jueves, 12 de febrero de 2015

Domingo VI del Tiempo Ordinario (B)



15-2-2012                              DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO (B)
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Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            ¿Con qué frecuencia os confesáis? ¿Con qué frecuencia pedís perdón a Dios de vuestros pecados? ¿Con qué frecuencia pedís perdón a los demás del mal realizado?
            ¿Por qué saco este tema hoy en la homilía? Pues tengo dos motivos: el primero es que el salmo responsorial me da pie para ello. En efecto, dice el salmo así: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’ y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.
            El segundo motivo es un modo de comportarse que veo en estas parroquias del concejo de Tapia de Casariego y que causan en mí un cierto estupor. Veo que, semana tras semana, en las Misas venís a comulgar y, sin embargo, confesáis muy pocas veces. Quizás es que no veáis en vosotros ningún pecado confesable. También observo que hay fieles que faltan regularmente a Misa o en ciertas ocasiones (y me consta que no es porque no puedan venir), pero en la Misa a la que acuden se acercan a comulgar sin haber confesado previamente, por ejemplo, sin haberse confesado de haber pecado contra el tercer mandamiento de la Ley de Dios: “Santificarás las fiestas”. Finalmente, me llama la atención que celebre yo funerales y aniversarios, y familiares y amigos del difunto se acerquen a comulgar, cuando me consta que ellos ni vienen a Misa regularmente, ni se han confesado, ni llevan una vida regular de práctica de la fe. Recuerdo que hacia 1994 estuve un verano en una parroquia alemana (Santa Margarita de Wadersloh) dando vacaciones al párroco. También allí los fieles alemanes venían casi todos (o todos) a comulgar, pero ninguno se confesaba nunca. El templo se llenaba a rebosar en cada Misa. Entonces decidí predicar unos cinco fines semana seguidos sobre el pecado y sobre la confesión, e igualmente puse unos horarios de confesión a lo largo de la semana. El éxito que tuve fue arrollador: ¡Sólo logré que se confesara una señora de unos 85 años! No obstante, yo quedé encantado de la experiencia: había visto una situación concreta, aquello me había revuelto interiormente, me puse manos a la obra y sembré como mejor supe y pude. Lo demás corrió de cuenta de Dios y de la conciencia de cada uno.

            Pues también en el día de hoy quiero hablaros del perdón de Dios, de la cercanía de Dios y en esta homilía voy a hacerlo a través de un escrito que llegó a mis manos hace ya unos 8 años. Ahí va:
“EL PODER DEL PERDÓN
 He titulado así este comentario, porque creo que refleja muy bien lo que quiero contar.
Me he educado en una familia y colegio católicos. Quiere esto decir que he tenido contacto con sacerdotes, y con ellos me he confesado. No sé si fui yo o ellos los que lograron crear en mí la idea de: sacerdote = juez. Esto hizo que temiera y mitificase la confesión; no era para mí ‘un plato de gusto’, con lo que la frecuencia se iba haciendo cada vez más esporádica.
Siempre creí conveniente, cuando fui más madura, la confesión con una misma persona, pues el conocimiento me parecía fundamental, ya que intuía que la confesión en sí, no se podía presentar solamente como una enumeración de pecados (delito), y después de una ‘reprimenda’, la penitencia (pena). Así planteado, lo hacía frío y poco apetecible para mí, aún cuando siempre salía mejor que entraba, todo hay que decirlo.
Pero un día Dios me regaló a un sacerdote como director espiritual (esta figura no era desconocida para mí, pero nunca lo había tenido). Con el buen hacer de este sacerdote se ha desmoronado la idea que había tenido, tanto del sacerdote, como de la confesión. He ido profundizando en la fe y he logrado hacer las confesiones que siempre había idealizado… Además descubrí por experiencia (ya sabía la teoría) que la penitencia es un sacramento ‘a tres’: Nuestro Señor, el sacerdote y el penitente.
Después de todas estas apreciaciones, fui notando que mí espíritu se reconfortaba grandemente al confesar; era casi algo físico o, sin casi, claramente experimentaba un bienestar espiritual que hacía que ‘toda’ yo se sintiera bien. Así, lo que primero temía, fui añorándolo mes a mes. Confesar empezó a ser una necesidad. Mi conciencia fue cada vez más crítica y escudriñadora, pero, no temáis, sin perder la serenidad. En resumen, era como si me quitara un peso de encima y partiera de cero otra vez. Esto me hacía sentirme relajada y alegre. Pienso que hasta aquí todo es normal.
Lo que, pienso yo, empieza a ser más profundo ha surgido después. He notado que acercarme a confesar ejerce sobre mí un poder indescriptible. No, no os cuento lo mismo. Ahora siento que oír al sacerdote decir: ‘tus pecados te son perdonados, puedes ir en paz’, y recibir la bendición, se va convirtiendo en una necesidad para mí alma, aunque nada haya enturbiado mi tranquilidad de conciencia. ¡Qué fácil es ahora confesar¡ El día de Pentecostés, después de haber pedido que se realizaran en mí las maravillas del Espíritu Santo, mis pies, sin contar conmigo, me llevaron ante el confesionario, y allí pude experimentar claramente lo que os he contado. El sacerdote se extrañó, pues hacía tres días de mi última confesión, pero mí espíritu necesitaba oír las palabras de perdón que el sacerdote dice en nombre de Dios. Salí ligera, alegre, en paz…
Espero que esta humilde experiencia, pueda ayudar a quién, como yo antes, se sienta temeroso ante el sacramento de la penitencia. No hay miedo ni vergüenza… El Señor conoce hasta el mínimo pliegue de nuestra alma y las intenciones de nuestro corazón… Nos hizo hijos suyos y Dios Padre, ante el arrepentimiento, siempre perdona y nos devuelve la paz…
Un cariñoso abrazo. N” (junio de 2007).


El 23 de noviembre de 2013 el Papa Francisco tuvo una Audiencia General en el Vaticano y habló sobre el sacramento del perdón y dijo cosas como éstas: “Yo voy al hermano sacerdote y digo: ‘Padre, he hecho esto…’ Y él responde: ‘Yo te perdono; Dios te perdona’. En ese momento yo estoy seguro de que Dios me ha perdonado. Y esto es hermoso, esto es tener la seguridad  de que Dios nos perdona siempre, no se cansa de perdonar. Y no debemos de cansarnos de pedir perdón […] También los  sacerdotes deben confesarse, también los obispos: todos somos pecadores. También el Papa se confiesa cada quince días, porque incluso el Papa es un pecador. Y el confesor escucha las cosas que yo le digo, me aconseja y me perdona, porque todos tenemos necesidad de este perdón”.
De momento y por hoy, no os digo más. El próximo domingo comenzaremos con la Cuaresma y se hablará más de estos temas.


6 comentarios:

Feli. dijo...

La confesión reconforta,sales con un sentimiento de esperanza y alegría inmensa,eso ya lo sentía yo ,desde pequeña,es verdad que también hay que contar con la suerte que tengas con el confesor,pero de todas formas,me renuevo,y mi Jesús ,al que yo tanto quiero,intenta hacerme más cercana,más humana,y dar alegría al que está triste.Ya digo que lo intenta,porqué soy débil, y caigo muchas veces,pero para eso está su perdón.Respecto a la gente de Tapia,muchos de ellos se acostumbraron a la confesión comunitaria,y otra mucha,dice,ni robo ni mato,y ya está.No es crítica,a mi me pasó hace tiempo con la confesión comunitaria,cuando la quitaron no me gustó.De todas formas ,si no estaba en paz conmigo mismo no comulgaba.

Chony dijo...

Creo que hacía falta abordar este tema, pues a mi también me llama la atención el ver la cantidad de gente que se acerca a comulgar; hoy sin ir mas lejos, había cinco personas para repartir la comunión, y aún así se formaban largas colas. ¡¡Que estupendo, si todos nos acercamos , debidamente preparados, sabiendo que es lo que se nos da, ansiando que el Señor venga a nosotros y con nosotros permanezca!!.
Pero no es menos cierto que, se ve muy poca gente confesando; y esto si es mas llamativo si cabe. Pienso que se ha perdido la conciencia de pecado; o quizás hemos convertido la Eucaristía en una rutina, y hacemos como dice ese refrán: donde vas Vicente, donde va la gente; si otros se acercan, porqué yo no? Los que solo asisten en contadas ocasiones, creo que por lógica, no tienen mucha idea de lo que allí se celebra.
Es cierto que, no tiene mucho sentido que te inviten a una cena y te quedes sin cenar; pero también es cierto que, cuando aquello ocurre, bien sabemos arreglarnos y prepararnos adecuadamente para el evento.
Yo solo se una cosa, que aún cuando me acabe de confesar, no me siento digna de recibir en mi "casa" a Jesús, a Dios. El es demasiado grande para venir a mi pequeñez, a mi casa, mas bien choza, diría yo, en la cual sin duda aún quedarán rincones escondidos y apartados que no he sabido "limpiar" adecuadamente.
También muchas veces habremos oído decir : yo ni robo ni mato, así que, que pecados voy a tener; y a mi se me ocurre contestar, pues entonces por ti no ha muerto el Señor, no ha venido a salvarte, ya que tu puedes hacerlo solit@
Y esa persona que ni roba ni mata, es muy posible que no se hable con un hermano, con una vecina; que se pase el día murmurando y sacando a la luz, los defectos y debilidades de otros ¿Acaso esta persona no está matando? no está echando por tierra la reputación y el honor de un semejante? haciendo que los demás puedan rechazarlo y mirarlo con recelo?
El pecado tiene muchos nombres, y hemos de descubrirlos y darnos cuenta del daño que nos hacen a nosotros mismos y a nuestros hermanos.

Chony dijo...

Esto lo enlazo con las lecturas de hoy, con el evangelio, que si recordáis nos habla de un episodio, muy duro y complicado; una enfermedad, la lepra. Mas o menos todos habréis escuchado en alguna ocasión en que consistía esta enfermedad, y las consecuencias que tenía para aquellos que la padecían. No voy a estenderme aquí hablando de esto, pero solo voy a decir que, aquellas personas eran apartadas de la sociedad, vivían, casi casi como animales, sin higiene, vestidos con harapos, y sin poder acercarse al resto de la gente, avisándoles incluso de su presencia, tocando una campana y gritando ¡¡impuro, impuro!! para que nadie se acercara.
Bien, en lo que yo me he fijado en este evangelio, ha sido en dos cosas; una, reconocer el arrojo de aquel hombre enfermo y desauciado que busca un remedio para su mal, porque reconoce que el no puede hacer nada, no le es posible salir de aquella situación; sin duda ha escuchado el nombre de Jesús, y de las curaciones que hacía, y dejando su orgullo y miedo atrás, se acerca al Señor y le dice: Si quieres puedes limpiarme, Reconoce que necesita ayuda, y confía en quién se la puede prestar.
Segunda cosa, la actitud de Jesús ante aquel enfermo que suplica; El Señor sintió lástima, nos dice el evangelio. Creo yo que sin duda antes su mirada se posó sobre quién reclamaba su atención, vio a aquel hombre angustiado y desfigurado, suplicante, se abajó hasta el, y digamos que se metió en su piel, y sintió su dolor, su angustia, su sufrimiento, "y sintió lástima" le amó profundamente, sin temor al contagio, al rechazo por parte de los presentes, nos dice que "le tocó" y aquel contacto con la mano de Jesús, sanó al enfermo, le purificó, le santificó.
Esto es lo que ocurre con el sacramento de la reconciliación; nosotros somos los leprosos, porque tenemos pecados, y necesitamos ser conscientes de que es así, y de que necesitamos ser curados; En la persona del sacerdote nos espera Cristo, que nos mira con cariño, que no nos rechaza ni tiene asco de nuestras "enfermedades" y que está deseando tocarte, acariciarte besarte, y decirte "queda limpio" maravillosa transformación, entramos con un corazón "podrido" por nuestros pecados, y salimos sanos, limpios, confortados, purificados, y habiendo sentido la caricia del Señor.
Buena semana a todos, amigos.
BENDITO SEA DIOS

Anónimo dijo...

Buenos días, Andrés.
Hoy la lectura del profeta Jeremías, dice : " cuando escuchaba tus palabras, las devoraba. Tus palabras eran la alegría y el gozo de mi corazón". Confieso que a mi me pasa así cuando escucho mas que hablo, cuando dejo espacio al "silencio" para que sea Presencia, y también con tus homilías, mas con unas que con otras, claro esta. Depende de mi disposición.
Ayer, di gracias en especial al Señor, por tu libertad, y porque a través de tus palabras he podido medir un poco mi capacidad de perdón y revisar la frecuencia de mis confesiones.
No ha dejado indiferente seguro a nadie por el fondo y por la forma. ¡¡Ole por la valentía de decir las cosas al pan pan y al vino, vino!!.

Seguro, pensaras: " .....eso ya me lo dijo el diablo". No son adulaciones. Es la alegría que nos produce a mi marido y a mi, y la fuerza para también nosotros aprender a decir las cosas con caridad y libertad.

Pepitina dijo...

¡Qué bien ha descrito, la anónima amiga, tu homilía! Yo no sabía que adjetivo poner...¡claridad!, porque siempre eres clarísimo¡¡!! pero no me convencía: CARIDAD Y LIBERTAD. ¡SÍ SEÑOR!! qué acertada expresión para tu predicación, Pater. En esta homilia y en general..
Doy gracias a Dios por los Dones que te regala y revierten en Su Pueblo, através tuyo. Y le agradezco los dones que reparte a quienes se acercan al Blog poniendo nombre y adjetivos que nos hacen reflexionar sobre ello.Si hablásemos siempre con caridad y libertad....qué bien nos iría.
Respecto a la Confesión,además del perdón y la gracia, al igual que los demás sacramentos, nos lleva al Encuentro con Jesús; es algo que me llena de ternura.
Buen finde a todos.

Rocío - Salinas dijo...

Siempre me ha molestado mucho ver a las personas como se acercan a comulgar sabiendo yo que nunca van a Misa solo para celebraciones como funerales,bodas y por
supuesto no confiesan.
He sentido en mí una voz que me decía: Dios tiene misericordia. Son tidos hijos suyos. Dios está por cencima del pecado.
Sí, así es. Pero reconozco que nosotros laicos, catequistas, religiosas, sacerdotes, debemos defender y proteger al Santísimo Sacramento. Es muy difícil para mí decir esto ya que es como so tiviera intención de prohibir a la gente que comulgue. Pero nada más lejos. Quisiera que lo hiciesen sabiendo a quién reciben y que no se quede en tragar hostias.
Me parece muy bien que Andrés una vez más haya dicho lo que tiene que decir. Espero que tomen ejemplo sus superiores y compañeros. Al igual que todos nosotros. Con las cosas de Dios no se juega y no puede haber medias tintas.
Gracias Andrés, nunca firmo cuando hago un comentario, pero esta vez doy la cara para los que me conocen y te digo que "Chapó"
Un abrazo.
Rocío.