jueves, 19 de enero de 2017

Domingo III del Tiempo Ordinario (A)



22-1-2017                   DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (A)
            Cuando leemos este evangelio en que Jesús llama a sus primeros discípulos para que lo sigan y prediquen con él la Buena Nueva del Amor de Dios, habitualmente explicamos cómo tienen que ser los discípulos de Jesús, qué tienen que hacer, etc. Sin embargo, hoy quisiera contaros una historia en que veamos esta realidad del llamamiento de Jesús, no desde la posición de los misioneros o de los discípulos de Jesús (de los cristianos), sino desde la postura de los que tendrían que recibir el mensaje de Jesús. Es una historia que a mí me ha dejado muy intranquilo y desasosegado. Ahí va la historia:
            “Cuentan que, una vez, un misionero llegó a una tribu de paganos (gente que adoraban a otro dios), que, por otra parte, lo recibieron muy bien, cosa que no siempre pasa entre los cristianos.
Este misionero comenzó por ganarse las simpatías de aquellas gentes, tratando de conocerlos bien, antes de anunciarles la Buena Noticia del Evangelio. Convivió unas cuantas semanas con ellos, acostumbrándose a sus comidas, escuchando sus cantos, aprendiendo su idioma, y sobre todo tratando de conocer lo que pensaban y sabían sobre Dios. Y aquí se llevó una tremenda sorpresa. Aquellas pobres gentes tenían de Dios una imagen temible. Pensaba que Dios era un ser implacable, que estaba continuamente irritado, que se disgustaba por cualquier cosa y que exigía sacrificios enormes para quedar satisfecho. Su Dios no buscaba para nada la felicidad de sus fieles. Ni qué hablar de la posibilidad de amor. Estaban permanentemente atemorizados, creyéndose en falta por cualquier descuido o pequeño error en el cumplimiento de sus minuciosos deberes religiosos. Se podría decir que vivían sometidos a una oprimente superstición de la que no podían liberarse.
Una vez que nuestro misionero se percató bien de todo lo que les cuento, pensó que había llegado el momento de iluminar aquellos corazones con la verdad del Evangelio. Y en una tibia noche de luna creciente pidió la palabra, junto al fuego de la tribu. A su alrededor cantaban todos los bichos de la noche. Los perfumes del monte que los rodeaban parecían invitar a la vida y al amor. El momento no podía ser mejor para entregar el mensaje de un Dios Padre que tanto amó al mundo que le envío a su propio Hijo, no para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Y así, ante los atentos oídos de aquellas gentes asustadas por lo divino, les fue relatando los sencillos sucesos de la Encarnación, la Navidad, las parábolas, llegando finalmente al Misterio pascual, con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Los ancianos de la tribu se ponían la mano en el oído, haciendo pantalla para no perderse ni una sola palabra. Los hombres sentían que un aire nuevo, lleno de libertad y alegría, comenzaba a soplar sobre sus vidas. Las mujeres, desde las puertas de sus chozas, trataban de hacer callar a sus bulliciosas criaturas para poder atender a aquellas inauditas novedades. Copado por esta atención colmada de expectativa, el misionero sacó sus mejores recursos para pintar la bondad de un Dios lleno de amor y de ternura, que luego de darnos a su propio Hijo cuando aún éramos pecadores, ya nada nos puede negar siendo como somos ahora sus hijos queridos.
El mensaje dejó francamente estupefactos y llenos de admiración a aquellas gentes. Les parecían imposibles tantas cosas bellas juntas. Se sentían renacer a la alegría y a la paz. Ya podrían sentirse seguros en medio de las tormentas, cuando bramara el huracán o resplandecieran los relámpagos en el corazón de la noche. Si Dios estaba con ellos, ¿quién podría estar contra ellos? Porque todo, absolutamente todo lo que Dios permitiera, les había dicho el misionero, serviría para el bien de aquellos que eran amados por Dios.
Cuando el misionero terminó su mensaje se hizo un profundo silencio, cargado de preguntas pendientes. Fue el cacique quien, haciéndose eco de lo que estaba en el corazón de todos, se atrevió a interrogar:
-‘Y ¿cuándo sucedió todo esto tan hermoso que nos viene a contar? ¿Tal vez en la luna llena pasada? O tal vez hace más tiempo, ¿varias lunas atrás?’ (Se refería a uno a varios meses atrás).
El misionero se dio cuenta de que sus oyentes desconocían totalmente la historia y que no tenían noción de todo el tiempo que había transcurrido desde los sucesos vividos por Cristo de Belén a la Ascensión. Les explicó que hacía mucho tiempo que todo esto había sucedido. Que era imposible contarlo sumando lunas llenas (por meses). Que había que contarlo por soles y primaveras (por años). Cuando finalmente les logró hacer entender que los acontecimientos hermosos que constituyen la Buena Nueva del Evangelio hacía ya dos mil años que habían sucedido, y que, por tanto, los árboles más antiguos del monte aún ni siquiera habían nacido cuando todo esto pasó, sintió que sus oyentes cambiaban su sonrisa de agradecimiento por una mueca de rabia. Y fue nuevamente el cacique quien rompió el silencio diciendo:
-‘¡Desgraciados! Hace dos mil soles que esto ha sucedido ¿y ahora mismo nos lo vienen a contar? Esto es señal de que ustedes mismos no le dan importancia, o que nunca nos han querido bien. De lo contrario, hace tiempo que nos habrían buscado por todos los medios para venir a decirnos cosas que para nosotros son tan fundamentales’[1].
            Yo me he sentido retratado en esta historia. ¿Y vosotros?
            CONCLUSIONES:
1) Si de verdad es algo tan maravilloso en lo que creemos y lo que vivimos, entonces ¿por qué nos avergonzamos de ello? ¿Por qué no lo proclamamos a los cuatro vientos? ¿Por qué no lo vivimos en nuestras vidas? ¿Por qué en nuestra vida diaria luchamos y nos esforzamos más por lo material, por lo que se acaba y por nuestro ego, y no tanto por Dios? ¿Recordáis la historia que contaba en la homilía del domingo pasado[2]? En efecto para este joven es más importante su cama, su bicicleta, sus aficiones, su ego, que Jesucristo. Así somos nosotros en tantas ocasiones.
            2) Otro ejemplo: imaginaros que un amigo nuestro va a contraer matrimonio con una chica, que sabemos que no es la adecuada (por cualquier motivo). No decimos nada a nuestro amigo; éste se casa y luego salen a luz aquellos problemas y tienen que separarse y, con el tiempo, nuestro amigo se entera de que nosotros sabíamos lo que pasaba, pero no le dijimos nada. ¿Cómo reaccionará ante nosotros? Otro ejemplo, nosotros estamos en paro y sabemos de una empresa que va a contratar gente. Tenemos amigos que están en paro como nosotros, pero no compartimos con ellos esta noticia. Con el tiempo nosotros entramos a trabajar en la empresa y nuestros amigos no, por no saber nada del asunto. Cuando se enteren de todo el tema y de que nosotros conocíamos esta posibilidad, ¿cómo reaccionarán? ¿Qué pensarán de nosotros?
            Pues lo mismo pasa con la fe y el evangelio de Jesucristo: conocemos este tesoro, lo vivimos y nos alegramos con ello, pero no hacemos nada o casi nada por compartirlo con otros. ¿Qué nos dirán los que están a nuestro alrededor cuando, al morir, o tiempo antes de morir, sepan de la existencia de este tesoro y que nosotros no hemos hecho lo necesario para comunicárselo?

[1] MAMERTO MENAPACE, Cuentos desde la Cruz del Sur, PPC, Madrid 2002, 49ss.
[2] Aquel joven conocido mío al que le pregunté por qué no iba a la Misa de los domingos y que me contestó que trabajaba todos los días de la semana, sábados incluidos, y que tenía que madrugar para ir al trabajo, y que para un día que podía dormir (el domingo), por supuesto que no iba a levantarse temprano… Además, ¡para ir a una Misa! ¡Ni hablar! Y cómo a las pocas semanas de esta conversación le vi un domingo temprano andando en bicicleta por la carretera y le pregunté que cómo no estaba durmiendo y me contestó que ¡por qué no iba a practicar su afición favorita: la bicicleta!

miércoles, 18 de enero de 2017

Vídeo de cristianos recibiendo biblias

Como ya os anuncié en la homilía del domingo, voy a 'colgar' aquí un vídeo en el que se ve a cristianos chiños recibiendo biblias y con cuanto amor las besan y veneran. Allí las tienen prohíbidas, pero ellos defienden su fe a pesar de todo.


                                                          VIDEO

jueves, 12 de enero de 2017

Domingo II del Tiempo Ordinario (A)



15-1-2017                              DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (A)
BAUTISMO II
(Debemos repasar un poco lo dicho en la homilía anterior).
Una vez que tenemos claras estas cosas y estos presupuestos, ya podemos contestar más directa y claramente a las preguntas que hacía esa persona:
¿Cuál es el efecto que produce en nosotros el bautismo después de esta edad de pureza, si luego actuamos como cualquier hombre no bautizado, si nada se ve en nuestra actuar el efecto de este bautismo liberador que nos anticipó en esta vida la resurrección eterna?
¿Por qué no actúa con todo su poder sobre nuestras vidas liberándonos en la plena libertad de Dios?
¿En qué se nota en nuestra vida el bautismo?
¿Cómo actúa a día de hoy el bautismo en nuestra vida?
Según lo que se ha explicado más arriba, entre nosotros estamos haciendo la cosa al revés. Es decir, primero nos bautizamos y luego si acaso bien la fe, o no. Luego la conversión y el apartamiento de nuestros pecados, o no. Luego la comunión total con Cristo Jesús en nuestras vidas, o no. En efecto, la acción primordial del sacramento del Bautismo, de todo sacramento, procede de Dios, pero puede quedar sin fruto alguno si los hombres no ponemos de nuestra parte, o no dejamos que el Espíritu actúe en nuestro interior. Como bien decía san Agustín más arriba: Dios “no te salvará a ti sin ti”. Nuestra libertad, la que Dios nos ha regalado a todos nosotros, también a nuestros primeros padres, sirve para acoger la Gracia de Dios o también para rechazarla. Si rechazamos a Dios y la Gracia del Bautismo, tiene toda la razón esa persona cuando dice que nuestra vida no se diferencia en nada de la vida de otra persona no bautizada. Como en el caso del joven rico (Mt. 19, 16-22)[1], Cristo nos ofrece la salvación, pero nosotros podemos rechazarla sin más, aunque sea el mismo Dios (y no un sacerdote o un seglar) quien nos interpele.
Pero vamos a tratar ahora un poco la situación de los padres que piden el sacramento del Bautismo para sus hijos (bebés o niños de muy corta edad). En muchos de los casos se trata de padres que dicen tener fe en Dios, pero que no están casados por la Iglesia[2], aunque no tienen ningún impedimento para ello. Por otra parte, muchos de estos padres, estén casados o no por la Iglesia, resulta que no viven su fe en Dios eclesialmente, es decir, con asistencia regular a la Eucaristía de los domingos, con la confesión sacramental de sus pecados, con la participación en actividades de la parroquia y/o de otros movimientos eclesiales, con la lectura frecuente de la Biblia... Muchos de estos padres viven una fe un poco por libre.
Y podemos decir que los padrinos que con frecuencia traen los padres para sus hijos están en la misma línea. ¿Quiénes son o quienes deben de ser los padrinos de aquellos que van a ser bautizados? Los padrinos no son ni deben de ser simplemente los que traen regalos a sus ahijados, los que se ocupan de ellos en caso de fallecimiento de los padres, los más amigos o familiares más queridos de los padres… Los padrinos tienen que ser aquellos que han de procurar que sus ahijados lleven una vida lo más coherente posible con el evangelio (Directorio de Iniciación Cristiana de Adultos, canon 872 del Código de Derecho Canónico). Por eso, no vale cualquiera para padrino. La Iglesia pide, no de ahora, sino de siempre, una serie de requisitos para que alguien pueda asumir el papel de padrino: que tenga capacidad para esta misión e intención de desempeñarla; haya cumplido dieciséis años; que sea católico, que esté confirmado, que haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y que lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir; que no esté excomulgado (Directorio de Iniciación Cristiana de Adultos, canon 874 § 1 del Código de Derecho Canónico).
Asimismo, es muy corriente el comentario entre los párrocos y los catequistas de cómo se nota en los niños que acuden al catecismo cuando los padres o abuelos o familiares muy cercanos viven la fe con los niños. 
Por lo tanto, con los niños pasa igual que con los adultos: si no se practica esa fe, aunque esté el sacramento del Bautismo de por medio, no hay diferencia externa en la vida de un niño bautizado y la de otro niño no bautizado. El sacramento puede quedar sin fruto por el rechazo, desidia, pereza o indiferencia de los bautizados respecto a Jesús, su evangelio y toda la vida de fe.
Todo esto nos debe hacer reflexionar cómo se vive en nuestro entorno este sacramento recibido y la fe, y cómo vivimos nosotros nuestra fe y la Gracia de Dios que hemos recibido y que recibimos constantemente.

Habiendo ‘colgado’ esta homilía en mi blog, desde Argentina, Ana ha comentado lo siguiente: “¡Buenos días! ¡Mucho que pensar!... En junio bautizaron a mi nieto... Hacía mucho que no iba a un bautismo lo cual para mí era muy especial más que mi nieto formaba parte de ello... Mayor desilusión fue la mía al ver que de los seis niños que fueron bautizados ni los padres incluyendo a mi hijo y su señora ni los padrinos de todos ellos ni las familias estaban atentos a la palabra del sacerdote que tenía que pedir silencio a cada rato... Reían y sacaban fotos... Todo fue tan light..., tan frío que en ese momento le dije a mi hija y a mi esposo: ‘¡Esto es un fraude! ¿Para qué lo bautizan? Para la foto... Para la fiesta... Por las dudas por temor... ¡No lo sé!’ Lamentablemente no creo que estos niños reciban la educación cristiana que guíe su camino... Fue como presenciar una puesta en escena...
Pido a Dios la fe llegue en algún momento para estos pequeños..., pues el vacío que provoca la falta de ella es tremendo.

[1] Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes”.
[2] Con esta expresión nos referimos a haber celebrado sacramentalmente su unión.