jueves, 12 de octubre de 2023

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (A)

15-10-23                    DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO (A)

Is. 25, 6-10a;Slm. 22; Flp. 4, 12-14.19-20; Mt. 22, 1-14

Homilía en vídeo

Homilía de audio

Queridos hermanos:

            - En la segunda lectura aparecen estas palabras de san Pablo a los filipenses: Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta”. A propósito de estas palabras y de la realidad que nos rodea se me ocurren algunas reflexiones. Y es que el cristiano tiene que tener una serie de principios y de criterios claros sobre los bienes materiales:

+ La adquisición de los mismos ha de ser realizada desde la honradez, el esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad. No caben las mentiras, los robos, los engaños, las corruptelas, los ‘pelotazos’ como medios para conseguir bienes materiales.

+ El cristiano sabe que los bienes materiales son instrumentos y medios, y nunca se pueden convertir en fines ni en ‘señores’ de nuestra vida. Por lo tanto, el cristiano usará de ellos de un modo que no se cree una dependencia ni una esclavitud de ellos, ni tampoco que se conviertan en dioses, a los que hay que adorar.

+ El cristiano vivirá de modo digno y austero con esos bienes materiales. No consumirá más de lo que necesite, aunque los tenga. No dilapidará ni hará gastos sin control, pero tampoco el cristiano buscará acaparar bienes materiales por encima de todo.

+ Es legítimo que un cristiano busque y procure un ahorro con los bienes materiales sobrantes, pero el ahorro no tiene el fin de satisfacer la codicia ni el amontonamiento de dichos bienes sin más. El ahorro será buscado para satisfacer las necesidades que pueda tener en el futuro él mismo, su familia, sus amigos… Se ha de repetir que el ahorro no es ni debe ser sinónimo de acaparamiento ni de amontonar sin más propiedades y dineros.

+ Es totalmente necesario que el cristiano comparta los bienes materiales (no los suyos), sino los que Dios le ha puesto en sus manos. Para un cristiano los bienes materiales no son de su propiedad. La propiedad de los bienes materiales le pertenece exclusivamente a Dios. El hombre, el cristiano es sólo administrador de dichos bienes. Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor! (Job 1, 21). Por lo tanto, si sólo el Señor es dueño de los bienes materiales y el hombre es sólo su administrador, éste debe administrarlos según la voluntad del Propietario. Y Dios quiere que nosotros compartamos con otros hombres necesitados lo que es de Dios.

+ Podría decir más cosas, pero quiero finalizar estar parte con una idea recurrente en mí y que ya me habéis escuchado en varias ocasiones. Somos administradores de unos bienes. Sí. Pero, cuando sabemos que la muerte nos puede llegar, entonces es conveniente, y es un acto de caridad para con nuestros familiares, el realizar un testamento. A continuación voy a reseñar aquí una serie de pautas o criterios que, desde mi punto de vista, se han de hacer: 1) Siempre hay que hacer testamento. Hacer ESTE testamento, no quiere decir que no se pueda cambiar. Siempre se puede modificar. Se pueden hacer tantos testamentos como se quieran. 2) El testamento que se hace en un determinado momento mira a las circunstancias de ese tiempo concreto. Cambiadas las circunstancias, se cambia el testamento. 3) En el testamento se pueden dejar algunas cantidades para la celebración de Misas por el que otorga testamento y por sus familiares ya difuntos. También se pueden dejar algunas cantidades para que sean entregadas a personas u organizaciones a modo de donativos. Finalmente, se pueden dejar diversos legados a los familiares, según las circunstancias de los bienes y de las personas. Por ejemplo, quizás no sea conveniente dejar una vivienda al 50 % a dos hijos, que ya se llevan mal y con esa propiedad en su poder, mitad por mitad, acabarían ‘como rosario de la aurora’. A veces, es mejor dejar bienes o propiedades separadas con la plena propiedad para cada hijo, aunque alguno de ellos reciba menos que otros. Mejor poco en paz, que más en guerra.

Se podrían decir más cosas sobre el testamento, pero prefiero dejarlo aquí. Solamente me reafirmo en lo primero que dije sobre esto: SIEMPRE HAY QUE HACER TESTAMENTO.

            - En el evangelio de hoy se nos habla de un banquete de bodas. La relación entre Dios y el hombre, en lugar de ser concebida como una especie de alianza diplomático-política, o de sometimiento de la criatura al Creador, del pequeño al grande, del pobre al rico…, es presentada como una relación de amor, personal, viva, libre, pero también marcada por la infidelidad y el egoísmo del hombre para con Dios.

            Imaginaros que para el año que viene se va a casar un hijo o una hija. Con esmero preparáis las invitaciones para vuestros familiares y para vuestros amigos. Se las lleváis en mano o las mandáis por correo y… recibís la misma respuesta que el padre del evangelio: “Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. El padre volvió a mandar más criados para que les dijeran lo que iban a comer y a beber, y les rogaban que vinieran a la boda: “’Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.’ Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. ¿Cómo os quedaría el cuerpo y el alma si los familiares y amigos, que invitaseis a la boda de vuestro hijo o de vuestra hija, os respondiesen de esta manera?

            Al leer este evangelio siempre me acuerdo del tiempo que estuve de párroco en Taramundi y en ocasiones preparaba Cursillos de Cristiandad. Invitaba a los jóvenes y a no tan jóvenes al Cursillo. De cada vez invitaba a unas 100 personas, pero sólo iban, finalmente, 4 ó 5 personas. Todos tenían muchas razones para no ir y para quedarse: exámenes, atender el ganado, la cosecha, un viaje, que esperaban visita, que les daba vergüenza… En definitiva, no querían ir al banquete de bodas del Hijo de Dios.

            Nos sigue contando el evangelio que el padre no se quedó con los brazos cruzados. No quería que las mesas del banquete se quedaran vacías. Dejó de lado a aquellos ingratos y mandó a sus criados que fueran, no a las casas, no a las ciudades, no a los conocidos, sino a los cruces de caminos e invitasen, a todos los que pasaran por allí, al banquete de bodas de su hijo.

            ¿En qué grupo estamos nosotros: en el primero o en el segundo? Personalmente soy consciente que en muchas ocasiones el Señor, como sacerdote, como familiar y como amigo, me ha invitado al banquete de bodas de su Hijo y yo le he dicho que NO y no he hecho caso de su invitación. Igualmente os invito a que penséis en las numerosas veces en que el Señor, bien directamente a vuestro corazón, bien a través de otras personas os ha invitado al banquete de su Hijo Jesús, y le habéis dicho que NO.

            Pero, para mí, el evangelio de hoy no es un evangelio de condena, sino de esperanza. Esperanza porque HOY sigue siendo Dios mismo quien sale a nuestro encuentro. Tantas veces estamos perdidos por caminos y montes, y Él nos envía llamadas para que entremos en el banquete de bodas de su Hijo. Dios es el Buen Pastor del salmo de hoy, que nos busca y recoge sobre sus hombros. Como dice el profeta Isaías hablando del banquete del cielo: “El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Aquel día se dirá: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario