miércoles, 11 de diciembre de 2019

Domingo III de Adviento (A)


15-12-2019                             DOMINGO III ADVIENTO (A)
Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Estamos ya en el tercer domingo de Adviento. A esta celebración se le denomina “el domingo de la alegría”. La alegría es un signo de felicidad, pero ¿de dónde procede la  felicidad? ¿Quién es feliz? ¿Cómo podemos ser felices?
            - Hace un tiempo recibí un correo electrónico con un archivo adjunto. Dicho archivo decía así: “En cierta ocasión, durante un seminario para matrimonios, le preguntaron a una mujer: -'¿Te hace feliz tu esposo? ¿Verdaderamente te hace feliz?’ En ese momento el esposo levantó ligeramente el cuello en señal de seguridad; sabía que su esposa diría que sí, pues ella jamás se había quejado durante su matrimonio. Sin embargo, la esposa respondió con un rotundo: - 'No, no me hace feliz'. Y ante el asombro del marido continuó: - 'Él no me hace feliz. ¡Yo soy feliz!  El que yo sea feliz o no, eso no depende de él, sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad. Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues, si mi felicidad dependiera  de alguna persona, cosa o circunstancia sobre la faz de esta tierra, yo estaría en serios problemas. Todo lo que existe en esta vida cambia continuamente: el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista interminable. A través de toda mi vida he aprendido algo: he decidido ser feliz y lo demás lo llamo 'experiencias': amar, perdonar, ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar. Hay gente que dice: - No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró. Pero lo que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no te haya valorado. ¡¡¡SER FELIZ ES UNA ACTITUD ANTE LA VIDA QUE CADA UNO DECIDE!!!’”
            - En una sola homilía no se puede tratar con detenimiento la Palabra de Dios que acabamos de escuchar u otros temas, pero sí que quiero decir algunas palabras, que pueden servirnos de orientación. Este texto que acabamos de escuchar es propio de los ‘libros de autoayuda’, que son seguidos por mucha gente y a la vez muy criticados por otra gente. No voy a entrar en ese debate ahora mismo, pero sí quiero hacer un pequeño análisis del texto antes leído:
1) Hay partes con las que estoy de acuerdo y otras con las que no.
2) No estoy de acuerdo en que la felicidad del ser humano depende exclusivamente de uno mismo, sin tener en cuenta a los demás que están alrededor o a las circunstancias que nos rodean.
3) Por otra parte, sí estoy de acuerdo en que, si mi felicidad depende solo y exclusivamente de las circunstancias y de las personas que me rodean, mal me iría.
4) Desde el punto de vista cristiano y evangélico la crítica más fuerte que hago a toda la filosofía de la autoayuda (reconociendo una serie de valores positivos) es que dicha concepción de la vida dice que… todo depende de uno mismo. NO. Para el cristiano el origen de todo bien, de toda alegría, de toda felicidad, de toda seguridad… es Dios y no uno mismo.
            - Cuando en el evangelio de hoy Jesús responde a los mensajeros de Juan Bautista, les dice así: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Todas estas afirmaciones son fuente de alegría y de felicidad para los beneficiarios de estos bienes y para quienes son testigos de ellos. Pero… ¿de dónde o de quién vienen todos estos regalos? Es el salmo 145 quien nos lo desvela: El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, (el Señor) da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. (El Señor) Sustenta al huérfano y a la viuda”. Sí, es el Señor quien nos regala todos los bienes, quien nos da la alegría y quien nos hace felices. Por eso, la respuesta que hemos dado tras cada estrofa del salmo ha sido ésta: Ven, Señor, a salvarnos. Por lo tanto, no soy yo quien me salvo, ni quien fabrico mi alegría, ni quien soy feliz por mí mismo… Es el Señor el origen y la fuente de todo esto.
            Celebramos en estas semanas el Adviento, es decir, celebramos al Señor que viene a salvarnos. No esperamos que nos salve y que nos dé la felicidad ni la alegría un hombre, o unas ideas, o unos bienes materiales, ni siquiera yo mismo. Sino que todo esto lo esperamos únicamente de Dios y de su Hijo Jesucristo, cuyo nacimiento esperamos y anunciamos.
            - Siendo seminarista escuché por primera vez un dicho, que entonces no descubrí en toda su profundidad, pero hoy, pasados ya unos cuantos años, veo más claro cada día. Le decía yo a un sacerdote que me aburría en la oración, que no la hacía bien, que perdía el tiempo. Y decía todo esto, porque no sentía nada en la oración. A estas palabras mías el sacerdote me contestó con el siguiente dicho: “Hay que buscar al Jesús del caramelo y no al caramelo de Jesús”. ¿Por qué digo esto ahora? Muy sencillo: porque, aunque siga ciego, inválido, sordo, pobre, preso, hambriento… he de saber que lo más importante no es que me sean quitadas todas estas enfermedades o todos los problemas, sino que lo más importante es el mismo Jesús. Y aquí sí que estoy totalmente de acuerdo con esta parte del texto leído al principio de la homilía: “Hay gente que dice: - No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró. Pero lo que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no te haya valorado”. Sí, puedo ser feliz, porque es Dios mi felicidad, mi alegría, mis ojos, mis piernas, mis oídos, mi riqueza, mi libertad, mi pan…
            ¡Qué pena tan grande sería que lucháramos toda nuestra vida por tener los ‘caramelos’ de Jesús o de quien sea, y no por tener al Jesús de todos los ‘caramelos’!
¡Ven, Señor Jesús!

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