jueves, 19 de diciembre de 2019

Domingo IV de Adviento (A)


22-12-2019                             DOMINGO IV ADVIENTO (A)
Homilía en vídeo
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
            - El primer domingo de Adviento os propuse que hicierais un plan para este tiempo como preparación las fiestas del Nacimiento de Jesús, nuestro Señor. No puede ser que nuestra preparación para la Navidad sea igual que la de las personas que no tienen fe o que no practican la fe de modo regular.
            ¿Los habéis intentando llevar a cabo? Sí ha sido así, seguro que habéis hecho la vida más agradable a los que os rodeaban; seguro que os habéis sentido mejor con vosotros mismos; y seguro que Dios ha estado mucho más a gusto dentro de vuestro ser. ¡Ha merecido la pena!
            - En la primera lectura que acabamos de escuchar se nos presenta la figura del rey Acaz de Israel. Él es un hombre religioso, que reza, que da culto a Dios, que practica sus leyes, pero… que no confía en Él. Su fe llega solo a la mente y a los labios, pero no al corazón ni a su espíritu. Acaz reza, pero no se fía y no pone su vida en manos de Dios. Para explicar mejor esto voy a narraros una historia que retrata muy bien la fe de Acaz… y la nuestra, pues en Acaz estamos todos retratados de algún modo: “Cuentan que un alpinista se preparó durante varios años para conquistar el Aconcagua. Inició su travesía sin compañeros, en busca de la gloria solo para él. Empezó a subir y el día fue avanzando; se fue haciendo tarde y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo para llegar a la cima ese mismo día. Pronto oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña y ya no se podía ver absolutamente nada. Subiendo por un acantilado, a unos cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa; solo podía ver veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma oscuridad. Seguía cayendo...y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos los gratos y no tan gratos momentos de su vida. Pensaba que iba a morir, pero de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos... Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires sin ver absolutamente nada en medio de la terrible oscuridad, no le quedó más que gritar: ‘¡Ayúdame, Dios mío; ayúdame, Dios mío!’ De repente una voz grave y profunda desde los cielos le contestó: ‘¿Qué quieres que haga?’ Él respondió: ‘Sálvame, Dios mío’. Dios le preguntó: ‘¿Realmente crees que yo te puedo salvar?’ ‘Por supuesto, Dios mío’. Y Dios le respondió: ‘Entonces, corta la cuerda que te sostiene’. Siguió un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda... Al día siguiente, el equipo de rescate que llegó en su búsqueda; lo encontró muerto: congelado, agarrado con fuerza, con las dos manos a la cuerda, y colgado a solo DOS METROS DEL SUELO... El alpinista no fue capaz de cortar la cuerda y simplemente confiar en Dios”.
            Este alpinista, como Acaz, era religioso y rezaba a Dios, pero no confiaba en Dios ni se fiaba de Él; por eso, hemos de decir que el alpinista no creía en Dios. Su fe alcanzaba sólo su cabeza y sus labios, pero no llegaba ni a su corazón ni a su espíritu. Cuando llegaban situaciones en las que había que cortar la cuerda (las seguridades que todos tenemos: una casa, unos bienes materiales, unas razones, una fama…), entonces no lo hacía. Por eso, por no haber confiado en Dios, por no haberle escuchado, por no haber cortado la cuerda…, aquel hombre murió congelado a solo dos metros del suelo.
            - En contrapartida tenemos el caso de san José, que nos presenta el evangelio que acabamos de escuchar:
* San José era el novio de María.
* A él no le fue anunciado el embarazo de su novia por obra del Espíritu Santo.
* Lo tuvo que descubrir él solo. Debió de ser un golpe muy duro para san José: él que estaba totalmente enamorado de su novia; él que siempre había confiado en María; él que habría puesto la mano en el fuego por María…, y ahora se veía traicionado por ella. Porque, si ella estaba embarazada, se debía únicamente a que le había engañado con otro hombre, se había acostado con otro hombre…
* Pero, en medio de esta tremenda desilusión y de este gran sufrimiento, san José no actuó con precipitación ni despecho. La semana pasada, el 13 de diciembre, celebrábamos a santa Lucía. Ella fue comprometida en matrimonio por su madre con un chico. Cuando Lucía logró que su madre deshiciera aquel compromiso, pues quería dedicarse por entero a Dios, el novio fallido la denunció ante las autoridades romanas por ser cristiana[1], y Lucía fue martirizada: la intentaron quemar viva, le arrancaron los ojos, y la decapitaron, finalmente. Sin embargo, san José no quiso reaccionar contra María con despecho ni con venganza. Dice el evangelio que José “era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto”.
* Cuando todo se aclara, san José acepta la nueva situación de María y confía en Dios y en su novia. San José ya no se queja ni duda. Simplemente dice SÍ.
* Desde ese momento san José ya no vivirá más para sí mismo, sino que vivirá para María y para su Hijo, para Dios y para los hombres.
* San José ha descubierto su misión en la vida y está dispuesto a llevarla a cabo.
* San José cortó la cuerda que le sustentaba en el precipicio de la vida, porque confió en Dios, y vivió y nos hizo vivir a nosotros por medio del Niño nacido en Belén
 Conclusiones:

 - Satanás, si le preguntamos si creía en Dios, nos dirá que sí. El problema es que no basta con creer en Dios; hay que fiarse de Dios. Y Satanás no lo hizo. Acaz y el montañero eran creyentes, pero no se fiaban de Dios. Los que estamos aquí somos creyentes, pero hemos de dar un paso más: fiarnos de Dios.
 - No basta con cortar la cuerda una vez. Cada día tenemos que estar cortando la cuerda, fiándonos de Dios. Cuando nos levantamos y salimos de casa con frío y cansancio para venir a Misa los domingos, es una forma de cortar la cuerda, de fiarse de Dios.
 - Voy a regalar a cada feligrés por Reyes un cuchillo para cortar cuerdas. Pero ¡¡¡hay que usarlo!!!

[1] Este novio contaba con administrar la gran dote de Lucía, pues era muy rica, pero, al deshacerse el compromiso, se quedaba sin ese dinero, sin esas tierras, sin esas posesiones, y reaccionó con rencor.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Domingo III de Adviento (A)


15-12-2019                             DOMINGO III ADVIENTO (A)
Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Estamos ya en el tercer domingo de Adviento. A esta celebración se le denomina “el domingo de la alegría”. La alegría es un signo de felicidad, pero ¿de dónde procede la  felicidad? ¿Quién es feliz? ¿Cómo podemos ser felices?
            - Hace un tiempo recibí un correo electrónico con un archivo adjunto. Dicho archivo decía así: “En cierta ocasión, durante un seminario para matrimonios, le preguntaron a una mujer: -'¿Te hace feliz tu esposo? ¿Verdaderamente te hace feliz?’ En ese momento el esposo levantó ligeramente el cuello en señal de seguridad; sabía que su esposa diría que sí, pues ella jamás se había quejado durante su matrimonio. Sin embargo, la esposa respondió con un rotundo: - 'No, no me hace feliz'. Y ante el asombro del marido continuó: - 'Él no me hace feliz. ¡Yo soy feliz!  El que yo sea feliz o no, eso no depende de él, sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad. Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues, si mi felicidad dependiera  de alguna persona, cosa o circunstancia sobre la faz de esta tierra, yo estaría en serios problemas. Todo lo que existe en esta vida cambia continuamente: el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista interminable. A través de toda mi vida he aprendido algo: he decidido ser feliz y lo demás lo llamo 'experiencias': amar, perdonar, ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar. Hay gente que dice: - No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró. Pero lo que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no te haya valorado. ¡¡¡SER FELIZ ES UNA ACTITUD ANTE LA VIDA QUE CADA UNO DECIDE!!!’”
            - En una sola homilía no se puede tratar con detenimiento la Palabra de Dios que acabamos de escuchar u otros temas, pero sí que quiero decir algunas palabras, que pueden servirnos de orientación. Este texto que acabamos de escuchar es propio de los ‘libros de autoayuda’, que son seguidos por mucha gente y a la vez muy criticados por otra gente. No voy a entrar en ese debate ahora mismo, pero sí quiero hacer un pequeño análisis del texto antes leído:
1) Hay partes con las que estoy de acuerdo y otras con las que no.
2) No estoy de acuerdo en que la felicidad del ser humano depende exclusivamente de uno mismo, sin tener en cuenta a los demás que están alrededor o a las circunstancias que nos rodean.
3) Por otra parte, sí estoy de acuerdo en que, si mi felicidad depende solo y exclusivamente de las circunstancias y de las personas que me rodean, mal me iría.
4) Desde el punto de vista cristiano y evangélico la crítica más fuerte que hago a toda la filosofía de la autoayuda (reconociendo una serie de valores positivos) es que dicha concepción de la vida dice que… todo depende de uno mismo. NO. Para el cristiano el origen de todo bien, de toda alegría, de toda felicidad, de toda seguridad… es Dios y no uno mismo.
            - Cuando en el evangelio de hoy Jesús responde a los mensajeros de Juan Bautista, les dice así: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Todas estas afirmaciones son fuente de alegría y de felicidad para los beneficiarios de estos bienes y para quienes son testigos de ellos. Pero… ¿de dónde o de quién vienen todos estos regalos? Es el salmo 145 quien nos lo desvela: El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, (el Señor) da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. (El Señor) Sustenta al huérfano y a la viuda”. Sí, es el Señor quien nos regala todos los bienes, quien nos da la alegría y quien nos hace felices. Por eso, la respuesta que hemos dado tras cada estrofa del salmo ha sido ésta: Ven, Señor, a salvarnos. Por lo tanto, no soy yo quien me salvo, ni quien fabrico mi alegría, ni quien soy feliz por mí mismo… Es el Señor el origen y la fuente de todo esto.
            Celebramos en estas semanas el Adviento, es decir, celebramos al Señor que viene a salvarnos. No esperamos que nos salve y que nos dé la felicidad ni la alegría un hombre, o unas ideas, o unos bienes materiales, ni siquiera yo mismo. Sino que todo esto lo esperamos únicamente de Dios y de su Hijo Jesucristo, cuyo nacimiento esperamos y anunciamos.
            - Siendo seminarista escuché por primera vez un dicho, que entonces no descubrí en toda su profundidad, pero hoy, pasados ya unos cuantos años, veo más claro cada día. Le decía yo a un sacerdote que me aburría en la oración, que no la hacía bien, que perdía el tiempo. Y decía todo esto, porque no sentía nada en la oración. A estas palabras mías el sacerdote me contestó con el siguiente dicho: “Hay que buscar al Jesús del caramelo y no al caramelo de Jesús”. ¿Por qué digo esto ahora? Muy sencillo: porque, aunque siga ciego, inválido, sordo, pobre, preso, hambriento… he de saber que lo más importante no es que me sean quitadas todas estas enfermedades o todos los problemas, sino que lo más importante es el mismo Jesús. Y aquí sí que estoy totalmente de acuerdo con esta parte del texto leído al principio de la homilía: “Hay gente que dice: - No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró. Pero lo que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no te haya valorado”. Sí, puedo ser feliz, porque es Dios mi felicidad, mi alegría, mis ojos, mis piernas, mis oídos, mi riqueza, mi libertad, mi pan…
            ¡Qué pena tan grande sería que lucháramos toda nuestra vida por tener los ‘caramelos’ de Jesús o de quien sea, y no por tener al Jesús de todos los ‘caramelos’!
¡Ven, Señor Jesús!