martes, 31 de diciembre de 2024

Santa María, Madre de Dios (C)

1-1-2025                                 SANTA MARIA, MADRE DE DIOS (C)

Num.6, 22-27; Slm. 66; Gal. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            En la primera lectura hemos escuchado una fórmula de bendición muy antigua y muy bonita del pueblo de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. Cuando al final de la Misa, el sacerdote os bendice (en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo), lo que está haciendo es, de parte de Dios, otorgaros todo lo que se dice en la bendición israelita, o sea,

            Que “el Señor te bendiga”, quiere decir que las bendiciones, las bondades de Dios desciendan sobre ti, sobre todo lo tuyo, sobre los tuyos; que sane tus heridas, tus dolores, tus orgullos. Y todo ello viene a ti, no desde fuera, sino desde lo más íntimo de tu ser y se derrama y esparce en ti. Su efecto, que no se puede describir exactamente con palabras, se asemeja a la brisa fresca en el bochorno, a los rayos solares cuando hace más frío, al abrazo de un amigo en la soledad, a la esperanza que nos renueva ante la desesperanza.

            Que “el Señor te proteja”, quiere decir que te cubre con sus brazos y cuida de ti. Nos protege de nosotros mismos, de nuestros pecados, del daño que nos hagan o puedan hacer otros. Experiencia mía de que el Señor me protegió en Taramundi con el coche y en otras muchas ocasiones. Sólo sabremos esto en el cielo.

            Que “el Señor ilumine su rostro sobre ti”, quiere decir que coloca su mejilla contra nuestra mejilla, y su luz interior se nos comunica. Luz que nos hace ver cosas, pero no sólo con los ojos físicos, con la razón y el conocimiento, sino y sobre todo con nuestro espíritu. En ese momento todo tiene sentido y descansamos por entero en El.

            Que “el Señor te conceda su favor”, quiere decir que Él se nos entrega. No nos da una cosa que le sobra, ni siquiera que le es muy querida. Se da a sí mismo.

            Que “el Señor se fije en ti”, quiere decir que se fija en ti que eres gordo, achacoso, triste, canoso, arrugado, viejo, depresivo, feo, rico, delgado, sano, alegre, con todo el pelo, joven... Se fija en ti, no en cómo eres o cómo estás. Se fija en ti, porque te ama a ti y te convierte en su amigo y en su hijo querido.

            Que “el Señor te conceda la paz”, quiere decir que su paz te es dada, y notas que estás en paz con todos y perdonas a los que te han hecho daño. Notas que estás en paz con la creación entera y todas las criaturas de hablan de Él. Notas que estás en paz contigo mismo y no te rechazas y te amas como Él te ama. Notas que Él está en paz contigo y no te guarda rencor ni anotaciones por tus pecados y errores. Y entonces eres libre, pues, si Él está en paz contigo y tú con los demás y con la creación, ¿qué más da que los demás no estén en paz contigo?

            Pero la máxima bendición que Dios da a este mundo es su Hijo. Así se nos dice en la segunda lectura: “Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer [...] para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Por eso hoy celebramos el Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.

            Para terminar, dejadme que os lea un escrito de Gandhi, un hombre bendecido por Dios:

“Señor...

Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes

y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles./

Si me das fortuna, no me quites la razón.

Si me das éxito, no me quites la humildad.

Si me das humildad, no me quites la dignidad./

Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla,

no me dejes inculpar de traición a los demás,

por no pensar igual que yo./

Enséñame a querer a la gente como a mí mismo.

No me dejes caer en el orgullo si triunfo

ni en la desesperación si fracaso./

Más bien recuérdame que el fracaso

es la experiencia que precede al triunfo.

Enséñame que perdonar es un signo de grandeza

y que la venganza es una señal de bajeza./

Si me quitas el éxito, déjame fuerzas

para aprender del fracaso./

Si yo ofendiera a la gente,

dame valor para disculparme

y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.

¡Señor... si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!”

(Mahatma Gandhi)


 

jueves, 26 de diciembre de 2024

Domingo de la Sagrada Familia (C)

29-12-2024                             SAGRADA FAMILIA (C)

Eclo.3, 3-7.14-17a; Slm. 127; Col. 3, 12-21; Lc. 2, 41-52

Homilía de vídeo.

Homilía en audio

Queridos hermanos:

            En el día de hoy celebramos la festividad de la Sagrada Familia. En este año quisiera fijarme un poco en los esposos.

            Pero no quiero hablar del matrimonio celebrado hace 6 años en Bilbao:

- “Okdiario 29-12-18

Una concejal de Podemos casa a 15 mujeres ¡consigo mismas!

Los enlaces se han celebrado conjuntamente en un acto que ha contado con una gran asistencia de público. Estas “bodas” se han realizado acuerdo con el protocolo de las ceremonias tradicionales: todas las mujeres han asistido previamente a un curso prematrimonial donde han reflexionado acerca del amor.

También han contado con sus respectivas despedidas de soltera, han elegido el vestido de novia y el anillo, que se han “autoregalado”, llevaban damas de honor y una soprano ha armonizado la velada. Todas ellas han recibido el certificado del enlace matrimonial firmado por la concejal podemita. Finalmente, han repartido naranjas por las calles como símbolo de que “no buscan medias naranjas”.

Una de las mujeres que han contraído matrimonio asegura que “se trata de un compromiso conmigo misma y, sobre todo, la preocupación de decir ‘no me puedo fallar’”. Otra de ellas explica que al entregarse el anillo se ha prometido quererse y no hacerse daño. Durante los votos, las contrayentes se prometían “quererse, respetarse, cuidarse y ser fiel a sí mismas todos los días de su vida”.

Preguntadas por la noche de boda una de las organizadoras ha explicado que una opción es el “autoerotismo”. 

Este reportaje ha tenido gran repercusión en las redes sociales donde algunos usuarios, irónicamente, instaban a la contrayentes a divorciase consigo mismas”.

            - Vamos, ahora sí, con la homilía: Hace un tiempo, un joven soltero y sin compromiso me decía que la Iglesia tiene que cambiar en muchas cosas, pues se está quedando atrás y sola. Le pedí que me pusiera algún ejemplo de estos cambios que ha de hacer la Iglesia e inmediatamente me habló de las parejas y de los matrimonios. Me contaba el caso de sus hermanos: dos varones y una chica. Todos ellos con pareja. Su hermano mayor llevó un noviazgo “por el libro”, se casó por la Iglesia y su matrimonio… es un auténtico desastre. Me decía este joven que, si su hermano hubiera convivido con su novia, se hubieran podido conocer más y mejor antes de llegar al matrimonio y quizás no estarían como están ahora. Me comparó este matrimonio canónico y fracasado con la relación de pareja que lleva su otro hermano con una chica y las cosas van bastante mejor entre ellos. Lo que pasa es que, como yo conozco un poco las tres relaciones de sus hermanos, le hice ver las contradicciones y las tensiones de las convivencias de sus otros dos hermanos que están sin casar, ni por lo civil, ni por la Iglesia. El joven me acabó reconociendo esto. Parece que hoy día casarse por la Iglesia no es garantía de que el matrimonio y la convivencia conyugal “funcione”, pero… casarse por lo civil o convivir como pareja de hecho tampoco es garantía de conocerse mejor y de que la relación “funcione”. Hay que ir profundizar más que lo que este joven hacía –desde mi punto de vista- sobre la vida de pareja.

            Hace poco leí en un periódico una carta de una mujer que pasaba por dificultades conyugales. Decía la carta: “Querido marido de más de media vida juntos: Sin necesidad de acuerdo previo, desde siempre coincidimos, primero en enamorarnos fulminantemente y luego en esas menudencias que ensamblan la vida. Coincidimos en política, en religión, en dedicación a nuestra casa y a nuestros hijos, en cuidar uno de otro cuando hemos estado enfermos y… ¡vive Dios que no nos han faltado sustos de salud! Juntos hemos disfrutado de los pequeños triunfos y juntos, codo con codo, hemos sufrido, padecido y luchado, contra la variada injusticia que nos tocó en el lote. No hemos sido una idílica pareja de esas que nunca discuten. Hemos discutido, nos hemos enfadado y nos hemos amigado; en fin, lo normal, hemos vivido. Sin embargo, ahora estás imposible. Sentadas las grandes bases, sin problemas irresolubles, te veo sonreír y hablar amablemente… pero no conmigo. Mi presencia te agobia, mi ausencia te disgusta. Rechazas mis iniciativas, te niegas a acompañarme (porque no te encuentras bien, me dices) y, a continuación, sí que te encuentras bien para ir a ver a cualquiera que yo no haya mencionado. Si hay verdura, quieres pasta. Si hay pasta, quieres arroz. Si hay sopa, quieres puré. Si te pregunto qué quieres, contestas que cualquier cosa. Si dispongo “cualquier cosa”, apareces con algo nuevo que tú has ido a buscar. Si hablas con los hijos, no haces de correa de transmisión. Si yo hablo con ellos, te molestas si no comento nada. ¿Te muestras correcto? Sí. Correcto y distante, correcto y despegado. ¿Hablas conmigo? Sí, sin entablar conversación alguna. Si muestro interés por las cosas que tienes que hacer, me contestas con vaguedades o si alguna vez me contestas algo concreto… luego me reprochas que no lleve una memoria exacta de lo que has dicho. Si me acerco a ti, retrocedes porque te parece que te mando o que te fiscalizo. Si procuro mantenerme distante, acaba escapándosete algún suspiro como de pena. Si te pregunto, me contestas algo bien críptico y abstruso, que me suma en la indignación o en la tristeza… Tiene que bastarte esta muestra para comprender por qué digo que estás imposible”.

            ¡Qué preciosa es la vida matrimonial, pero al mismo tiempo qué difícil y cuántos sinsabores aporta a tantos hombres y a tantas mujeres! Seguro que todos, los maridos y las mujeres, tienen miles de razones para quejarse -¡y con razón!- de lo mal que se comporta su cónyuge. Cuando el párroco de La Corte (Oviedo) me llamaba para hablar un día a los novios que se preparaban para el matrimonio, al llegar a la sala veía en la pizarra que había una serie de palabras escritas el día anterior en que el párroco les preguntaba qué actitudes debían existir en un matrimonio y cuáles no. Leía siempre lo que habían dicho los novios en dos columnas: amor, respeto, cariño, comprensión, fidelidad,/ malos humores, gritos, rencores, etc. Y siempre me fijaba que faltaba una actitud muy importante: el perdón. Sí, en toda relación humana, y sobre todo en toda relación de pareja-matrimonio el perdón debe de estar siempre presente, pues uno, otro o los dos comenten errores y fallos, y el otro debe siempre perdonar.

            La buena relación entre los esposos no se consigue durante el noviazgo llegando su cenit en el momento de la celebración de la boda. No. Dicha relación es fruto de toda la vida. Constantemente hay que estar luchando, ambos y codo con codo, por esta relación. Hace tiempo leí un texto de un autor cristiano (Tertuliano), que hablando de los esposos escribía así: “¡Qué vinculación la de dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una misma carne. Juntos oran, juntos se acuestan, juntos cumplen la ley del ayuno. Uno y otro se enseñan, uno y otro se exhortan, uno y otro se soportan. Juntos están en la Iglesia de Dios, juntos toman parte en el banquete de Dios, juntos pasan las angustias, las persecucio­nes, las alegrías. No se ocultan nada el uno al otro, todo es compartido, sin que por eso sea carga el uno para el otro...”

En esta misma línea me ha emocionado la actuación de San José. Cuando Dios le avisa para que huya ante Herodes, que quiere matar a su hijo, San José coge a su hijo y a su mujer y se las lleva al extranjero a fin de protegerlos. Cuando años más adelante Dios le avisa que puede regresar, San José vuelve a coger a su hijo y a su mujer y los trae de vuelta a Israel, pero temiendo que el hijo de Herodes aún busque al niño para matarlo, lleva a éste y a su mujer a una aldea remota de Galilea: Nazaret. San José es padre que protege a su hijo. San José es esposo que protege y cuida de su esposa.

            En esta Misa pido a San José y a la Virgen María, verdaderos esposos según la voluntad de Dios, que protejan y cuiden de todos los esposos y de todas las parejas de la tierra, y que les enseñen que el amor esponsal verdadero es olvidarse de sí mismo para darse al otro por entero.

domingo, 22 de diciembre de 2024

Natividad del Señor (C)

25-12-2024                                        NAVIDAD (C)

Is. 62, 11-12; Slm. 96; Tit. 3, 4-7; Lc. 2, 15-20

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            Celebramos hoy el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. La segunda persona de la Santísima Trinidad ha venido a este mundo en carne mortal como la nuestra. ¿Para qué? Para salvarnos, para redimirnos, para sacarnos del pozo de nuestro egoísmo, para hacernos felices, para darnos amor. Pero, ¿necesitamos ser salvados..., necesitamos que alguien nos dé una felicidad, que no tenemos aquí y ahora....?

            Hace un tiempo un profesor de instituto de las cuencas mineras me contaba el siguiente caso, desde mi punto de vista espeluznante: una chica de 15 años robó dinero en su casa. El dinero se lo entregó a un chico del instituto del que se había enamorado y que no le hacía ni caso. Le daba el dinero para que estuviera con ella y se acostara con ella. Cuando la madre de la chica se enteró, prefirió no decirle nada a su hija, pues tenía miedo que, si le decía algo, a la chica le entrara una depresión. No sé si es más espeluznante el comportamiento de la chica; o el revuelto que tiene la chica en su corazón, en sus sentimientos, en su mente; o el comportamiento del chico que usa y se aprovecha de la situación de desconcierto de la chica para sus propios usos y necesidades fisiológicas y económicas; o el revuelto de la madre de la chica, que parece que ha abdicado de sus deberes como madre para con su hija; o toda la situación de sufrimiento y desequilibrio que se intuye que hay detrás, que existe en la familia de esa chica.

Un día llamaba a una casa, en Oviedo, y me salió la mujer de casa. Me pareció que tenía la voz tomada y le pregunté si estaba llorando. Pues sí, y me contó toda la problemática: Llegan sus hijos de fuera para pasar estas fiestas, quiere que todo resulte bien, pero salen a la superficie malas historias de atrás, y todo se echará a perder. Ya está deseando que pase el 25 para que cada uno se vuelva a su sitio...

            Por estas situaciones y por muchas más, pienso y afirmo que sí, que necesitamos ser salvados por Jesús, el Hijo de Dios; que necesitamos que Jesús nos dé la felicidad, que no tenemos aquí y ahora. Pero, ¿Él nos puede dar esto? Veamos la Palabra de Dios, escuchemos la Palabra de Dios:

            - “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!” Sí, Jesús nos trae esa PAZ. Paz para nuestras almas, para nuestras casas, para nuestros hijos, para nuestros matrimonios, para nuestros centros de trabajo y de estudio. Paz para nuestras ciudades, para nuestras parroquias e Iglesia.

            - “En la Palabra (Jesús) había vida”. Jesús nos trae VIDA, pero vida verdad y plena, y no sólo a medias. Vida con sentido profundo, cuando sufro o cuando me alegro, cuando se nace o cuando se va a morir, cuando se ríe y cuando se llora. La vida del HOY (M. Teresa de Calcuta), no del ayer o del mañana....

            - “La Palabra (Jesús) era la luz verdadera”. Necesitamos la LUZ de Jesús, además, para que seamos capaces de ver y reconocer a Dios a nuestro alrededor y en nuestro interior. Cuando un hombre dice que no cree en Dios, que no ve a Dios, de lo que está hablando no es de la existencia o no de Dios, sino de su propia ceguera para no verlo. Necesitamos la luz de Jesús para que nos alumbre y nos haga ver que los otros no son tan perversos ni nosotros tan buenos. Decía Fr. Luis de Granada que los hombres tenemos un corazón de siervo para con Dios, un corazón de juez para el hermano y un corazón de madre para nosotros mismos. Si Dios nos da su luz, entonces cambiaremos y tendremos un corazón de hijo para con Dios, un corazón de madre para el hermano y un corazón de juez para con nosotros.

            En definitiva, Jesús nos trae ESPERANZA. Es lo que más necesita nuestro mundo y nosotros mismos. Sin ella nos ahogamos y nos entra la angustia más terrible, porque esto no tiene solución y vivir es prolongar la agonía. Así, gente sin fe profunda o sin nada de fe, como Indro Montanelli, pueden decir: “Si mi destino es cerrar los ojos sin haber sabido de dónde vengo, a dónde voy y qué he venido a hacer aquí, más me valía no haberlos abierto nunca”.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Domingo IV de Adviento (C)

22-12-2024                             DOMINGO IV DE ADVIENTO (C)

Miq. 5, 2-5a; Slm. 79; Hb. 10, 5-10; Lc. 1, 39-45

Homilía en vídeo

Homilía de audio.

Queridos hermanos:

            Estamos ya en el 4º domingo de Adviento. El miércoles será ya Navidad y celebraremos la venida de Jesucristo, el Niño Dios.

            - La figura que hoy la Iglesia nos propone para refle­xionar es la de la Virgen María. Se destacan en ella varios aspectos:

            * María es la mujer servicial: “María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá”. Iba a cuidar a su prima Isabel. Cuando una persona se encuentra con Dios, ineludi­blemente se hace más comprensiva con los demás, más pendiente de los demás, más servicial con los demás. María ‘debía’ ayudar a su prima ya anciana.

            * María es la mujer creyente: “¡Dichosa tú que has creí­do!” Severo Ochoa tenía una mujer muy creyente y él la envidia­ba por su creencia. Yo me encontrado con jóvenes que envidian la fe de los cristianos. Ellos no pueden creer. ¡Dichosos no­sotros que aceptamos la existencia de todo un Dios en nuestra vidas! María siempre ha creído (que es lo mismo que confiar o fiarse) en que dentro de ella, sin haber hecho el acto sexual con un hombre, había un niño; ha creído en Dios a pesar de ser perseguida por Herodes, a pesar de ser abandonado por su Hijo Jesús cuando él tenía 30 años, a pesar de ver morir a su Hijo en la cruz a los 33 años. Siempre se ha fiado de su Dios. Por eso es modelo de creyente para todos nosotros.

            * María es la mujer madre. “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” Los hombres es una expe­riencia que nos perdemos: llevar 9 meses una criatura en el vientre. Me comentaba una mujer que ser madre era impresionan­te. Me decía que antes de serlo pensaba que no podía amar a sus hijos más de lo que ya quería a sus sobrinos; después se dio cuenta que a sus hijos era con otro amor distinto. ¿Qué experiencia tendría María de llevar a un hijo que era Dios?

            * María es la mujer fecundada por el Espíritu Santo. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”. Pudo entrar en ella sin en­con­trar ninguna traba. Estaba sin pecado. Es verdad que le preguntó, porque Dios respeta siempre nuestra libertad. Siem­pre pregunta, siempre pide permiso. María le dijo sí y El en­tró a raudales y la llenó: con un esperma que fecundó su óvu­lo, con un amor que la hizo más amante, con una humildad con la que se abajó aún más ante Dios. Por eso decimos que el Es­píritu Santo es el esposo de María. Ella se le entregó total­mente.

            Estas notas de María estamos nosotros llamados a reprodu­cir en nuestra vida: ser serviciales, creyentes y fiarnos de Dios en todo momento y circunstancia de nuestra vida, tener a Jesús (no en nuestro vientre, pero sí en nuestro corazón), y dejarnos guiar constantemente por el Espíritu Santo.

            - La última idea que quiero hoy comunicaros es muy sencilla y a la vez muy importante, pero la voy a ilustrar con un cuen­to. Se titula ‘el zapatero al que Jesús visitó tres veces’:

“Martín era un humilde zapatero de un pequeño pueblo de montaña. Vivía solo. Hacía años que había enviudado y sus hijos habían marchado a la ciudad en busca de trabajo.

Martín, cada noche, antes de ir a dormir leía un trozo de los evangelios frente al fuego del hogar. Aquella noche se despertó sobresaltado. Había oído claramente una voz que le decía. ‘Martín, mañana Dios vendrá a verte’. Se levantó, pero no había nadie en la casa, ni fuera, claro está, a esas horas de la fría noche...

Martín se levantó muy temprano, barrió y adecentó su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle.

Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente y lo hizo entrar en su casa para que se calentara un rato junto al fuego. Le dio una taza de leche caliente y le preparó un paquete con pan, queso y fruta para el camino, y le regaló unos zapatos.

Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar.

Como ya era mediodía, los sentó a la mesa y sacó el puchero de la sopa que había preparado por si Dios se quería quedar a comer. Además, fue a buscar un abrigo de su mujer y otro de uno de sus hijos y se los dio para que no pasaran más frío.

Pasó la tarde y Martín se entristeció, porque Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta y se giró alegre creyendo que era Dios. La puerta se abrió con algo de violencia y entró dando tumbos el borracho del pueblo.

– ¡Sólo faltaba este! Mira, que si ahora llega Dios... (se dijo el zapatero)

– Tengo sed (exclamó el borracho)

Y Martín acomodándolo en la mesa le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con los restos de la sopa del mediodía.

Cuando el borracho marchó ya era muy de noche. Y Martín estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego del hogar. Tomó los evangelios y aquel día los abrió al azar. Y leyó: ‘Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste... Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hiciste...’ Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Y Martín, aquella noche, se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo...”

            MORALEJA DEL CUENTO: Dice Jesús: “Si acogéis a cualquiera de estos mis hermanos, por pequeño que sea, me acogéis a mí”.

Esto no es un cuen­to. En estas Navida­des yo os anuncio que vais a recibir la visita de Jesús, estad atentos y no le despachéis de mala ma­nera o le dejéis de lado.