Filipenses 2, 1-4; Salmo 130; Lucas 14, 12-14
Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24
Homilía martes XXXI del Tiempo Ordinario
Sacerdote de la Archidiócesis de Oviedo (España) Párroco de la UP de san Lázaro del Camino (Oviedo)
Efesios 4,32–5,8; Salmo 1; Lucas 13, 10-17
Homilía lunes XXX del Tiempo Ordinario
Efesios 5, 21-33; Salmo 18; Lucas 13, 18-21
Homilía martes XXX del Tiempo Ordinario
Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19
Homilía de san Simón y san Judas Tadeo
Efesios 6, 10-20; Salmo 143; Lucas 13, 31-35
Homilía jueves XXX del Tiempo Ordinario
1-11-2026 TODOS LOS SANTOS (C)
Ap.7, 2-4.9-14; Slm. 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt. 5, 1-12
Queridos hermanos:
A pesar de celebrar hoy el día de “Todos los Santos” y mañana el día de “Todos los Difuntos”, sin embargo, es en la jornada de hoy cuando se suele visitar los cementerios, y celebrar Misas y responsos por nuestros difuntos. Por ello, hoy voy a hablar sobre los difuntos y nuestra relación con ellos.
- Voy a partir de una anécdota que me ha contado una madre de familia hace ya unos años. “Solo te mando estas letras para comentarte la conversación que tuvimos Pablo (su hijo, de unos 8 años y a punto de hacer la 1ª Comunión) y yo después de cenar. Me quedé gratamente sorprendida. No sabemos las conversaciones que pueden tener entre sí los niños. Pablo, me pregunta que por qué es ‘San Pedro y San Pablo’ y no al revés. Yo le cuento que San Pedro estuvo con Jesús y San Pablo vino después, pero que fue muy importante, pues hizo muchos amigos para Jesús. Él me dice: ‘Yo también hago amigos para Jesús’. Le pregunto: ‘Ah sí, ¿a quién?’ Y me cuenta que le dice a su amigo Enol que si es bueno y se hace amigo de Jesús, no morirá y vivirá para siempre. El amigo le dice que si van a ser zombis, y Pablo le dice que no, que vivirán en el cielo con Jesús y con los amigos que ya murieron y los podemos volver a ver”.
Este niño, Enol, seguramente nunca había hablar a sus padres o familiares, ni tampoco en la escuela, de la vida que puede existir después de la muerte de un hombre. Lo que más le sonaba a ‘después de la muerte’ era lo que había visto en la televisión o en los videojuegos: los zombis. Los zombis, según las películas y los videojuegos, son personas muertas que tienen un aspecto terrorífico, que caminan, que solo buscan morder y comer a los vivos, y que, si logran morder a un hombre vivo, entonces este se convierte a su vez en un zombi. Sin embargo, Pablo, que conoce también, como niño que es, las películas de la televisión y los videojuegos sobre los zombis, sabe distinguir perfectamente, por lo que escuchó a sus padres y en la catecismo, entre un ‘zombi’ y un resucitado. Este es el que, después de muerto, vive con Jesús en el cielo y puede ver a los amigos y familiares que han muerto antes que él. En efecto, Pablo ha dicho “a su amigo Enol que si es bueno y se hace amigo de Jesús, no morirá y vivirá para siempre”. Como veis Pablo ha definido muy bien la fe de los cristianos para después de la muerte.
Después de haber escuchado este episodio nos quedan tres opciones: 1) Después de la muerte hay zombis. 2) Después de la muerte hay resucitados. 3) Después de la muerte no hay nada. ¿Con cuál nos quedamos?
- Desde los primeros tiempos de los hombres sobre la tierra, estos han creído en un más allá. Por eso, los primeros hombres: neandertales y cromañones, han sepultado a sus muertos, no los han dejado tirados en cualquier lado. ¿Qué quiere decir que han SEPULTADO a sus muertos?: Pues que los han enterrado con vestidos, con sus atuendos preferidos, con sus armas e incluso los han pintado de rojo (ocre), ya que la sangre era fuente de vida y, al pintarlos de rojo, era una forma de desear que volvieran a la vida y de ‘darles’ esa sangre necesaria para revivir. En algunos casos de enterramiento de los hombres primitivos aparecen también trepanaciones en los cráneos de los difuntos. Dicen los estudiosos que eso puede ser indicio de que le abrían un agujero en la cabeza y les comían el cerebro para que su sabiduría, su experiencia y su espíritu permaneciera con los vivos. Esta trepanación, que a nosotros nos parece una barbaridad, sin embargo, es igualmente una señal de la creencia en la pervivencia de los ya difuntos.
- Nosotros, que somos hombres y vivimos en pleno siglo XXI, que vemos morir a nuestros seres queridos y que del mismo modo un día moriremos nosotros, pensamos (y deseamos) que la vida no se acaba aquí. Pensamos que los cuerpos muertos de nuestros seres queridos no son despojos o carne enferma, envejecida y podrida para tirar a un lado del camino. Queremos cuidar esos cuerpos que un día contuvieron a las personas que amamos y que seguimos amando y añorando. Ahora no les metemos en su tumba o en su ataúd sus pertenencias, no les pintamos de rojo… como hacían los hombres primitivos, pero sí que les ponemos un rosario, un crucifijo… Sí que rezamos el rosario el día antes de su funeral (así lo hacen en el concejo de Tapia de Casariego). Sí que los llevamos a la iglesia para celebrar la Misa. Sí que los llevamos luego en procesión al cementerio y allí tenemos una oración de despedida. Sí que venimos diversos momentos a lo largo del año a poner unas flores, a limpiar un poco sus tumbas, a rezarles o a comentarles cómo van las cosas. Sí que venimos en el día de hoy, una vez al año, a rezar por ellos o simplemente a recordarles.
- Pero esto no nos basta ni nos debe bastar. Porque si nos bastase con esto, inmediatamente sacaríamos unas conclusiones muy simplistas: 1) Ahora hacemos lo mismo que hace 65.000 años cuando existió el hombre neandertal. 2) O también nosotros hacemos unos ritos o tenemos unas costumbres y otros hombres en otros lugares y tiempos tienen otras costumbres (por ejemplo, en la India queman los cuerpos de los muertos en una pira, o los echan directamente al Ganges, su río sagrado).
Por lo que Jesús nos ha dicho, nosotros no nos quedamos como los hombres primitivos: neandertales y cromañones, u otros hombres de nuestro tiempo solo en darles tierra o en quemarlos, en hacerles unos ritos funerarios, en hacer un poco de oración, en recordarles… Nosotros, los cristianos, hacemos algo más.
¿Qué nos aporta de más nuestra fe en Jesucristo sobre los difuntos? (Tampoco trato de dar ahora aquí un tratado de alta teología).
* En muchas ocasiones se nos dice que no se sabe si hay algo después de la muerte, porque nadie volvió de allí para contárnoslo. Pues esto no es cierto, porque el mismo Jesús vino de lo que hay después de la muerte, tras su fallecimiento en la cruz.
* Jesús nos dice claramente en varias ocasiones que, después de nuestra muerte, sigue habiendo vida. No como la que conocemos ahora, pero sí que viviremos.
* Jesús nos dice que esa nueva vida será bella, sin dolores, sin envejecimientos, sin más muertes, sin injusticias…
* Jesús nos dice que, para acceder a esa VIDA, como nos cuenta Pablo el niño del principio de la homilía, hemos de ser buenos y hacernos amigos de Jesús durante nuestra vida en la tierra.
* Jesús nos dice, como nos cuenta Pablo, que esa VIDA será para siempre y nunca se acabará. Nunca más tendremos que separarnos de nuestros seres queridos.
* Jesús nos dice, como nos cuenta Pablo, que no importa tanto dónde vamos a estar, sino CON QUIÉN VAMOS A ESTAR. Pues vamos a estar con Jesús, con Dios, con nuestros amigos ya difuntos, con nuestros familiares ya difuntos, con tantos hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros y que fueron amigos de Jesús y ahora lo serán nuestros, y esto será PARA SIEMPRE.
* Jesús nos dice que, desde donde Él está, nos está ayudando ahora mismo junto con sus amigos, es decir, junto con los santos.
* Jesús nos dice que, desde donde nosotros estamos, podemos ayudar a los que murieron ya y no murieron como amigos de Jesús. Y esta ayuda la hacemos con la Misa por ellos y cuando pedimos a Dios que les perdone sus pecados y que los lleve al cielo. Por eso, esta celebración, más que del RECUERDO de nuestros difuntos, tiene que ser la celebración DE LA COMUNICACIÓN CON NUESTROS DIFUNTOS.
Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1; Salmo 112; Lucas 11, 29-32
Homilía lunes XXVIII del Tiempo Ordinario
Gálatas 5, 1-6; Salmo 118; Lucas 11, 37-41
Homilía martes XXVIII del Tiempo Ordinario
Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46
Homilía miércoles XXVIII del Tiempo Ordinario
Efesios 1,1-10; Salmo 97; Lucas 11, 47-54
Homilía jueves XXVIII del Tiempo Ordinario
18-10-26 DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO (A)
Is. 45, 1.4-6; Slm. 95; 1 Tes. 1, 1-5b; Mt. 22, 15-21
Queridos hermanos:
Un año más celebramos el DOMUND. El lema de este año es: ‘Uno en Cristo. Unidos en la misión’.
1) Vamos primero a explicar un poco el LEMA de este año:
“UNO EN CRISTO...”. Ser cristianos es vivir una vida de unión con Cristo a través de la escucha de su Palabra, de la oración y de los sacramentos. Cuanto más unidos estemos a Jesús, más unidos estaremos entre nosotros, y podremos cumplir la misión por Él encomendada: “Que todos sean uno... para que el mundo crea” (Jn 17,21).
“UNIDOS EN LA MISIÓN”. Cada cual según su vocación y el lugar en donde esté o a donde el Señor le haya llevado, todos los bautizados participamos en la misión. Porque el mandato misionar no es solo para sacerdotes y religiosas, sino para los cristianos: sacerdotes, religiosas y laicos.
2) Vamos ahora a explicar un poco el CARTEL del Domund de este año:
EN EL HORIZONTE, LA CRUZ. Pero la cruz no son dos palos cruzados y desnudos. Nuestra cruz está vestida y la ‘ropa’ de la cruz se llama Jesús. “La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor” (León XIV). La cruz es el emblema de ese amor, que mueve también a todos los misioneros y misioneras a entregar su vida.
TODOS, POR LOS CAMINOS MISIONEROS DEL MUNDO. Cada uno es responsable de lo que le ha correspondido, pero solo, cuando todos realizan lo suyo, la obra, lo comprometido... ¡se hace realidad! Santa Teresa de Calcuta lo expresaba con una frase muy sencilla: “Lo que yo puedo, tú no puedes; lo que tú puedes, yo no puedo... ¡Juntos haremos algo hermoso para Dios!”. Todos los bautizados somos uno, cada uno con su cadaunada, pero todos formando una unidad.
3) La misión está en el último mandato del Señor resucitado, que envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra. Sigue habiendo países en los que apenas hay 1.200 cristianos, y el resto de la gente allí no ha oído hablar de Jesucristo. Como somos una comunión, es una obligación y una responsabilidad espiritual y misionera, por parte de aquellos que ya han escuchado a Cristo y al Evangelio, el compartir esa fe. Empezando por sus propias familias, por sus propios vecinos, pero aún hay mucha gente que no ha oído hablar de Cristo. Esto es un acto de caridad.
En efecto, la misión ad gentes no es solo seguir el mandato del Señor, sino también compartir el don que tenemos. Si tu hijo se queda sin casa por un divorcio, porque no puede seguir pagando la casa en la que vive, por cualquier otro motivo…, tu hijo no se queda durmiendo en la calle. Tu casa la compartes con tu hijo. Si tu hijo tiene problemas económicos y tú tienes algo de dinero, tú compartes tus bienes con tu hijo. Si Dios te ha regalado la fe en su Hijo Jesús y otro hijo de Dios no lo conoce, tú has de compartir ese regalo de Dios Padre con esa persona. Esta es la base de la misión.
4) Pero cómo podemos nosotros misionar, cómo podemos compartir el regalo que Dios nos ha hecho de la fe: Misionamos con la oración, con nuestro testimonio personal en la familia, entre las amistades, en el trabajo…, y con nuestro dinero para que también otros misionen allá a donde nosotros no llegamos físicamente.
Veamos dos testimonios de para qué sirve el dinero que se recauda en dos lugares distantes: Bolivia e India:
“Quiero darle a conocer que se ha recibido la suma de 16.503,40 €, que se ha destinado para los siguientes usos: clero diocesano y misioneros, formación de agentes pastorales, liturgia y sacristía, formación de catequistas, y materiales y equipos de oficina. Este subsidio nos ayuda a realizar la pastoral en las 11 parroquias que tenemos, acompañando a los principales pueblos y a las comunidades rurales. Contamos con 13 sacerdotes, y 4 diáconos temporales; 18 hermanas religiosas, 3 religiosos y un convento de clausura (6 hermanas). Los sacerdotes celebran la Santa Misa en el pueblo y también en las comunidades rurales por lo menos una vez al mes. En muchas comunidades se tienen animadores y catequistas que alientan la fe de sus hermanos. Hay algunas muy distantes y de difícil acceso (son comunidades del río), como Misión Fátima, donde se celebra la Misa 3 veces al año: en Semana Santa, su fiesta patronal y Navidad. Hay que decir también que en la parroquia de Santa Rosa se tiene el comedor para ancianos de escasos recursos. Reitero mi profundo agradecimiento por sus donativos. Oramos por las personas benefactoras”. Obispo en una diócesis de la selva en Bolivia.
“Deseo expresar mi sincera gratitud por el generoso subsidio de 16.768,16 €. Estamos profundamente agradecidos a todos los fieles en España que apoyan a las Obras Misionales Pontificias y a los territorios de misión en todo el mundo. Me complace informarles de que el subsidio se ha utilizado efectivamente para los siguientes fines dentro de la diócesis de Vijayapuram (India): asistencia médica y mantenimiento de sacerdotes; apoyo educativo y programas de formación para estudiantes, posibilitándoles crecer en fe y valores; campamentos en los que compartir la fe y formarse para catequistas y ministros laicos, fortaleciendo su compromiso con la misión de evangelización; y asistencia médica y obras de caridad para los pobres y marginados en nuestras áreas de misión. Estas iniciativas han contribuido grandemente al fortalecimiento de nuestro trabajo misionero y al testimonio de caridad cristiana entre nuestro pueblo. Una vez más, les damos las gracias a todos los benefactores por su generosa preocupación, oraciones y continuo apoyo. Tengan la seguridad de nuestras plegarias por ustedes”.
5) Y finalmente, desde Argelia, un misionero español nos da testimonio de su labor pastoral allá. “Vivimos en comunidades de tres misioneros de tres países diferentes. Esto nos impide “copiar” en nuestros países de misión una réplica de nuestros países de origen. Evidentemente, cada uno de nosotros es “de su padre y de su madre”, cada uno tiene sus manías, sus gustos, sus preferencias litúrgicas y espirituales, cada uno es como es. En mis más de 30 años de vida misionera, he vivido con compañeros que no se me parecían en nada: Charlín, con su pipa y su capacidad para redactar artículos sobre cualquier país africano; Jean-Louis, con un despacho siempre limpio y tres versiones de la Biblia abiertas sobre su mesa; Frans, con un sentido de la justicia y del compromiso en favor de los pobres que aún me inspira; Iván, que con una mano menos seguía saliendo a los poblados para celebrar la fe; Ludo, que trabajó tantos años discretamente en un laboratorio de análisis médicos; Denis, que con un ojo de cristal inició a tantos de nosotros en el árabe dialectal; Anselme, que con menos de 35 años ha lanzado tantos proyectos que aún siguen en pie; Benoît, siempre tranquilo y dispuesto a echar una mano; François, capaz de reparar un motor, una instalación eléctrica o un armario y de llevar las cuentas con exactitud... De cada uno de ellos, y de muchos más, siempre he aprendido, pero nunca he sentido que estuviéramos en competición ni me dieron la impresión de querer que fuera como ellos. Todos, conscientes de que Dios nos había llamado con nuestros talentos y personalidades diferentes, no para que fuésemos idénticos, sino más bien para que juntos trabajásemos para hacer advenir el Reino de Dios. Lo que tenemos en común es la pasión por el Reino de Dios, el deseo de ver el Evangelio vivido y ofrecido, las ganas de cambiar el mundo según el modelo de Jesús, el compromiso con la civilización del amor, la creatividad para llegar a una fraternidad real. Y cada uno de nosotros tiene ese fuego interior simplemente, porque pasa tiempo con Jesús en la oración, la escucha de su Palabra y la atención al prójimo. Cuando ves que tu compañero de misión está ante el sagrario, sientes que, sean cuales sean las diferencias entre él y tú, estamos unidos en Cristo, que nos llamó a los dos, tan distintos como fueron los doce apóstoles, pero todos escogidos y enviados por el Maestro. Otra característica de nuestro carisma es “construir algo que puede prescindir de ti”. Ya que, si una obra, por muy bonita que sea, depende exclusivamente del misionero que la fundó para seguir adelante, esa obra, en realidad, tiene los días contados”.
Deuteronomio 8, 7-18; 1º Crónicas 29,10.11abc.11d-12a.12bcd; 2ª Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11
Homilía Témporas petición y acción de gracias
Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42
Homilía martes XXVII del Tiempo Ordinario
Gálatas 2,1-2.7-14; Salo 116; Lucas 11, 1-4
Homilía miércoles XXVII del Tiempo Ordinario
Gálatas 3, 1-5; Lucas 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 11, 5-13
Homilía jueves XXVII del Tiempo Ordinario