jueves, 8 de enero de 2026

Bautismo del Señor (A)

11-1-2026                               BAUTISMO DEL SEÑOR (A)

                                                        Is. 42, 1-4.6-7; Slm. 28; Hch. 10, 34-38; Mt.3, 13-17

Homilía en vídeo.  

Homilía en audio.  

Queridos hermanos:

            Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe. Dice el Credo: “Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato”. Entre una afirmación y otra hay 33 años de vida de Jesús. Es lo que se conoce como su vida oculta y su vida pública. Pues bien de eso vamos a hablar hoy un poco.

Párrafo 3º: Los misterios de la vida de Cristo.

- “Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no habla más que de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión)” (n. 512).

“Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en los Evangelios lo ha sido ‘para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre’ (Jn 20, 31)” (n. 514). “Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros” (n. 515). El hombre de hoy busca en la vida de Jesús qué fue verdad y que fue inventado o exagerado. Al hombre le hubiera gustado saber más cosas de Jesús: qué ropa usaba, qué comidas le gustaban, qué horario tenía, quiénes fueron sus amigos en Nazaret, si se enamoró alguna vez antes de los 30 años, qué aficiones tenía, por qué no vino en pleno siglo XX o XXI cuando había más medios para anunciar mundialmente su mensaje… Pero los evangelistas escribieron otras cosas…

            - Los misterios de la infancia y la vida oculta de Jesús. Antes de la venida de Jesús, los profetas anunciaron su llegada. Todo Israel esperaba al salvador del mundo. “Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17)” (n. 524).

            “Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20)[1]” (n. 525).

            “La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. La Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos ‘magos’ venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos ‘magos’, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación” (n. 528). En estos magos, en estos extranjeros al pueblo de Israel estábamos ya representados todos nosotros.

“La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-18) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: ‘Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron’ (Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él (cf. Jn 15, 20)” (n. 530).

Vida oculta. “Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba ‘sometido’ a sus padres y que ‘progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’ (Lc 2, 51-52). Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: ‘No se haga mi voluntad...’ (Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta inauguraba ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido (cf. Rm 5, 19)” (nn. 531-532). La obediencia de Jesús nos muestra el camino para una vida también de obediencia.


[1] Aquí se narra la manifestación a los pastores del nacimiento de Jesús.

lunes, 5 de enero de 2026

Epifanía del Señor (A)

6-1-2026                                             EPIFANÍA (A)

Is. 60, 1-6; Slm. 71; Ef. 3, 2-3a.5-6; Mt. 2, 1-12

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

En el evangelio de hoy se nos dice que los Magos de Oriente “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron: después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.” Y esto es lo que hoy celebramos en la fiesta de Epifanía o de la Manifestación del Señor. El Niño Jesús, el Dios hecho hombre, es reconocido como tal por algunos hombres, y le adoran y le ofrecen sus dones.

Hace un tiempo vi un rato por la TV trozos de dos cabalgatas: una en Oviedo y otra en Madrid. *Me llamó la atención en esta última, vista desde el punto de vista de la fe, que en vez de una manifestación de fe, era un mero desfile para lucirse y alimentar los ojos (con música de brasileños y espectáculo de banderas de gente de Siena-Italia) y promesa de los Reyes Magos de procurar traer los juegos olímpicos para Madrid, en detrimento de París y otras ciudades. *Me llamó la atención que en la cabalgata de Oviedo también tenía mucho de espectáculo de desfile, pero hubo un hecho correcto históricamente y es que los Reyes Magos se arrodillaron ante la imagen del Niño a adorarlo. ¿Qué pasaría por la mente de los que hacían las veces de los Reyes? ¿Se darían cuenta de lo que representaban en aquellos momentos; adorarían realmente en su corazón al Niño Dios? Pues eso es lo fundamental, como vimos más arriba: los Magos de Oriente “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron: después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.”

            En medio de todas estas festividades mundanizadas de las Navidades, o de las fiestas de la familia, o de las fiestas de las vacaciones de invierno, o de las fiestas de la comida y de la bebida, el Espíritu Santo actúa en personas concretas y les hace pararse a reflexionar sobre sus actuaciones, sobre su vida. Aquí van dos ejemplos, por si nos pueden ayudar a nosotros.

1) Este primero es de una señora que me escribió por Internet y lo cojo hoy el mensaje: “Hola Andrés, estoy en hora tonta de tienda, de esas que la cabalgata está en pleno furor y a ratos podemos parar.- Ya tengo ganas de que pase.- Este año y por vez primera, no he gastado ni un ‘chabo’ para nadie; no me sale, y he decidido que sin ver necesidad, ni tener ilusión, es una tontería.- Bueno, son cosas mías.- Espero mañana con la pregunta de ver qué hace mi familia, pues es justo la antítesis de toda la vida. Hasta otro  momento.”

2) Otra persona me escribió al principio de las Navidades y me dice esto: “Como sabes he pasado por una infancia dura. He vivido la violencia a mi alrededor y en carne propia. He tenido suerte porque mi madre, que había vivido una infancia en un hogar cristiano, no se venía abajo y luchó por sacarnos adelante a sus 4 hijos. Mi padre no era malo, simplemente no sabía  amar. Y yo, además, era el paño de lágrimas y el desahogo de mi madre. Una niña teniendo que cargar con los problemas de los adultos. Está claro que todo esto te hace ser de una manera particular: Un sentimiento de "justicia" hipertrofiado, un hambre de amor y atención que no se sacia con nada. Miedos, inseguridades, rencores, evasiones y huidas... Dolor y pecado. He estado haciendo un ejercicio que viene en el libro ‘Encuentro con Jesús’, de Marcelino Iragui sobre el perdón. He hecho la lista de las personas por las que me he sentido herida y, voy por la mitad o un poco menos, y me he dado cuenta que tenía muchas cosas contra mis hermanos. Así que he pensado que todas las Misas a las que he ido no han debido servir para mucho, pues mi ofrenda ante el altar estaba contaminada con el odio y el rencor. Te copio la oración que hago por cada persona por la que me he sentido herida: ‘X, una vez me sentí herida por ti, probablemente porque no te comprendí bien. Si no lo hice antes, ahora te perdono de todo corazón, y te pido perdón por haberte juzgado. Señor Jesús, que ves el pasado como el presente, sana cualquier herida que quede en mí y en X desde entonces. Que tu amor penetre plenamente esa parte de mi vida y de la suya. AMÉN.’”

            ¡Qué esta celebración nos ayude a adorar al Niño Dios en verdad y sencillez!

jueves, 1 de enero de 2026

Domingo II de Navidad (A)

4-1-2026                     DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD (A)

Eclo. 24,1-4.12-16; Sal. 147; Ef.1, 3-6.15-18; Jn. 1, 1-18

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Esta homilía de hoy deseo comenzarla con un cuento japonés y cuál es la reacción que provoca dicho cuento en la mentalidad occidental, y de aquí poder profundizar en el mensaje evangélico. Vamos allá.

Se trata del cuento del tigre y las fresas.

Es muy diferente la manera de vivir la vida y enfrentarse a los hechos desde un colombiano y un japonés. Hubo un chico colombiano que vivió unos años de su niñez y adolescencia en Japón. Allí fue al colegio y no entendía los cuentos que allí se narraban y que, según su apreciación, quedaban incompletos. En cierta ocasión un maestro les contó el cuento del tigre y de las fresas. Decía el maestro: La vida es como un hombre que huía de un tigre; el tigre lo va a alcanzar para comérselo. El hombre está aterrorizado y no ve ninguna salida. En un momento el hombre toma una decisión y, estando oscuro, se lanza por un abismo. Al caer por el abismo logra aferrarse a una rama y queda colgando de ella. El hombre tenía la esperanza que al día siguiente, en cuanto se hiciera de día, pudiera descolgarse de la rama y bajar hasta ponerse a salvo. Tal vez no estuviera tan lejos del suelo y hubiera una forma de bajar de allí. Toda la noche la pasó amarrado a la rama. Al día siguiente salió el sol. Miró abajo y vio que podía descolgarse y llegar al suelo, pero había un problema: el tigre estaba abajo esperándolo. El hombre era su presa y el tigre no iba a desistir de agarrarlo y comérselo. Justo en ese momento –cuenta el maestro- el hombre descubrió que frente a él había unas plantas de fresas silvestres muy hermosas. No las había visto por la oscuridad de la noche. Eran unas fresas grandes y jugosas. El hombre extiende la mano y ve que están maduras. Coge algunas y las mete en su boca y así calma su sed… Y aquí termina la historia del cuento. Así lo dice el maestro. Este era el final.

Los niños japoneses asienten todos y dicen: ‘Ah, sí. Qué ricas las fresas’. Y yo, el único alumno colombiano, sin entender nada, pregunté: ‘¿Y el tigre?’ Lo pregunté en varias ocasiones, pero el resto de los niños, japoneses ellos, no me contestaban ni me hacían caso. No les importaba lo del tigre. El maestro contestaba a mi pregunta: ‘Así es la vida. Continuemos con la clase’. Volví a preguntar: ‘¿Y el tigre?’ Y me contestaba el maestro: ‘El tigre no importa. Importa la fresa’. Yo insistí diciendo que no importaba la fresa, sino el tigre. Nadie me respondía para mi extrañeza y todos se concentraban sin más en la clase.

Yo no podía pensar más que en el tigre. Yo era latino y veía a un señor colgando de una rama, un tigre abajo que quería merendárselo. Las fresas no me importaban; no eran lo esencial en un caso como el que maestro nos dijo. Yo decía: ‘O matamos al hombre o lo salvamos, pero pongamos un fin a este cuento’. Yo seguía dándole vueltas y preguntaba a los maestros por qué aquel cuento no tenía final. ‘El final es que aquel hombre encontró una fresa y el tigre no importa’, me repetían.

Pasado un tiempo, me llamó el maestro y me dijo que fuera donde él, pues iba a explicarme para que yo dejara de preguntar sobre el tigre. Me dijo que el tigre era la muerte, la muerte nos va a alcanzar a todos, pero eso no importa. Las fresas simbolizan esas pequeñas cosas de la vida, que nadie nos puede quitar. Y por eso hay que disfrutar de la vida. Un día descubrirás que este es el mejor momento de tu vida, cuando estás estudiando. El colombiano no le creyó.

Pasaron los años y un día el colombiano reflexionó sobre esta historia. Hoy sabemos que nuestro tiempo de estudio fue el mejor momento de nuestra vida, pero que no lo disfrutamos por estar pensando en el tigre. ¿Sabéis cuál es el tigre? Pues el viernes, el fin de semana. Pues pensamos: ¿cuándo va a ser viernes? Pensamos qué pena. Hoy es lunes, martes, miércoles, jueves… El viernes llega, pero con mucha desesperación. Luego pasa enseguida el viernes, sábado y el domingo, y llega de nuevo el lunes. Por estar pensando tanto en el tigre no disfrutamos de los lunes, que tiene también sus fresas. No importa el día que es. Existen cosas en la vida que tú debes disfrutar. Esas cosas pequeñas que nadie nos puede quitar y que nosotros podemos disfrutar. Todo esto quiere decir que, no es que no haya que pensar en la muerte, pero la muerte no es lo único en lo que hay que pensar. Colorín, colorado…

- Con la luz que nos da la razón natural podemos comprender el mensaje de este cuento japonés: disfrutar de esas pequeñas cosas buenas que nos rodean cada día, como son los acontecimientos, el haber podido descansar por la noche, el poder caminar, el que nos sepan bien los alimentos (medicación oncológica que quita el sabor de los alimentos), el disfrutar de una conversación, el estar al lado de familia o de amigos… Es verdad que hay cosas malas, o que nos acecha lo malo en un futuro próximo, pero que eso no nos impida disfrutar de las cosas sencillas que tenemos a nuestro alrededor o en nosotros.

- ¿Y qué hacemos con el tigre, con la muerte que se va acercando y nos va a  devorar? Además de la luz que nos da la razón natural, nosotros los cristianos tenemos otra luz. De ella nos habla el evangelio de hoy: “La Palabra (es decir, Jesús) era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre”. Esta Luz nos dice que, después del tigre (la muerte) están las FRESAS (es decir, la Vida eterna). El tigre no va a poder devorarnos por entero. Moriremos, sí, pero volveremos a la Vida, no a esta de nuevo, sino a otra que no se acaba. Moriremos, sí, por nuestros pecados, pero seremos limpiados para siempre y el pecado, el sufrimiento, la ira, la inquina, el miedo… se acabarán para siempre. Porque tendremos las FRESAS ETERNAS, es decir, la VIDA ETERNA. Y esto lo sabemos por la Luz que Jesús, que es la Palabra que vino de parte de Dios nos lo ha dicho, y su palabra es verdadera, porque se cumple.

- Si esto es así, esa Luz verdadera nos dice que no solo podemos disfrutar de las FRESAS ETERNAS después de nuestra muerte. También ahora podemos disfrutar de ellas. Es cierto que, con la luz que nos da la razón natural, en vez de disfrutar de las pequeñas sencillas de la vida, podemos tener la tentación de disfrutar de un modo engañoso. ¿Engañoso, cómo? Pues metiendo la cabeza bajo el ala y negándonos a ver la realidad que nos rodea sin ver que estamos colgados de la rama de un árbol en el precipicio, que un tigre nos espera abajo para devorarnos en cualquier momento, etc. No, con la Luz verdadera veamos toda esa realidad compleja, doliente… que nos rodea, pero vivamos con esperanza en que Jesús nos da FRESAS VERDADERAS, tanto después de nuestra muerte, como ya aquí. Lo he dicho muchas veces y lo repito una vez más: quienes tenemos fe somos capaces de encarar la vida, con todo lo bueno y lo malo, mejor y de otra manera que aquellas personas que no tienen el privilegio de la fe. Así lo reconocen médicos y psiquiatras ateos[1].


[1] La relación entre la medicina, la psiquiatría y la fe ha evolucionado mucho. Antiguamente, figuras como Sigmund Freud veían la religión como una "neurosis obsesiva", pero la visión actual de la mayoría de los profesionales ateos o agnósticos es mucho más matizada y pragmática. Desde una perspectiva científica y clínica, esto es lo que suelen observar y decir: Ven la fe como "Factor de Protección". Incluso los psiquiatras más escépticos suelen reconocer que la fe funciona como un potente recurso psicológico. En medicina, se observa que las personas con fe suelen tener: Mayor resiliencia: Una estructura de creencias proporciona un "porqué" al sufrimiento, lo que facilita procesar traumas o enfermedades crónicas. Menores tasas de depresión y suicidio: La fe suele ofrecer un marco de esperanza y, sobre todo, un fuerte sentido de comunidad (apoyo social)

lunes, 29 de diciembre de 2025

Santa María, Madre de Dios (A)

 1-1-2026                                 SANTA MARIA, MADRE DE DIOS (A)

Núm. 6, 22-27; Slm. 66; Gal. 4,4-7; Lc. 2, 16-21

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            - Coinciden en el día de hoy dos celebraciones. La primera es la de Sta. María, Madre de Dios. Sabéis que algunos cristianos no creen en Jesús como Dios, sino sólo como hombre. También los Testigos de Jehová dicen que Jesús es hombre, pero no Dios. Desde esta perspectiva, María sería la madre de un hombre muy bueno, pero hombre solamente. Sin embargo, para nosotros los católicos Jesús es, tanto hombre como Dios; es la segunda persona de la Santísima Trinidad, y como María es la madre de ese Jesús, Dios y hombre, afirmamos que es la madre de Dios. Esto ya se cree desde los primeros siglos de la Iglesia Católica y por eso en la oración del Ave María decimos: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros¼”

            - La segunda celebración que hacemos en el día de hoy es la Jornada de la Paz. El Papa Juan Pablo II, recordando el mensaje de 1997 para este mismo día, cuyo lema era: “Ofrece el perdón, recibe la paz”, asegura que existe una estrecha vinculación entre ambas cosas. Cuantas veces alguien que se recomía por dentro con deseos de venganza, no podía ni conciliar el sueño y se veía atacado por todos lados por la persona odiada. Pero después de que, por gracia de Dios, pudo perdonar, enseguida recibió en sus carnes la paz. Recuerdo que en la guerra civil española mataron a un seminarista de Luanco y, antes de que lo prendieran, el seminarista viendo que lo iban a matar, dijo a sus padres que tenían que perdonar. Por fin, lo mataron y el padre nunca podía perdonar a aquellos hombres que le habían arrebatado a su hijo. Cuenta una hermana del seminarista lo siguiente: "Una vez, tendría yo unos 12 años, oí una conversación a mis padres. Resulta que mi padre había ido a confesar con D. Fausti­no, que estaba de sacerdote en Luanco, y D. Faustino, que era el párroco, le decía que tenía que perdo­nar, y él que no podía. Y que pegara un puñetazo en la mesa del despa­cho de D. Faustino. Que él quería perdonar, pero que no podía. Estuvieron algo distancia­dos, pero después rehicieron las amista­des.

            Yo creo que mi padre nunca los perdonó, pero sí cuando murió. Porque mi padre, cuando él ya se vio que iba a menos y antes de no poder hablar, él dijo a mi madre que quería confesar, que quería hacer una confesión general. Yo fui a buscar el sacer­dote. Tendría yo unos 25 años. Yo sé que mi padre hizo una buena confesión, porque, cuando el sacerdote marchó, yo estaba preocupa­da. Me preguntaba si mi padre los habría perdonado, porque su obsesión era ésa. Él le decía a mi madre que él que quería, pero que no podía, que se le revolvía algo. Que no podía perdonar, porque se acordaba de las puñaladas que le habían dado al hijo. Y entonces cuando marchó el sacerdote, yo hablé con el sacerdote y le dije: "-Oiga, mi padre siempre dijo que no perdonaba. Iba a misa, iba a todo, pero siempre dijo que no perdonaba a los mataron al hijo". Dijo: "-Tú estate tranquila, Covadonga. Tu padre ha hecho una buena confesión. Tu padre ha perdonado a todo el mundo". Entonces yo ya quedé tranquila y entré en la habita­ción y vi a mis padres abrazados los dos y llorando y me di cuenta de que mi padre quedara con mucha tranquilidad. Entonces yo pensé que sería mi hermano el que le diría: "-Vas a morirte. Confiésate y perdona, porque, si no perdonas tú, cómo va a perdonarte Dios"".

            En el mundo de hoy en el que se dan tantos enfrentamientos a nivel personal, a nivel familiar, a nivel del trabajo, a nivel de la sociedad, a nivel de diversos países. Frente a todo esto, los cristianos debemos descubrir esta gran verdad: somos mensajeros de paz y constructores de paz con las obras del amor.

            El Papa Juan Pablo II dijo en un mensaje un día como hoy:

“En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas.

            La propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se acepta fácilmente; es un mensaje en cierto modo paradójico. En efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. El perdón podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador.” (Juan Pablo II, Mensaje de la Jornada por la Paz, 1 enero de 2002).

            Recuerdo que en el siglo XIX hubo una especie de enfren­tamiento en una zona de Cataluña: pueblos contra pueblos, fami­lias contra familias. Después de diversas muertes, se llegó a una tregua y a una paz de cementerio, pero con los odios encerrados en los corazones de todos. Llegó por allí un fraile dominico, Francisco Coll (fundador de las Dominicas de la  Anunciata), y tenía que predicar una misión popular. La iglesia estaba llena de gente con los ojos atentos a lo que dijera el fraile; la tensión se cortaba con un cuchillo. Entonces él empezó diciendo: "Pobres madres..., pobres hijos....., pobres espo­sas..." Y siguió así de tal manera que en seguida toda la iglesia se llenó de lágrimas y suspiros, y comenzó a predicar sobre el perdón mutuo. Al final del sermón todos se abrazaban y hubo un perdón general de unos para otros y en aquel pueblo se pudo vivir en paz. Sólo el perdón trae la paz verdadera. Cuando no hay muertes, pero hay odio, no es la paz de Dios, es la paz de los cementerios.

            ¡Que el Señor nos conceda el perdón por nuestros pecados, el poder perdonar a los que nos han ofendido, y así alcancemos la paz de Jesucristo, según se nos dice en la primera lectura!