jueves, 7 de abril de 2016

Domingo III de Pascua (C)



10-4-2016                              DOMINGO III DE PASCUA (C)

            - Los discípulos de Jesús de Nazaret, los discípulos del Crucificado, después de aquellos días trágicos de la pasión y muerte en Jerusalén, incluso después de aquella primera alegría de haberle reencontrado vivo, resucitado, regresan a su tierra (como nos narró el evangelio de san Lucas con los discípulos de Emaús), vuelven a su mar y a su trabajo de pescadores (como nos narra el evangelio de hoy). Los discípulos de Jesús vuelven poco a poco a su anterior vida cotidiana.
            Es como que los discípulos de Jesús se sienten huérfanos, desvalidos, desconcertados. Ellos habían seguido a Jesús, probablemente sin haberle entendido del todo –quizá habiéndole entendido más bien poco-; ellos habían ido queriéndole, muy sinceramente (aunque a veces, como en las tres negaciones de Pedro, muy cobardemente); ellos, poco a poco, habían ido descubriendo en Jesús, en el hijo del carpintero, aquel que era el Mesías del Reino, el Hijo de Dios, su  “jefe y salvador”. Es decir, su Señor.
            Pero ahora, después del fracaso y el escándalo de su crucifixión, incluso después de  aquellas “apariciones” esporádicas de Jesús vivo, no sabían qué hacer. Por eso los evangelios nos cuentan cómo algunos discípulos retornan a su vida normal. Vuelven a pescar, vuelven a sus casas y a sus actividades de antes. Regresan a las actividades de hace tres años, aunque conservando en su corazón una llama de esperanza.
            Aquellos discípulos tenían una llama de esperanza, de fe, de amor hacia su “jefe y salvador”. Pero no sabían dónde buscarle, no sabían dónde encontrarle. Quizá como nos sucede a nosotros. Tenemos en nuestro corazón esperanza, amor y fe en Jesús. Pero no sabemos dónde buscarle, no sabemos dónde encontrarle. Dice el evangelio de Juan que, cuando salieron a pescar, “aquella noche no cogieron nada”. Como nosotros, parece que nada conseguimos, parece que nada avanzamos en nuestra vida. Es como si estuviéramos solos en nuestra barca, solos de noche en la barca, y nada podemos pescar.
- En el año 2012, siendo aún Papa Benedicto XVI, éste fue a México y habló del “cansancio de la fe”. Dijo entonces el Papa que hay en nosotros una fe “superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente” y exhortó a los cristianos a no ceder a esa tentación y a superar “el cansancio” de la fe. Contaba el Papa a los fieles de México lo siguiente: “El encuentro en África[1] con la gozosa pasión por la fe ha sido de gran aliento. Allí no se percibía ninguna señal del cansancio de la fe, tan difundido entre nosotros, ningún tedio de ser cristianos, como se percibe cada vez más en nosotros. Con tantos problemas, sufrimientos y penas como hay ciertamente en África, siempre se experimentaba sin embargo la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar”. También habló el Papa en aquel momento de la experiencia gratificante de del encuentro de jóvenes católicos en Madrid. Decía él: “La magnífica experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, ha sido también una medicina contra el cansancio de creer”.
Ahora quisiera plantear dos preguntas. Primera pregunta: ¿Por qué se da en nosotros, los católicos de Europa, “el cansancio de la fe”? ¿Por qué nos aburre rezar, acudir a la Misa, llevar una vida cristiana día a día? ¿Por qué, sin embargo, en África o en Asia o en los países árabes los católicos no tienen este “cansancio de la fe”, sino que, a pesar de tener tantas dificultades (muchísimas más que nosotros), como decía el Papa Benedicto XVI, estos católicos experimentan la alegría de la fe, están sostenidos por la felicidad interior de conocer a Jesús y de pertenecer a la Iglesia? A la hora de contestar a esta pregunta me vino a la mente la siguiente frase de san Pablo en la segunda carta a los corintios: “El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará” (2 Co. 9, 6). Por eso, preguntaba el otro día al terminar la Misa de La Roda cuántos sacos de patatas se sacaban de plantar un saco de patatas. Creo que la gente se sorprendió de mi pregunta. Quizás alguno pensó que yo quería dedicarme a la siembra, cosecha y venta de la patata. ¡Nada de eso! Es que se me ocurrió este ejemplo: habitualmente sembrando 25 Kg de patatas normales y en una cosecha normal se sacan unos 400 ó 500 Kg de patatas. Lo que a nadie se le ocurre es, plantando 1 kg de patatas, pretender cosechar 2.000 kg de patatas. ¿Por qué digo esto? Pues porque, en el ámbito de la fe, entiendo que sembramos muy poco y por eso cosechamos muy poco. Como decía san Pablo: “El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará”. Nuestro cansancio de la fe en Europa, en España, en Asturias… proviene del hecho de que nos damos muy poco a Dios y de modo rutinario, y por eso cosechamos poca fe y padecemos “el cansancio de la fe”, que denunciaba el Papa.

Los católicos de África, los católicos de Asia, los católicos de los países árabes siembran generosamente y por eso cosechan generosamente y no tienen cansancio de la fe, sino que experimentan la alegría de la fe, están sostenidos por la felicidad interior de conocer a Jesús y de pertenecer a la Iglesia.
Segunda pregunta: ¿Hay alguna medicina contra este “cansancio de la fe”? Pues nos la indica el Papa Benedicto XVI en cinco puntos:
1º) Sentirnos parte de una gran familia: “En la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid[1] se ha vivido una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia. Esto es lo que ha impresionado de inmediato a los jóvenes y a todos los presentes: venimos de todos los continentes y, aunque nunca nos hemos visto antes, nos conocemos. Hablamos lenguas diversas y tenemos diferentes hábitos de vida, diferentes formas culturales y, sin embargo, nos encontramos de inmediato unidos, juntos como una gran familia. Se relativiza la separación y la diversidad exterior”.
2º) Darnos a los demás: “Una de las experiencias más importantes de aquellos días ha sido para mí el encuentro con los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud: eran alrededor de 20.000 jóvenes… al final, estos jóvenes estaban visible y ‘tangiblemente’ llenos de una gran sensación de felicidad… Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio ‘yo’”.
3º) Adorar: “Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hyde Park, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante Él… Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor”.
4º)  El Sacramento de la Penitencia: “Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo. Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto”.
5º) La alegría: La alegría de los millones de jóvenes en Madrid, como en todas las Jornadas Mundiales de la Juventud, ha sido muy resaltada por los Medios de Comunicación: “¿De dónde viene? ¿Cómo se explica? Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido… Sólo la fe me da la certeza: ‘Es bueno que yo exista’. Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro”.

[1] Este verano será en Polonia.


[1] El Papa Benedicto XVI había estado hacía poco tiempo visitando los católicos de algunos países africanos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi querido cura de Tapia,

Yo creo que el tener tantas facilidades para nuestras prácticas religiosas hace que nos volvamos perezosos y hasta caprichosos, tenemos un montón de Iglesias a las que acudir, muy cerca de nuestras casas; tenemos misas y digo misas, en plural, todos los días, los domingos, aún más. No digo que esto ayude al cansancio de la fe porque la fe, ciertamente, se tiene o no se tiene, pero sí que favorece la indolencia.
En lo que sí estoy de acuerdo es en que habrá de hacerse una buena preparación de la tierra y una siembra generosa si queremos una cosecha generosa, pero te ruego que se lo aclares a los feligreses de La Roda pues más de uno estará pensando: “¿pero este hombre tiene tiempo para atender una huerta?”.

Gracias por tu generosa siembra.

Feliz Pascua de Resurrección para cada un@

Milagros dijo...

Al meditar esta homilia me preguntaba a mí misma el porqué del cansancio de la fe que a veces podemos experimentar y la respuesta me llegó de lo que ayer nos dijo en la formacion de laicos. Vamos a la oracion, a la Misa, a todo lo que se refiere a Dios a "hacer" y no a "recibir". Si cambiamos el chip y nos ponemos en actitud de recibir, entonces nuestra fe cambiaría. Llenaría nuestras vidas y se llenaría de esperanza. Gracias, Andres, por la siembra que hace en nuestras vidas. Vd. recibe el abono y lo siembra en el campo que le ha sido asignado, ojalá caiga en terreno bueno y dé mucho fruto.

Feli dijo...

¿Por qué sobre todo la juventud europea,carece del acercamiento y de la alegría que nos trasmite la fe? creo que en gran medida es que lo tienen todo,diría que demasiado,entonces ¿para que quiero a Dios?,no me hace falta,quizás en mi bienestar me ponga normas y sacrificios y paso de todo.Por eso muchas veces nos acordamos de Él cuando tenemos un problema de difícil solución.Creo que el que vive esa alegría,tiene la felicidad completa,.Por eso el que siembra recoge,como la multiplicación de las patatas,de 25 kls puedes sacar 500 .Pero se necesita abono,apartar las malas hierbas,para que no invadan la cosecha,y con el trabajo y el cuidado,la cosecha es fructífera .Bueno amig@s que vivamos Y trasmitamos esa alegría .Un abrazo

Ana dijo...

Buenas tardes ... Me has dejado pensando con tus palabras ... Meditare esta semana ¿porque el cansancio de la fe ? El porque aveces perdemos la esperanza ....el porque aveces oramos como de memoria .... Me has dejado mucho que pensar
Muchas gracias