miércoles, 15 de julio de 2026

Domingo XVI del Tiempo Ordinario (A)

19-7-26                       DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO (A)

Sab.12, 13.16-19; Slm. 85; Rm. 8, 26-27; Mt. 13, 24-43

 

Queridos hermanos:

            Tenemos que acostumbrarnos a escuchar, y no simplemente a oír, la Palabra de Dios. Escuchar supone un plus: supone acoger en mi interior lo que se me dice o lo que leo y, además, supone profundizar en el sentido de las palabras. Así, hemos de preguntarnos qué nos quiere decir Dios, aquí y ahora, con su Palabra y de qué modo hemos de aplicar dicha Palabra a nuestra vida concreta. Yo voy a tratar de ayudaros un poco a esto sabiendo que lo que vale para mí, vale igualmente para los demás, pues no somos tan diferentes unos de otros, ni tenemos necesidades tan diversas unos de otros. Voy a exponer varias ideas de la mano de las lecturas de Dios, que acabamos de escuchar:

            1) Alguno puede pensar que varias frases de este evangelio no son para el mundo moderno de hoy; por ejemplo, cuando Jesús explica la primera parábola y dice: “la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo”. ¿Son modernas estas palabras de Jesús, o son ya antiguas? Más aún, ¿son reales las palabras de Jesús en estos tiempos? Yo personalmente creo que son totalmente reales y actuales, y, por tanto, son totalmente modernas. Fijaros de qué modo tan sutil puede Satanás actuar: Hace unos años venía yo de Alemania en el autobús desde Madrid a Oviedo. En la radio pusieron una canción de Amaral. La canción es pegadiza y el estribillo dice así: ‘Te necesito, como a la luz del sol, en este invierno frío para darme tu calor’ (https://www.youtube.com/watch?v=qEcAj62VVec). Pero al escucharla más veces me di cuenta de que la letra de esta canción no es tan inocente. Leo: ‘Como quieres que me aclare si aún soy demasiado joven para entender lo que siento, pero no para jurarle al mismísimo Ángel Negro que, si rompe la distancia que ahora mismo nos separa, volveré para adorarle. Le daría hasta mi alma, si trajera tu presencia a esta noche que no acaba…’ Ese ‘Ángel Negro’ es Satanás, al cual la solista de Amaral está dispuesta a adorarle e incluso está dispuesta a entregarle su alma, si actúa para que ella pueda unirse con el hombre amado. Esta canción con música pegadiza va calando entre nosotros, y con ella cala esa letra. Este es uno de los modos de siembra del diablo entre nosotros. Este es uno de los modos de que aparezca la cizaña y crezca en medio del campo de trigo sembrado por Dios.

            2) Creo que alguno de vosotros ya ha escuchado alguna vez esta anécdota: “Una chica estaba esperando su vuelo en una sala de un aeropuerto. Como debía esperar un largo rato, decidió comprar un libro y también un paquete de galletas. Se sentó para poder descansar y leer en paz. En un asiento de por medio, se sentó un hombre que abrió una revista y empezó a leer. Entre ellos quedaron las galletas. Cuando ella cogió la primera, el hombre también tomó una.  Ella se sintió indignada, pero no dijo nada. Solo pensó: ‘¡Qué descarado; si yo fuera más valiente, hasta le daría una bofetada para que nunca lo olvide!’ Cada vez que ella cogía una galleta, el hombre también tomaba una. Aquello le indignaba tanto que no conseguía concentrarse ni reaccionar. Cuando quedaba solo una galleta, pensó: ‘¿Qué hará ahora este aprovechado?’ Entonces, el hombre partió la última galleta y dejó media para ella. ¡Ah! ¡No! ¡Aquello le pareció demasiado! ¡Se puso a resoplar de rabia! Cerró su libro, cogió sus cosas y se dirigió al sector del embarque. Cuando se sentó en el interior del avión, miró dentro del bolso, y para su sorpresa, allí estaba su paquete de galletas intacto y cerrado. ¡Sintió tanta vergüenza! Solo entonces se dio cuenta de lo equivocada que estaba. ¡Había olvidado que sus galletas estaban guardadas dentro de su bolso! El hombre había compartido las suyas sin sentirse indignado, nervioso, consternado o alterado”.

Una de las moralejas de esta historia es esta: ¿Cuántas veces en nuestra vida sacamos conclusiones cuando debiéramos observar mejor? ¿Cuántas cosas no son exactamente como pensamos acerca de las personas?

            3) Esta historia encaja muy bien en las lecturas que acabamos de escuchar. Encontramos palabras preciosas en la primera lectura: “Tu soberanía universal te hace perdonar a todos […] Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. Dios perdona a todos, no solo a unos pocos: no solo a los ricos, no solo a los pobres, no solo a los católicos, no solo a los de arriba o a los de abajo…

Cuando el hombre peca, esa acción procede del hombre, que voluntariamente se aparta de Dios. Pero, en medio de ese pecado, Dios se muestra al hombre y le concede una “dulce esperanza”: el arrepentimiento, que es el preludio del perdón. El pecado procede del hombre; el arrepentimiento y el perdón proceden de Dios. Y Dios pide al hombre, a todo hombre, pero sobre todo al justo que sea humano, es decir, compasivo y misericordioso, como Dios lo es. El justo, al modo del mundo, hace las cosas bien, pero eso no basta. El justo, al modo de Dios, hace las cosas bien, es humano, y perdona, porque es perdonado por Dios. Así le ha enseñado Dios a actuar.

            ¿Cuántas veces nos hemos preguntado por qué Dios permite la existencia de los malos en este mundo? ¿Por qué Dios no les saca de este mundo o les deja morir antes para que hagan menos daño? A esta pregunta contesta Jesús con la parábola del trigo y de la cizaña, que acabamos de escuchar: Dios no quiere que se arranque la cizaña (los malos) antes de tiempo, porque “podríais arrancar también el trigo”. Nosotros sí que hubiéramos llamado la atención al hombre que en el aeropuerto “nos comía” las galletas, sin darnos cuenta que, en muchas ocasiones, somos nosotros quienes comemos las galletas a los demás. En efecto, ¿quiénes de nosotros somos el trigo? ¿Quiénes de nosotros somos la cizaña? Nosotros somos en tantas ocasiones los malos, la cizaña, pero también, en tantas ocasiones somos el trigo.

            - En definitiva, esta Palabra de Dios nos habla de su PACIENCIA. Él espera en nosotros, Él espera de nosotros que cambiemos, pues nadie es blanco o negro, sino que somos grises, con partes buenas y partes menos buenos. Dios tiene paciencia con nosotros, pues espera que nos vayamos acercando a Él a través del arrepentimiento y del perdón, que es la “dulce esperanza” que da a TODOS LOS HOMBRES. Y así la paciencia de Dios ha de ser el modelo de nuestra paciencia. Paciencia para con Él (si no va todo tan deprisa como queremos); paciencia para con nosotros mismos (si fallamos una y mil veces); paciencia para con los demás (si no son como nosotros querríamos y cuando nosotros querríamos; quizás, al fin y al cabo, sean ellos los que tengan más razón que nosotros).

jueves, 9 de julio de 2026

Domingo XV del Tiempo Ordinario (A)

12-7-2026                   DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO (A)

Is.55, 10-11; Slm. 64; Rm. 8, 18-23; Mt. 13, 1-23

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Explicación de la parábola del sembrador:

            - Jesús hablaba a la gente sencilla con parábolas, con ejemplos de su vida diaria, ya que con conceptos o ideas abstractas no lo hubiesen entendido. En la parábola de hoy se hace referencia a una actividad muy común: la siembra de la semilla en los campos. Alguna vez, tiempo atrás, he visto en las tierras de Castilla cómo lo hacían[1]: Se prepara previamente el terreno con un arado, y posteriormente el labrador con una especie de saco pequeño atado a la cintura va caminando entre la tierra y cogiendo la simiente con la mano la va esparciendo por entre el campo. Y es entonces cuando sucede lo que Jesús nos cuenta: “Salió el sembra­dor a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta”.

            Y Jesús termina la parábola con unas palabras un poco extra­ñas y fuertes: “El que tenga oídos, que oiga”. Entonces se acercaron sus discípulos para decirle que sí que habían oído, pero que no habían entendido, y que les explicase qué quería decir con aquella parábola.

            Y Jesús les contestó: “Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador”:

* Dios habla a los hombres en todas las circunstancias de su vida.

* Su mensaje es algo muy humilde, muy pequeño, pero que sacia el hambre de los hombres.

* El sembra­dor por el que Dios siembra es su Hijo Único, que actúa, bien directamente a nuestro espíritu, bien a través de otras personas: de los catequistas, de los padres o abuelos, de las religiosas, de los sacerdotes, de un libro que leemos o unas imágenes que vemos en la TV.

* Dios siembra su Palabra en todo el mundo; ese es su campo: La tierra entera, que ya está arada por la sangre de su Hijo y de tantos mártires como ha habido en todos estos siglos.

            - Y a continuación Jesús da una explicación a cada uno de los destinos de la semilla que sale de las manos del sembrador:

* “Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino”. Hay muchas personas que han sido bautizadas, que han ido a colegios de religiosos/as, que han estado en el catecismo de 1ª Comunión o en catecumenados de Confirmación, que han asistido a funerales o que en alguna ocasión han leído algún trozo de la Biblia, que han visto con sus propios ojos necesidades de otros hombres, que, ante el reparto de la herencia con sus hermanos, han sentido una llamada a no ser egoístas, que... Y, a pesar de todo esto, ¡se han quedado tan frescos! El mensaje de Dios ha sido derramado en sus corazones una y mil veces, pero no han hecho caso ni una…, ni mil veces. O no entienden el mensaje, o no lo quieren entender, o no quieren comprometerse, o.... (Dice el cantante asturiano Víctor Manuel: “Déjame en paz, que no me quiero salvar, que en el infierno no se está tan mal”). Nosotros somos muchas veces como ‘Víctor Manuel’. Estoy seguro que en uno 90 ó 95 % la semilla sembrada por Dios en nosotros… ‘se la han comido los pájaros’.

            * “Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe”. Otras personas sí han acogido esa semi­lla, esa Palabra, pero son personas inconstantes, sin raíces y ante un sufrimiento se echan atrás: (Caso de la madre del torero[2]). A algunos de los que estamos aquí segura­mente nos ha pasado y nos pasa esto mismo: en ocasiones tenemos un gran fervor y devoción, pero la falta de constancia, o algún problema que nos surja…, hace que sucumbamos o que llevemos un cristianismo mediocre. Somos personas en las que se cumple aquel refrán que dice: “tenemos arrancadas de caballo y frenadas de burro”.

            * “Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril”. Sigue sembrando el Señor Jesucristo y cae entre cardos alguna semilla. Yo he visto en León estas plantas nacidas entre las zarzas: son pequeñas y no llegan a la altura de las otras que cayeron en buena tierra, ni tienen el fruto de éstas. Hay muchas personas que creen en Dios, que aceptan el mensaje cristiano en sus vidas, pero tratan de poner una vela a Dios y otra al diablo. Tienen tiempo sólo para un padrenuestro de prisa mientras se acuestan, o para ir a Misa el domingo y nada más. No se les puede pedir reuniones, formación, ayuda en las parroquias o movimientos o cursillos o ejercicios… ¡Tienen tanto que hacer y cosas tan importantes que realizar!

            Otros se ven ahogados por sus riquezas, no pueden venir a la iglesia y, sin embargo, sí que tienen tiempo para irse de vacaciones o de fines de semana; su dinero y sus bienes materiales o el ansia de ellos no les deja ver a Dios. Y piensan que les basta con decir: “Sí, creo”.

            * “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”. De una semilla que cae en buena tierra salen varias semillas más. Es el fruto. Cada uno da y produce según su capacidad. ¿Dónde tenemos que dar este fruto? En nuestras casas y familias, en nuestros trabajos, en nuestro vecindario, entre nuestras amigos y conocidos, en cualquier sitio en el que estemos. Somos y debemos ser cristianos las 24 horas del día, los 12 meses del año.

            * Tú, ¿en cuál de estos grupos o de estas tierras te ves reflejado actualmente?


[1] En la actualidad todas estas labores están muy mecanizadas.

[2] En una ocasión contó la madre de un torero en TV que ella había sido muy cristiana y creyente; contó que, cuando su hijo toreaba en la plaza, ella siempre estaba rezando para que a su hijo no le pasara nada; que en una ocasión un toro sacó un ojo a su hijo con el asta y, desde aquel día, ella había dejado de rezar a Dios y de creer en Dios, porque se dio cuenta de que ‘eso’ no servía para nada.

miércoles, 1 de julio de 2026

Domingo XIV del Tiempo Ordinario (A)

5-7-26                         DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO (A)

Zac.9, 9-10; Slm. 144; Rm. 8, 9.11-13; Mt. 11, 25-30

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            - Dice el salmo 144 que acabamos de escuchar: “Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás”. También en este domingo quiero yo bendecir a mi Dios y alabarle. Para hacerlo pido a Dios mismo que me dé su Santo Espíritu, que me llene de su alegría, de su fuerza y esperanza; sí, pido a Dios que llene de gozo mi boca, mi lengua y mi garganta para bendecirlo y alabarlo.

            ¿Qué es bendecir? Es alabar, exaltar a una persona o cosa para expresar una gran satisfacción y felicidad. En latín, la palabra ‘bendecire’, por lo general, significa trasmitir vida o expresar buenos deseos a otra persona. También puede significar dar gracias a alguien o reconocer la bondad de otros. Bendecir puede igualmente significar la alabanza a Dios.

¿Qué es alabar? La alabanza a Dios es, principalmente, un acto de gratitud por todo lo que Dios hace, pero más aún, porque Él es digno de ella. Alabar a Dios implica un acto de reconocimiento de su grandeza y señorío, así como de lo excelso, único, admirable y grandioso que es Él. Al alabarle, proclamamos sus poderosos hechos, sus maravillas, su grandeza, su poder y su gloria. Le ensalzamos, enaltecemos, honramos, glorificamos, y exaltamos con admiración y gratitud; recordamos victorias pasadas y declaramos triunfos futuros.

La alabanza es la puerta de entrada que nos conduce hacia aguas aún más profundas y hermosas con Dios: la alabanza nos lleva a sumergirnos en las aguas de la adoración.

            - El hombre que cree en Dios, le pide y le suplica ante sus necesidades y miedos.

            El hombre que cree en Dios y que ha recibido alguna respuesta de Él, le da gracias.

            El hombre que cree en Dios y que siente cómo Este entra en lo más profundo de su ser y se siente amado por Él, este hombre bendice y alaba a Dios. Y, al bendecirle, le adora.

La bendición a Dios, la alabanza a Dios, la adoración a Dios no son obras del hombre, sino que son obras del Espíritu de Dios en el hombre. Son grandes dones. Quien alguna vez ha tenido esta experiencia, sabe de qué estoy hablando. Quien no ha tenido aún esta experiencia, no lo entenderá, pero podrá desearlo con todas sus fuerzas.

La forma más rápida de crecer en la fe, en la alegría, en la esperanza… es experimentar la bendición, la alabanza y la adoración de Dios dentro de sí.

- Jesús es quien mejor ha sentido esa presencia de Dios Padre sobre Él mismo y así, en el evangelio de hoy, se nos narra lo que surgió de su corazón a través de sus labios al bendecir y alabar a Dios: “Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.

En este “te alabo” de Jesús se contiene una explosión de gozo y de alegría. Jesús bendice, alaba y adora a Dios. Lo bendice por las cosas buenas que Dios hace. Lo alaba por la gratitud y admiración que siente por las acciones de Dios. Y lo adora con dos expresiones que pueden parecer indicar cosas contradictorias.

1) En efecto, al llamar Jesús a Dios: “Padre”, indica la cercanía tan grande que siente de Él en su corazón. El padre es el que está cerca, el que cuida, el que protege, el que alimenta, el que enseña, el que da vida… Cuando estaba destinado en Tapia de Casariego, los domingos por la tarde iba para Oviedo a atender a mi madre, que estaba impedida y con la cabeza muy ‘perdida’. Por la noche tenía que levantarme para cambiarla de posición y que no se llagase. Cuando lo hacía, ella no se daba cuenta; cuando la acompañaba durante el día, ella casi no se daba cuenta. Sin embargo, la ternura que Dios ponía en mi corazón hacia mi madre, la cual era ya solo una mera apariencia de lo que fue, no tenía comparación alguna con otros sentimientos de bienestar material. Ella ya casi no conocía, no hacía nada en casa, era un ‘estorbo’ y, sin embargo, seguía siendo mi madre, la esposa de mi padre, la madre de mis hermanos, la abuela de mis sobrinos. Ella por sí sola, y no por lo que hacía, era quien era y quien siempre había sido. Y todo esto se expresa con la palabra ‘madre’. Y, sin embargo, este sentimiento y esta experiencia sigue siendo un pálido reflejo de lo que Dios suscita en nuestro espíritu cuando toma posesión de él.

2) Cuando, a continuación, Jesús llama a Dios: “Señor de cielo y tierra”, lo que está indicando es que ese Dios, además de cercano a nosotros, es grandioso, omnipotente, creador, lleno de sabiduría y de amor providente.

En definitiva, Jesús bendice, alaba y adora al Dios cercano, cariñoso, tierno, sensible, mimoso… y, al mismo tiempo, a ese Dios grande, todopoderoso, sabio, lleno de santidad y de gloria… Pero, repito, esto lo dice Jesús, no porque lo piense, sino porque LO SIENTE en lo más hondo de su ser.

- Para terminar usaré algunas de las frases del salmo 144, que acabamos de escuchar al leer la Palabra de Dios. Bendigamos, alabemos y adoremos a Dios con estas mismas palabras usadas por el salmista hace ya más de 2.500 años:

“Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas”
.

            Asimismo quiero repetir aquí una bendición que escribí en una ocasión a una persona. La escribo aquí porque entiendo que va en sintonía con lo explicado más arriba.

“Beso tu frente y te bendigo en nombre de Dios que es nuestro Padre.

Beso tu frente y te bendigo en el nombre de Jesús, que es su Hijo y nuestro Hermano mayor.

Beso tu frente y te bendigo en el nombre del Santo Espíritu, que es calor en el invierno y brisa fresca en el verano.

Y beso tu frente y te bendigo en nombre de la Hija de Dios Padre, de la Madre del Hijo y de la Esposa del Espíritu, María.

Practiquemos en nosotros con frecuencia esta bendición, alabanza y adoración hacia Dios.

miércoles, 24 de junio de 2026

Domingo XIII del Tiempo Ordinario (A)

28-6-26                                   DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (A)

2º Re. 4,8-11.14-16a; Slm. 88; Rm. 6,3-4.8-11; Mt. 10,37-42

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            ¿Habéis hecho alguna vez apuestas a los caballos? Yo no. Supongo que uno apostará por el caballo que cree que tiene más posibilidades de ganar la carrera. Supongo que uno no apostará por un caballo cojo y viejo y enfermo. Hace un tiempo bautizaba a una niña y decía a sus padres que habían apostado, al querer bautizar a su hijita, por un caballo perdedor. Pues hoy muchos se retiran de la fe, de la creencia en Dios, del amor y la creencia y la aceptación de la Iglesia. Ejemplos: muchas llamadas a la curia diocesana para borrarse de la Iglesia católica; hace un tiempo unos borrachos sacaron sus penes al aire y se los enseñaron a unas religiosas, a una madre le dijeron que si estaba ociosa por llevar a su hijo a la confirmación…

            Ante todo esto, creo sinceramente que todos los que estamos en este templo estamos apostando por un caballo perdedor y que los que tienen toda la razón son los que ahora están en sus camas durmiendo o descansando, o en casa trajinando, o paseando por la ciudad, o camino de las playas. No merece la pena seguir perdiendo más el tiempo aquí en el templo, y con esta Iglesia, ni con Dios. Yo voy a dejar el sacerdocio. Tengo casi 67 años y todavía me quedan unos años para poder vivir y disfrutar. Al fin y al cabo, si yo dejo el sacerdocio no haría más que seguir los pasos de tantos curas y monjas que lo han dejado, de tantos seglares que pasan de la Iglesia y de la fe. Dejaría de tener que defender cosas absurdas como no a los preservativos, a los divorcios, a los homosexuales, a la discriminación de las mujeres… Decidido; voy a dejar la fe y la Iglesia y el sacerdocio… Y os aconsejo que vosotros hagáis lo mismo. De todas formas, haced lo que os dé la gana.

            Pero, si lo tengo decidido, entonces ¿por qué no estoy tranquilo? Pienso en aquellas palabras de Pedro a Jesús: “Señor, ¿a dónde vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. También leo en el evangelio de hoy: “El que pierda su vida por mí, la encontrará”. O esta otra: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

            No, no puedo dejar el sacerdocio, ni la Iglesia, ni la fe, ni a Dios. ¿Por qué? No dejo nada de esto porque…

1) estoy enamorado de Dios. Él me enseñó lo que es el amor. El besó mis labios con sus labios. Él me estrechó entre sus brazos y contra su corazón cuando yo aún no había nacido y nunca ha dejado de hacerlo. Él siempre ha estado conmigo. ¿Qué sería de mi vida sin Él? Él es como el aire que respiro. Él es mi origen, mi y mi fin. Lo descubro en el mundo, en las personas, en los sacramentos, en su Palabra. Es Él.

2) No dejo nada de esto por mi amor la Iglesia, esa tan pecadora y con tantas contradicciones, pero que me recibió en sus brazos al nacer por el bautismo, que me alimenta con la Eucaristía y me perdona los pecados por la confesión, que me ordenó sacerdote para sus hijos, sin yo merecerlo (o más bien merecer todo lo contrario por mis muchos pecados), que me cuida y rezará por mí cuando yo fallezca.

3) No dejo nada de esto, porque merece la pena luchar y vivir solo para el ser humano dejando todas las posibilidades que este mundo te ofrece. El ser humano merece la pena, incluso los del pene o los que dejan la Iglesia o los nazis, iraquíes, serbios de los que hablaba el domingo pasado…. Merecen la pena, porque son hijos de mi Dios y hermanos míos. Y esto solo se comprende desde Él, desde su amor.

            ¿Vosotros vais a quedaros, vais a luchar o vais a dejar todo o vais, peor aún, a vivir mediocremente vuestra fe?

            Os voy a leer un trozo de un correo electrónico que una chica, que es monja, mandó a diversas personas antes de irse a Mozambique. Esta chica, esta monja no piensa en sí misma, sino en Dios y en los demás, y no quiere tampoco abandonar, porque quiere perder su vida por Jesús: Por fin se va a realizar mi sueño... desde que era pequeña quería ser monja...y también misionera, con los negritos,... han pasado muchos años desde entonces, pero el Señor ha dispuesto que vaya este año, cuando yo ni me imaginaba que podría ir, pues ya tenía todo el verano programado con distintas actividades. Me hubiera gustado saberlo con más tiempo, para poder prepararme mejor...estudiando portugués, repasando algo de enfermería, y más de inglés, y teniendo más tiempo para prepararme interiormente, pero bueno, nuestros pensamientos no son los Suyos, ni nuestros caminos los Suyos... ÉL lo ha querido así, y así quiero aceptarlo, deseando dejarme conducir por Él. Me acabo de confesar, y el sacerdote me ha repetido varias veces que todo aquello cuanto haga he de hacerlo en Su nombre... Pues sí... en el nombre del Señor me voy a Madrid, y me subiré al avión, y en su nombre estaré en Mozambique como ÉL lo disponga. No voy con grandes pretensiones... Solo quisiera ser transmisora de su gran amor para con todos. Rezad por mí, no tanto para que no me pase nada, sino para que en todo lo que viva, todo lo que acontezca pueda ser un reflejo de su bondad, de Su amor, de Él mismo que habita en mí: Dios Uno y Trino. No sé lo que me espera, pero lo que sí tengo claro es que el Señor siempre va  a estar conmigo, a mi lado, dándome fuerzas y sosteniendo mis pasos. Y también estará  a vuestro lado, confortándoos, ayudándoos, manteniéndonos unidos en el amor. Cuando alguien entrega su vida al Señor tiene que estar dispuesto a todo, a lo que sea, pues ya no se pertenece, la vida es del Señor, y de los demás... Así que todo sea para mayor gloria Suya, y sea lo que Él quiera. Aquí estoy, Señor, dispón según tu Voluntad. Que la Santísima Trinidad sea nuestra mayor alegría, en Ella vivimos, nos movemos, existimos... Ella nos habita, está en nosotros, y nos une...y hacia la plena comunión con Ella caminamos. Que no desperdiciemos este gran regalo de su presencia en nosotros, regalo que llevamos en vasijas de barro... regalo inmerecido, pero que por su gran amor nos da cada día, en cada momento”.  

Amén (¡Que así sea!)