Sacerdote de la Archidiócesis de Oviedo (España) Párroco de la UP de san Lázaro del Camino (Oviedo)
sábado, 21 de diciembre de 2019
jueves, 19 de diciembre de 2019
Domingo IV de Adviento (A)
22-12-2019 DOMINGO IV
ADVIENTO (A)
-
El primer domingo de Adviento os propuse que hicierais un plan para este tiempo
como preparación las fiestas del Nacimiento de Jesús, nuestro Señor. No puede
ser que nuestra preparación para la Navidad sea igual que la de las personas
que no tienen fe o que no practican la fe de modo regular.
¿Los
habéis intentando llevar a cabo? Sí ha sido así, seguro que habéis hecho la
vida más agradable a los que os rodeaban; seguro que os habéis sentido mejor
con vosotros mismos; y seguro que Dios ha estado mucho más a gusto dentro de
vuestro ser. ¡Ha merecido la pena!
-
En la primera lectura que acabamos de escuchar se nos presenta la figura del rey Acaz de Israel. Él es
un hombre religioso, que reza, que da culto a Dios, que practica sus leyes,
pero… que no confía en Él. Su fe llega solo a la mente y a los labios, pero no
al corazón ni a su espíritu. Acaz reza, pero no se fía y no pone su vida en
manos de Dios. Para explicar mejor esto voy a narraros una historia que retrata
muy bien la fe de Acaz… y la nuestra, pues en Acaz estamos todos retratados de
algún modo: “Cuentan que un alpinista se
preparó durante varios años para conquistar el Aconcagua. Inició su travesía
sin compañeros, en busca de la gloria solo para él. Empezó a subir y el día fue
avanzando; se fue haciendo tarde y más tarde, y no se preparó para acampar,
sino que decidió seguir subiendo para llegar a la cima ese mismo día. Pronto
oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña y ya no se
podía ver absolutamente nada. Subiendo por un acantilado, a unos cien metros de
la cima, se resbaló y se desplomó por los aires. Caía a una velocidad
vertiginosa; solo podía ver veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma
oscuridad. Seguía cayendo...y en esos angustiantes momentos, pasaron por su
mente todos los gratos y no tan gratos momentos de su vida. Pensaba que iba a
morir, pero de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos...
Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con
candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. En esos momentos
de quietud, suspendido por los aires sin ver absolutamente nada en medio de la
terrible oscuridad, no le quedó más que gritar: ‘¡Ayúdame, Dios mío; ayúdame,
Dios mío!’ De repente una voz grave y profunda desde los cielos le contestó:
‘¿Qué quieres que haga?’ Él respondió: ‘Sálvame, Dios mío’. Dios le preguntó:
‘¿Realmente crees que yo te puedo salvar?’ ‘Por supuesto, Dios mío’. Y Dios le
respondió: ‘Entonces, corta la cuerda que te sostiene’. Siguió un momento de
silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda... Al día siguiente, el
equipo de rescate que llegó en su búsqueda; lo encontró muerto: congelado,
agarrado con fuerza, con las dos manos a la cuerda, y colgado a solo DOS METROS
DEL SUELO... El alpinista no fue capaz de cortar la cuerda y simplemente
confiar en Dios”.
Este alpinista, como Acaz, era religioso y
rezaba a Dios, pero no confiaba en Dios ni se fiaba de Él; por eso, hemos de
decir que el alpinista no creía en Dios. Su fe alcanzaba sólo su cabeza y sus
labios, pero no llegaba ni a su corazón ni a su espíritu. Cuando llegaban
situaciones en las que había que cortar la cuerda (las seguridades que todos
tenemos: una casa, unos bienes materiales, unas razones, una fama…), entonces
no lo hacía. Por eso, por no haber confiado en Dios, por no haberle escuchado,
por no haber cortado la cuerda…, aquel hombre murió congelado a solo dos metros
del suelo.
-
En contrapartida tenemos el caso de san
José, que nos presenta el evangelio que acabamos de escuchar:
* San José era el
novio de María.
* A él no le fue
anunciado el embarazo de su novia por obra del Espíritu Santo.
* Lo tuvo que
descubrir él solo. Debió de ser un golpe muy duro para san José: él que estaba
totalmente enamorado de su novia; él que siempre había confiado en María; él
que habría puesto la mano en el fuego por María…, y ahora se veía traicionado
por ella. Porque, si ella estaba embarazada, se debía únicamente a que le había
engañado con otro hombre, se había acostado con otro hombre…
* Pero, en medio de
esta tremenda desilusión y de este gran sufrimiento, san José no actuó con
precipitación ni despecho. La semana pasada, el 13 de diciembre, celebrábamos a
santa Lucía. Ella fue comprometida en matrimonio por su madre con un chico.
Cuando Lucía logró que su madre deshiciera aquel compromiso, pues quería
dedicarse por entero a Dios, el novio fallido la denunció ante las autoridades
romanas por ser cristiana[1], y Lucía fue martirizada:
la intentaron quemar viva, le arrancaron los ojos, y la decapitaron,
finalmente. Sin embargo, san José no quiso reaccionar contra María con despecho
ni con venganza. Dice el evangelio que José “era
justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto”.
* Cuando todo se
aclara, san José acepta la nueva situación de María y confía en Dios y en su
novia. San José ya no se queja ni duda. Simplemente dice SÍ.
* Desde ese momento san José ya no vivirá más
para sí mismo, sino que vivirá para María y para su Hijo, para Dios y para los
hombres.
*
San José ha descubierto su misión en la vida y está dispuesto a llevarla a
cabo.
*
San José cortó la cuerda que le sustentaba en el precipicio de la vida, porque
confió en Dios, y vivió y nos hizo vivir a nosotros por medio del Niño nacido
en Belén.
Conclusiones:
-
Satanás, si le preguntamos si creía en Dios, nos dirá que sí. El problema es
que no basta con creer en Dios; hay que fiarse de Dios. Y Satanás no lo hizo.
Acaz y el montañero eran creyentes, pero no se fiaban de Dios. Los que estamos
aquí somos creyentes, pero hemos de dar un paso más: fiarnos de Dios.
-
No basta con cortar la cuerda una vez. Cada día tenemos que estar cortando la
cuerda, fiándonos de Dios. Cuando nos levantamos y salimos de casa con frío y
cansancio para venir a Misa los domingos, es una forma de cortar la cuerda, de
fiarse de Dios.
-
Voy a regalar a cada feligrés por Reyes un cuchillo para cortar cuerdas. Pero ¡¡¡hay
que usarlo!!!
[1] Este novio contaba con
administrar la gran dote de Lucía, pues era muy rica, pero, al deshacerse el
compromiso, se quedaba sin ese dinero, sin esas tierras, sin esas posesiones, y
reaccionó con rencor.
viernes, 13 de diciembre de 2019
miércoles, 11 de diciembre de 2019
Domingo III de Adviento (A)
15-12-2019 DOMINGO III
ADVIENTO (A)
Estamos
ya en el tercer domingo de Adviento. A esta celebración se le denomina “el
domingo de la alegría”. La alegría es un signo de felicidad, pero ¿de dónde
procede la felicidad? ¿Quién es feliz?
¿Cómo podemos ser felices?
-
Hace un tiempo recibí un correo electrónico con un archivo adjunto. Dicho
archivo decía así: “En cierta ocasión, durante un seminario para
matrimonios, le preguntaron a una mujer: -'¿Te hace feliz tu esposo?
¿Verdaderamente te hace feliz?’ En ese momento el esposo levantó ligeramente el
cuello en señal de seguridad; sabía que su esposa diría que sí, pues ella jamás
se había quejado durante su matrimonio. Sin embargo, la esposa respondió con un
rotundo: - 'No, no me hace feliz'. Y
ante el asombro del marido continuó: - 'Él no me hace feliz. ¡Yo soy feliz! El que yo sea feliz o no, eso no depende de
él, sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad.
Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues, si
mi felicidad dependiera de alguna
persona, cosa o circunstancia sobre la faz de esta tierra, yo estaría en serios problemas. Todo
lo que existe en esta vida cambia continuamente: el ser humano, las riquezas,
mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista
interminable. A través de toda mi vida he aprendido algo: he decidido ser feliz y lo demás lo llamo
'experiencias': amar, perdonar, ayudar, comprender, aceptar, escuchar,
consolar. Hay gente que dice: -
No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace
mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme,
porque alguien no me valoró. Pero lo
que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga
calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque
alguien no te amó, o no te haya valorado. ¡¡¡SER FELIZ ES UNA ACTITUD ANTE LA VIDA QUE
CADA UNO DECIDE!!!’”
- En una sola homilía no se puede
tratar con detenimiento la
Palabra de Dios que acabamos de escuchar u otros temas, pero
sí que quiero decir algunas palabras, que pueden servirnos de orientación. Este
texto que acabamos de escuchar es propio de los ‘libros de autoayuda’, que son
seguidos por mucha gente y a la vez muy criticados por otra gente. No voy a
entrar en ese debate ahora mismo, pero sí quiero hacer un pequeño análisis del
texto antes leído:
1) Hay partes con las que estoy de acuerdo y otras con las que no.
2) No estoy de acuerdo en que la felicidad del ser humano depende
exclusivamente de uno mismo, sin tener en cuenta a los demás que están
alrededor o a las circunstancias que nos rodean.
3) Por otra parte, sí estoy de acuerdo en que, si mi felicidad depende solo
y exclusivamente de las circunstancias y de las personas que me rodean, mal me
iría.
4) Desde el punto de vista cristiano y evangélico la crítica más fuerte
que hago a toda la filosofía de la autoayuda (reconociendo una serie de valores
positivos) es que dicha concepción de la vida dice que… todo depende de uno
mismo. NO. Para el cristiano el origen de todo bien, de toda alegría, de toda
felicidad, de toda seguridad… es Dios y no uno mismo.
- Cuando en el evangelio de hoy
Jesús responde a los mensajeros de Juan Bautista, les dice así: “los ciegos ven y los inválidos andan; los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los
pobres se les anuncia la Buena Noticia”.
Todas estas afirmaciones son fuente de alegría y de felicidad para los
beneficiarios de estos bienes y para quienes son testigos de ellos. Pero… ¿de
dónde o de quién vienen todos estos regalos? Es el salmo 145 quien nos lo
desvela: “El Señor mantiene su
fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, (el Señor) da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se
doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. (El Señor) Sustenta al huérfano y a la viuda”. Sí, es el Señor quien nos
regala todos los bienes, quien nos da la alegría y quien nos hace felices. Por
eso, la respuesta que hemos dado tras cada estrofa del salmo ha sido ésta: “Ven,
Señor, a salvarnos”. Por lo tanto, no
soy yo quien me salvo, ni quien fabrico mi alegría, ni quien soy feliz por mí
mismo… Es el Señor el origen y la fuente
de todo esto.
Celebramos en estas semanas el
Adviento, es decir, celebramos al Señor que viene a salvarnos. No esperamos que
nos salve y que nos dé la felicidad ni la alegría un hombre, o unas ideas, o
unos bienes materiales, ni siquiera yo mismo. Sino que todo esto lo esperamos
únicamente de Dios y de su Hijo Jesucristo, cuyo nacimiento esperamos y
anunciamos.
- Siendo seminarista escuché por
primera vez un dicho, que entonces no descubrí en toda su profundidad, pero
hoy, pasados ya unos cuantos años, veo más claro cada día. Le decía yo a un
sacerdote que me aburría en la oración, que no la hacía bien, que perdía el
tiempo. Y decía todo esto, porque no sentía nada en la oración. A estas
palabras mías el sacerdote me contestó con el siguiente dicho: “Hay que buscar al Jesús del caramelo y no al
caramelo de Jesús”. ¿Por qué digo esto ahora? Muy sencillo: porque, aunque
siga ciego, inválido, sordo, pobre, preso, hambriento… he de saber que lo más
importante no es que me sean quitadas todas estas enfermedades o todos los
problemas, sino que lo más importante es el mismo Jesús. Y aquí sí que estoy
totalmente de acuerdo con esta parte del texto leído al principio de la
homilía: “Hay gente que dice: - No puedo ser
feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor,
porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien
no me valoró. Pero lo que no sabes es
que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no
tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no
te haya valorado”. Sí, puedo ser feliz, porque es Dios mi
felicidad, mi alegría, mis ojos, mis piernas, mis oídos, mi riqueza, mi
libertad, mi pan…
¡Qué pena tan grande sería que
lucháramos toda nuestra vida por tener los ‘caramelos’ de Jesús o de quien sea,
y no por tener al Jesús de todos los ‘caramelos’!
¡Ven, Señor Jesús!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)