jueves, 7 de enero de 2021

Bautismo del Señor (B)

10-1-2021                              BAUTISMO DEL SEÑOR (B)

Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hch.10, 34-38; Mc. 1, 7-11

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            El miércoles pasado, 6 de enero, celebrábamos la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir, la fiesta de la Adoración de los Reyes Magos. Hoy domingo, 10 de enero, celebramos ya el Bautismo del Señor. Es decir, Jesús acaba de nacer y ya Dios Padre lo envía a cumplir la misión para la que lo había mandado a la tierra. ¿Cuál es la misión de Jesús en la tierra? Nos lo dice la primera lectura: “yo te he llamado para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”.

            Voy a desarrollar el mensaje de hoy en cuatro ideas:

            1) Hace años un vendedor fue al Polo Norte a vender bañadores y biquinis. Hace años un vendedor fue al desierto a vender trajes de esquiar. Hace años un vendedor fue al medio del Amazonas a vender aspiradores eléctricos en donde no había ni para enchufar un solo cable. Ninguno de esos vendedores pudo vender nada. Nadie quería sus mercancías, pues no eran ni útiles ni necesarias.

            Pero si es terrible para los vendedores que nadie quiera sus mercancías, porque no las necesitan, más terrible es aun cuando la gente no quiere las ‘mercancías’ que Jesús nos ofrece y que la gente dice no necesitar.

            Cuando Jesús predicó hace casi 2.000 años, cuando Jesús habló a la gente de parte de Dios, una inmensa mayoría no quiso escucharle, no quiso ‘comprarle sus mercancías’. Unos le siguieron por la novedad, otros (como los hermanos Juan y Santiago) para estar en los puestos de honor, otros solo para curarse, otros para ver milagros…, pero muy pocos quisieron y aceptaron enteramente el mensaje de Jesús. Por eso, a la hora de su muerte, en el Calvario, quedaban muy pocos de sus seguidores.

            2) ¿Queremos nosotros las ‘mercancías’ que Jesús nos ofrece? ¿Necesitamos nosotros las ‘mercancías’ que Jesús nos ofrece?

Jesús quiere hoy bautizarnos con agua y con Espíritu Santo a todos nosotros. Nuestra respuesta es: ¡YA ESTAMOS BAUTIZADOS!

            Jesús quiere hoy abrirnos los ojos, que están ciegos a tantas cosas y verdades de la fe y de la vida. Nuestra respuesta es: ¡NO ES NECESARIO! ¡YA VEMOS!

            Jesús quiere hoy sacarnos de las prisiones en las que estamos encerrados. Nuestra respuesta es: ¡NO HACE FALTA! ¡SOMOS LIBRES Y VAMOS A DONDE QUEREMOS! ¡NO ESTAMOS EN NINGUNA CARCEL!

            Jesús quiere hoy darnos luz para que salgamos de las tinieblas que nos rodean. Nuestra respuesta es: ¡GRACIAS, NO HACE FALTA! ¡TENEMOS LA LUZ DEL SOL O LA LUZ DE LAS BOMBILLAS Y FAROLAS DE NUESTRAS CASAS Y DE LAS CALLES!

            Cada vez menos gente quiere las ‘mercancías’ de Jesús.

            3) ¿Qué vamos a hacer, entonces, aquellos que seguimos el encargo que Dios Padre dio a su Hijo Jesucristo? ¿Rendirnos? ¿Acobardarnos? ¿Acomplejarnos? ¿Abandonar? ¿Escondernos? ¿Encerrarnos dentro de la parroquia o de nuestras casas?

            ¿Qué significa rendirnos, acobardarnos, acomplejarnos, escondernos…? Con un ejemplo quedará más claro: En cierta ocasión san Francisco de Asís iban de un sitio a otro anunciando el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús. Le acompañaba un franciscano sencillo y entusiasta: Egidio, y sucedió lo siguiente: “A cuantos se le cruzaban en el camino, el hermano Egidio se abría en una ancha sonrisa, levantaba la voz y decía: ‘El Señor te dé la paz’. Cuando veía campesinos cortando pasto o escardando maíz, desde la vereda o aproximándose a ellos, les gritaba jubilosamente: ‘El Señor te dé su paz’. Los aldeanos se quedaban sin saber qué responder. Por primera vez oían semejante saludo. Varias veces repitió Egidio la misma escena. ‘Este está chiflado’ –dijeron por fin unos segadores, y sintiéndose burlados, comenzaron a replicarle con palabras gruesas. Egidio se asustó al principio. Después le dio vergüenza. Más tarde sintió desfallecer momentáneamente su entusiasmo por este género de vida. Se aproximó atemorizado a Francisco y le dijo: ‘Hermano Francisco, no entienden el saludo. Creen que estoy burlándome de ellos. ¿Por qué no me permites saludar como todo el mundo?’”. Seríamos capaces nosotros de saludar por el teléfono, por las calles a la gente, no con el ‘buenos días’ o con el ‘buenas tardes’, sino con las palabras de san Francisco de Asís: “El Señor te dé la paz”. Muchas gente diría que NO. Decimos que NO por miedo al ridículo, y preferimos hacer el ridículo ante Dios antes que hacer el ridículo ante los hombres. Preferimos seguir al mundo antes que a Dios.

            4) Quisiera que el día de hoy fuera:

a) el día de la fidelidad al Señor,

b) el día del recuerdo de nuestro Bautismo,

c) el día de levantarnos una vez más de nuestras cobardías, de nuestras miserias y de nuestros pecados,

d) el día en que le prometamos al Señor coger la antorcha que Jesús nos dejó,

e) el día en que llevemos la luz de Dios a todos los hombres,

f) el día en que sigamos abriendo los ojos a los ciegos,

g) el día en que sigamos dando libertad a los encarcelados de sus propios miedos y desgracias,

h) y el día en que sigamos sacando de las tinieblas a los que anhelan la luz.

            Por eso, para renovar nuestro Bautismo y la misión que Dios nos encomendó, os propongo que repitamos ahora nosotros el Credo. Por nosotros lo hicieron hace ya años nuestros padres y padrinos. Ahora ya podemos hablar nosotros por nosotros mismos y lo hacemos así (de pie):

“- ¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?
R: Sí, creo.

- ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?

R: Sí, creo.

- ¿Creéis en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la Vida eterna?

R: Sí, creo.

- Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

R: Amén”.

lunes, 4 de enero de 2021

Epifanía del Señor (B)

6-1-2021                                EPIFANIA DEL SEÑOR (B)

Is. 60, 1-6; Sal. 71; Ef. 3,2-3a.5-6; Mt. 2, 1-12

Homilía en vídeo. 

Adoración del Niño Jesús.

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            Celebramos hoy la festividad de la Epifanía (que significa “manifestación”) o popularmente conocida como la fiesta de los Reyes Magos.

            Sabéis que siempre se dice que los Magos de Oriente eran 3: Melchor, Gaspar y Baltasar. Según nos cuenta el evangelio de S. Mateo, estos Magos en sus países de origen habían visto salir una extraña estrella que anunciaba la aparición de un niño que sería el Rey de los judíos y, además, estaba llamado a cumplir una misión entre los hombres. Estos Magos se pusieron en camino desde sus lugares de residencia para conocer a este niño. Fueron guiados por la estrella hasta donde estaba el niño con sus padres. Allí lo adoraron, le ofrecieron oro, incienso y mirra, y se volvieron a sus países. Seguramente ya nunca más volvieron a ver sobre la tierra a este niño.

            Pues bien, yo hoy quisiera hablaros del cuarto Rey Mago: Akín. De este no se dice nada en el evangelio, porque él no se acercó a adorar al niño. Akín en su país también vio la estrella y le llamó mucho la atención. Aquella estrella le hizo arder su corazón, le dio ilusión y esperanza. Sin oír palabras, aquella estrella parecía que le hablaba de parte de Dios y era como la señal de algo más grande que estaba a punto de aparecer. Akín veía que la estrella no se estaba quieta, sino que caminaba en una determinada dirección y era como si le animase a seguirla. Pero… seguirla significaba dejar la tranquilidad y el sosiego de su casa; significaba hacer unos gastos de desplazamiento; significaba exponerse al peligro del camino; significaba el que tal vez fuera simplemente una imaginación suya el que aquella estrella lo invitase a seguirla y que su trayectoria no llevase a… ningún sitio. Akín era vecino de Melchor y supo que este también había visto la estrella y que se estaba preparando para seguirla. Finalmente, Akín decidió quedarse en casa, pues era lo más prudente. Melchor se marchó y, cuando al cabo de una temporada regresó, fue hasta Akín y le contó todo lo que le había pasado: como se había ido encontrado con otros dos personajes (Gaspar y Baltasar), como pasaron sed y hambre, como habían muerto algunos de sus sirvientes durante el camino a causa de las enfermedades, como estuvieron en peligro por Herodes y como un sueño les había salvado, pero lo más maravilloso –le decía Melchor- fue cuando en un establo de animales habían encontrado, gracias a la estrella, a un niño con sus padres y allí le habían adorado y ofrecido sus regalos. Enseguida tuvieron que marcharse y retornar a sus países. Akín se quedó estupefacto: todo ese viaje, todos esos peligros, toda esa estrella “maravillosa” para ver simplemente un niño recién nacido con sus padres en un establo. Para eso no hacía falta tanta molestia. Akín podía ver cuando quisiera a los niños recién nacidos de sus criadas y sin falta de salir de sus posesiones ni de gastar dinero, ni de pasar por peligros. Akín no se rió delante de las barbas de Melchor por prudencia y respeto, pero pensó qué bien había hecho no moviéndose de casa por una simple corazonada y por una estrella un tanto extraña que había aparecido una vez en el firmamento.

¿Os ha gustado el cuento? Pues entonces vamos a sacarle la moraleja, pues ya sabéis que todos los cuentos tienen su moraleja. Este cuarto Rey Mago es la figura de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo.

- Akín es figura de las personas que no creen en Dios o viven de espaldas a Dios. Hace un tiempo leí la siguiente noticia en Internet: “Dos autobuses de Barcelona lucirán desde el próximo lunes y durante dos semanas, una inscripción publicitaria ateísta, que dice así: ‘Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida’. Esta iniciativa ha sido realizada por la Unión de Ateos y Librepensadores. Ante la llegada a Barcelona de esta campaña ateísta, que ya se ha llevado a cabo en Londres, el arzobispado de Barcelona ha emitido un comunicado en el que subraya que para los creyentes en Dios ‘la fe en la existencia de Dios no es motivo de preocupación, ni es tampoco un obstáculo para gozar honestamente de la vida, sino que es un sólido fundamento para vivir la vida con una actitud de solidaridad, de paz y un sentido de trascendencia’”.

- Akín es figura de los creyentes no practicantes, los cuales en ocasiones sienten en su corazón algo de fuego divino, de llamada de Dios a una mayor entrega..., pero la comodidad, la “prudencia humana”, el egoísmo les lleva a no iniciar ningún movimiento y buscar más profundamente en su vida.

- Akín es también figura de tantos creyentes practicantes que vegetan con su fe: total para qué exponerse a más peligros, burlas, si al final la recompensa es simplemente algo que no es tangible, que no se ve, que no se oye. Y a lo mejor es sólo un autoengaño que nos hacemos a nosotros mismos.

            Sigamos con el cuento: Han pasado los años; la vejez y la muerte han alcanzado a Melchor, a Gaspar, a Baltasar (los buscadores de Dios) y también a Akín. Ahora, tras su muerte, los cuatro se han encontrado con ese niño que anunciaba la estrella. Melchor, Gaspar y Baltasar vieron que mereció la pena vivir en la pura fe: oscura, pero cierta. Ellos vieron la estrella unos pocos días de su vida, vieron un niño durante unas horas y de eso vivieron en su fe el resto de sus vidas. Para ellos mereció la pena.

Pero vamos ahora con Akín. ¿Qué dirá Akín ahora de su prudencia?

            Nosotros podemos aún ver la estrella del niño Jesús y ser, como los 3 Magos, buscadores de Dios. Ellos nos dicen que mereció la pena.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Domingo II después de Navidad (B)

3-1-2021                     DOMINGO SEGUNDO DESPUES DE NAVIDAD (B)

Eclo. 24, 1-4.12-16; Sal. 147;Ef. 1, 3-6.15-18; Jn. 1, 1-18

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            En el evangelio de hoy se nos dice: Jesús “vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Y hoy quisiera comentar estas palabras que tengo subrayadas en negrita.

            El Niño Jesús no nació de un amor carnal, ni de un amor humano, ni de la sangre. El Niño Jesús ha nacido de Dios. Fue Dios quien engendró en el vientre de María a su Hijo. Así, Jesús pasó de Dios a hombre, pero sin dejar de ser Dios.

            Pues del mismo modo, como nos dice este evangelio y estas palabras que hoy quiero comentar, nosotros los hombres sí que hemos nacido de sangre, de amor carnal y del amor humano de nuestros padres. Pero, para ser completos, necesitamos nacer también de Dios.

1) Mas, ¿qué significa ‘nacer de Dios’? De alguna forma esta respuesta la encontramos en el diálogo entre Nicodemo y Jesús. Este le dice: “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3,3). Nacer de nuevo significa que Dios entra en nuestro ser y nos quita todo lo que no es Dios: los malos humores, las envidias, los egoísmos, la soberbia, la incomprensión, la codicia, el no fiarnos de Dios… Al mismo tiempo nacer de nuevo, nacer de Dios significa que Jesús nos regale su paz, su comprensión, su amabilidad, su perdón, su alegría, su fortaleza, su valentía, su fe, su amor… Nacer de Dios significa que Dios se nos regala a sí mismo y con todos sus frutos: ausencia de pecado y plenitud de santidad.

2) ¿Cómo podemos ‘nacer de Dios’? Existen varios modos:

- Uno de ellos mediante el sacramento del bautismo.

- Nacemos de Dios cuando hacemos la vida fácil a los demás y nos ponemos ante ellos en actitud de servicio.

- Nacemos de Dios cuando somos capaces de perdonar el mal que otros no han hecho o que pensamos que nos han hecho.

- Nacemos de Dios cuando visitamos enfermos y ancianos y personas en soledad.

- Nacemos de Dios cuando hacemos el bien a los niños, adolescentes y jóvenes-Recuerdo con cariño y agradecimiento las tardes de los domingos que D. Laurentino, el sacerdote que me mandó para el Seminario, pasó conmigo y con otros jóvenes y adolescentes en su casa: hablábamos, jugábamos a las cartas, planeábamos algo para la parroquia... Recuerdo con cariño los viajes a los que me llevaba: por antiguas parroquias suyas en Teverga o en Turón, o llevándome a Fátima o a Lourdes. Hoy soy como soy, gracias a esos días y horas que ese cura ‘perdió’ conmigo y con otros. El tiempo invertido en los niños, en los adolescentes y en los jóvenes nunca se pierde… ni para ellos ni para los que trabajan con ellos. Ese sacerdote nació de Dios en ese tiempo y los jóvenes y niños que estábamos con él también.

- Nacemos de Dios cuando un padre y una madre dedican su vida al trabajo y a vivir en familia para sacar su matrimonio y sus hijos adelante.

- Nacemos de Dios cuando dedicamos nuestro tiempo y nuestro dinero a actividades a favor de los demás: Caritas, omisiones de cementerios, asociaciones de vecinos… Todo aquello que no sea mirarse al ombligo y rascarse la barriga.

- Nacemos de Dios cuando dedicamos un tiempo a la oración, a la escucha de Dios en nuestro interior.

- Otro modo es mediante un encuentro de Dios con nosotros. No de nosotros con Dios, sino de Él con nosotros. Voy a poner un ejemplo: ¿Habéis oído hablar de Manuel García Morente? Manuel nació en 1886 y huyó por la guerra civil española a París. Él fue catedrático de Ética y ateo confeso, pero un día se convirtió al catolicismo y más tarde se ordenó sacerdote. Aquí está el relato de su conversión en base a un encuentro personal con Dios. Estando en París, el 29 de abril de 1937, a medianoche se puso a oír música clásica. Escuchaba ‘L’enface de Jesús’, de Berlioz y de repente le sucedió esto que escribió en su diario: “No puedo decir exactamente lo que sentí: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable que iba a suceder ya mismo, en el mismo momento, sin tardar. Me puse en pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y la percibía: Percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras –negro y blanco- que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación, ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente, y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar, ni tocar nada le percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era Él o que yo deliraba, podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo, resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era Él, porque yo le he percibido. No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello –Él allí- hubiera durado eternamente, porque su presencia me inundaba de tan y tal íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía. ¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después ya no estaba Él allí, ya no había nadie en la habitación, ya estaba yo pesadamente gravitando sobre el suelo y sentía mis miembros y mi cuerpo sosteniéndose por el esfuerzo natural de los músculos”.

martes, 29 de diciembre de 2020

Santa María, Madre de Dios

1-1-2021                                SANTA MARIA, MADRE DE DIOS (B)

Num. 6, 22-27; Sal. 66; Gal. 4,4-7; Lc. 2, 16-21

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

En el día de hoy celebramos la Jornada mundial de la paz. Debemos rezar por la paz entre todos los países, en las ciudades y pueblos, y en todas las familias y personas. Hemos de orar y trabajar por la paz.

En estos días de atrás escuchábamos en las lecturas de la Misa de Navidad que el Niño que nacía sería conocido como Príncipe de la Paz, y es que los discípulos de Jesús debemos de ser portadores de paz. Por eso Jesús llamará bienaventurados a quienes son portadores de la paz o a los que trabajan por la paz, “porque ellos se llamarán hijos de Dios” (Mt. 5, 9).

Veamos a continuación un ejemplo concreto de un hombre que siempre ha trabajado por la paz: San Francisco de Asís. Entre los hechos que le sucedieron hay uno que a mí siempre me llamó la atención: un soldado, Ángel Tarlati, dejó su oficio y se hizo franciscano. Él, con otros frailes, estaban en un monte llevando una vida de oración y de penitencia. Merodeaban por aquellos parajes tres bandoleros, que se dedicaban a asaltar a los transeúntes. No teniendo nadie a quien asaltar y, muertos de hambre, se presentaron con no muy buenas intenciones en la choza de los franciscanos. Al verlos Ángel Tarlati se encendió en ira y los increpó: “Asesinos y holgazanes; no contentos con robar a la gente honrada, ¿ahora queréis engullir las pocas aceitunas que nos quedan? Tenéis edad para trabajar. ¿Por qué no os contratáis como jornaleros?” Ante estas palabras los bandoleros no se inmutaron y persistían en sus intenciones. Entonces Ángel les dijo de nuevo: “Es bueno que sepáis que soy un viejo soldado y que más de una vez he partido de un tajo a canallas como vosotros. Y lo haré ahora con este garrote”. Y agarrándolo comenzó a golpearles, por lo que los forajidos escaparon precipitadamente. Los frailes se divirtieron y se rieron de buena gana con el episodio. Esta es la actuación normal de los hombres normales. Si el hermano Ángel no hubiera sido un antiguo soldado, los frailes habrían sido despojados de lo poco que tenían, pero, como él era fuerte y diestro con las armas, consiguió ahuyentarlos. Es la ley del más fuerte: es lo que imperaba en la sociedad de entonces… y de ahora.

Veamos ahora qué pasa cuando interviene un santo en este hecho. Sigo con el relato y lo tomo literalmente de un libro sobre San Francisco: “Al caer la tarde, regresó Francisco de pedir limosna, y los hermanos le contaron regocijadamente y entre risas lo ocurrido. Mientras se lo contaban, Francisco no esbozó ni la más leve sonrisa. Ellos percibieron que el chascarrillo no le hacía ninguna gracia. Entonces ellos también dejaron de reírse. Acabada la narración, Francisco no dijo ni una palabra. Se retiró en silencio y salió al bosque. Estaba agitado e intentaba calmarse. ‘¡Un soldado! –comenzó pensando-. Todos llevamos un soldado dentro; y el soldado es siempre para poner en fuga, para herir o matar. ¡Victoria militar! ¿Cuándo una victoria militar ha edificado un hogar o un poblado? La espada nunca sembró un metro cuadrado de trigo o de esperanza’. Francisco estaba profundamente turbado. Evitaba, sin embargo, que la turbación derivara mentalmente en contra de Ángel Tarlati, porque eso sería igual o peor que descargar golpes sobre los bandidos. ‘Sácame, Dios mío, la espada de la ira y calma mi tempestad’ –dijo Francisco en voz alta. Cuando estuvo completamente calmado y decidió conversar con los hermanos, se dijo a sí mismo: ‘Francisco, recuerda: si ahora tú reprendes a los hermanos con ira y turbación, eso es peor que dar garrotazos a los asaltantes’. Convocó a los hermanos y comenzó a hablarles con gran calma. Ellos, al principio, estaban asustados. Pero, al verlo tan sereno, se les pasó el susto. ‘Siempre pienso –comenzó diciendo- que si el ladrón del Calvario hubiese tenido un pedazo de pan cuando sintió hambre por primera vez, una túnica de lana cuando sintió frío, o un amigo cordial cuando por primera vez sintió la tentación, nunca hubiese hecho aquello por lo que le crucificaron’. Francisco hablaba bajo, sin acusar a nadie, con la mirada en el suelo, como si se hablara a sí mismo. ‘A todos los ajusticiados –continuó- les faltó en su vida una madre. Nadie es malo. A lo sumo frágil. Lo correcto sería decir, enfermo. Hemos prometido guardar el santo Evangelio. Y el Evangelio nos dice que hemos sido enviados para los enfermos, no para los sanos. ¿Enfermos de qué? De amor. He aquí el secreto: el bandolero es un enfermo de amor. Repartid un poco de pan y un poco de cariño por el mundo, y ya podéis clausurar todas las cárceles. ¡Oh, el amor, fuego invencible, chispa divina, hijo inmortal del Dios inmortal! ¿Quién hay que resista al amor? ¿Cuáles son las vallas que no pueda saltar el amor y los males que no los pueda remediar? Y ahora –añadió despacio y bajando mucho la voz-, yo mismo iré por las montañas buscando a los bandoleros para pedirles perdón y llevarles pan y cariño’. Al oír estas palabras, se sobresaltó el hermano Ángel y dijo: ‘Yo soy el culpable, hermano Francisco; yo soy quien debe ir’. ‘Todos somos culpables, querido Ángel –respondió Francisco-. Pecamos en común, nos santificamos en común, nos salvamos en común’. Ángel se puso de rodillas y dijo: ‘Por el amor de Dios permíteme esta penitencia’. Al oír estas palabras, Francisco se conmovió, y le dijo: ‘Está bien, querido hermano, pero harás tal y como te voy a indicar. Subirás y bajarás las cumbres hasta encontrar a los bandoleros. Cuando les divises, les dirás: «Venid, hermanos, venid a comer la comida que el hermano Francisco os preparó con tanto cariño». Si ellos distinguen paz en tus ojos, enseguida se te aproximarán. Tú les suplicarás que se sienten en el suelo. Ellos te obedecerán, sin duda. Entonces, extenderás un mantel blanco sobre la tierra. Colocarás en el suelo este pan y este vino, estos huevos y este queso. Les servirás con sumo cariño y alta cortesía. Cuando ya estén hartos, les suplicarás de rodillas que no asalten a nadie. Y lo restante lo hará la infinita misericordia de Dios’. Y así sucedió. Diariamente subían los ex bandoleros al eremitorio cargando leña a hombros. Francisco les lavaba frecuentemente los pies y conversaba largamente con ellos. Una lenta y completa transformación se operó en ellos” (I. Larrañaga, El hermano de Asís, Ed. Paulinas, Madrid 198014, 234-237).

La paz de corazón está muy unida al amor, como nos enseña San Francisco de Asís, y la paz y el amor solo pueden poseerlos quien los recibe de Dios, el cual es origen de toda paz y de todo amor. San Francisco de Asís sabía esto y por eso él procuraba estar muy unido a Dios. En Dios lo tenía todo y era un perfecto transmisor de de todo lo que Dios le daba.

Para empezar este año 2021, un año que se anuncia muy duro en el ámbito sanitario, económico y social, quiero, de la mano de María y de su Hijo Jesucristo, invocar sobre todos nosotros la bendición de la primera lectura y que San Francisco tanto usaba:

“El Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.

El Señor se fije en ti y te conceda la paz.”

AMEN (Así sea)