miércoles, 4 de marzo de 2026

Domingo III de Cuaresma (A)

8-3-26                                 DOMINGO III CUARESMA (A)

Gn. 12, 1-4a; Slm. 32; 2 Tim. 1, 8b-10; Mt. 17, 1-9

Queridos hermanos:

            Vamos hoy con la segunda y última parte del examen de conciencia, que estamos haciendo en Cuaresma como preparación para el Triduo Pascual:

            ¿He sido egoísta en el trato con los demás preocupándome tan solo de lo que me venía bien a mí, pasando o dejando de lado las necesidades de los otros? ¿Soy de los que cojo el mando de la TV y no lo suelto en modo alguno, y todo el mundo tiene que ver el programa que a mí me gusta? ¿Al sentarme en el coche o en casa escojo el mejor puesto… sin pensar en los otros? ¿Pienso en los otros, en lo que les gusta a los otros, en lo que les viene bien a los otros, o nada más me veo a mí mismo y mis apetencias y mis necesidades?

            ¿He faltado a la pobreza cristiana con gastos superfluos en cosas que no son del todo necesarias (ropas, tabaco, cafés, revistas, consumiciones, CD, bisutería, viajes, etc.)? ¿Compro cosas baratas que no necesito o que ya poseo más que suficientemente? Al comprar pregunto a mi gusto, a los demás… ¿y a Dios? Porque El tendrá algo que decir, sobre todo si me confieso cristiano y deseo que su Voluntad se cumpla en mí. Un cristiano no puede caer en el consumismo igual que otra persona que le dé igual vivir en su Santa Voluntad o no. ¿Tengo codicia y ansío poseer cosas materiales? ¿Doy limos­nas a la Iglesia o a ONGs o a familias necesitadas (es bueno aquí comparar cuánto gasto para mí al mes y cuánto doy en limosnas para los demás al mes; se verá que la diferencia es mucha)? La limosna es lo que yo llamo el dinero de Dios. Es suyo y yo he de administrarlo según su Voluntad y no según mi capricho. El dinero de la limosna nunca puede quedarse en mi bolsillo. Si no lo doy yo directamente, entonces debo de buscar a organizaciones o personas que busquen donde entregarlo y que conocen mejor que yo diversas necesidades de otros hombres. ¿Tengo mi corazón pegado a cosas mías (coche, ropa, objetos), personas, opiniones, mi físico, etc.? Para entender la pobreza cristiana se ha de partir de que sólo Dios es nuestra riqueza, porque es lo totalmente Absoluto, lo demás es relativo (Mt. 10, 37). ¿He robado, es decir, me ha apropiado de cosas que no son mías? Me apropio de cosas que no son mías, robo, cuando en el hospital en el que trabajo cojo tiritas, esparadrapos, tijeras... y lo llevo para mi casa o para mis familiares. Robo cuando en el colegio donde trabajo cojo hojas, bolígrafos... y los llevo para mi casa. Robo en el trabajo llegando tarde y saliendo temprano. Robo en el trabajo al no pagar lo justo y debido a mis empleados y no reconocerles sus derechos. El hecho de que lo hagan los demás no quiere decir que está justificado que lo haga yo. También robo si no dedico el tiempo y las cualidades que Dios me da en el servicio de los demás; o cuando le robo su gloria y me apropio de lo que es de Él: “No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el rico en su riqueza, ni el soldado en su fuerza. El que se gloríe que se gloríe en el Señor” (Jr. 9, 22-23).

            ¿He sido desobediente en mi casa, con mi familia, con Dios, con la Iglesia, con mi director espiritual, con las normas de tráfico, con las cosas que me piden muchas veces por favor; y soy más bien de los que siempre hace lo que les da "la realísima gana"? La obediencia no es simplemente hacer sin más lo que me digan o me pidan, también hay que mirar el modo y las maneras en que lo hago. Por ejemplo, si realizo las cosas que se me piden pero con protestas, interiores o exteriores, entonces no estoy obedeciendo. Yo nunca he visto ni he leído que, cuando Dios Padre indicó a su Hijo que fuera a la Cruz, por el perdón de los pecados de los hombres, Jesús obedeciera pero diciendo: “¡Vaya, hombre! ¡Siempre me toca a mí!” ¿A quién tengo que obedecer yo? Pues en primer lugar a Dios, a mis padres, a mis hijos, a mi marido, a mi mujer...

            ¿He faltado a la castidad con pensamientos, deseos, miradas, actos impuros (solo o acompañado); he respetado mi cuerpo y el de los demás por ser Templo del Espíritu de Dios, me he mantenido alejado de aquello que me tentara en este punto como TV, revis­tas, conversaciones, etc.?

¿He tenido el pecado de la vanidad de tal manera que estoy demasiado pendiente de mi aspecto físico, de la moda, y al final soy un esclavo de ello? Hay personas que son incapaces de salir desconjuntadas de casa o de no salir a la calle con prendas que no son de marca. Hay personas que visten o se acicalan de una determinada manera, pero no por convencimiento o gusto propio, sino por obtener el parabién de la gente con la que están.

            ¿He tenido soberbia al considerarme superior a otros, al considerarme inferior y esto me hacía sufrir, puesto que no me acepto tal y como soy? ¿Me ando siempre quejando de la sociedad, de los demás, de mí mismo? ¿"Engordo" cuando los demás hablan bien de mí, y me entretengo después pensando y "repensando" lo que se dijo bueno de mí? ¿Me enfada el que los demás hablen mal de mí, sea mentira o verdad, y "despo­trico" contra ellos y busco rápidamente el justificarme? ¿Me cuesta admitir mis errores? ¿Me cuesta pedir perdón? ¿Hablo de mí mismo (mal o bien) con frecuencia, me pregunten o no? ¿Hago o dejo de hacer cosas, digo o dejo de decir cosas por el qué dirá la gente, de tal manera que soy un esclavo de lo que piensen los demás? Veamos algunos de los frutos de la soberbia: En las relaciones con el prójimo, el amor propio y la soberbia nos hace susceptibles, inflexibles, impacientes, exagerados en la afirmación del propio yo y de los propios derechos, fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras. Nos deleita en hablar de las propias acciones, de las luces y experiencias interiores, de las dificultades, de los sufrimientos, aun sin necesidad de hacerlo. En las prácticas de piedad nos complace en mirar a los demás, observarlos y juzgarlos; nos inclinamos a compararnos y a creernos mejor que ellos, a verles defectos solamente y negarles las buenas cualidades, a atribuirles deseos e intenciones poco nobles, llegando incluso a desearles el mal. El amor propio y la soberbia hacen que nos sintamos ofendidos cuando somos humillados, insultados o postergados, o no nos vemos considerados, estimados y obsequiados como esperábamos.

            ¿He faltado en el amor al prójimo hacia los enfermos, ancia­nos, familiares, marginados, etc.? ¿Tengo verdadera preocupación por las necesidades materiales, morales y espirituales de las personas que me rodean, de la gente que vive en Asturias, en España, en Europa, en el mundo? ¿Considero a las demás personas como hermanos míos al ser hijos todos del mismo Padre?

            ¿He tenido falta de confianza en Dios buscando yo siempre el encontrar solución a todo y rápida; y cuando no salía tal y como era mi deseo me enfadaba con Dios o me descorazonaba con Él? No tengo confianza en Dios cuando las cosas positivas o negativas que me suceden me afectan sobremanera. No quiere decir con esto que tengamos que ser insensibles a las circunstancias que acontecen a nuestro alrededor, pero sí es cierto que nuestra seguridad total está en Dios y no tanto en que las cosas me salgan bien o mal.

            ¿He dejado mis oraciones de lado, o las he hecho con rutina y sequedad? ¿He sido fiel a lo que el Señor me iba mostrando o pidiendo en ellas?

            ¿He faltado a la Misa de los domingos, o he asistido a ella con rutina, falta de fervor, de mala gana y distracciones?

            ¿He realizado alguna lectura espiritual para alimentar mi ser y abrirme a otras experiencias y a otros horizontes que puedan acercarme más a Dios?

            Se podían sacar muchas más cosas, pero de momento yo creo que con esto vale para tener una guía más o menos exhaustiva.

jueves, 26 de febrero de 2026

Domingo II de Cuaresma (A)

 1-3-26                                 DOMINGO II CUARESMA (A)

Gn. 12, 1-4a; Slm. 32; 2 Tim. 1, 8b-10; Mt. 17, 1-9

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            En este segundo domingo de Cuaresma quiero, como otras Cuaresmas, exponer un examen de conciencia. Lo haré en este domingo y en el siguiente.

            No quisiera que este examen de conciencia fuera una especie de losa sobre nosotros. No. La miseria humana, en cristiano, va siempre acompañada de la misericordia de Dios. Sólo a través de los ojos y del corazón de Dios el hombre puede y debe mirar sus propios pecados. El nos los descubre, y al mismo tiempo nos los perdona. Pero yo no puedo cambiar y caminar hacia Dios si no veo dónde estoy de verdad, y esto me lo hace ver Dios con su luz admirable y con la paz maravillosa que nos concede su perdón.

            ¿He sentido envidia hacia alguien por las cosas que tenía, por su carácter más simpático o por su saber más grande que el mío, por su físico; de tal manera que me alegraba de sus fallos o cuando las cosas le iban mal, y me entristecía cuando las cosas le salían bien? El sentimiento de la envidia en muchas ocasiones no es buscado por nosotros, pero es algo que surge en nuestro interior y nos da mucha vergüenza. En determinados momentos la envidia que sentimos es fruto de la tentación a fin de quitarnos la paz.

            ¿He sentido celos ante otras personas porque ellas son más valoradas que yo, más tenidas en cuenta que yo, más apreciadas que yo? ¿He sentido celos porque a los demás se les reconoce enseguida lo ‘poco’ que hacen, y a mí no se me reconoce todo lo que hago (al cuidar a unos padres, al hacer las tareas de casa, en el lugar de trabajo…)?

            ¿He hecho juicios en mi interior acerca de otras personas, desca­lificando las actuaciones de los otros, como si todo o casi todo lo de ellos fuese malo? El juicio interior supone ponerse en una posición de superioridad y desde ahí considerar como negativo lo que los demás dicen, hacen o dejan de decir y/o de hacer.

            ¿He murmurado contra alguien, bien iniciando yo la conver­sa­ción o siguiendo lo comenzado por otros? ¿He sacado los defec­tos de los demás a la luz pública? La murmuración presupone un juicio previo. El juicio queda en mi interior, mientras que la murmuración sale al exterior por la lengua. Lo malo o negativo que veo en los demás, ¿soy capaz de decírselo al interesado o interesada? La mayoría de las veces no, entonces ¿por qué lo digo?: ¿Porque me interesa de verdad esa persona y que mejore; por pasar el rato; por despecho; por quedar por listo o gracioso ante quien estoy murmurando? Si no soy capaz de decir lo negativo al interesado, entonces es mejor que me calle o en todo caso que se lo diga a Dios rezando por esa persona. Lo peor de la murmuración no es lo que decimos, que en muchas ocasiones es cierto, sino el ‘tonillo’ con el que decimos esas cosas, es decir, no hay caridad. Y la verdad que no va acompañada de la caridad-amor, no es la verdad de Cristo. Yo no he descubierto nunca a Dios diciéndome las cosas, ni a mí ni a nadie, restregándolas por las narices. Dios me muestra las cosas, mi verdad, mis defectos, pero lo hace con tanto amor, que veo lo que me dice, lo acepto y mi amor hacia Él crece más. Aprendamos a hacerlo así y, si no lo hacemos así, es que estamos murmurando.

            ¿He difamado, es decir, he dicho cosas negativas de los demás que son falsas, bien porque exagere lo que digo o porque no me cercioro y aseguro de la veracidad de lo que escucho sobre los otros y ‘alegremente’ lo suelto sin más? CUANTO DAÑO HACE LA LENGUA, NUESTRA LENGUA. Ya leemos en la epístola del apóstol Santiago que “la lengua ningún hombre es capaz de domarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones”. “Todos faltamos a menudo, y si hay alguno que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su persona entera”.

            ¿Soy una persona mal hablada con frecuentes tacos, con blasfemias, con palabras soeces o hirientes (‘cada día te pareces más a tu madre…’, ‘cállate, gorda…’); buscando siempre el insulto, el dejar mal a los otros, el decir la palabra graciosa, aunque sea a costa de los demás?

            ¿He mentido a alguna persona, a mi familia, en el trabajo para no quedar mal, por aprovecharme de otros, por venganza, etc.? ¿He dicho medias verdades por las mismas motivaciones? Cuando Jesús fue condenado a muerte por los judíos del Sanedrín, para ello utilizaron sus propias palabras. Le preguntaron si Él era el Hijo de Dios y Jesús contestó que sí, que lo era. Y esto le ocasionó su muerte. Podía haber dicho una mentira piadosa. Total esa mentira piadosa le hubiera permitido vivir más años, curar a muchos enfermos, hacer muchos milagros, enseñar mejor a los apóstoles, asentar mejor la Iglesia que quería fundar, anunciar mejor el mensaje de Dios Padre. Pero no, Él dijo siempre la verdad, aún a costa de ser muerto, aún a costa del fracaso de su misión entre nosotros. Y su verdad le llevó a la cruz, y esta cruz, fracaso entonces, es salvación para todos nosotros.

            ¿He sido impaciente con los demás y conmigo mismo? Él impaciente es aquél que no tiene paz en su corazón y por eso ‘salta’ con frecuencia. Estoy impaciente cuando no soy capaz de esperar con sosiego y tranquilidad que llegue el ascensor al que he llamado, a que el semáforo se ponga en verde, a que te atiendan en el médico, o que atienden en el supermercado a la persona que está por delante de mí. Estoy impaciente cuando no me pongo en el lugar de los otros y quiero que ellos hagan las cosas como yo las hago y en el tiempo en que yo las hago. No aguanto los fallos de los demás, pero los míos propios… tampoco.

            ¿He tenido ira, rabia, enfados hacia alguna persona (familiar, amigo, en el trabajo, etc.), y he manifestado esta ira externamente con expresiones hirientes o soeces, con voces, o incluso también en mi interior?

            ¿Tengo rencor hacia alguna persona, de tal modo que no hablo con esa persona, ni la perdono de ningún modo y, cuando la veo o surge una conversación sobre ella, siempre se nota mi inquina contra ella? ¿Llevo mi ‘agenda’ de los agravios que me han hecho los demás y las fechas en que me las han hecho y ante quien me las han hecho? ¿Hay alguien a quién no salude ni tenga intención de hacerlo? ¿Soy una persona vengativa; las cosas que me han hecho las tengo bien guardadas y presentes, y ante la más pequeña oportuni­dad se las ‘restriego’ en la cara o suelto mi ‘veneno’ ante otras personas?

            ¿He tenido pereza para levantarme, para acostarme, para hacer los estudios, el trabajo, mis oraciones, asistencia a la Misa, etc.? Perezoso es aquel que hace las cosas que le gustan, y las que no, las va dejando siempre de lado: el cesto de la plancha, los azulejos, tareas en el trabajo, escribir cartas, visitar a personas, enfermos. Con frecuencia la pereza va asociada al egoísmo, pues saco tiempo para las cosas que me gustan y me interesan, pero las otras cosas quedan las más de las veces sin hacer o a medio hacer.

            ¿He perdido el tiempo? Tenía diversas cosas que hacer y las he ido dejando de lado para hacer lo que me gusta: ver la Tv, hablar por teléfono, leer una novela, dar la lengua con alguien… y mientras tanto las cosas sin hacer.

            ¿He tenido gula, es decir, me dominan las apetencias y los gustos por encima de mi voluntad: domina el dulce sobre mi voluntad, domina el alcohol sobre mi voluntad, domina el café sobre mi voluntad, domina el tabaco sobre mi voluntad…? Seguramente que en muchas ocasiones pensamos como el gallego: ‘perdono o mal que me fai, por o ben que me sabe’. Tengo gula cuando como entre horas por el simple hecho de picar, o como nada más de lo que me gusta, o no como jamás lo que no me gusta, o protesto por la comida, o como o bebo con ansia, etc.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Domingo I Cuaresma (A)

 22-3-26                                              DOMINGO I CUARESMA (A)

Gn. 2, 7-9; 3,1-7; Slm. 50; Rm. 5, 12-19; Mt. 4, 1-11

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            - El miércoles pasado hemos comenzado el tiempo de Cuaresma. Es un tiempo de conversión, es decir, es un momento privilegiado para que dejemos nuestro pecado, nuestro caminar alejándonos de Dios, y emprendamos o continuemos por el camino hacia Dios. Este caminar hacia Dios tiene dos vertientes: una de vaciamiento de nuestro pecado, de todo lo que no es Dios y otra de llenarnos de Dios[1].

VACIAMIENTO DE UNO MISMO. Dicho de otro modo: este camino cuaresmal significa una radical y total desposesión de nuestras seguridades, de todo aquello en que apoyamos nuestra vida (un nombre y unos apellidos, los títulos, la salud, los bienes materiales, las amistades, el reconocimiento de los otros, las propias ideas, las propias virtudes, los rezos…). Todas estas cosas deben ser medios y nunca fines en sí mismos. La Cuaresma es y debe ser un llamamiento a no apoyarse en nada que no sea Dios.

Cuando Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, el objetivo de ello era que Él se despojara de todo aquello que le daba seguridad para adquirir la única SEGURIDAD que merece la pena: Dios. Los israelitas, en tiempos de Moisés, se querían ‘apoyar’ en los ajos y cebollas de Egipto, aunque allí estaban esclavizados. Cuando iban por el desierto pasando hambre y sed, hubo un momento en que quisieron volver a su antigua vida de esclavos. Sí, mejor comer, siendo esclavos, que morir, siendo libres, decían ellos.

También Jesús se sintió tentado (Mt 4, 1-11) a apoyarse en la comida, en lo material (el pan), en la fama (hacer espectáculo al lanzarse de la torre a la vista de todos y que no le pasara nada), en el poder (todos los reinos del mundo le serían entregados si Jesús adoraba a Satanás). Jesús se sintió tentado a usar lo material, la fama y el poder para que el evangelio entrara más fácilmente en los judíos[2] y, además, Él no tendría que morir en la cruz. Es la tentación de la seguridad. Y Cristo nos pide la muerte a toda seguridad, y eso va contra el instinto de supervivencia, o sea Cristo nos pide la muerte a nosotros mismos. Y esa muerte es nuestra vida: Quien da la vida por mí y por evangelio, vivirá; quien busca la vida, morirá. Nuestra apoyatura debe de estar solo en Dios.

- Para este vaciamiento y este apoyarse solo en Dios la Iglesia nos propone tres medios, que los tomó del mismo Cristo Jesús: ayuno, limosna y oración. (Así se nos proclamó en el evangelio que leímos el Miércoles de Ceniza).

Ayuno. El ayuno implica no comer y pasar hambre. Ayunamos, no porque no tengamos comida, sino porque queremos ofrecerle a Dios lo que nos sostiene, lo que nos alimenta, lo que nos nutre, lo que nos gusta… Quitamos alguna de las comidas del día, o quitamos algo a las comidas del día, o lo más riguroso: estar un día a pan y a agua.

También el ayuno puede consistir en privarnos durante este tiempo de Cuaresma de ingerir o consumir cosas que nos gustan al paladar: Coca Cola, café, dulces, tabaco, chocolate, pan, picar entre horas… Hay creyentes que no solo ayunan de comida y/o de bebida, también ayunan en este tiempo de televisión, de ordenador, de móviles, de fútbol, de videojuegos, de la pereza… Pero nada de esto tiene sentido si uno lo hace por miedo a Dios, por costumbre, por vencer la propia voluntad… NO. El ayuno es importante, pero lo que le da auténtico sentido es la MOTIVACIÓN por la que uno ayuna y se priva de cosas que le gustan. Hace un tiempo en una Misa de diario en Tapia de Casariego vino un matrimonio con su hijo de unos 10 años a confesar. En la homilía le pregunté al niño si hacía algún sacrificio y él dijo que sí: que a veces, cuando tenía sed, se privaba de beber y ofrecía a Dios esa sed.

Así, el ayuno, hecho por Dios y para Dios, es signo de la muerte y del VACIAMIENTO DE UNO MISMO, de los propios gustos e impulsos.

Limosna. La mejor manera de vencer la esclavitud que el dinero ejerce sobre nosotros es… darlo. No digo gastarlo, sino entregarlo a las necesidades que nos rodean. Siempre digo que el dinero y los bienes materiales no son nuestros, no son de nuestra propiedad, sino que Dios es el auténtico propietario y nosotros somos los administradores. Por ello debemos administrar esos bienes según el parecer de su legítimo dueño: Dios. Los antiguos tenían esto muy claro, por eso entregaban a Dios los diezmos y primicias. Eran suyos y a Él le eran devueltos. Si nosotros tuviéramos esta mentalidad, veríamos que lo que damos de limosna no es un rasgo de generosidad por nuestra parte, sino de justicia: devolvemos a Dios lo que es de Dios. Si nos quedáramos con ello, entonces seríamos unos ladrones. Por todo lo anteriormente dicho, la limosna es un acto de justicia, es devolver a Dios lo que es de Dios y lo hacemos a través de sus hijos más necesitados. Así la limosna es, además, un acto apertura a los hombres, nuestros hermanos, en sus necesidades.

Oración. Bien, ya hemos trabajado en vaciarnos de nosotros mismos, de nuestros gustos (ayuno) y también de cosas (limosnas). AHORA QUE ESTAMOS VACÍOS HEMOS DE LLENARNOS DE ÉL, DE DIOS. La oración no son rezos o palabras que decimos a Dios. La oración es la puerta por la que Dios quiere entrar en nosotros. Por eso, la mejor oración no es la que dice, sino la que escucha. Déjate mirar por Dios. Déjate llenar por Dios. Queda en silencio para escuchar a Dios. De este modo la oración es apertura a ese Dios que nos transforma.

- Yo siempre propongo un plan para la Cuaresma. Cada uno tiene que hacerlo a su medida. Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Por eso, aconsejo a las personas que se dirigen espiritualmente conmigo y a todo el que quiera escuchar que ha de hacer algo en la Cuaresma, que se ha de proponer algo en la Cuaresma. Ese plan debe servir para vaciarse de uno mismo y para dejar que Dios nos llene. En estos días recibía este plan de un hombre creyente. Decía así:

“Te envío mi plan para esta Cuaresma, dime si lo ves o no adecuado:

-De lunes a jueves cambiaré la tv por lectura espiritual.

-Ayuno miércoles y viernes (café y pan en el desayuno y pan y agua en la cena).

-Meditar la Pasión al menos una vez a la semana”.

Este plan vale para él. Pero cada uno de nosotros hemos de hacer uno propio. ¿Cuál va a ser tu plan en este tiempo de Cuaresma? Si lo hacemos y tratamos de cumplirlo, entonces, al final de la Cuaresma, al final de esos cuarenta días nos pasará lo mismo que nos dice el evangelio que el pasó a Jesús: “Se (le) acercaron los ángeles y le servían”.


[1] Si uno tiene una botella de agua y quiere llenarla de vino, primero tiene que tirar el agua y, sólo después de que la botella esté vacía, puede llenarla de vino.

[2] Cada vez que el hombre quiere usar estos medios para crear el cielo en la tierra el resultado es el comunismo asesino de Stalin o el tercer Reich de Hitler.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Domingo VI del Tiempo Ordinario (A)

15-2-26                          DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO (A)

Sof. 2, 3;3, 12-13; Slm. 145; 1 Cor. 1, 26-31; Mt. 5, 1-12a

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

ESTA HOMILÍA NO PUDE PREDICARLA 15 DÍAS ANTES POR ESTAR AFÓNICO. LO HAGO HOY.

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy hablamos de la Pasión del Señor.

Párrafo 2. Jesús murió crucificado.

I. El proceso de Jesús.

No todos los judíos, ni los fariseos, ni los sumos sacerdotes estaban contra Jesús. al día siguiente de Pentecostés ‘multitud de sacerdotes iban aceptando la fe’ (Hch 6, 7) y que ‘algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe’ (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que ‘miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley’ (Hch 21, 20) (n. 595).

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19) […] El Sanedrín declaró a Jesús ‘reo de muerte’ (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21) (n. 596).

La Iglesia declara que no es el pueblo judío quien colectivamente es responsable de la muerte de Jesús, sino que son todos los pecadores, cristianos incluidos. Ahí están las terribles palabras de san Francisco de Asís: Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados.

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de la salvación.

Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: ‘Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios’ (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han ‘entregado a Jesús’ (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios (n. 599). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18) (n. 560).

Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36) (n. 601).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, ‘Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros’ (Rm 8, 32) para que fuéramos ‘reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo’ (Rm 5, 10) (n. 603).

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: […]  ‘La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros’ (Rm 5, 8) (n. 604). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo’ (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624) (n. 605).

III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados.

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra’ (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús ‘por los pecados del mundo entero’ (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre (n. 606).

Jesús fue libre toda su vida, incluso a la hora de su muerte: Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, ‘los amó hasta el extremo’ (Jn 13, 1) porque ‘nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: ‘Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente’ (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53) (n. 609).

Jesús anticipó en la última Cena su entrega libre: “‘Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros’ (Lc 22, 19). ‘Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28) (n. 610). El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní […] Jesús ora: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...’ (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana (n. 612).

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia (n. 614). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (n. 616).

Jesús llama a sus discípulos a ‘tomar su cruz y a seguirle’ (Mt 16, 24) porque Él ‘sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas’ (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24) (617).

Párrafo 3. Jesús fue sepultado.

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente ‘muriese por nuestros pecados’ (1 Co 15, 3) sino también que ‘gustase la muerte’ (Hb 2, 9) , es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20)” (n. 624).

“‘Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A) (n. 626).

De Cristo se puede decir a la vez: ‘Fue arrancado de la tierra de los vivos’ (Is 53, 8); y: ‘mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción’ (Hch 2,26-27; cf. Sal 16, 9-10) (n. 627).