30-8-2026 DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (A)
Jr. 20,7-9; Slm. 62; Rm. 12,1-2; Mt. 16,21-27
Homilía en vídeo.
Homilía de audio.
Queridos
hermanos:
En la homilía de hoy me voy a fijar
en la segunda lectura. Todo el capítulo 12 de la carta a los Romanos es una
preciosidad. Yo lo descubrí hace unos años y, en ocasiones, al confesar, pongo
de penitencia que se lea y se medite sobre este texto.
En la Misa de hoy hemos escuchado
los dos primeros versículos. Vamos a tratar de profundizar un poco en ellos y
aplicarlos a nuestra vida de fe.
- El primer versículo dice así: “Os
exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos
como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable”.
a)
San Pablo se dirige a todos los que tenemos fe en Cristo Jesús, el Hijo de
Dios. Y se dirige a nosotros hablándonos desde “la misericordia de Dios”,
desde el amor que Dios nos tiene, desde la ternura y el interés que siente por
nosotros. Dios no nos exige amor. Dios es el que nos da su amor. Por ello, todo
lo que nos diga y nos indique será para nuestro bien, no para el suyo.
b)
San Pablo, en el nombre de Dios, y no en su propio nombre, nos suplica y nos
pide a los cristianos que presentemos
nuestros cuerpos a Dios. Aquí el verbo ‘presentar’ significa hacer un
compromiso para siempre, pero este compromiso no se hace un día determinado, a
una hora determinada, en un segundo determinado. NO. Este compromiso, esta
presentación se ha de hacer cada día, cada hora, cada segundo de nuestra vida.
Unos novios no pueden decir el ‘sí, quiero’ el día de su enlace y ya está. NO.
Los esposos deben decir el ‘sí, quiero’ cada instante de su vida matrimonial.
Un sacerdote no puede decir el ‘sí, estoy dispuesto’, el ‘sí, lo haré’, el ‘sí,
quiero, con la gracia de Dios’ a su sacerdocio el día de su ordenación y ya
está. NO. El sacerdote debe decir el ‘sí, estoy dispuesto’, el ‘sí, lo haré’,
el ‘sí, quiero, con la gracia de Dios’ cada instante de su vida sacerdotal y
pastoral.
c) ¿Qué tenemos que presentar?
Nuestros cuerpos. ¿A quién? A Dios. Estos
cuerpos que tenemos nos los ha dado Dios. Al decir ‘cuerpos’, se quiere
indicar las cualidades, el pensamiento, la personalidad, la sabiduría, la
salud, la fuerza, los conocimientos, los bienes materiales, las capacidades…
que tenemos. Jesús puso su cuerpo al servicio de Dios Padre. Los santos
pusieron sus cuerpos al servicio de Dios Padre. San Pablo nos pide que pongamos
nuestros cuerpos enteros al servicio de Dios Padre.
Pero hay distintas maneras de poner
nuestros cuerpos al servicio de Dios. Lo explico con la parábola de la gallina
y del cerdo: Un
granjero se acercó una mañana a una gallina y a un cerdo, y les hizo esta
pregunta: ‘¿Queréis aportar para un desayuno con jamón y huevos?’ Para uno, la
gallina, aquel desayuno significaba solo una contribución: entregar unos
huevos. Para el otro, el cerdo, sin embargo, significaba un sacrificio total.
Jesucristo fue quien hizo el sacrificio total: Él entregó a Dios todo su
cuerpo, su vida, su tiempo, su fama, su alegría, sus penas, su juventud… Por
eso, decía Él: “Mi alimento es hacer la
voluntad de mi padre” (Jn. 4, 34). E incluso, a la hora de morir, le
entregó lo único que le quedaba: su espíritu (cfr. Lc. 23, 45). Del mismo modo
los santos, a imitación de Jesús, entregaron sus cuerpos por entero sin
reservarse nada. En nuestro caso, con frecuencia, hacemos como las gallinas:
contribuimos, pero no nos sacrificamos de modo total.
d) ¿Cómo tenemos que presentar
nuestros cuerpos? Dice san Pablo: hemos de presentarlos “como hostia vida, santa,
agradable a Dios”. Viva, santa y agradable a Dios se opone a una
entrega muerta, aburrida, a una mera costumbre, a regatear. Viva, santa y
agradable a Dios también quiere decir que crece, que da alegría (a quien la da
y a quien la recibe), que contagia… Tenemos el ejemplo de Caín y Abel (Gn. 4,
2-7): -Caín ofreció a Dios “algunos
frutos del suelo”. No lo mejor, sino ‘algunos’ y de los frutos más
corrientes: cebollas y tomates raquíticos, patatas cortadas por la azada,
lechugas con las hojas comidas por los bichos… Porque lo mejor se lo reservaba
para llevárselo al mercado y sacar buenos precios. La ofrenda era por salir del
paso. Su entrega era aburrida, de mera costumbre, de regateo, de egoísmo, de
mediocridad. – Sin embargo, Abel ofreció a Dios “las primicias y lo mejor de su rebaño”. La primera oveja, el
primer ternero, lo mejor de su rebaño. Su entrega era consciente y voluntaria.
–Por eso Dios se fijó en Abel y su ofrenda. No primero en su ofrenda y luego en
Abel, sino primero en Abel y su corazón y su desprendimiento, y luego en su
ofrenda. Y su entrega le fue agradable a Dios, porque veía en Abel una entrega
viva y santa.
- El segundo versículo reza así: “Y
no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente,
para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le
agrada, lo perfecto”.
a) Jesús nos dice en el evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí”
(Mt. 12, 30). San Pablo presenta a los cristianos solo dos posibilidades: o se
está con Dios o se está con el mundo. Quien está con este, piensa como este y
actúa como este. Quien está con Dios, piensa como Dios y actúa como Dios.
Ajustarse
a este mundo es adaptarse a lo que la mayoría dice o hace. Es mejor no
significarse, no destacar, que no te señalen con el dedo. Es decir, estar como
en la mili: no destacar ni por lo malo ni por lo bueno. Así te evitas
problemas. ‘¿Dónde va Vicente? Donde va la gente’.
b) San Pablo en este versículo nos
invita quitar de nuestra vida, de nuestro corazón, y de nuestra mente todos
aquellos valores que no son de Dios: poder, dominio, egoísmo, cosas materiales,
el hedonismo, la crítica, la ira, el rencor… Y nos invita a poner los valores de Dios: la entrega, el servicio, la
ternura, la escucha, el perdón, la paciencia, el amor, la alegría… Todo esto es
lo que agrada a Dios, lo que es perfecto, lo que es bueno. Todo esto es la
voluntad de Dios y todo esto nos transformará interior y exteriormente.
c) Voy a leeros trozos de un libro que leí hace
tiempo (I. Larrañaga, Las fuerzas de la decadencia, Paulinas, 256ss).
Cuenta la historia de un chico, Ricardo, de 22 años, enfermo de cáncer.
Estudiante de derecho. Se descubrió su enfermedad en 1987: tuvo diversas
operaciones, recibió quimio y radioterapia, y a primeros de 1989 murió. Ricardo
escribió 6 cartas en su enfermedad. En estos escritos veremos la renovación
de la mente y la transformación que tuvo Ricardo: 1) “He sido feliz en este año. Agradezco a Dios este tiempo que me dio
para crecer. Aunque uno nunca va a buscar el sufrimiento, cuando éste viene se
pueden sacar muchos frutos”. 2) “Yo
no me siento frustrado a pesar de que viví pocos años. Me siento realizado.
Estoy en paz. Estoy totalmente en manos de Dios”. 3) “Lo que siento es dejaros. Pero no estéis tristes. Veo que es más fácil
el papel de los que se van que de los que se quedan”. 4) “Si tengo paz interior, el dolor no me
importa. Ya no me importa el sufrimiento físico. Sólo quiero morir en un
momento de paz interior”. 5) “Para mí
el mundo es como un huerto donde hay muchas frutas. Algunas maduran antes y
otras después. Yo me siento de las primeras. Estoy preparado”. 6) “Todos queremos la felicidad, pero la única
manera de alcanzarla es la aceptación de la realidad”. 7) “Señor, no sé hacia dónde me llevas, pero en
ti confío. Tengo temor ante la incertidumbre, pero me apoyo en ti. Siento
dolor, pero también alegría al ver que así participo en tu plan de salvación.
Soy pequeño pero, al amarte, me siento útil”. 8) “Señor, con la enfermedad logré la felicidad, porque me desligó de las
cosas y de mí mismo”. 9) “Hoy, Señor,
vengo a agradecerte todo lo que me das. Hoy la alegría baña mi ser y hace que
mis molestias casi no las sienta”. 10) “Aunque
parece incomprensible, me siento un privilegiado. Porque si tú me pones esta
cruz, es porque de alguna manera me quieres como a tu Hijo”.
En estas palabras y en esta vida de Ricardo, justo
antes de su muerte, se hace realidad estos versículos de san Pablo que acabamos
de escuchar y de meditar.