26-5-2024 SANTÍSIMA
TRINIDAD (B)
Dt.4, 32-34.39-40; Slm. 32; Rm. 8, 14-17; Mt. 28, 16-20
Homilía en vídeo.
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
Hace unos años conté la primera
parte de la historia de Michela, la que dije el domingo anterior y, desde
Alemania, me escribió una persona para decirme que le había encantado la
historia de Michela, pero que seguro que había más… Le contesté que tenía toda
la razón y le remití el resto de la historia por correo electrónico. Hoy os
contaré el resto de la historia de Michela que yo conozco, y así la podemos
compartir todos y aprovecharnos, espiritualmente hablando, de las maravillas
que Dios hizo y hace en ella. Recordad
el final del relato anterior, cuando Michela llegó a la casa de Chiara para
matarla por orden de la secta satánica y allí se quedó. Escuchemos cómo sigue
el relato:
“Ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación, un camino en el que nunca nadie antes pudo sanar
mis heridas, y donde sí que las pudo sanar Jesús. Pero pasado un tiempo,
hubo una herida que no había podido sanar. Esa herida era la falta de una
madre, porque a mí me faltaba una madre. Me faltaba en Navidad, cuando todas
las madres telefoneaban a las demás y yo no recibía una llamada. Me faltaba el
día que celebraba mi cumpleaños... Esa ausencia de mi madre, cada vez que
pasaba esto, reabría las viejas heridas y había que empezar de nuevo. Un buen
día, a Chiara se le ocurrió enviarme a un centro de ayuda para la vida. Se me
había encargado abrir una casa de acogida para madres solteras y jóvenes
embarazadas con riesgo de someterse a un aborto por miedo o por dificultad.
Allí las podríamos acoger. Pero al poco tiempo empecé a recoger un grito de
dolor. Era el grito de dolor de aquellas mujeres que habían abortado y que me
decían: ‘¿Sabes? Hoy tendría un hijo de ocho años, pero lo llevé a matar’. Por
las noches llegaba a casa y me ponía delante de Jesús, en el sagrario, y le
entregaba todo ese dolor que llevaba de las mujeres. Una de esas noches, empecé
a escuchar en mi corazón: ‘Michela, si hoy existes tú, es porque tu madre dijo
sí a la vida’. Os tengo que decir que, cuando
se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no
juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque, si una madre
llega a abandonar a un hijo, es porque hay un gran dolor.
En ese momento comenzó a
despertar en mi interior la necesidad de buscar a mi madre, no para juzgarla ni
regañarla, sino para darle las gracias por mi vida. Después de las
investigaciones pertinentes localicé a mi madre. Comenzamos a telefonearnos, y
un día me sugirió conocernos personalmente. La fecha concertada fue el 2 de
Junio de 2004. Esa misma mañana partí hacia la ciudad donde ella vivía para
encontrarme con ella. Pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que
yo no le deseo ni a mi peor enemigo, mi madre me dijo: ‘Tú para mí no has
existido nunca, no has existido hasta ahora, no existes hoy. Sal de mi vida’. Yo no sé qué siente una madre cuando un
hijo dice NO a su amor, pero sí les puedo decir lo que siente un hijo cuando
una madre le dice NO a su amor… Fue un gran dolor. Regresé a Roma, cogí a
Chiara y sujetándola contra un muro le dije: ‘¿Pero yo qué le hecho de malo a
Jesús? Trabajo para Él, ¿por qué no me puede ayudar?’
Era una situación dolorosa, de la
que era difícil salir, por lo que entonces Chiara me propuso unos días de
vacaciones. Yo pensé: ‘Estupendo, me iré a la playa y tomaré el sol’, pero
Chiara ya había pensado en todo: ‘Hay un lugar al que puedes ir. Es un pueblo
en Bosnia que se llama Medjugorje. Cógete unas vacaciones y vete allí’. Yo le
dije a Chiara: ‘A Medjugorje yo no voy, Chiara. Mejor me pagas las vacaciones
en Croacia, que está muy cerca y tiene un mar estupendo. Ya cuando esté allí,
un día me acerco a Medjugorje. Pero yo no me voy a meter entre las colinas, las
piedras y el calor. Eso no son vacaciones’. Chiara me respondió: ‘Te recuerdo
que hiciste un voto de pobreza y otro de obediencia. Elige por cuál de los dos
quieres ir a Medjugorje’. Así que elegí el de la obediencia, y voluntariamente
vine a Medjugorje.
Llegué a Medjugorje ¡Me daban una
pena los peregrinos! Porque yo pensaba que yo estaba allí porque me habían
obligado, pero no entendía por qué ellos no iban al mar, pudiendo hacerlo. En
fin, los primeros diez días fueron un desastre. Yo no quise saber nada de
peregrinos, ni del fenómeno de Medjugorje, ni de nada. El día decimoprimero,
estaba tras la explanada. Estaba tumbada en mi toalla, tomando el sol. Y ahí
tirada me vio Marija, una de las videntes. Se acercó a mí y me dijo: ‘Hola,
¿qué haces?’ ‘Estoy esperando a que comience la Misa’. Entonces Marija, sin
más, con toda la naturalidad, me dijo: ‘Vente mañana conmigo a una aparición’.
En Medjugorje, si no vives el fenómeno, tampoco es que haya mucho que hacer.
Mis primeros diez días allí fueron tan aburridos, que por muy absurdo que
pareciese, asistir a una aparición suponía algo distinto en medio de aquel
aburrimiento, así que el día siguiente aparecí a la hora que me había dicho
Marija. Al llegar allí, aquello estaba lleno de gente. Al cabo de unos minutos
llegó Marija. Me vio en el jardín, me cogió de la mano y me llevó dentro de la
capilla con ella, delante del todo, a su lado. Me llevó hasta allí a rastras y
de un empujón me puso de rodillas. Todo el mundo rezaba y yo pensaba: ‘¡Qué
buenos todos estos peregrinos, mira cómo rezan!’, pero mi corazón estaba muy
cerrado y no quería participar con ellos. Recuerdo el momento en que comenzó la
aparición. Todo el mundo se quedó en silencio y Marija se quedó mirando
extasiada hacia arriba. En ese momento pensé: ‘Cualquiera desearía estar aquí a
su lado, ¿cómo es posible que a mí no afecte?’ La miré a Marija y vi que, sin
emitir ningún sonido, movía sus labios. En cierto momento de la aparición
ocurrió algo. Y se lo cuenta la persona más racional que existe. Empecé a
sentir un calor en el cuerpo. Era un calor que llegaba hasta la punta de mis
dedos, hasta mis pies. Era un calor maravilloso. Sentí como si algo me
abrazara, me rodeara y me cubriese entera, y entonces ocurrió lo más increíble,
y es que sentí como si me hiciesen un trasplante de corazón. Digo trasplante
porque sentí como si algo se metía en mi
pecho y me arrancara una piedra de dentro. Era un corazón herido, enfermo, y
sentí como si me colocasen un corazón nuevo ahí dentro, en su lugar. Subrayo la
palabra trasplante, porque no fue un corazón curado, sino un corazón nuevo, que
me llenaba de paz el alma, la mente y el cuerpo.
Al acabar la aparición yo no
entendía nada de lo que estaba sintiendo, pero era bellísimo. Entonces Marija
se levantó e hizo lo que hace siempre. Explicó a todos lo sucedido: ‘He
presentado a la Virgen María todas vuestras intenciones de oración. La Virgen
María ha orado por ustedes y les ha bendecido’. A todo esto yo seguía de
rodillas a su lado. Entonces ella, delante de todos me miró y dijo: ‘La Virgen María ha hecho suyo el dolor de
tu corazón. A partir de hoy sólo ella será tu madre’. Desde aquel día hasta
hoy he sentido a María en mi vida. La he sentido de una manera muy concreta. He descubierto que cada vez que tengo el
rosario en las manos, es María quien me coge de la mano.
Aquella tarde aprendí otra cosa: Era cierto que hasta ese día había
trabajado para Dios, pero María quería que yo trabajase con Dios. Y otra
cosa bellísima fue que si yo quería ser santa, debía tomar a la Virgen María
como modelo de santidad. Os aseguro que eso, para un carácter como el mío, no
es nada fácil. No es fácil vivir la
obediencia. No es fácil vivir la humildad. No es fácil vivir el silencio de
María. El silencio de María bajo la cruz. Pensad que María estaba bajo la
cruz. Aquella fue una experiencia
bellísima, porque descubrí que el dolor
puede ser transformado en amor por la humanidad”.
Conclusiones que nos pueden ayudar
de este relato:
- La conversión no es cosa de un instante y que valga ya para toda la
vida. Requiere paciencia…, sobre
todo, con nosotros mismos, y decir una y mil veces a Dios: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.
- Una de las formas de sanar nuestras heridas internas y de crecer en
santidad es ‘mirarse lo menos posible al ombligo’ y estar más pendiente de los
demás. Así, Michela, al empezar a ayudar y acompañar a las chicas
embarazadas o que habían abortado se pudo olvidar más de sí para tener más
presente las necesidades de los otros.
- Sólo Dios sana en realidad nuestras heridas. Sólo Él nos enseña a no juzgar a los demás. Sólo Él puede arrancarnos el corazón de piedra y darnos un corazón
de carne.
- Escuchemos a María. Ella nos enseña tantas cosas de su
Padre Dios, de su Hijo Jesús, y de su Esposo, el Santo Espíritu.
- Nunca más trabajemos para Dios. A partir de hoy trabajemos con Dios.
- Las demás conclusiones…, ya las
podéis sacar vosotros mismos.