miércoles, 12 de abril de 2017

Viernes Santo (A)



14-4-2017                                       VIERNES SANTO (C)

Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            El 4-5 de marzo de este año ha entrado en vigor en España el nuevo Misal Romano, que, entre otras novedades y seguramente la más llamativa, contiene el cambio en la fórmula de consagración del vino. En efecto, hasta ese día la fórmula de consagración decía así: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”. A partir de ese primer domingo de Cuaresma la fórmula cambió y quedó de este modo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.
            Ante esta situación la gente fundamentalmente pregunta dos cosas: ¿Por qué ha cambiado la fórmula, si siempre fue así? ¿Es que Jesús no murió en la cruz por todos los hombres?
            La primera lectura se refiere a uno de los cánticos del Siervo de Yahvé del profeta Isaías. Éste había profetizado con exactitud, unos 700-600 años antes de suceder, qué le iba a pasar al Mesías, a Jesús. Voy a recoger algunas de las frases de esta lectura de hoy: Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. En estas frases parece que se dice muy claramente que Jesús murió en la cruz por todos los pecadores y para que se les perdonaran los pecados a todos los hombres. Sin embargo, un poco más adelante, al final de esta misma lectura, dice la lectura: Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos […] Él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. ¿En qué quedamos: en que Jesús murió por todos o por muchos? ¿En qué quedamos: en que Jesús perdona los pecados de todos o sólo de muchos?
            Como veis, aquí nos estamos planteando no sólo la muerte de Jesús en la cruz, sino también el sentido o la finalidad de su muerte: ¿Para qué murió? ¿Por quién murió? En una sencilla homilía no se podrá contestar a todas las cuestiones que estas preguntas encierran, pero sí que intentaré dar algunas pistas para la comprensión de estas cuestiones.
Pienso que, al explicar el cambio de la fórmula de la consagración del vino, se podrán entender un poco mejor las preguntas anteriores. En la Iglesia Católica de rito romano (es decir, la nuestra) y hasta el Concilio Vaticano II en la Misa se usaba el latín. Al terminar este Concilio, el Misal Romano fue traducido a las lenguas vernáculas. En la fórmula de la consagración del vino en latín siempre se decía “pro multis”, pero, al traducirlo, se escribió ‘por todos’ en las diferentes lenguas: En inglés “for all men”, en alemán “für alle”, en italiano “per tutti”, en español “por todos los hombres”[1], en francés “pour la multitude”… Desde 2006, el Vaticano empezó a escribir a las diferentes conferencias episcopales para que volvieran a la fórmula de siempre.
Para seguir con esta aclaración, tomo las palabras de un experto en la Biblia: Hemos de explicar primero lo que este cambio no quiere decir. (1) No pretende excluir a nadie de la redención obrada por Cristo; esto, simplemente, iría contra la Revelación atestiguada en otros lugares de la Escritura. Dios, en efecto, ‘quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’ (1ª Timoteo 2,4)[2] […] Es por ello desacertado entender este cambio en nuestra liturgia en sentido restrictivo; como si en lugar de ‘por muchos’ se dijera ‘por pocos’. No: en el horizonte de la entrega de Jesucristo están todos los hombres Cuando la traducción litúrgica vigente hasta ahora interpretó el latín ‘pro multis’ como ‘por todos los hombres’, estaba ofreciendo una comprensión certera de lo que late en esos ‘muchos’. (2) Pero entonces, ¿por qué cambiarlo? Por fidelidad a la palabra de Jesús. Él, en efecto, no dijo ‘por todos’ sino ‘por muchos’ (Mateo 26,28; Marcos 14,24); tanto el arameo (lengua empleada por Jesús) como el griego (lengua que en los Evangelios nos ha transmitido sus palabras) distingue entre ambos conceptos, de modo que hemos de aceptar lo que Jesús dijo; por ello, la traducción más fiel es la que mejor respeta esa decisión. Así lo ha entendido la liturgia romana[3] en la fórmula latina: ‘pro vobis et pro multis’.
Pero además, la nueva traducción castellana nos abre un horizonte para comprender este momento decisivo en la vida del Señor. (3) En efecto, esos ‘muchos’ por los que derrama su sangre nos evocan aquellos ‘muchos’ que el Siervo del Señor justificó mediante la entrega de su vida: ‘Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos’ (Isaías 53,11); ‘él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores’ (53,12). La entrega eucarística de Cristo realiza así la misión del Siervo, llenando de contenido, de carne y sangre, esa enigmática figura del Antiguo Testamento […] Así comprendemos que Jesús es el verdadero Siervo del Señor.
(4) Una última observación. Cristo ofrece su vida por todos los hombres, por ‘el mundo’: así interpreta el Evangelio de Juan las palabras de la Eucaristía (‘Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’: Juan 6,51). Sin embargo, por desgracia no todos lo acogerán: ‘Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron’ (Juan 1,11). La traducción ‘por muchos’, que originariamente apunta a la apertura universal de la salvación obrada por Jesucristo, expresa también la trágica posibilidad de que no todos los hombres se beneficien efectivamente de ese don. Cuando le preguntaron: ‘Señor, ¿son pocos los que se salvan?’, Jesús respondió: ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán’ (Lucas 13,23-24). La nueva traducción castellana evita una comprensión ilusoria de las palabras que pronunció el Maestro en la Última Cena, como si por la ofrenda de amor de Jesucristo estuviéramos ya definitivamente salvados; nos previene así ante la desgraciada eventualidad de que, en mal uso de nuestra libertad, no queramos acoger el regalo de la salvación y de la gracia, excluyéndonos así de esos ‘muchos’ a los que Jesús desea justificar. Es por ello un estímulo saludable a abrirnos al don de la salvación que él nos trae.
            En efecto, un cardenal abunda en esta última idea diciendo que la vuelta a la fórmula ‘por muchos’ en lugar de ‘por todos’ representa también una observación oportuna sobre ‘la seriedad de la vocación cristiana’, en una situación en la que, según su opinión, ‘está muy presente un optimismo exagerado sobre la salvación que permite llegar al Paraíso a todos, sin exigir el don de la fe o el esfuerzo de la conversión’. En esta misma línea el Papa Benedicto XVI decía: “debemos escuchar la totalidad del mensaje: que el Señor ama en verdad a todos y que murió por todos. Y la otra cosa: que él no empuja ni rompe nuestra libertad como por arte de magia, sino que nos deja decir Sí en su gran misericordia”.

[1] En las dos ediciones del español posteriores al Concilio, en 1970 y 1988, se decía así la fórmula.
[2] Dice el Papa Benedicto XVI: “Me gustaría recordar solamente tres pasajes de la Escritura: Dios entregó a Su Hijo ‘por todos nosotros’, escribe Pablo en la Carta a los Romanos (Rom. 8, 32). ‘Uno solo murió por todos’, dice San Pablo en la segunda Carta a los Corintios, sobre la muerte de Jesús (1Cor 5, 14). Jesús ‘se entregó a sí mismo para rescatar a todos’, dice la primera carta a Timoteo (1ª Tim 2, 6)”.
[3] Hay que tener en cuenta que los rituales de la Iglesia Ortodoxa también recogen la expresión de Jesús “por muchos”.

lunes, 10 de abril de 2017

Jueves Santo (A)

13-4-2017                                        JUEVES SANTO (A)

Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            En el día de hoy, Jueves Santo, la Iglesia celebra tres acontecimientos que se dieron durante la Cena del Señor con sus apóstoles y discípulos: en primer lugar, fue un acto de amor por parte de Jesús simbolizado en la entrega de su Cuerpo y de su Sangre, y en el lavatorio de los pies. En segundo lugar, Jesús instituyó la Eucaristía para alimento y santificación de sus discípulos. En tercer lugar, Jesús instituyó a sus apóstoles como obispos, como sacerdotes del Pueblo de Dios.
            - En el día de hoy quiero detenerme en este primer aspecto. Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre como acto supremo de amor.
            El amor es la palabra que mejor define a Jesús y la vida que llevó entre nosotros:
Por amor a Dios Padre, Jesús dejó el cielo y se vistió de humanidad, de limitaciones, de hambre y de sed. Por amor a Dios Padre, Jesús se hizo hombre, se hizo niño, se hizo pobre...
            Por amor, Jesús nos entregó la Palabra de su Padre de Dios. Palabra que da Vida, que da Luz, que da Paz, que da Sentido a nuestros dolores y enfermedades…
            Por amor, Jesús dio de comer a los hambrientos, curó a los enfermos, consoló a los tristes, perdonó a los pecadores, dio compañía a los que estaban en soledad…
            Por amor, Jesús entregó su Cuerpo para ser golpeado, escupido, abofeteado, flagelado, horadado, comido…
            Por amor, Jesús entregó su Sangre para ser derramada, pisoteada, burlada, desechada, bebida…
            - Cuando los hombres se acercan a Jesús y aprenden de Él, se convierten en santos y aman como Él y dicen cosas como éstas:
“Señor,
Cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida.
Cuando tenga sed, mándame alguien que necesite una bebida.
Cuando tenga frío, mándame alguien que necesite calor.
Cuando tenga un disgusto, preséntame alguien que necesite consuelo.
Cuando mi cruz se haga pesada, haz que comparta la cruz de otro.
Cuando esté pobre, ponme cerca de alguien necesitado.
Cuando me falte tiempo, dame alguien que necesite unos minutos míos.
Cuando sufra una humillación, dame la ocasión de alabar a alguien.
Cuando esté desanimado, mándame alguien a quien tenga que dar ánimo.
Cuando sienta necesidad de la comprensión de los demás, mándame alguien que necesite la mía.
Cuando sienta necesidad de que me cuiden, mándame alguien a quien tenga que cuidar.
Cuando piense en mí mismo, atrae mi atención hacia otra persona.
Hazme digno, Señor, de servir a mis hermanos, que viven y mueren pobres y hambrientos en este mundo de hoy.
Dales, a través de mis manos, el pan de cada día; y dales paz y alegría, gracias a mi amor comprensivo”.                                                 Madre Teresa de Calcuta
            - Hace un tiempo una persona me decía que estaba en medio de una gran depresión. El mejor remedio contra todos estos males nos lo da Jesús en el día de hoy, Jueves Santo: No pienses tanto en ti. Piensa en los demás, ama a los demás, da la vida por los demás, vive para los demás, Y TAMBIEN PARA DIOS.
Si piensas sólo en ti, te ahogarás en tu YO. Si vives sólo para ti, estarás muerto por dentro. Si no estás pendiente de los demás, estarás muy solo. Si eres egoísta, la depresión se apoderará de ti en un momento o en otro.
            Cristo nos enseña a vivir, no solo como creyentes, sino también como seres humanos, pues lo uno está en lo otro y viceversa. Y el amor es la columna que recorre y sostiene toda esta vida.

miércoles, 5 de abril de 2017

Domingo de Ramos (A)



9-4-2017                                DOMINGO DE RAMOS (A)
Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Los liturgistas nos dicen a los párrocos que, en el Domingo de Ramos, procuremos hacer una homilía corta, ya que de por sí la celebración es bastante larga. Por eso, simplemente voy a decir algunas pequeñas ideas que nos ayuden a centrarnos en lo que vamos a vivir en esta Semana Santa que se inicia.
            La entrada apoteósica de Jesús en Jerusalén, que hoy nos relata el evangelio que hemos leído al principio de la celebración, pudo durar como una hora y media o dos horas. Este tiempo es el que duraron las aclamaciones que el pueblo hizo a Jesús. Le reconocieron como rey, como el que venía en nombre de Dios, como el Mesías, como el Salvador. Parecía que ya todo estaba hecho. Que esta entrada con palmas, vítores y ramas era el reconocimiento a sus palabras, a sus milagros, a sus curaciones. En definitiva, era la respuesta de fe; FE que alegraba a los hombres y mujeres que gritaban y cantaban.
            Sin embargo, después del evangelio del principio de la celebración (cuando bendecimos los ramos), la Iglesia nos pone para nuestra escucha y reflexión la lectura de la Pasión de Cristo según S. Mateo. Hace un tiempo (durante unos ejercicios espirituales) leí de seguido los cuatro relatos de la Pasión de Jesucristo: el relato según S. Mateo, según S. Marcos, según S. Lucas y según S. Juan. Y, parecerá una tontería, pero me fijé en el siguiente detalle: Resulta que S. Juan no dice en qué hora fue crucificado Jesús ni a qué hora murió. Los evangelios sinópticos, que son el resto, dicen los tres que a las 12 de la mañana del viernes se oscureció el cielo, y que Jesús murió a las 3 de la tarde. Sólo el evangelio de S. Marcos nos dice que Jesús fue crucificado a las 9 de la mañana. Luego Jesús estuvo en total 6 horas en la cruz vivo, desde que lo crucificaron hasta que murió. Seis horas de agonía, seis horas que cambiaron al mundo. Desde que el Señor me hizo fijarme en este dato, siento en mí mucha más devoción a Cristo crucificado. Sobre todo mi espíritu está más pendiente los viernes por la mañana, de 9 de la mañana a 3 de la tarde. Oro en esos momentos en instantes sueltos, y pienso y siento en mi ser más profundo que Cristo subió a la cruz por mí y por mis pecados.
            ¿Por qué será que siempre dura más tiempo lo malo que lo bueno? Dos horas de gozo y cantos con la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Seis horas de agonía en la cruz hasta su muerte.
            Termino diciéndoos que un cristiano ha de vivir, tanto la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como su agonía en la cruz, o dicho de otra manera, Jesús vive en nosotros, tanto los momentos alegres y gozosos como aquellos momentos de dolor y sufrimiento sin sentido y sin fin. Una cosa y otra, alegría y dolor, forman parte de la misma moneda, de nuestra vida y Dios está en todo ello.
            Que estas sencillas reflexiones nos ayuden a vivir desde Él esta Semana Santa, estemos donde estemos, sin perder el sentido espiritual, y arrastrados por la vorágine de vacaciones y desplazamientos.