jueves, 9 de julio de 2026

Domingo XV del Tiempo Ordinario (A)

12-7-2026                   DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO (A)

Is.55, 10-11; Slm. 64; Rm. 8, 18-23; Mt. 13, 1-23

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Explicación de la parábola del sembrador:

            - Jesús hablaba a la gente sencilla con parábolas, con ejemplos de su vida diaria, ya que con conceptos o ideas abstractas no lo hubiesen entendido. En la parábola de hoy se hace referencia a una actividad muy común: la siembra de la semilla en los campos. Alguna vez, tiempo atrás, he visto en las tierras de Castilla cómo lo hacían[1]: Se prepara previamente el terreno con un arado, y posteriormente el labrador con una especie de saco pequeño atado a la cintura va caminando entre la tierra y cogiendo la simiente con la mano la va esparciendo por entre el campo. Y es entonces cuando sucede lo que Jesús nos cuenta: “Salió el sembra­dor a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta”.

            Y Jesús termina la parábola con unas palabras un poco extra­ñas y fuertes: “El que tenga oídos, que oiga”. Entonces se acercaron sus discípulos para decirle que sí que habían oído, pero que no habían entendido, y que les explicase qué quería decir con aquella parábola.

            Y Jesús les contestó: “Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador”:

* Dios habla a los hombres en todas las circunstancias de su vida.

* Su mensaje es algo muy humilde, muy pequeño, pero que sacia el hambre de los hombres.

* El sembra­dor por el que Dios siembra es su Hijo Único, que actúa, bien directamente a nuestro espíritu, bien a través de otras personas: de los catequistas, de los padres o abuelos, de las religiosas, de los sacerdotes, de un libro que leemos o unas imágenes que vemos en la TV.

* Dios siembra su Palabra en todo el mundo; ese es su campo: La tierra entera, que ya está arada por la sangre de su Hijo y de tantos mártires como ha habido en todos estos siglos.

            - Y a continuación Jesús da una explicación a cada uno de los destinos de la semilla que sale de las manos del sembrador:

* “Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino”. Hay muchas personas que han sido bautizadas, que han ido a colegios de religiosos/as, que han estado en el catecismo de 1ª Comunión o en catecumenados de Confirmación, que han asistido a funerales o que en alguna ocasión han leído algún trozo de la Biblia, que han visto con sus propios ojos necesidades de otros hombres, que, ante el reparto de la herencia con sus hermanos, han sentido una llamada a no ser egoístas, que... Y, a pesar de todo esto, ¡se han quedado tan frescos! El mensaje de Dios ha sido derramado en sus corazones una y mil veces, pero no han hecho caso ni una…, ni mil veces. O no entienden el mensaje, o no lo quieren entender, o no quieren comprometerse, o.... (Dice el cantante asturiano Víctor Manuel: “Déjame en paz, que no me quiero salvar, que en el infierno no se está tan mal”). Nosotros somos muchas veces como ‘Víctor Manuel’. Estoy seguro que en uno 90 ó 95 % la semilla sembrada por Dios en nosotros… ‘se la han comido los pájaros’.

            * “Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe”. Otras personas sí han acogido esa semi­lla, esa Palabra, pero son personas inconstantes, sin raíces y ante un sufrimiento se echan atrás: (Caso de la madre del torero[2]). A algunos de los que estamos aquí segura­mente nos ha pasado y nos pasa esto mismo: en ocasiones tenemos un gran fervor y devoción, pero la falta de constancia, o algún problema que nos surja…, hace que sucumbamos o que llevemos un cristianismo mediocre. Somos personas en las que se cumple aquel refrán que dice: “tenemos arrancadas de caballo y frenadas de burro”.

            * “Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril”. Sigue sembrando el Señor Jesucristo y cae entre cardos alguna semilla. Yo he visto en León estas plantas nacidas entre las zarzas: son pequeñas y no llegan a la altura de las otras que cayeron en buena tierra, ni tienen el fruto de éstas. Hay muchas personas que creen en Dios, que aceptan el mensaje cristiano en sus vidas, pero tratan de poner una vela a Dios y otra al diablo. Tienen tiempo sólo para un padrenuestro de prisa mientras se acuestan, o para ir a Misa el domingo y nada más. No se les puede pedir reuniones, formación, ayuda en las parroquias o movimientos o cursillos o ejercicios… ¡Tienen tanto que hacer y cosas tan importantes que realizar!

            Otros se ven ahogados por sus riquezas, no pueden venir a la iglesia y, sin embargo, sí que tienen tiempo para irse de vacaciones o de fines de semana; su dinero y sus bienes materiales o el ansia de ellos no les deja ver a Dios. Y piensan que les basta con decir: “Sí, creo”.

            * “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”. De una semilla que cae en buena tierra salen varias semillas más. Es el fruto. Cada uno da y produce según su capacidad. ¿Dónde tenemos que dar este fruto? En nuestras casas y familias, en nuestros trabajos, en nuestro vecindario, entre nuestras amigos y conocidos, en cualquier sitio en el que estemos. Somos y debemos ser cristianos las 24 horas del día, los 12 meses del año.

            * Tú, ¿en cuál de estos grupos o de estas tierras te ves reflejado actualmente?


[1] En la actualidad todas estas labores están muy mecanizadas.

[2] En una ocasión contó la madre de un torero en TV que ella había sido muy cristiana y creyente; contó que, cuando su hijo toreaba en la plaza, ella siempre estaba rezando para que a su hijo no le pasara nada; que en una ocasión un toro sacó un ojo a su hijo con el asta y, desde aquel día, ella había dejado de rezar a Dios y de creer en Dios, porque se dio cuenta de que ‘eso’ no servía para nada.

miércoles, 1 de julio de 2026

Domingo XIV del Tiempo Ordinario (A)

5-7-26                         DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO (A)

Zac.9, 9-10; Slm. 144; Rm. 8, 9.11-13; Mt. 11, 25-30

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            - Dice el salmo 144 que acabamos de escuchar: “Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás”. También en este domingo quiero yo bendecir a mi Dios y alabarle. Para hacerlo pido a Dios mismo que me dé su Santo Espíritu, que me llene de su alegría, de su fuerza y esperanza; sí, pido a Dios que llene de gozo mi boca, mi lengua y mi garganta para bendecirlo y alabarlo.

            ¿Qué es bendecir? Es alabar, exaltar a una persona o cosa para expresar una gran satisfacción y felicidad. En latín, la palabra ‘bendecire’, por lo general, significa trasmitir vida o expresar buenos deseos a otra persona. También puede significar dar gracias a alguien o reconocer la bondad de otros. Bendecir puede igualmente significar la alabanza a Dios.

¿Qué es alabar? La alabanza a Dios es, principalmente, un acto de gratitud por todo lo que Dios hace, pero más aún, porque Él es digno de ella. Alabar a Dios implica un acto de reconocimiento de su grandeza y señorío, así como de lo excelso, único, admirable y grandioso que es Él. Al alabarle, proclamamos sus poderosos hechos, sus maravillas, su grandeza, su poder y su gloria. Le ensalzamos, enaltecemos, honramos, glorificamos, y exaltamos con admiración y gratitud; recordamos victorias pasadas y declaramos triunfos futuros.

La alabanza es la puerta de entrada que nos conduce hacia aguas aún más profundas y hermosas con Dios: la alabanza nos lleva a sumergirnos en las aguas de la adoración.

            - El hombre que cree en Dios, le pide y le suplica ante sus necesidades y miedos.

            El hombre que cree en Dios y que ha recibido alguna respuesta de Él, le da gracias.

            El hombre que cree en Dios y que siente cómo Este entra en lo más profundo de su ser y se siente amado por Él, este hombre bendice y alaba a Dios. Y, al bendecirle, le adora.

La bendición a Dios, la alabanza a Dios, la adoración a Dios no son obras del hombre, sino que son obras del Espíritu de Dios en el hombre. Son grandes dones. Quien alguna vez ha tenido esta experiencia, sabe de qué estoy hablando. Quien no ha tenido aún esta experiencia, no lo entenderá, pero podrá desearlo con todas sus fuerzas.

La forma más rápida de crecer en la fe, en la alegría, en la esperanza… es experimentar la bendición, la alabanza y la adoración de Dios dentro de sí.

- Jesús es quien mejor ha sentido esa presencia de Dios Padre sobre Él mismo y así, en el evangelio de hoy, se nos narra lo que surgió de su corazón a través de sus labios al bendecir y alabar a Dios: “Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.

En este “te alabo” de Jesús se contiene una explosión de gozo y de alegría. Jesús bendice, alaba y adora a Dios. Lo bendice por las cosas buenas que Dios hace. Lo alaba por la gratitud y admiración que siente por las acciones de Dios. Y lo adora con dos expresiones que pueden parecer indicar cosas contradictorias.

1) En efecto, al llamar Jesús a Dios: “Padre”, indica la cercanía tan grande que siente de Él en su corazón. El padre es el que está cerca, el que cuida, el que protege, el que alimenta, el que enseña, el que da vida… Cuando estaba destinado en Tapia de Casariego, los domingos por la tarde iba para Oviedo a atender a mi madre, que estaba impedida y con la cabeza muy ‘perdida’. Por la noche tenía que levantarme para cambiarla de posición y que no se llagase. Cuando lo hacía, ella no se daba cuenta; cuando la acompañaba durante el día, ella casi no se daba cuenta. Sin embargo, la ternura que Dios ponía en mi corazón hacia mi madre, la cual era ya solo una mera apariencia de lo que fue, no tenía comparación alguna con otros sentimientos de bienestar material. Ella ya casi no conocía, no hacía nada en casa, era un ‘estorbo’ y, sin embargo, seguía siendo mi madre, la esposa de mi padre, la madre de mis hermanos, la abuela de mis sobrinos. Ella por sí sola, y no por lo que hacía, era quien era y quien siempre había sido. Y todo esto se expresa con la palabra ‘madre’. Y, sin embargo, este sentimiento y esta experiencia sigue siendo un pálido reflejo de lo que Dios suscita en nuestro espíritu cuando toma posesión de él.

2) Cuando, a continuación, Jesús llama a Dios: “Señor de cielo y tierra”, lo que está indicando es que ese Dios, además de cercano a nosotros, es grandioso, omnipotente, creador, lleno de sabiduría y de amor providente.

En definitiva, Jesús bendice, alaba y adora al Dios cercano, cariñoso, tierno, sensible, mimoso… y, al mismo tiempo, a ese Dios grande, todopoderoso, sabio, lleno de santidad y de gloria… Pero, repito, esto lo dice Jesús, no porque lo piense, sino porque LO SIENTE en lo más hondo de su ser.

- Para terminar usaré algunas de las frases del salmo 144, que acabamos de escuchar al leer la Palabra de Dios. Bendigamos, alabemos y adoremos a Dios con estas mismas palabras usadas por el salmista hace ya más de 2.500 años:

“Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas”
.

            Asimismo quiero repetir aquí una bendición que escribí en una ocasión a una persona. La escribo aquí porque entiendo que va en sintonía con lo explicado más arriba.

“Beso tu frente y te bendigo en nombre de Dios que es nuestro Padre.

Beso tu frente y te bendigo en el nombre de Jesús, que es su Hijo y nuestro Hermano mayor.

Beso tu frente y te bendigo en el nombre del Santo Espíritu, que es calor en el invierno y brisa fresca en el verano.

Y beso tu frente y te bendigo en nombre de la Hija de Dios Padre, de la Madre del Hijo y de la Esposa del Espíritu, María.

Practiquemos en nosotros con frecuencia esta bendición, alabanza y adoración hacia Dios.

miércoles, 24 de junio de 2026

Domingo XIII del Tiempo Ordinario (A)

28-6-26                                   DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (A)

2º Re. 4,8-11.14-16a; Slm. 88; Rm. 6,3-4.8-11; Mt. 10,37-42

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            ¿Habéis hecho alguna vez apuestas a los caballos? Yo no. Supongo que uno apostará por el caballo que cree que tiene más posibilidades de ganar la carrera. Supongo que uno no apostará por un caballo cojo y viejo y enfermo. Hace un tiempo bautizaba a una niña y decía a sus padres que habían apostado, al querer bautizar a su hijita, por un caballo perdedor. Pues hoy muchos se retiran de la fe, de la creencia en Dios, del amor y la creencia y la aceptación de la Iglesia. Ejemplos: muchas llamadas a la curia diocesana para borrarse de la Iglesia católica; hace un tiempo unos borrachos sacaron sus penes al aire y se los enseñaron a unas religiosas, a una madre le dijeron que si estaba ociosa por llevar a su hijo a la confirmación…

            Ante todo esto, creo sinceramente que todos los que estamos en este templo estamos apostando por un caballo perdedor y que los que tienen toda la razón son los que ahora están en sus camas durmiendo o descansando, o en casa trajinando, o paseando por la ciudad, o camino de las playas. No merece la pena seguir perdiendo más el tiempo aquí en el templo, y con esta Iglesia, ni con Dios. Yo voy a dejar el sacerdocio. Tengo casi 67 años y todavía me quedan unos años para poder vivir y disfrutar. Al fin y al cabo, si yo dejo el sacerdocio no haría más que seguir los pasos de tantos curas y monjas que lo han dejado, de tantos seglares que pasan de la Iglesia y de la fe. Dejaría de tener que defender cosas absurdas como no a los preservativos, a los divorcios, a los homosexuales, a la discriminación de las mujeres… Decidido; voy a dejar la fe y la Iglesia y el sacerdocio… Y os aconsejo que vosotros hagáis lo mismo. De todas formas, haced lo que os dé la gana.

            Pero, si lo tengo decidido, entonces ¿por qué no estoy tranquilo? Pienso en aquellas palabras de Pedro a Jesús: “Señor, ¿a dónde vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. También leo en el evangelio de hoy: “El que pierda su vida por mí, la encontrará”. O esta otra: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

            No, no puedo dejar el sacerdocio, ni la Iglesia, ni la fe, ni a Dios. ¿Por qué? No dejo nada de esto porque…

1) estoy enamorado de Dios. Él me enseñó lo que es el amor. El besó mis labios con sus labios. Él me estrechó entre sus brazos y contra su corazón cuando yo aún no había nacido y nunca ha dejado de hacerlo. Él siempre ha estado conmigo. ¿Qué sería de mi vida sin Él? Él es como el aire que respiro. Él es mi origen, mi y mi fin. Lo descubro en el mundo, en las personas, en los sacramentos, en su Palabra. Es Él.

2) No dejo nada de esto por mi amor la Iglesia, esa tan pecadora y con tantas contradicciones, pero que me recibió en sus brazos al nacer por el bautismo, que me alimenta con la Eucaristía y me perdona los pecados por la confesión, que me ordenó sacerdote para sus hijos, sin yo merecerlo (o más bien merecer todo lo contrario por mis muchos pecados), que me cuida y rezará por mí cuando yo fallezca.

3) No dejo nada de esto, porque merece la pena luchar y vivir solo para el ser humano dejando todas las posibilidades que este mundo te ofrece. El ser humano merece la pena, incluso los del pene o los que dejan la Iglesia o los nazis, iraquíes, serbios de los que hablaba el domingo pasado…. Merecen la pena, porque son hijos de mi Dios y hermanos míos. Y esto solo se comprende desde Él, desde su amor.

            ¿Vosotros vais a quedaros, vais a luchar o vais a dejar todo o vais, peor aún, a vivir mediocremente vuestra fe?

            Os voy a leer un trozo de un correo electrónico que una chica, que es monja, mandó a diversas personas antes de irse a Mozambique. Esta chica, esta monja no piensa en sí misma, sino en Dios y en los demás, y no quiere tampoco abandonar, porque quiere perder su vida por Jesús: Por fin se va a realizar mi sueño... desde que era pequeña quería ser monja...y también misionera, con los negritos,... han pasado muchos años desde entonces, pero el Señor ha dispuesto que vaya este año, cuando yo ni me imaginaba que podría ir, pues ya tenía todo el verano programado con distintas actividades. Me hubiera gustado saberlo con más tiempo, para poder prepararme mejor...estudiando portugués, repasando algo de enfermería, y más de inglés, y teniendo más tiempo para prepararme interiormente, pero bueno, nuestros pensamientos no son los Suyos, ni nuestros caminos los Suyos... ÉL lo ha querido así, y así quiero aceptarlo, deseando dejarme conducir por Él. Me acabo de confesar, y el sacerdote me ha repetido varias veces que todo aquello cuanto haga he de hacerlo en Su nombre... Pues sí... en el nombre del Señor me voy a Madrid, y me subiré al avión, y en su nombre estaré en Mozambique como ÉL lo disponga. No voy con grandes pretensiones... Solo quisiera ser transmisora de su gran amor para con todos. Rezad por mí, no tanto para que no me pase nada, sino para que en todo lo que viva, todo lo que acontezca pueda ser un reflejo de su bondad, de Su amor, de Él mismo que habita en mí: Dios Uno y Trino. No sé lo que me espera, pero lo que sí tengo claro es que el Señor siempre va  a estar conmigo, a mi lado, dándome fuerzas y sosteniendo mis pasos. Y también estará  a vuestro lado, confortándoos, ayudándoos, manteniéndonos unidos en el amor. Cuando alguien entrega su vida al Señor tiene que estar dispuesto a todo, a lo que sea, pues ya no se pertenece, la vida es del Señor, y de los demás... Así que todo sea para mayor gloria Suya, y sea lo que Él quiera. Aquí estoy, Señor, dispón según tu Voluntad. Que la Santísima Trinidad sea nuestra mayor alegría, en Ella vivimos, nos movemos, existimos... Ella nos habita, está en nosotros, y nos une...y hacia la plena comunión con Ella caminamos. Que no desperdiciemos este gran regalo de su presencia en nosotros, regalo que llevamos en vasijas de barro... regalo inmerecido, pero que por su gran amor nos da cada día, en cada momento”.  

Amén (¡Que así sea!)