jueves, 13 de agosto de 2015

Domingo XX del Tiempo Ordinario (B)



16-8-2015                              DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO (B)
VALORES HUMANOS Y CRISTIANOS (IV)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            9) Responsabilidad. En la vida ordinaria observo con demasiada frecuencia que los padres, educadores y la sociedad en general suplimos enseguida las deficiencias o errores de los niños, de los adolescentes, de los jóvenes, de los hijos, aunque tengan 40 años, etc. Y esto es muy peligroso, desde mi punto de vista, ya que no dejamos que estas personas maduren ni se hagan responsables de sus propios actos, puesto que pensarán que siempre habrá una persona mayor, o la sociedad, o los políticos, o los vecinos, o los otros, o Dios…, pero nunca ellos mismos, para tapar sus deficiencias o para poder echarles las culpas de todo lo que sucede o de todo lo que ellos pueden hacer, decir u omitir. Pongo algunos ejemplos:
            * No entiendo que haya niños o niñas que tengan todo hecho en casa y no tengan ningún tipo de responsabilidad en las tareas del hogar: hacerse su propia cama, recoger el plato o la taza después de comer o de desayunar y ponerlo en el fregadero, hacer algunos recados… Sé que hay padres que les inculcan para que hagan estas cosas, pero los críos, que son muy listos, protestan y los padres, por no oírlos, acaban cediendo y haciéndolo ellos mismos. Con lo cual los niños han aprendido una cosa grave: protesta, que algo conseguirás.
            * No entiendo cómo hay niños, adolescentes, o jóvenes que continúen comiendo los que quieren, o divirtiéndose como quieren, o gastando lo que quieren, cuando en su casa se pasa por una estrechez económica, y los padres no les ayudan a compartir y a ser conscientes de dicha escasez. Pienso que la austeridad, el conocer la situación familiar e ir a una todos juntos educa más que todos los sermones juntos que se puedan dar.
            * No entiendo que un joven o una joven decida independizarse y vivir solo/a, o con su pareja, o con amigos/as, que tenga su propio sueldo, y que de modo sistemático la madre le tenga que hacer la compra (y pagarlo encima), hacerle la colada con plancha incluida, comprarle los muebles, enseres de la casa y hasta la ropa, y a veces hacerle hasta la limpieza de la casa. Además, con bastante frecuencia tiene que hacerle las gestiones del banco o del ayuntamiento, porque a la madre qué más le da… Creo que lo correcto es que, cuando un hijo decide irse de casa, tiene que hacerlo con todas las consecuencias, asumiendo lo bueno (la independencia, que no le controlen, que no le griten…) y lo malo (que tenga que administrarse y compruebe por sí mismo que el dinero le llega justo a final de mes; que la casa y la ropa esté sucia, porque ya no está mamá para hacer esas cosas; arreglar la lavadora que se estropeó…).
            Cuando en 1989 estaba estudiando en Roma, ayudaba en una parroquia de los arrabales en donde el mundo de la droga estaba muy presente entre los jóvenes y, como consecuencia de ello, también en sus familias. Una familia me pidió ayuda y yo consulté el tema con un sacerdote canario que estaba haciendo una experiencia en Roma con Proyecto Hombre, ya que esta iniciativa surgió en la Iglesia italiana. Me decía este sacerdote que un drogadicto sólo se cura cuando él mismo ha tocado fondo. Mientras pueda seguir cayendo, siempre pensará que lo tiene todo controlado e igualmente pensará que saldrá de la droga en cuanto se lo proponga. Además, me decía este sacerdote que a estos drogadictos les hacen mucho daño los padres, familiares y amigos cuando les dan dinero para droga (“para que no roben”) o los sacan con fianza de la cárcel (“porque aquello es muy duro”), etc. Lo único que hacen estos familiares y amigos es retrasar la curación del drogadicto. Deben dejarlo que caiga y caiga por sus propias acciones, deben dejar que asuma todas y cada una de las consecuencias de sus propias acciones, incluso yendo a la cárcel. Así tocará fondo más rápido y podrá pedir ayuda él mismo y no los familiares y amigos, pues esto no sirve para nada, si el propio drogadicto no tiene asumido que quiere curarse.
            Como veis tiene todo la misma base: hay que dejar que la gente tome conciencia de su situación y de la situación que lo rodean, en la medida de sus posibilidades y de su edad, y que asuma y se responsabilice de lo suyo, en la medida de sus posibilidades y de su edad. Esta educación la hemos de ejercer con palabras, pero también con hechos. Es lo que llamo yo “el lenguaje de los hechos”. Y aquí voy a poner un caso que me sucedió a mí hace ya mucho tiempo. Es duro lo que contaré y algunos ya me lo habéis oído alguna vez: Cuando yo tenía 17 años (hablo de 1976), veraneaba en León con mi familia. Allí vivía un tío mío, que tenía un taller de chapa y pintura de coches. Una semana en que tenía mucho trabajo nos pidió a mi hermano (16 meses más pequeño que yo), a su hijo mayor, que tenía unos 15 años entonces, y a mí, que le ayudáramos. Así lo hicimos y nos puso a lijar los coches. Tenía que ser a mano; era un trabajo pesado, duro y monótono. Al llegar el domingo comimos en casa de mi tío y a las tres y media fuimos mi hermano, mi primo y yo a dar una vuelta por León capital, que distaba unos 5 km de donde estábamos. Mi tío nos dio para los tres un billete de 500 pts. por el trabajo realizado. Entonces era mucho dinero para nosotros. Yo cogí el dinero por ser el mayor y estar acostumbrado a hacerlo así con mi hermano. Cogimos los tres el autobús y llegamos a León hacia las cuatro. Nada más bajar del autobús mi primo me dijo que quería comer un perrito caliente. Yo le contesté que no, que acabábamos de comer y que no podía tener hambre. Él se enfadó conmigo y me dijo que de las 500 pts. una parte era suya y que con ese dinero podía hacer lo que quisiera. Entonces yo, sin mediar más palabras, le compré el perrito caliente con las 500 pts. Dos tercios de este dinero lo guardé para mi hermano y para mí (mi hermano no protestó) y el resto, descontado el coste del perrito caliente, se lo entregué a mi primo, pero le dije: “A las ocho cogemos el autobús para regresar a casa. Mira que te quede dinero, y luego no nos lo pidas a nosotros”. El cogió el dinero y lo gastó enseguida. A las seis ya no le quedaba nada. Mi hermano y yo echamos algunas partidas al futbolín y nos gastamos 25 pts. A las ocho cogíamos el autobús y mi primo nos pidió dinero para el billete. Yo le dije que ya le había avisado y que no le pagaba el billete, pues él tenía que haber reservado algo para el autobús. Él se quedó en tierra y tuvo que venir andando durante 5 km. hasta casa. Mi primo había sido enseñado a hacer lo que quisiera; es verdad que los padres le decían cosas, o le reñían, o le pegaban, pero, al final, tapaban siempre las consecuencias de sus actos y “le pagaban siempre el billete de autobús”. Mi primo sabía que podía hacer lo que quería, pues al final, siempre le pagarían “el billete de autobús”.
            Pienso que en tantas ocasiones “pagamos el billete de autobús” a los otros y no dejamos que asuman las consecuencias de sus actos, es decir, que caminen 5 km. al atardecer en dirección a casa y en la soledad. Eso les ayudaría tantas veces a reflexionar en su propia carne las consecuencias de sus actos.

jueves, 6 de agosto de 2015

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (B)



9-8-2015                                DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO (B)
VALORES HUMANOS Y CRISTIANOS (III)
Homilía en vídeo. HAY QUE PINCHAR EN EL ENLACE ANTERIOR PARA VER EL VIDEO.
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Por tercer domingo consecutivo continúo exponiendo los valores que hemos de poseer y practicar todos los hombres, como base y fundamento para recibir y practicar el Evangelio:
            6) Amabilidad. El ser humano debe comportarse de un modo educado en todo momento. Pedir las cosas o los permisos “por favor”. Dar las “gracias” en toda ocasión. Pedir “perdón” cuando se hiere a los demás, o cuando el otro resulta herido, aunque no fuera ésa la intención.
            Así: + se debe de ceder el puesto en el autobús a los ancianos, a los impedidos, a los que percibe cansados, a las personas que van con críos o cargados de cosas; + se debe de ceder el paso en lugares estrechos para que pase primero la otra persona; + no puede uno poner el televisor o la radio u otro aparato con un volumen alto, sino que ha de pensar en los que están en la casa o viven en las viviendas adyacentes e intentará no molestar a nadie; + debe procurar en la mesa servirse el último y/o servirse los alimentos menos apetecibles, para que queden los mejores o los más deseados para los otros. (Recuerdo que una chica se casó y le regalaron unos pasteles. A ella le gustaban mucho… y a su marido también. Comieron de ellos y sobró uno, que guardaron en la nevera. Al día siguiente llegó ella a casa y tenía hambre. Abrió la nevera y vio el pastel. Iba a comérselo, pero pensó en su marido y se lo dejó. Llegó su marido, la mujer no le dijo nada del pastel; comieron y, para el postre, él fue a la nevera y, sin preguntar nada ni ofrecérselo a su esposa, se lo comió sin más. A la mujer le sentó esta acción muy mal y, desde aquel día, ella come lo que le apetece sin tener en cuenta a su marido).
            Se debe de procurar tener el gesto agradable y ser cordial. La sonrisa debe de adornar con frecuencia su rostro para con los demás. Ya sabéis aquel famoso refrán: “Atrae más moscas un barril de ‘miel’ que cien de ‘vinagre’”.
            Ante tanto gesto hosco, ante tanta palabra hiriente, ante tanto egoísmo, no se puede entrar en esta “rueda” en la que hemos convertido la convivencia de nuestra sociedad. Hemos de salir de esta espiral de insultos, de egoísmos, de falta de educación. Tenemos el modelo de Jesús, que nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29).
            7) Amor. No simplemente el amor a los ‘negritos’ de Etiopía, sino y sobre todo amor al prójimo (que significa al “próximo”, es decir, al más cercano a mí). Debe de ser un amor concreto y en cosas concretas, empezando por las pequeñas y más sencillas. Por otra parte, hemos de tener en cuenta que no es lo mismo el amor a un pariente, el amor a un vecino, el amor a un compañero de trabajo…, pero hemos de amar. Unas veces amaremos desde el sentimiento (desde el corazón), otras desde la pura amabilidad y solidaridad: al que tengo a mi lado, tenga las ideas políticas o deportivas que tenga, tenga el color de piel que tenga, tenga la religión o creencias que tenga…
            Por todo esto, se ama con los gestos, con el rostro, con las palabras, con los silencios, con las acciones. Se ama en la familia no siendo una carga, un egoísta, uno que siempre se está quejando, sino que se ama responsabilizándose de su parte en las tareas del hogar (poner la mesa, quitarla, recoger las cosas, bajar la basura, hacer recados, planchar pasar la aspiradora…). Se aporta en la familia el trabajo, el dinero, las palabras de paz y comunicación para que no resulte la casa como una pensión para comer y dormir, sino para tratar de hacer una verdadera familia en donde se comparten las noticias, los sinsabores, las alegrías, el perdón mutuo…
            Se ama en el lugar de trabajo creando un buen ambiente entre los compañeros, procurando no meter cizaña ni entrar en envidias con los demás. Se es responsable en el trabajo, no ante el superior ni el dueño, sino y sobre todo ante la propia conciencia. Se han de tratar las cosas y herramientas del lugar de trabajo como si fueran propias.
            De este apartado del amor se podrían decir muchísimas más cosas, pero prefiero dejarlo aquí habiendo apuntado únicamente un inicio y que está al alcance de todos, pero sin perder la meta, que, para nosotros los cristianos, es amar como lo hacen los santos. Sino fijaros qué decía (y sobre todo que hacía) Teresa de Calcuta: "Las personas son irrazonables, inconsecuentes y egoístas. Ámalas de todos modos. Si haces el bien, te acusarán de tener oscuros motivos egoís­tas. Haz el bien de todos modos. Si tienes éxito y te ganas amigos falsos y enemigos verdade­ros. Lucha de todos modos. El bien que hagas hoy será olvidado mañana. Haz el bien de todos modos.
            8) Enfermedad. Ésta se está dando constantemente en los seres humanos. Somos hombres para la muerte, y la enfermedad nos encamina a ella. ¿Cómo nos hemos de comportar ante el dolor, ante el sufrimiento, ante la enfermedad…? Nuestra sociedad nos dice de mil maneras que el ideal es la eterna juventud, la salud, la calidad de vida, la piel tersa y sin arrugas, la figura juvenil en nuestros cuerpos…, pero la realidad es otra muy distinta: nuestro cuerpo se arruga, nos cae el pelo, nos salen canas, tenemos “michelines”, nos duelen las articulaciones, el cáncer es como una ruleta rusa que cae en cualquier momento sobre uno de nosotros…
            El ser humano se ha de preparar para vivir estas situaciones. Hemos de cuidar nuestro cuerpo y no podemos meternos atracones de tabaco, de café, de alcohol, de comida. Haremos una vida natural y con ejercicio físico, e iremos al médico cuando lo necesitemos, pero sin endiosar la salud, ni el bienestar físico, pues, más tarde o más temprano, lo perderemos.  Para dar un paso más, ya hemos de aprender y vivir de lo que nos dice Dios: “No temáis a quien puede matar el cuerpo. No. Temed más bien a quien puede enviar cuerpo y alma al infierno” (Mt. 10, 28). Del mismo modo S. Pablo decía a los corintios: "Aunque nuestro exterior va decayendo, lo interior se re­nueva de día en día [...] Es que sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña, se derrumba, tenemos un edi­fi­cio que viene de Dios, un albergue eterno en el cielo no cons­truido por hombres" (2 Co. 4, 16; 5, 1). Por lo tanto, el cristiano, después de poner todos los medios y remedios contra la enfermedad y el dolor, ha de aceptar con paz su situación de sufrimiento. Y para esto hemos de irnos preparando ya ahora en las pequeñas contrariedades de la vida, en los pequeños “catarros” para cuando lleguen las grandes contrariedades y los grandes “catarros”. S. Juan de la Cruz padecía mucho con la enfermedad que le llevó a la muerte y decía a los demás cómo había que comportarse, pero lo hacía él primero: “ejerciten las virtudes de mortificación y paciencia, deseando hacerse en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro, humillado y crucificado; pues que esta vida, si no es para imitarle, no es buena” (vida de S. Juan de la Cruz, BAC, pg. 369).
El mismo S. Francisco de Asís en su cántico a las criaturas habla de la enfermedad y del dolor de este modo: “Loado seas por toda criatura, mi Señor, (…) Y por los que perdonan y aguantan por tu amor los males corporales y la tribulación: ¡felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación!”