Sacerdote de la Archidiócesis de Oviedo (España) Párroco de la UP de san Lázaro del Camino (Oviedo)
viernes, 21 de marzo de 2014
jueves, 20 de marzo de 2014
Domingo III de Cuaresma (A)
23-3-14 DOMINGO
III CUARESMA (A)
Homilía en vídeo. HAY QUE PINCHAR EN EL ENLACE ANTERIOR PARA VER EL VIDEO.
Homilía de audio en MP3
Queridos
hermanos:
Vamos hoy con la segunda y última
parte del examen de conciencia, que estamos haciendo en Cuaresma como
preparación para el Triduo Pascual:
¿He sido egoísta en el trato
con los demás preocupándome tan solo de lo que me venía bien a mí, pasando o
dejando de lado las necesidades de los otros? ¿Soy de los que cojo el mando de
la TV y no lo suelto en modo alguno, y todo el mundo tiene que ver el programa
que a mí me gusta? ¿Al sentarme en el coche o en casa escojo el mejor puesto…
sin pensar en los otros? ¿Pienso en los otros, en lo que les gusta a los otros,
en lo que les viene bien a los otros, o nada más me veo a mí mismo y mis
apetencias y mis necesidades?
¿He faltado a la pobreza
cristiana con gastos superfluos en cosas que no son del todo necesarias
(ropas, tabaco, cafés, revistas, consumiciones, CD, bisutería, viajes, etc.)?
¿Compro cosas baratas que no necesito o que ya poseo más que suficientemente?
Al comprar pregunto a mi gusto, a los demás… ¿y a Dios? Porque El tendrá algo
que decir, sobre todo si me confieso cristiano y deseo que su Voluntad se
cumpla en mí. Un cristiano no puede caer en el consumismo igual que otra
persona que le dé igual vivir en su Santa Voluntad o no. ¿Tengo codicia y ansío
poseer cosas materiales? ¿Doy limosnas a la Iglesia o a ONGs o a familias
necesitadas (es bueno aquí comparar cuánto gasto para mí al mes y cuánto doy en
limosnas para los demás al mes; se verá que la diferencia es mucha)? La limosna
es lo que yo llamo el dinero de Dios. Es suyo y yo he de administrarlo según su
Voluntad y no según mi capricho. El dinero de la limosna nunca puede quedarse
en mi bolsillo. Si no lo doy yo directamente, entonces debo de buscar a
organizaciones o personas que busquen donde entregarlo y que conocen mejor que
yo diversas necesidades de otros hombres. ¿Tengo mi corazón pegado a cosas mías
(coche, ropa, objetos), personas, opiniones, mi físico, etc.? Para entender la
pobreza cristiana se ha de partir de que sólo Dios es nuestra riqueza, porque
es lo totalmente Absoluto, lo demás es relativo (Mt. 10, 37). ¿He
robado, es decir, me ha apropiado de cosas que no son mías? Me apropio de cosas
que no son mías, robo, cuando en el hospital en el que trabajo cojo tiritas,
esparadrapos, tijeras... y lo llevo para mi casa o para mis familiares. Robo
cuando en el colegio donde trabajo cojo hojas, bolígrafos... y los llevo para
mi casa. Robo en el trabajo llegando tarde y saliendo temprano. Robo en el
trabajo al no pagar lo justo y debido a mis empleados y no reconocerles sus
derechos. El hecho de que lo hagan los demás no quiere decir que está
justificado que lo haga yo. También robo si no dedico el tiempo y las
cualidades que Dios me da en el servicio de los demás; o cuando le robo su
gloria y me apropio de lo que es de Él: “No
se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el rico en su riqueza, ni el soldado en
su fuerza. El que se gloríe que se gloríe en el Señor” (Jr. 9, 22-23).
¿He sido desobediente en mi
casa, con mi familia, con Dios, con la Iglesia, con mi director espiritual, con
las normas de tráfico, con las cosas que me piden muchas veces por favor; y soy
más bien de los que siempre hace lo que les da "la realísima gana"?
La obediencia no es simplemente hacer sin más lo que me digan o me pidan,
también hay que mirar el modo y las maneras en que lo hago. Por ejemplo, si
realizo las cosas que se me piden pero con protestas, interiores o exteriores,
entonces no estoy obedeciendo. Yo nunca he visto ni he leído que, cuando Dios
Padre indicó a su Hijo que fura a la Cruz, por el perdón de los pecados de los
hombres, Jesús obedeciera pero diciendo: “¡Vaya, hombre! ¡Siempre me toca a
mí!” ¿A quién tengo que obedecer yo? Pues en primer lugar a Dios, a mis padres,
a mis hijos, a mi marido, a mi mujer...
¿He faltado a la castidad con
pensamientos, deseos, miradas, actos impuros (solo o acompañado); he respetado
mi cuerpo y el de los demás por ser Templo del Espíritu de Dios, me he
mantenido alejado de aquello que me tentara en este punto como TV, revistas,
conversaciones, etc.?
¿He tenido el pecado de la vanidad de tal
manera que estoy demasiado pendiente de mi aspecto físico, de la moda, y al
final soy un esclavo de ello? Hay personas que son incapaces de salir
desconjuntadas de casa o de no salir a la calle con prendas que no son de
marca. Hay personas que visten o se acicalan de una determinada manera, pero no
por convencimiento o gusto propio, sino por obtener el parabién de la gente con
la que están.
¿He tenido soberbia
al considerarme superior a otros, al considerarme inferior y esto me hacía
sufrir, puesto que no me acepto tal y como soy? ¿Me ando siempre quejando de la
sociedad, de los demás, de mí mismo? ¿"Engordo" cuando los demás
hablan bien de mí, y me entretengo después pensando y "repensando" lo
que se dijo bueno de mí? ¿Me enfada el que los demás hablen mal de mí, sea
mentira o verdad, y "despotrico" contra ellos y busco rápidamente el
justificarme? ¿Me cuesta admitir mis errores? ¿Me cuesta pedir perdón? ¿Hablo
de mí mismo (mal o bien) con frecuencia, me pregunten o no? ¿Hago o dejo de
hacer cosas, digo o dejo de decir cosas por el qué dirá la gente, de tal manera
que soy un esclavo de lo que piensen los demás? Veamos algunos de los
frutos de la soberbia: En las
relaciones con el prójimo, el amor propio y la soberbia nos hace susceptibles,
inflexibles, impacientes, exagerados en la afirmación del propio yo y de los
propios derechos, fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en
nuestras palabras. Nos deleita en hablar de las propias acciones, de las luces
y experiencias interiores, de las dificultades, de los sufrimientos, aun sin
necesidad de hacerlo. En las prácticas de piedad nos complace en mirar a los
demás, observarlos y juzgarlos; nos inclinamos a compararnos y a creernos mejor
que ellos, a verles defectos solamente y negarles las buenas cualidades, a
atribuirles deseos e intenciones poco nobles, llegando incluso a desearles el
mal. El amor propio y la soberbia hacen que nos sintamos ofendidos cuando somos
humillados, insultados o postergados, o no nos vemos considerados, estimados y
obsequiados como esperábamos.
¿He faltado en el amor al prójimo
hacia los enfermos, ancianos, familiares, marginados, etc.? ¿Tengo verdadera preocupación por las
necesidades materiales, morales y espirituales de las personas que me rodean,
de la gente que vive en Asturias, en España, en Europa, en el mundo? ¿Considero
a las demás personas como hermanos míos al ser hijos todos del mismo Padre?
¿He tenido falta de confianza en
Dios buscando yo siempre el encontrar solución a todo y rápida; y cuando no
salía tal y como era mi deseo me enfadaba con Dios o me descorazonaba con El? No tengo confianza en Dios cuando las cosas
positivas o negativas que me suceden me afectan sobremanera. No quiere decir
con esto que tengamos que ser insensibles a las circunstancias que acontecen a
nuestro alrededor, pero sí es cierto que nuestra seguridad total está en Dios y
no tanto en que las cosas me salgan bien o mal.
¿He dejado mis oraciones de
lado, o las he hecho con rutina y sequedad? ¿He sido fiel a lo que el Señor me
iba mostrando o pidiendo en ellas?
¿He faltado a la Misa de los
domingos, o he asistido a ella con rutina, falta de fervor, de mala gana y
distracciones?
¿He realizado alguna lectura espiritual para alimentar mi ser y
abrirme a otras experiencias y a otros horizontes que puedan acercarme más a
Dios?
Se podían sacar muchas más cosas,
pero de momento yo creo que con esto vale para tener una guía más o menos
exhaustiva.
viernes, 14 de marzo de 2014
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