martes, 31 de marzo de 2026

Jueves Santo (A)

 2-4-26                                              JUEVES SANTO (A)

Ex. 12, 1-8.11-14; Slm. 115; 1 Co. 11, 23-26; Jn.13, 1-15

 

Queridos hermanos:

            Nuestro modelo de santidad ha de ser únicamente Jesús. Si queremos ser santos ha de ser cómo El lo ha sido. Dice el evangelio de hoy: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

            ¿Alguna vez habéis limpiado un armario de ropa o de la cocina? Supongo que nadie abre la puerta sopla, cierra y ya está limpio el armario. Lo que hay que hacer es abrir las puertas, vaciar el armario, limpiar, luego colocar las cosas y cerrar las puertas. Esto pasa en nosotros: hemos primero de vaciarnos para poner limpiar y llenarnos de nuevo y, esta vez, llenarnos de Dios.

            Veamos su ejemplo. Hay una palabra que resume muy bien su actuación y es la de VACIAMIENTO.

-       Cuando se encarna Jesús asume la humanidad y se vacía de su divinidad, pues ésta queda oculta por su humanidad. Lo eterno por lo perecedero, lo todopoderoso por lo débil, lo grande por lo miserable.

-       Después está 30 años oculto a los hombres y en obediencia a un hombre y a una mujer. El es simplemente el hijo de un carpintero. Ya que se hizo hombre podía haber destacado como hombre, pero fue uno de tantos, o más bien de los más bajos y despreciables de los hombres. Su vaciamiento continuó en este aspecto, pues ni siquiera como hombre destacó en sus primeros 30 años.

-       A los 30 años deja a su madre y escandaliza a la gente de su pueblo (es primero la obligación que la devoción, cuida a tu madre mejor que andar por ahí hablando de Dios, predica con el ejemplo). Empieza un aspecto más de su vaciamiento al perder su fama ante sus vecinos y familiares, la poca que podía tener.

-       Se vacía cuando empieza a sacar sus enseñanzas y las da a la gente en el sermón de la montaña, ante la viuda de Naín, con las parábolas. Lo que tiene lo da. También se vacía con sus milagros, como cuando le toca la mujer y nota que fuerza le ha salido de su ser.

-       Pero su vaciamiento más total es cuando sucede la pasión y muerte: se vacía de su humanidad, pues con los insultos, golpes, escupitajos, ultrajes, azotes… se convierte en una piltrafa humana. Se vacía con sus miedos en Getsemaní, con su abandono en que ve que no ha servido para nada todo lo que ha hecho (ha sido un fracaso absoluto). Se vacía incluso de su fe y confianza en Dios (“¿Por qué me has abandonado?”). Finalmente, se vacía de su espíritu cuando grita al morir que encomienda su espíritu al Padre. Al final sólo queda el cascarón de hombre, pero todo lo demás no está. Cristo está totalmente vacío.

Signo de este vaciamiento es la Eucaristía. “Tomad y comed todos de mi cuerpo”. “Tomad y bebed de este cáliz, cáliz con mi sangre derramada”. Sangre no recogida, no echada, sino derramada por el suelo y pisada y hecha barro con el polvo y las piedras del camino. De ahí las palabras de S. Pablo en la segunda lectura: “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.” Cada Eucaristía es signo y realidad de ese desprendimiento total de Cristo, de este vaciamiento.

Pero, ¿por qué y para qué se vacía Cristo de sí mismo? Se vacía por amor y para amar. Lo dice el evangelio: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” No tiene sentido el vaciamiento si no es por el amor de Cristo. Por eso la Eucaristía es la expresión más pura y digna del amor de Cristo.

Si queremos ser santos, hemos de imitar este vaciamiento en nosotros. No somos santos porque estamos tan llenos de nosotros mismos que no cabe ni mis hermanos, no cabe ni Dios. Sólo quien se vacía, puede ser llenado de Dios. Y este vaciamiento debe ser hecho por amor y para amar. A esto aprendemos en la Eucaristía, cuya institución por Cristo hoy celebramos.

jueves, 26 de marzo de 2026

Domingo de Ramos (A)

 29-3-2026                               DOMINGO DE RAMOS (A)

Is.50, 4-7; Slm. 21; Flp. 2, 6-11; Mt. 26, 14-27, 66

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

             - Voy a leeros una parábola de un autor extranjero, J. Ynara­ja: “En el reino de los cielos, dice el Señor, pasa como ocurrió un día que un niño se hizo daño. Acudió su madre, trató de expli­carle algo para consolarlo, pero el niño no hizo caso y, sin escucharla siquiera, continuó llorando amargamente. Las explica­ciones de la afligida mamá de nada le servían. Pero continuó a su lado y, aunque el niño lloró con más intensidad, no se apartó de su lado. Por fin, la madre no pudo resistir su incapacidad para ayudarlo y ella también se puso a llorar. El niño, poco a poco, se fue calmando, miró a su mamá primero extrañado, luego preocupado, le tendió su manita y hasta sonrió, pues había olvidado su dolor. Pronto, madre e hijo se abrazaron felices.

            En mi reino, dice el Señor, a menudo no puedo dar explica­ciones, a mí no me entienden, y por eso, en los absurdos acciden­tes, en las crueles enfermedades, en los trágicos asesinatos, en cualquier dolor o muerte, yo, el Señor, lloro con los que son víctimas del mal, sufro pasión en silencio, soy crucificado y muero yo también, hasta que llega el consuelo y se abren los ojos internos del espíritu y se ve en la eternidad todo el amor y el bien que les rodean.

            ¿Van a perder la fe mis hermanos pequeños porque no encuen­tran explicaciones?”

            Esta parábola nos señala el modo de enfrentarse Jesús con el dolor de los hombres. Él no viene principalmente a consolar a los hombres que sufren, a dar el pésame a los hombres que mueren, a condolerse por los hombres que pecan. Él viene a sufrir con los que sufren, a morir con los que mueren, a perdonar a los que pecan y pecamos. Por ello dice la 1ª lectura: “ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”. O también la 2ª lectura dice: “Cristo, a pesar de su condición divina,... se rebajó hasta someterse incluso a una muerte, y una muerte de cruz”. Jesús no es de los que escapan al ver el peligro; al contrario, se presenta Él el primero con tal de desviar los golpes sobre sí mismo.

            - En este Domingo de Ramos os invito a entrar de lleno en la Semana Santa. En ella recordamos y vivimos los misterios centrales de nuestra fe cristiana. Son los hechos más sagrados y de donde nace la santidad de los hombres, de la Igle­sia.

            ¿Cómo podemos celebrar estos misterios? No basta con acudir a los actos religiosos. Hay que meditar los misterios de Cristo; hay que compenetrarse con sus sentimientos; hay que entrar en comunión íntima con Jesús, con su pasión y su resurrección. No basta con ser mero espec­tador. Tenemos un ejemplo de este padecer con Cristo en Santa Rita de Casia. El otro día rezaba el rosario por Gabriel (el Colaso) ante el altar de la Virgen del Carmen en la iglesia de Tapia y me fijé que al lado de la imagen de María está la imagen de Santa Rita de Casia. ¿Sabéis algo de su vida? En alguna ocasión os la narraré. Hoy sólo quiero fijarme en lo que aparece más a la vista: Santa Rita está vestida de monja agustina, lleva una cruz entre sus manos y tiene una herida en su frente. Veamos un trozo de su vida: Santa Rita meditaba muchas horas en la Pasión de Cristo, meditaba en los insultos, los rechazos, las ingratitudes que sufrió en su camino al Calvario. Durante la Cuaresma del año 1443 fue a Casia un predicador llamado Santiago de Monte Brandone, quién dio un sermón sobre la Pasión de Nuestro Señor que tocó tanto a Rita que le pidió fervientemente al Señor ser partícipe de sus sufrimientos en la Cruz. Santa Rita recibió una espina de la Corona de Espinas en su cabeza. El Señor no le dio más, porque no hubiera podido con ello. Y así estuvo hasta su fallecimiento.

            ¿Qué vas a hacer tú por Cristo Jesús en esta Semana Santa, sabiendo todo lo que Él hizo y hace por ti? Te exhorto, pues, a que en estos días medites más la Palabra de Dios, ores más ante el sagrario, ante la cruz y a que asistas a la Vigilia Pascual. Sin duda la celebración más importante de todo el año para nosotros los cristianos, ya que como dice S. Pablo: si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también nuestra fe […] además de inútil y nuestros pecados no han sido perdonados” (1ª Corintios 15,14.17).

            También te exhorto a vivir en estos días como vivió Él: sufriendo con el que sufre, oyendo al que no es escuchado, acompañando al que está solo, compartiendo tus bienes materiales con el que no tiene, perdonando al que te ha herido de cualquier modo…

jueves, 19 de marzo de 2026

Domingo V de Cuaresma (A)

22-3-2026                               DOMINGO V DE CUARESMA (A)

Ez.37, 12-14; Slm. 129; Rm. 8, 8-11; Jn. 11, 1-45

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            * La primera lectura y el evangelio de hoy nos hablan de muerte y de vida:

- El evangelio nos dice que Lázaro había fallecido y llevaba ya varios días en el sepulcro, y Jesús lo devolvió a la vida. En este caso se trata de una muerte física (la de Lázaro) y de una vuelta a esta vida física (también Lázaro es el beneficiario).

- Sin embargo, en la primera lectura el profeta Ezequiel habla de los israelitas que respiran, que comen, que trabajan, que duermen, que se levantan, que se casan, que tienen hijos, que celebran fiestas, que tienen enfermedades, que sanan…, pero, a pesar de todo eso, estos israelitas estaban encerrados y enterrados en sus sepulcros. Estaban muertos en vida. ¿Cómo puede ser eso? Entiendo que la explicación es la siguiente: La muerte es la extinción de la vida, pero esta extinción puede ser total (en el ámbito humano) y es lo que conocemos como fallecimiento, pero también puede haber, por así decir, muertes parciales del ser humano. Por ejemplo:

- Hay muertes físicas: dolencias, limitaciones, enfermedades. Sí, nos morimos poco a poco al no poder comer de todo como antes, al no poder caminar como antes, al no poder dormir como antes, por los dolores continuos o discontinuos que se sufren, por las operaciones quirúrgicas que se han de realizar…

- Hay muertes psicológicas: tristezas, depresiones, desencantos, soledades, orfandad, desamor. Los problemas más diversos nos atenazan y nos aplastan día a día, y hay personas de un natural optimista que son invadidas por todas las situaciones antes mencionadas, lo cual les puede convertir en personas resentidas, desconfiadas, inseguras, cobardes e incluso con psicopatías importantes.

- Hay muertes sociológicas: pobreza, desempleo, marginación, inadaptación, inmigración, explotaciones y esclavitudes, corrupción[1]. Gente que llevaba una vida completamente normal, por la pérdida de empleo, por una separación matrimonial traumática, por la necesidad de emigrar fuera de su ciudad o país..., se convierten en personas marginales e improductivas para la sociedad. Permitidme que os cuente un caso muy curioso del Papa Juan Pablo II: “Un sacerdote se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él. Ahora mendigaba por las calles. El cura, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido. Al día siguiente el sacerdote tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y describió brevemente la situación al Papa. Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse. El Papa, después de la cena, indicó al sacerdote que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, les respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: ‘una vez sacerdote, sacerdote siempre’. ‘Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero’, insistió el mendigo. ‘Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso’, dijo el Papa. El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y luego le pidió a su vez al Papa que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos”.

- Hay muertes culturales: vacío de valores, falta de oportunidades, analfabetismo, frustración.

- Hay muertes espirituales: odios y resentimientos, dureza de corazón, vicios, esclavitudes íntimas, falta de fe, conformismos, rutinas y tibieza.

* Muchos estamos encerrados en nuestros sepulcros, como Lázaro o aquellos israelitas de los que hablaba el profeta Ezequiel, y no nos damos cuenta. Estamos muertos, y no nos damos cuenta.

La vida total solo la puede dar Dios; es lo que se dice en las lecturas de hoy: Dice el profeta Ezequiel: “Yo mismo –dice el Señor- abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros […] Os infundiré mi espíritu y viviréis […] Yo el Señor lo digo y lo hago”. Igualmente Jesús dio vida a Lázaro, pero sobre todo Jesús dio la vida que nos da la fe a muchos que presenciaron el milagro: “Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él”. Pero también es verdad que el hombre puede dar vida parcial a los hombres que tienen muerte física, por ejemplo, los médicos, enfermeras, farmacéuticos y quienes cuidan y asisten a los que padecen esas dolencias, enfermedades y limitaciones.

Asimismo, el hombre puede dar vida a quienes tienen tristeza, depresiones, desencantos, soledades, desamor. Para ello utilizará el amor, la compañía, la escucha…

Podemos dar vida a los que tienen muerte sociológica, como hizo el Papa Juan Pablo II con el sacerdote mendigo, con la justicia social y con el no entrar en la rueda de la explotación ni la corrupción que nos rodea.

Podemos dar vida a los que tienen muerte cultural con la vivencia de valores de honestidad, de responsabilidad, de laboriosidad, de generosidad.

Podemos dar vida a los que tienen muerte espiritual con el perdón, con la misericordia hacia los demás, pero sobre todo con la vivencia radical de nuestra fe en Dios, de nuestro amor a la Iglesia, al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada a los que Dios nos llamó. Cada uno en su vocación y en su sitio.

            SÍ, CRISTO Y SU SANTO ESPÍRITU DAN VIDA, PERO TAMBIÉN NOSOTROS, CON SU AYUDA, PODEMOS DAR VIDA A LOS MUERTOS QUE NOS RODEAN, LO MISMO QUE OTROS NOS HAN DADO, DAN Y DARÁN VIDA A NOSOTROS.


[1] Hace un tiempo a la luz que un hostelero en Ibiza contrataba para sus negocios a trabajadores extranjeros y los hacinaba en zulos, les daba sueldos de hasta tres euros y medio la hora y, además, no pagó a Hacienda por valor de 14,5 millones de euros.  En 2008 cerca de medio centenar de sus trabajadores denunciaron que habían sido obligados a firmar por este hostelero contratos escritos en checo, idioma que no conocía ninguno de ellos. Según la Agencia Tributaria, con un volumen de negocio cercano a los 36 millones de euros anuales, este hostelero no ingresó jamás cuota alguna correspondiente al Impuesto de Sociedades ni al IVA.