1ª Corintios 7, 25-31; Salmo 44; Lucas 6, 20-26
Homilía miércoles XXIII del Tiempo Ordinario
1ª Corintios 8,1b-7.11-13; Salmo 138; Lucas 6, 27-38
Homilía jueves XXIII del Tiempo Ordinario
Sacerdote de la Archidiócesis de Oviedo (España) Párroco de la UP de san Lázaro del Camino (Oviedo)
13-IX-2026 XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A)
Eclo. 27, 33-28,9; Sal. 102; Rm.14, 7-9; Mt. 18, 21-35
Queridos hermanos:
En la historia de Romeo y de Julieta se nos narra la situación de dos familias italianas: los Montesco y los Capuleto. Eran enemigos entre sí. Sus hijos eran hijos únicos. En una fiesta de disfraces, Romeo, se coló para hacer una broma, pero se enamoró de Julieta en un instante y lo mismo le ocurrió a ella. No pudiendo llevar a cabo su amor libremente, al final, se suicidaron. Pero después de bajado el telón de la obra literaria, sigue la vida: en casa de Capuleto no hubo más fiestas. Tampoco en casa de Montesco. Fueron languideciendo hasta que murieron sin descendencia y esas familias desaparecieron. El odio lleva a la muerte, el perdón a la vida.
La primera lectura y el evangelio de hoy nos hablan de perdón: de perdonar nosotros a los que nos han hecho o dicho algo malo, y así Dios podrá también perdonarnos a nosotros lo que hemos dicho o hecho mal. Le pregunta Pedro a Jesús: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” A lo que Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Y en la primera lectura leemos: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”
Hace un tiempo leí un libro que os recomiendo. Se titula: “El arte de bendecir” y lo escribió un suizo, Pierre Pradervand. Está publicado en la editorial Sal Terrae. Narra este autor el siguiente hecho: Un joven norteamericano acababa de ser formado en artes marciales en Japón. De regreso a su país y viajando en el metro, en un momento dado subió en el vagón un hombre muy grande, totalmente borracho y sucio, que chillaba desaforadamente. Empezó a golpear a varios viajeros, entre ellos una mujer, a la que hizo rodar por el suelo. El joven sintió una ira y quiso dar una lección a aquel energúmeno con lo que había aprendido de karate. Le daría una buena lección, pues, además, el borracho estaba empezando a insultarle a él. De pronto, en el momento en que iba a iniciarse la pelea, un viejecito arrugado, sentado en un rincón con su esposa, lanzó un grito penetrante. El borracho, asombrado, se volvió. El anciano hizo una señal para que fuera a sentarse a su lado. El viejecito empezó a hablar con el “hombrón” de cuánto le gustaba el whisky. Había encontrado un punto de encuentro con el “hombrón”. Al cabo de unos instantes hablaban como viejos camaradas. El borracho empezó a llorar. Había desaparecido toda su agresividad. Era como un niño. Entonces el joven karateka comprendió la lección maravillosa que le había dado el anciano: que la cima del karate consiste en no servirse nunca de él; que la verdadera victoria la obtiene uno sobre sí mismo, sobre su miedo, sobre su cólera. Y la última escena que contempló al dejar el vagón del metro fue la del borracho, desplomado sobre las rodillas del anciano que le acariciaba con cariño los cabellos sucios. Aquello era simplemente amor.
¿Cómo empezó Pierre a escribir este libro de “El arte de bendecir”? Pues resulta que un día en su trabajo fue despedido. Oigamos la narración de Pierre: “Durante las semanas y meses que siguieron, empecé a experimentar un rencor violento, y aparentemente imposible de desarraigar, contra las personas que me había puesto en aquella situación imposible. Al despertarme por la mañana, mi primer pensamiento era para aquellas gentes. Mientras me duchaba, al comer, al andar por la calle, al dormirme por la noche, me atenazaba aquel pensamiento obsesivo. El resentimiento me roía las entrañas y me envenenaba. Sabía que me estaba haciendo daño a mí mismo, y a pesar de mis oraciones, aquella obsesión me chupaba la sangre como una sanguijuela. Pero un día, una frase de Jesús se me clavó en el ser: ‘Bendecid a los que os persiguen’ (Mt 5, 44). De repente, todo se me hizo claro. Así, comencé a bendecir a los que me había hecho daño: los bendije en su salud, en su alegría, en su abundancia, en su trabajo, en sus relaciones familiares y en su paz, en sus negocios, etc. La bendición consiste en querer todo el bien posible para una persona o personas, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y quererlo desde el fondo del corazón con total sinceridad. Esta bendición transforma, cura, eleva, regenera, centra espiritualmente, y desembaraza nuestro ser de pensamientos negativos, condenatorios o críticos. Al comienzo bendecía sólo con mi voluntad, pero con una sincera intención espiritual. Poco a poco las bendiciones se desplazaron de la voluntad al corazón. Bendecía a las personas a lo largo de todo el día: mientras me limpiaba los dientes, mientras hacía footing, cuando iba a correos o al supermercado, mientras lavaba los platos o me iba durmiendo. Los bendecía uno a uno, en silencio, mencionando su nombre. Seguí esta disciplina y a los tres o cuatro meses me encontré bendiciendo a las personas por la calle, en el autobús, en las aglomeraciones. Bendecir se fue convirtiendo en uno de los mayores gozos de mi vida. No he recibido ningún ramo de rosas de mi antiguo empresario ni la más mínima expresión de afecto ni la menor excusa por su parte. Pero he recibido rosas de la vida, a manos llenas”. El odio hiere sobre todo al que lo genera. En tantas ocasiones, la persona odiada, o no se entera, o no le da importancia… Pero el que odia siente cómo si una alimaña le fuera destrozando por dentro y no deja en paz ni de día ni de noche. El que odia se vuelve un amargado, un murmurador constante, pues siempre tiene algo que hablar en contra de los demás. El que odia se aísla a sí mismo y genera más ira a su alrededor y en los que están a su lado. Por el contrario, el que perdona revive y siente como si una losa muy pesada es arrojada fuera de él.
Os propongo que ahora, según salgamos de la iglesia y de regreso a nuestras casas (o en otro momento), vayamos bendiciendo en silencio y en nuestro interior a todas personas con las que nos encontremos: “Que Dios Padre bueno te colme de su amor, de su ternura, que te perdone, que te dé la paz, la fe, la salud, la alegría...”
8-9-2026 SANTINA DE COVADONGA (A)
Cant. 2, 10-14; Lc. 1, 46-55; Ap. 11, 19a; 12, 1.3-6a.10ab; Lc. 1, 39-47
Queridos hermanos:
- A principios de agosto me preguntaba una persona por el libro del Apocalipsis, ya que había muchas cosas que no entendía en él (hablo de esto, porque la segunda lectura de hoy pertenece a este libro de la Biblia). Y es que en el Apocalipsis aparecen muchos símbolos y figuras, que tienen un determinado significado. Contrasta este libro y su redacción con la redacción y con el contenido de los evangelios, en los que Jesús habla de modo sencillo y todo el mundo es capaz de comprenderlo. En el Apocalipsis todo es mucho más complicado de entender. ¿Por qué y para qué se escribió este libro, y por qué se escribió de esta manera tan incomprensible hoy día para nosotros?
Históricamente, se sabe que el Apocalipsis fue escrito a finales del siglo I o principios del siglo II, cuando las persecuciones romanas contra los cristianos se hicieron más cruentas, en tiempos del emperador Domiciano. Éste, como algunos otros emperadores, exigían que sus estatuas fueran adoradas a lo largo de todo el imperio, cosa que los cristianos se negaban a hacer por motivos religiosos: los Césares se autoproclamaban 'Señor de Señores', además de 'hijos de Dios', títulos que los cristianos reservan exclusivamente para Jesucristo. Ante la negativa de los cristianos de adorar como dioses a los emperadores, estos los persiguieron a muerte. En este contexto histórico y en este clima de muerte y de persecución se escribió el Apocalipsis. Por ello, en este libro se hace referencia a estas persecuciones y a los consejos que se daba a los cristianos para que se mantuvieran en la fe y soportaran todos los sufrimientos, poniendo la esperanza final en el Reino de Dios[1]. Por lo tanto, el objeto de este libro es triple: 1) consolar a los cristianos en las continuas persecuciones que los amenazaban, 2) despertar en ellos "la bienaventurada esperanza" (Tito 2, 13) y 3) a la vez preservarlos de las doctrinas falsas de varios herejes que se habían introducido en el rebaño de Cristo.
Acerca de la simbología utilizada en el Apocalipsis recuerdo que, cuando yo estudiaba en el Seminario, le preguntamos a nuestro profesor de Sagrada Escritura sobre la utilidad de ese lenguaje simbólico del Apocalipsis y nos contestó que los cristianos de entonces estaban muy perseguidos, “que se les cazaba como a conejos”, que todo el mundo les denunciaba, incluso los propios familiares de los cristianos y, por ello, inventaron un lenguaje para comunicarse entre sí y que los demás no lo comprendiesen. Por ejemplo, no sé si sabéis que el símbolo del pez fue muy usado por los primeros cristianos. En griego, pez se dice "IXTHYS" (Ijzýs). Puestas en vertical, estas letras forman un acróstico[2]: "Iesús, Jristós, Zeú, Yiós, Sotér" = Jesús, Cristo, de Dios, Hijo, Salvador. De esta manera, cuando un cristiano se encontraba con otro, para saber si el otro también era cristiano dibujaba el pez y, si el otro respondía del mismo modo, es que los dos tenían la misma fe: en Jesucristo, el Hijo de Dios y Salvador del mundo[3]. Pues de la misma manera, el autor del Apocalipsis escribió este libro, que si caía en manos de no cristianos no pudieran entender gran cosa, pero para los creyentes en Cristo fuera perfectamente comprensible. Así, la “gran Babilonia” era Roma y su imperio que los estaba masacrando, la “bestia” o el “dragón” era Satanás o el mismo imperio romano, el “Cordero” es Jesucristo, las “doce estrellas” son los doce apóstoles, etc.
- Ya por lo que se refiere a la segunda lectura, vemos que en ella se menciona en dos ocasiones a una mujer. En un primer momento se dice que esta mujer estaba “vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas”. En un segundo momento se nos dice que esta mujer estaba embarazada, que iba a dar a luz a un niño, que, después de dar a luz, la mujer tuvo que huir al desierto. Pues bien, el significado de esta mujer es doble: en primer lugar, se refiere a la Virgen María, a la cual se le representa en muchas ocasiones con la luna de pedestal y rodeada de las doce estrellas, o también es la Virgen María quien dio luz a un hijo, a Jesús, y tuvo que huir de Herodes al desierto. Pero, en segundo lugar, esa mujer es la Iglesia, que tiene el sol (el sol representa a Dios), que tiene a los apóstoles (las estrellas), que tiene que huir al desierto por ser perseguida por el gran dragón.
Los dos significados no tienen por qué ser excluyentes entre sí: la Mujer, la Virgen María, ayuda hoy a la mujer, Iglesia. La Mujer (María) que estuvo en la tierra y ahora está en el Cielo ayuda ahora en los momentos difíciles a la mujer (Iglesia-cristianos) que hoy estamos en la tierra y que somos perseguidos por el gran dragón.
En efecto, hoy 8 de septiembre de 2026 celebramos a la Santina de Covadonga. Ella ayudó, en los principios del siglo VIII, a aquellos cristianos que estaban rodeados en las montañas asturianas y a punto de ser aniquilados. Ella nos ayuda hoy día ante tantas dificultades que tiene la vida. El gran dragón también está pendiente de tragarse los buenos frutos que hace Dios en nosotros, pero Dios y su Madre, María, nos ayudan en esta lucha diaria.
También hoy debemos utilizar, en estos momentos de persecución y burla ante todo lo cristiano y eclesial, de un lenguaje particular y que sea entendido y practicado por los cristianos. En este lenguaje usaremos estas palabras: esperanza, confianza, solidaridad, fe, humildad…
[1] Os aconsejo que leáis despacio y meditando los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis. Creo que os encantarán.
[2] Acróstico es una palabra griega que significa la primera letra de cada línea o párrafo.
[3] Recuerdo que, estando en Roma estudiando la licenciatura (era en el bienio 1988-1990) se produjo la caída del muro de Berlín. Entonces comenzaron a llegar muchas peregrinaciones de católicos a Roma de los países del este ya con los permisos de los gobiernos comunistas, y nos comentaron que, en una peregrinación que venía en tren desde Checoslovaquia, había infiltrados de la policía secreta a fin de espiar a los católicos. Estos, sin embargo, utilizaron un método para descubrirlos: pedían a los que estaban en los vagones del tren que dijeran el credo en latín y, los que no lo sabían, eran identificados inmediatamente como los infiltrados. Entonces, se les señalaba y sólo hablaban libremente cuando estos no estaban presentes.
1ª Corintios 2,10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37
Homilía martes XXII del Tiempo Ordinario
1ª Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44
Homilía miércoles XXII del Tiempo Ordinario
1ª Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11
Homilía jueves XXII del Tiempo Ordinario
6-9-26 DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO (A)
Ez.33, 7-9; Slm. 94; Rm. 13, 8-10; Mt. 18, 15-20
Queridos hermanos:
El pecado en el hombre y, por lo tanto, en la Iglesia es una realidad. La Iglesia no es un grupo de seres angelicales, sino de hombres y mujeres que, en medio de sus limitaciones y de sus flaquezas humanas, caminan unidos como hermanos hacia Dios. Jesús sabe esto y nos indica que la CORRECCIÓN FRATERNA es un medio de conversión. Jesús en el evangelio de hoy nos da unas normas prácticas para realizar la conversión. Ésta significa pasar del pecado a la Gracia, de la oscuridad a la Luz, de lo malo a lo Bueno, del no Dios a Dios, de la no fe o poca fe ‘a la más fe’…
- En o con la corrección fraterna lo más importante no es que el otro llegue a la verdad y salga del error. Lo importante es que el hermano se salve: “Si te hace caso, has salvado a tu hermano”.
Los pasos y condiciones para efectuar la corrección fraterna son los siguientes: 1) Jesús nos dice que utilicemos el amor y no sólo la verdad, ya que esta sin amor no es la verdad de Cristo. 2) Así, Jesús nos dice que, cuando vemos a un hermano en un error o en un pecado, lo que tenemos que hacer no es murmurar de él a sus espaldas, no es anunciarlo a los cuatro vientos a sus espaldas, aunque él actúe así con nosotros o con otros, sino que lo que tenemos que hacer es decírselo a él, a solas. 3) Si no nos hace caso (a lo mejor los equivocados somos nosotros), entonces busquemos algún testigo o testigos (personas de peso para el hermano que está en pecado y que amen al hermano que está en pecado –no se trata de avergonzarlo-) y ya se lo diremos ante estos testigos “para que todo el asunto quede confirmado por boca” de ellos.
Fijémonos ahora en dos casos de corrección fraterna. Veremos cómo se debe hacer y los podemos comparar con nosotros mismos y con nuestro modo de actuar. El primero se refiere a la adúltera (Jn. 8, 11). Únicamente Jesús empieza a hablar con ella para ‘reprenderla’ cuando están solamente ellos dos. Entonces le pregunta si alguien la ha condenado. Nadie lo ha hecho, contesta ella. Jesús le dice que tampoco Él la condena. Le dice que se puede ir, y sólo al final le indica que no peque más. Jesús no quiere humillar ni avergonzar a la mujer; Él quiere a la mujer y busca su bien. Estas dos condiciones son indispensables para reprender al modo de Jesús: amar al que se reprende y buscar su bien. Si no tenemos esto, es mejor que nos callemos, porque heriremos y causaremos más mal que el que haya ya. (Con relativa frecuencia asisto a discusiones entre los esposos, y uno y otro tratan de empujarme a que les dé la razón a ellos delante de su cónyuge. Esto nunca me gusta hacerlo. Si tengo algo negativo que decir de uno u otro, prefiero hacerlo a solas con cada uno en particular. Dios nunca humilla; no tenemos nosotros por qué hacerlo tampoco).
El segundo caso de corrección es éste: “Se cuenta que el discípulo de un sabio filósofo llegó a casa y le dijo: -Querido maestro, se dice que un amigo tuyo ha estado hablando mal de ti. –Espera –lo interrumpió el filósofo-. ¿Has hecho pasar por los tres filtros lo que ahora me vas a explicar? - ¿Los tres filtros? –preguntó el discípulo. –Sí. El primer filtro es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que me vas a decir es absolutamente cierto? –Bien, no lo sé directamente. Me lo han dicho unos vecinos. –Por lo menos –dijo el sabio-, lo habrás pasado por el segundo filtro que es la bondad. A ver, ¿esto que me vas a decir es bueno para alguien? – No, realmente, no. Más bien lo contrario. –Ah,… entonces miremos el último filtro. El último filtro es la necesidad, ¿crees que es realmente necesario hacerme saber esto que tanto te inquieta? – De hecho, no. -Entonces –dijo el sabio sonriente- si no es verdad, ni es bueno, ni es necesario, mejor lo enterramos en el olvido”. En esta ocasión, como observamos, el sabio buscó más enseñar a su discípulo que defenderse a sí mismo o atacar al que pudo haber murmurado contra él.
4) Hay un caso extremo que pone Jesús y es cuando el hermano pecador no hace caso ni siquiera a los dos o tres testigos. En este caso Jesús nos manda decírselo “a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano”, es decir, como si ya no perteneciera a la comunidad, a la Iglesia. Estos casos se refieren a comportamientos tan graves que ocasionan un grave escándalo a los hermanos y el pecador no quiere salir de su cerrazón y de su pecado. Además, su comportamiento no le afecta sólo a él, sino y sobre todo a los que están a su alrededor.
- Por otra parte y para profundizar más en este tema, tenemos que ser conscientes que en muchas ocasiones de nuestra vida intentamos cambiar a la gente… para que sean como nosotros o como creemos que deben ser. Esto es un gran error, aunque es comprensible, porque uno desea el bien (o lo que creemos que es el bien) para los demás. De todas formas, a la hora de cambiar a las gentes por dentro, he aprendido de Dios lo siguiente:
1) Hay que contar con la libertad humana. Nada es posible, ni siquiera para Dios, si uno mismo no quiere. La libertad humana tiene dos facetas: el hacer lo que creemos como conveniente y/o lo que queremos hacer, y el hacernos responsables de las consecuencias de nuestra libre actuación. Si uno hace lo que quiere y tienen que ser otros los que asuman las consecuencias de sus actos (vg., los padres), entonces no se está actuando con libertad.
2) Todos tenemos nuestro momento. Mirémonos a nosotros mismos. ¡Cuántas veces Dios estuvo detrás de nosotros para que cambiáramos y no le hicimos caso! Por eso, hay que esperar el momento de cada uno, que no es cuando nosotros queramos.
3) Todos tenemos nuestro ritmo. Hace falta tener paciencia y saber esperar por la gente.
4) Para llegar a Dios hay muchos caminos. No es el mío el único camino posible; se puede llegar a Dios de otros modos y maneras. Hemos de respetar las distintas sensibilidades y circunstancias. Dios sabe, nosotros no sabemos.
5) No podremos ayudar a los demás a que cambien si antes no les amamos y les aceptamos tal y como son. Y amar y aceptar a una persona no significa decir que lo que hace y dice está bien. No. Amar y aceptar a una persona significa que le miramos a él mismo y no tanto lo que hace o dice. En definitiva, tenemos que actuar al modo de Dios. Dios nos ama tal y como somos. No nos ama más porque seamos más buenos, ni nos ama menos porque seamos más malos.
30-8-2026 DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (A)
Jr. 20,7-9; Slm. 62; Rm. 12,1-2; Mt. 16,21-27
Queridos hermanos:
En la homilía de hoy me voy a fijar en la segunda lectura. Todo el capítulo 12 de la carta a los Romanos es una preciosidad. Yo lo descubrí hace unos años y, en ocasiones, al confesar, pongo de penitencia que se lea y se medite sobre este texto.
En la Misa de hoy hemos escuchado los dos primeros versículos. Vamos a tratar de profundizar un poco en ellos y aplicarlos a nuestra vida de fe.
- El primer versículo dice así: “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable”.
a) San Pablo se dirige a todos los que tenemos fe en Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Y se dirige a nosotros hablándonos desde “la misericordia de Dios”, desde el amor que Dios nos tiene, desde la ternura y el interés que siente por nosotros. Dios no nos exige amor. Dios es el que nos da su amor. Por ello, todo lo que nos diga y nos indique será para nuestro bien, no para el suyo.
b) San Pablo, en el nombre de Dios, y no en su propio nombre, nos suplica y nos pide a los cristianos que presentemos nuestros cuerpos a Dios. Aquí el verbo ‘presentar’ significa hacer un compromiso para siempre, pero este compromiso no se hace un día determinado, a una hora determinada, en un segundo determinado. NO. Este compromiso, esta presentación se ha de hacer cada día, cada hora, cada segundo de nuestra vida. Unos novios no pueden decir el ‘sí, quiero’ el día de su enlace y ya está. NO. Los esposos deben decir el ‘sí, quiero’ cada instante de su vida matrimonial. Un sacerdote no puede decir el ‘sí, estoy dispuesto’, el ‘sí, lo haré’, el ‘sí, quiero, con la gracia de Dios’ a su sacerdocio el día de su ordenación y ya está. NO. El sacerdote debe decir el ‘sí, estoy dispuesto’, el ‘sí, lo haré’, el ‘sí, quiero, con la gracia de Dios’ cada instante de su vida sacerdotal y pastoral.
c) ¿Qué tenemos que presentar? Nuestros cuerpos. ¿A quién? A Dios. Estos cuerpos que tenemos nos los ha dado Dios. Al decir ‘cuerpos’, se quiere indicar las cualidades, el pensamiento, la personalidad, la sabiduría, la salud, la fuerza, los conocimientos, los bienes materiales, las capacidades… que tenemos. Jesús puso su cuerpo al servicio de Dios Padre. Los santos pusieron sus cuerpos al servicio de Dios Padre. San Pablo nos pide que pongamos nuestros cuerpos enteros al servicio de Dios Padre.
Pero hay distintas maneras de poner nuestros cuerpos al servicio de Dios. Lo explico con la parábola de la gallina y del cerdo: Un granjero se acercó una mañana a una gallina y a un cerdo, y les hizo esta pregunta: ‘¿Queréis aportar para un desayuno con jamón y huevos?’ Para uno, la gallina, aquel desayuno significaba solo una contribución: entregar unos huevos. Para el otro, el cerdo, sin embargo, significaba un sacrificio total. Jesucristo fue quien hizo el sacrificio total: Él entregó a Dios todo su cuerpo, su vida, su tiempo, su fama, su alegría, sus penas, su juventud… Por eso, decía Él: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi padre” (Jn. 4, 34). E incluso, a la hora de morir, le entregó lo único que le quedaba: su espíritu (cfr. Lc. 23, 45). Del mismo modo los santos, a imitación de Jesús, entregaron sus cuerpos por entero sin reservarse nada. En nuestro caso, con frecuencia, hacemos como las gallinas: contribuimos, pero no nos sacrificamos de modo total.
d) ¿Cómo tenemos que presentar nuestros cuerpos? Dice san Pablo: hemos de presentarlos “como hostia vida, santa, agradable a Dios”. Viva, santa y agradable a Dios se opone a una entrega muerta, aburrida, a una mera costumbre, a regatear. Viva, santa y agradable a Dios también quiere decir que crece, que da alegría (a quien la da y a quien la recibe), que contagia… Tenemos el ejemplo de Caín y Abel (Gn. 4, 2-7): -Caín ofreció a Dios “algunos frutos del suelo”. No lo mejor, sino ‘algunos’ y de los frutos más corrientes: cebollas y tomates raquíticos, patatas cortadas por la azada, lechugas con las hojas comidas por los bichos… Porque lo mejor se lo reservaba para llevárselo al mercado y sacar buenos precios. La ofrenda era por salir del paso. Su entrega era aburrida, de mera costumbre, de regateo, de egoísmo, de mediocridad. – Sin embargo, Abel ofreció a Dios “las primicias y lo mejor de su rebaño”. La primera oveja, el primer ternero, lo mejor de su rebaño. Su entrega era consciente y voluntaria. –Por eso Dios se fijó en Abel y su ofrenda. No primero en su ofrenda y luego en Abel, sino primero en Abel y su corazón y su desprendimiento, y luego en su ofrenda. Y su entrega le fue agradable a Dios, porque veía en Abel una entrega viva y santa.
- El segundo versículo reza así: “Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.
a) Jesús nos dice en el evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí” (Mt. 12, 30). San Pablo presenta a los cristianos solo dos posibilidades: o se está con Dios o se está con el mundo. Quien está con este, piensa como este y actúa como este. Quien está con Dios, piensa como Dios y actúa como Dios.
Ajustarse a este mundo es adaptarse a lo que la mayoría dice o hace. Es mejor no significarse, no destacar, que no te señalen con el dedo. Es decir, estar como en la mili: no destacar ni por lo malo ni por lo bueno. Así te evitas problemas. ‘¿Dónde va Vicente? Donde va la gente’.
b) San Pablo en este versículo nos invita quitar de nuestra vida, de nuestro corazón, y de nuestra mente todos aquellos valores que no son de Dios: poder, dominio, egoísmo, cosas materiales, el hedonismo, la crítica, la ira, el rencor… Y nos invita a poner los valores de Dios: la entrega, el servicio, la ternura, la escucha, el perdón, la paciencia, el amor, la alegría… Todo esto es lo que agrada a Dios, lo que es perfecto, lo que es bueno. Todo esto es la voluntad de Dios y todo esto nos transformará interior y exteriormente.
c) Voy a leeros trozos de un libro que leí hace tiempo (I. Larrañaga, Las fuerzas de la decadencia, Paulinas, 256ss). Cuenta la historia de un chico, Ricardo, de 22 años, enfermo de cáncer. Estudiante de derecho. Se descubrió su enfermedad en 1987: tuvo diversas operaciones, recibió quimio y radioterapia, y a primeros de 1989 murió. Ricardo escribió 6 cartas en su enfermedad. En estos escritos veremos la renovación de la mente y la transformación que tuvo Ricardo: 1) “He sido feliz en este año. Agradezco a Dios este tiempo que me dio para crecer. Aunque uno nunca va a buscar el sufrimiento, cuando éste viene se pueden sacar muchos frutos”. 2) “Yo no me siento frustrado a pesar de que viví pocos años. Me siento realizado. Estoy en paz. Estoy totalmente en manos de Dios”. 3) “Lo que siento es dejaros. Pero no estéis tristes. Veo que es más fácil el papel de los que se van que de los que se quedan”. 4) “Si tengo paz interior, el dolor no me importa. Ya no me importa el sufrimiento físico. Sólo quiero morir en un momento de paz interior”. 5) “Para mí el mundo es como un huerto donde hay muchas frutas. Algunas maduran antes y otras después. Yo me siento de las primeras. Estoy preparado”. 6) “Todos queremos la felicidad, pero la única manera de alcanzarla es la aceptación de la realidad”. 7) “Señor, no sé hacia dónde me llevas, pero en ti confío. Tengo temor ante la incertidumbre, pero me apoyo en ti. Siento dolor, pero también alegría al ver que así participo en tu plan de salvación. Soy pequeño pero, al amarte, me siento útil”. 8) “Señor, con la enfermedad logré la felicidad, porque me desligó de las cosas y de mí mismo”. 9) “Hoy, Señor, vengo a agradecerte todo lo que me das. Hoy la alegría baña mi ser y hace que mis molestias casi no las sienta”. 10) “Aunque parece incomprensible, me siento un privilegiado. Porque si tú me pones esta cruz, es porque de alguna manera me quieres como a tu Hijo”.
En estas palabras y en esta vida de Ricardo, justo antes de su muerte, se hace realidad estos versículos de san Pablo que acabamos de escuchar y de meditar.