jueves, 11 de junio de 2026

Domingo XI del Tiempo Ordinario (A)

14-6-26                       DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (A)

Ex. 19, 2-6a; Slm. 99; Rm. 5, 6-11; Mt. 9, 36-10,8

 

Queridos hermanos:

            Hace un tiempo se me acercó una persona y me pidió que en uno de los domingos de junio predicase sobre el Sagrado Corazón de Jesús, en cuyo mes estamos. Esta persona me dijo que el entonces Papa, Benedicto XVI, nos había recordado a toda la Iglesia la importancia de esta celebración. Pues bien, obedeciendo al Papa, obedeciendo a esa persona que lo ha pedido y, sobre todo, obedeciendo a Dios, Padre bueno y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, hoy quisiera hablaros hoy un poco del Corazón de Jesús.

             ¿Tiene sentido celebrar una Misa del Corazón de Jesús? ¿Por qué no de la mano de Jesús, de una pierna de Jesús, de la cabeza de Jesús? Al celebrar el Sagrado Corazón de Jesús se quiere subrayar el centro de su persona. De hecho, cuando alguien dice: "Te amo con todo mi corazón", quiere decir que ama con todo su ser: con todo su cuerpo, con toda su mente y con toda su alma.

            Pues bien, vamos a profundizar un poco en el Corazón de Jesús: ¿Qué es lo que se desprende de ese Corazón de Jesús, de esa persona de Jesús? Ello nos es indicado por las lecturas que acabamos de escuchar: de su Corazón se desprende y emana amor, misericordia, perdón, fidelidad, curación, y todo ello completamente gratis. Dice el salmo de hoy: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” En la segunda lectura nos recuerda S. Pablo: “Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.” Y, finalmente, en el evangelio se nos dice: “Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor […] Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia […] Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.”

            ¡Qué Corazón más grande el de Jesús, pues en El encontramos toda la ternura y la comprensión del mundo, del universo y del cielo! ¿Sabéis cuál es la tarea más importante de un sacerdote en una parroquia? No es “decir” la Misa, o predicar el evangelio. No es confesar a la gente o prepararla para recibir bien los sacramentos. No es organizar Caritas y dar de comer a los pobres de la parroquia. La tarea más importante que nos dejó Jesús y su Sagrado Corazón a los sacerdotes es AMAR. ¿Sabéis cual es la tarea más importante de un padre-esposo o de una madre-esposa? No es pagar la hipoteca, conseguir dinero para comer, para pagar la ropa, medicinas, estudios de los hijos. No es llevar a su cónyuge a unas vacaciones de ensueño o ayudar en las tareas del hogar o en la educación de los hijos. La tarea más importante que dejó Jesús y su Sagrado Corazón a los padres-esposos es AMAR: amar al marido, amar a la mujer, amar a los hijos, amar a la familia política, amar…  Recordad aquella famosa frase de San Juan de Cruz: “En la tarde de la vida seremos examinados en el amor.”

            Dicen los psicólogos y psiquiatras, y tienen razón, que un hombre equilibrado, psíquicamente hablando, es aquel que ha recibido amor y que ha dado y da amor. ¿Hemos recibido amor de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros familiares, de nuestros amigos? Si es así, entonces somos de lo más afortunados. Si no es así, entonces estamos “cojos” y lo estaremos el resto de nuestras vidas. Hace unos meses hablaba con unos novios que quieren casarse. Resultaba que el chico ha tenido y tiene una seria dificultad en su familia (no ha sido amado convenientemente ni se ha sentido amado, más bien se ha sentido y se siente rechazado por su familia), y avisaba yo a esta joven pareja que esta situación repercutirá negativamente en su vida esponsal y en su vida familiar. ¿Cuánto tiempo hace que no decís “te quiero” a una persona: a vuestros padres, a vuestros hermanos, amigos, novios, esposos, hijos? ¿Cuánto tiempo hace que no se os dice “te quiero” por parte de vuestros padres, a vuestros hermanos, amigos, novios, esposos, hijos? ¡Qué importante es el cariño y el amor y, además, qué importante es manifestarlo verbalmente, con gestos, con caricias, con ternura…!

            Pues bien, hemos de saber, y se nos ha de meter bien en la cabeza que los seres humanos somos totalmente incapaces y estamos imposibilitados para amar, en primer lugar, a Dios. Ninguno de nosotros podemos amar a Dios por nosotros mismos y con nuestras solas fuerzas. Ni siquiera quien ha experi­mentado el Amor de Dios en su ser puede responder a Dios con el propio amor. Solamente se puede Amar desde el Amor que recibimos de Dios. Es decir, nuestro amor es amor en tanto en cuanto participa y "mama" del Amor divino, el que Dios ha sembrado y siembra en nuestro ser. Para amar así he de juntar mi corazón con el Corazón de Jesús, y suplicaré que Jesús transforme mi corazón y lo haga como su Corazón. Así, hemos de suplicar a Cristo que nos dé de su Amor, ya que El es la única fuente donde podemos beber de ese Amor auténtico. Si una persona quiere amar a Dios, sólo lo podrá hacer con el mismo Amor que Dios le dé. Si una persona quiere amar a su prójimo, sólo podrá hacerlo con el mismo Amor que Dios tiene a ese prójimo. Yo no puedo, por mí mismo, amar a mi esposo-esposa-hijo-amigo-vecino-feligrés…, pues en mí sólo encuentro egoísmo y miseria. Entonces he de volverme a Dios, a Jesús y pedirle que transforme mi corazón en su Corazón y así podré amar, con Su Amor, a mi esposo-esposa-hijo-amigo-vecino-feligrés… Y ellos para amarme han de hacer igual: Desde su corazón no podrán amarme, pero desde el Corazón de Jesús en su corazón sí podrán hacerlo. Esto no son palabras, ni una filosofía meramente teórica, sino que es vida, y así lo han experimen­tado tantos santos.

            El día en que uno aprende que no es uno mismo el que ha de esforzarse en hacer el bien, en orar, en amar…, sino que todo ello lo hace el Señor en nosotros, ese día uno descansa de verdad y entra en la Paz verdadera. Por eso, dice Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis alivio.”

¡¡FELIZ MES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JE SUS!!

¡¡QUE SU AMOR SE DERRAME SOBRE TODOS Y CADA UNO DE NOSOTROS!!

jueves, 4 de junio de 2026

Corpus Christi (A)

7-6-26                                            CORPUS CHRISTI (A)

Dt. 8,2-3.14b-16a; Slm. 147; 1 Co. 10, 16-17; Jn. 6,51-59

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Celebramos hoy la festividad del Corpus Christi, es decir, del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Esta fiesta del Corpus Christi es un Misterio muy rico y que tiene muchos matices: orígenes e historia de la fiesta, Adoración eucarística, ritos y significado de los mismos, comunión con Dios y comunión con los hermanos, sacrificio... En el día de hoy quisiera fijarme en Jesús como alimento.

1) Alimento-Presencia: Este aspecto escandalizó hace dos mil años a muchos discípulos de Jesús y, por eso, lo abandonaron. Nos lo dice el evangelio de San Juan: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo’. Los judíos discutían entre sí, diciendo: ‘¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?’ Jesús les respondió: […] ‘Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él’. Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?’ Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo (Jn. 6, 51-53.55-56.60.66). Durante siglos muchos cristianos tampoco aceptaron estas palabras de Jesús y pensaron (y piensan) que en el pan y el vino consagrados no estaba (ni está) realmente Jesús, sino que era SOLO una especie de signo o símbolo, que nos recordaba a Jesús. En esta línea están, por ejemplo, la mayoría de los protestantes e incluso muchos católicos de hoy en día. Nosotros los católicos creemos y debemos creer en la presencia de Cristo en el pan y en el vino después de la consagración. ¿Por qué lo debemos creer? Pues porque es el mismo Jesús quien nos lo dice: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo […] Bebed todos de la copa que es mi Sangre (Mt. 26, 26-28). O también lo que nos dice Jesús en el evangelio de hoy: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn. 6, 51).

2) Alimento-Nutrición. La alimentación consiste en el conjunto de actos voluntarios y conscientes que van dirigidos a la elección, preparación e ingestión de los alimentos. Una vez que metemos los alimentos en nuestra boca comienza la nutrición, la cual consiste en los actos mediante los cuales se asimilan los alimentos y los líquidos necesarios para el funcionamiento, el crecimiento y el mantenimiento de las funciones vitales del hombre.

Necesitamos alimentarnos de cereales, de legumbres, de frutas, de hortalizas, de carne y pescado, de productos lácteos…, pues ellos nos dan vida, fuerza, nos permiten trabajar, movernos y actuar. Sin los alimentos nos morimos; con pocos alimentos nos enfermamos y estamos débiles. Pues lo mismo que nuestro cuerpo y nuestra mente necesita alimentos para sobrevivir y llevar una vida normal, también nuestra alma necesita alimentarse. Lo dice la Biblia: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4, 4).

Dice Jesús en el evangelio de hoy: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Por eso decimos que la Misa, que la Eucaristía es un banquete. Sí Jesús está realmente presente en el pan y en el vino consagrados en la Misa y si nosotros comemos realmente el Cuerpo de Jesús, entonces Jesús nos nutre y nos transforma. Somos nosotros quienes nos acercamos al templo, quienes escuchamos la Palabra de Dios, quienes estamos con el resto de hermanos en la fe y quienes nos ponemos en fila ante el sacerdote para que ponga en nuestras manos o en nuestra boca el Cuerpo de Jesús. Una vez que lo tenemos en nuestra boca y lo tragamos pasa a nuestro estómago y comienza la nutrición espiritual. El Cuerpo de Cristo alimenta y hace crecer nuestra fe, nuestra paciencia, nuestro amor a Dios y a los hermanos, nuestra ansia de Dios, nuestra felicidad, nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia, nuestra santidad de vida…[1]

Y es el mismo Jesús quien parte y quien reparte su Cuerpo entre todos nosotros para que nos alimentemos y nos nutramos de Vida Divina.

            3) Alimento-Vida. Dice Jesús al final del evangelio de hoy: El que come este pan vivirá para siempre. El fiel que come a Cristo, y lo come bien y con sentido, con devoción y fe puede seguir viviendo, pero, no sólo en el sentido de respirar, caminar, hablar, trabajar…, sino y sobre todo en el sentido de tener a Dios en él, de tener un porqué y para qué en su vida… Y todo esto es VIDA.

Una persona que siempre iba a misa, escribió una carta al director de un periódico quejándose de que no tenía ningún sentido ir a misa todos los domingos. “He ido a la Iglesia por 30 años, escribía, en ese tiempo he escuchado algo así como unos 3.000 sermones. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar uno solo de ellos. Por eso pienso que estoy perdiendo mi tiempo y los padres están perdiendo su tiempo dando sermones”. Para al deleite del director, esto empezó una verdadera controversia en la columna de ‘Cartas al Director’. Esto continuó durante semanas hasta que alguien escribió esta nota: “He estado casado por 30 años. Durante ese tiempo mi esposa me ha cocinado unas 32.000 comidas. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar el menú entero de todas esas comidas. Pero sé una cosa: Esas comidas me nutrieron y me dieron la fuerza necesaria para hacer mi trabajo. Si mi esposa no me hubiera dado todas esas comidas, estaría físicamente muerto hoy. Igualmente, si no hubiera ido a la Iglesia para nutrirme, ¡estaría espiritualmente muerto hoy!  Cuando tú no estás en nada.... ¡Dios sí está en algo!  ¡La fe ve lo invisible, cree lo increíble y recibe lo imposible! Da gracias a Dios por nuestra nutrición física y simplemente di: Jesús, ¿podrías atender la puerta por favor? Creo en Dios como un ciego cree en el sol, no porque lo ve, sino porque lo siente”.


[1] Me estoy encontrando con niños que no quieren hacer la primera Comunión. Algunas de las razones que tienen para ello son el evitar los años de catequesis y también, como me decía el otro día una niña, porque, habiendo probado una oblea, no le gustó el sabor y por eso dice que no quiere hacer la primera Comunión. Desde luego en la base de este rechazo en los niños está, con mucha frecuencia, la falta de ejemplo y de experiencia de vida cristiana y eucarística de sus padres.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Santísima Trinidad (A)

31-5-26                                              SANTÍSIMA TRINIDAD (A)

Ex. 34,4b-6.8-9; Dan. 3, 52-56; 2 Co. 13, 11-13; Jn. 3, 16-18

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            En el día de hoy celebramos la festividad de la Santísima Trinidad y he pensado en seguir profundizando en el Espíritu Santo. En efecto, el domingo pasado, Pentecostés, os hablaba de los dones del Espíritu y hoy quiero hablaros de los FRUTOS DEL ESPÍRITU. Decía Jesús: “Por sus frutos los conoce­réis”. “Si un árbol es bueno, dará fruto bueno; pero si un árbol es malo, dará fruto malo. Porque el árbol se conoce por el fruto” (Mt. 12, 33).

            Mucha[1] gente cree que no es mala, porque no tiene pecados. Así se mide uno en el mundo, pero ante Dios uno se mide de otra manera. Jesús no mira si no tenemos pecados; Él mira más bien si tenemos obras buenas. Por eso, si cualquiera de nosotros desea saber si es bueno ante Dios, no mire las cosas malas que no tiene, sino las cosas buenas que tiene. ¿Y cuáles son esas cosas buenas? Pues son los frutos del Espíritu Santo.

            La tradición de la Iglesia enumera doce frutos del Espíritu, los cuales están tomados en gran medida de una carta de San Pablo a los Gálatas, que dice así: “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Ga 5,22-23). Y hemos de saber que estos frutos, más que consecuencias de nuestro esfuerzo, son regalos de Dios, del Espíritu de Dios y, cuanto más cerca estamos de Él, más profundamente están los frutos en nosotros. Vamos ahora a ir examinando algunos de los frutos del Espíritu… hasta donde lleguemos.

            - El amor[2] es el primero entre los frutos del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque Dios es amor. Dad a un hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que sea posible; haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres que se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda imaginar; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al sol, que divida los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de Dios en grado tan eminente como queráis, que tenga además el don de profecía, de discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. El menor acto de amor que haga, valdrá mucho más que todo eso, porque ese acto de amor lo acerca y lo hace semejante al Supremo bien. Solo Dios es bueno, solo de Dios procede lo bueno, y lo mejor que existe en la tierra y en el cielo es el amor: Amor a Dios, amor a los otros, amor a uno mismo, amor a las criaturas. Si en vosotros encontráis este amor, entonces es que sois un árbol bueno y tenéis en vosotros el mejor de los frutos del Santo Espíritu de Dios.

            - La alegría[3] es uno de los indicativos más fuertes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Los problemas no han desaparecido, las circunstancias negativas siguen siendo las mismas, pero la perspec­tiva es otra muy distinta. "Por lo demás, hermanos míos, mante­neos alegres, como cristianos que sois" (Flp. 3, 1). Decía San Juan Crisóstomo: “Los seguidores de Cristo viven contentos y alegres, y se gozan de su pobreza más que los reyes de su corona”. Decía San José María Escrivá: “¿No tienes alegría? Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. Casi siempre acertarás”.

            - La mansedumbre y la paciencia. Esta es el amor que comprende a las personas difíci­les o inmaduras, y que nos da esperanza en situaciones difíciles. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza y es propio de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera que se levanta para rechazar el mal presente. El esfuerzo humano por ejercer la paciencia y la mansedumbre como virtudes requiere un combate que requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero, cuando la paciencia y la mansedumbre son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto. La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios. Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre someter los movimientos de cólera. Cuando el Espíritu Santo toma posesión de una persona, aleja de ella la tristeza y la cólera.

            - La perseverancia[4]. Ella nos ayuda a mantenernos fieles al Señor a largo plazo. Impide el aburrimiento, la rutina, la desesperanza y la pena que provienen del deseo del bien que se espera y que no acaba de llegar, o del mal que se sufre. La perseverancia hace, por ejemplo, que al final de un tiempo consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.

            - La bondad y generosidad que nos hace ser desprendidos de lo nuestro: de nuestras cosas y de nuestras personas. La bondad es un fruto que mira al bien del prójimo. Por ello, quien es regalado con este fruto se siente inclinado a ocuparse de los demás y a que los demás participen de lo que uno tiene, pues lo ha recibido de Dios y no es propietario, sino administrador. Es bondadoso quien pone por obra aquellas palabras de despedida de S. Pablo a los responsables de la comunidad de Éfeso: “En todo os he hecho ver que hay que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: ‘Hay más alegría en dar que en reci­bir’” (Hch. 20, 35).

            - La fe, como fruto del Espíritu Santo, es la aceptación de todo lo que nos es revelado por Dios, es la firmeza para afianzarnos en ello, es la seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de la fe. No es suficiente creer, hace falta meditar en el corazón lo que creemos, sacar conclusiones y responder coherentemente. Por ejemplo, la fe nos dice que Nuestro Señor es a la vez Dios y Hombre y lo creemos. De aquí sacamos la conclusión de que debemos amarlo sobre todas las cosas, visitarlo a menudo en la Santa Eucaristía, prepararnos para recibirlo y hacer de todo esto el principio de nuestros deberes y el remedio de nuestras necesidades. Pero, cuando nuestro corazón está dominado por otros intereses y afectos, nuestra voluntad no responde o está en pugna con la creencia del entendimiento. Creemos, pero no como una realidad viva a la que debemos responder. Hacemos una dicotomía entre la “vida espiritual” (algo solo mental) y nuestra “vida real” (lo que domina el corazón y la voluntad). Ahogamos con nuestros vicios los afectos piadosos. Si nuestra voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios, tendríamos una fe profunda y perfecta.

            - La modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente. Nuestro espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par todos lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar. La modestia lo detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser la mansión de Dios: el don de presencia de Dios. Esta sigue rápidamente al fruto de modestia. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía. La inmodestia es señal de un espíritu poco religioso.

            - El dominio de sí mismo es un fruto del Espíritu Santo que nos hace ser libres de los instintos animales y ciegos como la ira, la rabia, la gula, la lujuria. Mediante esta virtud el hombre se convierte realmente en el señor de la crea­ción y de las cosas creadas, sujetando su voluntad a la voluntad divina.


[1] Otra forma de hacer la homilía es aportar dos matizaciones. 1) Que no basta con no hacer lo malo (no robar ni matar), sino que Dios nos pide que en nuestras manos haya cosas buenas. 2) No robemos la gloria a Dios de las cosas buenas, pues no son nuestras, sino del Espíritu Santo.

[2] A Dios le agrada más un acto de amor, por pequeño que sea, que la riqueza, la sabiduría, los milagros que podamos hacer o tener. ¿Qué actos de amor hiciste o hizo el Espíritu a través de ti hoy?

[3] Alegría, no porque no vaya bien o mal, sino porque Dios está con nosotros. 'Si tienes a Dios, ¿qué te falta? Si te falta Dios, ¿qué tienes?'

[4] ¿Dónde están los bautizados, los niños de 1ª Comunión, los curas ordenados…? Dice Jesús que con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas.