miércoles, 28 de enero de 2026

Domingo IV del Tiempo Ordinario (A)

1-2-26                            DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO (A)

Sof. 2, 3;3, 12-13; Slm. 145; 1 Cor. 1, 26-31; Mt. 5, 1-12a

Aviso 

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy hablamos de la Pasión del Señor.

Párrafo 2. Jesús murió crucificado.

I. El proceso de Jesús.

No todos los judíos, ni los fariseos, ni los sumos sacerdotes estaban contra Jesús. al día siguiente de Pentecostés ‘multitud de sacerdotes iban aceptando la fe’ (Hch 6, 7) y que ‘algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe’ (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que ‘miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley’ (Hch 21, 20) (n. 595).

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19) […] El Sanedrín declaró a Jesús ‘reo de muerte’ (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21) (n. 596).

La Iglesia declara que no es el pueblo judío quien colectivamente es responsable de la muerte de Jesús, sino que son todos los pecadores, cristianos incluidos. Ahí están las terribles palabras de san Francisco de Asís: Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados.

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de la salvación.

Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: ‘Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios’ (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han ‘entregado a Jesús’ (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios (n. 599). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18) (n. 560).

Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36) (n. 601).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, ‘Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros’ (Rm 8, 32) para que fuéramos ‘reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo’ (Rm 5, 10) (n. 603).

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: […]  ‘La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros’ (Rm 5, 8) (n. 604). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo’ (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624) (n. 605).

III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados.

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra’ (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús ‘por los pecados del mundo entero’ (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre (n. 606).

Jesús fue libre toda su vida, incluso a la hora de su muerte: Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, ‘los amó hasta el extremo’ (Jn 13, 1) porque ‘nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: ‘Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente’ (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53) (n. 609).

Jesús anticipó en la última Cena su entrega libre: “‘Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros’ (Lc 22, 19). ‘Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28) (n. 610). El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní […] Jesús ora: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...’ (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana (n. 612).

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia (n. 614). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (n. 616).

Jesús llama a sus discípulos a ‘tomar su cruz y a seguirle’ (Mt 16, 24) porque Él ‘sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas’ (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24) (617).

Párrafo 3. Jesús fue sepultado.

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente ‘muriese por nuestros pecados’ (1 Co 15, 3) sino también que ‘gustase la muerte’ (Hb 2, 9) , es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20)” (n. 624).

“‘Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A) (n. 626).

De Cristo se puede decir a la vez: ‘Fue arrancado de la tierra de los vivos’ (Is 53, 8); y: ‘mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción’ (Hch 2,26-27; cf. Sal 16, 9-10) (n. 627).

jueves, 22 de enero de 2026

Domingo III del Tiempo Ordinario (A)

25-1-2026                   DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

Is. 9, 1-4; Slm. 26; 1 Cor. 1, 10-13.17; Mt. 4,12-23

Homilía de vídeo.  

Homilía en audio.  

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy nos toca hablar de la Pasión del Señor.

Artículo 4. “Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”.

El Misterio Pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciarlo al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de ‘una vez por todas’ (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo (n. 571).

Párrafo 1. Jesús e Israel.

 Desde los comienzos del ministerio público de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron de acuerdo para perderle […]  Se le acusa de blasfemo (cf. Mc 2, 7; Jn 5,18; 10, 33) y de falso profetismo (cf. Jn 7, 12; 7, 52), crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (cf. Jn 8, 59; 10, 31)” (n. 574).

“A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar contra las instituciones esenciales del Pueblo elegido:

– contra la sumisión a la Ley en la integridad de sus prescripciones escritas.

– contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar santo donde Dios habita de una manera privilegiada.

– contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede compartir” (n. 576).

I. Jesús y la Ley.

“Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza: ‘No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una ‘i’ o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos’ (Mt 5, 17-19)” (n. 577).

“Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos, según su propia confesión, jamás han podido cumplir la Ley en su totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13, 38-41; 15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley” (n. 578).

“Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un ‘rabbi’ (maestro). [...] Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley, porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que ‘enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas’ (Mt 7, 28-29). […] Esa palabra no revoca la Ley, sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: ‘Habéis oído también que se dijo a los antepasados [...] pero yo os digo’ (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas ‘tradiciones humanas’ (Mc 7, 8) de los fariseos que ‘anulan la Palabra de Dios’ (Mc 7, 13)” (n. 581).

“Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía: ‘Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro [...] —así declaraba puros todos los alimentos— . Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas’ (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no aceptaban su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24), que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf. Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que realizan sus curaciones” (n. 582).

II. Jesús y el Templo.

Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23) (n. 583).

Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13) […]  Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21) (n. 584).

Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2) […] Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (cf. Mt 27, 39-40) (n. 585).

III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador.

“Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema, porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33), o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26)” (n. 589).

“Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: ‘El que no está conmigo está contra mí’ (Mt 12, 30); lo mismo cuando […] afirma: ‘Antes que naciese Abraham, Yo soy’ (Jn 8, 58); e incluso: ‘El Padre y yo somos una sola cosa’ (Jn 10, 30)” (n. 590).

“Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38) […] Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la "incredulidad"[1] (Rm 11, 20)” (n. 591).



[1] Del mismo modo, quien hoy rechace a Jesús lo hará por alguno de estos tres motivos: por ignorancia, por endurecimiento de su corazón debido a sus pecados y que no quiere cambiar de vida, y por no fiarse de Dios, siendo incrédulo como Tomás.

jueves, 15 de enero de 2026

Domingo II del Tiempo Ordinario (II)

18-1-2026                               DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

Is. 49, 3.5-6;Slm. 39; 1 Cor. 1, 1-3; Jn. 1, 29-34

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe:

- Los misterios de la vida pública de Jesús.

El Bautismo de Jesús. El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán. “El bautismo de Jesús es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12) […] El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a ‘posarse’ sobre él (Jn 1, 32-33). De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, ‘se abrieron los cielos’ (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado” (n. 536).

Las tentaciones de Jesús. “Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan. Jesús permanece allí durante cuarenta días. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques” (n. 538). “La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: ‘Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado’ (Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto” (n. 540).

El Reino de Dios. “‘Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva’ (Mc 1, 15). La voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra el germen y el comienzo de este Reino. Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como ‘familia de Dios’. Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres” (nn. 541-542).

En el Prefacio de la Misa de Jesucristo, Rey del Universo, se define y describe al Reino de Jesús como un Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Un Reino que es eterno y universal, pero también un Reino que no es de este mundo. Este Reino es don de Dios, pero también tarea nuestra. Veamos esto último:

            * Reino de Verdad. No más mentiras, no más esconder lo que somos, en lo que creemos y en lo que ponemos nuestra esperanza. No más maquillajes ni pantallas. No más miedo a las consecuencias de la Verdad. No más vivir el reino de la mentira, el reino de Satanás y de la apariencia. Nosotros no somos, no sabemos, pero nosotros, los ignorantes, somos los que buscamos a Dios y su Reino de la Verdad. Hace poco me decía una persona que alguien, cuando hablaba con ella, siempre era para criticar, y esa persona le dijo que, por favor, dejase de hacerlo, que todos tenemos nuestros fallos y que hablando mal de los otros no se mejoraba nada ni se cambiaba nada. Esa persona que criticaba no volvió a criticar con la persona que me lo contaba, pero… tampoco le volvió a hablar más. Esto es una consecuencia de querer estar en este Reino de Verdad. He de practicar la verdad, decir la verdad y educar en la verdad a los que están a mi alrededor, a pesar de las consecuencias y precisamente asumiendo las consecuencias, como Cristo, que fue crucificado por decir la verdad[1].

            * Reino de Vida. Apoyando aquello que construye y hace bien a los demás; lo que sana y lo que cura. He de revisar si mi comportamiento en casa, en el trabajo, en la calle produce “muerte” o produce “Vida”. He de practicar la vida y educar en la vida a los que están a mi alrededor.

            * Reino de santidad y de gracia. Lucho por este Reino cuando me esfuerzo por acercarme a mi Señor Jesucristo, cuando dejo que la oración fluya en mí, cuando participo con frecuencia en los sacramentos: confesión, Santa Misa, Unción de los enfermos (debemos pedirla), Confirmación. Hace un tiempo estuve en un Cursillo de Cristiandad en Covadonga. Había allí varias personas, de diferentes edades (de 19 a 81 años) sin recibir este sacramento del Espíritu Santo. El encuentro con el Señor en el Cursillo posibilitó que estas personas sintieran aún más la necesidad de recibir este Santo Espíritu, que sana, que ayuda, que da vida, que perdona, que fortalece, que nos acerca a Dios… He de luchar por llegar a la santidad de vida, por estar en gracia el mayor tiempo posible, porque ello hace que el Reino esté más presente en esta sociedad tan necesitada de Dios.

* Reino de justicia, de amor y de paz.


[1] Hemos de ser sinceros; sí, sinceros PARA DECIR, pero también sinceros PARA QUE TE DIGAN. Hace falta una sinceridad de ida, pero también de vuelta.