miércoles, 12 de agosto de 2026

Domingo XX del Tiempo Ordinario (A)

16-8-2026                   DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO (A)

                                                  Is. 56,1.6-7; Slm. 66; Rm. 11,13-15.29-32; Mt. 15,21-28

Queridos hermanos:

            Cuando estaba preparando la homilía, me fije en dos frases: una de la segunda lectura y otra del evangelio. Y pensé en predicaros sobre esto, es decir, cosas que a mí me vienen bien y que también a vosotros os vendrán bien. Pues, aunque yo soy cura y vosotros no, estamos hechos de la misma pasta. O sea, lo que vale para uno… vale para los demás.

            - Primero voy a predicar sobre esta palabra que dice S. Pablo: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables.” Vamos a profundizar en esta frase y en su significado. La semana pasada una persona me decía que tenía una sobrina, la cual se había enamorado de un chico. Ambos son funcionarios del Estado y trabajaban en un mismo centro de una villa de Asturias. Estos jóvenes empezaron a salir juntos y la “cosa” iba funcionando. Pero… resultó que ella quería pedir cambio de destino para Oviedo, pues aquí tenía su madre y a su familia. El chico, su novio, también estaba de acuerdo en hacer juntos, en la medida de lo posible, el traslado para Oviedo. Mas luego resultó que, cuando a ella le dieron destino en Oviedo, él ya no quiso marcharse de la villa y le dijo a la novia que se quedaba donde está. Total… se acabó su amor. Era un amor eterno, pero ya dejó de existir. Ellos ya se acostaban juntos, aunque esto no es ningún problema. Ahora ya dejaron de quererse. ¡Vaya por Dios! Este es un primer ejemplo que os cuento.

            Vamos por un segundo ejemplo. Mirad por vosotros cuántos amigos habéis tenido hace tanto, tanto tiempo: amigos de la infancia, amigos de la adolescencia, amigos de la juventud. Os contabais todo absolutamente y hoy, sin embargo, ya no tenéis ningún trato con ellos. A lo mejor algún enfado se puso por medio, o la distancia, o simplemente cambió la vida. Eran amistades tan profundas, que no os separabais uno de otro. Ibais juntos a todos los sitios. Y resulta que ahora no os veis, no os habláis y se acabó la amistad.

            Tercer ejemplo. ¡Cuánta gente hay que tenemos tanta, tanta, tanta fe! ¡Señor, lo que quieras; Señor, como quieras; Señor, cuando quieras! Pero… pasa el tiempo y la fe se va enfriando y en un tiempo tuvimos mucha fe y ahora tenemos menos fe, o incluso no tenemos nada de fe.

¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que todos cambiamos. El hombre cambia. El hombre, en muchas ocasiones, es un “chisgarabís”. Lo que hoy para él es blanco, mañana puede ser negro. Lo que hoy le gusta, mañana puede no gustarle y rechazarlo. Esto es el ser humano. Todos nosotros somos así. Había un minero que se llamaba Vicente y era muy creyente, pero le decía siempre a Dios: “Señor, no te fíes de Vicente que te la juega”. Sí, ¡Señor, no te fíes de nosotros! Dice la Escritura: “Loco aquel que confíe en el hombre” (Jr. 17, 5).

            ¿Por qué digo todo esto? Vuelvo a leer lo que dice S. Pablo en la primera lectura: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. Dios no es un “chisgarabís”. Dios nos ha bautizado. Pero no va a llegar al cabo de 15, 16 o 20 años, cuando este niño mande a la porra a Dios, y le va a quitar el Bautismo: “Ahora no te junto, ahora te quito el Bautismo”. No, esto no es así. Eso lo hacemos los hombres, pero no lo hace Dios. Cuando Dios nos concede el don del Bautismo, lo hace para siempre. Y si vamos al infierno algún día, hasta en el mismísimo infierno seremos cristianos. Yo soy sacerdote e igual voy al infierno, o dejo el sacerdocio para casarme con una moza o con un mozo y, sin embargo, seré siempre sacerdote, porque Dios, cuando llama, cuando da sus dones y carismas, es para siempre, PARA SIEMPRE. Dios no es un “chisgarabís”. Por lo tanto, por muy desastrosa que haya sido nuestra vida, por muy mal que lo hayamos hecho, por muy gorda que la hayamos armado… sabemos bien que Dios no es un “chisgarabís”. Dios tiene una misericordia eterna para todos y cada uno de nosotros. Lo que Dios nos ha dado es para toda la vida, incluso para después de esta vida. ¿Veis como hemos sacado “petróleo” de las palabras de S. Pablo? ¡Qué cosas más bonitas.

            - Vamos ahora a reflexionar sobre el evangelio. Es un texto bastante duro. Hay una mujer en Asturias que se enfada con Jesucristo cuando lee o escucha este evangelio, y me dice: “Oye, ese Jesús tuyo a esta mujer no la trata bien. Además, es un maleducado”. Vamos a verlo.

            Se acerca una mujer extranjera a Jesús y le hace una petición: “Ten compasión de mí, Señor Hijo de David”. Como veis trata bien y educadamente a Jesús. “Mi hija tiene un demonio muy malo. Cúrala, por favor”. Pero Jesús no le respondió nada, nos dice el evangelio. Por eso, con razón podemos decir que Jesús es un MALEDUCADO. ¿No nos pasa con frecuencia que le pedimos cosas a Dios y que no nos responde? ¿No es verdad que el teléfono de Dios está con frecuencia comunicando o fuera de cobertura? ¿No es verdad que tantas, tantas, tantas veces hablamos a Dios, le pedimos a Dios… y Dios no nos responde absolutamente nada? ¿Por qué? ¿No os preguntáis el por qué?

            ¿Sabéis quién es Ingrid Betancourt? Pues es una mujer que en Colombia fue candidata a la presidencia del país y haciendo campaña fue secuestrada por las FARC (guerrilleros terroristas en Colombia). La tuvieron unos seis años secuestrada. Cuenta ella que su padre tenía una fe muy profunda. Antes de ser secuestrada, su padre murió y ella se enfadó terriblemente contra Dios. Cuenta ella que, además, cuando la secuestraron, se enfadó aún más con Dios: ¿Por qué la habían tenido que secuestrar a ella, por qué no la liberaban? Y esto se lo echaba en cara a Dios. Tuvo un enfado tremendo y mandó a la porra a Dios. Pero, con el paso del tiempo y estando aún en manos de la guerrilla, toda esa ira y esa rabia se fueron deshaciendo en su corazón y encontró otra vez la fe. Y dice Ingrid que el secuestro le devolvió a la fe, le devolvió a Dios.

            Por lo tanto, cuando yo le pido una cosa a Dios, quizás no estoy en el mejor momento para que me lo conceda. Porque a veces cojo a Dios por las solapas y le exijo que me dé esto o lo otro, y una vez que lo consigo, si te vi, no me acuerdo ¡Cuántas veces yo necesito una cosa y se la pido al santo o a la Virgen de mi devoción particular, o al mismo Dios! Y después de que nos lo ha concedido, nos olvidamos. A lo mejor con la boca no, pero con nuestro comportamiento seguro que sí. Ya no nos ocupamos más de Dios… hasta la próxima vez. Él ha atendido a mis súplicas, a mis ruegos, pero ¿atiendo yo a sus ruegos? ¿No es verdad que Dios es como un jamón del que yo corto cuando tengo hambre y, cuando no tengo hambre, lo dejo olvidado? Porque somos egoístas. Porque a la señora del evangelio lo único que le interesaba era que Jesús curase a su hija. Nada más y Jesucristo quiso darle mucho más. Quiso darle humildad y la señora lo aceptó y se abajó y humilló ante Jesús. Aceptó la humillación de que no la escuchara; aceptó la humillación de que la dijera que no estaba bien echar el pan de los hijos a los perros. Aceptó todo eso, se humilló. Aceptó el silencio de Dios. Y solo, después de todo esto, Dios le concedió todo: le concedió la salud de su hija, la humildad y la fe. Le concedió mucho más de lo que ella le había pedido al principio. Por eso, Ingrid Betancourt se enfadó con Dios en un primer momento, pero después ella reconoció que Dios le concedió la libertad de los terroristas de las FARC, le concedió humildad y le concedió fe. Y para eso necesitó seis largos años. Pero ¿qué es eso por conseguir lo más importante? ¿No estudia un médico seis años o más por tener sus estudios completos? ¿No aguanta una persona seis años o más cuando consigue una oposición y le mandan para Almería, y está allí hasta que consigue puntos suficientes para poder acercarse a su tierra y a su familia? ¿No merece la pena este tiempo por conseguir los estudios de médico o por conseguir volver a mi tierra? Pues repito: ¿no merece la pena unos años para conseguir humildad y fe?

Asunción de María a los cielos (A)

15-8-2026                   ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (A)

                                  Ap. 11,19a;12,1.3-6a.10ab; Slm. 44; 1 Co. 15,20-27a; Lc. 1,39-56

 

Queridos hermanos:

Nos dice el evangelio que, cuando María llegó a casa de su prima Isabel, esta le dijo: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” Sobre esta frase quisiera articular la homilía de hoy.

- Existen personas que tienen una gran sensibilidad y otras no tanto. Las primeras son personas a las que es muy fácil hacer felices o darles una alegría, pues cualquier pequeño detalle, gesto o palabra de cariño o de atención que se tenga con ellos les aporta una gran alegría. También sucede al contrario: a estas personas con tanta sensibilidad cualquier pequeño detalle, gesto o palabra de menosprecio o de dureza puede herirlas. Recuerdo que en una ocasión me contaba una mujer, a la que le había fallecido su abuelo, con el que estaba muy unida, que su marido no había acudido al funeral de dicho abuelo (tampoco había ido nunca este marido a visitar al abuelo de su mujer cuando estuvo ingresado en el hospital). La razón que dio el marido para no ir al funeral fue que había quedado anteriormente con sus amigos para ir en ese momento de caza. Este detalle de su marido le había parecido terrible a esta mujer y había dejada la relación matrimonial para siempre.

Veamos otro ejemplo de estos pequeños detalles: “Cuenta una historia que un hombre trabajaba en una planta empacadora de carne en Noruega. Un día terminando su horario de trabajo, fue a uno de los refrigeradores para inspeccionar algo; de improviso, se le cerró la puerta con el seguro y se quedó atrapado dentro del refrigerador. Golpeó fuertemente la puerta y empezó a gritar, pero nadie lo escuchaba. La mayoría de los trabajadores se habían ido a sus casas, y era casi imposible escucharlo por el grosor que tenía esa puerta. Llevaba cinco horas en el refrigerador al borde de la muerte. De repente, se abrió la puerta. El guardia de seguridad entró y lo rescató. Después de esto, le preguntaron al guardia a qué se debió que se le ocurriera abrir aquella puerta, si no era parte de su rutina de trabajo. Él lo explicó: ‘Llevo trabajando en esta empresa 35 años; cientos de trabajadores entran a la planta cada día, pero él es el único que me saluda en la mañana y se despide de mí en las tardes. El resto de los trabajadores me tratan como si fuera invisible. Hoy me dijo «hola» a la entrada, pero no escuché «hasta mañana». Yo espero por ese «hola, buenos días», y por ese «ciao o hasta mañana» cada día. Sabiendo que todavía no se había despedido de mí, pensé que debía estar en algún lugar del edificio, por lo que lo busqué y lo encontré”.

¿Qué aprendemos de esta historia? Pues que los detalles de educación, el cariño y la sensibilidad de unos se pueden enseñar a los otros, y que los otros pueden aprender de los unos.

- Pero la sensibilidad no solo se aprende o se enseña, igualmente se recibe, bien por la predisposición con la que uno puede nacer hacia ella, bien por ser un don y un regalo de Dios. Nos dice el evangelio que acabamos de escuchar que Isabel se llenó de Espíritu Santo y esto le aportó una gran sensibilidad para captar las cosas de Dios. Por ello mismo, Isabel captó no solo a su prima María, sino y sobre todo captó que en el vientre de su prima estaba el Hijo de Dios. Por eso dijo: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Además, con la sensibilidad que le dio el Espíritu Santo Isabel igualmente percibió que su prima ya no era simplemente su prima, sino que era además “LA MADRE DE MI SEÑOR”.

- En estos días del verano, con tantas fiestas marianas: la Virgen del Carmen, Nuestra Señora de las Nieves, la Asunción de María a los cielos, la Virgen de Covadonga, etc., creo que muchos podremos captar cómo nos visita la Madre de nuestro Señor Jesucristo. Sí, esta es una verdad de fe y de experiencia religiosa:

Si nos visita la Madre, nos visita el Hijo. Si nos visita el Hijo, nos visita la Madre.

Quien ama al Hijo, ama a la Madre. Quien ama a la Madre, ama al Hijo.

No pueden estar el Uno sin la Otra, ni la Una sin el Otro.

La Virgen María visitó a Isabel, pero también nos visita a todos nosotros. Pidamos a Dios que nos dé la sensibilidad del Espíritu Santo, como lo hizo en su día con Isabel, para que también nosotros captemos la presencia en nuestras vidas de María y de su Hijo. Cuando eso sucede, enseguida nos damos cuenta porque aumenta en nosotros la emoción, crece la fe, la alegría, la fuerza, la paz y el amor a Dios, a su Madre y hacia el resto de los hombres. Y quienes han perdido la fe, cuando les visita en su corazón Jesús y su Madre, esa fe florece de nuevo en su interior.

 

¡Señor, danos la sensibilidad del Espíritu Santo para que sepamos captar tus palabras y gestos para con nosotros y para con los demás!

¡Señor, que podamos captar cómo, en tantas ocasiones de la vida, nos visitan en nuestras casas y en nuestros espíritus tu Hijo Jesús y tu Madre María!

¡Señor, que nosotros también visitemos, como lo hicieron, lo hacen y lo seguirán haciendo Jesús y su Madre, los espíritus cansados, heridos y solitarios de tantas personas que nos necesitan!

miércoles, 5 de agosto de 2026

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (A)

9-VIII-2026                XIX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A)

1º Re. 19,9a.11-13a; Slm.84; Rm. 9,1-5; Mt. 14,22-33

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            La homilía de hoy la voy a titular CAMINO ESPIRITUAL. Y vamos a aprender algo de este Camino de la mano del profeta Elías y por último de san Pedro, que anduvo un poco (poco) sobre las aguas.

- Vamos a profundizar hoy en este texto de la primera lectura. Es del Antiguo Testamento. Mirad cómo este texto es tan rico en significados y con plena actualidad para nosotros y nuestra relación con Dios. Nos dice simplemente esta primera lectura que el profeta Elías subió a un monte, entró en una gruta y pasó allí la noche. Vamos a ir desmenuzando estos datos:

1) También nosotros hemos de subir a un monte. Quien tiene experiencia de hacer senderismo por las montañas (imaginemos que estamos subiendo a Peña Sobia en Teverga, o hacemos una ruta por las Ubiñas, o vamos a los lagos de Saliencia de Somiedo…) sabe que en la subida hay esfuerzo, hay sudor, hay incertidumbre por temor a perderse, pues el camino puede ser desconocido y no estar bien señalizado, pero también hay belleza del paisaje, aire puro, satisfacción al llegar a la cima. No podemos entrar en la cueva de Dios, si antes no hemos subido al monte de Dios con todas las experiencias que acabo de anotar. Para acercarnos al Señor lo primero que tenemos que hacer es subir una montaña: cuando tú, por seguir a Dios, sudas, te cuesta trabajo, tienes incertidumbre de si estás en el camino adecuado, y a la vez hay momentos de alegría, de belleza…, entonces estás subiendo la montaña de Dios. (CADA UNO TIENE SU PROPIA MONTAÑA Y SUS PROPIAS DIFICULTADES). Para subir esta montaña de Dios, no vale ir en ascensor, ni en helicóptero, ni en un todoterreno…, no vale el camino fácil de no hacer oración, de no ir a la Misa, de no leer la Palabra de Dios, de no sacrificarte por Él. Tienes que ir tú con tus propias piernas.

2) Bien. Ya hemos llegado a la cima del monte y, sin embargo, no hemos terminado. Ahora hemos de entrar en una gruta. Es una cueva oscura y tenemos miedo a la oscuridad, tenemos miedo a la estrechez, tenemos miedo a no respirar y a que se apodere de nosotros la ansiedad por la claustrofobia, tenemos miedo a no tener escapatoria y quedarnos encerrados por no saber encontrar la salida, tenemos miedo a los bichos, al frío, a la humedad… Entrar en la cueva de Dios es entrar en lo desconocido, en lo que no dominamos ni controlamos. Esta cueva significa las dificultades de la vida, la sequedad, el aburrimiento de la fe, la pereza, la desidia, el pensar que no mereció la pena subir la montaña y haber abandonado el valle de lo fácil, de lo de todos. Aquí estamos solos y nos sentimos solos. (CADA UNO TIENE SU PROPIA CUEVA Y SUS PROPIOS MIEDOS).

3) Ya, pero entrar en la cueva no es hacer un poco de espeleología, o entrar y salir inmediatamente, como quien hace una visita turística a las cuevas de Altamira o Valporquero. Dios nos pide que pasemos la noche en la cueva. Y aquí experimentamos más oscuridad, experimentamos soledad, experimentamos desasosiego, experimentamos miedo… Sí, quien entra en la cueva y permanece en ella, experimenta más profundamente el miedo, la incertidumbre, el no saber, la duda de si estaremos haciendo el tonto o si no será necesario tanto… (CADA UNO TIENE SU PROPIA NOCHE Y SU PROPIA OSCURIDAD).

            4) Se inicia el diálogo entre Dios y Elías.

* Solo quien ha dejado la comodidad de su casa, de su ciudad, de su ámbito de confort y ha subido la montaña durante días y días; solo ese puede llegar a la cima. Esto supone sacrificio y constancia. Mucha gente que cree en Dios, no ha subido a la montaña. Ha preferido la seguridad y la comodidad del valle.

* Solo quien entra en la cueva y lucha contra su claustrofobia, contra su miedo a lo desconocido, a la oscuridad; solo ese puede explorar la cueva. Y esto supone valentía y fiarse de Dios durante días y días. Mucha gente que cree en Dios y ha subido a la montaña, sin embargo, no ha querido entrar en la cueva. Sus miedos y su falta de fe le han impedido seguir la voz de Dios. Han preferido permanecer en su mediocridad antes que saltar a lo desconocido. Recordad aquella historia que os contaba hace unos meses del montañero que cayó en la noche en una montaña por la que iba escalando y quedó congelado a dos metros del suelo, cuando Dios le dijo que cortara la cuerda. No se fió y murió a un paso de la salvación.

* Solo quien permanece en esa cueva y no va simplemente de paso; solo ese puede experimentar lo que supone confianza en Dios y esperar contra toda esperanza de que en la oscuridad de la noche y de la cueva encontraremos la luz de Dios. Mucha gente que cree en Dios y ha subido a la montaña y ha entrado en la cueva, no se ha atrevido, sin embargo, a pasar la noche en la cueva. Quisieron enseguida salir afuera, al aire libre. No soportan los problemas, los dolores, el no entender, el no saber. Para con Dios hay que aprender a tener paciencia, a fiarse de Él, a entender su lenguaje de pagar bien por mal, que la muerte es vida, que el amor ha de llegar incluso a los enemigos, que la auténtica libertad es someterse a la voluntad de Dios…

* Una vez que el hombre de Dios ha superado estos tres obstáculos está en situación para poder escuchar a Dios y para poder dialogar con Dios. El creyente se ha purificado y ha expulsado de sí todo lo que se oponía a la escucha de Dios. El Señor le dice a Elías (a los que hemos tenido la confianza de vivir las tres experiencias) que Él va a pasar, que salga de la oscuridad, que salga ya de la gruta. Dios le dice a Elías (y a nosotros) que se quede de pie, en vigilancia, en espera activa.

Una vez que hemos subido a la montaña, que hemos entrado en la cueva, que hemos pasado la noche en ella, que entendemos un poco el lenguaje de Dios, nos falta la última prueba. Esta última prueba es el discernimiento: dónde está Dios y dónde no está Dios.

Pasa el viento recio que rompe las piedras, pero en el espectáculo no está el Señor.

Pasa un terremoto que destroza y asusta, pero en el terremoto no está el Señor.

Pasa el fuego que consume, que hiere, que alumbra, que se anuncia con el humo, que se ve a kilómetros, pero en el fuego no está el Señor.

Pasa un ligero susurro y el profeta reconoce aquí al Señor. El Señor no está, normalmente, en lo espectacular, en el ruido. Por eso, tanta gente no percibe al Señor discreto, humilde, sencillo y casi silencioso.

            ¿Dónde busco yo a Dios? ¿Dónde he encontrado a lo largo de mi vida a Dios?

            - El evangelio de hoy va en la misma línea que acabo de explicar: Pedro es llamado por Dios a salir de la barca, de lo seguro, a pisar el agua de la mar, a soportar vientos, a dejar seguridades humanas para pasar a seguridades divinas. Tiene el arranque de saltar fuera de la barca, pero duda: se dice a sí mismo que no se puede andar sobre el agua, se está alejando de la barca, hace un viento terrible y se empieza a hundir. En vez de confiar en el Señor, sigue dudando e insultándose por haber saltado fuera de la barca.

            La búsqueda de seguridades humanas nos aleja de las seguridades de Dios. El llenarnos de las cosas humanas nos incapacita para escuchar a Dios, para seguir a Dios.

            Este es el mensaje de Dios hoy: fíate de Dios, sal de tu comodidad y de tu egoísmo, esfuérzate, no tengas miedo. Detrás de la montaña, de la cueva, de la oscuridad de la noche… está algo maravilloso: Dios.

miércoles, 29 de julio de 2026

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (A(

2-VIII-2026               XVIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A)

Is.55, 1-3; Slm. 144; Rm. 8, 35.37-39; Mt. 14, 13-21

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            El evangelio de hoy nos presenta a un Jesús muy preocupado por las diversas necesidades de los hombres: 1) Las enfermedades. “Al desembarcar vio Jesús al gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”. 2) El hambre. Los discípulos se dieron cuenta que la gente tenía hambre y Jesús hizo el milagro de multiplicar cinco panes y dos peces, y con ello dio de comer a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. “Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”.

            Jesús ve y sabe que hoy día hay hombres, mujeres y niños que tienen necesidades, toda clase de necesidades, y nos dice a nosotros, sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Sí, vosotros que comisteis, “dadles vosotros de comer”. Sí, vosotros que tenéis, “dadles vosotros de comer”.

            Pero, ¿hay hoy día necesidades?  Hace unos años, durante la crisis económica de 2008 a 2012 se hacían diversas entrevistas en los medios de comunicación social. Yo fui testigo de que se preguntaba a la gente cómo iba llevando la crisis económica entonces. Unos contaba una cosa y otros otra, pero un día me sorprendió una persona que contestó: ‘¿Crisis, qué crisis?’ Aquí se hace realidad aquel refrán que dice: Cada uno cuenta la feria, según le va en ella.

            En el año 2020, en plena pandemia por el coronavirus, pienso que, quien negara la crisis sanitaria y económica por la que estábamos pasando, o estaba muy ciego o era un gran egoísta e insolidario. Pongo sobre la mesa algunos datos de aquel tiempo: mucha gente estaba consumiendo sus ahorros; mucha gente no trabajaba y cobraba del paro o de los ERTEs; mucha gente había solicitado el Ingreso Mínimo Vital; varias empresas estaban cerrando en España. Alcoa, Nissan…; en cuanto se suspendieron los ERTEs, muchas empresas cerraron y sus trabajadores engrosaron las cifras del paro; había más gente pidiendo por las calles y yendo a Caritas y otras ONGs a pedir ayudas[1]… Y esto solamente en España. En otros sitios estuvo la situación muchísimo peor, como en Latinoamérica.

            Ciertamente, Jesús nos dice que no solo de pan vive el hombre (Mt. 4, 4), pero es claro que el evangelio de hoy se refiere a necesidades materiales y vemos cómo Jesús las satisface.

Por todo esto y por muchos más casos a lo largo de todo el mundo, incluso a la vuelta de la esquina de nuestras casas, Jesús nos dice hoy y siempre: Sí, vosotros que comisteis, “dadles vosotros de comer”. Sí, vosotros que tenéis, “dadles vosotros de comer”. Es imperioso que demos de lo que tenemos, que nos desprendamos de lo que tenemos. Lo que tenemos no es nuestro. Es de Dios. Dios es el auténtico propietario de lo que tenemos: de nuestras casas, de nuestro coches, de nuestra ropa, de nuestros dineros, de nuestros ordenadores… Nosotros somos solo administradores de lo que tenemos. El propietario es Dios.

Tengo miedo que, nosotros que comemos todos los días y que tenemos lo suficiente para subsistir, estemos llenos de egoísmo, de soberbia, de dureza de corazón. Tengo miedo que, nosotros que comemos todos los días y que tenemos lo suficiente para subsistir, estemos ciegos e insensibles ante las necesidades de los demás, sean estos de lejos o de cerca. Tengo miedo que en nosotros se cumpla el evangelio de Cristo Jesús: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y su ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber…” (Mt. 25, 41-42). Tengo miedo que, pudiendo vivir en el Cielo de Dios, vivamos en el Infierno de nuestro egoísmo.

Ilustro esta última idea narrando un cuento precioso:

            “En aquel tiempo, un discípulo preguntó a su maestro. –Maestro, ¡cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno? Y el maestro respondió: -Es muy pequeña, y sin embargo de grandes consecuencias. Vi un gran monte de arroz cocido, listo para comer. A su alrededor había muchos hombres casi a punto de morir de hambre. No podían aproximarse al monte de arroz, pero tenían en las manos unos palillos de dos o tres metros de longitud. Es verdad que podían coger el arroz, pero no conseguían llevárselo a la boca, porque los palillos eran demasiado largos. De este modo, hambrientos y moribundos, juntos pero solitarios, permanecían padeciendo un hambre eterna delante de una abundancia inagotable. Y eso era el Infierno.

Vi otro gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. Alrededor había muchos hombres, hambrientos pero llenos de vitalidad. No podían aproximarse al monte de arroz, pero tenían en las manos unos palillos de dos o tres metros de longitud. Llegaban a coger el arroz, pero no conseguían llevárselo a la boca, porque los palillos eran demasiado largos. Pero, en vez de utilizar los largos palillos para llevarse el arroz a su propia boca, los usaban para servirse unos a otros. Y así aplacaban su hambre insaciable en una gran comunión fraterna, cercana y solidaria, gozando a manos llenas de los hombres y de las cosas, en casa. Y eso era el Cielo.

Cristo nos dice una vez más: “Dadles vosotros de comer”. Solo así podremos estar en el Cielo.


[1] Recuerdo haber leído un artículo de una persona que fue voluntaria en Caritas y luego tuvo que acudir allí para poder comer: https://www.elconfidencial.com/espana/2020-07-27/nueva-pobreza-covid-caritas_2694284/