jueves, 14 de noviembre de 2013

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (C)



17-11-2013                 DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (C)
                            Mlq. 4, 1-2a; 3, 19-20; Slm. 97; 2 Ts. 3, 7-12; Lc. 21, 5-19
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Queridos hermanos:
            Empieza el evangelio diciendo: “En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo (de Jerusalén), por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: ‘Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido’”. ¿Esta destrucción se referirá sólo a un acontecimiento de hace 2000 años o también tiene algo que ver con nosotros hoy día? ¿Podrá llegar un día en que no quedará nada de nuestras parroquias, de nuestra Iglesia Católica? El 6 de septiembre tomaba posesión de estas parroquias y decía en mi homilía: “Es mi firme convencimiento que en 10 ó 15 años la Iglesia asturiana habrá desaparecido en un 20 % ó en un 40 %, tanto en sacerdotes como en seglares. Nos estamos quedando solos en nuestros templos y en nuestras parroquias”.
En este fin de semana saltó a algún periódico de Asturias la noticia de que en la zona de Boal hubo varias parroquias que se quedaron sin Misa, ya que uno de los sacerdotes (¡¡de 85 años de edad!!) está de baja por enfermedad y otro sacerdote, el que se encargaba momentáneamente de las parroquias del primero y de las propias, tuvo que ingresar en el hospital de Oviedo. En el periódico se leía: “En Castrillón no hubo misa de Todos los Santos. Y ya no la habrá. Junto con otras parroquias desde hace dos meses, se encuentran sin sacerdote que oficie la misa semanal. Aunque los propios habitantes de la comarca reconocen que la asistencia a misa los domingos no es muy numerosa, la falta del sacerdote afecta a los fieles de estas cinco parroquias. ‘Aquí en Castrillón, a la misa de las cuatro de los domingos iban cinco o seis personas’, afirma una vecina de la localidad. ‘¿Y si se muere una persona, quién la entierra?’ Es la pregunta que se hace Francisco, un feligrés. ‘Llevamos en esta situación casi dos meses, estamos completamente desatendidos’, se queja Francisco, que no entiende cómo se puede dejar a una comarca sin sacerdote. Y más teniendo en cuenta las características de la población de esta zona interior de Asturias, con una gran cantidad de personas de avanzada edad y en la que, a un sacerdote, no le falta el trabajo. ‘Al cura que le toca estar por aquí, entre los entierros y los funerales de aniversario, no da abasto. Es cierto que hay poca gente en misa: los mayores porque, por problemas físicos, ya no pueden ir, y los jóvenes, porque van poco’, reconoce Francisco. ‘En cambio, con los entierros sí que se llena la iglesia’. Bodas y bautizos, ‘pocos se celebran’”. También el periódico dice que el vicario de la zona asegura: “‘Nosotros no nos podemos multiplicar más de lo que lo hacemos, somos pocos. Yo estoy yendo hasta allí siempre que se necesita algo. La gente tiene que entenderlo y ser consecuente, hay lo que hay. Si hay un entierro o algún hecho extraordinario, tendrán alguien que les atienda, seguro. El resto de atenciones las tienen cubiertas’. Para suplir esta falta de misas semanales, el propio vicario anima a los fieles de la zona a reunirse los domingos mientras sigan sin cura ‘para rezar un rosario y escuchar la palabra de Dios, la iglesia la tienen abierta’”. Sigue diciendo el periódico: “A pesar de toda la ayuda prestada, las parroquias afectadas se han quedado, en la mayoría de los casos, sin misa semanal. La solución, dada la escasez de sustitutos, pasa por esperar una pronta recuperación de los curas titulares. Los sacerdotes que desempeñan su labor en las zonas rurales han visto como, con el paso de los años, el número de compañeros ha decrecido notablemente. ‘Hace unos veinte años, cuando llegué a Navia –explica el párroco de Navia-, éramos 28 curas en el arciprestazgo, y ahora somos doce o trece. El tema no se resuelve hoy. Cada día va a peor. No hay gente que siga nuestros pasos. La solución pasa por hacer que los fieles tomen conciencia de que, como pasa en las misiones, deben ser los seglares los que cuiden de capillas y templos, y los que se reúnan los sábados y los domingos a rezar aunque no haya sacerdote. Tampoco es totalmente necesario que el cura esté presente en los entierros. Los tiempos están cambiando’”.
¿Qué pensáis de todo esto? ¿Se acabarán las parroquias? ¿Se acabarán los curas? ¿Se acabará la Iglesia Católica? ¿Se acabará la fe? De hecho, el mismo Jesús se hizo esta última pregunta: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18,8).
Bien, ante esta realidad de falta de sacerdotes, de sacerdotes envejecidos y enfermos; ante esta realidad de falta de vocaciones en el Seminario…, deseo manifestar lo siguiente:
* En cualquier momento esta falta de sacerdotes y de celebración de Misas puede afectar a estos concejos de Tapia y alrededores. Con el tiempo habrá un sacerdote en Vegadeo, otro en Tapia, otro en Navia y otro en Luarca,… y gracias.
* La solución que propone el periódico (que los sacerdotes enfermos se restablezcan) sólo es un parche. Pido a Dios que mis compañeros se mejoren de salud, pero hay que buscar soluciones a más largo plazo.
* Dice un feligrés en el periódico que a un sacerdote por la zona de Boal no le falta trabajo: tiene muchos funerales y aniversarios, aunque bodas y bautizos hay pocos. Pero es que un sacerdote no está (ni debe estar) sólo para celebrar funerales, o bodas, o Misas. La labor del sacerdote es (y tiene que ser) mucho mayor: anunciar a Jesucristo y ayudar a que los creyentes vivan en su vida ordinaria según las enseñanzas del evangelio.
* No podemos tener una visión clerical de la Iglesia, ni de la fe, ni de este problema. La realidad es que, si hay sacerdote, hay Misas. Si no hay sacerdotes, no hay Misas y, por lo tanto, no se va a las iglesias ni a las capillas. Desde mi punto de vista, hay que tener una visión de Pueblo de Dios sobre la Iglesia. ¿Qué quiere decir esto? Pues quiere decir que el sacerdote es muy importante en la Iglesia. Sí, pero es uno más dentro de la Iglesia. No se puede acabar la fe porque no haya casi sacerdotes. No se pueden quedar nuestras iglesias y capillas vacías porque no vaya el sacerdote. Entonces, ¿quién es más indispensable en la Iglesia Católica: el sacerdote o los fieles? Pues la respuesta es… que el indispensable es Jesucristo.
Para explicar esto último os narraré un episodio ocurrido en el siglo XX. Hacia 1918 triunfó la revolución bolchevique en Rusia. Los comunistas aplastaron allí toda manifestación religiosa. Llegaron a una zona de Rusia de amplia mayoría católica y expulsaron, mataron o encarcelaron a los sacerdotes. Uno de estos sacerdotes, antes de ser apresado por los comunistas, reunió a la comunidad de fieles y les celebró la última Misa. Los comunistas les habían robado todos los cálices y copones, y este sacerdote cogió un corporal y consagró unas decenas de formas sobre el paño, y se las dejó a los fieles. Estos se siguieron reuniendo cada domingo en torno a aquel corporal lleno de formas consagradas. Se reunían a escondidas de los comunistas; rezaban, leían la Palabra de Dios e iban comulgando de aquellas formas. Enseguida se acabaron éstas, pero ellos se siguieron reuniendo cada domingo alrededor de aquel corporal. Pasaron los años y, a finales de 1989, cayó el muro de Berlín y se desintegró la U.R.R.S. y los gobiernos comunistas de los países del este europeo. Hacia 1990 ó 1991 los sacerdotes católicos pudieron volver a entrar en Rusia. Uno de ellos iba vestido con alzacuellos y, al pasar por una calle, una persona lo llamó y le pidió que lo siguiera. Así lo hizo el sacerdote y entró en una casa grande en donde se encontró a un grupo de personas de todas las edades. Todos estaban reunidos alrededor de aquel corporal de 1918. Era los nietos y bisnietos de los fieles de 1918. ¿Qué los mantuvo unidos a Dios, a su fe? ¿Qué les dio fuerzas y luz para seguir transmitiendo la fe a sus descendientes a pesar del peligro que representaba esto en tiempos de Lenin, de Stalin, de Kruchev, de Bresnev, etc.? ¿Les dieron fuerzas un trozo de tela, o el miedo a un Dios castigador, o los cuentos de fe de unos ancianos? Yo lo tengo claro: fue Jesucristo. Por eso digo que Jesús es el único indispensable.
* Por todo ello, afirmo que aunque los Seminarios se llenaran de chicos con vocación al sacerdocio, no sería ésa la solución. Ésa es una solución clerical, pues se basa todo en los curas, en los sacerdotes. La única solución es Cristo Jesús y que los sacerdotes y los laicos estemos unidos a su alrededor. Por ello, pienso que todos, curas y laicos, tenemos que cambiar de mentalidad y asumir corresponsablamente esta Iglesia. Para ello me propongo que, a partir del año que viene, nos vayamos preparando todos para reunirnos alrededor de Jesucristo, sea con el sacerdote, o sea sin el sacerdote. ¿Cómo será eso? Ya lo iremos viendo poco a poco.
Jesús nos anima a todos, sacerdotes y laicos, laicos y sacerdotes, a no desfallecer por muy mal que vayan las cosas. Así el evangelio de hoy termina de este modo: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (C)



10-11-2013                 DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (C)
                      2 Mcb. 7, 1-2.9-14, 2; Slm.16; 2 Ts. 2, 16-3, 5; Lc. 20, 27-38
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Queridos hermanos:
            - En la primera lectura se nos presenta el terrible caso de una mujer que fue apresada con sus siete hijos por querer ser fiel a Dios y a su fe. En esta lectura, sin embargo, no se leen las torturas que les infligieron a todos ellos, pero, si cogéis la Biblia y directamente leéis todo el capítulo 7 de este segundo libro de los Macabeos, podéis conocer dichas torturas: “El rey, fuera de sí, mandó poner al fuego sartenes y ollas, y cuando estuvieron al rojo vivo, ordenó que cortaran la lengua al que había hablado en nombre de los demás, y que le arrancaran el cuello cabelludo y le amputaran las extremidades en presencia de sus hermanos y de su madre. Cuando quedó totalmente mutilado, aunque aún estaba con vida, mandó que lo acercaran al fuego y lo arrojaran a la sartén”. Al segundo hijo también le arrancaron el cuero cabelludo y le hicieron el resto de torturas que habían hecho con su hermano mayor. Lo mismo sucedió con los otros cinco. La madre era testigo de todo esto. Debió de ser algo horroroso. Finalmente, mataron también a la madre.
            Igualmente el evangelio nos presenta a los saduceos (¿los recordáis del domingo pasado, cuando os explicaba que éstos no creían en la resurrección de los muertos, y  creían que Dios premiaba y castigaba en esta vida?) preguntando a Jesús. Con el caso que le plantearon querían demostrar que no había VIDA después de esta vida. A los saduceos los vamos a llamar los de las miras estrechas, pues tenían orejeras y no veían (o no querían ver) más que lo que tenían en frente de sí. Jesús les desbarató sus ideas con dos afirmaciones: 1) (Y esto es nuevo para todos nosotros). Les dijo que en el Reino de Dios no habría hombres ni mujeres, sino que seríamos como ángeles. 2) Les dijo que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos”.
            - Bien, ya he presentado las dos lecturas sobre las que quiero apoyar mi homilía de hoy: y el tema será la estrechez de miras que todos tenemos en algún momento de nuestra vida o siempre. Y esta estrechez de miras nos induce al error; hace que llevemos al error a los otros; nos causa sufrimiento; y hace que se lo causemos a los otros. Pongo un ejemplo: Cuando me encargaron que celebrara la Misa del sábado por la tarde por los fallecidos en la tragedia del ‘Ramona López’, que sucedió el 9 de noviembre de 1960, me puse a investigar los hechos[1]. Supe que aquel día fallecieron, si no me equivoco, Julio Vijande Rivas, Ramón Noceda Lanza, José Pérez Fernández, Enrique Pérez Marqués, Baldomero Fernández Blanco y Santiago Rodríguez. Los supervivientes fueron Juan Marinas Pérez, José Lanza Trelles, Balbino Maceda y José Manuel Rodríguez. 

Me impresionó lo que sucedió aquel día y también lo que sucedió después de aquel día, y que narraron algunas de las viudas: Una de ellas cuenta lo que “con 24 años tuvo que resistir y no rendirse nunca. Lo peor, dice, el riguroso luto y someterse al juicio constante de los vecinos”. Otra viuda dice: “Nos enterraron en vida. No podías hacer nada y todo estaba mal visto. Yo no me olvidaré nunca de mi hija llorando en pleno mes de agosto, porque no la podía llevar a la playa”. Sí, es cierto: era otra época y aquel control social no se hizo con la intención de machacar a aquellas jóvenes mujeres y a sus hijos, pero el resultado fue atroz durante años para aquellas familias: primero, por la falta de sus maridos y, segundo, por el control social al que se vieron sometidas. Todo eso ya pasó; sí. Y pido a Dios que todo eso ya esté completamente perdonado, pero no dejo de pensar que la estrechez de miras, el no ponerse en el lugar del otro, el no abrirse a otras posibilidades y perspectivas, etc. pueden hacernos también a nosotros unos torturadores como los que mataron a los siete hermanos y a su madre. ‘¡Estás exagerando!’, me dirá alguno. Sí, tiene toda la razón; estoy exagerando, pero el dolor que podemos causar o que nos pueden causar las estrecheces de miras de una religión, de un partido político, de una sociedad, de un pueblo, de una nación, de nuestro marido, de nuestra mujer, de nuestros padres, de nuestros hijos, de los vecinos, de nosotros mismos… es terrible.
            La estrechez de miras se alimenta de una educación en la que prima más la norma rígida que la persona[2]. La estrechez de miras se alimenta de los pre-juicios, pues emitimos opiniones sin haber escuchado a las personas ni examinado las condiciones en las que están esas personas. La estrechez de miras se alimenta del inmovilismo que no deja crecer, ni madurar a las personas, ni que las personas aprendan de sus propios errores o por sí mismas; este inmovilismo hace bueno aquel refrán que dice: ‘aquí me dejó mi abuela, aquí me encontrará cuando vuelva’. La estrechez de miras se alimenta del egoísmo y de la propia conveniencia sin que importen los demás: no importan ni sus problemas ni sus necesidades.
            Contra la estrechez de miras, que existen en todos los ámbitos de la vida y de la actividad humana, hay una serie de remedios. Yo diré algunos, pero me ceñiré más al aspecto religioso:
            * Es necesario acercarse a los demás y escuchar. O, cuando los demás se acercan a nosotros, es necesario escuchar lo que dicen, lo que piensan, lo que han vivido. A mí siempre me vinieron muy bien los viajes que hice al extranjero para trabajar: Suiza, Italia, Alemania, Francia, pues ello abrió mi mente y mi espíritu a otras posibles maneras de vivir y de entender la vida, la fe y Dios. Nadie, salvo Dios, tiene toda la verdad en sus manos. La escucha con los oídos y con la vista es muy importante para quitarse las orejeras que podamos tener y para que se nos quiten las estrecheces de miras que padezcamos.
            * Para escuchar a los otros, es necesario ponerse en el lugar de los otros. Hay un refrán indio que dice que sólo podremos comprender a los otros, cuando nos calcemos sus zapatillas. Estoy seguro que, si en Tapia por aquellos años, todos se hubieran calzado las zapatillas de las viudas y de sus hijos, las reacciones y comportamientos para con ellos hubieran sido de otro modo.
            * Es necesario escuchar a Dios también. Los saduceos se acercaron a Jesús y le preguntaron, pero no le querían escuchar, pues ya tenían la respuesta para su propia pregunta. Dios sabe más que nosotros; Dios siempre tiene algo que enseñarnos; por lo tanto, escuchémosle lo que nos dice.
            * Contra la estrechez de miras es necesario no caer en dos extremos: 1) Tener todo claro y tener respuestas para todo. 2) Pensar que no hay nada seguro y que cada uno viva según sus ideas. Hay que tener claras algunas cosas (el amor a Dios, el respeto al ser humano y su dignidad…), pero hay que ser flexible en los modos y maneras de vivir nosotros y los demás esas verdades. Para mí Jesucristo fue un auténtico maestro viviendo esto: fue capaz de no renunciar a nada en lo que Él creía, y a la vez fue tremendamente flexible y respetuoso con todas las personas y sus perspectivas de la vida. Así, Él fue capaz de acercarse con total libertad y cariño a las prostitutas, a los leprosos, a los paganos, a los niños, a los hombres, a las mujeres, a los ricos, a los pobres…
            Pido a Dios que su Hijo Jesús nos enseñe a vivir esa amplitud de miras que Él tenía ante su Padre Dios y ante todos los hombres.



[2] En la misma línea de estrechez de miras, entiendo yo, que está el relativismo, según el cual todo es válido, no hay nada seguro ni firme, lo que vale para hoy puede que no valga para mañana… Pues el relativismo mira lo inmediato, que puede ser lo más cómodo, pero no es lo que construye a la persona y a la sociedad en seriedad, en armonía y en profundidad.