jueves, 20 de mayo de 2021

Domingo de Pentecostés (B)

23-5-2021                              PENTECOSTES (B)

Hch. 2, 1-11; Slm. 103; 1 Co. 12,3b-7.12-13; Jn. 20, 19-23

Homilía en vídeo. 

Homilía en audio.

Queridos hermanos:

            En el día de hoy celebramos la festividad de Pentecostés: 50 días después de haber resucitado Jesús, 10 días después de haber ascendido al cielo Jesús es cuando sucede el hecho extraordinario de Pentecostés: el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego desciende sobre los apóstoles y sobre la Virgen María, y les cambia totalmente: de timoratos los convierte en valientes, de tristes en alegres, de gente con dudas los convierte en gente entregada y confiada totalmente en Dios y en su Hijo Jesucristo, de gente sin instrucción los convierte en gente con una sabiduría y con unas palabras que no son de este mundo…

            Por cierto, ¿vosotros oráis al Espíritu Santo? ¿Tenéis fe y devoción en el Espíritu Santo? Se cuenta que hace ya unos cuantos años una señora se acercó al cura de su parroquia y le preguntó: “Señor cura, ¿me puede conseguir una novena al Espíritu Santo? Es que le tengo mucha devoción”. A lo que el cura contestó: “¡Señora, déjese de devociones raras y rece a San Antonio como todo el mundo!” A lo que yo replico: si el cura está así, ¿cómo estarán los feligreses…? Y es que el Espíritu Santo es el gran desconocido entre muchos cristianos, curas incluidos, o al menos, entre los católicos en muchas partes de España.

            - Por eso hoy quisiera hablaros un poco del Espíritu Santo y lo haré de la mano de la Secuencia que hemos escuchado antes del evangelio. La Secuencia es una bellísima y antigua oración en donde los cristianos pedimos que el Espíritu de Dios nos asista. Voy a releer trozos de esta oración y vamos a tratar de profundizar un poco en ella.

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo
…

Ven, dulce huésped del alma.

            Sí, el Espíritu Santo entra en nuestra alma solo si es invitado. Cuando Dios nos creó puso en nuestro corazón y en nuestra alma una puerta. En dicha puerta puso también una cerradura. Se trata de una cerradura extraña, porque está por el interior y solo se abre desde el interior. Esta cerradura tiene una sola llave, y esa llave nos la ha entregado Dios a cada uno de nosotros. Somos nosotros quienes abrimos o cerramos esa cerradura y esa puerta para que entren unos u otros, o para que no entre nadie. Hace un tiempo me vinieron a ver dos personas distintas para contarme dos casos muy similares: resulta que sus jóvenes hijos, por decisión propia, están encerrados en casa y no quieren salir ni tener contacto con nadie. Sus padres son los “suministradores” de la comida y de la ropa, pero estos hijos no quieren nada más de sus padres ni con sus padres. Si sus padres hacen algún esfuerzo para que sus hijos vean especialistas en psicología o para que salgan o tengan contacto con alguien, entonces estos jóvenes reaccionan con ira y/o encerrándose más todavía en su mundo. Y estos, por desgracia, no son casos aislados. Se están dando con relativa frecuencia.

Aunque no sean casos tan extremos, igualmente me he encontrado con mucha frecuencia en mi tarea sacerdotal con personas que tienen reacciones de ira o de hosquedad, y en realidad no es más que una especie de cercado con púas que ponen a su alrededor a modo de defensa. Se saben frágiles y débiles. Estas personas han comunicado sus secretos e ilusiones a los demás en varias ocasiones y se han sentido traicionadas o no comprendidas. Por eso, pueden ser personas que hablan y hablan, pero de cosas externas a ellas (el Barça va a ganar la liga, qué frío hace, te sienta bien esa ropa, qué mal está el mundo…), pero todo eso no son más que cortinas de humo para que nadie entre en su interior y les haga daño una vez más. Pues bien, esto mismo, que sucede a nivel humano o de relaciones humanas, también sucede en nuestras relaciones espirituales, con Dios. Dios nos ha entregado, al crearnos, una llave de nuestro interior y, si nosotros queremos, ahí no entra nadie; ¡ni Dios tampoco!

En efecto, Dios respeta tanto nuestra libertad que, si nosotros se lo impedimos, Él no puede entrar. Ciertamente Dios es todopoderoso, pero su límite es nuestra libertad. Somos nosotros quienes ponemos a Dios el límite a la hora de entrar y quienes podemos echar a Dios de nuestro interior. Por todas estas razones, esta oración de hoy (Ven, dulce huésped del alma) quiere ser una invitación al Espíritu Santo para que ablande nuestro corazón y nos haga salir de nuestro castillo, de nuestro aislamiento y para que permitamos al Espíritu de Dios entrar en nuestro ser más profundo.

- Sigue la oración:

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Cuando el Espíritu Santo es invitado y está ya dentro de nuestra alma, no hay nada comparable a Él. Todo se vuelve dulce como la miel; las lágrimas de dolor y sufrimiento, que caen por nuestras mejillas en tantas ocasiones, se transforman por la acción maravillosa del Espíritu en lágrimas de consuelo, de sabernos acompañados, de alegría. Son lágrimas de sentirnos comprendidos, amados y consolados. ¡Cuántas personas han narrado tener problemas muy graves y volverse a Dios y, sin haber cambiado nada y seguir todo igual, cómo la paz y la fortaleza los inundaba para seguir en la vida! Recuerdo el caso de una señora que fue abandonada por su marido. La dejó a ella y a tres hijos pequeños. Esta mujer se vio sola y perdida, y fue ante una imagen de la Virgen y lloró allí desconsoladamente. Me contó que en un determinado momento sintió cómo si la Virgen la arropara a ella y a sus hijos con su manto. Salió de allí con el mismo problema con el que había entrado, pero con serenidad, paz y fuerza para luchar por sus hijos. En verdad, no hay nada creado en este mundo comparable a la dulzura, al descanso, a la brisa, al gozo, a la felicidad que nos proporciona el Espíritu Santo. Es mejor que cualquier lotería, trabajo, crucero de placer, coche, salud, tierras, dineros, amigos que hayamos tenido, que tengamos o que podamos imaginar. Quien lo haya probado, aunque solo sea una sola vez en su vida, sabe de qué estoy hablando y sabe que es cierto lo que digo. De hecho, quien escribió está oración (Secuencia) hablaba desde su experiencia.

            - Termino leyendo lo que queda de la Secuencia del Espíritu Santo, aunque no explique más por hoy:

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

AMEN

 

jueves, 13 de mayo de 2021

Domingo de la Ascensión del Señor (B)

16-5-2021                              DOMINGO DE LA ASCENSION (B)

                                                           Hch.1, 1-11; Sal. 46; Ef. 1, 17-23; Mc. 16, 15-20

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio.

Queridos hermanos:

            En este domingo celebramos la Ascensión de Jesús a los cielos. Pasados 40 días desde su resurrección y habiendo estado durante esos días apareciéndose y animando a sus discípulos a seguir sus pasos hacia Dios, Jesús asciende al cielo para ocupar un lugar al lado de su Padre. Como sabéis este Misterio es uno de los dogmas de la fe cristiana. Lo que pasa es que para mucha gente, incluso para bastantes católicos, los dogmas son algo frío y teórico, que tiene muy poco que ver con nuestra vida ordinaria. Pues bien, en la homilía de hoy voy a procurar acercar este dogma, este misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos a nuestra vida concreta, y con ello a nuestro espíritu para que nos ayude en nuestro caminar de fe hacia Dios Padre.

            En muchas ocasiones me he encontrado con gente que me dice no creer en la existencia del infierno. Dicen que el infierno ya está aquí, en la Tierra con tantos sufrimientos, guerras, enfermedades, paro, pobreza y hambre por los que pasamos. A lo que yo contesto que, efectivamente, el infierno ya está aquí con nosotros, pues lo fabricamos nosotros mismos y del mismo modo el cielo ya está aquí con nosotros, pues también lo fabricamos nosotros mismos. Allá tendremos lo que hayamos vivido y fabricado nosotros aquí. Si uno vive en el infierno del egoísmo para sí mismo y a costa de los demás, ALLÁ tendrá ese mismo infierno que se ha fabricado aquí. Si uno viven en el cielo del desprendimiento, de la generosidad, del cariño… hacia los demás, ALLÁ tendrá ese mismo cielo que ha fabricado aquí. Ese infierno lo fabricamos nosotros mismos de espaldas a Dios. Y ese cielo lo fabricamos nosotros mismos en unión con Dios.

            Hace años, en el diario de La Razón, vi una noticia testimonio de un sacerdote asturiano: Manuel Viego. Se ordenó presbítero en 2005 y atiende ahora mismo una parroquia de Gijón. En sus palabras narra con toda crudeza el infierno que él mismo se iba fabricando, y también narra con toda sinceridad cómo Dios le ayudó a ASCENDER de ese infierno que lo estaba aniquilando para vivir, ya aquí, en el cielo: “Mi familia era católica, pero yo tuve una mala experiencia con la Iglesia en mi infancia y me alejé de Dios. A partir de los 16 años yo ya trabajaba y tenía dinero. Me dieron a probar porros, me hacía sentirme bien, me evadía. Fui comercial, trabajé en la construcción, ponía música y copas en discotecas... Ganaba mucho dinero y durante años lo gasté en fiestas. Fui a más, me metía de todo, muchos ácidos, a veces esnifaba coca. Como muchos, buscaba ser feliz en el placer. Estuve con una chica, luego con otra... Al cabo de unos años, me fui de fiesta a Tenerife en la Semana Santa de 1992. Solo vi el Teide y el mar de lejos. Me junté con unos conocidos en un apartamento. Toda la noche estábamos de juerga, y de día dormíamos, o estábamos de jacuzzi y sauna. La noche de Viernes Santo nos pusimos hasta arriba, sobre todo de ácidos. Me sentí muy mal. Me di cuenta que nada de aquello me hacía feliz. Pensé que iba a perder la razón, que nada en la vida tenía sentido. Entonces vi una iglesia cerrada y pensé que a lo mejor mi madre tenía razón y Dios existía. Me dio por hablar con Dios. ‘Si existes este es tu momento’, le dije, ‘he hecho de todo y no consigo ser feliz’. Pensé rezar, pero no me sabía el Padrenuestro porque lo habían cambiado cuando lo aprendí. Pero sí recordaba el ‘Ave María’, así que recé a la Virgen. Y resultó que Dios existía. Sentí que Dios estaba a mi lado, que me acompañaba y me decía ‘levántate y anda’. Esa experiencia me cambió. Al día siguiente, Sábado Santo, fui a una iglesia, consulté los horarios de misa, hablé con un sacerdote. Y me pareció que todo eran mensajes de Dios para mí. Poco después tuve otra experiencia fuerte de cercanía de Dios haciendo un cursillo de Cristiandad en Covadonga. Allí descubrí a la Iglesia, y que Dios no juega con las personas, que nunca me dejó. Cambiar de vida fue un proceso lento. Intenté vivir en cristiano, desde la fe, la relación con mi pareja. Hubo ruptura, claro. Más adelante fui a pasar una semana en un retiro de la Comunidad de Bienaventuranzas en Toledo... y me quedé tres años. Allí entendí que quiero transmitir lo que he vivido, evitar que otros sufran lo que yo he sufrido. Empecé a estudiar en el seminario de Sigüenza, luego en el de Oviedo”. Su casa, que es grande, siempre está llena de gente y siente la llamada de decir a los jóvenes que ‘se acaba antes el picador que la mina’, es decir, que los goces no llenan, que solo Dios llena al hombre”.

            En Manuel Viego se hace vida y realidad el dogma que hoy celebramos y el evangelio de hoy:

Él ha subido y ha ascendido del infierno de su vida… al cielo de la vida con Dios.

Él ha experimentado la muerte de Cristo en su muerte poco a poco, y sobre todo experimentó la resurrección de Cristo en sus propias carnes aquel día de Viernes Santo en Tenerife.

Finalmente, Manuel ha escuchado la palabra de Jesús de anunciar a todo el mundo que Jesús vive, que ama, que cura, que acoge, que da vida.

Manuel, como tantos otros, es demostración palpable de que las Ascensión del Señor no es un dogma frío y teórico, sino que es una realidad concreta y cercana.

            ¡Señor, te pedimos que nos saques de nuestro infierno de cada día!

            ¡Señor, asciéndenos y súbenos al cielo, junto a ti y junto a tu Padre Dios!

            ¡Señor, haznos anunciadores de tu Buena Noticia para que la gente crea, se bautice y se salve, como nos dice Jesús en el evangelio!

jueves, 6 de mayo de 2021

Domingo VI de Pascua (B)

9-5-2021                                DOMINGO VI DE PASCUA (B)

Hch. 10,25-26.34-35.44-48; Sal. 97; 1 Jn. 4, 7-10; Jn. 15, 9-17

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio.

Queridos hermanos:

            En el evangelio de hoy aparece la palabra “PERMANECER” en tres ocasiones y concretamente en las tres primeras frases del texto leído: “permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”.

            Vamos a tratar de profundizar en la homilía de hoy en esta palabra. Imaginemos que vamos a subir una escalera y hemos de subir varios peldaños para alcanzar algo de sabiduría en este tema.

            - Primer peldaño. Según nos cuenta la Biblia, el pueblo de Israel siempre ha estado en movimiento. En sus orígenes fue un pueblo nómada (Abraham y lo mismo sus descendientes), y posteriormente ha sido un pueblo exiliado y ha vivido como extranjero en varias ocasiones (con los asirios, con los babilonios, con los romanos…). Por ello, el pueblo de Israel no ha experimentado nunca verdaderamente lo que significa ‘permanecer’. Así, en hebreo no existe una palabra que designe esta idea. Cuando un israelita quería decir algo parecido a ‘permanecer’, utilizaba expresiones que describían a un hombre sentado, o las tiendas de los pastores plantadas en donde habitualmente había pastos…

            Sin embargo, este pueblo israelita siempre en marcha, de un lugar para otro, como nos cuenta el Antiguo Testamento, siempre soñó con reposar de sus fatigas, de las persecuciones que sufría y con vivir en paz en la tierra que Dios le había prometido. Este pueblo soñó con PERMANECER en un lugar, y con tener paz y tranquilidad para criar a sus hijos, y con tener una casa estable.

            - Segundo peldaño. Ya por lo que se refiere al Nuevo Testamento, en él se nos dice que “este mundo es pasajero” (1 Co. 7, 31). En este mundo se marchita la hierba (Mt. 6, 30), se consumen todos los animales y los hombres (Is. 40, 8). Y el mismo Jesús nos dijo en el evangelio: “Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24, 35). También nos dice San Pablo que desaparecerán las profecías, la ciencia; lo único que no desaparecerá es el amor (1 Co. 13, 8). No existe en este mundo una morada perpetua, una ciudad eterna, una casa para siempre (Hb. 13, 14). “Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña –nuestra morada terrenal– es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios” (2 Co. 5, 1).

            Los israelitas buscaban una tierra, una casa, un hogar para habitar, para residir, para estar, para permanecer, pero todo esto que buscaban era material y tangible. Sin embargo, Jesús nos enseñó que lo material y tangible es necesario para los hombres, mas estas cosas no son para siempre. Lo de aquí no permanece. Lo de Dios sí que permanece.

            - Tercer peldaño. En efecto, Dios es el único que siempre perdura. Él es la roca estable sobre la que hay que apoyarse. “Tu palabra, Señor, permanece para siempre, está firme en el cielo. Tu verdad permanece por todas las generaciones” (Slm. 119, 89-90). El hombre que se apoya en Dios, es un hombre que permanece. Hay un texto precioso usado por el profeta Jeremías para expresar esta idea: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en Él tiene puesta su confianza! Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto” (Jr. 17, 7-8).

            - Cuarto peldaño y rellano. Permanecer no es inmovilismo, no es rigidez, ni cobardía, ni pereza, ni comodidad. Jesús siempre es movimiento. Jesús es siempre dedicación a los hombres y a la voluntad de Dios. Por eso, quien permanece en el amor de Jesús debe de estar siempre olvidándose de sí para estar volcado hacia los demás. El que permanece no es ni debe ser un egoísta, ni un autista, ni un cobarde. El que permanece de verdad, y como nos dice Jesús en el evangelio, es un hombre que, olvidándose de sí, vive por y para los demás, por y para Dios.

            Permanecer tiene que ver con la fidelidad a la palabra dada, a las personas, a Dios, a los compromisos contraídos.

Permanecer tiene que ver con la constancia y con la perseverancia, aunque a uno le fallen las fuerzas, aunque viva su entrega en medio de la soledad (pienso en los que acompañan día y noche a sus padres con Alzheimer), aunque viva su entrega en medio de la ingratitud y el fracaso (pienso en los padres que atienden a sus hijos inmersos en la droga y que no son capaces de salir de ella).

Sí, permanecer tiene que ver, como bien nos dice Jesús en el evangelio, con el amor.

Habrá alguien que pregunte por el cuento de cada homilía. En esta ocasión es este:

“Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había muerto y prosiguió su camino con sus dos animales...

La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos. En una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él el siguiente diálogo:

- Buenos días.

- Buenos días - Respondió el guardián.

- ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?

- Esto es el Cielo.

- ¡Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos!

- Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.

- Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…

- Lo siento mucho -dijo el guardián-, pero aquí no se permite la entrada a los animales.

El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber solo. Dio las gracias al guardián y siguió adelante. Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puertecita vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía.

- Buenos días -dijo el caminante. El hombre respondió con un gesto de la cabeza.

- Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.

- Hay una fuente entre aquellas rocas -dijo el hombre, indicando el lugar-. Podéis beber tanta agua como queráis.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed. El caminante volvió atrás para dar las gracias al hombre.

- Podéis volver siempre que queráis -le respondió éste.

- A propósito ¿Cómo se llama este lugar? -preguntó el hombre.

- EL CIELO.

- ¿El Cielo?

- Sí.

- ¡Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!

- Aquello no era el Cielo; aquello era el Infierno -contestó el guardián. El caminante quedó perplejo.

- ¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa debe provocar grandes confusiones! -advirtió el hombre.

- ¡De ninguna manera! En realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos...”

El amor auténtico permanece para siempre. El que no es auténtico se desvanece ante cualquier dificultad, por ejemplo, ante la sed, como en el cuento.