miércoles, 28 de marzo de 2018

Viernes Santo (B)


30-3-2018                                           VIERNES SANTO (B)

Homilía de audio
Queridos hermanos:
La muerte no se produce sólo cuando uno deja de respirar. Existen distintos actos o hechos que suceden en el ser humano y que culminan con el dejar de respirar. Uno de los primeros actos de la muerte de Jesús sucedió en el HUERTO DE LOS OLIVOS. Allí experimentó Jesús algunos síntomas de muerte: soledad, terror, angustia… Vamos a verlo con más detalle:
            - Cuando Jesús y sus discípulos (menos uno) salieron del local en donde habían celebrado la fiesta judía, se dirigieron al huerto de los olivos, a Getsemaní. Y aquí tuvo lugar un hecho sorprendente: se nos relata un diálogo de la oración de Jesús con su Padre Dios. En otros momentos del evangelio se nos ha dicho que Jesús oró, o que Jesús dijo esta frase u otra en un momento de oración[1], pero en ningún otro lugar se nos detalla con tanto lujo de detalles una oración de Jesús[2]: “Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: ‘Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar’. Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: ‘Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo’. Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: ‘Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya’. Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: ‘¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Velad y orad para no caer en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil’. Se alejó por segunda vez y suplicó: ‘Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad’. Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: ‘Ya podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar’” (Mt. 26, 36-46; Mc. 14, 32-42; Lc. 22, 39-46).
Jesús tuvo una oración de angustia, de terror, de miedo, de inquietud, de un ir y un venir (hasta tres veces se alejó un poco para suplicar al Padre). Esta oración de Jesús quiso ser acompañada, que no en comunidad, sino acompañada de sus tres amigos-discípulos preferidos, pero ellos no estuvieron a la altura y Jesús tuvo que hacer esta oración en la más terrible de las soledades: Parecía que Dios Padre no le escuchaba ni le respondía; sus tres amigos estaban dormidos y tampoco tenían palabras de consuelo, de ánimo o de simple compañía. Jesús estuvo completamente solo[3]. Pero Jesús no se echó atrás en ningún momento. Sabía bien lo que le esperaba; ya se lo habían anunciado antes (Lc. 9, 31).
- Conviene fijarse en algunos detalles distintos que nos dan los evangelistas: por ejemplo, Marcos es el único que pone en labios de Jesús la palabra “Abba” (Mc. 14, 36) al dirigirse a Dios, mientras que Lucas y Mateo le ponen la palabra “Padre”. La palabra “Abba” indicaba una confianza absoluta, pues Dios, para Jesús, no sólo era el Padre, sino y sobre todo era ‘su papaíto’. Ya sabemos que este término era el usado por los niños judíos para dirigirse a sus padres y que escandalizó a los fariseos y sumos sacerdotes, pues Jesús la usó para dirigirse a Dios.
De igual modo nos hemos de fijar en el evangelio de Lucas, que nos aporta dos novedades: 1) se nos dice que, durante la oración, un ángel confortaba a Jesús[4] (Lc. 22, 43), y 2) que, era tal la angustia y el miedo que Jesús tenía por lo que se le venía encima, y la intensidad con la que oraba, que “le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre[5] (Lc. 22, 44).




[1] “En aquel momento Jesús dijo: ‘Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido’” (Mt. 11, 25-26).
[2] Sí que existe otro momento en los evangelios en los que se narra con muchos detalles el diálogo que Jesús mantuvo con una realidad espiritual, con el Maligno en persona. Se trata del episodio de las tentaciones al inicio de su vida pública: Mt. 4, 1-11; Lc. 4, 1-13.
[3] Episodio de la niña que ayudó al anciano viudo a llorar.
[4] Aunque Jesús no lo viese ni lo sintiese, pero estaba animándolo a cumplir la voluntad de Dios. También nosotros en nuestros momentos de sufrimiento tenemos a un ángel que nos conforta, aunque no lo percibamos sensiblemente.
[5] Ante la muerte, un hombre puede quedar cano en una sola noche, o ‘sudar sangre’. En una revista médica he encontrado esta aportación que nos explica el episodio que tuvo Jesús en el huerto de los olivos: “La pasión física de Jesús comienza en Getsemaní. Todos hemos leído que Jesús sudó sangre y muchos nos hemos preguntado por la veracidad de este hecho. Aunque es muy raro, el fenómeno del sudor de sangre es bien conocido por la ciencia médica. Es interesante que el médico del grupo, Lucas, sea el único que menciona este fenómeno. El sudar sangre, hematidrosis o hemohidrosis, se produce en condiciones excepcionales: para provocarlo se necesita un debilitamiento físico, y se atribuye a estados muy altos de estrés; esto provoca una presión muy alta y congestión de los vasos sanguíneos de la cara; la presión alta y la congestión provoca pequeñas hemorragias en los capilares de la membrana basal de la piel y algunos de estos vasos sanguíneos se encuentran adyacentes a las glándulas sudoríparas. La sangre se mezcla con el sudor y brota por la piel. Esta es la primera perdida de líquidos corporales que experimentó Jesús (aproximadamente de 150 a 200 ml.). Todo lo anterior, estrés, perdida sanguínea por la hematohidrosis, provoca en el cuerpo humano un aumento del metabolismo en su fase catabólica (consumo); este mismo se refleja directamente en el consumo principal de carbohidratos (glucógeno), esta reserva es muy pobre y se acaba pronto, por lo que se inicia un estado en el cual se consumen las proteínas del cuerpo y el catabolismo. En condiciones normales este mismo, puede estimular la redistribución de líquido del espacio intracelular al extracelular. Es decir, que el paciente comienza a hincharse. La piel se hace más frágil y vulnerable a cualquier trauma”. Pienso ahora en los golpes que recibió Jesús de los criados y soldados judíos, y en la flagelación a manos de los soldados romanos. La piel de Jesús debió de quedar rota y en mil pedazos ya antes de su muerte.

1 comentario:

  1. El sufrimiento más grande de Jesus, fue la soledad que tuvo de parte de los suyos, y de todos nosotros. El que fue el más grande de los grandes, lo golpeamos, lo crucificados y lo abandonamos. Su muerte se parece a los de tantos hermanos, que mueren de hambre y sed de justicia. Bendito seas por siempre Señor.

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