jueves, 5 de febrero de 2026

Domingo V del Tiempo Ordinario (A)

8-2-26                            DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO (A)

 

Is. 58, 7-10; Slm. 111; 1 Cor. 2, 1-5; Mt. 5,13-16

CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE 

Queridos hermanos:

            Un año más celebramos la colecta de la Campaña contra el Hambre. El año pasado se pedía en nuestro arciprestazgo de Oviedo para el ‘Fomento de la inclusión social y laboral de la población en situación de riesgo en Wau (Sudán del sur)’. El importe total era de 108.493,00 €. Al frente del proyecto estaban los religiosos salesianos. Los beneficiarios directos: 480, los indirectos: 2.400. Hemos recibido el informe con fotografías, que está a vuestra disposición para que se pueda corroborar a dónde ha ido el dinero enviado por nosotros.

            Antes de presentar el proyecto para este año, hemos de recordar el lema de la campaña que Manos Unidas nos propone hoy: «Declara la guerra al hambre». Las esperanzas de paz en nuestro mundo se vinculan con el reto de una vida digna para todo ser humano, León XIV nos invita, en su Exhortación Apostólica ‘Dilexi te’ (Te amo) de octubre de 2025, a comprometernos con el bien común y, en particular, con la defensa de los más débiles y desfavorecidos; el reconocimiento de la dignidad de millones de personas privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones similares a la esclavitud. Es, sin duda, una forma humana y sobre todo cristiana de apostar por una paz que erradique toda forma de violencia, incluida la estructural. Según León XIV, «la dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no mañana». Desde esta convicción, el Papa no dice: «Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: “Yo te he amado” (Ap 3,9)»

Para este año se nos presenta el siguiente proyecto en la República Democrática del Congo - África Central. El proyecto desea una mejora del acceso a la educación primaria en zona rural Impanga – Idiofa. Importe total 81.249,00 €. Al frente del proyecto está la Diocesis d'Idiofa. Los beneficiarios directos: 785, los indirectos: 4.710.

1.- RESUMEN DEL PROYECTO. Nos situamos en la parroquia de Mwilambongo, una de las 43 de la diócesis de Idiofa. La región sufre serios problemas climáticos y deforestación. El clima es tropical, tiene dos estaciones principales: seca y 8 meses de estación lluviosa. No hay carretera trazada y en periodo de lluvias es intransitable. Se accede solo en moto o vehículos todo terreno. La población es en su mayoría muy vulnerable. Vive de la agricultura y de la pesca tradicional, que practican de manera rudimentaria, así como del comercio de subsistencia. Producen aceite de palma, maíz, mandioca, mijo, calabaza, etc. y talan madera para transformarla en carbón vegetal para cocinar. Sus prácticas arcaicas y su desconocimiento no les permiten diversificar su producción, ni producir al máximo de su capacidad, por lo que no pueden generar mayores ingresos. Sus ingresos medios oscilan entre 15 y 35 USD/mes/familia. Además de la pobreza, se enfrentan al aislamiento, la falta de infraestructuras básicas de agua y electricidad, la ausencia de comunicaciones, sanidad, etc. Su nivel de vida es muy inferior a los estándares mínimos de dignidad humana. Son familias numerosas, de más de 6 hijos, que viven en casas construidas con materiales no duraderos, sin agua potable, ni luz. La situación de las mujeres es muy difícil. Las niñas, claramente desfavorecidas en el acceso a la educación, puesto que se prioriza a los chicos, están destinadas al matrimonio a edades tempranas.

Algunas ONG trabajan en temas agropecuarios y reforestación, pero pocas en educación. La escuela de Primaria de Sta. Teresa de Mwilanbingo se crea en los años 60, una época en la que la economía y la situación del país eran florecientes y por iniciativa del director y de los padres del poblado, que reunieron fondos para su construcción. Es una escuela concertada católica, que en su día tuvo 36 aulas, actualmente derruidas en su mayoría por falta de medios económicos para mantenerlas. Hoy tienen autorización estatal para 20 aulas, pero solo están en uso 7, con una media de 77/niños por aula. Cuentan con 18 maestros y personal de dirección. No hay equipamiento en las aulas y el hacinamiento y las condiciones de los alumnos es inapropiado para un buen desarrollo. Las letrinas están saturadas e inutilizadas por vetustas, y son foco de infecciones.

En este entorno, la Coordinación de Escuelas Católicas de Idiofa, nuestra organización socia local, solicita la ayuda de Manos Unidas para la construcción y equipamiento en 1 año, de una edificación de 5 aulas y un bloque con 4 letrinas. El socio local y los beneficiarios aportan 10% y Manos Unidas el 90% de una edificación que garantizará un entorno de seguridad y mejorará el rendimiento académico y la motivación de los alumnos. El socio local contribuirá igualmente organizando sesiones formativas a los docentes y a los niños centradas en higiene y salud. Impulsarán acciones transversales en coordinación con los diferentes actores del ámbito educativo para fomentar la asistencia de las niñas a las aulas. El equipo de docentes trabajará en un entorno educativo adecuado. La implementación de este proyecto permitirá que 785 personas desarrollen sus actividades en un colegio digno, constituyéndose en un elemento clave para el desarrollo integral de los alumnos y el fortalecimiento de las competencias docentes.

2.- BENEFICIARIOS. Los beneficiarios son 767 alumnos, 498 niños y 269 niñas, que en la actualidad y ante la falta de aulas están hacinados en las aulas con una media de 77 alumnos por aula. Son niños de entre 6 y 12 años, que residen en un entorno agrícola muy vulnerable. Muchos viven en medio del campo a una distancia de 5 km que realizan a pie. Igualmente, entre los beneficiarios hay 16 maestros, todos ellos pagados por el Estado congoleño. Son 9 mujeres y 7 hombres. Además de los dos directores. Los beneficiarios directos de este proyecto serán los 785 mencionados que realizarán actividades escolares y utilizarán las nuevas instalaciones.

3. - PARTICIPACIÓN EN LA ELABORACIÓN DEL PROYECTO. Al tratarse de una población muy vulnerable, la aportación de los beneficiarios será como mano de obra, llevando arena, cemento, piedras, agua, colaborando en la construcción. Esto está valorado en 2.300 $ durante el proceso de construcción. Una vez el proyecto terminado, se ocuparán de su mantenimiento y limpieza. El Socio Local aporta también 1.720 $ en sesiones de formación anuales a lo largo de las 38 semanas lectivas.

4.- ACTIVIDADES A REALIZAR. Construcción de un edificio de 5 aulas, total 67.667 euros (Manos Unidas: 59,400; Socio Local: 6.267. Beneficiarios: 2.000). Construcción de letrinas: Manos Unidas: 14.415 euros. Las aulas constarán de equipamiento como bancos, sillas, mesas y armarios.

miércoles, 28 de enero de 2026

Domingo IV del Tiempo Ordinario (A)

1-2-26                            DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO (A)

Sof. 2, 3;3, 12-13; Slm. 145; 1 Cor. 1, 26-31; Mt. 5, 1-12a

Aviso 

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy hablamos de la Pasión del Señor.

Párrafo 2. Jesús murió crucificado.

I. El proceso de Jesús.

No todos los judíos, ni los fariseos, ni los sumos sacerdotes estaban contra Jesús. al día siguiente de Pentecostés ‘multitud de sacerdotes iban aceptando la fe’ (Hch 6, 7) y que ‘algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe’ (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que ‘miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley’ (Hch 21, 20) (n. 595).

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19) […] El Sanedrín declaró a Jesús ‘reo de muerte’ (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21) (n. 596).

La Iglesia declara que no es el pueblo judío quien colectivamente es responsable de la muerte de Jesús, sino que son todos los pecadores, cristianos incluidos. Ahí están las terribles palabras de san Francisco de Asís: Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados.

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de la salvación.

Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: ‘Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios’ (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han ‘entregado a Jesús’ (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios (n. 599). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18) (n. 560).

Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36) (n. 601).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, ‘Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros’ (Rm 8, 32) para que fuéramos ‘reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo’ (Rm 5, 10) (n. 603).

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: […]  ‘La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros’ (Rm 5, 8) (n. 604). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo’ (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624) (n. 605).

III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados.

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra’ (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús ‘por los pecados del mundo entero’ (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre (n. 606).

Jesús fue libre toda su vida, incluso a la hora de su muerte: Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, ‘los amó hasta el extremo’ (Jn 13, 1) porque ‘nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: ‘Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente’ (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53) (n. 609).

Jesús anticipó en la última Cena su entrega libre: “‘Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros’ (Lc 22, 19). ‘Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28) (n. 610). El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní […] Jesús ora: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...’ (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana (n. 612).

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia (n. 614). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (n. 616).

Jesús llama a sus discípulos a ‘tomar su cruz y a seguirle’ (Mt 16, 24) porque Él ‘sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas’ (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24) (617).

Párrafo 3. Jesús fue sepultado.

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente ‘muriese por nuestros pecados’ (1 Co 15, 3) sino también que ‘gustase la muerte’ (Hb 2, 9) , es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20)” (n. 624).

“‘Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A) (n. 626).

De Cristo se puede decir a la vez: ‘Fue arrancado de la tierra de los vivos’ (Is 53, 8); y: ‘mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción’ (Hch 2,26-27; cf. Sal 16, 9-10) (n. 627).

jueves, 22 de enero de 2026

Domingo III del Tiempo Ordinario (A)

25-1-2026                   DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

Is. 9, 1-4; Slm. 26; 1 Cor. 1, 10-13.17; Mt. 4,12-23

Homilía de vídeo.  

Homilía en audio.  

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy nos toca hablar de la Pasión del Señor.

Artículo 4. “Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”.

El Misterio Pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciarlo al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de ‘una vez por todas’ (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo (n. 571).

Párrafo 1. Jesús e Israel.

 Desde los comienzos del ministerio público de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron de acuerdo para perderle […]  Se le acusa de blasfemo (cf. Mc 2, 7; Jn 5,18; 10, 33) y de falso profetismo (cf. Jn 7, 12; 7, 52), crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (cf. Jn 8, 59; 10, 31)” (n. 574).

“A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar contra las instituciones esenciales del Pueblo elegido:

– contra la sumisión a la Ley en la integridad de sus prescripciones escritas.

– contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar santo donde Dios habita de una manera privilegiada.

– contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede compartir” (n. 576).

I. Jesús y la Ley.

“Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza: ‘No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una ‘i’ o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos’ (Mt 5, 17-19)” (n. 577).

“Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos, según su propia confesión, jamás han podido cumplir la Ley en su totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13, 38-41; 15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley” (n. 578).

“Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un ‘rabbi’ (maestro). [...] Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley, porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que ‘enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas’ (Mt 7, 28-29). […] Esa palabra no revoca la Ley, sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: ‘Habéis oído también que se dijo a los antepasados [...] pero yo os digo’ (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas ‘tradiciones humanas’ (Mc 7, 8) de los fariseos que ‘anulan la Palabra de Dios’ (Mc 7, 13)” (n. 581).

“Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía: ‘Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro [...] —así declaraba puros todos los alimentos— . Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas’ (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no aceptaban su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24), que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf. Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que realizan sus curaciones” (n. 582).

II. Jesús y el Templo.

Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23) (n. 583).

Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13) […]  Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21) (n. 584).

Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2) […] Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (cf. Mt 27, 39-40) (n. 585).

III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador.

“Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema, porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33), o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26)” (n. 589).

“Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: ‘El que no está conmigo está contra mí’ (Mt 12, 30); lo mismo cuando […] afirma: ‘Antes que naciese Abraham, Yo soy’ (Jn 8, 58); e incluso: ‘El Padre y yo somos una sola cosa’ (Jn 10, 30)” (n. 590).

“Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38) […] Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la "incredulidad"[1] (Rm 11, 20)” (n. 591).



[1] Del mismo modo, quien hoy rechace a Jesús lo hará por alguno de estos tres motivos: por ignorancia, por endurecimiento de su corazón debido a sus pecados y que no quiere cambiar de vida, y por no fiarse de Dios, siendo incrédulo como Tomás.