miércoles, 20 de diciembre de 2017

Domingo IV de Adviento (B)



24-12-2017                            DOMINGO IV ADVIENTO (B)
Homilía en vídeo. 
Homilía de audio. 
Queridos hermanos:
Estamos en el cuarto Domingo de Adviento. Hoy por la noche celebraremos el nacimiento de Jesús, el Hijo Único de Dios. En este tiempo de Adviento nos hemos ido preparando para la venida de Jesús. Para ello hemos preparado un colchón para la cuna del Niño Jesús durante el Adviento; hemos orado sobre los textos bíblicos que la Iglesia nos proponía en las Misas; hemos querido ser receptivos a la Alegría, que sólo el Señor nos puede dar. Pero, para acercarnos más a Jesús, se nos propone hoy, además, hacerlo a través de su querida madre, María.
            - Nos narra el evangelio que el ángel Gabriel se presentó a una doncella de una aldea perdida en la montaña de Galilea. A esta doncella se le propone de parte de Dios la posibilidad de ser la madre del Mesías, la madre del Hijo de Dios. Ella pregunta al ángel Gabriel que cómo va a quedar embarazada si no ha mantenido relaciones con ningún hombre, a lo que el ángel le contesta que será el Espíritu Santo quien la cubra y quien la deje encinta, pues todo es posible para Dios. Al oír esto María, ya sin ninguna duda y con total disponibilidad, contesta: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
            En el momento en que María contesta de este modo, ella se queda embarazada. Su vientre recibió la semilla divina, que fecundó su óvulo, y allí apareció una vida humana y a la vez una vida divina. María llevaba dentro de sí a un niño humano y a la vez a Dios mismo.
El 25 de marzo la Iglesia celebra la festividad de la Encarnación del Hijo de Dios en el vientre de María y el 25 de diciembre la Iglesia celebra el nacimiento de Jesús. No quiero ahora detenerme en si tales días corresponden realmente a las fechas de la concepción y del nacimiento de Jesús. No es el momento. Pero lo que sí quisiera plantearme, aquí y ahora, es la siguiente pregunta: ¿Qué pasó durante estos 9 meses, es decir, durante el tiempo del embarazo[1]? Nada de esto se nos dice. Uno de los evangelistas únicamente nos dice que en estos 9 meses sucedió el encuentro de María con su prima Isabel.
Se ha de suponer que en estos 9 meses la Virgen María percibió algunos cambios en su cuerpo, lo mismo que les sucede a todas las mujeres que se quedan embarazadas. Lo que voy a decir ahora lo he preguntado a algunas mujeres que han sido madres. Lo primero que me dijeron es que cada embarazo es distinto. De modo general, lo que una mujer embarazada puede sentir y, por tanto, lo que María pudo haber sentido es esto (perdón por los errores e imprecisiones que cometa al decirlo):
* En el primer trimestre María pudo sentir, entre otras cosas, nauseas, vómitos, se volvió más sensible, tuvo más sueño, se le agudizó el olfato. A partir de la semana 12 de gestación ya estaba formado el bebé.
* Parece que el segundo trimestre pudo ser el mejor, pues María quizás no tuvo ya las nauseas, ni las molestias del primer trimestre, ni tampoco la pesadez que tendría en el tercer trimestre. También es cierto que hay mujeres que lo pasan mal, muy mal durante todo el embarazo. En este segundo trimestre, a partir de la semana 18, María habría empezado a notar que la criatura se movía dentro y daba alguna patada. 
* En el tercer trimestre los pulmones de María se habrían visto aprisionados, porque el niño ya habría crecido bastante y necesitaba más espacio. Además, María tuvo que llevar más peso consigo en este tiempo y esto le dificultó para caminar, con la consiguiente hinchazón de piernas y con dolor de riñones.
Sí, en María hubo un cambio en su cuerpo durante el embarazo, pero también en su mente, pues dejó de ser adolescente para convertirse en toda una mujer. Dejó de ser mujer a secas para irse convirtiendo poco a poco en madre. Asimismo la relación con su entorno: vecinos, familiares… tuvo que cambiar. Ella vería ahora todo con otros ojos y a ella también la verían con otros ojos. El embarazo de María tuvo que ser muy bonito, el sentir cómo se iba creando dentro de su ser una vida nueva e independiente de ella. Para María lo más bonito que podía sucederle era el ser madre. Por todo lo que acabo de narrar, se puede decir que María fue, es y será solidaria (aunque los cristianos hablamos más de “estar en comunión”, que tiene un significado más profundo que la mera solidaridad) con todas las mujeres que han estado embarazadas, que lo están y que lo estarán. María acoge, comprende y vela sobre todas las mujeres embarazadas.
El 4 de diciembre de 2008 leía en un periódico el testimonio de una mujer, Esperanza Puente, que había abortado. Decía así: “He querido explicarles lo que vivimos las mujeres cuando vamos a abortar. El miedo, la angustia, la soledad cuando te enfrentas a un embarazo inesperado y te abandona tu pareja, o no hay comprensión por parte de la familia, o te amenazan en el trabajo: «abortas o te despido», o hay exclusión social, o tienes problemas económicos...”. También María pudo pasar por esta soledad, por esta angustia y por este miedo. José pudo denunciarla y ella podría haber acabado lapidada junto con su hijo. Por eso, María está en comunión con todas las mujeres que, por una razón u otra, se han visto obligadas a abortar, o están abortando ahora mismo, o van a abortar en un futuro.
María está asimismo en comunión con tantas mujeres que no pueden tener hijos; está en comunión con tantas parejas que, por una dificultad del varón o de la mujer, no pueden engendrar hijos y se quedan sin ellos, a pesar de ansiarlos tanto.
Igualmente María está en comunión con tantas mujeres que se casaron enamoradas y por haber fracasado su matrimonio y debido a su edad ya no pueden tener hijos, a pesar de que los deseaban y los desean con todas sus fuerzas.
Alguien puede preguntarse o preguntar por qué María puede estar en comunión con todas estas personas y la respuesta es que María llevó en su vientre, no simplemente a un niño, sino que con ella tenía a Dios mismo, al Hijo Único de Dios Padre. ¿Qué habrá sentido María en su espíritu al llevar a Dios durante esos 9 meses? Pues bien, a través de su Hijo, María pudo, puede y podrá estar en comunión con todas esas personas.


[1] Hay algunas imágenes en las iglesias que nos muestran a María embarazada. A mí siempre me inspiraron ternura dichas imágenes

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Domingo III de Adviento (B)

17-12-2017                            DOMINGO III DE ADVIENTO (B)
Homilía en vídeo. 
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
          Las lecturas que hemos escuchado en este tercer domingo de Adviento nos incitan a la ALEGRIA: “-Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios” (1ª lectura). “-Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (el ‘Magnificat’, a modo de salmo). “-Estad siempre alegres” (2ª lectura). Pero no se trata de una alegría superficial. Los hombres han inventado muchos trucos para producir alegría: vino, comida abundante, música, danza, viajes, llenarse de cosas, satisfacer sus gustos y deseos... ¿Todo esto da alegría[1]? Sí, pero pasajera.
La ALEGRIA de la que nos hablan aquí las lecturas de hoy es más profun­da: nace del corazón y está motivada porque el hombre está en paz consigo mismo, con los demás y con Dios.
          A) Pero, ¿cuáles son las causas de nuestra alegría? En definitiva, ¿POR QUÉ hemos de tener ALEGRIA nosotros?
           1) Hemos de estar contentos porque el Señor viene y se hace presente entre nosotros para librarnos de todo aquello que nos esclaviza: “me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor”, dice Isaías. Sí, hemos de estar contentos porque el Señor nos viene a librar del sufrimien­to, de la miseria que nos deprime, de las injusticias y egoísmos.  
            2) En la situación actual tenemos miedo a una guerra nuclear o química, a las acciones terroristas, a la inseguridad económica, a la inseguridad política, al paro, a la delincuencia, a la droga, a las enfermedades, a la soledad, al fracaso... Y es en esta situación en donde los cristianos hemos de proclamar y vivir la ALEGRIA por encima de todo, porque sabemos que Cristo es la única esperanza para salvar a este mundo roto y a tantas personas rotas.
3) Nos lo dice S. Pablo en la segunda lectura: “estad ale­gres. Sed constantes en la oración. En toda ocasión tened la acción de gracias: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros”. Por eso, nos hace falta la fe y la confian­za en Dios. Si el Señor está cerca y, cuando hay amor entre los hombres, perdón, ayuda, solidaridad, entonces Cristo se acerca mucho más.
            B) ¿Cómo ha de ser esta ALEGRIA?
1) La ALEGRIA cristiana puede coexistir con toda clase de dificultades. Dice san Pablo: “Sobreabundo de gozo en medio de las tribulaciones” (2ª Co. 7, 4). Se trata de la ALEGRIA que es un fruto del Espíritu. Sólo Dios puede darnos esta ALE­GRIA, si seguimos de verdad la luz que anuncia Juan el Bautista, es decir, Cristo.
            2) Hace un tiempo me decía una persona que había visto a otra interiormente destrozada, con una autoestima por los suelos, no se aceptaba a sí misma. Tenía consigo muchos problemas y, a consecuencia de ellos una gran depresión. Por desgracia, esto es bastante común en nuestra sociedad y entre nosotros mismos, los que estamos aquí. Permitidme leeros está anécdota. Escribía hace tiempo una chica anónima de esta sociedad el siguiente hecho: “Hoy, en el autobús, vi una bella muchacha de dorada cabellera. Me ha dado envidia. Parecía tan feliz, y he deseado ser tan hermosa como ella. De pronto, se ha levantado para salir, y la he visto cojear por el pasillo; sólo tenía una pierna y llevaba una muleta, pero me sonrió al pasar. ¡Oh Dios, perdóname cuando me quejo; que yo tengo dos pies... y el mundo es mío!” Sólo las personas que se aceptan a sí mismas son felices, les resulta más fácil relacionarse con los demás, pueden llegar a ser ellas mismas, pueden reírse de sí mismas sin ninguna dificultad... Estas personas pueden llegar a la ALEGRIA de Cristo Jesús.


[1] Incluso en muchas ocasiones estos tipos de ‘alegría’ se produce a costa de los otros: como cuando se gasta dinero para comprar una entrada de fútbol en la reventa a costa de dejar la familia sin ningún tipo de ingresos el resto del mes; como cuando la juerga de la ‘manada’ es a costa del sufrimiento de una chica; como cuando la juerga y las ‘graciosadas’ de unos niños en el colegio es a costa del desprecio y la burla de algún compañero; como cuando la ingesta de bebida y/o comida abundantes trae consecuencias para otras personas en forma de accidentes o enfermedades…

jueves, 7 de diciembre de 2017

Domingo II de Adviento (B)



10-12-2017                            DOMINGO II  DE ADVIENTO (B)

Homilía en vídeo.
Homilía de audio. 
Queridos hermanos:
            Para este segundo domingo de Adviento se me ocurre predicaros dos ideas, que nos ayuden a profundizar en este misterio que celebramos.
            - Empieza hoy la 1ª lectura con las palabras preciosas y tiernas del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; habladle al corazón”. ¡Cuánto sufrimiento hay en el mundo, en nuestra sociedad! La mayoría de este sufrimiento es inútil, en el sentido de que nos lo procuramos unos a otros sin necesidad alguna: de padres a hijos, de hijos a padres, de marido a mujer, de mujer a marido, entre vecinos, en los lugares de trabajo. Pues bien, en medio de tanto dolor y sinsentido Dios nos quiere consolar y lo hace a través de los profetas, como Isaías. Lo hace a través de Juan Bautista, pero sobre todo lo hace a través de su mismo Hijo, Jesús.
            Sabéis que estamos celebrando el tiempo de Adviento, es decir, tiempo, no en que recordamos simplemente que hace algo más de 2000 años vino Jesús al mundo, sino tiempo en que nos preparamos para la venida definitiva de Jesús. Él viene de tres modos, que no son incompatibles entre sí: 1) Jesús viene a nuestro corazón, cuando nos visita a través de la oración, de la lectura de su Palabra, de los sacramentos; 2) Jesús viene a nosotros por medio de nuestra muerte física; 3) Jesús vendrá cuando se produzca el fin del mundo.
Pues bien, hace un tiempo he sido testigo de cómo Jesús vino a un hombre, a una familia del segundo modo, o sea, a través de la muerte física de un amigo mío, que  entonces tenía unos 40 años de edad y con dos hijas entre 10 y 5 años. Tenía metástasis. Mi amigo lo sabía y hablaba con su mujer y familiares de ello. En aquel momento (era en el Adviento de 2005) fui a su casa, en una villa de Asturias distante una hora en coche de Oviedo. Hablamos sobre su vida, sobre su muerte, y sobre su vida después de su muerte. Confesamos, le puse la Unción de los enfermos, celebré la Eucaristía y comulgó el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Me decía que unos días antes le quitaron unos 9 litros de líquidos que le oprimían el vientre. Me decía que se retorcía de dolor en ocasiones y que ese dolor se lo ofrecía a Jesús (y le asomaban las lágrimas en los ojos, no cuando recordaba los momentos de dolor, sino cuando me decía que ofrecía ese dolor a Jesús). Me decía que estaba en paz, que podía prepararse con este tiempo que Jesús le daba para despedirse de su familia y de sus amigos, que se preparaba para Él. Me decía que hacía oración, que meditaba. Tenía allí la radio, que le puso su mujer por si se quería distraer, pero él no la escuchaba. Mi amigo escuchaba la “radio” de Jesús. Me decía la mujer que la paz que tenía su marido la ayudaba a ella, que él lo llevaba mejor que ella. Y yo he sido testigo de esa paz, que no procedía de mi amigo, aunque estaba en mi amigo. Esa paz procedía de Dios. Paz que le hacía no rebelarse, no protestar, ni renegar, ni martirizar a su mujer o a los que están en la casa o a su alrededor. Lo que se le hacía estaba bien todo. Cuando pedía algo (“¿me traes las pastillas?”), lo hacía desde la paz. Pero esto no se produjo de la noche a la mañana. No. Hubo muchas horas de oración detrás de mi amigo, cuando él tenía salud. Hubo muchas horas en él de dejar sus actividades y tiempo de ocio para dedicarse a coger a su familia y conducir el coche para ir a la Misa. Hubo muchas confesiones para pedir perdón a Dios por sus pecados. Hubo muchas luchas para reformar sus pecados y defectos. Hubo muchas caídas, aburrimiento y ganas de tirar la toalla, pero no lo hizo. Hubo mucho amor a Dios. Y eso, claro, ahora salió entonces. Y en mi amigo se cumplía la Palabra de Dios de hoy: pues Cristo Jesús mismo estaba visitando a mi amigo y estaba naciendo en él, pues para mi amigo estaba siendo ya Navidad. Se cumplía así en mi amigo la palabra del profeta Isaías, pues Cristo mismo lo está consolando.
Me decía la mujer de mi amigo que uno del pueblo que sabía lo de su marido le espetó que cómo iba Dios a existir, si permitía esto. A lo que la mujer replicó que Dios no era el origen de la enfermedad de su marido. Me decía esta mujer que qué sería de ellos sin Dios. Pues Él siempre estuvo con ellos y estará con ellos. De hecho, ya están haciendo planes el matrimonio para que, cuando parta de aquí el marido, éste siga atendiendo a su mujer y a sus hijas desde Dios, desde su Reino de paz, de justicia, de gracia, de verdad, de amor.
Hoy, en nombre de mi amigo, que ya se murió, de su mujer, y de Dios mismo, me convierto en voz que grita en estas parroquias para deciros: Preparad un camino al Señor, quitad vuestros pecados de encima, haced el bien una y otra vez, confesad vuestras faltas, vivid austeramente, no os llenéis de cosas que os impidan caminar hacia Dios y entonces Cristo Jesús nos visitará, nacerá en nosotros y nos consolará ahora y en la hora de nuestra muerte, como hizo con mi amigo.
- “Durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos un hombre fue condenado a muerte por alta traición. Entonces un soldado que se había señalado por sus grandes acciones heroicas se acercó a Jorge Washington para suplicarle que perdonara a aquel hombre que estaba condenando a morir. Washington le contestó de esta manera: 'Siento mucho no condescender a la súplica que usted me hace por su amigo, pero en estas condiciones no es posible. La traición tiene que ser condenada a muerte'. El suplicante repuso: 'Pero si es que yo no le suplico por un amigo, sino por un enemigo'. El general reflexionó por unos instantes y después le dijo: '¿Me dice usted que no es su amigo sino su enemigo?' Este le contestó: 'Sí, es mi enemigo. Me ha injuriado, me ha causado grandes males'. Washington le dijo con voz pausada: 'Esto cambia el cuadro de la situación. ¿Cómo puedo rehusar la súplica de un hombre  que tiene la nobleza de implorar el perdón para su enemigo?' Y allí mismo le concedió el perdón”.
Esta narración es la historia de toda la humanidad, es la historia del sentido profundo del Adviento y de la Navidad. Nosotros, cada uno de nosotros somos esos traidores, esos enemigos que injuriamos y causamos a los demás y a Dios mismo grandes males. Y Jesús es ese hombre heroico que suplica a Dios Padre por nuestro perdón. En esto consiste el Adviento y la Navidad: nosotros estamos destinados a la muerte, a ser ajusticiados justamente por nuestros crímenes y pecados, y Jesús intercede por nosotros para salvarnos de la horca y de la muerte segura.