29-12-2024 SAGRADA
FAMILIA (C)
Eclo.3, 3-7.14-17a; Slm. 127; Col. 3, 12-21; Lc. 2, 41-52
Homilía de vídeo.
Homilía en audio.
Queridos
hermanos:
En el día de hoy celebramos la
festividad de la Sagrada Familia.
En este año quisiera fijarme un poco en los esposos.
Pero no quiero hablar del matrimonio
celebrado hace 6 años en Bilbao:
- “Okdiario
29-12-18
Una concejal de Podemos casa a 15 mujeres ¡consigo
mismas!
Los enlaces se han celebrado
conjuntamente en un acto que ha contado con una gran asistencia de público. Estas
“bodas” se han realizado acuerdo con el protocolo de las ceremonias
tradicionales: todas las mujeres han asistido previamente a un curso
prematrimonial donde han reflexionado acerca del amor.
También han contado con sus
respectivas despedidas de soltera, han elegido el vestido de novia y el anillo,
que se han “autoregalado”, llevaban damas de honor y una soprano ha armonizado
la velada. Todas ellas han recibido el certificado del enlace matrimonial
firmado por la concejal podemita. Finalmente, han repartido naranjas por las
calles como símbolo de que “no buscan medias naranjas”.
Una de las mujeres que han
contraído matrimonio asegura que “se trata de un compromiso conmigo misma y,
sobre todo, la preocupación de decir ‘no me puedo fallar’”.
Otra de ellas explica que al entregarse el anillo se ha prometido quererse y no
hacerse daño. Durante los votos, las contrayentes se prometían “quererse,
respetarse, cuidarse y ser fiel a sí mismas todos los días de su vida”.
Preguntadas por la noche de boda
una de las organizadoras ha explicado que una opción es el “autoerotismo”.
Este reportaje ha tenido gran
repercusión en las redes sociales donde algunos usuarios, irónicamente,
instaban a la contrayentes a divorciase consigo mismas”.
- Vamos, ahora sí, con la homilía:
Hace un tiempo, un joven soltero y sin compromiso me decía que la Iglesia tiene que cambiar
en muchas cosas, pues se está quedando atrás y sola. Le pedí que me pusiera
algún ejemplo de estos cambios que ha de hacer la Iglesia e inmediatamente
me habló de las parejas y de los matrimonios. Me contaba el caso de sus
hermanos: dos varones y una chica. Todos ellos con pareja. Su hermano mayor
llevó un noviazgo “por el libro”, se casó por la Iglesia y su matrimonio…
es un auténtico desastre. Me decía este joven que, si su hermano hubiera
convivido con su novia, se hubieran podido conocer más y mejor antes de llegar
al matrimonio y quizás no estarían como están ahora. Me comparó este matrimonio
canónico y fracasado con la relación de pareja que lleva su otro hermano con
una chica y las cosas van bastante mejor entre ellos. Lo que pasa es que, como
yo conozco un poco las tres relaciones de sus hermanos, le hice ver las
contradicciones y las tensiones de las convivencias de sus otros dos hermanos
que están sin casar, ni por lo civil, ni por la Iglesia. El joven me acabó
reconociendo esto. Parece que hoy día
casarse por la Iglesia
no es garantía de que el matrimonio y la convivencia conyugal “funcione”, pero…
casarse por lo civil o convivir como pareja de hecho tampoco es garantía de
conocerse mejor y de que la relación “funcione”. Hay que ir profundizar más
que lo que este joven hacía –desde mi punto de vista- sobre la vida de pareja.
Hace poco leí en un periódico una
carta de una mujer que pasaba por dificultades conyugales. Decía la carta: “Querido marido de más de media vida juntos:
Sin necesidad de acuerdo previo, desde siempre coincidimos, primero en
enamorarnos fulminantemente y luego en esas menudencias que ensamblan la vida. Coincidimos
en política, en religión, en dedicación a nuestra casa y a nuestros hijos, en
cuidar uno de otro cuando hemos estado enfermos y… ¡vive Dios que no nos han
faltado sustos de salud! Juntos hemos disfrutado de los pequeños triunfos y
juntos, codo con codo, hemos sufrido, padecido y luchado, contra la variada
injusticia que nos tocó en el lote. No hemos sido una idílica pareja de esas
que nunca discuten. Hemos discutido, nos hemos enfadado y nos hemos amigado; en
fin, lo normal, hemos vivido. Sin embargo, ahora estás imposible. Sentadas las
grandes bases, sin problemas irresolubles, te veo sonreír y hablar amablemente…
pero no conmigo. Mi presencia te agobia, mi ausencia te disgusta. Rechazas mis
iniciativas, te niegas a acompañarme (porque no te encuentras bien, me dices) y,
a continuación, sí que te encuentras bien para ir a ver a cualquiera que yo no
haya mencionado. Si hay verdura, quieres pasta. Si hay pasta, quieres arroz. Si
hay sopa, quieres puré. Si te pregunto qué quieres, contestas que cualquier
cosa. Si dispongo “cualquier cosa”, apareces con algo nuevo que tú has ido a
buscar. Si hablas con los hijos, no haces de correa de transmisión. Si yo hablo
con ellos, te molestas si no comento nada. ¿Te muestras correcto? Sí. Correcto
y distante, correcto y despegado. ¿Hablas conmigo? Sí, sin entablar
conversación alguna. Si muestro interés por las cosas que tienes que hacer, me
contestas con vaguedades o si alguna vez me contestas algo concreto… luego me
reprochas que no lleve una memoria exacta de lo que has dicho. Si me acerco a
ti, retrocedes porque te parece que te mando o que te fiscalizo. Si procuro
mantenerme distante, acaba escapándosete algún suspiro como de pena. Si te
pregunto, me contestas algo bien críptico y abstruso, que me suma en la
indignación o en la tristeza… Tiene que bastarte esta muestra para comprender
por qué digo que estás imposible”.
¡Qué preciosa es la vida
matrimonial, pero al mismo tiempo qué difícil y cuántos sinsabores aporta a
tantos hombres y a tantas mujeres! Seguro que todos, los maridos y las mujeres,
tienen miles de razones para quejarse -¡y con razón!- de lo mal que se comporta
su cónyuge. Cuando el párroco de La
Corte (Oviedo) me llamaba para hablar un día a los novios que
se preparaban para el matrimonio, al llegar a la sala veía en la pizarra que
había una serie de palabras escritas el día anterior en que el párroco les
preguntaba qué actitudes debían existir en un matrimonio y cuáles no. Leía
siempre lo que habían dicho los novios en dos columnas: amor, respeto, cariño,
comprensión, fidelidad,/ malos humores, gritos, rencores, etc. Y siempre me
fijaba que faltaba una actitud muy importante: el perdón. Sí, en toda relación
humana, y sobre todo en toda relación de pareja-matrimonio el perdón debe de
estar siempre presente, pues uno, otro o los dos comenten errores y fallos, y
el otro debe siempre perdonar.
La buena relación entre los esposos
no se consigue durante el noviazgo llegando su cenit en el momento de la
celebración de la
boda. No. Dicha relación es fruto de toda la vida. Constantemente
hay que estar luchando, ambos y codo con codo, por esta relación. Hace tiempo
leí un texto de un autor cristiano (Tertuliano), que hablando de los esposos
escribía así: “¡Qué vinculación la de dos fieles que tienen la misma esperanza, el
mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos comprometidos en
el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos
en una misma carne. Juntos oran, juntos se acuestan, juntos cumplen la ley del
ayuno. Uno y otro se enseñan, uno y otro se exhortan, uno y otro se soportan.
Juntos están en la Iglesia
de Dios, juntos toman parte en el banquete de Dios, juntos pasan las angustias,
las persecuciones, las alegrías. No se ocultan nada el uno al otro, todo es
compartido, sin que por eso sea carga el uno para el otro...”
En esta misma línea me ha emocionado la actuación de San
José. Cuando Dios le avisa para que huya ante Herodes, que quiere matar a su
hijo, San José coge a su hijo y a su mujer y se las lleva al extranjero a fin
de protegerlos. Cuando años más adelante Dios le avisa que puede regresar, San
José vuelve a coger a su hijo y a su mujer y los trae de vuelta a Israel, pero
temiendo que el hijo de Herodes aún busque al niño para matarlo, lleva a éste y
a su mujer a una aldea remota de Galilea: Nazaret. San José es padre que
protege a su hijo. San José es esposo que protege y cuida de su esposa.
En esta Misa pido a
San José y a la Virgen
María, verdaderos esposos según la voluntad de Dios, que
protejan y cuiden de todos los esposos y de todas las parejas de la tierra, y que les enseñen que el amor esponsal
verdadero es olvidarse de sí mismo para darse al otro por entero.