miércoles, 2 de septiembre de 2026

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (A)

6-9-26                         DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO (A)

Ez.33, 7-9; Slm. 94; Rm. 13, 8-10; Mt. 18, 15-20

 

Queridos hermanos:

            El pecado en el hombre y, por lo tanto, en la Iglesia es una realidad. La Iglesia no es un grupo de seres angelicales, sino de hombres y mujeres que, en medio de sus limitaciones y de sus flaquezas humanas, caminan unidos como hermanos hacia Dios. Jesús sabe esto y nos indica que la CORRECCIÓN FRATERNA es un medio de conversión. Jesús en el evangelio de hoy nos da unas normas prácticas para realizar la conversión. Ésta significa pasar del pecado a la Gracia, de la oscuridad a la Luz, de lo malo a lo Bueno, del no Dios a Dios, de la no fe o poca fe ‘a la más fe’…

- En o con la corrección fraterna lo más importante no es que el otro llegue a la verdad y salga del error. Lo importante es que el hermano se salve: “Si te hace caso, has salvado a tu hermano”.

Los pasos y condiciones para efectuar la corrección fraterna son los siguientes: 1) Jesús nos dice que utilicemos el amor y no sólo la verdad, ya que esta sin amor no es la verdad de Cristo. 2) Así, Jesús nos dice que, cuando vemos a un hermano en un error o en un pecado, lo que tenemos que hacer no es murmurar de él a sus espaldas, no es anunciarlo a los cuatro vientos a sus espaldas, aunque él actúe así con nosotros o con otros, sino que lo que tenemos que hacer es decírselo a él, a solas. 3) Si no nos hace caso (a lo mejor los equivocados somos nosotros), entonces busquemos algún testigo o testigos (personas de peso para el hermano que está en pecado y que amen al hermano que está en pecado –no se trata de avergonzarlo-) y ya se lo diremos ante estos testigos “para que todo el asunto quede confirmado por boca” de ellos.

            Fijémonos ahora en dos casos de corrección fraterna. Veremos cómo se debe hacer y los podemos comparar con nosotros mismos y con nuestro modo de actuar. El primero se refiere a la adúltera (Jn. 8, 11). Únicamente Jesús empieza a hablar con ella para ‘reprenderla’ cuando están solamente ellos dos. Entonces le pregunta si alguien la ha condenado. Nadie lo ha hecho, contesta ella. Jesús le dice que tampoco Él la condena. Le dice que se puede ir, y sólo al final le indica que no peque más. Jesús no quiere humillar ni avergonzar a la mujer; Él quiere a la mujer y busca su bien. Estas dos condiciones son indispensables para reprender al modo de Jesús: amar al que se reprende y buscar su bien. Si no tenemos esto, es mejor que nos callemos, porque heriremos y causaremos más mal que el que haya ya. (Con relativa frecuencia asisto a discusiones entre los esposos, y uno y otro tratan de empujarme a que les dé la razón a ellos delante de su cónyuge. Esto nunca me gusta hacerlo. Si tengo algo negativo que decir de uno u otro, prefiero hacerlo a solas con cada uno en particular. Dios nunca humilla; no tenemos nosotros por qué hacerlo tampoco).

            El segundo caso de corrección es éste: “Se cuenta que el discípulo de un sabio filósofo llegó a casa y le dijo: -Querido maestro, se dice que un amigo tuyo ha estado hablando mal de ti. –Espera –lo interrumpió el filósofo-. ¿Has hecho pasar por los tres filtros lo que ahora me vas a explicar? - ¿Los tres filtros? –preguntó el discípulo. –Sí. El primer filtro es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que me vas a decir es absolutamente cierto? –Bien, no lo sé directamente. Me lo han dicho unos vecinos. –Por lo menos –dijo el sabio-, lo habrás pasado por el segundo filtro que es la bondad. A ver, ¿esto que me vas a decir es bueno para alguien? – No, realmente, no. Más bien lo contrario. –Ah,… entonces miremos el último filtro. El último filtro es la necesidad, ¿crees que es realmente necesario hacerme saber esto que tanto te inquieta? – De hecho, no.  -Entonces –dijo el sabio sonriente- si no es verdad, ni es bueno, ni es necesario, mejor lo enterramos en el olvido”. En esta ocasión, como observamos, el sabio buscó más enseñar a su discípulo que defenderse a sí mismo o atacar al que pudo haber murmurado contra él.

            4) Hay un caso extremo que pone Jesús y es cuando el hermano pecador no hace caso ni siquiera a los dos o tres testigos. En este caso Jesús nos manda decírselo “a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano”, es decir, como si ya no perteneciera a la comunidad, a la Iglesia. Estos casos se refieren a comportamientos tan graves que ocasionan un grave escándalo a los hermanos y el pecador no quiere salir de su cerrazón y de su pecado. Además, su comportamiento no le afecta sólo a él, sino y sobre todo a los que están a su alrededor.

- Por otra parte y para profundizar más en este tema, tenemos que ser conscientes que en muchas ocasiones de nuestra vida intentamos cambiar a la gente… para que sean como nosotros o como creemos que deben ser. Esto es un gran error, aunque es comprensible, porque uno desea el bien (o lo que creemos que es el bien) para los demás. De todas formas, a la hora de cambiar a las gentes por dentro, he aprendido de Dios lo siguiente:

1) Hay que contar con la libertad humana. Nada es posible, ni siquiera para Dios, si uno mismo no quiere. La libertad humana tiene dos facetas: el hacer lo que creemos como conveniente y/o lo que queremos hacer, y el hacernos responsables de las consecuencias de nuestra libre actuación. Si uno hace lo que quiere y tienen que ser otros los que asuman las consecuencias de sus actos (vg., los padres), entonces no se está actuando con libertad.

2) Todos tenemos nuestro momento. Mirémonos a nosotros mismos. ¡Cuántas veces Dios estuvo detrás de nosotros para que cambiáramos y no le hicimos caso! Por eso, hay que esperar el momento de cada uno, que no es cuando nosotros queramos.

3) Todos tenemos nuestro ritmo. Hace falta tener paciencia y saber esperar por la gente.

4) Para llegar a Dios hay muchos caminos. No es el mío el único camino posible; se puede llegar a Dios de otros modos y maneras. Hemos de respetar las distintas sensibilidades y circunstancias. Dios sabe, nosotros no sabemos.

5) No podremos ayudar a los demás a que cambien si antes no les amamos y les aceptamos tal y como son. Y amar y aceptar a una persona no significa decir que lo que hace y dice está bien. No. Amar y aceptar a una persona significa que le miramos a él mismo y no tanto lo que hace o dice. En definitiva, tenemos que actuar al modo de Dios. Dios nos ama tal y como somos. No nos ama más porque seamos más buenos, ni nos ama menos porque seamos más malos.

jueves, 27 de agosto de 2026

Domingo XXII del Tiempo Ordinario (A)

30-8-2026                   DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (A)

                                                          Jr. 20,7-9; Slm. 62; Rm. 12,1-2; Mt. 16,21-27

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            En la homilía de hoy me voy a fijar en la segunda lectura. Todo el capítulo 12 de la carta a los Romanos es una preciosidad. Yo lo descubrí hace unos años y, en ocasiones, al confesar, pongo de penitencia que se lea y se medite sobre este texto.

            En la Misa de hoy hemos escuchado los dos primeros versículos. Vamos a tratar de profundizar un poco en ellos y aplicarlos a nuestra vida de fe.

            - El primer versículo dice así: “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable”.

a) San Pablo se dirige a todos los que tenemos fe en Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Y se dirige a nosotros hablándonos desde “la misericordia de Dios”, desde el amor que Dios nos tiene, desde la ternura y el interés que siente por nosotros. Dios no nos exige amor. Dios es el que nos da su amor. Por ello, todo lo que nos diga y nos indique será para nuestro bien, no para el suyo. 

b) San Pablo, en el nombre de Dios, y no en su propio nombre, nos suplica y nos pide a los cristianos que presentemos nuestros cuerpos a Dios. Aquí el verbo ‘presentar’ significa hacer un compromiso para siempre, pero este compromiso no se hace un día determinado, a una hora determinada, en un segundo determinado. NO. Este compromiso, esta presentación se ha de hacer cada día, cada hora, cada segundo de nuestra vida. Unos novios no pueden decir el ‘sí, quiero’ el día de su enlace y ya está. NO. Los esposos deben decir el ‘sí, quiero’ cada instante de su vida matrimonial. Un sacerdote no puede decir el ‘sí, estoy dispuesto’, el ‘sí, lo haré’, el ‘sí, quiero, con la gracia de Dios’ a su sacerdocio el día de su ordenación y ya está. NO. El sacerdote debe decir el ‘sí, estoy dispuesto’, el ‘sí, lo haré’, el ‘sí, quiero, con la gracia de Dios’ cada instante de su vida sacerdotal y pastoral.

            c) ¿Qué tenemos que presentar? Nuestros cuerpos. ¿A quién? A Dios. Estos cuerpos que tenemos nos los ha dado Dios. Al decir ‘cuerpos’, se quiere indicar las cualidades, el pensamiento, la personalidad, la sabiduría, la salud, la fuerza, los conocimientos, los bienes materiales, las capacidades… que tenemos. Jesús puso su cuerpo al servicio de Dios Padre. Los santos pusieron sus cuerpos al servicio de Dios Padre. San Pablo nos pide que pongamos nuestros cuerpos enteros al servicio de Dios Padre.

            Pero hay distintas maneras de poner nuestros cuerpos al servicio de Dios. Lo explico con la parábola de la gallina y del cerdo: Un granjero se acercó una mañana a una gallina y a un cerdo, y les hizo esta pregunta: ‘¿Queréis aportar para un desayuno con jamón y huevos?’ Para uno, la gallina, aquel desayuno significaba solo una contribución: entregar unos huevos. Para el otro, el cerdo, sin embargo, significaba un sacrificio total. Jesucristo fue quien hizo el sacrificio total: Él entregó a Dios todo su cuerpo, su vida, su tiempo, su fama, su alegría, sus penas, su juventud… Por eso, decía Él: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi padre” (Jn. 4, 34). E incluso, a la hora de morir, le entregó lo único que le quedaba: su espíritu (cfr. Lc. 23, 45). Del mismo modo los santos, a imitación de Jesús, entregaron sus cuerpos por entero sin reservarse nada. En nuestro caso, con frecuencia, hacemos como las gallinas: contribuimos, pero no nos sacrificamos de modo total.

            d) ¿Cómo tenemos que presentar nuestros cuerpos? Dice san Pablo: hemos de presentarlos como hostia vida, santa, agradable a Dios. Viva, santa y agradable a Dios se opone a una entrega muerta, aburrida, a una mera costumbre, a regatear. Viva, santa y agradable a Dios también quiere decir que crece, que da alegría (a quien la da y a quien la recibe), que contagia… Tenemos el ejemplo de Caín y Abel (Gn. 4, 2-7): -Caín ofreció a Dios “algunos frutos del suelo”. No lo mejor, sino ‘algunos’ y de los frutos más corrientes: cebollas y tomates raquíticos, patatas cortadas por la azada, lechugas con las hojas comidas por los bichos… Porque lo mejor se lo reservaba para llevárselo al mercado y sacar buenos precios. La ofrenda era por salir del paso. Su entrega era aburrida, de mera costumbre, de regateo, de egoísmo, de mediocridad. – Sin embargo, Abel ofreció a Dios “las primicias y lo mejor de su rebaño”. La primera oveja, el primer ternero, lo mejor de su rebaño. Su entrega era consciente y voluntaria. –Por eso Dios se fijó en Abel y su ofrenda. No primero en su ofrenda y luego en Abel, sino primero en Abel y su corazón y su desprendimiento, y luego en su ofrenda. Y su entrega le fue agradable a Dios, porque veía en Abel una entrega viva y santa.

            - El segundo versículo reza así: “Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

            a) Jesús nos dice en el evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí” (Mt. 12, 30). San Pablo presenta a los cristianos solo dos posibilidades: o se está con Dios o se está con el mundo. Quien está con este, piensa como este y actúa como este. Quien está con Dios, piensa como Dios y actúa como Dios.

            Ajustarse a este mundo es adaptarse a lo que la mayoría dice o hace. Es mejor no significarse, no destacar, que no te señalen con el dedo. Es decir, estar como en la mili: no destacar ni por lo malo ni por lo bueno. Así te evitas problemas. ‘¿Dónde va Vicente? Donde va la gente’.

            b) San Pablo en este versículo nos invita quitar de nuestra vida, de nuestro corazón, y de nuestra mente todos aquellos valores que no son de Dios: poder, dominio, egoísmo, cosas materiales, el hedonismo, la crítica, la ira, el rencor… Y nos invita a poner los valores de Dios: la entrega, el servicio, la ternura, la escucha, el perdón, la paciencia, el amor, la alegría… Todo esto es lo que agrada a Dios, lo que es perfecto, lo que es bueno. Todo esto es la voluntad de Dios y todo esto nos transformará interior y exteriormente.

c) Voy a leeros trozos de un libro que leí hace tiempo (I. Larrañaga, Las fuerzas de la decadencia, Paulinas, 256ss). Cuenta la historia de un chico, Ricardo, de 22 años, enfermo de cáncer. Estudiante de derecho. Se descubrió su enfermedad en 1987: tuvo diversas operaciones, recibió quimio y radioterapia, y a primeros de 1989 murió. Ricardo escribió 6 cartas en su enfermedad. En estos escritos veremos la renovación de la mente y la transformación que tuvo Ricardo: 1) “He sido feliz en este año. Agradezco a Dios este tiempo que me dio para crecer. Aunque uno nunca va a buscar el sufrimiento, cuando éste viene se pueden sacar muchos frutos”. 2) “Yo no me siento frustrado a pesar de que viví pocos años. Me siento realizado. Estoy en paz. Estoy totalmente en manos de Dios”. 3) “Lo que siento es dejaros. Pero no estéis tristes. Veo que es más fácil el papel de los que se van que de los que se quedan”. 4) “Si tengo paz interior, el dolor no me importa. Ya no me importa el sufrimiento físico. Sólo quiero morir en un momento de paz interior”. 5) “Para mí el mundo es como un huerto donde hay muchas frutas. Algunas maduran antes y otras después. Yo me siento de las primeras. Estoy preparado”. 6) “Todos queremos la felicidad, pero la única manera de alcanzarla es la aceptación de la realidad”. 7) “Señor, no sé hacia dónde me llevas, pero en ti confío. Tengo temor ante la incertidumbre, pero me apoyo en ti. Siento dolor, pero también alegría al ver que así participo en tu plan de salvación. Soy pequeño pero, al amarte, me siento útil”. 8) “Señor, con la enfermedad logré la felicidad, porque me desligó de las cosas y de mí mismo”. 9) “Hoy, Señor, vengo a agradecerte todo lo que me das. Hoy la alegría baña mi ser y hace que mis molestias casi no las sienta”. 10) “Aunque parece incomprensible, me siento un privilegiado. Porque si tú me pones esta cruz, es porque de alguna manera me quieres como a tu Hijo”.

En estas palabras y en esta vida de Ricardo, justo antes de su muerte, se hace realidad estos versículos de san Pablo que acabamos de escuchar y de meditar.

jueves, 20 de agosto de 2026

Domingo XXI del Tiempo Ordinario (A)

23-8-2026                   DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO (A)

                                                          Is. 22,19-23; Slm. 137; Rm. 11,33-36; Mt. 16,13-20

Homilía en vídeo.  

Homilía en audio.  

Queridos hermanos:

            * En el evangelio de hoy Jesús pregunta a los apóstoles qué dice la gente de Él. Después de un diálogo, Jesús llega al meollo de la cuestión y les pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Asimismo, en el evangelio de hoy tenemos las respuestas a una y a otra pregunta.

Del mismo modo, quisiera hoy preguntaros qué dice la gente de Jesús. Unos dirán que fue un buen hombre, que fue un santo, que fue el fundador de una religión… Veamos algunas opiniones de gente no cristiana sobre Jesús: “Yo digo a los hindúes que su vida será imperfecta si no estudian respetuosamente la vida de Jesús” (Ghandi). “Lo que los comunistas reprochamos a los cristianos no es el ser seguidores de Cristo, sino precisamente el no serlo” (Machovec). “Yo no creo en su Resurrección, pero no ocultaré la emoción que siento ante Cristo y su enseñanza. Ante Él y ante su historia no experimento más que respeto y veneración” (Albert Camus, escritor francés).

Pero vamos a dar un paso más y os pregunto qué decís de Jesús vosotros, los que estáis aquí, en la parroquia, o los que venís a Misa regularmente.

Y todavía voy a subir otro peldaño más: “¿QUIEN ES JESÚS PARA MI?” No se puede hacer, pues el momento no se presta a ello, pero sí que me gustaría que, quienes lo desearais, fuerais respondiendo a esta pregunta aquí mismo. Os pido que dediquemos unos minutos a lo largo de la semana o de la vida a pensar en esto: “¿QUIEN ES JESÚS PARA MI?” No se trata de dar una respuesta del catecismo, o una respuesta de teología, o una respuesta teórica. Me gustaría que diéramos una respuesta de experiencia. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué puesto ocupa Él en mi vida de cada día?

Hace años estaba dando clase de religión en la escuela de Taramundi a críos de unos 12 años. Les pregunté que a quién querían más: si a un lápiz o a Jesús. Se morían de risa y me dijeron a una voz que a Jesús. Luego les pregunté si querían más a un balón, que estaba por allí y con el que jugaban en el recreo, o a Jesús. Se morían de risa y pensaban que el cura estaba aquel día muy gracioso; dijeron todos que a Jesús. Para continuar con el “chiste” les pregunté si querían más a una vaca, de las que tenían sus padres en el establo, o a Jesús. Aquí ya fueron apoteósicas la risa y las carcajadas. Todos dijeron que a Jesús. Para finalizar les pregunté si querían más a sus padres o a Jesús. Aquí se les cortó a todos la risa. El mayor de ellos, muy serio, me dijo: ‘Señor cura, yo quiero más a mis padres que a Jesús’. Los demás asentían a esto.

Repito, por tanto, ¿qué puesto ocupa Jesús en mi vida de cada día? ¿Está Él antes que mis aficiones, que mis posesiones, que mi tiempo de ocio, que mis amigos, que mi familia, que yo mismo? Recordad que la pregunta no os la hago yo. Es el mismo Jesús quien nos la hace a todos nosotros en el día de hoy a través del evangelio: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo[1]?” Ahora voy a presentaros un caso sucedido hace pocos años. Es un ejemplo vivo de la relación entre una joven esposa y madre con Jesús. Leo directamente de Internet: “La decisión de una joven musulmana de convertirse al cristianismo saca a luz la precaria situación de los musulmanes en Pakistán que quieren dejar la religión musulmana. Sehar Muhammad Shafi, de 24 años, ha huido de Karachi, su ciudad natal, con su marido y dos hijas pequeñas, luego de haber sido atacada y violada por ‘cambiar de religión’. Shafi dijo que su familia vive con temor de ser descubierta. ‘Mi esposo está dispuesto a conseguir un trabajo de comercial’, dijo Shafi. ‘Sin embargo, no quiero que trabaje tan expuesto al público, ya que así sería fácilmente reconocido’. Si bien el volver al Islam, supuestamente, resolvería muchos de los problemas de Shafi, ella dijo que eso ya no es una opción. ‘No es chiste cambiar de religión’, dijo. ‘Nos hemos enamorado de Jesús; entonces, ¿cómo lo podríamos traicionar?’” ¿Sabéis lo que significa ser violada? ¿Sabéis lo que significa perder todos los bienes? ¿Sabéis lo que significa que todo el mundo os odie, o se aparte de vosotros, o se burle de vosotros, o pueda hacer daño a vuestros hijos? Con lo fácil que sería dejar a Jesús de lado y volver al Islam. ¡Asunto zanjado! O también, seguir creyendo en Jesús, pero de modo escondido, para que nadie lo sepa. Decir mentiras piadosas: ‘ya no creo en Jesús’. Y así no te violarían, no te quitarían las cosas, no te insultarían, no te odiarían, no se meterían con tus hijos…

A la luz de este caso y de otros muchos desconocidos para nosotros, os pregunto y me pregunto una vez más, ¿qué puesto ocupa Jesús en mi vida de cada día? ¿Está Él antes que yo mismo? En definitiva: “¿QUIEN ES JESÚS PARA MI?”

            * Cualquier tipo de respuesta que demos a las preguntas arriba reseñadas no debe quedar en el plano teórico. En efecto, a Jesús no le basta que digamos que Él es el Hijo de Dios. Él nos interpela y nos propone en otro lugar del evangelio las consecuencias de nuestra respuesta: “Y dirigiéndose a todos, dijo: ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’”. Y es que confesar a Jesús como el Hijo de Dios implica: 1) Seguirlo. 2) Negarnos a nosotros mismos y poner todas las cosas y todo lo nuestro detrás de Él. Primero Jesús. No solamente el lápiz, no solamente la vaca, no solamente el balón, no solamente a mis padres, mis pertenencias, mi seguridad, mi fama… Jesús es lo primero. 3) Cargar con la cruz diaria sin protestas ni reproches contra Él y contra la sociedad. Yo nunca supe de un santo que se anduviera quejando de todo y de todos. Les he visto clamar al Señor, pero no les he vista nunca quejarse. 4) Acompañar a Jesús en todo momento y todos los días de nuestra vida. Hace un tiempo me decía una persona adulta que ya había sido catequista unos años en una parroquia, había ayudado en Caritas, ya había colaborado bastante con Dios y con la Iglesia hace años, qué más podía hacer; no se le podía exigir más. ¿Hemos hecho bastante por Dios? Y Él, ¿habrá hecho bastante por nosotros? ¿Quién habrá hecho más: Él por nosotros o nosotros por Él? 5) Perder la vida por Jesús. La pérdida de la vida no debe de ser simplemente de una forma sangrienta. Lo más corriente es un gastarse y desgastarse día a día por Él y con Él: en la familia, en el trabajo, en los amigos, en la ciudad, en el barrio, en la comunidad de vecinos, en el estudio, en la Iglesia…

“¿QUIEN ES JESÚS PARA MI?”


[1] Hace unos años había una mujer en Turón que me decía que le resultaba difícil encontrar tiempo para rezar a Jesús, para estar con Jesús… Hasta que un día cualquiera, por la mañana, tuvo que decidir entre planchar la ropa limpia o rezar a Jesús. Se decidió por planchar. Era más urgente, era necesario. Así empezó sin ningún remordimiento, pero cuando llevaba unos 5 minutos planchando picaron a su puerta. Era la vecina. Entonces esta señora de Turón apagó la plancha, puso un café para las dos, y se sentaron a hablar. Cuando terminaron de hablar y se marchó la vecina, había pasado hora y media. Nuevamente aquella mujer de Turón enchufó la plancha y de repente pensó: ‘¿Tenía tiempo para estar con Dios? No, porque tenía que planchar, pero sí que dejé a Dios y la plancha para hablar hora y media con mi vecina. ¿Tenía tiempo o no?’, se preguntaba. ‘¿Qué puesto ocupa Jesús en mi vida?’, se preguntaba.