jueves, 26 de septiembre de 2024

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (B)

29-9-2024                   DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (B)

Nm. 11, 25-29;Sal. 18; Sant. 5, 1-6; Mc. 9, 38-43.45.47-48

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos: 

            El apóstol Santiago es siempre muy directo en sus escritos, que buscan que nos enfrentemos a nosotros mismos y a nuestras acciones. En este domingo la Iglesia nos propone un texto de Santiago contra los ricos y contra sus riquezas ganadas injustamente. Volvamos a recordar lo leído: “Vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días? Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso”.

            Como digo en muchas ocasiones, una homilía se prepara: a) poniendo en una mano la Palabra de Dios, b) en la otra mano la vida ordinaria que nos rodea y c) tratando de extraer las enseñanzas de Dios para todos y para cada uno de nosotros. Pues bien, ya por lo que se refiere al escrito de Santiago, se puede decir lo siguiente:

            1) La primera conclusión es la más evidente: la Palabra de Dios en el apóstol Santiago denuncia a aquellos que se aprovechan para enriquecerse a costa de otros. Recuerdo cuando hace 12 años hubo una crisis financiera tan grande en el mundo y que afectó tanto a España. En aquellos tiempos hubo responsables en la administración de las cajas de ahorros y de los bancos que llevaron a la quiebra a sus entidades, pero ellos se han marchado con los bolsillos bien llenos y con indemnizaciones de escándalo. Recuerdo a algunos empresarios que aprovecharon la ocasión para echar a la calle a tantos obreros y empleados suyos, o se aprovecharon para no pagar a otras empresas los trabajos realizados y que llevaron a estas otras empresas a la ruina y al cierre. Igualmente hemos de meter en este grupo a los políticos que, siendo responsables de administraciones del Estado o de una Comunidad Autónoma o de un ayuntamiento, realizaron obras y no pagaron a sus proveedores ni a diversas empresas y autónomos, los cuales estuvieron con el agua al cuello o ya directamente se arruinaron. Y se pueden seguir poniendo ejemplos y más ejemplos... De éstos dice el apóstol Santiago: “Vuestra riqueza está podrida […] Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego […] Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso”.

            2) Una segunda conclusión que se puede sacar procede también de la Palabra de Dios, pero de otro texto: “Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1 Jn. 3, 17-18). Tampoco nos sirve el hecho de que hayamos ganado el dinero justamente y que, ante tanta miseria como nos rodea, endurezcamos nuestro corazón para no ayudar a los demás. Los ‘demás’ pueden ser nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros tíos, nuestros primos, nuestros vecinos, nuestros amigos o cualquiera que pase necesidad. Si cerramos el corazón a esas personas que pasan necesidad, también el texto del apóstol Santiago nos será de aplicación: “Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?”

            3) Una tercera conclusión es que la culpa no la tienen siempre y sólo “los de arriba”: los empresarios, los políticos, los banqueros… También la tenemos nosotros: “los de abajo”, los obreros…, pues en diversos casos no hemos sido honestos en nuestro trabajo y hemos robado tiempo, dinero o cosas en la empresa. Sabemos todos de casos en que se han amañado los cálculos para que algunos obreros se jubilaran con más dinero del que les correspondía; sabemos todos de casos de sindicalistas que chuparon y chuparon de la empresa o del Estado; sabemos todos de casos de obreros que exigieron a sus jefes tanto que, ahora no hay ni para éstos ni para aquéllos, pues la empresa tuvo que cerrar. De hecho, hay empresarios que han perdido absolutamente todo: la empresa, las naves, la maquinaria…, y sus casas y bienes que tenían hipotecados. También en este caso las palabras de Santiago van contra aquellos obreros que han ganado de mala manera sus dineros. “Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?”

            4) Asimismo, podemos sacar una cuarta conclusión de esta lectura del apóstol Santiago: Todos o muchos de nosotros hemos puesto nuestra esperanza en los bienes materiales. De ellos hemos hecho nuestro dios. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Y ahora, no sólo no tenemos lo superfluo, sino que tampoco tenemos lo necesario. Se podrían poner miles de casos reales. Yo voy a leeros un caso concreto, y que cogí de un periódico ya en noviembre de 2008, pero sigue siendo real y de actualidad: “El parado típico levantino: ex albañil y con un BMW en la puerta de su piso hipotecado. Ginés F. tiene ya 27 años y poco que hacer desde hace unos meses, salvo sacarle brillo al BMW 316 que compró hace dos años cuando ingresaba casi cuatro mil euros al mes. Otra de las pocas cosas que tiene que hacer es pensar cómo va a seguir pagando la hipoteca de su pequeño piso, en su mismo pueblo, cuyo precio total fue de unos 200.000 euros hace cuatro años. Es uno de los muchos jóvenes entre 25 y 35 años que en todo Levante y especialmente en la Región de Murcia han engrosado las listas del paro en el último año. El caso de Ginés es típico: Hace más de diez años, cuando a trancas y barrancas seguía repitiendo curso en el Instituto, empezó a oír que en la Marbella del GIL pagaban 400.000 pesetas a los que eran buenos en sus oficios de albañilería y hostelería. Cuando más arreciaban las discusiones con su padre, también Ginés y albañil que quería que su hijo estudiara, resultó que empezó el boom de la construcción en la costa, primero, y en el interior murciano, después. Ya no había discusión posible. Ginés fue uno de los muchos jóvenes que entraron en masa a trabajar de peones de albañil y rápidamente fueron especializándose como encofradores, pintores, electricistas, ferrallistas, soldadores, carpinteros metálicos, instaladores de aire acondicionado o calefacción, etcétera. Y empezaron a ganar, con la entrada del euro, el equivalente a lo que antes habían oído que se ganaba en pesetas en Marbella. Muchos, más jóvenes que Ginés, dejaron entonces los estudios, aun sin tener la edad legal de trabajar, y empezaron a hacer horas clandestinas hasta cumplir los dieciséis años, cuando ya podían trabajar a pecho descubierto. El diputado regional socialista Mariano García Pérez asegura que conoce más de un caso en que un “zagal” se despedía de su maestro con chulería: “Me voy de ferrallista a ganar el doble que tú”. Y no era un farol. Trabajaron las horas que hicieran falta durante unos años con tal de ganar todo lo que la burbuja inmobiliaria estaba dispuesta a darles. Durante unos años, hasta el pasado, la vida ha sido una especie de Eldorado para todos estos jóvenes, tanto en Murcia, como en Almería, Alicante o Castellón. Todavía se les ve por ahí en sus aún flamantes BMWs pequeños o SEAT León. Coches ágiles y rápidos para las noches de marcha. Y para vacilar con las pibas a la puerta de las discotecas. Los que se ennoviaron, caso de Ginés, se “empufaron” con el pisito o, incluso, el adosado. Hay bastantes que se casaron y han tenido ya un hijo. Los que siguieron solteros y en casa de los padres tienen menos deudas y compromisos, pero el mismo problema: son parados jóvenes y sin esperanza de recuperar el trabajo a medio plazo. Posiblemente, todos agotarán las prestaciones de desempleo, mientras se buscan la vida paralelamente, si pueden. ¿Volver a estudiar? Ni se lo plantea Ginés de lo mal que recuerda que le iba cuando tenía 14 y 15 años. ‘A mí, lo de leer no me va’, sentencia. Pero reconoce que algunos ‘críos’ más jóvenes que él, los que llegaron al tajo en los estertores del boom inmobiliario-turístico, hablan de hacer formación profesional. Sólo hablan: no conoce ninguno que lo haya hecho. Les preocupan más las deudas contraídas y cómo mantener su efímero alto nivel de gasto”

jueves, 19 de septiembre de 2024

Domingo XXV del Tiempo Ordinario (B)

22-9-2024                               DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (B)

Sb.2, 12.17-20; Sal. 53; Sant. 3, 16-4, 3; Mc. 9, 30-37

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            En el día de hoy quisiera predicar dos ideas:

            - En el evangelio de hoy decía Jesús a sus apóstoles: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Jesús anunciaba aquí a sus discípulos que iba a ser entregado en mano de sus enemigos. Pero, ¿tenía Jesús enemigos? ¿Quién quería hacerle daño? ¿Por qué querían hacerle daño?

            Sí, resulta muy extraño, a primera vista, que alguien quisiera hacer daño a Jesús. Jesús era el Hijo de Dios, y fue enviado por el Padre a la tierra para perdonar a los hombres, para salvar a los hombres. Si Jesús venía a la tierra para hacer el bien a los hombres, ¿por qué iban estos hombres querer hacerle daño?

            También resulta muy extraño que alguien quisiera matar a Jesús a las pocas horas de haber nacido, y que tuviera que vivir exiliado en un país extranjero durante años.

            Resulta extraño que Jesús haya predicado amor, paz, perdón, misericordia, y que lo quisieran quitar de en medio.

            Resulta extraño que Jesús haya hablado de Dios como Padre, como Alguien cercano y paciente, y que le tuvieran tanto odio.

            Resulta extraño que Jesús hubiera hecho tanto bien a tantas personas: dio de comer a hambrientos, curó a enfermos, resucitó muertos, se preocupó de los niños, de los recién casados, de escuchar a quien lo necesitara, de perdonar a los pecadores, y que, sin embargo, muchos hombres no lo soportaran.

            Resulta extraño que Jesús tuviera una sabiduría grandísima y orientara a tanta gente perdida, enseñara con tanta sencillez y a la vez con tanta profundidad, y, no obstante, quisieran matarlo.

            Pilatos consideró a Jesús como un hombre inofensivo. Por ello quería soltarlo. Herodes consideró a Jesús como un loco, pero también inofensivo y, por ello, se burló de él y le puso un vestido blando, como de loco, y le dejó irse sin más.

            Más arriba preguntaba: ¿TENÍA JESÚS ENEMIGOS? Pues sí. Jesús tenía enemigos. Quisieron desprestigiarle, encerrarle, lapidarle, despeñarle, matarle…

¿QUIÉN QUERÍA HACERLE DAÑO? Las clases dirigentes de Israel, los poderosos de Israel, los hombres ricos, sus propios vecinos y familiares en Nazaret, pero también algunos de sus discípulos, porque Jesús iba por otro camino del que a ellos les convenía.

¿POR QUÉ QUERÍAN HACERLE DAÑO?

Porque Jesús quitaba la autoridad de Dios a aquellos que se habían arrogado y apropiado de ella, a aquellos que decían hablar en nombre de Dios y sencillamente hablaban en nombre propio y para su propio provecho.

Porque a los ricos Jesús les decía que su oro estaba manchado de sangre y había sido robado a las gentes sencillas de Israel.

Porque algunos de sus discípulos querían marcar el camino a Dios y daban la espalda al mismo Dios cuando Éste no iba a donde ellos quería, por donde ellos querían y al ritmo que ellos querían.

Jesús era un peligro para todos ellos, pues les había quitado la máscara y decía en alto lo que otros pensaban para sí mismos, pero no se atrevían a proclamar ante los demás por miedo a las consecuencias.

Por todo esto, Jesús en el evangelio de hoy decía a sus discípulos: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán”.

Sin embargo, las palabras de Jesús acaban en esperanza: después de muerto, a los tres días resucitará. ¿Qué significa esto?

Pues significa que merece la pena hacer el bien, aunque te devuelvan mal por ello.

Merece la pena dar de comer, aunque te quedes tú con menos cosas materiales.

Merece la pena, dar salud y atender a los enfermos y ancianos, aunque pierdas tu tiempo y tantas veces tu paciencia.

Merece la pena perdonar y no dejar que te carcoma la rabia y el resentimiento.

Merece la pena decir la verdad, aunque te crees enemigos que desean seguir viviendo en la mentira o en sus intereses.

Merece la pena estar a bien con tu conciencia, aunque tengas luchas y burlas a tu alrededor.

Merece la pena ser valiente y no vivir en la cobardía (ya sabéis aquella famosa frase histórica dicha por la madre de Boadil el Chico, la sultana Aixa, a éste cuando entregó las llaves de Granada a los Reyes Católicos en 2 de enero de 1492: Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre).

Merece la pena quedar bien ante Dios, aunque quedes mal ante los hombres, para los que unas veces estarás arriba y otras abajo, ya que somos así de cambiantes.

Merece la pena pasar algunas penas por cumplir la voluntad de Dios, si sabes que luego te espera una recompensa eterna y llena de gozo.

Jesús hizo vida todo esto y nos sirve a todos nosotros de modelo y de guía. Y así, a los tres días el Padre lo resucitó y ahora está sentado a su derecha por los siglos de los siglos.

            - Dice Santiago en la segunda lectura: “Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justi­cia”. Aquí se nos dicen varias cosas muy importantes:

Primero, no se trata de que uno haga cosas u obras buenas: damos una limosna, leemos en la Misa, no reñimos en casa, venimos a Misa, somos afables y serviciales con los demás, no somos rencorosos... La cosa es más profun­da. Se trata de las actitudes nuestras. Debemos ser amantes de la paz y transmisores de la paz allí donde nos hallemos. Si tenemos paz en nuestro interior, lo transmitiremos al exterior.

Segundo, pero esta paz no es fruto de un autodominio o una técnica psicológica. Como nos dice Santiago, nos viene de arriba. De dónde si no creéis que venga la contesta­ción de Jesús al criado: “¿Por qué me pegas?”, o cuando es detenido en el Huerto de los Olivos, o ante Pilatos o ante el Sanedrín. Tenía la paz que procede de Dios. Él estaba en manos de Dios.

            Si nosotros perdemos la paz, la paciencia, los nervios con facilidad es que no confiamos en Dios; es que Él no habita dema­siado en nosotros. En cambio, si confiamos enteramente en Dios, la paz estará con nosotros en todo momento y en toda circunstancia.

viernes, 13 de septiembre de 2024

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (B)

15-9-2024                   DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (B)

                                                        Is. 50, 5-10; Sal. 114; Sant. 2, 14-18; Mc. 8, 27-35

Homilía en vídeo.

Homilía de audio

Queridos hermanos:

La 2ª lectura nos habla de la fe. Concretamente dice así: ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? […] Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe. Vamos a profundizar un poco en el tema de la fe. Se pueden decir muchas cosas; aquí sólo se harán unos apuntes.

            Hay visiones parciales, defectuosas o falsas de la fe. Veamos algunas:

            - Hay quien vive con una fe empequeñecida. Su fe sólo vale para la propia salvación eterna. Y aquí hay diversos modelos: + Dios es un dios castigador que lleva exacta cuenta de nuestras acciones, omisiones y pensamientos. Por eso, estas personas aguantan todo lo que sea, lo que venga en la vida con tal de ir al cielo. +Gente que piensa que la religión es para salvarse en la otra vida. Con vivir la religión ahora te compras un boleto para el cielo. Dios nos hace felices, pero sólo después de muertos. +Gente que busca salvarse sólo ella y los demás que hagan lo que quieran.

            - Hay quien vive con una fe ritualista. Mantienen con Dios una relación distante. Sólo la ejercen en actos oficiales, o sociales, o folclóricos, y con frialdad. Confunden la fe con la simple religio­sidad. Llegan a Misa tarde o en punto. Están en la Misa como un banco: "Predícame cura, predícame fraile..." No les interesa la marcha de la parroquia, ni de la Iglesia, ni lo que ellos pudie­ran hacer por ella. Reniegan cuando al final el cura da avisos y no les deja salir, y salen inmediatamente que el cura da la bendición. No se quedan ni un segundo. Hasta la semana que viene, que ya han cumplido. Se casan por la Iglesia, van a funerales, etc. Pero la fe cristiana, el mensaje de Jesús no tratan de vivirlo. Tratan de no robar y no matar y ya está. Es la ley del mínimo esfuerzo.

            - Hay quien vive con una fe utilitarista. “Do ut des”. A Dios le compro su protección. Hago a Dios una serie de cosas para que me dé a cambio otra serie de ellas, y me enfado con Él si no cumple su parte del contrato, que, por otra parte, lo he redactado yo. Ejemplos: +Natalia: “-¿De qué me valieron las misas a que fui, las limosnas que di, oraciones que hice si ahora a mis 70 y pico años estoy enferma?” Pepe: “-Pero, ¿Vd. hacía eso para que no le pasase nada?” Natalia: “-¡Hombre, claro!” +Madre de torero. +Señora soltera que no limpiaba a san Antonio, si éste no le daba un novio.

            Vamos ahora a ver la fe cristiana verdadera. Ante todo hemos de decir que LA FE ES LA RESPUESTA DEL HOMBRE A LA DONACIÓN AMOROSA DE DIOS A ESE HOMBRE.

            - Sin embargo, la iniciativa de nuestra vida de fe parte siempre de Dios. "Él nos amó primero" (1 Jn. 4, 19), y nos "dio su Hijo Unigénito para que todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga la vida abundante" (Jn. 3, 16). Yo no puedo creer si, de algún modo, no me siento amado primero por Dios. Y cuanto más percibo su amor, más crece mi fe. El paso primero de la fe lo da Dios, no nosotros. Incluso si un hombre sin fe se plantea en un momen­to comenzar a buscarlo es porque Dios ya le está amando e inquietan­do de un modo misterioso y maravilloso en su interior.

            - Por tanto, la fe es un don de Dios y, al mismo tiempo, la fe es un acto libre del hombre. Yo no puedo creer, si Él no me da la fe; Él no me puede dar la fe si yo no quiero creer. En cierta medida, se trata de conjugar el problema de la libertad humana y de la acción de Dios. Nosotros debemos afirmar los dos extremos contradictorios; el cómo se da o se desenvuelve este misterio nos es aún desconocido. Este acto libre del hombre consiste en una respuesta positi­va del hombre a Dios.

            - La fe no es algo abstracto: “Yo creo en una mano poderosa que tuvo que crear esto”. “Yo creo en un principio espiritual que impulsa el universo y que dio unas leyes por las que se rige, pero Él está allí y yo aquí” (Como me decía un chico español en Alemania). No, nosotros creemos en un ser personal al que llamamos Dios. Pero nuestro Dios es el Dios de Jesucristo. El que nos ha revelado Jesucristo, no el que nos ha revelado Mahoma ni Buda, sino Jesu­cristo. Los árabes no creen en Mahoma, sino en Alá; ni los budis­tas en Buda. Nosotros creemos en Dios y en Jesucristo. Creer en Jesucristo es, no sólo reconocer que Él es el enviado y el Hijo del Padre, y aceptar un conjunto de verdades que Él nos enseña, sino también -y sobre todo- una entrega de corazón a Cristo con todas sus consecuen­cias. ¿Qué consecuencias pueden ser éstas? Voy a poneros dos ejemplos: +Me contaban que en unas convivencias a las que había ido una pareja de novios, en ellas la chica descu­brió que era llamada por Cristo a la vida religiosa. Se lo dijo a su novio y lo dijo allí en público. El chico lloraba, pero ella se sentía llamada por Dios y tenía que entregarse a su Amado, a su Novio Eterno. +Chico de unos 28 años que rechazó un trabajo bien remu­nerado porque allí se explotaba a otras personas y que, además, una vez al año invita a sus amigos a cenar en la Cocina Económica de Oviedo y paga él la comida de todos. Repito: Creer en Cristo es entregar el corazón a Cristo con todas sus consecuencias.

            - La fe es un encuentro personal y amistoso con Dios. Esa fe no puede ser empequeñecida, es decir, que sólo me salva a mí y después de muerto. Me salva con los demás y todo mi ser: cuerpo, mente y espíritu. Dios no me salva sólo el espíritu y sólo después de mi muerte. Me salva el cuerpo, la mente y el espíritu, y me salva aquí y ahora. A mí Dios me hace feliz aquí y ahora. Si no es así, entonces ése no es Dios, es el opio del pueblo. No sería todopoderoso.

            Vemos los ejemplos de María, de Abrahán y Pablo, cómo fueron salvados ya aquí y ahora en medio de todos sus padecimientos. Pablo decía 2 Co. 11, 22-29; Flp. 3, 5-9. ¿Qué será el encuentro con Cristo para que miles de hombres y mujeres a lo largo de la historia se hayan dejado matar y perseguir sólo por amor a Él? ¿Qué tendrá ese encuentro que hace que una chica se meta a monja de clausura para toda la vida y viva feliz? (Lerma).

            Las características de esta fe en Cristo son las siguientes:

+ En este encuentro con Cristo se nos confía una misión que compromete la vida entera. No sólo media hora de los domingos o los domingos o 5 minutos diarios de oración. Compromete mi vida en casa-familia, estudio-trabajo, ocio, enfermedad, salud, vida, muerte. Yo soy cristiano siempre y en todo mi ser.

            + La fe siempre es misionera (Mt. 28, 19-20). Conozco una señora casada, que antes llevaba una relación buena con los demás: su casa, su familia, su misa dominical. Desde que se encontró con Dios, su mundo ha crecido: trata en la calle y fuera con personas con graves problemas: una que tiene depresiones, otra que su marido la engañó, otra que el novio la deja, otra que su marido está de cáncer. Lleva limosnas en dinero y especie a la Cocina Económica; ha cambiado su comportamiento con su marido y sus hijos.

            + La fe es liberadora. De complejos, de miedos, egoísmos.

            + La fe nos une a Dios, con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que nos rodea. Este mundo no es hostil. Es obra de Dios y, por tanto, la amo y la cuido.

¡ALIMENTA TU FE Y LA DUDA MORIRÁ DE HAMBRE!