1-3-26 DOMINGO II
CUARESMA (A)
Gn. 12, 1-4a; Slm. 32; 2 Tim. 1, 8b-10; Mt. 17, 1-9
Homilía en vídeo.
Homilía de audio.
Queridos hermanos:
En este segundo domingo de Cuaresma
quiero, como otras Cuaresmas, exponer un examen de conciencia. Lo haré en este domingo
y en el siguiente.
No quisiera que este examen de
conciencia fuera una especie de losa sobre nosotros. No. La miseria humana, en
cristiano, va siempre acompañada de la misericordia de Dios. Sólo a través de
los ojos y del corazón de Dios el hombre puede y debe mirar sus propios
pecados. El nos los descubre, y al mismo tiempo nos los perdona. Pero yo no
puedo cambiar y caminar hacia Dios si no veo dónde estoy de verdad, y esto me
lo hace ver Dios con su luz admirable y con la paz maravillosa que nos concede
su perdón.
¿He sentido envidia hacia alguien por las cosas que tenía, por su carácter más
simpático o por su saber más grande que el mío, por su físico; de tal manera
que me alegraba de sus fallos o cuando las cosas le iban mal, y me entristecía
cuando las cosas le salían bien? El sentimiento de la envidia en muchas
ocasiones no es buscado por nosotros, pero es algo que surge en nuestro
interior y nos da mucha vergüenza. En determinados momentos la envidia que
sentimos es fruto de la tentación a fin de quitarnos la paz.
¿He sentido celos ante otras personas porque ellas son más valoradas que yo,
más tenidas en cuenta que yo, más apreciadas que yo? ¿He sentido celos porque a
los demás se les reconoce enseguida lo ‘poco’ que hacen, y a mí no se me reconoce
todo lo que hago (al cuidar a unos padres, al hacer las tareas de casa, en el
lugar de trabajo…)?
¿He hecho juicios en mi interior acerca de otras personas, descalificando
las actuaciones de los otros, como si todo o casi todo lo de ellos fuese malo?
El juicio interior supone ponerse en una posición de superioridad y desde ahí
considerar como negativo lo que los demás dicen, hacen o dejan de decir y/o de
hacer.
¿He murmurado contra alguien, bien iniciando yo la conversación o
siguiendo lo comenzado por otros? ¿He sacado los defectos de los demás a la
luz pública? La murmuración presupone un juicio previo. El juicio queda en mi
interior, mientras que la murmuración sale al exterior por la lengua. Lo malo o
negativo que veo en los demás, ¿soy capaz de decírselo al interesado o
interesada? La mayoría de las veces no, entonces ¿por qué lo digo?: ¿Porque me
interesa de verdad esa persona y que mejore; por pasar el rato; por despecho;
por quedar por listo o gracioso ante quien estoy murmurando? Si no soy capaz de
decir lo negativo al interesado, entonces es mejor que me calle o en todo caso
que se lo diga a Dios rezando por esa persona. Lo peor de la murmuración no es
lo que decimos, que en muchas ocasiones es cierto, sino el ‘tonillo’ con el que
decimos esas cosas, es decir, no hay caridad. Y la verdad que no va acompañada
de la caridad-amor, no es la verdad de Cristo. Yo no he descubierto nunca a
Dios diciéndome las cosas, ni a mí ni a nadie, restregándolas por las narices.
Dios me muestra las cosas, mi verdad, mis defectos, pero lo hace con tanto
amor, que veo lo que me dice, lo acepto y mi amor hacia Él crece más.
Aprendamos a hacerlo así y, si no lo hacemos así, es que estamos murmurando.
¿He difamado, es decir, he dicho cosas negativas de los demás que
son falsas, bien porque exagere lo que digo o porque no me cercioro y aseguro
de la veracidad de lo que escucho sobre los otros y ‘alegremente’ lo suelto sin
más? CUANTO DAÑO HACE LA LENGUA, NUESTRA LENGUA. Ya leemos en la epístola del
apóstol Santiago que “la lengua ningún
hombre es capaz de domarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con
ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres
creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones”.
“Todos faltamos a menudo, y si hay alguno
que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su
persona entera”.
¿Soy una persona mal hablada con frecuentes tacos, con blasfemias,
con palabras soeces o hirientes (‘cada día te pareces más a tu madre…’,
‘cállate, gorda…’); buscando siempre el insulto, el dejar mal a los otros, el
decir la palabra graciosa, aunque sea a costa de los demás?
¿He mentido a alguna persona, a mi familia, en el trabajo para no
quedar mal, por aprovecharme de otros, por venganza, etc.? ¿He dicho medias
verdades por las mismas motivaciones? Cuando Jesús fue condenado a muerte por
los judíos del Sanedrín, para ello utilizaron sus propias palabras. Le
preguntaron si Él era el Hijo de Dios y Jesús contestó que sí, que lo era. Y
esto le ocasionó su muerte. Podía haber dicho una mentira piadosa. Total esa
mentira piadosa le hubiera permitido vivir más años, curar a muchos enfermos,
hacer muchos milagros, enseñar mejor a los apóstoles, asentar mejor la Iglesia
que quería fundar, anunciar mejor el mensaje de Dios Padre. Pero no, Él dijo
siempre la verdad, aún a costa de ser muerto, aún a costa del fracaso de su
misión entre nosotros. Y su verdad le llevó a la cruz, y esta cruz, fracaso
entonces, es salvación para todos nosotros.
¿He sido impaciente con los demás y conmigo mismo? Él impaciente es aquél
que no tiene paz en su corazón y por eso ‘salta’ con frecuencia. Estoy
impaciente cuando no soy capaz de esperar con sosiego y tranquilidad que llegue
el ascensor al que he llamado, a que el semáforo se ponga en verde, a que te
atiendan en el médico, o que atienden en el supermercado a la persona que está
por delante de mí. Estoy impaciente cuando no me pongo en el lugar de los otros
y quiero que ellos hagan las cosas como yo las hago y en el tiempo en que yo
las hago. No aguanto los fallos de los demás, pero los míos propios… tampoco.
¿He tenido ira, rabia, enfados hacia alguna persona (familiar, amigo, en el
trabajo, etc.), y he manifestado esta ira externamente con expresiones
hirientes o soeces, con voces, o incluso también en mi interior?
¿Tengo rencor hacia alguna persona, de tal modo que no hablo con esa
persona, ni la perdono de ningún modo y, cuando la veo o surge una conversación
sobre ella, siempre se nota mi inquina contra ella? ¿Llevo mi ‘agenda’ de los
agravios que me han hecho los demás y las fechas en que me las han hecho y ante
quien me las han hecho? ¿Hay alguien a quién no salude ni tenga intención de
hacerlo? ¿Soy una persona vengativa; las cosas que me han hecho las tengo bien
guardadas y presentes, y ante la más pequeña oportunidad se las ‘restriego’ en
la cara o suelto mi ‘veneno’ ante otras personas?
¿He tenido pereza para levantarme, para acostarme, para hacer los estudios, el
trabajo, mis oraciones, asistencia a la Misa, etc.? Perezoso es aquel que hace
las cosas que le gustan, y las que no, las va dejando siempre de lado: el cesto
de la plancha, los azulejos, tareas en el trabajo, escribir cartas, visitar a
personas, enfermos. Con frecuencia la pereza va asociada al egoísmo, pues saco
tiempo para las cosas que me gustan y me interesan, pero las otras cosas quedan
las más de las veces sin hacer o a medio hacer.
¿He perdido el tiempo? Tenía diversas cosas que hacer y las he ido
dejando de lado para hacer lo que me gusta: ver la Tv, hablar por teléfono,
leer una novela, dar la lengua con alguien… y mientras tanto las cosas sin
hacer.
¿He tenido gula, es decir, me dominan las apetencias y los gustos por encima
de mi voluntad: domina el dulce sobre mi voluntad, domina el alcohol sobre mi
voluntad, domina el café sobre mi voluntad, domina el tabaco sobre mi
voluntad…? Seguramente que en muchas ocasiones pensamos como el gallego:
‘perdono o mal que me fai, por o ben que me sabe’. Tengo gula cuando como entre
horas por el simple hecho de picar, o como nada más de lo que me gusta, o no
como jamás lo que no me gusta, o protesto por la comida, o como o bebo con
ansia, etc.