un Concejo de la montaña asturiana, me habló de Sta. María Faustina Kowalska y de las promesas que le hizo el Señor Jesús de la Divina Misericordia. Desde esa época rezo el rosario de la Divina Misericordia todos los días.
El tema del Evangelio de hoy, la Resurrección del Señor, es el eje de nuestra vida. Sin ella, nuestro caminar no tendría sentido y la palabra - esperanza - carecería de valor, habría que borrarla de todos los idiomas. La Resurrección del Señor nos regala directamente nuestra salvación, lograda a través del dolor en la Cruz de Jesús, que se entregó con VALENTIA por nosotros. Dios nos ha mostrado una vez más, su generosidad, su misericordia infinita, al dejarnos a su Hijo en prenda para nuestra salvación, sufriendo la ignominia de una muerte indígna, para devolvernos precisamente la VIDA, no solo en forma de dignidad presente, sino de certeza de bienaventuranza futura. ¿ Cuántas veces olvidamos este gesto valiente de Jesús para con la humanidad ? ¿ Cuántas veces le negamos por cobardía ?. Estoy totalmente de acuerdo con D. Andrés, cuando nos recuerda que somos muchas veces cristianos de pacotilla, tibios, cobardes. Nos inhibimos ante cualquier situación que nos pueda " perjudicar " de cara a la galería, al gran público, y dejamos que situaciones bochornosas que atacan a nuestra Iglesia,a sus Instituciones, a sus sacerdotes y a sus fieles " pasen ", sin tomar una postura contundente, rotunda, gritando un ¡NO! que se oiga fuera de nuestros muros particulares, en los foros públicos en el debate diario de los medios. Consecuencia del todo vale, de nuestra conformidad, el aprovechamiento de algunos medios de comunicación y audivisuales para denostar constantemente nuestra Fe, nuestras creencias, nuestra historia, que sigue siendo la más extraordinaria de todas las historias jamás contadas. Así tenemos películas en el mercado con gran aceptación por el " morbo " que generan, como la de Sta. Teresa de Jesús y tantas otras que son un ataque frontal, no solo a nuestra Iglesia, sino que también al mal gusto.
El miedo es el instito básico más primitivo del ser humano, asentado en nuestro cerebro reptiliano, es común a toda la raza humana a través de los tiempos y, por supuesto, a todos los seres vivos, aunque no podamos cuantificar su intensidad. De ese miedo se nutre a veces una parte importante de nuestra vida, que nos incapacita para llevar a cabo nuestro proyecto personal, e impide muchas veces, o anula la posibilidad de exteriorizar nuestros sentimientos, nuestra fe.¡ Hagamos caso a Jesús y venzamos el miedo y la desconfianza ! Ninguna de estas opciones nos hace libres, por lo tanto, es un ejercicio de la voluntad vivir en la fé, lo que nos liberará de estas ataduras.
Yo creo en la Resurrección.
Me alegra y hace feliz cada semana, ver los comentarios del Blog. Me parecen de una gran espiritualidad y belleza. Aprendo mucho de todas estas personas a las que no conozco, pero considero amigos míos. Les tengo presentes en mis oraciones a ellos y sus familias.
Un abrazo para todos y perdón por lo extenso del comentario.
Gracias D. Andrés, por esforzarse en enseñar caminos de salvación.
Aloya.

Cova dijo...

-"Y no seas incrédulo, sino creyente”. ¿Qué sería de nosotros sin fe, sin la certeza íntima de Su presencia, de Su amor, de Su ternura, de Sus detalles para con nosotros, de Su alegría y de Su fuerza? ¿Qué sería de nosotros sin El? -

Leo, releo, pausadamente; pienso y siento la profundidad de estas preguntas y quiero agradecer al Señor todo el bien que me hace con su Vida en mi vida.

Olga dijo...

“¡Señor mío y Dios mío!” Hermosas palabras que escuché y aprendí de mi abuelita siendo yo muy niña. A diario solía ir a la Eucaristía y me llevaba con ella, y en el momento de la Consagración yo le escuchaba el susurro repitiendo una y otra vez: “¡Señor mío y Dios mío!” “¡Señor mío y Dios mío!”, terminada la Consagración, ella nuevamente decía “¡Señor mío y Dios mío!”, creo pero aumenta mi fe. Nunca lo olvidé y siempre hago yo lo mismo.
Hoy quiero darle gracias al Señor por el REGALO DE LA FE, por las personas que a lo largo de mi vida me han ayudado a cuidarla, a acrecentarla, a fortalecerla, con sus palabras, con su testimonio de vida, como lo hicieron los apóstoles a partir de la Resurrección de Jesús. Y escribiendo este comentario pienso en personas concretas, con nombres concretos y siento alegría y gratitud por ello, porque sin la FE y sin estas personas no hubiera sido posible, ni es posible conocerlo, amarlo, y seguirlo.

Hoy quiero ser mas consciente de lo que significan estas palabras: “¡Señor mío y Dios mío!”, AFERRARME A EL, para que en esos momentos de fragilidad humana, tibieza, duda, comodidad, incertidumbre…, SOSTENGA MI VIDA, tome mi dedo, mi mano y todo mi ser y lo introduzca en su corazón para que me sane de todos estos males y así pueda con mi testimonio de vida gritarle al mundo, pero principalmente a los que me rodean que Es el Señor, que es mi Señor.
¿Qué sería de mí sin FE, sin la certeza íntima de Su presencia, de Su amor, de Su ternura, de Sus detalles para con nosotros, de Su alegría y de Su fuerza? ¿Qué sería de nosotros sin El?. ¿Qué sería de mí sin EL?.
Gracias al Señor por permitirnos nuevamente alimentar y acrecentar nuestra Fe, gozar de su dulzura a través de la Eucaristía de este domingo y de la profundidad de su mensaje con esta bella Homilía. Gracias por las personas que nos llevan a TI SEÑOR.
Un abrazo muy fuerte y una feliz semana

Rubén dijo...

Muy consolador lo de María Faustina Kowalska. Hay veces que uno tiende a pensar por qué Dios nos permitirá vivir tanto, sin con el tiempo sólo aumentamos nuestros pecados. Así que es siempre estimulante encontrarse con este domingo de la Divina Misericordia.

Anónimo dijo...

Quisiera reconocer siempre a Jesús. Estar atenta, vigilante en todo momento para descubrirle en todos los acontecimientos de mi vida.

asun dijo...

¿Qué es la fe? Simple y llanamente, fe es creer lo que no vemos.
¿Qué es la fe para un cristiano? Creer en lo que no ve, pero con un componente más: la confianza.
La fe es un don de Dios que nos lleva a tener (así deberá ser) plena confianza en El, esto es: si tengo confianza en el Señor, todo lo demás sobra, no hace falta. Viviré el acontecer de la vida con otra tranquilidad, aceptaré los problemas con resignación, en suma: veré la vida bajo otro prisma… Maravillosas palabras las de Sta. Teresa: “…quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta”.
¡Qué ignorancia y soberbia la del hombre! Resulta difícil para nosotros, abandonarnos en otro, perder el control. Sin embargo, y gracias a la fe, qué diferente es la vida de un creyente a la del que no lo es. ¡Cuánto más esperanzadora!
Mi fe ha pasado por diferentes etapas. He nacido en una familia católica, y he sido educada en un colegio religioso (Institución Teresiana). Mi formación ha sido cristiana. En esa edad, la fe me fue dada, y aceptada sin pensar. He tenido otra etapa de dudas, sin pensar también, aunque parezca contradictorio, coincidiendo con la adolescencia (por eso decía que sin pensar), que me llevó a una apatía consentida, y sin sentido, aunque el “poso” de la formación recibida estaba en mí.
Como ya sabemos, el Señor utiliza cualquier momento o situación para hacernos despertar a El, y esto me sucedió, de tal modo que, lo que en las dos fases primeras fue sin pensar, en esta que os cuento fue con conocimiento pleno, consiguiendo que no pueda concebir la vida sin El
Como os comentaba al principio, la confianza que complementa la fe del cristiano, va haciéndose poco a poco en mí. Mi perspectiva ante todo, es diferente, y para colmo, me beneficia, porque me sosiega, algo difícil por mi temperamento ansioso e impulsivo, al aceptar la vida con paz (que no pasotismo). Las cosas no me son indiferentes, pero tienen otro color, otro fundamento…Abren mi alma a los demás, y lo que antes me parecía imposible, esta misma confesión, se hace fácil y directa, con vocación de servir a otros.
Por todo ello, no puedo más que dar gracias al Señor, ¡que paciencia tuviste conmigo!

Como Olga, las palabras: “¡Señor mío y Dios mío!”, brotan en mí durante la Consagración. Es la frase de un avergonzado que clama perdón por no haber creído, pero son también palabras de adoración y reverencia… Señor, que no dejen de brotar nunca de mi corazón.

Siempre, gracias a mi Padre y a mi director espiritual.

Un fuerte abrazo para todos.
Asun

samalea dijo...

Me llena de alegría este tiempo de Pascua porque confirma mi fe en Dios y da sentido a mi vida. Porque yo sé bien de quien me fío, lo que me pregunto es como se fía de mí el Señor. Por eso entiendo muy bien el modo de pensar y de actuar de Sto. Tomas. Pero el Señor me sorprende cada día con su misericordia y su amor. Y este tiempo pascual me alegra porque no sólo Jesús ha dado su vida por mí sino que me ha abierto el cielo para mí, cargando con todos mis pecados para resucitarme y para darme la vida eterna, dejándome el perdón de los pecados en su Iglesia a través de los sacerdotes.
Y disfruto de las Eucaristías de esta cincuentena donde se muestra el Señor y se aparece a sus apóstoles y hace que cambien de unas personas desorientadas, llenas de miedos y temores, sin saber que hacer al faltarles su Maestro (como tantas veces me sucede a mí) y encuentran la fuerza para dar sentido a sus vidas en función de anunciar la Buena Nueva a todas las gentes.
No sé a donde me llevara el Señor, ni confío en mis fuerzas, pero sé de quien me fío y espero que me dé su gracia para poder hacer lo que El me pida. Por eso quiero decir con Sto. Tomas: “¡Señor mío y Dios mío!” y que de verdad El sea el único Señor de mi vida.
La paz de Jesucristo

Pepitina dijo...

Tristeza,miedo,incredulidad..PUERTAS CERRADAS,que el Amor de nuestro Dios traspasa y abre como nos dice el evangelio de este domingo:"entró Jesús y se puso en medio" y les habla a su "comunidad",a su iglesia incipiente,a "Su Blog"(¿por qué no?pequeña parcela Suya),desde la alegría que da Su presencia,de paz,de envío,del Espíritu,del perdón,de la dicha de creer sin ver, y de tener Vida en Su Nombre.Y esto a pesar de nuestros pecados e infidelidades,- nuestros reglones torcidos-, sobre los que sigue "escribiendo derecho".
Se nos revela a cada uno/a de distintas maneras,-como diversas son las apariciones narradas en los evangelios- y nos envía a la Misión:anunciarLE.Y lo haremos, bien como Tomás,ó María ó Pedro..pero siendo cada uno nosotros mismos, desde nuestro lugar, carisma,caracter, dificultades...
Y ahí comienzo a vivir mi Fe,que se convierte en una respuesta a su Amor, a Su Presencia amada en los sacramentos y en las diversas comunidades en las que vivimos cada uno nuestro Ser Iglesia.
¡¡cuánto me ayudais desde vuestros comentarios a avivar esa fe!! Junto a vosotros y a Tomás mi FE se renueva al reconocerle vivo y actuante en mi vida como:"Señor mío y Dios Mío".