24-11-24 JESUCRISTO,
REY DEL UNIVERSO (B)
Dn.7, 13-14; Slm. 92; Ap. 1, 5-8; Jn. 18, 33-37
Homilía en vídeo.
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
Vamos a celebrar hoy esta hermosa
fiesta que cierra este año litúrgico. El próximo domingo estaremos en otro
nuevo año litúrgico y celebraremos el primer domingo de Adviento.
- Vamos a tratar de entender y de
vivir un poco esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Empezamos, como
muchas veces, con un hermoso cuento, que quizás ya conozcáis:
La Tienda de Dios
“A Dios se le ocurrió instalar una tienda en el
principal centro comercial de la ciudad. En esta tienda se podía adquirir lo
que se necesitara en la vida. Era una tienda elegante, con personal celestial
atento a las necesidades de los clientes. Sí, en ese lugar la gente podría comprar
todo lo que necesitaba: ser amado, felicidad, alegría, riqueza material y todo
lo que el hombre pudiera imaginar. Y llegó un cliente ambicioso que solicitó le
dieran su pedido:
– ¿Qué desea, señor?
- Felicidad y amor.
– ¿Algo más? -le preguntó el vendedor.
-
¿Se puede
pedir aún más? -respondió el cliente.
– Todo lo que usted necesite.
- Pues mire, necesito además: paz espiritual,
prosperidad, alegría y sabiduría para comprender a los demás.
- ¿Eso es todo? -replicó el vendedor.
Sorprendido el comprador agregó: - Si además de todo
lo que he pedido, se lo pudieran entregar también a mis amigos, a todo el
personal de mi empresa y de ser factible a mi ciudad, a mi país y todo el
mundo…
El vendedor cerró el pedido y le entregó al cliente su
mercancía en un pequeño sobre. El cliente escéptico, recibió el pequeño sobre y
exclamó:
– ¿Es todo lo que va a entregarme?
Y el vendedor le respondió: - Usted no ha entendido la
filosofía de nuestra tienda: aquí
vendemos semillas y no frutos. A usted le corresponde pagar el precio de su
pedido, es decir, deberá sembrarlas en tierra fértil, cuidarlas, podarlas y
vigilar cuidadosamente su crecimiento y, si usted tiene la paciencia, el cariño
y la pasión que requieren estas semillas, darán el fruto que usted desea para
toda la humanidad”.
En efecto, el Reino de Dios, que ya está presente en
nuestra tierra de algún modo, y la Iglesia no son frutos acabados. Son
semillas, que nosotros hemos de plantar (junto con Dios), regar, escardar,
abonar, cosechar… Vamos a plantar unas cuantas semillas:
Que Dios acabe con las guerras de este mundo.
Que Dios acabe con las injusticias de este mundo.
Que Dios acabe con las enfermedades, con los
sufrimientos de este mundo.
Que Dios acabe con el hambre de este mundo.
Que Dios nos dé la paz a este mundo.
Que Dios nos traiga justicia para este mundo…
“Cuenta
una leyenda árabe que un hombre paseaba en cierta ocasión por una ciudad y, de
repente, se encontró con una niña que lloraba por el hambre. El hombre aquel
levantó su vista al cielo y gritó: ¿Por qué dejas que esta niña tenga hambre y
no haces nada por ella? Y desde el cielo bajó una voz que decía: Te he creado a
ti”.
- En el prefacio de la Misa de hoy,
de Cristo Rey, se dice que el Reino de Dios es “el Reino de la verdad y la
vida, el Reino de la santidad y la gracia. El Reino de la justicia, el amor y
la paz”. Todo esto es
cierto. Allá arriba la verdad, la vida, la santidad, la gracia, la justicia, el amor, la paz… son
frutos, pero aquí, en la tierra, todo esto son semillas que Jesús nos ha
entregado a cada uno de nosotros con una misión muy concreta. La misión está
contenida en el cuento de la Tienda de Dios: “A usted le corresponde pagar el precio de su pedido, es decir, deberá
sembrarlas en tierra fértil, cuidarlas, podarlas y vigilar cuidadosamente su
crecimiento y, si usted tiene la paciencia, el cariño y la pasión que requieren
estas semillas, darán el fruto que usted desea para toda la humanidad”.
Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con la
guerra en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en nuestra
casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en nuestro
pueblo… por la paz?
Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con las
injusticias en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en
nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en
nuestro pueblo… por la justicia y por ser justos?
Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con las
enfermedades y sufrimientos en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo
nosotros en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra
parroquia, en nuestro pueblo… por la atención a los enfermos, a los ancianos, y
para que no seamos fuente de dolor para otros con nuestras palabras y
comportamientos?
Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con el
hambre en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en nuestra
casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en nuestro
pueblo… por compartir los bienes que están a nuestro alcance?
Como nos dice muy bien Jesús, “es más fácil ver la paja en el ojo ajeno, que la vida en el propio”
(Mt. 7, 3-5). Es más fácil echar la culpa a Dios de la guerra que hay en el
mundo, que comprometerse y trabajar por la paz a nuestro alrededor y dentro de
nosotros. Es más fácil echar la culpa a Dios del sufrimiento que hay en el
mundo, que comprometerse y trabajar por los que sufren, por quitar dolores, por
acompañar a los que están solos, y que no ser uno mismo causa de sufrimientos
para los otros. Es más fácil echar la culpa a Dios del hambre que hay en el
mundo, que darse cuenta de las cosas innecesarias que tenemos, de los gastos
inútiles que hacemos, del consumismo que realizamos, de la codicia que nos
esclaviza, del egoísmo tan atroz que nos devora para no compartir con los otros
y acaparar más y más. Es más fácil echar la culpa a Dios y a los otros, que ser
conscientes de nuestros propios pecados, errores y de cómo somos causantes de
algunos de los males que padece este mundo.
Por lo tanto, en la fiesta de Jesucristo, Rey del
Universo, se nos llama a todos los hombres, pero sobre todo a los creyentes, a
comprar semillas en la Tienda de Dios; semillas de paz, de amor, de justicia,
de compartir, de perdonar, de acompañar…, y a plantarlas, cuidarlas, regarlas,
vigilarlas hasta que crezcan y den fruto para nosotros y para los demás. Si lo
hacemos así, entonces estaremos celebrando esta fiesta tal y como Dios quiere.
¡Que así sea!