1-2-26 DOMINGO IV TIEMPO
ORDINARIO (A)
Sof. 2, 3;3, 12-13; Slm. 145; 1 Cor. 1, 26-31; Mt. 5, 1-12a
Aviso
Queridos
hermanos:
Seguimos
otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy hablamos
de la Pasión del Señor.
Párrafo
2. Jesús murió crucificado.
I.
El proceso de Jesús.
No todos los judíos, ni los fariseos, ni los sumos
sacerdotes estaban contra Jesús. “al día siguiente de Pentecostés
‘multitud de sacerdotes iban aceptando la fe’ (Hch 6, 7) y que ‘algunos de la secta de los fariseos... habían
abrazado la fe’ (Hch 15, 5)
hasta el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que ‘miles y miles de
judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley’ (Hch 21, 20)” (n. 595).
“Las autoridades religiosas de
Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19) […] El Sanedrín
declaró a Jesús ‘reo de muerte’ (Mt
26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a
nadie (cf. Jn 18, 31), entregó
a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2). Son también las amenazas
políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste
condene a muerte a Jesús (cf. Jn
19, 12. 15. 21)” (n. 596).
La Iglesia declara que no es el pueblo judío quien
colectivamente es responsable de la muerte de Jesús, sino que son todos los
pecadores, cristianos incluidos. Ahí están las terribles palabras de san
Francisco de Asís: “Y los demonios no son los que le
han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues
crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados”.
II.
La muerte redentora de Cristo en el designio divino de la salvación.
“Pertenece al misterio del
designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su
primer discurso de Pentecostés: ‘Fue entregado según el determinado designio y
previo conocimiento de Dios’ (Hch
2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han ‘entregado a Jesús’
(Hch 3, 13) fuesen solamente
ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios” (n. 599). “Dios ha permitido los actos
nacidos de su ceguera (cf. Mt
26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para
realizar su designio de salvación (cf. Hch
3, 17-18)” (n. 560).
“Este designio divino de salvación
a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. Hch
3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención
universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del
pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36)” (n. 601).
“Jesús no conoció la reprobación
como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn
8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el
alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder
decir en nuestro nombre en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?’ (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así
solidario con nosotros, pecadores, ‘Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes
bien le entregó por todos nosotros’ (Rm
8, 32) para que fuéramos ‘reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo’ (Rm 5, 10)” (n. 603).
“Al entregar a su Hijo por
nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio
de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: […] ‘La prueba de que Dios nos ama es que Cristo,
siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros’ (Rm 5, 8)” (n. 604). “La Iglesia, siguiendo a los
Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha
muerto por todos los hombres sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá hombre
alguno por quien no haya padecido Cristo’ (Concilio de Quiercy, año 853: DS,
624)” (n. 605).
III.
Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados.
“Desde el primer instante de su
Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión
redentora: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a
cabo su obra’ (Jn 4, 34). El sacrificio
de Jesús ‘por los pecados del mundo entero’ (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre” (n. 606).
Jesús fue libre toda su vida, incluso a la hora de
su muerte: “Jesús, al aceptar en su corazón
humano el amor del Padre hacia los hombres, ‘los amó hasta el extremo’ (Jn 13, 1) porque ‘nadie tiene mayor
amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su
humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere
la salvación de los hombres (cf. Hb
2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su
muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: ‘Nadie
me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente’ (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando
Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt
26, 53)” (n. 609).
Jesús anticipó en la última Cena su entrega libre: “‘Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros’ (Lc 22, 19). ‘Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para
remisión de los pecados’ (Mt
26, 28)” (n. 610). “El cáliz de la Nueva Alianza que
Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su
agonía de Getsemaní […] Jesús ora: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí
este cáliz...’ (Mt 26, 39).
Expresa así el horror que representa la
muerte para su naturaleza humana” (n. 612).
“Este sacrificio de Cristo es
único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del
mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo
(cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo
tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf.
Jn 15, 13), ofrece su vida (cf.
Jn 10, 17-18) a su Padre por
medio del Espíritu Santo (cf. Hb
9, 14), para reparar nuestra desobediencia” (n. 614). “Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en
condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en
sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo,
que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le
constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por
todos” (n. 616).
Jesús “llama a sus discípulos a ‘tomar
su cruz y a seguirle’ (Mt 16,
24) porque Él ‘sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus
huellas’ (1 P 2, 21). Él
quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son
sus primeros beneficiarios (cf. Mc
10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24)” (617).
Párrafo
3. Jesús fue sepultado.
“En su designio de salvación, Dios
dispuso que su Hijo no solamente ‘muriese por nuestros pecados’ (1 Co
15, 3) sino también que ‘gustase la muerte’ (Hb 2, 9) , es decir, que conociera
el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante
el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento
en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del
descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo
depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo
sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19,
30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero
(cf. Col 1, 18-20)” (n. 624).
“‘Aunque Cristo en cuanto hombre se
sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin
embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma
ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos
personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón
desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el
uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo’
(San Juan Damasceno, De fide orthodoxa,
3, 27: PG 94, 1098A)” (n. 626).
“De Cristo se puede decir a la
vez: ‘Fue arrancado de la tierra de los vivos’ (Is 53, 8); y: ‘mi carne reposará en la esperanza de que no
abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo
experimente la corrupción’ (Hch
2,26-27; cf. Sal 16, 9-10)” (n. 627).