11-10-26 DOMINGO
XXVIII TIEMPO ORDINARIO (A)
Is. 25, 6-10a; Slm. 23; Flp. 4, 12-14.19-20; Mt. 22,1-14
Queridos
hermanos:
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Algunos de vosotros ya sabéis que una idea mía es haceros saborear y
profundizar más en la Biblia. La Biblia tiene una gran riqueza, pero que pasa
desapercibida para muchos de nosotros. Habitualmente no la leemos,
habitualmente no la oramos, habitualmente no la reflexionamos.
Además,
me gusta en muchas ocasiones comentar en las charlas que doy o en las homilías
textos del Antiguo Testamento, porque si desconocemos, o solo lo conocemos muy
por alto, el Nuevo Testamento, el Antiguo es mucho peor. Pues bien, en la homilía de hoy quiero detenerme en el
salmo 23. Quiero que esta homilía de hoy sea para vosotros como un regalo;
no mío, sino de Dios para todos vosotros, y también para mí.
El
Salmo 23 es uno de los más comentados y orados a lo largo de los siglos, tanto
por la tradición judía como por la cristiana. Es un texto hermoso y poético,
que nos habla de la ternura de Dios y de los sentimientos que experimenta quien
se encuentra con Él: alegría, paz, seguridad, confianza, plenitud de vida.
Este salmo podemos utilizarlo en
muchos momentos de nuestra vida: cuando tenemos una experiencia gozosa de Dios,
pero también cuando existe un gran peligro o un gran dolor para nosotros.
Recuerdo que hace años, en Alemania, vi una película en la televisión. Era una
película policiaca de un asesino en serie. Violaba a las chicas y luego las
mataba. En la película apareció una escena de estas y me sorprendió porque,
mientras sucedía la violación, la chica no dejaba de repetir este salmo
invocando a Dios: “El Señor es mi pastor,
nada me falta…”
Una
traducción del salmo en prosa puede ser esta: En medio del desierto hay un
oasis con una gran fuente de agua. Fuera, la arena abrasa, pero a la sombra de
las palmeras crece la hierba. Las ovejas comen alimento tierno, beben agua en
abundancia y sestean al fresco. Más tarde se ponen en camino por las sendas que
el pastor conoce bien, porque las ha recorrido muchas veces. Tienen que
atravesar un desfiladero entre las montañas y se hace de noche. Las ovejas
avanzan seguras, porque pueden escuchar el sonido del bastón del pastor, que
golpea rítmicamente el suelo al andar. Si una de ellas se desvía, el pastor
acude solícito en su búsqueda, y con unos toques del cayado sobre los lomos, la
devuelve al camino justo. Si acuden lobos u otras alimañas para atacar el
ganado, el pastor defiende su rebaño a bastonazos.
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Vamos, pues, a decir algunas palabras sobre la primera parte del salmo:
1)
“El
Señor es mi pastor”. En la antigüedad, los israelitas eran pastores
seminómadas con un número pequeño de animales: camellos, burros, gallinas y
ovejas. No vivían en casas, sino en tiendas realizadas con pieles de animales.
Hombres y animales dormían bajo el mismo techo. No es extraño que conocieran a
cada una de sus ovejas, incluso por su nombre. También las ovejas reconocían la
voz y el olor de su pastor. El salmo quiere evocar esa atmósfera de afecto, esa
experiencia de confianza, de tranquilidad, porque se sabe que hay alguien que
se interesa por ti, que se preocupa por tu vida. Dios conoce nuestro nombre, a cada uno de nosotros. Dios nos acoge bajo
su techo. Nosotros, debido a este trato cercano y constante, conocemos el olor
y la voz de Dios.
2)
“Nada me falta”. Tanto en Israel como
en todo el Medio Oriente no abundan ni el agua ni los pastos. Pasar hambre y
sed es una experiencia ordinaria cuando se atraviesan los amplios espacios
desérticos. Quien ve los rebaños de los beduinos se extraña de lo
extremadamente flacos que están los animales. En este contexto se comprende lo
grande que es poder hablar de abundancia, afirmar que no se carece de nada. En efecto, si Dios está a nuestro lado,
nada nos falta.
3)
“En verdes praderas me hace recostar; me
conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”. Conseguir
hierba en el desierto es ya suficiente para sobrevivir, pero si, además, la
hierba es fresca, el hallazgo se convierte en una fiesta. Después de un camino
árido y polvoriento, la sola vista de un prado invita al descanso. Las ovejas
pueden reposar después de haber comido, en las horas en que el excesivo calor
no permite desplazarse.
Además,
el agua no sólo quita la sed, también limpia del polvo del camino y refresca.
El mismo sonido de la fuente relaja y hace olvidar las fatigas. Pero las
fuentes son los lugares más peligrosos para los rebaños. Tanto los lobos como
los salteadores saben que allí terminan acudiendo a beber y se esconden
esperando a sus presas. El salmo subraya que las fuentes a las que nos conduce
nuestro pastor son «tranquilas», seguras. La
comida y la bebida que nos da el Señor nos robustecen, sanan, ayudan a madurar,
a crecer, a desarrollar nuestras capacidades, pero también a conocer nuestra
dependencia de Dios. Y esta dependencia nos hace más libres. Parece
contradictorio, pero no lo es en modo alguno.
4)
“Aunque
camine por cañadas oscuras, nada temo”. El pastor nos da tanta
seguridad, que hasta podríamos atravesar con Él el valle tenebroso. Este salmo, para decir «tinieblas»,
utiliza una palabra rara, que no se usa casi nunca: «salmawet» y que podríamos
traducir por «oscuro como la muerte». De hecho, la Biblia griega traduce «aún
si camino por el valle de la muerte, no temo, porque Tú me acompañas». Una imagen de gran fuerza para recordarnos
nuestra condición de mortales en un contexto de gran dulzura.
5)
“Porque tú vas conmigo”. Hemos llegado
al centro del salmo y a su momento más intenso. La verdadera razón de que yo me sienta seguro, de que no tenga miedo,
de que me atreva a pasar el valle de la oscuridad y de la muerte es que “Tú
estás conmigo”. Los prados frescos, el agua abundante, la protección
frente a los enemigos... todo es bueno, pero saber que Tú caminas a mi lado es lo más importante. “Si te
tengo a Ti, ya no necesito nada de la tierra” (Salmo 73, 25). “Si el
Señor está conmigo, no tengo miedo. ¿Qué podrá hacerme el hombre?” (Salmo 118, 6).
6)
“Tu vara y tu cayado me sosiegan”.
Palestina es una tierra cálida. Los viajes con el ganado se hacen temprano,
antes de que caliente el sol, o al atardecer, cuando se oculta. Las ovejas no
tienen miedo de extraviarse en la oscuridad, porque se siguen unas a otras y, a
lo largo del camino, oyen el sonido de la vara del pastor que camina con ellas.
El cayado, arma con la que defender a las ovejas de las alimañas, es al mismo
tiempo el signo tierno de la presencia del pastor junto al rebaño, que toca con
su punta los lomos de la que se desvía para reconducirla al redil y, con el
ruido que hace al apoyarlo en el suelo, guía su caminar. Con el sonido del bastón de Dios en nuestras vidas, no tenemos miedo ni
de la muerte.