miércoles, 13 de mayo de 2026

Domingo de la Ascensión (A)

 17-5-26                  DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)

Hch. 1, 1-11; Slm. 46; Ef. 1, 17-23; Mt. 28,16-20

 

Queridos hermanos:

            ¿Alguna vez en la vida os habéis sentido solos? ¿Alguna vez habéis experimentado la soledad? Esa SOLEDAD que habéis vivido en vuestra vida en algunas ocasiones, ¿fue buscada o impuesta por las circunstancias o por las personas?

            - La definición más común de soledad es la de carencia de compañía y que se tiende a vincularla con estados de tristeza, desamor y negatividad. También es cierto que una soledad ocasional y deseada puede conllevar muchos beneficios.

            Se distingue varios tipos de soledad: a) la emocional, o ausencia de una relación intensa con otra persona que nos produzca satisfacción y seguridad. b) La social, que supone la no pertenencia a un grupo que ayude al individuo a compartir intereses y preocupaciones. Esta soledad está muy relacionada con la pérdida de relaciones con un conjunto de personas significativas en la vida del individuo y con las que se interactúa de forma regular. c) La soledad deseada y buscada por el individuo. Por ejemplo, los monjes la ven como una forma de iluminación espiritual. También abundan los filósofos que, además de recomendar llevar una vida tranquila y solitaria, ven la soledad como una forma de alcanzar la excelencia; así, Arthur Schopenhauer, sostenía que “la soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”. Igualmente Francis Beaumont decía: “El que vive retirado dentro de su inteligencia y espíritu, vive en el paraíso”. O Jean de La Bruyère aseveraba: “Todo nuestro mal proviene de no poder estar solos”. Y otra idea, ésta de María Zambrano: “Sólo en soledad se siente la sed de verdad”. También hay psicólogos y psiquiatras que recomiendan aprovechar y disfrutar de los ratos de soledad. Ello, porque la soledad “nos permite descubrirnos y darnos cuenta de quiénes somos y qué queremos”.

            Podemos sentirnos solos ante la ausencia de un ser querido. Cuando (por separación en la pareja, fallecimiento de un ser querido u otra causa) desaparece de nuestra vida alguien a quien hemos amado o que ocupaba un espacio importante en nuestra vida diaria, nos invade una particular sensación de soledad, un vacío que nos sume en la tristeza y la desesperanza. Nos vemos perdidos y sin referencias en las que antes nos apoyábamos para afrontar la vida. Somos seres sociales que necesitamos de los demás para hacernos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar y revalidar nuestra autoestima, ya que ésta se genera cada día en la interrelación con las personas que nos rodean.

            Existe también una soledad social, es decir, la de quien apenas habla más que con su familia, sus compañeros de trabajo y sus vecinos es una soledad muy común en este mundo nuestro. Nos sentimos incapaces de contactar con un mínimo de confianza con quienes nos rodean, tenemos miedo de lo que nos hagan o de que nos rechacen. Plantamos un muro a nuestro alrededor, nos encerramos en nuestra pequeña célula (en ocasiones, incluso unipersonal) y vivimos el vacío que nosotros mismos creamos y que justificamos con planteamientos como “no me entienden”, “la gente sólo quiere hacerte daño”, “para lo único que les interesas es para sacarte algo”, “cada vez que confías en alguien, te llevas una puñalada”. Si la soledad es deseada, nada hay que objetar, aunque la situación entraña peligro: el ser humano es social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir aficiones, preocupaciones y anhelos es un cimiento difícilmente sustituible para asentar una vida feliz. Esa soledad no deseada puede convertirse en angustia, si bien algunos se acostumbran a vivir solos. Se revestirá esta actitud de una apariencia de fortaleza, autosuficiencia, agresividad o timidez. Y todo, para esconder la inseguridad y el miedo a que no se nos quiera o no se nos respete. Hay también otras soledades indeseadas, como esas a las que se ven abocadas personas mayores, amas de casa, o quienes sufren ciertas enfermedades, incapacidades físicas o psicológicas o imperfecciones estéticas. Para iluminar este apartado, os reseñaré algunas frases: “Si eres orgulloso conviene que ames la soledad: los orgullosos siempre se quedan solos” (Amado Nervo). “No hay soledad más triste y afligida que la de un hombre sin amigos, sin los cuales el mundo es desierto; el que es incapaz de amistad, más tiene de bestia que de hombre” (Francis Bacon). “Un hombre solo siempre está en mala compañía” (Paul Valéry). “No es difícil llorar en soledad, pero es casi imposible reír solo” (Dulce María Loynaz).

            - Algunos de vosotros podéis preguntaros por qué hablo de la soledad en un día como hoy: festividad de la Ascensión de Jesús a los cielos. Pues ha sido un trozo de la primera lectura quien me dio la idea. Dice así: “Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: ‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse’”.

            Sí, al leer este texto, pensé en la tremenda soledad con la que se quedarían los discípulos de Jesús. Un vacío grandísimo de una persona que había sido su centro, su razón de existir, su fe y su sentido de la vida. Primero se lo habían quitado con la crucifixión. Luego lo recuperaron con la resurrección y lo tuvieron consigo durante 40 días, pero, ahora, en este día de la Ascensión, Jesús se les va de nuevo y les deja huérfanos. Quien ha experimentado una soledad profunda[1], entenderá un poco o un mucho la soledad que sintieron esos discípulos de Jesús junto con María, la Madre de Jesús.

            Contra esta soledad, Jesús les (nos) da dos remedios: 1) En el evangelio les dice y nos dice: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Sí, Jesús está siempre con nosotros. Aprendamos a sentirlo a través de la fe. 2) También les (nos) promete al Espíritu Santo: “Dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo […] Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”. Del Espíritu Santo os hablaré en las homilías de los domingos siguientes: el 8 y el 15 de junio.

            - Otras frases sobre la soledad: “La soledad es el precio de la libertad” (Carmen Díez de Ribera). “Sin un corazón lleno de amor y sin unas manos generosas, es imposible curar a un hombre enfermo de soledad” (Teresa de Calcuta). “Quizá la mayor equivocación acerca de la soledad es que cada cual va por el mundo creyendo ser el único que la padece” (Jeanne Marie Laskas). “No hay mayor pobreza que la soledad” (Madre Teresa de Calcuta).


[1] Quien ha perdido un ser querido por fallecimiento, quien se ha separado y le han apartado a sus hijos de su lado, quien ha tenido que irse lejos de su ciudad, de su nación a trabajar, quien, como una niña familiar mía, es acosada en el colegio y no sale al recreo para que no la insulten ni la peguen, y tenga que cambiar de colegio para huir de esas agresiones, quien no se sienta amado o no se sienta capaz de entablar relaciones con otras personas, quien…

miércoles, 6 de mayo de 2026

Domingo VI de Pascua (A)

10-5-26                                   DOMINGO VI DE PASCUA (A)

Hch. 8,5-8.14-17; Slm. 65; 1 Pe. 3, 15-18; Jn. 14, 15-21

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            El domingo pasado os hablaba sobre la Iglesia, ese cuerpo vivo al que pertenecemos, ese grupo de fieles al que Dios nos ha llamado, elegido y consagrado. Sin embargo, ya sabéis que no es obligatorio estar dentro de la Iglesia: se puede entrar libremente y se puede uno salir libremente. Asimismo, cuando uno está dentro de la Iglesia, puede uno madurar y crecer libremente en ella como cristiano o puede simplemente ‘vegetar’ como cristiano.

            Hoy quisiera que reflexionásemos sobre los motivos por los que permanecemos en esta Iglesia de Cristo, y ha sido la segunda lectura que acabamos de escuchar quien me ha dado esta idea para la homilía de hoy. En efecto, dice san Pedro: “estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”.

            Si se acerca una persona a nosotros y nos pregunta por qué estamos dentro de la Iglesia, ¿qué le diríamos? Entre otras cosas…

            * Le podríamos decir que estamos en la Iglesia de Jesús, porque somos débiles y pecadores, y hemos sentido y sentimos en cada momento de nuestra vida que Dios tiene paciencia con nosotros, y que Dios nos perdona y tiene misericordia de nosotros.

            * Le podríamos decir que estamos en la Iglesia, porque leemos la Palabra de Dios y ella nos enseña, nos da vida, nos da luz, nos muestra el camino, nos dice, y comprobamos como cierto, que, no solo hemos de vivir de lo material, sino y sobre todo de lo espiritual y de lo que da sentido a nuestra vida (“El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” [Mt. 4, 4]).

            * Le podríamos decir que pertenecemos a la Iglesia, porque esta nos ha acogido al poco tiempo de nacer (Bautismo), nos ha alimentado y alimenta con el Cuerpo del Hijo de Dios (Comunión), porque perdona nuestros pecados y no se escandaliza de ellos (Confesión), porque nos da la fuerza del Santo Espíritu (Confirmación), porque bendice el amor del hombre y de la mujer (Matrimonio), porque fortalece la debilidad humana en la vejez y en la enfermedad (Unción de los enfermos), porque sirve a sus hijos con sus ministros (Orden Sacerdotal), porque nos acoge y no entrega al Padre a la hora de nuestra muerte (funeral)…

            Si se acerca una persona a nosotros y nos viera actuar durante una semana o un mes, ¿en qué podría notar que pertenecemos a la Iglesia de Cristo? Entre otras cosas…

            * Se nos podría notar (y debería notársenos) en que vivimos de un modo austero, lo cual está lejos de vivir miserable y tacañamente, pero también de derrochar y de dejarnos envolver por el consumismo de esta sociedad.

            * Se nos podría notar (y debería notársenos) en que somos generosos con las necesidades de los otros: necesidades materiales (ropa, comida, pagar la luz, el alquiler de la vivienda…), necesidades de tiempo (estar y acompañar a los que están solos y/o son ancianos, escuchar a los que nadie escucha…), necesidades de afecto…

            * Se nos podría notar (y debería notársenos) en que somos constantes en la oración, en la asistencia a la Eucaristía de nuestras parroquias, en que, durante las Misas, cantamos, contestamos a las oraciones, estamos atentos y participativos, en que somos comunidad de fe y de hermanos.

            * Se nos podría notar (y debería notársenos) en que estamos prontos al perdón y a la comprensión de los otros, en que somos gentes de paz y amables, en que somos honestos, trabajadores y responsables.

            * Se nos podría notar (y debería notársenos) en que la alegría de Dios está en nuestros ojos, en que la esperanza de Dios está en nuestros rostros, en que el amor de Dios está en nuestras manos.

            Ya para ir terminando os narraré a continuación una historia preciosa que va en línea con todo esto que os estoy diciendo:

            Nos los contó un misionero en África: “Son muchos los cristianos que se acercan a celebrar la reconciliación con Dios y con el hermano. Pero anoche me ocurrió una cosa que quisiera compartir con vosotros... Estaba confesando en la iglesia de uno de los barrios más populosos de Parakou (Benin). De pronto se pone de rodillas un niño de unos 8 ó 9 años de edad. Me llama la atención que no haga la señal de la cruz y que se quede como pasmado sin articular palabra. Y entonces surge el diálogo:

            - ¿Estás bautizado? - No, no lo estoy. - ¿Eres cristiano? - No, no lo soy.

            Veía la tensión en su rostro y las lágrimas que comenzaban a humedecer sus ojos. La gente esperaba impaciente en la fila y yo tenía que decirle que se fuese, pero no encontraba la manera.

            - ¿Sabes que, al no ser cristiano, no te puedes confesar? El crío encogió los hombros sin pronunciar palabra.

            - Bueno, ¿qué puede hacer por ti?, le dije.

            Salió de mutismo y dijo con voz entrecortada:

            - Soy el más pequeño de todos mis hermanos. Ellos me ordenan que haga esto y aquello y yo tengo que hacerlo. También estoy al servicio de las mujeres y de la gente mayor de la casa. Casi todos los días me pegan por una u otra cosa. Y son muchas las veces que me quedo sin comer. Así que he venido a que me des la bendición de tu Dios.

            - ¿Y por qué quieres la bendición?

            - Porque todos me pegan y he oído por ahí que vuestro Dios bendice a los que sufren y es amigo de los pequeños. Yo soy pequeño y en casa lo paso mal. Por eso he venido.

            Un nudo cerraba mi garganta. Esta vez era yo el que articu­laba palabras con dificultad a la vez que le imponía mis manos:

            - Que el Dios de la Misericordia esté contigo y te acompañe. Que Él te bendiga con su amor y te libre de todas las cosas malas. Que Él te dé la Paz. Amén.

            La cara del niño cambió por completo. Una sonrisa asomaba a sus labios. Se levantó y se alejó en la oscuridad de la noche. Otra persona estaba ya delante de mí esperando hacer su confe­sión”.

            Pues ahora yo también quiero bendeciros en el nombre de este Dios que me ama y al que amo, que nos ama y al que amamos; y os doy la bendición con esta antigua oración irlandesa:

“Que los caminos se abran a tu encuentro,
 que el sol brille templado sobre tu rostro,
 que la lluvia caiga suave sobre tus campos,
que el viento sople siempre a tu espalda,
 y que, hasta que volvamos encontrarnos,
 Dios te tenga en la palma de Su Mano.
 Que guardes en tu corazón con gratitud
 el recuerdo precioso de las cosas buenas de la vida.
 Que todo don de Dios crezca en ti
 y te ayude a llevar alegría
  a los corazones de cuantos amas.
Que tus ojos reflejen un brillo de amistad,
 gracioso y generoso como el del sol
que sale entre las nubes y calienta el mar tranquilo.
 Que la fuerza de Dios te mantenga firme,
que los ojos de Dios te miren,
que los oídos de Dios te oigan,
que la mano de Dios te proteja.
 Así sea”

miércoles, 29 de abril de 2026

Domingo V de Pascua (A)

3-5-26                         DOMINGO V DE PASCUA (A)

Hch.6, 1-7; Slm. 32; 1 Pe. 2, 4-9; Jn. 14, 1-12

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Si me lo permitís, quisiera hoy hablaros algunas cosas sobre la Iglesia, ya que la primera y la segunda lectura aluden a ella de un modo tan directo.

            * ¿Qué sucede hoy día con esta Iglesia de Dios? En este primer momento vamos a quedarnos en Asturias, aunque muchas de las cosas que a continuación se digan valdrán para otras diócesis. Cosas negativas de o en la Iglesia: templos semivacíos; sacerdotes ancianos (edad media en torno a los 68 años); ausencia de juventud en nuestras parroquias; una mala imagen de la Iglesia entre los creyentes y entre los no creyentes (riquezas del Vaticano, una liturgia y doctrina trasnochada y aburrida…); una mediocridad grande en cuanto a la vivencia del evangelio entre los sacerdotes y los católicos practicantes; grupos de francotiradores, es decir, cada uno de nosotros va a lo suyo y cada uno de nosotros critica al de al lado...

            También es cierto que en la Iglesia católica de Asturias hay cosas positivas: realidades sociales con albergues para transeúntes como el de Cano Mata en Oviedo, la Cocina Económica, Manos Unidas, Caritas, atención a drogadictos en Proyecto Hombre, a enfermos de SIDA en Siloé-Gijón, a ancianos en asilos de religiosas (a mí siempre me llamó la atención que ancianos de 70 años en Vegadeo eran atendidos por religiosas de 80 años; ahora, ya no pudiendo más, hubieron de retirarse hace unos años); en las parroquias rurales asturianas están la mayoría de los sacerdotes jóvenes que existen en nuestra diócesis y están atendiendo a gente anciana y sola (estos sacerdotes proceden en su mayor parte de barrios y ciudades); sacerdotes, monjas y cristianos laicos que se esfuerzan en vivir su fe con coherencia; una cantidad grande de voluntarios en nuestras parroquias para servir a los demás: catequistas, colaboradores de Caritas, en la limpieza de los templos, lectores...

            Pero salgamos ahora de las fronteras de nuestra Asturias y veamos otras realidades de nuestra Iglesia:

            - Hace varios años el mundo estaba conmocionado por el secuestro de 200 niñas en Nigeria por un grupo islamista radical. Estos las han secuestrado con el objetivo de irlas vendiendo como esclavas. ¿Por qué las secuestraron? Por dos razones: la primero porque las pequeñas estaban recibiendo educación occidental y no islámica y, la segunda razón, por ser cristianas. Otras niñas que eran musulmanas y que estaban en el mismo centro educativo no fueron secuestradas. Con estas 200 niñas están haciendo, al menos, tres salvajadas: sacarlas de su entorno y de su familia (secuestro), querer venderlas como esclavas, y violarlas hasta quince veces al día a cada una de ellas. Si estas crías no hubieran sido cristianas, nada de esto les estaría pasando ahora mismo.

            - Por esta razón, hace tiempo el Papa Francisco recordó el calvario que padecen cientos de miles de cristianos perseguidos en todo el mundo. En una homilía de 2014 dijo el Papa: ‘Lloré cuando vi en los medios la noticia de cristianos crucificados’. Se refería a la noticia de cristianos crucificados por grupos islamistas en Siria. El Papa sufre cuando sabe que ‘en algunos países, solo por llevar el Evangelio, vas a la cárcel. No puedes llevar una cruz porque te harán pagar una multa’. Sí, sigue diciendo el Papa, se discrimina, se acosa, se humilla, se maltrata e incluso se asesina a cristianos por el simple hecho de serlo. ‘Hoy hay más mártires que en los primeros tiempos’. El Papa ha denunciado esta caza al cristiano ante varios organismos internacionales. Incluso un alto representante de un organismo internacional ha dicho: ‘Con el aumento de la intolerancia religiosa en todo el mundo, está ampliamente documentado que los cristianos son los más discriminados, también en la zona OSCE[1]. De hecho, en algunos países de esta zona sigue habiendo leyes, decisiones y comportamientos intolerantes y discriminatorios contra la Iglesia católica y otras confesiones cristianas’. Leyes como las recopiladas recientemente por el Observatorio sobre la intolerancia y la discriminación contra los cristianos en Europa. En su último informe anual registraron 41 ejemplos de normas nacionales discriminatorias en 15 países europeos y 169 casos de intolerancia contra cristianos en la Unión Europea.

            * Vamos a dar un paso más: Cuando escuchamos la palabra ‘Iglesia’, ¿cuál es el sentimiento que se suscita en nuestro interior?

- Decía Bernhard Häring, religioso redentorista y famoso moralista católico: ‘Amo a la Iglesia, porque Cristo la ama hasta en sus elementos más externos. La amo incluso allí donde descu­bro, con dolor, actitudes y estructuras que juzgo no están en armonía con el Evangelio. La amo tal cual es, porque también Cristo me ama con toda mi imperfección, con todas mis sombras, y me da el empuje constante para llegar a ser lo que corresponde a su plan salvador’.

- O también lo dicho por Carlo Carreto: ‘¡Cuan contestable me resultas, oh Iglesia, y, sin embargo, cuánto te amo! ¡Cuánto me has hecho sufrir, y, sin embargo, cuánto te debo! Querría verte destruida, y, sin embargo, necesito tu presencia. Me has proporcionado tantos escándalos, y, sin embargo, me has hecho entender la santidad. Nada he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido ni más falso, ni he tocado nada más puro, más generoso y bello. Cuántas veces he tenido deseos de darte en los morros con la puerta de mi alma, y cuántas veces he suplicado poder morir entre tus brazos seguros. No, no puedo liberarme de ti, porque soy tú, aunque no por completo. Además, ¿dónde iría? ¿A construir otra? Pero no podría construirla sin los mismos defectos, porque llevo dentro los míos. Y si la construyera, sería mi Iglesia, no la de Cristo. Soy lo bastante viejo para comprender que no soy mejor que los demás’.

            Termino esta homilía con el precioso texto de san Pedro, en el final de la segunda lectura de hoy. En este texto nos describe así a los cristianos que formamos la Iglesia de Dios: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”.

            ¡Que Dios nos conceda a los cristianos vivir los maravillosos tesoros que se encuentran en su Iglesia y en este texto de san Pedro! Es verdad: sin mérito alguno por nuestra parte, Dios nos ha escogido; somos sacerdotes de Dios, esto es, somos mediadores entre Dios y los hombres y podemos dirigirnos a Él gracias a nuestro sacerdocio; estamos consagrados a Dios, por lo que le pertenecemos a Él y no a nosotros mismos, ni a un país, ni a un partido político…; y sí, Dios nos adquirió con la sangre y muerte de su Hijo: nos ama tanto, porque le ha costado tanto tenernos entre sus brazos y en su corazón.


[1] La OSCE está integrada por todos los países de Europa, incluida la Federación Rusa, los países de Asia central, Estados Unidos y Canadá.

jueves, 23 de abril de 2026

Domingo IV de Pascua (A) - Domingo del Buen Pastor

26-4-26                                  DOMINGO IV DE PASCUA (A)

Hch. 2,14a.36-41; Slm. 23; 1 Pe. 2, 20b-25; Jn. 10, 1-10

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            Hoy es el día del Buen Pastor.

            - Sí, hoy es el día del Buen Pastor. ¿Quién es el Buen Pastor? Pues está clarísimo: es Jesús. Los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, los catequistas, los padres de familia… somos la encarnación en la tierra del único Buen Pastor, de Jesús. Dios Padre ha puesto en nuestras manos a sus hijos (las ovejas). A unos les ha puesto en sus manos los fieles de una diócesis, a otros los de unas parroquias, a otros los de unos colegios o asilos de ancianos, a otros los niños o jóvenes de primera comunión o confirmación, a otros los hijos que han engendrado con su amor… Pero estos hijos, estas ovejas pertenecen primeramente y sobre todo a Dios Padre, y hemos de atenderlos como nos enseña el mismo Jesús, el Buen Pastor por excelencia.

Sí, los cristianos hemos de identificarnos cada vez más con Cristo Jesús, para que Su Voz sea nuestra voz, Sus Manos sean nuestras manos, Sus Ojos sean nuestros ojos, Sus Sentimientos sean nuestros sentimientos, Su Fe sea nuestra fe, Su Amor sea nuestro amor… y así, de este modo, cuando hablemos a los demás de Dios, nos escucharan porque reconocerán la Voz de Jesús, nuestro verdadero Pastor.

            Mirando a Jesús, Buen Pastor ¿cuáles son algunas de las cualidades que hemos de tener como pastores?

El buen pastor es aquel que respeta la libertad de cada oveja, de cada hijo de Dios. Hay una parte que me maravilla de la parábola del hijo pródigo, y es cuando el padre (Dios) respeta la decisión errónea del hijo pequeño: El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes (Lc. 15, 12). Si Dios respeta la libertad, incluso en camino hacia el pecado, de sus hijos, ¿quién somos nosotros para no respetar la libertad de nuestras ovejas? Pero ‘respetar la libertad’ no significa dejar hacer lo que quieran. NO. Significa, a mi entender, dejar que asuman las consecuencias de sus actos, que aprendan y practiquen la responsabilidad. Además, respetar la libertad también significa no manipular desde la posición dominante del pastor (obispo, párroco, padre de familia…) o desde la mayor sabiduría o mayor poder económico.

El buen pastor perdona las debilidades y cura las enfermedades de las ovejas. Esto se hace sobre todo desde el cariño, desde la cercanía constante, desde el respeto, desde la experiencia de haber sido el propio pastor perdonado por Jesús en sus debilidades y curado en sus enfermedades. Afirmo categóricamente que nadie puede perdonar debilidades, si antes no ha percibido la experiencia de haber sido perdonado por Dios él mismo en sus debilidades; nadie puede curar a los demás, si antes no ha percibido la experiencia de haber sido curado por Dios uno mismo en sus enfermedades. “Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis” (Mt. 10, 8).

El buen pastor pierde de sí mismo para que las ovejas ganen. Pierde su tiempo, sus fuerzas, su dinero y sus bienes, su descanso, su fama, su salud, su familia, sus aficiones, su vida para que las ovejas (feligreses de las diócesis, de los colegios, de las parroquias, de los catecismos, los hijos de su sangre) ganen tiempo, fuerzas, dinero, bienes, descanso, fama, salud, familia, aficiones, VIDA. Dice Jesús: “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn. 10, 10).

El buen pastor sabe dónde está el peligro, las aguas turbias y los pastos dañinos y los evita.

El buen pastor se atreve con los lobos.

El buen pastor da seguridad y confianza, sus ovejas no temen.

El buen pastor colma a sus ovejas de riqueza y seguridad.

El buen pastor lava a las ovejas y las sienta a su mesa.

El buen pastor no quiere separarse de sus ovejas, y las lleva a la Casa del Padre, donde “habitarán por años sin término” (Slm. 23, 6).

Pero lo mismo que existen buenos pastores, también hay malos pastores.

El mal pastor ve su labor como una profesión, no como una vocación. Por eso, simplemente ‘cumple’ con su ministerio de obispo, de párroco, de profesor, de catequista, de padre…, pero sin unción ni apasionamiento.

El mal pastor se ama más a sí mismo que a las ovejas. Esto conlleva que ese pastor busca su interés, su comodidad, su conveniencia, y no lo que necesitan las ovejas. Y es que este mal pastor usa las ovejas para medrar y adquirir prestigio. Es un mercenario.

El mal pastor ama a las ovejas para que éstas le amen. Es decir, se está buscando a sí mismo y, cuando las ovejas no le amen, o no le sirvan para sus intereses, o sean un estorbo, simplemente las apartará de su lado y las dejará en la estacada.

El mal pastor guía a las ovejas desde arriba, desde lejos y no huele a oveja.

El mal pastor abandona las ovejas cuando barrunta cercanía de lobos.

El mal pastor no nota ni siente la pérdida de una oveja.

El mal pastor agobia y tiraniza a las ovejas.

El mal pastor no escucha a las ovejas ni les da oportunidades de participación.

El mal pastor piensa que el rebaño es suyo y trata de suplantar a Jesús.

- También quisiera hablar hoy de las vocaciones. Pero las vocaciones en la Iglesia no son solamente para aquellos chicos y chicas que quieren ser ‘curas o monjas’. NO. La vocación es sobre todo la llamada de Dios a sus hijos para que se entreguen a favor de sus hermanos en distintos servicios y realidades. Así hay vocación al sacerdocio, a la vida consagrada de vida activa o contemplativa, al matrimonio, a la soltería… Pero también hay vocaciones o llamadas de Dios a una tarea sanitaria, o de enseñanza, o de diversas actividades humanas (pesca, ganadería, construcción, maquinaria…), las cuales posibilitan un vida humana de más calidad y de más posibilidades para todos. La vocación es una obediencia y un servicio. Una obediencia a Dios, y un servicio a los hombres.

Termino con dos ideas fantásticas del Papa Francisco sobre las vocaciones:

1) La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma.

2) Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser ‘terreno bueno’ para escuchar, acoger y vivir la Palabra (la llamada a la vocación) y dar así fruto.