Sacerdote de la Archidiócesis de Oviedo (España) Párroco de la UP de san Lázaro del Camino (Oviedo)
viernes, 10 de julio de 2020
jueves, 9 de julio de 2020
Domingo XV del Tiempo Ordinario (A)
12-7-2020 DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO (A)
Queridos
hermanos:
Explicación
de la parábola del sembrador:
-
Jesús hablaba a la gente sencilla con parábolas, con ejemplos de su vida
diaria, ya que con conceptos o ideas abstractas no lo hubiesen entendido. En la
parábola de hoy se hace referencia a una actividad muy común: la siembra de la
semilla en los campos. Alguna vez, tiempo atrás, he visto en las tierras de
Castilla cómo lo hacían[1]:
Se prepara previamente el terreno con un arado, y posteriormente el labrador
con una especie de saco pequeño atado a la cintura va caminando entre la tierra
y cogiendo la simiente con la mano la va esparciendo por entre el campo. Y es
entonces cuando sucede lo que Jesús nos cuenta: “Salió el sembrador a
sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y
se la comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra,
y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol,
se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que
crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos
ciento, otros sesenta, otros treinta”.
Y
Jesús termina la parábola con unas palabras un poco extrañas y fuertes: “El
que tenga oídos, que oiga”. Entonces se acercaron sus discípulos para
decirle que sí que habían oído, pero que no habían entendido, y que les
explicase qué quería decir con aquella parábola.
Y
Jesús les contestó: “Vosotros oíd lo que significa la parábola del
sembrador”:
*
Dios habla a los hombres en todas las circunstancias de su vida.
* Su mensaje es algo
muy humilde, muy pequeño, pero que sacia el hambre de los hombres.
* El sembrador por
el que Dios siembra es su Hijo Único, que actúa, bien directamente a nuestro
espíritu, bien a través de otras personas: de los catequistas, de los padres o
abuelos, de las religiosas, de los sacerdotes, de un libro que leemos o unas
imágenes que vemos en la TV.
* Dios siembra su
Palabra en todo el mundo; ese es su campo: La tierra entera, que ya está arada
por la sangre de su Hijo y de tantos mártires como ha habido en todos estos
siglos.
-
Y a continuación Jesús da una explicación a cada uno de los destinos de la
semilla que sale de las manos del sembrador:
* “Si uno escucha
la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su
corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino”. Hay muchas
personas que han sido bautizadas, que han ido a colegios de religiosos/as, que
han estado en el catecismo de 1ª Comunión o en catecumenados de Confirmación,
que han asistido a funerales o que en alguna ocasión han leído algún trozo de
la Biblia, que han visto con sus propios ojos necesidades de otros hombres,
que, ante el reparto de la herencia con sus hermanos, han sentido una llamada a
no ser egoístas, que... Y, a pesar de
todo esto, ¡se han quedado tan frescos! El mensaje de Dios ha sido derramado en
sus corazones una y mil veces, pero no han hecho caso ni una…, ni mil veces.
O no entienden el mensaje, o no lo quieren entender, o no quieren
comprometerse, o.... (Dice el cantante asturiano Víctor Manuel: “Déjame en paz, que no me quiero salvar, que
en el infierno no se está tan mal”). Nosotros somos muchas veces como
‘Víctor Manuel’. Estoy seguro que en uno 90 ó 95 % la semilla sembrada por Dios
en nosotros… ‘se la han comido los pájaros’.
*
“Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en
seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene
una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe”. Otras personas sí
han acogido esa semilla, esa Palabra, pero son personas inconstantes, sin
raíces y ante un sufrimiento se echan atrás: (Caso de la madre del torero[2]).
A algunos de los que estamos aquí seguramente nos ha pasado y nos pasa esto
mismo: en ocasiones tenemos un gran fervor y devoción, pero la falta de constancia, o algún
problema que nos surja…, hace que
sucumbamos o que llevemos un cristianismo mediocre. Somos personas en las
que se cumple aquel refrán que dice: “tenemos
arrancadas de caballo y frenadas de burro”.
*
“Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra, pero los afanes
de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril”. Sigue
sembrando el Señor Jesucristo y cae entre cardos alguna semilla. Yo he visto en
León estas plantas nacidas entre las zarzas: son pequeñas y no llegan a la
altura de las otras que cayeron en buena tierra, ni tienen el fruto de éstas. Hay muchas personas que creen en Dios, que
aceptan el mensaje cristiano en sus vidas, pero tratan de poner una vela a Dios
y otra al diablo. Tienen tiempo sólo para un padrenuestro de prisa mientras
se acuestan, o para ir a Misa el domingo y nada más. No se les puede pedir reuniones,
formación, ayuda en las parroquias o movimientos o cursillos o ejercicios…
¡Tienen tanto que hacer y cosas tan importantes que realizar!
Otros
se ven ahogados por sus riquezas, no pueden venir a la iglesia y, sin embargo,
sí que tienen tiempo para irse de vacaciones o de fines de semana; su dinero y
sus bienes materiales o el ansia de ellos no les deja ver a Dios. Y piensan que
les basta con decir: “Sí, creo”.
*
“Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende;
ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”. De una
semilla que cae en buena tierra salen varias semillas más. Es el fruto. Cada
uno da y produce según su capacidad. ¿Dónde tenemos que dar este fruto? En
nuestras casas y familias, en nuestros trabajos, en nuestro vecindario, entre
nuestras amigos y conocidos, en cualquier sitio en el que estemos. Somos y
debemos ser cristianos las 24 horas del día, los 12 meses del año.
*
Tú, ¿en cuál de estos grupos o de estas
tierras te ves reflejado actualmente?
[2] En una ocasión contó la madre de un torero en TV que ella
había sido muy cristiana y creyente; contó que, cuando su hijo toreaba en la
plaza, ella siempre estaba rezando para que a su hijo no le pasara nada; que en
una ocasión un toro sacó un ojo a su hijo con el asta y, desde aquel día, ella
había dejado de rezar a Dios y de creer en Dios, porque se dio cuenta de que ‘eso’
no servía para nada.
sábado, 4 de julio de 2020
Mascarillas, según los lugares
Como veis, las mascarillas pueden ser de diversos colores, modelos y con distintos niveles de protección.
Donde más protección tienen son estas que hacen en Mozambique...
viernes, 3 de julio de 2020
jueves, 2 de julio de 2020
Domingo XIV del Tiempo Ordinario (A)
5-7-20 DOMINGO
XIV TIEMPO ORDINARIO (A)
Queridos
hermanos:
-
Dice el salmo 144 que acabamos de escuchar: “Día
tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás”. También en este domingo quiero yo bendecir
a mi Dios y alabarle. Para hacerlo pido a Dios mismo que me dé su Santo
Espíritu, que me llene de su alegría, de su fuerza y esperanza; sí, pido a Dios
que llene de gozo mi boca, mi lengua y mi garganta para bendecirlo y alabarlo.
¿Qué es bendecir? Es alabar,
exaltar a una
persona o cosa
para expresar una
gran satisfacción y felicidad. En latín, la palabra ‘bendecire’, por lo general, significa trasmitir
vida o expresar buenos deseos a otra persona. También puede significar dar
gracias a alguien o reconocer la bondad de otros. Bendecir puede igualmente
significar la alabanza a Dios.
¿Qué
es alabar?
La alabanza a Dios es, principalmente, un
acto de gratitud por todo lo que Dios hace, pero más aún, porque Él es digno de
ella. Alabar a Dios implica un acto de reconocimiento de su grandeza
y señorío, así como de lo excelso, único, admirable y grandioso que es Él.
Al alabarle, proclamamos sus poderosos hechos, sus maravillas, su grandeza, su
poder y su gloria. Le ensalzamos, enaltecemos, honramos, glorificamos, y
exaltamos con admiración y gratitud; recordamos victorias pasadas y declaramos
triunfos futuros.
La alabanza es la puerta de entrada que nos conduce hacia aguas aún más
profundas y hermosas con Dios: la
alabanza nos lleva a sumergirnos en las aguas de la adoración.
-
El hombre que cree en Dios, le pide y le suplica ante sus necesidades y miedos.
El
hombre que cree en Dios y que ha recibido alguna respuesta de Él, le da
gracias.
El
hombre que cree en Dios y que siente cómo Este entra en lo más profundo de su
ser y se siente amado por Él, este hombre bendice y alaba a Dios. Y, al
bendecirle, le adora.
La
bendición a Dios, la alabanza a Dios, la adoración a Dios no son obras del
hombre, sino que son obras del Espíritu de Dios en el hombre. Son grandes dones.
Quien alguna vez ha tenido esta experiencia, sabe de qué estoy hablando. Quien
no ha tenido aún esta experiencia, no lo entenderá, pero podrá desearlo con
todas sus fuerzas.
La forma más rápida
de crecer en la fe, en la alegría, en la esperanza… es experimentar la
bendición, la alabanza y la adoración de Dios dentro de sí.
- Jesús es quien
mejor ha sentido esa presencia de Dios Padre sobre Él mismo y así, en el
evangelio de hoy, se nos narra lo que surgió de su corazón a través de sus
labios al bendecir y alabar a Dios: “Te
alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los
sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.
En este “te alabo” de Jesús se contiene una
explosión de gozo y de alegría. Jesús bendice, alaba y adora a Dios. Lo bendice por las cosas buenas que
Dios hace. Lo alaba por la gratitud
y admiración que siente por las acciones de Dios. Y lo adora con dos expresiones que pueden parecer indicar cosas
contradictorias.
1) En efecto, al llamar Jesús a Dios: “Padre”, indica la cercanía tan grande
que siente de Él en su corazón. El padre es el que está cerca, el que cuida, el
que protege, el que alimenta, el que enseña, el que da vida… Cuando estaba
destinado en Tapia de Casariego, los domingos por la tarde iba para Oviedo a
atender a mi madre, que estaba impedida y con la cabeza muy ‘perdida’. Por la
noche tenía que levantarme para cambiarla de posición y que no se llagase.
Cuando lo hacía, ella no se daba cuenta; cuando la acompañaba durante el día,
ella casi no se daba cuenta. Sin embargo, la ternura que Dios ponía en mi corazón
hacia mi madre, la cual era ya solo una mera apariencia de lo que fue, no tenía
comparación alguna con otros sentimientos de bienestar material. Ella ya casi
no conocía, no hacía nada en casa, era un ‘estorbo’ y, sin embargo, seguía
siendo mi madre, la esposa de mi padre, la madre de mis hermanos, la abuela de
mis sobrinos. Ella por sí sola, y no por lo que hacía, era quien era y quien
siempre había sido. Y todo esto se expresa con la palabra ‘madre’. Y, sin
embargo, este sentimiento y esta experiencia sigue siendo un pálido reflejo de
lo que Dios suscita en nuestro espíritu cuando toma posesión de él.
2) Cuando, a continuación, Jesús llama a Dios:
“Señor de cielo y tierra”, lo que
está indicando es que ese Dios, además de cercano a nosotros, es grandioso,
omnipotente, creador, lleno de sabiduría y de amor providente.
En definitiva, Jesús
bendice, alaba y adora al Dios cercano, cariñoso, tierno, sensible, mimoso… y,
al mismo tiempo, a ese Dios grande, todopoderoso, sabio, lleno de santidad y de
gloria… Pero, repito, esto lo dice Jesús, no porque lo piense, sino porque LO
SIENTE en lo más hondo de su ser.
- Para terminar
usaré algunas de las frases del salmo 144, que acabamos de escuchar al leer la
Palabra de Dios. Bendigamos, alabemos y adoremos a Dios con estas mismas
palabras usadas por el salmista hace ya más de 2.500 años:
“Te
ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas”.
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas”.
Asimismo
quiero repetir aquí una bendición que escribí en una ocasión a una persona. La
escribo aquí porque entiendo que va en sintonía con lo explicado más arriba.
“Beso
tu frente y te bendigo en nombre de Dios que es nuestro Padre.
Beso
tu frente y te bendigo en el nombre de Jesús,
que es su Hijo y nuestro Hermano mayor.
Beso
tu frente y te bendigo en el nombre del Santo
Espíritu, que es calor en el invierno y brisa fresca en el verano.
Y
beso tu frente y te bendigo en nombre de la Hija de Dios Padre, de la Madre del
Hijo y de la Esposa del Espíritu, María”.
Practiquemos
en nosotros con frecuencia esta bendición, alabanza y adoración hacia Dios.
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