jueves, 28 de noviembre de 2024

Domingo I de Adviento (C)

1-12-2024                               DOMINGO I DE ADVIENTO (C)

Jr.33, 14-16; Slm. 24; 1 Tes. 3, 12-4, 2; Lc. 21, 25-28.34-36

Homilía en vídeo

Homilía de audio.

Queridos hermanos:

            * Iniciamos hoy el tiempo de Adviento. Tiempo de preparación para la venida de nuestro Señor, Jesucristo. En estos días los cantos que aluden a la venida de Jesús o que la piden son abundantes: “Ven, ven, Señor, no tardes. Ven, ven, que te esperamos”. “Ven, ven Salvador, tu pueblo santo esperando está”. “El pueblo gime de dolor: Ven y sálvanos”. Y una larga lista de cantos similares.

            Os recuerdo las últimas palabras de la Biblia, es decir, de su libro último: El Apocalipsis, en donde se dice: “El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven [...] Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22, 17.20). Sí, necesitamos que el Señor venga a nosotros, a nuestros corazones endurecidos y egoístas en tantas ocasiones. Pues necesitamos que, lo que dice el salmo de hoy, se cumpla en nosotros: que el Señor nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas, que nos haga caminar en fidelidad a su Palabra, que nos enseñe, ya que Él es nuestro Dios y Salvador.

Veamos ahora en nuestra vida ordinaria si es verdad que Jesús viene a nosotros y entre nosotros. Veamos si es verdad que nos enseña a seguir sus caminos y nos hace ser fieles a su Palabra. Hace un tiempo celebraba en Santullano de Las Regueras un funeral por Tere, madre de un amigo mío, y ella misma... amiga mía. Fallecida cerca de los 60 años de un cáncer con metástasis múltiple. Más tarde celebraba en la parroquia de La Merced de Oviedo el sacramento de la confirmación de unos chicos. Parecen cosas tan distintas y, sin embargo, son dos caras de la misma moneda: 1) Cuando supe lo de la enfermedad de Tere, me acerqué al hospital y hablamos. Enseguida surgió la confesión sacramental, surgió el imponerle el sacramento de la Unción de Enfermos (sacramento que Cristo nos da en las situaciones de enfermedad, de dolor). Después volví a hablar con ella en diversas ocasiones. La última en el hospital del Naranco y decía ella que había quedado con paz. La paz que Dios le transmitía y ella lo sabía; y anhelaba y deseaba esa paz, que sólo Él le podía dar. Pues bien, Cristo Jesús vino a Tere y la quiso llevar a su Reino de amor y de paz, y quiso también ese mismo Jesús besar las lágrimas que corrían por las mejillas de sus familiares. 2) Cristo Jesús que vino con su Santo Espíritu a estos chicos para que fuesen portadores de su Reino, del Reino de Dios aquí y ahora.

            * “Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Hace unos años, un mes de julio fui a celebrar la boda de unos amigos míos. Hubo después una fiesta familiar de no más de 30 invitados. Había allí un chico, que era un ‘comecuras’. Me estuvo poniendo verde y no por ser yo, sino por ser… ‘de los curas’. Mis amigos le pararon los pies, él se enfadó y dejó de ir por aquella casa un tiempo. Pero en octubre de aquel mismo año me escribieron estos amigos míos y me dijeron: “Fulano estaba saliendo con Mengana, la que fue con él a la fiesta de la boda. Eran novios, pero sólo para pasar una buena noche los fines de semana. Ahora fulano se ha enamorado perdidamente de otra chica y ésta no le hace caso. Total que esta chica le está volviendo loco. Porque está enamorado de ella hasta la médula. De tal manera que no se ha vuelto a acostar con ninguna otra mujer y está pensando en casarse con ella por la Iglesia. Fulano está todos los días por casa pidiéndonos ayuda. Nos dice que ya habla a diario con Jesús, que nunca lo necesitó, ni creyó en él, pero que ahora sí que cree. Que a sus hijos los criará como cristianos y que ya les procurará él que alguien les enseñe bien la religión. Hasta ha dicho antes de salir hoy de casa que no le importaría tener un hijo cura. La verdad es que está desconocido”.

            ¿Qué quiero decir con esto? Que necesitamos ayuda, si no lo percibimos ahora, lo percibiremos algún día. Que cuando necesitemos ayuda y nos demos cuenta de que nada ni nadie puede ayudarnos, entonces sólo quedará el recurso de volvernos a Dios y clamar. Cuando llegue ese día, entonces “levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”, porque ya no estaremos llenos de soberbia, de suficiencia. Este tiempo de Adviento tiene esta finalidad: la de descubrir que la salvación, la solución de nuestros problemas no viene del PP, ni del PSOE, ni de aprobar unas oposiciones, ni de casarse, ni de separarse. Sólo viene de Dios.

            * Desde hace varios años, al llegar este tiempo de Adviento, procuro predicar que hemos de hacer un plan para este tiempo anterior a Navidad. Ya hay gente que lo está confeccionando. Es decir, en el plan se dice cómo quiere uno vivir estos días, del 1 al 24 de diciembre para mejor preparar la venida de Cristo Jesús, la Navidad. Yo os animo a que confeccionéis dicho plan, si es que no lo habéis hecho aún.

            Os transcribo un plan de Adviento que una persona desea hacer y que puede servir de modelo, no para hacerlo igual, sino para animarnos a hacerlo.

“-Ir a visitar a dos personas mayores.

-No justificarme.

-Comer dulce solo el día 24.

-Lectura espiritual diaria.

-Ir a misa siempre que pueda, porque voy a trabajar todo el mes.

-Llamar a alguna persona que tengo olvidada”.

            Todo esto está muy bien, pero no puede faltar la oración personal. Hace un tiempo me llamaba una persona y al insistirle yo en este punto, esa persona me decía que todas las noches dedicaba un rato largo a la oración. En ocasiones hasta dos horas. Mucho de ese tiempo no era destinado a hablar con Dios, a pedir a Dios, a dar gracias a Dios, a leer cosas de Dios, sino… al silencio. “Él está conmigo y yo estoy con Él”.

            El evangelio de hoy nos pone otras pistas: “Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero”. A este respecto, hace unos días me escribía una persona y me decía esto: “Te voy a comentar lo que pienso estos días en los que se acerca la Navidad, y se habla de la lotería y de tantas compras que se hacen. Yo pienso: ‘Pues a mí la lotería ya me ha tocado; para mí ha sido conocer a Dios’. Lo comenté con mi marido, porque me preguntó si iba a comprar lotería. Le dije: ‘No la compro ni la voy a comprar, porque ya me tocó’. Mi marido me preguntó que cuándo me tocara. Yo le respondí que para mí la lotería fue conocer a Dios. Es la mejor y más segura que hay”.

jueves, 21 de noviembre de 2024

Jesucristo, Rey del Universo (B)

24-11-24                                 JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (B)

Dn.7, 13-14; Slm. 92; Ap. 1, 5-8; Jn. 18, 33-37

Homilía en vídeo

Homilía  de audio

Queridos hermanos:

            Vamos a celebrar hoy esta hermosa fiesta que cierra este año litúrgico. El próximo domingo estaremos en otro nuevo año litúrgico y celebraremos el primer domingo de Adviento.

            - Vamos a tratar de entender y de vivir un poco esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Empezamos, como muchas veces, con un hermoso cuento, que quizás ya conozcáis:

La Tienda de Dios

“A Dios se le ocurrió instalar una tienda en el principal centro comercial de la ciudad. En esta tienda se podía adquirir lo que se necesitara en la vida. Era una tienda elegante, con personal celestial atento a las necesidades de los clientes. Sí, en ese lugar la gente podría comprar todo lo que necesitaba: ser amado, felicidad, alegría, riqueza material y todo lo que el hombre pudiera imaginar. Y llegó un cliente ambicioso que solicitó le dieran su pedido:

– ¿Qué desea, señor?

- Felicidad y amor.

– ¿Algo más? -le preguntó el vendedor.

-          ¿Se puede pedir aún más? -respondió el cliente.

– Todo lo que usted necesite.

- Pues mire, necesito además: paz espiritual, prosperidad, alegría y sabiduría para comprender a los demás.

- ¿Eso es todo? -replicó el vendedor.

Sorprendido el comprador agregó: - Si además de todo lo que he pedido, se lo pudieran entregar también a mis amigos, a todo el personal de mi empresa y de ser factible a mi ciudad, a mi país y todo el mundo…

El vendedor cerró el pedido y le entregó al cliente su mercancía en un pequeño sobre. El cliente escéptico, recibió el pequeño sobre y exclamó:

– ¿Es todo lo que va a entregarme?

Y el vendedor le respondió: - Usted no ha entendido la filosofía de nuestra tienda: aquí vendemos semillas y no frutos. A usted le corresponde pagar el precio de su pedido, es decir, deberá sembrarlas en tierra fértil, cuidarlas, podarlas y vigilar cuidadosamente su crecimiento y, si usted tiene la paciencia, el cariño y la pasión que requieren estas semillas, darán el fruto que usted desea para toda la humanidad”.

En efecto, el Reino de Dios, que ya está presente en nuestra tierra de algún modo, y la Iglesia no son frutos acabados. Son semillas, que nosotros hemos de plantar (junto con Dios), regar, escardar, abonar, cosechar… Vamos a plantar unas cuantas semillas:

Que Dios acabe con las guerras de este mundo.

Que Dios acabe con las injusticias de este mundo.

Que Dios acabe con las enfermedades, con los sufrimientos de  este mundo.

Que Dios acabe con el hambre de este mundo.

Que Dios nos dé la paz a este mundo.

Que Dios nos traiga justicia para este mundo…

“Cuenta una leyenda árabe que un hombre paseaba en cierta ocasión por una ciudad y, de repente, se encontró con una niña que lloraba por el hambre. El hombre aquel levantó su vista al cielo y gritó: ¿Por qué dejas que esta niña tenga hambre y no haces nada por ella? Y desde el cielo bajó una voz que decía: Te he creado a ti”.

- En el prefacio de la Misa de hoy, de Cristo Rey, se dice que el Reino de Dios es “el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia. El Reino de la justicia, el amor y la paz”. Todo esto es cierto. Allá arriba la verdad, la vida, la santidad, la  gracia, la justicia, el amor, la paz… son frutos, pero aquí, en la tierra, todo esto son semillas que Jesús nos ha entregado a cada uno de nosotros con una misión muy concreta. La misión está contenida en el cuento de la Tienda de Dios: “A usted le corresponde pagar el precio de su pedido, es decir, deberá sembrarlas en tierra fértil, cuidarlas, podarlas y vigilar cuidadosamente su crecimiento y, si usted tiene la paciencia, el cariño y la pasión que requieren estas semillas, darán el fruto que usted desea para toda la humanidad”.

Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con la guerra en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en nuestro pueblo… por la paz?

Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con las injusticias en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en nuestro pueblo… por la justicia y por ser justos?

Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con las enfermedades y sufrimientos en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en nuestro pueblo… por la atención a los enfermos, a los ancianos, y para que no seamos fuente de dolor para otros con nuestras palabras y comportamientos?

Cuando decimos y gritamos a Dios que acabe con el hambre en el mundo, ¿qué cosas concretas estamos haciendo nosotros en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia, en nuestro pueblo… por compartir los bienes que están a nuestro alcance?

Como nos dice muy bien Jesús, “es más fácil ver la paja en el ojo ajeno, que la vida en el propio” (Mt. 7, 3-5). Es más fácil echar la culpa a Dios de la guerra que hay en el mundo, que comprometerse y trabajar por la paz a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Es más fácil echar la culpa a Dios del sufrimiento que hay en el mundo, que comprometerse y trabajar por los que sufren, por quitar dolores, por acompañar a los que están solos, y que no ser uno mismo causa de sufrimientos para los otros. Es más fácil echar la culpa a Dios del hambre que hay en el mundo, que darse cuenta de las cosas innecesarias que tenemos, de los gastos inútiles que hacemos, del consumismo que realizamos, de la codicia que nos esclaviza, del egoísmo tan atroz que nos devora para no compartir con los otros y acaparar más y más. Es más fácil echar la culpa a Dios y a los otros, que ser conscientes de nuestros propios pecados, errores y de cómo somos causantes de algunos de los males que padece este mundo.

Por lo tanto, en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, se nos llama a todos los hombres, pero sobre todo a los creyentes, a comprar semillas en la Tienda de Dios; semillas de paz, de amor, de justicia, de compartir, de perdonar, de acompañar…, y a plantarlas, cuidarlas, regarlas, vigilarlas hasta que crezcan y den fruto para nosotros y para los demás. Si lo hacemos así, entonces estaremos celebrando esta fiesta tal y como Dios quiere.

¡Que así sea!

jueves, 14 de noviembre de 2024

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (B)

17-11-2024                 DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (B)

Dn.12, 1-3; Sal. 15; Heb. 10, 11-14.18; Mc. 13, 24-32

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

En la homilía de hoy quisiera comentar estas palabras de Jesús en el evangelio: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Es decir, hay cosas que pasan y cosas que no pasan. Las cosas que pasan y no permanecen para siempre son cosas relativas y así hay que tomarlas y vivirlas, pero hay otras cosas que permanecen siempre y han de ser consideradas como absolutas. Básicamente esto es lo que quiere decir Jesús con esta frase: el cielo, la tierra, todo lo creado o fabricado… es pasajero y, por lo tanto, es relativo. Sin embargo, Dios y sus palabras son eternos y, por lo tanto, absolutos. Es decir, estamos entrando de lleno en el problema del relativismo y de lo absoluto o eterno. No pretendo abarcar todos los aspectos de este tema, del que se han escrito multitud de libros. Solamente pretendo hacer algunos apuntes a modo de explicación y de aplicación de las palabras de Jesús y que valgan un poco para nosotros.

- El relativismo es el concepto que sostiene que todos los puntos de vista son igualmente válidos, por lo tanto, toda verdad es relativa a cada individuo. No hay una verdad válida para todos, sino que cada uno tiene y vive ‘su verdad’. En general, las discusiones sobre el relativismo se centran en cuestiones concretas; así, el relativismo gnoseológico (o del conocimiento) considera que no hay verdad objetiva, dependiendo siempre la validez de un juicio de las condiciones en que este se enuncia; o el relativismo moral, que sostiene que no hay bien o mal absolutos, sino dependientes de las circunstancias concretas: lo que es bueno para ti, es malo para mí; lo que es bueno hoy, puede ser malo mañana; lo que es bueno en España, puede ser malo en Australia.

            Voy a seguir explicando un poco más el tema del relativismo utilizando una parábola budista. “Un rey del norte de la India reunió un día a un buen número de ciegos que no sabían qué es un elefante. A unos ciegos les hicieron tocar la cabeza, y les dijeron: ‘esto es un elefante’. Lo mismo dijeron a los otros, mientras les hacían tocar la trompa, o las orejas, o las patas, o los pelos del final de la cola del elefante. Luego el rey preguntó a los ciegos: ‘¿Qué es un elefante?’ Y cada uno dio explicaciones diversas, según la parte del elefante que le habían permitido tocar. Los ciegos comenzaron a discutir, y la discusión se fue haciendo violenta, hasta terminar en una pelea a puñetazos entre los ciegos, que constituyó el entretenimiento que el rey deseaba”.

Este cuento es particularmente útil para ilustrar la idea relativista del hombre. Los hombres corremos el peligro de absolutizar un conocimiento parcial e inadecuado, inconscientes de nuestra intrínseca limitación. Cuando caemos en esta tentación de considerar como absoluta una verdad, que solamente es parcial, entonces podemos adoptar un comportamiento sectario, violento e irrespetuoso en nuestras palabras y obras. Lo lógico sería que aceptásemos la parcialidad y la relatividad de nuestras ideas, no sólo porque eso corresponde a la índole de nuestro pobre conocimiento, sino también en virtud del imperativo ético de la tolerancia, del diálogo y del respeto recíproco.

- Esto último que acabo de decir entra de lleno en las palabras de Jesús: “El cielo y la tierra pasarán”. Pasan las cosas materiales que construimos los hombres: los coches nuevos, se hacen seminuevos, luego viejos y luego van al desguace. La ropa nueva y de moda que compramos, se gasta, se rompe, se pasa de moda, ya no se adapta a nuestro cuerpo cambiante y lo que nos gustaba deja de gustarnos, y queda en el fondo de armario o lo llevamos para Caritas. El dinero se gana y se gasta, y, si se amontona, cuando uno muere, ha de dejarlo aquí todo. En el dinero pongo todos los bienes materiales, los cuales están a nuestra disposición, pero con frecuencia son nuestros amos y nosotros sus esclavos.

Pasan las fiestas, las alegrías, las ilusiones. Llegan los sufrimientos y también pasan con el tiempo. Pasan las modas y las costumbres. Pasan los personajes históricos y famosos, llegan nuevos personajes históricos y famosos que, al cabo de un tiempo, también pasan.

Pasan las ideas sobre política, sobre la sociedad, sobre el arte, sobre el cine, sobre la música, y llegan nuevas ideas…, que también pasan.

Pasan los días, las semanas, los meses, los años, la niñez, la juventud, la salud, las personas que amamos, que nos amaron y que nos cuidaron.

Pasan las propias convicciones: lo que hoy vemos claro, a lo mejor mañana lo vemos de otro modo, puesto que lo que veíamos de una determinada manera hace tiempo, ahora ya tenemos otra opinión de ello. Todo pasa.

- Todo esto que he dicho nos invita al relativismo, a pensar que no hay verdades eternas. Todo dependerá según el color con el que lo mires, o lo que más te convenga en ese momento… Sin embargo, Jesús lo dice muy claramente: “Mis palabras no pasarán”. Y más adelante, en la carta a los Hebreos se dice: Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre (Hb. 13, 8).

Dios es el único que no pasa, es el único que ama siempre y para siempre, que perdona siempre y para siempre, que es fiel en todo momento, que su sí es un ‘sí’ y no un ‘depende’. Dios mantiene su palabra, sus sentimientos y su voluntad en todo momento: desde que nacemos hasta que morimos, y mientras vivimos cada día de nuestra existencia, pero también antes de nuestro nacimiento (pues nos escogió para la vida desde antes de la creación) y para toda la eternidad.

Dios no puede fiarse de mí, porque le fallo y cambio constantemente, pero yo sí que me puedo fiar de Él en todo momento.

En Dios no hay relativismo alguno. Su voluntad de salvación es firme y estable. Su amor por nosotros es firme y estable. Existe siempre, desde siempre y para siempre, y nosotros, en Él, existiremos para siempre.

Carlos de Foucauld consciente de esto compuso la siguiente oración al Dios absoluto, verdadero y fiel:

“Padre mío,

me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre”
.

Desde estas palabras ahora podemos entender un poco más lo que Jesús nos dice en el evangelio de hoy: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”.