jueves, 18 de junio de 2015

Domingo XII del Tiempo Ordinario (B)



21-6-2015                               DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO (B)
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Queridos hermanos:
Hay una frase del evangelio de hoy que me llamó la atención. Dijo Jesús a los apóstoles que iban en la barca: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”
Pues bien, en el día de hoy quisiera hablaros de la cobardía. ¿Os consideráis cobardes ante los demás o ante algunas situaciones o cosas? ¿Os consideran los demás cobardes?
¿Cómo podemos definir la cobardía? Una de las muchas definiciones que podemos dar es ésta: La cobardía consiste en saber lo que es justo y no hacerlo. El cobarde no es el que ignora lo que es justo, sino el que, sabiéndolo, no lo realiza. Al cobarde le cuesta tomar una decisión por sí mismo. El cobarde es alguien que se escuda detrás de otros, que habla, acusa a otro sin que aquel esté presente. Se avergüenza de que lo descubran y nunca asume su responsabilidad. Es muy arrogante y agresivo cuando está en grupo o con otros que le apoyan. Pero el cobarde es muy tímido y débil para hablar con alguien frente a frente.
A continuación escribiré algunas frases de gente conocida sobre la cobardía:
“Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes prueban la muerte sólo una vez”, William Shakespeare.
“El cobarde sólo amenaza cuando está a salvo”, Michel de Montaigne (Escritor y filósofo francés) y Goethe (Poeta y dramaturgo alemán).
“Retroceder ante el peligro da por resultado cierto aumentarlo”, Gustave Le Bon (Psicólogo francés).
“Sólo los cobardes son valientes con sus mujeres”, José Hernández (periodista y poeta argentino).
“La cobardía es la madre de la crueldad”, Michel de Montaigne (escritor y filósofo francés).
- Son pocos los cristianos que hoy consideran la cobardía un pecado. Entre otras razones, esto es porque nos parece que es un asunto personal, que tiene que ver más con el carácter y forma de ser de ciertas personas. Ni siquiera nos planteamos que tenga que ver con la relación con Dios o que haga daño al prójimo. La cobardía tiene una connotación más social que religiosa. Incluso le ponemos otros nombres para endulzar esta manera de ser, como diplomacia, astucia o razón.
Hay dos textos bíblicos[1] que nos ayudarán a entender este pecado. El primero tiene que ver con Abraham, conocido por su fidelidad a Dios, hasta tal punto que está dispuesto a sacrificar a su hijo por obediencia a la voz de Dios (Gn. 22). Pero una historia menos conocida de Abraham es la que encontramos en Génesis 12,10-20, donde le pide a su mujer Sara que mienta a los egipcios diciendo que es su hermana —por miedo a que le maten.
El segundo relato de este pecado de la cobardía lo encontramos en Mateo 25,18: “En cambio, en el que había recibido un talento, tomó el dinero del amo, hizo un hoyo en el suelo y lo enterró”. La continuación de la historia nos muestra la severidad de Jesús ante la actitud de este hombre que no usó el talento que Dios le había dado.
Estos dos relatos tienen un denominador común, el miedo: es, al imaginar lo que le podía ocurrir, que Abraham tiene miedo y este miedo a lo imaginado le lleva a la mentira. El hombre que recibió un talento también se imaginó que no sería capaz de usar bien su talento, por lo que su miedo a lo imaginado le conduce a enterrar el don recibido. Estas dos historias aunque diferentes nos hacen ver dos formas de enfrentar el pecado de la cobardía: la mentira o la retirada. Ambas son dos caras de una misma realidad. En el caso de Abraham ante el peligro, su cobardía le lleva a protegerse de lo desconocido con la mentira y en el caso del hombre que recibió un talento, para protegerse de su cobardía huye de su responsabilidad enterrando su talento.
El miedo se ha conocido en todos los tiempos y culturas. El miedo es el sentimiento que aparece cuando se prevé una amenaza y puede deberse a causas externa o internas. Hay miedo al cambio, a equivocarse, temor a lo desconocido, a la soledad, a la crítica, a la hostilidad, al engaño, a no estar a la altura de lo esperado, a no cumplir con su deber, a la traición, al castigo después de una equivocación. “Tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí” (Gn. 3,10). Este miedo es el resultado del pecado de la cobardía.
Las personas con este pecado arraigado, ante el miedo a lo desconocido, usan corazas y armaduras que se llaman ‘mentira, evasión, ambigüedad’, para defenderse del peligro que les acecha. El pecado de la cobardía hace a las personas prudentes, temerosas, desconfiadas e inseguras y muchas veces incapaces de tomar decisiones, porque necesitan informaciones correctas continuamente para no equivocarse y postergan las decisiones de forma infinita. Todo cambio les asusta, por lo que este pecado distorsiona toda su manera de acerarse a lo que ocurre ya que el mundo se percibe como una amenaza para su supervivencia.
- La persona con el pecado arraigado de la cobardía empieza el proceso de la liberación de su pecado cuando se da cuenta de todas sus potencialidades, de todo aquello que tiene bueno, lo cual es como quitar la venda de los ojos a una persona. Esta fuerza lleva nombres como valentía, tomar riesgos, recursos ilimitados para actuar, etc.
Hay un libro de autoayuda que se titula ‘el caballero de la armadura oxidada’. En una conversación que tiene este caballero con el mago Merlín le pregunta: ‘¿Cuándo podré salir de esta armadura?’ Merlín responde: ‘¡Paciencia! Habéis llevado esta armadura durante mucho tiempo. No podéis salir de ella así como así’. En efecto, una vez vislumbrada la fuerza innata que se lleva dentro, se necesita la gracia de Dios para actuar. Es una realidad que, cuando una persona cobarde es tocada por la gracia divina, se convierte, no sólo en una persona que confía en que Dios proveerá, sino que también en una persona fiel a Dios y fiel en sus compromisos con aquellos que le rodean. La lealtad se convierte en una manera de vivir. El cumplir la palabra dada, la constancia en el compromiso es la fuerza de un cobarde transformado por la acción de Dios. Se puede confiar en un cobarde transformado.
La tentación del pecado de la cobardía nos acompañará a lo largo de toda la vida. Por eso debemos recordar diariamente que la transformación no se produce por casualidad. Se necesita la gracia divina y también la voluntad de arriesgarse, de contar con lo imprevisible, contar con no saber lo que acontecerá. Pues no puede haber trasformación sin riesgos.

[1] Se podrían poner más textos bíblicos sobre la cobardía: “Cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos (Mt. 10, 33). Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idolatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (Ap. 21,8).

jueves, 11 de junio de 2015

Domingo XI del Tiempo Ordinario (B)



14-6-2015                              DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (B)
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Queridos hermanos:
            El evangelio de hoy nos habla del Reino de Dios. Si miramos con atención todo el evangelio, nos damos cuenta que en muchas ocasiones Jesús nos hablaba de un Reino, el de Dios. ¿En qué consiste ese Reino? ¿Cómo es? ¿Dónde está? ¿Cómo se llega a él? ¿Cómo se entra en él? ¿Podemos entrar todos o sólo algunos? Para Jesús era tan importante el Reino de Dios que incluso lo puso en una de las peticiones del Padre nuestro: “Venga a nosotros tu Reino” (Mt. 6, 10).
            Jesús no vino a enseñarnos una nueva religión. No vino a darnos nuevas normas, ni nuevas leyes morales. Entonces, ¿a qué vino? Vino a darnos el Reino de Dios. Pero, ¿qué es este Reino? El Reino de Dios es Dios mismo que viene y se quiere hospedar en nuestra casa, en nuestros pueblos, en nuestras ciudades, en nuestros trabajos, en nuestras familias, en nuestro corazón.
            Ésta es la gran noticia de Jesús: ¡¡Dios está entre nosotros!! Que el Espíritu Santo nos conceda despejar las oscuridades que nos impiden ver el paso de Dios a nuestro lado. El sábado pasado llegaba de celebrar la Misa en la parroquia de Campos y Salave a Tapia de Casariego. Al entrar en la iglesia de Tapia para preparar todo para la Misa me fijé que delante del altar de la Virgen del Carmen había un chico rubio, delgado y alto. Estaba arrodillado mirando para el altar. Estaba descalzo. Al verme entrar y andar por el presbiterio me llamó y me dijo (en inglés) que era un hermano franciscano de Lituania. Me enseñó unas sandalias completamente rotas y me pidió que si podía darle algo de calzado. Miré lo que tenía en casa y le ayudé. Luego, antes de la Misa me pidió la bendición. Estuvo en la Misa, en la que no entendía nada. Sólo hablaba inglés. Asistió, sin embargo, con gran devoción a la misma. Al terminar, se vino a despedir y ya se marchó. Al día siguiente pensé que, con las prisas (mis prisas del día), ni siquiera se me ocurrió ofrecerle comida o una ducha. Sí, ese domingo por la mañana, al ir a pasear, me acordé de él y de mi falta de hospitalidad, pero lo viví con paz. Ese hermano franciscano dejó paz en mi corazón y confío que también su paso por estas parroquias haya servido para que Dios las bendijese. Cuando un hombre tiene la paz de Dios, allá por donde va transmite esa paz de Dios. Y eso es el Reino de Dios.
            Por lo tanto, el Reino de Dios no es un lugar, sino una persona que nos trae paz, o una persona a la que ayudamos y eso hace que el Reino de Dios se haga presente.
            El Reino de Dios es un regalo de Dios, pero al mismo tiempo es una tarea nuestra. Sí, el Reino de Dios tiene esta doble vertiente: 1) don-regalo de Dios y 2) esfuerzo-trabajo nuestro. 1) Es don y regalo de Dios. Por eso, Jesús en el Padre nuestro nos enseña a pedir a Dios que nos lo envíe: “Venga a nosotros tu Reino”. 2) Pero al mismo tiempo debemos esforzarnos en entrar en ese Reino y a la vez debemos esforzarnos en dar ese Reino a los demás. Como ese hermano franciscano de Lituania. Para él era más cómodo quedarse en su país, en su convento. No dormir por ahí, no pasar hambre ni frío. No andar descalzo, pero Dios le trajo hasta nosotros. ¿Para qué? Pues si su viaje sólo sirvió para dar un poco de paz a un párroco en Asturias y para hacerle pensar, ya mereció la pena. Al menos, para mí.
Vamos a expresar un poco mejor estas dos ideas (regalo y esfuerzo) con un sueño: “Un joven soñó que entraba en un supermercado recién inaugurado y, para su sorpresa, descubrió que Jesucristo se encontraba detrás del mostrador. ‘¿Qué vendéis aquí?, -le preguntó. ‘Todo lo que tu corazón desee’, respondió Jesucristo. Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo, el joven emocionado se decidió a pedir lo mejor que un ser humano puede desear: ‘Quiero tener amor, felicidad, sabiduría, paz de espíritu y ausencia de todo temor. Deseo que en el mundo se acaben las guerras, el terrorismo, el narcotráfico, las injusticias sociales, la corrupción y las violaciones de los derechos humanos’. Cuando el joven terminó de hablar, Jesucristo le dice: ‘Amigo, creo que no me has entendido. Aquí no vendemos frutos; solamente vendemos semillas’”.
            En efecto, Dios viene a nosotros cuando nos trae las semillas del amor, de la felicidad, de la sabiduría, de la paz, de la ausencia de miedos, del final de las guerras, de las injusticias sociales, de la corrupción y de las violaciones de los derechos humanos. Pero somos nosotros mismos, los cristianos y todos los hombres de buena voluntad, quienes hemos de acoger esas semillas que Dios nos da y plantarlas en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestros pueblos, en nuestras ciudades, en nuestras naciones, en nuestros corazones. Y entonces pasará lo que nos dice el evangelio de hoy: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas”.
¿Cuál son las características de este Reino de Dios? Nos las dice Jesús en el  llamado ‘Sermón de la montaña’ (Mt. 5-7). Aquí se establecen cuáles son los nuevos valores de este Reino: humildad, desprendimiento, mansedumbre, pureza, misericordia, sufrimiento, persecución, abandono en las manos de la Providencia divina.
Precisamente durante toda esta semana hemos estado leyendo en el evangelio el Sermón de la Montaña y lo seguiremos haciendo durante dos semanas más. Os aconsejo que leáis de corrido estos tres capítulos del evangelio de san Mateo (5, 6 y 7), y meditéis en vuestra oración personal sobre lo que Jesús aquí nos dice. Así sabremos más y mejor cómo es ese Reino que nos anuncia y que tenemos que hacer para que crezca en nosotros y entre nosotros.