4-1-2026 DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD (A)
Eclo. 24,1-4.12-16; Sal. 147; Ef.1, 3-6.15-18; Jn. 1, 1-18
Queridos hermanos:
Esta homilía de hoy deseo comenzarla con un cuento japonés y cuál es la reacción que provoca dicho cuento en la mentalidad occidental, y de aquí poder profundizar en el mensaje evangélico. Vamos allá.
Se trata del cuento del tigre y las fresas.
Es muy diferente la manera de vivir la vida y enfrentarse a los hechos desde un colombiano y un japonés. Hubo un chico colombiano que vivió unos años de su niñez y adolescencia en Japón. Allí fue al colegio y no entendía los cuentos que allí se narraban y que, según su apreciación, quedaban incompletos. En cierta ocasión un maestro les contó el cuento del tigre y de las fresas. Decía el maestro: La vida es como un hombre que huía de un tigre; el tigre lo va a alcanzar para comérselo. El hombre está aterrorizado y no ve ninguna salida. En un momento el hombre toma una decisión y, estando oscuro, se lanza por un abismo. Al caer por el abismo logra aferrarse a una rama y queda colgando de ella. El hombre tenía la esperanza que al día siguiente, en cuanto se hiciera de día, pudiera descolgarse de la rama y bajar hasta ponerse a salvo. Tal vez no estuviera tan lejos del suelo y hubiera una forma de bajar de allí. Toda la noche la pasó amarrado a la rama. Al día siguiente salió el sol. Miró abajo y vio que podía descolgarse y llegar al suelo, pero había un problema: el tigre estaba abajo esperándolo. El hombre era su presa y el tigre no iba a desistir de agarrarlo y comérselo. Justo en ese momento –cuenta el maestro- el hombre descubrió que frente a él había unas plantas de fresas silvestres muy hermosas. No las había visto por la oscuridad de la noche. Eran unas fresas grandes y jugosas. El hombre extiende la mano y ve que están maduras. Coge algunas y las mete en su boca y así calma su sed… Y aquí termina la historia del cuento. Así lo dice el maestro. Este era el final.
Los niños japoneses asienten todos y dicen: ‘Ah, sí. Qué ricas las fresas’. Y yo, el único alumno colombiano, sin entender nada, pregunté: ‘¿Y el tigre?’ Lo pregunté en varias ocasiones, pero el resto de los niños, japoneses ellos, no me contestaban ni me hacían caso. No les importaba lo del tigre. El maestro contestaba a mi pregunta: ‘Así es la vida. Continuemos con la clase’. Volví a preguntar: ‘¿Y el tigre?’ Y me contestaba el maestro: ‘El tigre no importa. Importa la fresa’. Yo insistí diciendo que no importaba la fresa, sino el tigre. Nadie me respondía para mi extrañeza y todos se concentraban sin más en la clase.
Yo no podía pensar más que en el tigre. Yo era latino y veía a un señor colgando de una rama, un tigre abajo que quería merendárselo. Las fresas no me importaban; no eran lo esencial en un caso como el que maestro nos dijo. Yo decía: ‘O matamos al hombre o lo salvamos, pero pongamos un fin a este cuento’. Yo seguía dándole vueltas y preguntaba a los maestros por qué aquel cuento no tenía final. ‘El final es que aquel hombre encontró una fresa y el tigre no importa’, me repetían.
Pasado un tiempo, me llamó el maestro y me dijo que fuera donde él, pues iba a explicarme para que yo dejara de preguntar sobre el tigre. Me dijo que el tigre era la muerte, la muerte nos va a alcanzar a todos, pero eso no importa. Las fresas simbolizan esas pequeñas cosas de la vida, que nadie nos puede quitar. Y por eso hay que disfrutar de la vida. Un día descubrirás que este es el mejor momento de tu vida, cuando estás estudiando. El colombiano no le creyó.
Pasaron los años y un día el colombiano reflexionó sobre esta historia. Hoy sabemos que nuestro tiempo de estudio fue el mejor momento de nuestra vida, pero que no lo disfrutamos por estar pensando en el tigre. ¿Sabéis cuál es el tigre? Pues el viernes, el fin de semana. Pues pensamos: ¿cuándo va a ser viernes? Pensamos qué pena. Hoy es lunes, martes, miércoles, jueves… El viernes llega, pero con mucha desesperación. Luego pasa enseguida el viernes, sábado y el domingo, y llega de nuevo el lunes. Por estar pensando tanto en el tigre no disfrutamos de los lunes, que tiene también sus fresas. No importa el día que es. Existen cosas en la vida que tú debes disfrutar. Esas cosas pequeñas que nadie nos puede quitar y que nosotros podemos disfrutar. Todo esto quiere decir que, no es que no haya que pensar en la muerte, pero la muerte no es lo único en lo que hay que pensar. Colorín, colorado…
- Con la luz que nos da la razón natural podemos comprender el mensaje de este cuento japonés: disfrutar de esas pequeñas cosas buenas que nos rodean cada día, como son los acontecimientos, el haber podido descansar por la noche, el poder caminar, el que nos sepan bien los alimentos (medicación oncológica que quita el sabor de los alimentos), el disfrutar de una conversación, el estar al lado de familia o de amigos… Es verdad que hay cosas malas, o que nos acecha lo malo en un futuro próximo, pero que eso no nos impida disfrutar de las cosas sencillas que tenemos a nuestro alrededor o en nosotros.
- ¿Y qué hacemos con el tigre, con la muerte que se va acercando y nos va a devorar? Además de la luz que nos da la razón natural, nosotros los cristianos tenemos otra luz. De ella nos habla el evangelio de hoy: “La Palabra (es decir, Jesús) era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre”. Esta Luz nos dice que, después del tigre (la muerte) están las FRESAS (es decir, la Vida eterna). El tigre no va a poder devorarnos por entero. Moriremos, sí, pero volveremos a la Vida, no a esta de nuevo, sino a otra que no se acaba. Moriremos, sí, por nuestros pecados, pero seremos limpiados para siempre y el pecado, el sufrimiento, la ira, la inquina, el miedo… se acabarán para siempre. Porque tendremos las FRESAS ETERNAS, es decir, la VIDA ETERNA. Y esto lo sabemos por la Luz que Jesús, que es la Palabra que vino de parte de Dios nos lo ha dicho, y su palabra es verdadera, porque se cumple.
- Si esto es así, esa Luz verdadera nos dice que no solo podemos disfrutar de las FRESAS ETERNAS después de nuestra muerte. También ahora podemos disfrutar de ellas. Es cierto que, con la luz que nos da la razón natural, en vez de disfrutar de las pequeñas sencillas de la vida, podemos tener la tentación de disfrutar de un modo engañoso. ¿Engañoso, cómo? Pues metiendo la cabeza bajo el ala y negándonos a ver la realidad que nos rodea sin ver que estamos colgados de la rama de un árbol en el precipicio, que un tigre nos espera abajo para devorarnos en cualquier momento, etc. No, con la Luz verdadera veamos toda esa realidad compleja, doliente… que nos rodea, pero vivamos con esperanza en que Jesús nos da FRESAS VERDADERAS, tanto después de nuestra muerte, como ya aquí. Lo he dicho muchas veces y lo repito una vez más: quienes tenemos fe somos capaces de encarar la vida, con todo lo bueno y lo malo, mejor y de otra manera que aquellas personas que no tienen el privilegio de la fe. Así lo reconocen médicos y psiquiatras ateos[1].
[1] La relación entre la medicina, la psiquiatría y la fe ha evolucionado mucho. Antiguamente, figuras como Sigmund Freud veían la religión como una "neurosis obsesiva", pero la visión actual de la mayoría de los profesionales ateos o agnósticos es mucho más matizada y pragmática. Desde una perspectiva científica y clínica, esto es lo que suelen observar y decir: Ven la fe como "Factor de Protección". Incluso los psiquiatras más escépticos suelen reconocer que la fe funciona como un potente recurso psicológico. En medicina, se observa que las personas con fe suelen tener: Mayor resiliencia: Una estructura de creencias proporciona un "porqué" al sufrimiento, lo que facilita procesar traumas o enfermedades crónicas. Menores tasas de depresión y suicidio: La fe suele ofrecer un marco de esperanza y, sobre todo, un fuerte sentido de comunidad (apoyo social)