miércoles, 8 de septiembre de 2021

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (B)

12-9-2021                              DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (B)

                                                        Is. 50, 5-10; Sal. 114; Sant. 2, 14-18; Mc. 8, 27-35

¿Quién eres Tú para nosotros?

¿Quiénes somos nosotros para Ti?

¿Quiénes somos nosotros para nosotros mismos?

Homilía de vídeo. 

Homilía en audio. 

Queridos hermanos:

En el evangelio de este domingo Jesús hace dos preguntas directas a sus discípulos: En la primera les pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Después de la respuesta de los discípulos, vuelve Jesús a preguntar por segunda vez: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”

1) Estas preguntas, sobre todo la última, tenemos que hacérnoslas en algún momento de la vida. Para responder a la última, no nos debe bastar lo aprendido en el catecismo, o en una fe de costumbres. Según estos ámbitos contestaríamos: ‘Jesús es el Hijo de Dios, el Hijo de María, el Salvador del mundo, el fundador de la religión cristiana, el representante de Dios en la tierra, un hombre muy bueno que nos habló de parte de Dios…’ Bien, pero esto no basta. Al menos, a mí no me basta. Por eso, me pregunto y os pregunto: ¿Quién es Jesús para vosotros y para mí, qué tiene que ver Jesús en nuestra vida concreta del día a día?: ¿Es un Jesús que solo está presente al acostarnos y rezarle una oración? ¿Es un Jesús de la Misa del sábado o del domingo? ¿Es un Jesús de la fiesta del día san Mateo, de Santiago Apóstol, de la Virgen de las Nieves, de la Virgen de Covadonga, del día de un funeral, del día de un bautizo…?

2) No obstante, desde que estuve de párroco en el concejo de Tapia de Casariego, me he hecho un poco gallego y contesto a una pregunta con otra pregunta. Tú, Jesús, nos preguntas: ¿quién eres Tú para nosotros, para mí? Bien, pero ahora yo te pregunto: ¿Quiénes somos nosotros para Ti, quién soy yo para Ti?

            En efecto, para contestar bien a la pregunta de quién es Jesús para nosotros, hemos primero de contestar a la pregunta de quiénes somos nosotros para Él. Solo quien tiene experiencia de quién es él mismo para Jesús, podrá contestar a la pregunta de quién es Él para nosotros. Solo quien se haya sentido amado y salvado por Él, podrá contestar a la pregunta de quién es Él para nosotros.

            3) Sin embargo, para contestar bien a la pregunta de quiénes somos nosotros para Él, tenemos que contestar antes a la pregunta de quiénes somos nosotros para nosotros mismos, es decir, tenemos que conocernos bien: con nuestros fallos y defectos, con nuestras virtudes y capacidades, con lo bueno y con lo malo, con nuestra personalidad, con nuestras relaciones con los demás, con nuestras debilidades y fortalezas…:

            - ¿Somos personas de un carácter tímido o más bien abierto? ¿Somos personas tranquilas o irascibles? ¿Somos personas pacientes con los demás y con nosotros mismos o impacientes? ¿Somos personas firmes en nuestras convicciones y actuaciones o somos más bien personas caprichosas y variables? ¿Somos generosos o egoístas? ¿Somos comprensivos con los demás y con las situaciones de los otros o somos más bien intransigentes y ‘justicieros’? ¿Somos personas que escuchan el punto de vista de los otros o somos tercos y ‘cabezones’?

            - ¿Somos honestos y honrados con las cosas materiales y con el dinero: en el ámbito familiar, entre amigos, en el trabajo, en las actividades vecinales y culturales en las que estemos metidos, o nos intentamos aprovechar de algún modo de ello?

            - ¿Somos responsables con nuestras tareas y en el trato con los demás, sin intentar echar la culpa o el trabajo a otras personas?

            - ¿Nos consideramos trabajadores y laboriosos en casa y fuera de casa o somos más bien perezosos y hacemos sólo lo que nos gusta o donde vamos a ser reconocidos por lo que hacemos?

            - ¿Somos personas veraces y dignas de crédito para los demás o decimos mentiras de forma habitual y fallamos a nuestra palabra habitualmente?

            - …

            Conocerse a sí mismo implica tener una capacidad de reflexión, de valentía para mirarse de frente, de ser profundo y no superficial, de ser maduro y no inmaduro.

            Si nos conocemos realmente como somos, podemos intentar mejorar los defectos y carencias que tenemos, y mantener y aumentar nuestras virtudes.

            Si intentamos mejorar y fracasamos en tantas ocasiones, nos veremos débiles, limitados y necesitados de ayuda. Como nos dice el salmo 121: “Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor” (Slm 121, 1-2).

            Y entonces comprobamos que el Señor acude siempre en nuestra ayuda, porque nos ama y nos acoge, y porque nos acepta tal y como somos.

            4) ¿Quiénes somos nosotros para nosotros mismos? Nosotros somos débiles, frágiles, pero también con muchas virtudes, dones y posibilidades. Somos personas necesitadas de los demás y de Dios.

            ¿Quiénes somos nosotros para Él? Nosotros somos para Él sus hijos queridísimos. Somos la niña de sus ojos, somos el encanto de su corazón.

            ¿Quién es Él para nosotros? Él es nuestro Padre querido, es nuestra luz y nuestra fuerza. Él es quien nos acoge y ama siempre y para siempre. Él es nuestro Creador y Salvador. Él es paciente con nosotros en todo momento y en toda circunstancia. Él es el aire que respiramos, el calor en el invierno y la brisa suave en el desierto. Él es la vida y nos hace no temer la muerte. Él lo es todo para nosotros.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Santina de Covadonga

8-9-2021                     SANTINA DE COVADONGA (A)

Cant. 2, 10-14; Lc. 1, 46-55; Ap. 11, 19a; 12, 1.3-6a.10ab; Lc. 1, 39-47

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            Hace un tiempo hablaba con una persona de 38 años. Era una persona licenciada, con un puesto importante en una empresa privada, de reconocido prestigio dentro de su ámbito laboral. Esta persona había estudiado hasta el COU en colegios religiosos. Esta persona tenía fe en Dios, aunque habitualmente no practicaba, por lo que ni rezaba a diario, ni acudía a la Eucaristía semanalmente, ni se confesaba. No practicaba, pero no se trataba de un rechazo, sino más bien de una cierta desidia. En medio de la conversación le pregunté: “¿Cómo va tu relación con Dios?” Esta persona se quedó muy extrañada de la pregunta y me dijo que no la entendía. Me preguntó si quería decir que si iba a Misa o que si rezaba o que si creía en Dios, y yo le insistía que no le preguntaba eso, ni me interesaba eso; solo le preguntaba ‘cómo era su relación con Dios’: si lo amaba, si se sentía amado por Él, si le hablaba y sentía su respuesta, si percibía la compañía de Él en su vida de cada día. Finalmente, me contestó que no, y que era la primera que vez que escuchaba eso, y que eso se pudiera dar o existir. También me preguntó si esa relación con Dios podía acontecer en todas las personas.

            ¿A qué viene esta anécdota? Pues viene a enlazar con aquella lectura de san Pablo: “El hombre mundano no capta las cosas del Espíritu de Dios. Carecen de sentido para él y no puede entenderlas, porque solo a la luz del Espíritu pueden ser discernidas. Por el contrario, quien posee el Espíritu (de Dios) lo discierne todo”. Estas palabras de san Pablo tienen hoy, por desgracia, plena actualidad, incluso entre los cristianos bautizados. Hemos recibido la gracia bautismal, la 1ª Comunión, quizás el sacramento de la Confirmación, el sacramento del matrimonio y/o el del orden, pero... somos hombres y mujeres mundanos, que al no tratar de Dios y con Dios, que al dejarnos imbuir por los valores del mundo frente a los valores del evangelio, entonces... las palabras de Jesús carecen de sentido y no podemos entenderlas. Por desgracia, hoy existen cristianos para los que es más importante lo que dice Ana Rosa Quintana o la famosa o el famoso de turno, que lo que dice el Evangelio o la Iglesia; hay cristianos para los que es más importante lo que dice su ideología política o de partido, que lo que dice el Evangelio o la Iglesia. De esta manera, nos convertimos en seres mundanos que no captamos el lenguaje del Espíritu de Dios. Hace unos años pasaba por la calle Campomanes de Oviedo y vi colgada en la fachada de una casa un letrero que decía: “Fernando, gracias por hacernos felices”. (Fernando Alonso era un joven asturiano que entonces ganaba premios automovilísticos de Fórmula 1). ¿Qué pasa si Fernando no volvía a ganar más carreras? ¿No sería feliz? A mí personalmente me parece muy bien que Fernando gane premios y cuantos más mejor, pero... sería triste que nuestra felicidad proviniera únicamente de las cosas externas y luego, ante Dios y sus “cosas”, permaneciéramos indiferentes o pasivos. ¿Por qué todo el país vibraba con el triunfo de Fernando y no vibra con “las cosas de Dios”? Nos sucede lo que decía san Pablo: “El hombre mundano no capta las cosas del Espíritu de Dios. Carecen de sentido para él y no puede entenderlas, porque solo a la luz del Espíritu pueden ser discernidas”.

            ¿Quién puede comprender a Dios y las cosas de Dios? ¿Quién puede comprender las palabras de Dios y su voluntad? Solo aquellos que tienen el Espíritu de Dios. ¿Cómo se consigue este Espíritu? ¿Cómo pueden los fieles, cómo podemos nosotros tener ese Espíritu para que, cuando Dios pase a nuestro lado, lo reconozcamos? Para comprender a Dios, es decir, para COMPRENDER A CRISTO hemos de seguir las huellas y el ejemplo de su Madre, María. Ella fue una mujer que estaba metida de llena en el mundo, en la sociedad de su época, en sus preocupaciones y problemas más sencillos (pensemos en cómo se puso de camino inmediatamente en cuanto supo que su prima Isabel estaba encinta, o cómo se dio cuenta y preocupó de los novios a los que les faltaba el vino en sus bodas y no quería que quedaran en ridículo), pero también fue un mujer totalmente abierta a Dios y, por tanto, contemplativa[1]. Su vida de coherencia, de honradez, de humildad, de generosidad, de laboriosidad, de silencio, de oración, de fe hizo posible que la visita del Arcángel Gabriel fuese comprendida por María y no se quedara en el aspecto puramente externo: “¡¡He tenido una aparición de ángeles!!” María, abriéndose a la gracia de Dios, pudo escuchar las cosas de Dios, comprender las cosas de Dios y, a través de ello, pudo acoger a Cristo en su seno y en su corazón. Como nos decía el Santo Padre Juan Pablo II en su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, María llegó a comprender las cosas que Jesús enseñó, pero sobre todo comprendió a su Hijo, “pues entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio” (Rosarium Virginis Mariae, n. 14). En definitiva, Juan Pablo II nos proponía a María como modelo a seguir en nuestra vida ordinaria para poder llegar a Cristo, para que, por el Espíritu de Dios, lleguemos a comprender a Cristo mismo y así lleguemos al Padre.

            Por lo tanto, María es tipo para la Iglesia, y para los fieles del camino de conversión permanente.

            Pidamos que Dios Padre nos regale su Espíritu para que comprendamos a su Hijo Jesucristo.

            Pidamos a Dios que nos otorgue la humildad de María, la cual abierta al Espíritu divino por la contemplación permanente, vivió inmersa en el mundo y con igual fuerza supo discernir las cosas de Dios, acoger en su seno al Hijo de Dios, comprenderlo y ser su mejor discípula.


[1] ¿Qué es la contemplación? De modo sencillo, se puede decir que esta es la apertura total a Dios, centrar la atención, la mirada solamente en Él. En esta situación Dios toma posesión del contemplativo y lo transforma en Él.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (B)

5-9-2021                     DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO (B)

Is. 35,4-7a; Sal. 145; Sant. 2, 1-5; Mc. 7, 31-37

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

En las lecturas de hoy se nos presenta un Dios que tiene entrañas de misericordia y que no puede pasar al lado de la gente que sufre sin conmoverse, sin hacer algo por aliviar el mal que sufren, sea del tipo que sea dicho mal.

            + En la 1ª lectura se nos dice de parte de Dios: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios […], viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”.

+ En el salmo 145 leemos: “Alaba, alma mía, al Señor […] que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos del ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos…”

+ También en el evangelio de hoy se leen cosas en el mismo estilo, pero con un dato nuevo. Veréis, en todos los relatos evangélicos (Mateo, Marcos, Lucas, Juan) existen narraciones de curación por parte de Jesús, pero en Marcos tienen una particularidad: Mientras que en los otros evangelistas Jesús cura por la palabra, en Marcos cura por la palabra y, además, tocando a los que cura y sana. Así, en el evangelio de hoy, a Jesús le piden que le imponga las manos al sordomudo. Esta imposición de manos se puede hacer sin tocar el pelo o la cabeza del hombre, pero Jesús aparta al sordomudo de la gente con un gesto natural: (primer toque) agarrándolo del brazo o pasándole la mano por el hombro. Luego (segundo toque) “le metió los dedos en los oídos”. Después (tercer toque) con su propia saliva (la de Jesús) le tocó la lengua al sordomudo, seguramente a través también de los dedos.

Leíamos el domingo pasado cómo los fariseos se lavaban, a sí mismos y sus ropas, al volver de la plaza, pues no soportaban que los tocasen otros hombres y mujeres, y los contagiaran de sus pecados e impurezas. No se trataba pues, como una lectura superficial del evangelio del domingo anterior pudiera sugerir, de que los fariseos fueran muy limpios, sino que no querían ser contagiados por los que en la calle les hubieran tocado de algún modo. Los otros eran inferiores y pecadores; los fariseos eran superiores y puros. Por eso los fariseos se lavaban; para quitar todo vestigio de la basura y del pecado de los demás (¿nunca os ha tocado besar a un niño de un conocido y que el niño se ‘limpiase’ la cara de nuestro beso?). Vemos, sin embargo, cómo Jesús no se echa atrás a la hora de ser tocado y de tocar, incluso en cosas que hoy nos daría asco: a través de la saliva y en la lengua del otro. Hoy tenemos más higiene, pero entonces debía de ser todo inmundicia y porquería. ¿Por qué actuó y actúa hoy día Jesús-Dios así?

Ante la pobreza y el sufrimiento se pueden dar varias posturas:

            - La de aquellos que se encierran en su egoísmo y dicen que cada uno aguante lo suyo. “Mientras a mí y a los míos no nos toque. Si a los demás les toca… ¡mala suerte para ellos!”

            - La de aquellos que están resentidos contra todo y contra todos, incluso contra Dios. “¿Por qué me tiene que pasar a mí todo y de todo? ¿Por qué, si dicen que Dios es tan bueno y todopoderoso, no reparte el dolor un poco con otra gente, a la que todo le va bien?”

            - La de aquellos que adoptan una actitud resignada y pasiva ante el mal…, sobre todo a la hora de aconsejar a los otros: “¡Ten paciencia! Dios te recompensará en la otra vida… Estamos en un valle de lágrimas… Es que Dios te quiere mucho”.

            - La de aquellos que tienen una actitud revolucionaria y se oponen al mal de este mundo con agresividad, con manifestaciones ofensivas, con las armas, con los insultos. Para estos Jesús está de parte del pobre y se enfrenta al rico. Machaca a este para que aquel salga arriba. Así, en los Kyries de la Misa nicaragüense, famosa hace tres décadas, se cantaba algo así como: “¡Señor, Señor, mi Dios, identifícate con nosotros! ¡Cristo, Cristo Jesús, identifícate con nosotros! ¡Señor, Señor, mi Dios, solidarízate! No con la clase opresora, que oprime y devora la comunidad. Sino con el oprimido, con el pueblo amigo, que busca la paz”[1].

            Pero, ¿cuál es la postura que adopta Jesús ante el mal del mundo, ante el sufrimiento de tanta gente? Sin duda alguna, Jesús tiene una actitud revolucionaria, pero no con armas, agresividad, e insultos, sino que su revolución es la del amor. Solo el amor puede transformar de verdad las relaciones humanas, tanto externa como internamente. Jesús no suprimió de una vez por todas la enfermedad, aunque curó a muchísima gente; Jesús no suprimió de una vez por todas el hambre, aunque alimentó a miles de personas; Jesús no suprimió de una vez por todas la incultura y el analfabetismo, aunque dedicó años a instruir a la gente. Más todavía, a Judas le dice que siempre van a existir los pobres; y a todos nos advierte que la cizaña va a seguir creciendo junto al trigo inevitablemente hasta el final. Sí, hasta el final, porque el mal está en el mundo fruto del pecado de cada hombre. Y Dios quiere curar y sanar todo esto, no a base de palos, de castigos, de muertes, de epidemias…, sino a base del amor. ¿De qué sirve que estemos sanos, si no nos amamos y somos incapaces de amar? ¿De qué sirve que tengamos lo necesario para vivir o incluso más, si no nos amamos y somos incapaces de amar? ¿De qué sirve que tengamos todos una carrera universitaria y conozcamos todos los secretos del universo, si no nos amamos y somos incapaces de amar?

            Por eso, en el evangelio de hoy me fijo en los gestos concretos de amor de Jesús para con el sordomudo. Este vivía apartado de los demás; no se le hacía caso; no podía participar en la vida de los demás: ni podía escuchar, ni podía hablar, y seguramente era blanco de las bromas pesadas de los demás. Sin embargo, Jesús lo toca, intima con él, no le tiene asco. No quiere hacer un milagro a la vista de todos para “crecer” Él ante los demás, sino que lo que le importa a Jesús es únicamente el sordomudo. Todo esto son gestos de amor, y lo más importante que Jesús entregó al sordomudo, no fue la salud física, sino el amor concreto.


[1] Se puede oír la canción en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=OifGk4m3kQ0&list=PLBF8D39BFD6B172B0&index=2

jueves, 26 de agosto de 2021

Domingo XXII del Tiempo Ordinario (B)

29-8-2021                               DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (B)

                            Dt. 4,1-2.6-8; Sal. 14; Sant. 1,17-18.21b-22.27; Mc. 7,1-8.14-15.21-23

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            En el día de hoy quisiera predicar sobre dos ideas: la primera[1] se refiere a una canción de Juan Manuel Serrat titulada así: “Caminante, no hay camino”[2]. La otra idea se refiere a las últimas frases del evangelio de hoy: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.

            - Vamos con la primera idea. En un momento de la canción, Juan Manuel Serrat dice así: “cuando de nada nos sirve rezar…”[3]. ¿De verdad nos sirve de algo rezar?

1) Esta idea de que la oración no sirve de nada o de casi nada incluso está bastante extendida entre los cristianos; da lo mismo que sean curas, que religiosas, que seglares… Con frecuencia se oye decir que las monjas o monjes de clausura están perdiendo el tiempo y que tienen unas energías que podrían muy bien emplear en ayudar a tantas personas que sufren por todo el mundo. Siempre que oigo este reproche o algo parecido me acuerdo de las palabras de Jesucristo: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4, 4). ¿A quién le dijo Jesús estas palabras? Pues se las dijo al mismo Satanás cuando éste lo estaba tentando en el desierto. Sí, el hombre no sólo vive de pan, de la materia. El hombre necesita otras cosas para vivir y para ser hombre.

2) Cada vez que escucho esta canción de Juan Manuel Serrat y llega a esta parte: “cuando de nada nos sirve rezar…”. Inmediatamente contesto yo preguntando a Juan Manuel Serrat: “¿Y sirve de algo cantar? ¿Y sirve de algo hacer poemas? ¿Y sirve de algo bailar?” ¿Por qué hago estas preguntas? Pues porque el ser humano no es solo materia. Un científico puede ver solo materia, pero hay algo más y mucho más que mueve a los hombres. Quitemos a los hombres los sentimientos, los afectos, el gozo, las ilusiones… y dejémoslos solo con la materia. Llegará un momento en que ese hombre se muera de tedio, de aburrimiento o de tristeza. Quitemos a los hombres de cantar, o de componer música, o de bailar, o de narrar historias, o de hacer poesía… Precisamente los mayores descubrimientos y avances del hombre no son simplemente los adelantos técnicos, sino también los artísticos, en su sentido más amplio.

3) Quitemos al hombre los sentimientos religiosos y muchas de sus obras nunca hubieran existido: ni en la música (el réquiem de Mozart…), ni en la escultura (el Moisés y la Pietà de Miguel Ángel…), ni en arquitectura (las pirámides egipcias, las catedrales, los templos budistas…), ni en la literatura (la Biblia…).

4) Por lo tanto, sí que hemos de decir que el rezar nos sirve, y de mucho, lo mismo que el cantar y el confeccionar poemas, y dejar que fluya en el ser humano la mente, el sentimiento, la ilusión, la fe, el amor a Dios…

En definitiva: ‘Juan Manuel Serrat, tu canción es muy bonita y gusta mucho, pero el rezar sí que sirve para mucha gente en la actualidad. Ha servido y seguirá sirviendo, lo mismo que a ti y a nosotros nos sirve la música, cantar, bailar, recitar poesía…’

            - Vamos ahora con la segunda idea, sacada del evangelio: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Esta primera frase fue muy importante, porque Jesús declaró de este modo puros todos los alimentos del mundo. Ahora a nosotros nos parece algo evidente, pero en tiempos de Jesús no era así, e incluso para muchas personas hoy no todos los alimentos pueden ser comestibles para ellos. Así, un musulmán nunca tomará cerdo por considerarlo un animal impuro.

            Jesús nos enseñó que el corazón humano es el que siente el bien o el mal y el que hace el bien o el mal. Por eso, Jesús busca transformar ese corazón humano. Cuando preparaba esta homilía recordé un bellísimo cuento chino que nos habla de la transformación de un corazón que sentía odio y resentimiento, y luego pasó a sentir amor. Ahí os va:

            “Una chica en China se casó y fue a vivir a casa de su marido. A esta joven esposa no le iban bien las cosas con la suegra. No aguantando más fue a ver a un sabio y le pidió algo para deshacerse de la suegra. Este sabio le dio unas hierbas y le dijo que fuera echando 2 ó 3 cada día en su comida para que muriera envenenada al cabo de unos meses. Pero para que no sospecharan de ella tenía que procurar portarse bien con la suegra; así, pasaría la cosa como una muerte natural o algo parecido. La chica siguió las instrucciones del sabio y resultó que, al ver la suegra que su nuera era mejor con ella, también esta mujer dulcificó su carácter y fue habiendo un mayor entendimiento entre las dos y esto aumentaba de día en día. Al cabo de dos o tres meses la chica fue a ver al sabio para decirle que ahora amaba a la suegra, que esta había cambiado y que no quería envenenarla. El sabio respondió que la suegra no había cambiado, que había cambiado ella y esto había hecho cambiar a la suegra. También le dijo que las hierbas que le había dado no eran venenosas, sino un reconstituyente”.

            Del corazón de la chica salía en un primer momento odio hacia su suegra, y del mismo corazón salió amor hacia ella. Por lo tanto, lo que Jesús nos pide hoy es que transformemos nuestros corazones para que salgan, no “los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad”, sino “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Ga. 5, 22-23). 

    En efecto, estamos demasiado acostumbrados a echar balones fuera, a pensar y decir que el mal que hay en el mundo procede de fuera de nosotros: de la comida (decían los judíos en algún momento [produce impureza]), o de los demás (como pensaba la chica de su suegra). Pero Jesús nos dice que el mal está dentro de nosotros y que somos nosotros los que hemos de cambiar, de purificarnos, de convertirnos. 


[1] Esta idea la prediqué hace pocas fechas en una homilía semanal, pero no me resisto a predicarla de nuevo. Creo que es muy necesario, pues de otro modo se nos van metiendo en nuestros criterios y razonamientos determinados mensajes anticristianos, que nosotros no podemos aceptar en modo alguno.

[2] Compuso esta canción tomando como base un poema de Antonio Machado. Su poema más famoso, que dice así:

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino:

se hace camino al andar.

 

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

 

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

[3] Enlace para escuchar la canción: https://www.youtube.com/watch?v=QBdCLizaSiw