jueves, 25 de octubre de 2018

Domingo XXX del Tiempo Ordinario (B)


28-10-2018                 DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            En el evangelio de hoy se nos narra que un ciego estaba al borde del camino. Él no podía ver. Cerremos los ojos e imaginemos que, ahora que estamos en la iglesia, tenemos que volver así, sin ver nada, y solos hasta nuestra casa. ¡No sé si seríamos capaces!
            Bartimeo era ciego. En aquel tiempo no tenía la organización de la ONCE, ni la seguridad social, ni nada por el estilo para vivir dignamente. Su única solución para vivir era pedir por los caminos o a las entradas de las ciudades y pueblos. Él había oído hablar de Jesús: le habían dicho que curaba a los cojos, a los mudos, a los leprosos y hasta a algún ciego. Un día oye que pasa cerca de él mucha gente y, de momento, se pone contento. ¿Por qué? Porque cuando pasa gente es siempre más fácil que le suelten alguna limosna de más. Pero oye demasiado ruido; le extraña y, como no ve, pregunta qué es lo que está pasando. Entonces le dicen que es Jesús el Nazareno, el que hace milagros. En ese momento Bartimeo se olvida de sus limosnas y dineros, y se pone a dar gritos: “Hijo de David, ten compasión de mí”. La gente alrededor le dice que se calle, que no alborote, que no les deja oír lo que está diciendo Jesús, pero a él no le importa que le riñan o que le peguen, y grita más fuerte: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”, una y otra vez, hasta que Jesús le escuchó.
            ¿Por qué Bartimeo llamaba “Hijo de David” a Jesús? Cuando Dios creó a nuestros primeros padres (Adán y Eva), estos estaban en el paraíso, allí pecaron y fueron expulsados, pero al ser expulsados Dios les prometió un salvador, alguien que les volvería a llevar otra vez al paraíso, al cielo. Pasados muchos años hubo un rey en Israel, que se llamaba David. Este hizo muchas cosas buenas por Dios y entonces Dios le prometió que un día nacería un descendiente suyo que sería el salvador de todos los hombres. David tuvo un hijo que se llamó Salomón, Salomón tuvo un hijo y éste otro hijo, y éste otro hijo, y así hasta que, unos 800 años después del rey David, nació Jesús, que era descendiente de David. Jesús era el prometido por Dios a Adán y a Eva para llevar a la gente al paraíso, al cielo; Jesús era el prometido al rey David para salvar a todos los hombres. Por eso Bartimeo llamaba a Jesús como “Hijo de David”.
            Siempre ha habido hombres, mujeres, niños, ancianos que, cuando han estado en peligro, han gritado a Jesús para que los salvara. Como el buen ladrón que, en la cruz, decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, cuando llegues al paraíso. Pero, cuando gritemos, clamemos, lloremos a Dios, ¿Él nos escuchará? En este sentido el salmo 125 nos dice que sí. Este salmo fue compuesto por un creyente que experimentó en sus propias carnes el dolor, el desamparo, el abandono, las lágrimas. Por eso dice el salmo que se llevaba la semilla llorando, que se sembraba entre lágrimas. Pero luego todo cambió y para bien. Fijaros de qué modo más precioso y poético lo describe el salmista:
“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión[1],
nos parecía soñar;
La boca se nos llena de risa,
la lengua de cantares.
Hasta los gentiles decían:
‘El Señor ha estado grande con ellos’.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes de Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas”.
            Y la respuesta a cada párrafo del salmo por nuestra parte es ésta: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.
            Pero, ¿por qué Dios, por qué Jesús tendría que pararse ni siquiera un segundo a escuchar nuestros problemas, a posar sus ojos sobre nosotros, a tocar nuestro cuerpo ansioso de cariño y de afecto y de amor? La respuesta la tenemos en la segunda lectura de hoy: Porque Jesús ha asumido las funciones del Sumo Sacerdote, es decir, de aquel que está puesto en medio de los hombres y a favor de estos, para pedir por el perdón de sus pecados, para sentir compasión (padecer con) de los débiles, de los que sufren, de los atormentados, de los abandonados, de los faltos de cariño….
            En esta Misa de hoy y con este evangelio que acabamos de escuchar debemos de sacar la certeza de que, cada vez que desde lo profundo de nuestro ser y de nuestra alma, gritemos una y otra vez: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” o algo parecido, Jesús va a escucharnos, y va a decirnos igual que dijo a Bartimeo: “Llamadlo [...] ¿Qué quieres que haga por ti? [...] Anda, tu fe te ha curado”. Pero como dice Jesús, cuando le gritemos y le supliquemos debemos hacerlo con mucha fe, sin desfallecer, sin perder la esperanza, y así él nos podrá decir: “Anda, tu fe te ha curado”.
            No puedo terminar sin deciros que Jesús actúa directamente ante tantas personas que sufren, pero sobre todo Él actúa a través de otras personas a favor de estas personas que sufren. En nombre de Dios os pregunto: ¿Queréis ser vosotros a partir de hoy el “jesús” (con minúscula) del Jesús (con Mayúscula)? Que cómo hacerlo. Es muy fácil: haced el bien sin mirar a quién. Ejemplo tonto de felpudos: en mi bloque la limpiadora barre la escalera y friega el suelo y deja los felpudos arrimados a la pared. Si no se ponen ante la puerta, los de fueran puede colegir que no hay gente en el piso y pueden entrar a robar. Yo los pongo siempre en su sitio. Cuando los demás llegan, no lo hacen y yo tengo la idea de hacer lo mismo, pero al final los pongo, porque no puedo entrar en la rueda del egoísmo, del “ojo por ojo”, y lo que importa es que lo vea Dios.
            ¡Que Dios nos bendiga en nuestra misión del “jesús” de Jesús!


[1] El término Sión hace referencia a Jerusalén y este contexto a todo el pueblo de Israel.

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