miércoles, 24 de junio de 2026

Domingo XIII del Tiempo Ordinario (A)

28-6-26                                   DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (A)

2º Re. 4,8-11.14-16a; Slm. 88; Rm. 6,3-4.8-11; Mt. 10,37-42

 

Queridos hermanos:

            ¿Habéis hecho alguna vez apuestas a los caballos? Yo no. Supongo que uno apostará por el caballo que cree que tiene más posibilidades de ganar la carrera. Supongo que uno no apostará por un caballo cojo y viejo y enfermo. Hace un tiempo bautizaba a una niña y decía a sus padres que habían apostado, al querer bautizar a su hijita, por un caballo perdedor. Pues hoy muchos se retiran de la fe, de la creencia en Dios, del amor y la creencia y la aceptación de la Iglesia. Ejemplos: muchas llamadas a la curia diocesana para borrarse de la Iglesia católica; hace un tiempo unos borrachos sacaron sus penes al aire y se los enseñaron a unas religiosas, a una madre le dijeron que si estaba ociosa por llevar a su hijo a la confirmación…

            Ante todo esto, creo sinceramente que todos los que estamos en este templo estamos apostando por un caballo perdedor y que los que tienen toda la razón son los que ahora están en sus camas durmiendo o descansando, o en casa trajinando, o paseando por la ciudad, o camino de las playas. No merece la pena seguir perdiendo más el tiempo aquí en el templo, y con esta Iglesia, ni con Dios. Yo voy a dejar el sacerdocio. Tengo casi 67 años y todavía me quedan unos años para poder vivir y disfrutar. Al fin y al cabo, si yo dejo el sacerdocio no haría más que seguir los pasos de tantos curas y monjas que lo han dejado, de tantos seglares que pasan de la Iglesia y de la fe. Dejaría de tener que defender cosas absurdas como no a los preservativos, a los divorcios, a los homosexuales, a la discriminación de las mujeres… Decidido; voy a dejar la fe y la Iglesia y el sacerdocio… Y os aconsejo que vosotros hagáis lo mismo. De todas formas, haced lo que os dé la gana.

            Pero, si lo tengo decidido, entonces ¿por qué no estoy tranquilo? Pienso en aquellas palabras de Pedro a Jesús: “Señor, ¿a dónde vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. También leo en el evangelio de hoy: “El que pierda su vida por mí, la encontrará”. O esta otra: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

            No, no puedo dejar el sacerdocio, ni la Iglesia, ni la fe, ni a Dios. ¿Por qué? No dejo nada de esto porque…

1) estoy enamorado de Dios. Él me enseñó lo que es el amor. El besó mis labios con sus labios. Él me estrechó entre sus brazos y contra su corazón cuando yo aún no había nacido y nunca ha dejado de hacerlo. Él siempre ha estado conmigo. ¿Qué sería de mi vida sin Él? Él es como el aire que respiro. Él es mi origen, mi y mi fin. Lo descubro en el mundo, en las personas, en los sacramentos, en su Palabra. Es Él.

2) No dejo nada de esto por mi amor la Iglesia, esa tan pecadora y con tantas contradicciones, pero que me recibió en sus brazos al nacer por el bautismo, que me alimenta con la Eucaristía y me perdona los pecados por la confesión, que me ordenó sacerdote para sus hijos, sin yo merecerlo (o más bien merecer todo lo contrario por mis muchos pecados), que me cuida y rezará por mí cuando yo fallezca.

3) No dejo nada de esto, porque merece la pena luchar y vivir solo para el ser humano dejando todas las posibilidades que este mundo te ofrece. El ser humano merece la pena, incluso los del pene o los que dejan la Iglesia o los nazis, iraquíes, serbios de los que hablaba el domingo pasado…. Merecen la pena, porque son hijos de mi Dios y hermanos míos. Y esto solo se comprende desde Él, desde su amor.

            ¿Vosotros vais a quedaros, vais a luchar o vais a dejar todo o vais, peor aún, a vivir mediocremente vuestra fe?

            Os voy a leer un trozo de un correo electrónico que una chica, que es monja, mandó a diversas personas antes de irse a Mozambique. Esta chica, esta monja no piensa en sí misma, sino en Dios y en los demás, y no quiere tampoco abandonar, porque quiere perder su vida por Jesús: Por fin se va a realizar mi sueño... desde que era pequeña quería ser monja...y también misionera, con los negritos,... han pasado muchos años desde entonces, pero el Señor ha dispuesto que vaya este año, cuando yo ni me imaginaba que podría ir, pues ya tenía todo el verano programado con distintas actividades. Me hubiera gustado saberlo con más tiempo, para poder prepararme mejor...estudiando portugués, repasando algo de enfermería, y más de inglés, y teniendo más tiempo para prepararme interiormente, pero bueno, nuestros pensamientos no son los Suyos, ni nuestros caminos los Suyos... ÉL lo ha querido así, y así quiero aceptarlo, deseando dejarme conducir por Él. Me acabo de confesar, y el sacerdote me ha repetido varias veces que todo aquello cuanto haga he de hacerlo en Su nombre... Pues sí... en el nombre del Señor me voy a Madrid, y me subiré al avión, y en su nombre estaré en Mozambique como ÉL lo disponga. No voy con grandes pretensiones... Solo quisiera ser transmisora de su gran amor para con todos. Rezad por mí, no tanto para que no me pase nada, sino para que en todo lo que viva, todo lo que acontezca pueda ser un reflejo de su bondad, de Su amor, de Él mismo que habita en mí: Dios Uno y Trino. No sé lo que me espera, pero lo que sí tengo claro es que el Señor siempre va  a estar conmigo, a mi lado, dándome fuerzas y sosteniendo mis pasos. Y también estará  a vuestro lado, confortándoos, ayudándoos, manteniéndonos unidos en el amor. Cuando alguien entrega su vida al Señor tiene que estar dispuesto a todo, a lo que sea, pues ya no se pertenece, la vida es del Señor, y de los demás... Así que todo sea para mayor gloria Suya, y sea lo que Él quiera. Aquí estoy, Señor, dispón según tu Voluntad. Que la Santísima Trinidad sea nuestra mayor alegría, en Ella vivimos, nos movemos, existimos... Ella nos habita, está en nosotros, y nos une...y hacia la plena comunión con Ella caminamos. Que no desperdiciemos este gran regalo de su presencia en nosotros, regalo que llevamos en vasijas de barro... regalo inmerecido, pero que por su gran amor nos da cada día, en cada momento”.  

Amén (¡Que así sea!)

miércoles, 17 de junio de 2026

Domingo XII del Tiempo Ordinario (A)

21-6-26                       DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO (A)

Jr. 20, 10-13; Slm. 68; Rm. 5, 12-15; Mt. 10, 26-33

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            - Escribe S. Pablo en la segunda lectura que "por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron". Este texto alude al pecado original, una de las verdades de nuestra fe católica: Todo hombre o mujer al nacer tiene este pecado original. Pero mucha gente se pregunta: ‘¿Cómo un niño recién nacido puede tener pecados? Pero si es cuando más inocentes son.’ Esta pregunta es lo misma que decir: ¿Por qué existe el pecado, el mal, la muerte, el sufrimiento en el mundo? ¿Por qué, si Dios es tan bueno, permite todo esto? Y aún más radi­cal: Si la Biblia nos dice que Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, si todo era bueno cuando Dios lo creó, entonces ¿de dónde surgió el pecado en el mundo?

            El pecado procede de la libertad humana. Dios nos hizo tan bien a los seres humanos, que nos creó libres. Libres para amar, para hacer el bien, para ayudar, pero también libres para pecar, si nos da la gana. Esta es nuestra grandeza y nuestra miseria. Si nosotros no quere­mos, ni Dios puede obligarnos a nada. Hace un tiempo predicaba aquí mismo que no fueron los nazis quienes mataron a los judíos durante los 15 años que estuvieron en el poder en Alemania en el siglo pasado. Quien masacró a los judíos fueron seres humanos[1]. También decía que no fueron los iraquíes quienes sacaron los ojos con destornilladores a los kuwaitíes en el verano de 1990, sino que fueron seres humanos. También decía que no fueron los serbios quienes violaron sistemáticamente a mujeres y niñas-adolescentes bosnias en 1994, sino que fueron seres humanos. No fue un austriaco quien violó sistemáticamente a su hija durante años, fue un ser humano. Y lo que hace cualquier ser humano, yo mismo soy capaz de hacerlo. Es del interior del hombre de donde salen todas estas barbaridades y aberraciones.         Decía S. Francisco de Asís que cualquier pecado que hiciera cualquier hombre, él mismo era capaz de hacerlo. Es decir, la condición humana es capaz de lo mejor y de los peor, lo llevamos en la sangre. Vemos cómo hay niños pequeños que pegan, rabian, son egoístas, etc. Tenemos el caso, que sucedió hace unos años, en el que unos niños de Inglaterra torturaron a otro y, finalmente, lo pusieron en las vías del tren para que éste rematara la “faena”. Creo que ahora se puede entender mejor la frase del principio: El pecado entró en el mundo y todos de hecho pecamos.

            El cristiano no es ni debe de ser alguien que esté apartado del mundo o sin ver realmente lo que pasa a su alrededor, pero también es cierto que el cristiano siempre tiene esperanza en algo mejor que vendrá o que viene. Así, S. Pablo en la misma segunda lectura añade a sus fatídicas palabras primeras lo siguiente: "Sin embargo,... si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la bene­volencia y el don de Dios desbordaron sobre todos [nosotros]". En efecto, más grande que nuestra maldad es la bondad de Dios, más grande que nuestras culpas es el perdón de Dios. Para iluminar esto traigo a colación un texto terrible y a la vez precioso, que me emocionó muchísimo cuando lo leí por primera vez:

“Dios mío: Aunque ya tengo 75 años y estoy a punto de juntarme contigo, sé que tú me conoces desde antes de nacer y sabes los problemas que pasó mi madre, que era una niña de quince años que, de pronto, se dio cuenta de su embarazo, y cuando se lo contó a sus padres la echaron de casa, y el novio, que era bastante mayor que ella, no quiso saber tampoco nada de mí, así que la pobrecita nada más dar a luz me tuvo que dejar en la beneficencia […] Ahí fue lo más difícil de todo, cuando yo, que era una niña, tuve que trabajar en la prostitución para poder pagarme la pensión, y tenía que hacer todas las cosas que los hombres me pedían, y se enfadaban conmigo porque era sosa, y me pegaban y me echaban y pedían que fuera otra… Así que la dueña de la pensión me enseñó que había que sonreír siempre a los clientes, que me comiera mis lágrimas, que ellos pagaban para divertirse y aprendí a no enseñar a nadie lo que tenía por dentro y a hacer cosas que nunca me atrevería a contar a nadie, pero que sólo tú, Dios, las sabes perfectamente, porque estabas siempre a mi lado, y a mí me gustaba ponerme una estampa en la ropa interior para recordarte aún en los momentos más difíciles y con los clientes más extraños. Siempre te he pedido ayuda y siempre me la has dado. Estoy segura que, cuando estaba en aquel infierno y empecé a beber para soportarlo, tú estabas a mi lado ayudándome para que no me quitara la vida, que era lo que me venía una y otra vez a la cabeza. Yo creo, Señor, que no pecaba, que pecado es hacer daño a alguien, y yo nunca se lo he hecho más que a mí misma y tú no estarás enfadado conmigo, porque ya sabes que no sabía qué otra cosa podía hacer […] También me gusta ir a una iglesia y hablar contigo, pero no comulgo, ¡que me gustaría!, porque sería un sacrilegio hacerlo sin confesar. Así que, ya sabes, te pido que me des un par de añitos más para que me dé tiempo a ponerme a bien contigo. Llevo en mi cartera tu foto, ya sabes tú bien que me gusta mucho hablarte, como esta mañana, cuando estaba en la cola de las entradas de toros, para que un señor las revenda, me he pasado el rato hablando contigo y pidiéndote por todos los borrachines y gente como yo que andaba en la misma cola. Tú nos conoces bien a todos. Tú eres el rey de los reyes y el juez de los jueces, pero sé muy bien que tú eres misericordioso, y yo creo que no nos vas a castigar. Hoy quiero darte las gracias por todo lo que me has ayudado siempre, y te pido que sigas a mi lado hasta que sea el final. No me dejes sola ni un momento, por favor, te lo pido, Dios.”  En este texto se vislumbra tanto pecado (del padre de esta mujer, de sus abuelos, de los hombres que la usaron como prostituta y ahora la usan para sacar un dinero de la reventa) y tanto sufrimiento (de esta mujersta mujer, de sus abuelos, de los hombres que la usaron como prostituta y ahora la usan para sacar un dinero de l), pero a la vez se vislumbra tanta ternura, inocencia y amor a Dios por parte de esta mujer.

            - Dice Jesús en el evangelio de hoy: "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma". Este evangelio lo escribió S. Mateo en un momento en que los cristianos, por el hecho de ser tales, les quitaban sus bienes, los encarcelaban, los desterraban y los asesinaban. Hubo cristianos que no resistieron y se echaron atrás en su fe; dejaban de ser cristianos. ¿Qué hubiésemos hecho nosotros?

            En estos momentos de duda, de inquietud, de apatía, de abandono de la Iglesia, de miedo a confesarse católico, de persecución por el hecho de ser cristiano, es donde S. Mateo recuerda aquellas palabras de JC: "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma".

            Según Jesús, ¿a quién debemos tener miedo? A aquel "que puede destruir... alma y cuerpo". Antes se nos metía miedo con el infierno y ahora casi no se predica de él. Y, sin embargo, hay que seguir anunciando el evangelio de Jesucristo, pero no sólo lo que agrade a nuestros oídos y sea política o socialmente correcto en estos tiempos, sino todo el evangelio. Nuestro pecado, nuestra maldad mata poco a poco nuestro cuerpo y nuestra alma. (Chica de 37 años, soltera, con trabajo, coche, vacaciones en Grecia y dice no ser feliz. Vive con los padres. Todo el dinero es para ella y no es feliz. No sabe qué hacer los días por la tarde saliendo del trabajo).

            No tengamos miedo y, como decía el Papa Juan Pablo II, abramos las puertas de nuestros hogares, de nuestras vidas a Jesús.


[1] Cuando estaba diciendo esto, algunas personas se levantaron y se marcharon de la Misa.


jueves, 11 de junio de 2026

Domingo XI del Tiempo Ordinario (A)

14-6-26                       DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (A)

Ex. 19, 2-6a; Slm. 99; Rm. 5, 6-11; Mt. 9, 36-10,8

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Hace un tiempo se me acercó una persona y me pidió que en uno de los domingos de junio predicase sobre el Sagrado Corazón de Jesús, en cuyo mes estamos. Esta persona me dijo que el entonces Papa, Benedicto XVI, nos había recordado a toda la Iglesia la importancia de esta celebración. Pues bien, obedeciendo al Papa, obedeciendo a esa persona que lo ha pedido y, sobre todo, obedeciendo a Dios, Padre bueno y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, hoy quisiera hablaros hoy un poco del Corazón de Jesús.

             ¿Tiene sentido celebrar una Misa del Corazón de Jesús? ¿Por qué no de la mano de Jesús, de una pierna de Jesús, de la cabeza de Jesús? Al celebrar el Sagrado Corazón de Jesús se quiere subrayar el centro de su persona. De hecho, cuando alguien dice: "Te amo con todo mi corazón", quiere decir que ama con todo su ser: con todo su cuerpo, con toda su mente y con toda su alma.

            Pues bien, vamos a profundizar un poco en el Corazón de Jesús: ¿Qué es lo que se desprende de ese Corazón de Jesús, de esa persona de Jesús? Ello nos es indicado por las lecturas que acabamos de escuchar: de su Corazón se desprende y emana amor, misericordia, perdón, fidelidad, curación, y todo ello completamente gratis. Dice el salmo de hoy: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” En la segunda lectura nos recuerda S. Pablo: “Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.” Y, finalmente, en el evangelio se nos dice: “Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor […] Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia […] Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.”

            ¡Qué Corazón más grande el de Jesús, pues en El encontramos toda la ternura y la comprensión del mundo, del universo y del cielo! ¿Sabéis cuál es la tarea más importante de un sacerdote en una parroquia? No es “decir” la Misa, o predicar el evangelio. No es confesar a la gente o prepararla para recibir bien los sacramentos. No es organizar Caritas y dar de comer a los pobres de la parroquia. La tarea más importante que nos dejó Jesús y su Sagrado Corazón a los sacerdotes es AMAR. ¿Sabéis cual es la tarea más importante de un padre-esposo o de una madre-esposa? No es pagar la hipoteca, conseguir dinero para comer, para pagar la ropa, medicinas, estudios de los hijos. No es llevar a su cónyuge a unas vacaciones de ensueño o ayudar en las tareas del hogar o en la educación de los hijos. La tarea más importante que dejó Jesús y su Sagrado Corazón a los padres-esposos es AMAR: amar al marido, amar a la mujer, amar a los hijos, amar a la familia política, amar…  Recordad aquella famosa frase de San Juan de Cruz: “En la tarde de la vida seremos examinados en el amor.”

            Dicen los psicólogos y psiquiatras, y tienen razón, que un hombre equilibrado, psíquicamente hablando, es aquel que ha recibido amor y que ha dado y da amor. ¿Hemos recibido amor de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros familiares, de nuestros amigos? Si es así, entonces somos de lo más afortunados. Si no es así, entonces estamos “cojos” y lo estaremos el resto de nuestras vidas. Hace unos meses hablaba con unos novios que quieren casarse. Resultaba que el chico ha tenido y tiene una seria dificultad en su familia (no ha sido amado convenientemente ni se ha sentido amado, más bien se ha sentido y se siente rechazado por su familia), y avisaba yo a esta joven pareja que esta situación repercutirá negativamente en su vida esponsal y en su vida familiar. ¿Cuánto tiempo hace que no decís “te quiero” a una persona: a vuestros padres, a vuestros hermanos, amigos, novios, esposos, hijos? ¿Cuánto tiempo hace que no se os dice “te quiero” por parte de vuestros padres, a vuestros hermanos, amigos, novios, esposos, hijos? ¡Qué importante es el cariño y el amor y, además, qué importante es manifestarlo verbalmente, con gestos, con caricias, con ternura…!

            Pues bien, hemos de saber, y se nos ha de meter bien en la cabeza que los seres humanos somos totalmente incapaces y estamos imposibilitados para amar, en primer lugar, a Dios. Ninguno de nosotros podemos amar a Dios por nosotros mismos y con nuestras solas fuerzas. Ni siquiera quien ha experi­mentado el Amor de Dios en su ser puede responder a Dios con el propio amor. Solamente se puede Amar desde el Amor que recibimos de Dios. Es decir, nuestro amor es amor en tanto en cuanto participa y "mama" del Amor divino, el que Dios ha sembrado y siembra en nuestro ser. Para amar así he de juntar mi corazón con el Corazón de Jesús, y suplicaré que Jesús transforme mi corazón y lo haga como su Corazón. Así, hemos de suplicar a Cristo que nos dé de su Amor, ya que El es la única fuente donde podemos beber de ese Amor auténtico. Si una persona quiere amar a Dios, sólo lo podrá hacer con el mismo Amor que Dios le dé. Si una persona quiere amar a su prójimo, sólo podrá hacerlo con el mismo Amor que Dios tiene a ese prójimo. Yo no puedo, por mí mismo, amar a mi esposo-esposa-hijo-amigo-vecino-feligrés…, pues en mí sólo encuentro egoísmo y miseria. Entonces he de volverme a Dios, a Jesús y pedirle que transforme mi corazón en su Corazón y así podré amar, con Su Amor, a mi esposo-esposa-hijo-amigo-vecino-feligrés… Y ellos para amarme han de hacer igual: Desde su corazón no podrán amarme, pero desde el Corazón de Jesús en su corazón sí podrán hacerlo. Esto no son palabras, ni una filosofía meramente teórica, sino que es vida, y así lo han experimen­tado tantos santos.

            El día en que uno aprende que no es uno mismo el que ha de esforzarse en hacer el bien, en orar, en amar…, sino que todo ello lo hace el Señor en nosotros, ese día uno descansa de verdad y entra en la Paz verdadera. Por eso, dice Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis alivio.”

¡¡FELIZ MES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JE SUS!!

¡¡QUE SU AMOR SE DERRAME SOBRE TODOS Y CADA UNO DE NOSOTROS!!

jueves, 4 de junio de 2026

Corpus Christi (A)

7-6-26                                            CORPUS CHRISTI (A)

Dt. 8,2-3.14b-16a; Slm. 147; 1 Co. 10, 16-17; Jn. 6,51-59

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Celebramos hoy la festividad del Corpus Christi, es decir, del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Esta fiesta del Corpus Christi es un Misterio muy rico y que tiene muchos matices: orígenes e historia de la fiesta, Adoración eucarística, ritos y significado de los mismos, comunión con Dios y comunión con los hermanos, sacrificio... En el día de hoy quisiera fijarme en Jesús como alimento.

1) Alimento-Presencia: Este aspecto escandalizó hace dos mil años a muchos discípulos de Jesús y, por eso, lo abandonaron. Nos lo dice el evangelio de San Juan: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo’. Los judíos discutían entre sí, diciendo: ‘¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?’ Jesús les respondió: […] ‘Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él’. Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?’ Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo (Jn. 6, 51-53.55-56.60.66). Durante siglos muchos cristianos tampoco aceptaron estas palabras de Jesús y pensaron (y piensan) que en el pan y el vino consagrados no estaba (ni está) realmente Jesús, sino que era SOLO una especie de signo o símbolo, que nos recordaba a Jesús. En esta línea están, por ejemplo, la mayoría de los protestantes e incluso muchos católicos de hoy en día. Nosotros los católicos creemos y debemos creer en la presencia de Cristo en el pan y en el vino después de la consagración. ¿Por qué lo debemos creer? Pues porque es el mismo Jesús quien nos lo dice: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo […] Bebed todos de la copa que es mi Sangre (Mt. 26, 26-28). O también lo que nos dice Jesús en el evangelio de hoy: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn. 6, 51).

2) Alimento-Nutrición. La alimentación consiste en el conjunto de actos voluntarios y conscientes que van dirigidos a la elección, preparación e ingestión de los alimentos. Una vez que metemos los alimentos en nuestra boca comienza la nutrición, la cual consiste en los actos mediante los cuales se asimilan los alimentos y los líquidos necesarios para el funcionamiento, el crecimiento y el mantenimiento de las funciones vitales del hombre.

Necesitamos alimentarnos de cereales, de legumbres, de frutas, de hortalizas, de carne y pescado, de productos lácteos…, pues ellos nos dan vida, fuerza, nos permiten trabajar, movernos y actuar. Sin los alimentos nos morimos; con pocos alimentos nos enfermamos y estamos débiles. Pues lo mismo que nuestro cuerpo y nuestra mente necesita alimentos para sobrevivir y llevar una vida normal, también nuestra alma necesita alimentarse. Lo dice la Biblia: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4, 4).

Dice Jesús en el evangelio de hoy: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Por eso decimos que la Misa, que la Eucaristía es un banquete. Sí Jesús está realmente presente en el pan y en el vino consagrados en la Misa y si nosotros comemos realmente el Cuerpo de Jesús, entonces Jesús nos nutre y nos transforma. Somos nosotros quienes nos acercamos al templo, quienes escuchamos la Palabra de Dios, quienes estamos con el resto de hermanos en la fe y quienes nos ponemos en fila ante el sacerdote para que ponga en nuestras manos o en nuestra boca el Cuerpo de Jesús. Una vez que lo tenemos en nuestra boca y lo tragamos pasa a nuestro estómago y comienza la nutrición espiritual. El Cuerpo de Cristo alimenta y hace crecer nuestra fe, nuestra paciencia, nuestro amor a Dios y a los hermanos, nuestra ansia de Dios, nuestra felicidad, nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia, nuestra santidad de vida…[1]

Y es el mismo Jesús quien parte y quien reparte su Cuerpo entre todos nosotros para que nos alimentemos y nos nutramos de Vida Divina.

            3) Alimento-Vida. Dice Jesús al final del evangelio de hoy: El que come este pan vivirá para siempre. El fiel que come a Cristo, y lo come bien y con sentido, con devoción y fe puede seguir viviendo, pero, no sólo en el sentido de respirar, caminar, hablar, trabajar…, sino y sobre todo en el sentido de tener a Dios en él, de tener un porqué y para qué en su vida… Y todo esto es VIDA.

Una persona que siempre iba a misa, escribió una carta al director de un periódico quejándose de que no tenía ningún sentido ir a misa todos los domingos. “He ido a la Iglesia por 30 años, escribía, en ese tiempo he escuchado algo así como unos 3.000 sermones. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar uno solo de ellos. Por eso pienso que estoy perdiendo mi tiempo y los padres están perdiendo su tiempo dando sermones”. Para al deleite del director, esto empezó una verdadera controversia en la columna de ‘Cartas al Director’. Esto continuó durante semanas hasta que alguien escribió esta nota: “He estado casado por 30 años. Durante ese tiempo mi esposa me ha cocinado unas 32.000 comidas. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar el menú entero de todas esas comidas. Pero sé una cosa: Esas comidas me nutrieron y me dieron la fuerza necesaria para hacer mi trabajo. Si mi esposa no me hubiera dado todas esas comidas, estaría físicamente muerto hoy. Igualmente, si no hubiera ido a la Iglesia para nutrirme, ¡estaría espiritualmente muerto hoy!  Cuando tú no estás en nada.... ¡Dios sí está en algo!  ¡La fe ve lo invisible, cree lo increíble y recibe lo imposible! Da gracias a Dios por nuestra nutrición física y simplemente di: Jesús, ¿podrías atender la puerta por favor? Creo en Dios como un ciego cree en el sol, no porque lo ve, sino porque lo siente”.


[1] Me estoy encontrando con niños que no quieren hacer la primera Comunión. Algunas de las razones que tienen para ello son el evitar los años de catequesis y también, como me decía el otro día una niña, porque, habiendo probado una oblea, no le gustó el sabor y por eso dice que no quiere hacer la primera Comunión. Desde luego en la base de este rechazo en los niños está, con mucha frecuencia, la falta de ejemplo y de experiencia de vida cristiana y eucarística de sus padres.