31-5-26 SANTÍSIMA TRINIDAD (A)
Ex. 34,4b-6.8-9; Dan. 3, 52-56; 2 Co. 13, 11-13; Jn. 3, 16-18
Homilía en vídeo.
Homilía de audio.
Queridos
hermanos:
En
el día de hoy celebramos la festividad de la Santísima Trinidad
y he pensado en seguir profundizando en el Espíritu Santo. En efecto, el
domingo pasado, Pentecostés, os hablaba de los dones del Espíritu y hoy quiero
hablaros de los FRUTOS DEL ESPÍRITU.
Decía Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”.
“Si un árbol es bueno, dará fruto bueno;
pero si un árbol es malo, dará fruto malo. Porque el árbol se conoce por el
fruto” (Mt. 12, 33).
Mucha
gente cree que no es mala, porque no tiene pecados. Así se mide uno en el
mundo, pero ante Dios uno se mide de otra manera. Jesús no mira si no tenemos
pecados; Él mira más bien si tenemos obras buenas. Por eso, si cualquiera de nosotros desea saber si es
bueno ante Dios, no mire las cosas malas que no tiene, sino las cosas buenas
que tiene. ¿Y cuáles son esas cosas buenas? Pues son los frutos del
Espíritu Santo.
La
tradición de la Iglesia
enumera doce frutos del Espíritu, los cuales están tomados en gran medida de
una carta de San Pablo a los Gálatas, que dice así: “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad,
bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Ga 5,22-23). Y hemos de saber que estos frutos, más que
consecuencias de nuestro esfuerzo, son regalos de Dios, del Espíritu de Dios y,
cuanto más cerca estamos de Él, más profundamente están los frutos en nosotros.
Vamos ahora a ir examinando algunos de los frutos del Espíritu… hasta donde
lleguemos.
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El amor
es el primero entre los frutos del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque Dios es
amor. Dad a un hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que
sea posible; haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los
placeres que se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda
imaginar; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al sol, que divida
los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de Dios en grado
tan eminente como queráis, que tenga además el don de profecía, de
discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. El menor acto de amor que haga, valdrá
mucho más que todo eso, porque ese acto de amor lo acerca y lo hace semejante
al Supremo bien. Solo Dios es bueno, solo de Dios procede lo bueno, y lo
mejor que existe en la tierra y en el cielo es el amor: Amor a Dios, amor a los
otros, amor a uno mismo, amor a las criaturas. Si en vosotros encontráis este
amor, entonces es que sois un árbol bueno y tenéis en vosotros el mejor de los
frutos del Santo Espíritu de Dios.
-
La alegría es uno de los indicativos más fuertes de la
presencia del Espíritu Santo en nosotros. Los problemas no han
desaparecido, las circunstancias negativas siguen siendo las mismas, pero la
perspectiva es otra muy distinta. "Por lo demás, hermanos míos, manteneos
alegres, como cristianos que sois" (Flp. 3, 1). Decía San Juan
Crisóstomo: “Los seguidores de Cristo
viven contentos y alegres, y se gozan de su pobreza más que los reyes de su
corona”. Decía San José María Escrivá: “¿No
tienes alegría? Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. Casi siempre
acertarás”.
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La mansedumbre y la paciencia. Esta es el amor que
comprende a las personas difíciles o inmaduras, y que nos da esperanza en
situaciones difíciles. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los
excesos de la tristeza y es propio de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos
de cólera que se levanta para rechazar el mal presente. El esfuerzo humano por
ejercer la paciencia y la mansedumbre como virtudes requiere un combate que
requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero, cuando la paciencia y la mansedumbre son frutos del Espíritu Santo,
apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y
con gusto. La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar
tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y
a la vista de los suplicios. Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no
le cuesta a la mansedumbre someter los movimientos de cólera. Cuando el
Espíritu Santo toma posesión de una persona, aleja de ella la tristeza y la
cólera.
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La perseverancia.
Ella nos ayuda a mantenernos fieles al
Señor a largo plazo. Impide el aburrimiento, la rutina, la desesperanza y
la pena que provienen del deseo del bien que se espera y que no acaba de
llegar, o del mal que se sufre. La perseverancia hace, por ejemplo, que al
final de un tiempo consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al
principio.
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La bondad y generosidad que nos hace
ser desprendidos de lo nuestro: de nuestras cosas y de nuestras personas. La bondad es un fruto que mira al bien del
prójimo. Por ello, quien es regalado con este fruto se siente inclinado a
ocuparse de los demás y a que los demás participen de lo que uno tiene, pues lo
ha recibido de Dios y no es propietario, sino administrador. Es bondadoso quien
pone por obra aquellas palabras de despedida de S. Pablo a los responsables de
la comunidad de Éfeso: “En todo os he hecho ver que hay que trabajar así
para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús:
‘Hay más alegría en dar que en recibir’” (Hch. 20, 35).
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La fe, como fruto del Espíritu
Santo, es la aceptación de todo lo que
nos es revelado por Dios, es la firmeza para afianzarnos en ello, es la
seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas
oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de
la fe. No es suficiente creer, hace falta meditar en el corazón lo que
creemos, sacar conclusiones y responder coherentemente. Por ejemplo, la fe nos
dice que Nuestro Señor es a la vez Dios y Hombre y lo creemos. De aquí sacamos
la conclusión de que debemos amarlo sobre todas las cosas, visitarlo a menudo
en la Santa
Eucaristía, prepararnos para recibirlo y hacer de todo esto
el principio de nuestros deberes y el remedio de nuestras necesidades. Pero,
cuando nuestro corazón está dominado por otros intereses y afectos, nuestra
voluntad no responde o está en pugna con la creencia del entendimiento.
Creemos, pero no como una realidad viva a la que debemos responder. Hacemos una
dicotomía entre la “vida espiritual” (algo solo mental) y nuestra “vida real”
(lo que domina el corazón y la voluntad). Ahogamos con nuestros vicios los
afectos piadosos. Si nuestra voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios,
tendríamos una fe profunda y perfecta.
-
La modestia regula los movimientos
del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto
lo hace sin trabajo y como naturalmente. Nuestro espíritu, ligero e inquieto,
está siempre revoloteando par todos lados, apegándose a toda clase de objetos y
charlando sin cesar. La modestia lo
detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser
la mansión de Dios: el don de presencia de Dios. Esta sigue rápidamente al
fruto de modestia. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse
delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo
que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía.
La inmodestia es señal de un espíritu poco religioso.
- El dominio de sí mismo es un fruto del Espíritu Santo que nos hace ser
libres de los instintos animales y ciegos como la ira, la rabia, la gula, la
lujuria. Mediante esta virtud el hombre se convierte realmente en el señor de
la creación y de las cosas creadas, sujetando su voluntad a la voluntad
divina.
Otra forma de hacer la homilía es aportar dos matizaciones. 1) Que no basta con
no hacer lo malo (no robar ni matar), sino que Dios nos pide que en nuestras
manos haya cosas buenas. 2) No robemos la gloria a Dios de las cosas buenas,
pues no son nuestras, sino del Espíritu Santo.
A Dios le agrada más un acto de amor, por pequeño que sea, que la riqueza, la
sabiduría, los milagros que podamos hacer o tener. ¿Qué actos de amor hiciste o
hizo el Espíritu a través de ti hoy?
Alegría, no porque no vaya bien o mal, sino porque Dios está con nosotros. 'Si
tienes a Dios, ¿qué te falta? Si te falta Dios, ¿qué tienes?'
¿Dónde están los bautizados, los niños de 1ª Comunión, los curas ordenados…?
Dice Jesús que con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas.