miércoles, 30 de octubre de 2024

Homilías semanales EN AUDIO: semana XXX del Tiempo Ordinario

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Homilía san Simón y san Judas

 

 

Efesios 5, 21-33; Salmo 18; Lucas 13, 18-21

Homilía martes XXX del Tiempo Ordinario



Efesios 6, 1-9; Salmo 144; Lucas 13, 22-30

Homilía miércoles XXX del Tiempo Ordinario

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (B)

3-11-2024                   DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO (B)

Dt. 6, 2-6; Sal. 17; Hb. 7,23-28; Mc. 12, 28-34

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            Con el mes de Noviembre la Iglesia termina normalmente el año litúrgico. Estos últimos evangelios de San Marcos que vamos a escuchar son como un recordatorio de las cosas más básicas de nuestra religión cristiana.

            - Jesús en el evangelio de san Marcos hoy nos propone lo siguiente para vivir y meditar: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.... Amarás al próji­mo como a ti mismo”. Como decía San Juan de la Cruz: “En la tarde de la vida seremos examinados en el amor”. Como decía San Juan, quien había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús, al final de su vida: “Hijitos míos, amaos”, o también: “Dios es amor”.

Un día de invierno, hace ya más de 30 años, fui al colegio de Taramundi, en donde daba clase de religión. En medio de la clase pregunté a los niños: “Vosotros, ¿a quién queréis más a Dios o a este lápiz?” Sostenía entre mis manos un lápiz que cogí de uno de los pupitres. Todos los niños se rieron pensando que ese día el cura estaba muy gracioso y gritaron al unísono: “¡A Dios! ¡A Dios!” Entonces cogí un balón que tenían allí para jugar en el recreo y pregunté de nuevo: “Vosotros, ¿a quién queréis más a Dios o a este balón?” Las carcajadas fueron aún más fuertes y las respuestas también: “¡A Dios! ¡A Dios!” Por tercera vez pregunté (como sabía que casi todos tenían ganado en sus casas): “Vosotros, ¿a quién queréis más a Dios o a una vaca?” Aquí las carcajadas fueron mayúsculas, pensaban que el cura estaba graciosísimo y de nuevo gritaron: “¡A Dios! ¡A Dios!” Por última vez les pregunté: “Vosotros, ¿a quién queréis más a Dios o a vuestros padres?” Aquí ya no hubo risas. Un silencio total cayó sobre la clase y sobre aquellos niños, y el chico mayor, de 12 años, muy serio respondió: “Don Andrés, yo quiero más a mis padres que a Dios”. Los demás niños, medio asentían, medio se sentían culpables por decirle al cura que querían más a sus padres que a Dios.

El creyente es aquél que vive radicalmente y con toda intensidad el tener a Dios como lo único absoluto en su vida, por encima de las cosas, por encima de la naturaleza, por encima de las personas que le rodean. Y a la vez, ese amor a Dios, lo concreta en el amor a las personas que le rodean, en el amor a la naturaleza; porque todo le habla de Dios, porque en todo ello está Dios. En efecto, no se trata si queremos más a ‘mamá’ o a ‘papá’. El amor, tal y como nos lo presenta Jesús en el evangelio de hoy, no es excluyente (o éste o aquél), sino que es incluyente (éste y aquél). Jesús lo pone al mismo nivel: amar a Dios es amar al prójimo, amar al prójimo es amar a Dios.

            AMAR A DIOS es sentir primero que Él nos ama sin merecerlo por nuestra parte; que nos ama, no para que seamos buenos o porque somos buenos, sino... porque nos ama, igual que una madre ama a su hijo… porque lo ama.

AMAR A DIOS es sentir que nos falta el aire cuando Él no está cerca de nosotros (caso de discípulo de la India que le preguntaba a su maestro cómo haría para encontrar a Dios y no le contestaba, hasta que un día lo sumergió en el agua y le dijo: ‘Cuando desees a Dios como el aire lo hallarás’).

AMAR A DIOS es desear ardientemente que llegue el momento de hacer la oración para poder hablar con Él, o desear que llegue la misa dominical para poder comerlo.

AMAR A DIOS es desear la muerte física, porque tras ella nos encontramos con nuestro Dios. Recordad lo de Santa Teresa de Jesús: “Y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

 AMAR A LOS DEMÁS. Un sacerdote que da bastantes cursillos prematrimoniales dice con pena que muchas veces los novios que se van a casar no saben lo que es el amor. Cuando les pregunta qué es el amor, ellos contestan que es pasar­lo bien, no abu­rrir­se juntos, hacer el amor, etc. Y cuando el sacerdote les dicen que amor es limpiar el culo al hijo, o tirar por una silla de ruedas (caso de la novia en accidente que el novio la abandonó), o soportar sus defectos…; en esto abren los ojos como platos y no lo entienden. (Una vez una chica dijo que le aguantaría todo a su novio, pero si un día, cuando le pusiese las lentejas delante, dijese el chico que las hacía mejor su madre, entonces le pondría las lente­jas de sombrero).

            AMAR A LOS DEMÁS es dejar de lado sus ideas, sus defectos y sus virtudes, si tiene razón o no, y quererlo por sí mismo, y no por lo que dice, o por lo que tiene, o...

AMAR A LOS DEMÁS es decírselo. ¿Le decimos: Te quiero, a la mujer, al marido, a los hijos, a los padres? ¿Decimos: Te quiero, con una sonrisa, con unos “buenos días”, a la gente con que nos cruzamos cada día?

AMAR A LOS DEMÁS es no enfadarme cuando estoy al volante de mi coche, cuando estoy en una cola.

AMAR A LOS DEMÁS es hacerles a ellos lo que nos gustaría que nos hiciesen a nosotros.

AMAR A LOS DEMÁS de verdad sólo es posible si amamos a Dios, si Dios nos da su amor para que amemos a los que nos rodean.

            Como dice Jesús en el evangelio: “No hay mandamiento mayor que estos dos”.

Todos los Santos (B)

1-11-2024                               TODOS LOS SANTOS (B)

Ap.7, 2-4.9-14; Slm. 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt. 5, 1-12

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            Hace unos años, al poco tiempo de llegar a las parroquias de Tapia, asistí en los últimos momentos de su vida a un hombre, que sabiendo que se moría, me pidió varias cosas. Una de ellas es que el coro pudiera cantar en su funeral ‘al atardecer de la vida te examinarán del amor’. Es una canción muy bonita y cuya letra está tomada de San Juan de la Cruz. Sí, al atardecer de nuestra vida, una vez fallecidos, Dios nos examinará a todos y cada uno de nosotros de amor: del amor que hemos tenido hacia los hermanos y del amor que hemos tenido hacia Dios.

Todos seremos examinados de amor, pero este amor no se improvisa al final de nuestra vida, sino que ese amor hay que irlo construyendo día a día, hora a hora. Fijaros en las cinco doncellas necias del evangelio. Éstas no cuidaron el aceite de sus lámparas durante su vida[1]. Sí, las doncellas necias quisieron a última hora aprovecharse del aceite que tenían las doncellas prudentes. En el evangelio se nos dice claramente que Jesús no aceptó esta intención de las necias. ¿Por qué? Pues porque este evangelio nos llama a todos a las responsabilidad personal. Sí, cada uno de nosotros somos responsables de nuestros propios actos. El evangelio termina así: “Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: ‘Señor, señor, ábrenos.’ Pero él respondió: ‘Os lo aseguro: no os conozco’”. No podemos decir: ‘¡Qué malo es el esposo que no abrió a las necias!’ Hay que madurar y asumir las consecuencias de las propias decisiones. Basta de echar la culpa al otro, al gobierno, al vecino, a los padres, a Dios… Seamos maduros y responsables de nuestros propios actos. Fueron las doncellas necias quienes no se cuidaron de llevar reserva de aceite; fueron las necias quienes quisieron que las otras les dejaran aceite y así no habría aceite ni para unas ni para otras, es decir, pidieron que las demás taparan su desidia y su pereza.

Voy a contaros un cuento que va en esta línea de asumir responsabilidades: “Llegado el momento de poner un nombre a su primogénito, un hombre y su mujer empezaron a discutir. Ella quería que el niño se llamase igual que el abuelo materno, y él quería ponerle el nombre del abuelo paterno. Finalmente, acudieron al párroco para que solventara la cuestión.

‘¿Cuál era el nombre de tu padre?’, preguntó el párroco al marido. ‘José’, dijo el marido.

‘¿Y cómo se llamaba el tuyo?’, preguntó a la mujer. ‘José’, dijo la mujer.

‘Entonces, ¿cuál es el problema?’, preguntó perplejo el párroco.

‘Verá, Vd., señor cura’, dijo la mujer. ‘Mi padre era un sabio, y el suyo era un ladrón de caballos. ¿Cómo voy a permitir que mi hijo se llame igual que un hombre como ése?’

El párroco se puso a pensar en el asunto muy seriamente, porque se trataba de un problema verdaderamente delicado. No quería que una de las partes se sintiera vencedora y la otra perdedora. Al fin, dijo: ‘Os sugiero lo siguiente: llamad al niño José; luego esperad a ver si llega a ser un sabio o un ladrón de caballos, y entonces sabréis si le habéis puesto el nombre de uno o de otro abuelo’”.

            Si al final de nuestra vida somos un hombre sabio o un ladrón de caballos, será responsabilidad nuestra. Si al final de nuestra vida somos una doncella necia o una doncella prudente, será responsabilidad nuestra. Si al final de la vida somos una cigarra o una hormiga, será responsabilidad nuestra. Si al final de nuestra vida somos invitados a entrar en el banquete del Reino de Dios o somos rechazados, será responsabilidad nuestra. Y esto lo comprendió perfectamente aquel feligrés mío que atendí al poco de llegar a estas parroquias de Tapia. Por eso, me pidió que en su funeral se cantara esta canción de ‘al atardecer de la vida te examinarán del amor’.

Pero alguien puede preguntar, ¿de qué se compone ese “aceite” de las doncellas o ese amor a Dios y a los hombres, a que hace referencia San Juan de la Cruz y que hay que practicar cada día de nuestra vida? Pues se compone de la lectura sosegada y constante de la Palabra de Dios; de la meditación y oración persistente sobre la Palabra de Dios; de la práctica de las buenas obras, en primer lugar, en mi propia casa, con mi propia familia, pero también con los vecinos y con los extraños; de la práctica de la misericordia; de la práctica de la voluntad divina; de la petición invariable de perdón ante Dios por nuestros pecados y ante los hombres por el daño que les causamos; de la confianza absoluta en Dios, tanto ante lo bueno como ante lo malo que nos suceda…

Sí muriéramos ahora mismo y ahora mismo fuésemos examinados de amor. ¿Estaríamos aprobados o suspensos? Pues estamos a tiempo de seguir construyendo ese amor en nosotros y de aumentar y guardar el aceite para nuestras lámparas.

¡Que así sea!


[1] Estas doncellas vivieron la fábula de la cigarra y la hormiga. ¿Recordáis la historia?: La cigarra era feliz disfrutando del verano: El sol brillaba, las flores desprendían su aroma...y la cigarra cantaba y cantaba. Mientras tanto su amiga y vecina, una pequeña hormiga, pasaba el día entero trabajando, recogiendo alimentos.

- ¡Amiga hormiga! ¿No te cansas de tanto trabajar? Descansa un rato conmigo mientras canto algo para ti, le decía la cigarra a la hormiga.

- Mejor harías en recoger provisiones para el invierno y dejarte de tanta holgazanería,  le respondía la hormiga, mientras transportaba el grano, atareada.

La cigarra se reía y seguía cantando sin hacer caso a su amiga. Hasta que un día, al despertarse, sintió el frío intenso del invierno. Los árboles se habían quedado sin hojas y del cielo caían copos de nieve, mientras la cigarra vagaba por campo, helada y hambrienta. Vio a lo lejos la casa de su vecina la hormiga, y se acercó a pedirle ayuda.

- Amiga hormiga, tengo frío y hambre, ¿no me darías algo de comer? Tú tienes mucha comida y una casa caliente, mientras que yo no tengo nada.

La hormiga entreabrió la puerta de su casa y le dijo a la cigarra. - Dime amiga cigarra, ¿qué hacías tú mientras yo madrugaba para trabajar? ¿Qué hacías mientras yo cargaba con granos de trigo de acá para allá?

- Cantaba y cantaba bajo el sol- contestó la cigarra.

- ¿Eso hacías? Pues si cantabas en el verano, ahora baila durante el invierno. 

Y le cerró la puerta, dejando fuera a la cigarra, que había aprendido la lección’.

jueves, 24 de octubre de 2024

Domingo XXX del Tiempo Ordinario (B)

27-10-2024                 DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (B)

Jr.31, 7-9; Sal. 125; Hb. 5,1-6; Mc. 10, 46-52

Homilía en vídeo

Homilía de audio.

Queridos hermanos:

            En el evangelio de hoy se nos narra que un ciego estaba al borde del camino. Él no podía ver. Cerremos los ojos e imaginemos que, ahora que estamos en la iglesia, tenemos que volver así, sin ver nada, y solos hasta nuestra casa. ¡No sé si seríamos capaces!

            Bartimeo era ciego. En aquel tiempo no tenía la organización de la ONCE, ni la seguridad social, ni nada por el estilo para vivir dignamente. Su única solución para vivir era pedir por los caminos o a las entradas de las ciudades y pueblos. Él había oído hablar de Jesús: le habían dicho que curaba a los cojos, a los mudos, a los leprosos y hasta a algún ciego. Un día oye que pasa cerca de él mucha gente y, de momento, se pone contento. ¿Por qué? Porque cuando pasa gente es siempre más fácil que le suelten alguna limosna de más. Pero oye demasiado ruido; le extraña y, como no ve, pregunta qué es lo que está pasando. Entonces le dicen que es Jesús el Nazareno, el que hace milagros. En ese momento Bartimeo se olvida de sus limosnas y dineros, y se pone a dar gritos: “Hijo de David, ten compasión de mí”. La gente alrededor le dice que se calle, que no alborote, que no les deja oír lo que está diciendo Jesús, pero a él no le importa que le riñan o que le peguen, y grita más fuerte: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”, una y otra vez, hasta que Jesús le escuchó.

            ¿Por qué Bartimeo llamaba “Hijo de David” a Jesús? Cuando Dios creó a nuestros primeros padres (Adán y Eva), estos estaban en el paraíso, allí pecaron y fueron expulsados, pero al ser expulsados Dios les prometió un salvador, alguien que les volvería a llevar otra vez al paraíso, al cielo. Pasados muchos años hubo un rey en Israel, que se llamaba David. Este hizo muchas cosas buenas por Dios y entonces Dios le prometió que un día nacería un descendiente suyo que sería el salvador de todos los hombres. David tuvo un hijo que se llamó Salomón, Salomón tuvo un hijo y éste otro hijo, y éste otro hijo, y así hasta que, unos 800 años después del rey David, nació Jesús, que era descendiente de David. Jesús era el prometido por Dios a Adán y a Eva para llevar a la gente al paraíso, al cielo; Jesús era el prometido al rey David para salvar a todos los hombres. Por eso Bartimeo llamaba a Jesús como “Hijo de David”.

            Siempre ha habido hombres, mujeres, niños, ancianos que, cuando han estado en peligro, han gritado a Jesús para que los salvara. Como el buen ladrón que, en la cruz, decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, cuando llegues al paraíso. Pero, cuando gritemos, clamemos, lloremos a Dios, ¿Él nos escuchará? En este sentido el salmo 125 nos dice que sí. Este salmo fue compuesto por un creyente que experimentó en sus propias carnes el dolor, el desamparo, el abandono, las lágrimas. Por eso dice el salmo que se llevaba la semilla llorando, que se sembraba entre lágrimas. Pero luego todo cambió y para bien. Fijaros de qué modo más precioso y poético lo describe el salmista:

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión[1],
nos parecía soñar;
La boca se nos llena de risa,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
‘El Señor ha estado grande con ellos’.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes de Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas”.

            Y la respuesta a cada párrafo del salmo por nuestra parte es ésta: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

            Pero, ¿por qué Dios, por qué Jesús tendría que pararse ni siquiera un segundo a escuchar nuestros problemas, a posar sus ojos sobre nosotros, a tocar nuestro cuerpo ansioso de cariño y de afecto y de amor? La respuesta la tenemos en la segunda lectura de hoy: Porque Jesús ha asumido las funciones del Sumo Sacerdote, es decir, de aquel que está puesto en medio de los hombres y a favor de estos, para pedir por el perdón de sus pecados, para sentir compasión (padecer con) de los débiles, de los que sufren, de los atormentados, de los abandonados, de los faltos de cariño….

            En esta Misa de hoy y con este evangelio que acabamos de escuchar debemos de sacar la certeza de que, cada vez que desde lo profundo de nuestro ser y de nuestra alma, gritemos una y otra vez: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” o algo parecido, Jesús va a escucharnos, y va a decirnos igual que dijo a Bartimeo: “Llamadlo [...] ¿Qué quieres que haga por ti? [...] Anda, tu fe te ha curado”. Pero como dice Jesús, cuando le gritemos y le supliquemos debemos hacerlo con mucha fe, sin desfallecer, sin perder la esperanza, y así él nos podrá decir: “Anda, tu fe te ha curado”.

            No puedo terminar sin deciros que Jesús actúa directamente ante tantas personas que sufren, pero sobre todo Él actúa a través de otras personas a favor de estas personas que sufren. En nombre de Dios os pregunto: ¿Queréis ser vosotros a partir de hoy el “jesús” (con minúscula) del Jesús (con Mayúscula)? Que cómo hacerlo. Es muy fácil: haced el bien sin mirar a quién. Ejemplo tonto de felpudos: en mi bloque la limpiadora barre la escalera y friega el suelo y deja los felpudos arrimados a la pared. Si no se ponen ante la puerta, los de fueran puede colegir que no hay gente en el piso y pueden entrar a robar. Yo los pongo siempre en su sitio. Cuando los demás llegan, no lo hacen y yo tengo la idea de hacer lo mismo, pero al final los pongo, porque no puedo entrar en la rueda del egoísmo, del “ojo por ojo”, y lo que importa es que lo vea Dios.

            ¡Que Dios nos bendiga en nuestra misión del “jesús” de Jesús!


[1] El término Sión hace referencia a Jerusalén y este contexto a todo el pueblo de Israel.

jueves, 17 de octubre de 2024

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (B) DOMUND

20-10-2024                             DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO (B)

Is. 53, 10-11; Sal. 32; Hb.4,14-16; Mc. 10, 35-45

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            1) Vamos qué nos dice el cartel de este año sobre el Domund: “ID E INVITAD A TODOS AL BANQUETE”. El lema de este Domund se inspira en la parábola del banquete de bodas (Mt 22,1-14). Vamos a profundizar un poco en estas ideas del lema:

            Los dos verbos que expresan el núcleo de la misión –“id”  “invitad”- están colocados al comienzo del mandato del rey a sus siervos. Respecto al primero, hay que recordar que anteriormente los siervos habían sido ya enviados a transmitir el mensaje del rey a los invitados (cf. vv. 3-4). Esto nos dice que la misión es un INCANSABLE ir hacia toda la humanidad para invitarla al encuentro y a la comunión con Dios. ¡Incansable! Dios, grande en el amor y rico en misericordia, está siempre en salida al encuentro de todo hombre para llamarlo a la felicidad de su Reino, a pesar de la indiferencia o el rechazo. Así, Jesucristo, buen pastor y enviado del Padre, iba en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel y deseaba ir más allá para llegar también a las ovejas más lejanas (cf. Jn 10,16). Por esto, la Iglesia seguirá saliendo una y otra vez sin cansarse o desanimarse ante las dificultades y los obstáculos, para cumplir fielmente la misión recibida del Señor.

            Por otra parte, el ir es inseparable del invitar: “Venid a las bodas” (Mt 22,4). Esto deja entrever otro aspecto no menos importante de la misión confiada por Dios. Esos siervos-mensajeros transmitían la invitación del soberano con urgencia, pero también con gran respeto y amabilidad. De igual modo, la misión de llevar el Evangelio a toda criatura debe tener necesariamente el mismo estilo de Aquel a quien se anuncia. Al proclamar al mundo “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado”, los discípulos-misioneros lo realizan con gozo, magnanimidad y benevolencia, fruto del Espíritu Santo en ellos; sin forzamiento o coacción; siempre con cercanía, compasión y ternura, aspectos que reflejan el modo de ser y de actuar de Dios.

            En la parábola, el rey pide a los siervos que lleven la invitación para el banquete de bodas de su hijo. Este banquete es imagen de la salvación final en el Reino de Dios, y simbolizada por la mesa llena “de manjares suculentos, [...] de vinos añejados”, cuando Dios “destruirá la Muerte para siempre” (Is 25,6-8). Mientras el mundo propone los distintos “banquetes” del consumismo, del bienestar egoísta, de la acumulación, del individualismo, el Evangelio, en cambio, llama a todos al banquete divino donde, en la comunión con Dios y con los demás, reinan el gozo, el compartir, la justicia y la fraternidad.

            La invitación a este banquete, que llevamos a todos a través de la misión evangelizadora, está intrínsecamente vinculada a la invitación a la mesa eucarística, donde el Señor nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo y su Sangre. Como enseñaba Benedicto XVI, “el banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como «las bodas del cordero» (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos”.

            La última reflexión se refiere a los destinatarios de la invitación del rey, “todos”. “Esto está en el corazón de la misión, ese «todos», sin excluir a nadie. Todos. Aún hoy, en un mundo desgarrado por divisiones y conflictos, el Evangelio de Cristo es la voz dulce y fuerte que llama a los hombres a encontrarse, a reconocerse hermanos y a gozar de la armonía en medio de las diferencias. Dios quiere que “todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

            2) Finalmente, deseo traer aquí dos experiencias misioneras, como hago cada año, que nos acerquen a la tarea dura y preciosa que hacen nuestros misioneros a lo largo de toda la historia y de todo el mundo:

            En 1946 el misionero dominico José Aldámiz llegó a Puerto Maldonado, en la selva amazónica de Perú. Viendo las grandes distancias, que provocaban el aislamiento de las comunidades indígenas, decidió hacer dos cosas: aprendió a pilotar avionetas y fundó la Radio Madre de Dios. Esta emisora ha estado funcionando desde entonces, y ha ofrecido un medio estupendo para la evangelización y el bien común de los pueblos indígenas. Al frente de la radio está en la actualidad un misionero laico dominico, que dejó su Burgos natal para ponerse al servicio de la misión y modernizar esta emisora. La radio juega un papel esencial en la evangelización, debido a esas enormes distancias y a las dificultades de comunicación. Además de informar, se emiten programas pastorales y se retransmite la eucaristía en directo. También, en la pandemia, se ofrecieron clases para los niños indígenas, que no podían asistir a ellas.

            Recojo ahora otra experiencia misionera de un religioso del Corazón de María: Me quedo con lo que me ocurrió al poco de llegar a la misión en donde venía destinado, en África: cuando fui a pasar el Triduo Pascual a Zhomba. Yo iba a quedarme en la residencia de la comunidad, pero al llegar uno de los misioneros me invitó a ir con él a uno de los centros de la misión. Pensaba que íbamos a ir en coche. Y así hubiera sido, si no fuera por la lluvia que hizo impracticable el camino. Fuimos caminando, unas cuatro horas, y llegamos antes de comer a nuestro destino. Nos aseamos, comimos algo y nos preparamos para celebrar el Jueves Santo. He de decir que estuve muy a gusto, pero que me llamó la atención la poca gente que había en la celebración. Y me pregunté, con mi mentalidad utilitarista, si merecía la pena esa caminata e ir tan lejos para “cuatro gatos”... Tras la misa, el misionero me fue presentando a la gente. “Este es de aquí..., se llama así..., es catequista..., etc.”. Y me presentó a un señor, tendría unos setenta o más, que había andado más de 25 km para venir a la celebración. Entonces me dio vergüenza haber tenido esos pensamientos y me quedé maravillado ante la fe de aquel hombre. A veces decimos que ese tiene mucha fe o poca. ¿Cómo se mide la fe? Resulta difícil decirlo, pues solo Dios puede juzgar el corazón de cada uno. Pero, si pudiera medir con precisión, para mí está claro que la fe se mediría en kilómetros. ¿Tendría yo esa fe para caminar tantos kilómetros para celebrar la eucaristía?