5-7-26 DOMINGO XIV TIEMPO
ORDINARIO (A)
Zac.9, 9-10; Slm. 144; Rm. 8, 9.11-13; Mt. 11, 25-30
Queridos hermanos:
- Dice el salmo 144 que acabamos de
escuchar: “Día tras día, te bendeciré y
alabaré tu nombre por siempre jamás”. También
en este domingo quiero yo bendecir a mi Dios y alabarle. Para hacerlo pido a
Dios mismo que me dé su Santo Espíritu, que me llene de su alegría, de su
fuerza y esperanza; sí, pido a Dios que llene de gozo mi boca, mi lengua y mi
garganta para bendecirlo y alabarlo.
¿Qué
es bendecir? Es alabar, exaltar
a una persona
o cosa para
expresar una gran
satisfacción y felicidad.
En latín, la palabra ‘bendecire’, por lo general, significa trasmitir vida o expresar buenos
deseos a otra persona. También puede significar dar gracias a alguien o
reconocer la bondad de otros. Bendecir puede igualmente significar la alabanza
a Dios.
¿Qué es alabar?
La alabanza a Dios es,
principalmente, un acto de gratitud por todo lo que Dios hace, pero más
aún, porque Él es digno de ella. Alabar a Dios implica un acto de
reconocimiento de su grandeza y señorío, así como de lo excelso, único,
admirable y grandioso que es Él. Al alabarle, proclamamos sus poderosos hechos,
sus maravillas, su grandeza, su poder y su gloria. Le ensalzamos, enaltecemos,
honramos, glorificamos, y exaltamos con admiración y gratitud; recordamos
victorias pasadas y declaramos triunfos futuros.
La alabanza es la puerta de entrada que nos conduce
hacia aguas aún más profundas y hermosas con Dios: la alabanza nos lleva a sumergirnos en las aguas de la adoración.
- El hombre que cree en Dios, le
pide y le suplica ante sus necesidades y miedos.
El hombre que cree en Dios y que ha
recibido alguna respuesta de Él, le da gracias.
El hombre que cree en Dios y que
siente cómo Este entra en lo más profundo de su ser y se siente amado por Él,
este hombre bendice y alaba a Dios. Y, al bendecirle, le adora.
La bendición a Dios, la alabanza
a Dios, la adoración a Dios no son obras del hombre, sino que son obras del
Espíritu de Dios en el hombre. Son grandes
dones. Quien alguna vez ha tenido esta experiencia, sabe de qué estoy hablando.
Quien no ha tenido aún esta experiencia, no lo entenderá, pero podrá desearlo
con todas sus fuerzas.
La
forma más rápida de crecer en la fe, en la alegría, en la esperanza… es
experimentar la bendición, la alabanza y la adoración de Dios dentro de sí.
-
Jesús es quien mejor ha sentido esa presencia de Dios Padre sobre Él mismo y
así, en el evangelio de hoy, se nos narra lo que surgió de su corazón a través
de sus labios al bendecir y alabar a Dios: “Te
alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los
sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.
En
este “te alabo” de Jesús se contiene
una explosión de gozo y de alegría. Jesús bendice, alaba y adora a Dios. Lo bendice por las cosas buenas que
Dios hace. Lo alaba por la gratitud
y admiración que siente por las acciones de Dios. Y lo adora con dos expresiones que pueden parecer indicar cosas
contradictorias.
1)
En efecto, al llamar Jesús a Dios: “Padre”, indica la cercanía tan grande
que siente de Él en su corazón. El padre es el que está cerca, el que cuida, el
que protege, el que alimenta, el que enseña, el que da vida… Cuando estaba
destinado en Tapia de Casariego, los domingos por la tarde iba para Oviedo a
atender a mi madre, que estaba impedida y con la cabeza muy ‘perdida’. Por la
noche tenía que levantarme para cambiarla de posición y que no se llagase.
Cuando lo hacía, ella no se daba cuenta; cuando la acompañaba durante el día,
ella casi no se daba cuenta. Sin embargo, la ternura que Dios ponía en mi
corazón hacia mi madre, la cual era ya solo una mera apariencia de lo que fue,
no tenía comparación alguna con otros sentimientos de bienestar material. Ella
ya casi no conocía, no hacía nada en casa, era un ‘estorbo’ y, sin embargo,
seguía siendo mi madre, la esposa de mi padre, la madre de mis hermanos, la
abuela de mis sobrinos. Ella por sí sola, y no por lo que hacía, era quien era
y quien siempre había sido. Y todo esto se expresa con la palabra ‘madre’. Y,
sin embargo, este sentimiento y esta experiencia sigue siendo un pálido reflejo
de lo que Dios suscita en nuestro espíritu cuando toma posesión de él.
2)
Cuando, a continuación, Jesús llama a
Dios: “Señor de cielo y tierra”, lo
que está indicando es que ese Dios, además de cercano a nosotros, es grandioso,
omnipotente, creador, lleno de sabiduría y de amor providente.
En
definitiva, Jesús bendice, alaba y adora al Dios cercano, cariñoso, tierno,
sensible, mimoso… y, al mismo tiempo, a ese Dios grande, todopoderoso, sabio,
lleno de santidad y de gloria… Pero, repito, esto lo dice Jesús, no porque lo
piense, sino porque LO SIENTE en lo más hondo de su ser.
-
Para terminar usaré algunas de las frases del salmo 144, que acabamos de
escuchar al leer la Palabra de Dios. Bendigamos, alabemos y adoremos a Dios con
estas mismas palabras usadas por el salmista hace ya más de 2.500 años:
“Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas”.
Asimismo quiero repetir aquí una
bendición que escribí en una ocasión a una persona. La escribo aquí porque
entiendo que va en sintonía con lo explicado más arriba.
“Beso tu frente y te bendigo en
nombre de Dios que es nuestro Padre.
Beso tu frente y te bendigo en el
nombre de Jesús, que es su Hijo y
nuestro Hermano mayor.
Beso tu frente y te bendigo en el
nombre del Santo Espíritu, que es
calor en el invierno y brisa fresca en el verano.
Y beso tu frente y te bendigo en
nombre de la Hija de Dios Padre, de la Madre del Hijo y de la Esposa del
Espíritu, María”.
Practiquemos en nosotros con
frecuencia esta bendición, alabanza y adoración hacia Dios.