miércoles, 7 de diciembre de 2022

Inmaculada Concepción (A)

8-12-22                                INMACULADA CONCEPCION (A)

Gen. 3,9-15.20; Slm. 97; Ef. 1, 3-6.11-12; Lc. 1, 26-38

Homilía en vídeo. 

Homilía en audio. 

Queridos hermanos:

            * El evangelio de hoy nos habla del embarazo de María. María quedó embarazada en primer lugar en su mente, en segundo lugar en su corazón y en su espíritu, y en tercer lugar en su vientre.

1) María quedó embarazada en su mente. El embarazo no fue algo impuesto por Dios en María, y eso que podía ordenarlo y hacerlo, dado que Dios es todopoderoso y ella era apenas una niña. El ángel enviado por Dios expone y explica a María todo lo que va a pasar. Primero le habla sobre ella misma: le dijo que la noticia que le traía era motivo de gran alegría, que Dios estaba con ella desde siempre, que Dios la había llenado de dones en su persona y que era bendita entre todas las mujeres, las que había habido hasta entonces y las que habría a partir de ella.

Luego el ángel le fue diciendo cosas de su hijo: el nombre que le pondría, y qué sería de él en esta vida. Lo mismo que una pareja o una mujer o un hombre piensa en el hijo o hijos que tendrán un día y qué nombres les pondrán y qué será de ellos y a qué colegio los mandarán y cómo los educarán, y dónde los bautizarán, y dónde harán la primera comunión… Lo mismo que una pareja o una mujer o un hombre tiene planes para su hijo, también Dios tenía planes hechos para su Hijo, Jesús. Por esto, el ángel logró, con sus palabras y con su relato, que María pensase en un hijo; logró que pensase cómo podía ser su hijo y qué podría hacer en este mundo su hijo… como cualquier mujer que esté abierta a la maternidad.

2) María quedó embarazada en su corazón y en su espíritu. Las palabras del ángel no se quedaron simplemente en cabeza y en la mente de María, sino que pasaron a su corazón y a su espíritu. En efecto, cuando ella oyó al ángel, María notó que su ser deseaba aquello; deseó a ese hijo para sí y preguntó el modo en que podía llegar a alcanzar lo que deseaba. Preguntó: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?” El ángel no engaña a María ni le da falsas esperanzas. Tampoco deja que María se quede a ras de tierra, ya que ella pensaba (como cualquiera de nosotros) que, para tener un hijo, necesitaba un hombre que la dejara encinta. El ángel le dice que su embarazo será cosa de Dios; será Dios quien ponga la semilla en su vientre, pues para Dios todo es posible. Por eso digo que María quedó embarazada en su corazón, porque ante la descripción que el ángel le hacía de su futuro hijo, ella empezó a amarlo. Pero María también quedó embarazada en su espíritu, pues el Padre de su hijo, su Esposo no iba a ser un varón humano, sino el mismo Dios. Su espíritu se llenó del Espíritu, y ella creció y profundizó en su relación con Dios.

3) María quedó embarazada en su vientre. Una vez que María conoce en su mente lo que puede pasar en su persona y con el fruto del embarazo; una vez que María ama, desea y anhela en su corazón y en su espíritu lo que puede pasar en su ser y con el fruto de su embarazo, entonces ella dice las palabras mágicas de toda criatura ante su Creador, ante Dios: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y en ese momento, Dios que había fecundado ya su mente, su corazón, su espíritu, en ese momento Dios fecundó su vientre y María quedó embarazada del Hijo de Dios, del que conoceríamos tiempo después como Jesús.

            * Quisiera ahora fijarme en la primera lectura que hemos escuchado, del libro del Génesis. En un primer momento de mi vida yo pensé que las palabras de la Biblia se referían siempre a hechos pasados, pero ahora sé que esto no es toda la verdad. La Biblia es un libro tremendamente actual y que nos habla también de nuestra vida aquí y ahora, de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro.

En la primera lectura se nos muestran las consecuencias del pecado de Adán y de Eva:

- Del pecado viene un sentimiento de vergüenza. “Entonces se les abrieron los ojos, se dieron cuenta de que estaban desnudos, entrelazaron hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores.” Nuestros ojos dejan de tener limpieza y vemos nuestros defectos y sobre todos los defectos de los demás. Vemos nuestros “michelines” y los de los demás. No queremos que nos vean tal y como somos para que nadie nos juzgue, porque nosotros también juzgamos a los demás, y los demás se tapan, se esconden, se maquillan… lo mismo que nosotros.

- Del pecado viene el esconderse de Dios. “Oyeron pasos del Señor Dios que se paseaba por el huerto al fresco de la tarde, y el hombre y la mujer se escondieron de su vista entre los árboles del huerto.” El pecado nos aparta de Dios y de las cosas de Dios. Luego me justifico diciendo que la Iglesia no se moderniza, que los curas hacen esto o lo otro, que la religión provoca las guerras y los actos de terrorismo…, pero, sobre todo, esa justificación me esconde de Dios y de lo sagrado ante mi propia vida, que no es la más correcta.

- Del pecado viene la acusación y el echar las culpas a los otros. Adán le echa la culpa a Eva (“La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol, y comí”)[1]; Eva le echa la culpa a la serpiente (“La serpiente me engañó, y comí”).

- Del pecado se siguen consecuencias para la serpiente (“serás maldita entre todos los animales y entre las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida”); consecuencias para Eva (“multiplicaré los dolores de tu preñez, parirás a tus hijos con dolor, desearás a tu marido y él te dominará”); consecuencias para Adán (“con fatiga comerás los frutos de la tierra todos los días de tu vida. Ella te dará espinas y cardos, y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, de la que fuiste formado, porque eres polvo y al polvo volverás”[2]).

            De la misma manera cualquier pecado que cometamos trae una serie de consecuencias para nosotros mismos… y para los demás. Voy a reseñar aquí un caso que me dio mucho que pensar y que es bastante ilustrativo de estas ideas que os estoy diciendo. Recuerdo que, estando yo de cura en Taramundi (1987), una chica de unos 16 años me preguntaba que por qué no podía relaciones sexuales con un chico, por qué la Iglesia era tan “carca” en sus ideas sobre este tema. Yo le exponía razones, pero no quedó convencida. Al poco tiempo me llamaron sus padres para que fuera a su casa y me encuentro a los padres, a la chica y a un chico de su misma edad. Habían tenido los dos relaciones sexuales y ella estaba embarazada. Los padres insistían en que debían de casarse (en otros casos se sigue el aborto). En definitiva, de practicar el sexo a los 16 años, vino en este caso concreto un embarazo no deseado, de este vino un matrimonio acelerado con una inmadurez importante en ambos adolescentes, vino un sufrimiento en los padres y en los mismos adolescentes, vino el no terminar sus estudios y tener que ponerse a trabajar, vino el truncar su juventud en sus inicios, vino una convivencia calamitosa en el matrimonio y posterior fracaso, vino el traer a la hija de estos adolescentes de un lado a otro para las visitas reglamentarias, vino el que la chica se vio a los 18 años con una hija, con un matrimonio, con una separación, con una vida rota.


[1] Cuando Adán conoció a Eva era “hueso de mis huesos, y carne de mi carne” (¡qué piropo más precioso, de un hombre para una mujer!) y, sin embargo, ahora es “ésa”, la que me hizo caer; era “ésa” que Tú me diste. También Adán le echa la culpa a Dios.

[2] En estas últimas palabras se indica que el ser humano morirá. Antes del pecado no moría; ahora sí.

jueves, 1 de diciembre de 2022

Domingo II de Adviento (II)

4-12-2022                                2º DOMINGO ADVIENTO (A)

Is. 11,1-10; Sal. 71; Rm. 15,4-9; Mt. 3,1-12

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

EN EL AUDIO PREDIQUÉ OTRA HOMILÍA COMPLETAMENTE DISTINTA A LA ESCRITA Y ME GUSTÓ MUCHO MÁS QUE LA ESCRITA.

Queridos hermanos:

            En este segundo domingo de Adviento se nos presenta en el Evangelio la figura de Juan Bautista. Él fue quien mejor, junto con la Virgen María, preparó la venida del Hijo de Dios, de la segunda persona de la Santísima Trinidad. Fijémonos en él para que nos sirva de modelo para este Adviento.

            Los judíos acudían de toda Judea a verlo y a escucharlo. Vayamos nosotros también al río Jordán en donde Juan bautiza y predica. Fijémonos bien en lo que vemos y oímos, puesto que después tendremos que contarlo a otros.

- ¿Qué vemos? Nos dice el Evangelio que “Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Para seguir a Jesús tal y como Él quiere de nosotros tendríamos que vivir únicamente con lo necesario, es decir, con austeridad, pero… ¡estamos llenos de tantos “cacharritos” [1]! Que si esta prenda debe conjuntar con esta otra, que si a este traje le viene bien estos complementos, que si hay que probar la comida en este restaurante o hay que tener en casa esta comida o bebida… Nos llenamos de mil preocupaciones y necesidades que nos quitan tiempo y energía para lo fundamental. Y hemos de recordar las palabras de S. Pablo: “teniendo qué comer o con qué vestirnos, ya nos es suficiente” (1ª Tim. 6, 8). Por lo tanto, lo primero que hemos de fijarnos y procurar imitar de Juan Bautista es la austeridad de vida. Solo el austero posee la libertad para escuchar al Señor y le será más fácil seguirlo. Sino recordad al joven rico, el cual no pudo, ni quiso seguir a Jesús, porque tenía que dejar muchas cosas. A estas alturas de su vida, ¿para qué narices le sirvió y sirve todo lo que tenía? Muchas veces nos parecemos a los faraones de Egipto, que amontonaban víveres y joyas para llevárselo a la tumba para después de muertos. Y cuando se abrieron las tumbas… allí estaba todo, sin usar, salvo las tumbas que habían sido saqueadas por los ladrones de todos los tiempos[2].

            - Ahora vamos a escuchar lo que nos dice Juan: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos […] Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. La palabra “conversión” es muy rica en significados. Supone un cambio de mentalidad, de corazón, del centro de nuestras decisiones e implica tres aspectos: pasado, presente  y futuro.

* Pasado. Hay tres errores muy comunes respecto a posicionarnos con nuestro pasado: 1) Hacer como que nuestro pasado nunca existió, y negarlo sistemáticamente. 2) Anclarse en el pasado y nunca salir de ahí. 3) Echar la culpa a los otros (padres, hermanos, compañeros de clase, profesores, jefes, novios/as…) de todo el mal  que nos sucede y de nuestra situación actual. ¿Cuál ha  de ser la postura correcta ante nuestro pasado? No tengamos miedo de ver nuestros errores y pecados, nuestra historia y nuestra familia, quizás no tan ideal. Algo nos dice que no podremos cambiar, que todo seguirá igual, pero no es cierto. Dios nos enseña a mirar sin acritud ni miedo nuestro pasado y a aceptarlo con paz, pidiendo perdón por nuestros errores y dando gracias por lo bueno que encontremos en él.

* Presente. Seamos conscientes que tenemos la edad que tenemos, la historia, la familia, el trabajo, la jubilación y la salud o la enfermedad que tenemos, y creer realmente que es posible el cambio. Para ello hemos de tener la libertad de despojarnos de las cosas que poseemos y tenemos en nuestras manos, pero más aún de lo que está agarrado a nuestro corazón; tenemos que hacer un vacío interior para que sólo Dios pueda llenarlo. Hemos de desear más a Dios que al oro, al euro, a la salud, al éxito profesional, que a la persona amada. Hemos de desear a Dios más que a todo. Que Dios sea nuestro centro y que lo ocupe todo, y sólo así las personas que nos rodean y las cosas que usamos estarán en su justo puesto.

* Futuro. Todo esto que  acabamos de decir solo tiene sentido si es para recibir al Señor, para que habite en nosotros el Reino de Dios. Dios da sentido a nuestra existencia.

            Un hombre convertido es un hombre distinto. Se vuelca y se dirige solo a Dios. Lo otro no le importa. Es un hombre libre y por eso puede decir, como Juan Bautista, a los ricos e importantes de su tiempo: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión”.

            - Solo el hombre austero, convertido a Dios y libre, como Juan Bautista, está en la disposición correcta para recibir a Jesús en este Adviento, en esta Navidad y siempre.


[1] Caso de chico que fue de peregrinación a Santiago de Compostela en el Año Santo Jacobeo de 1993 y llevaba consigo muchas cosas al inicio de su caminar, pero las fue dejando (las tuvo que ir dejando), ya que le pesaban, le estorbaban y le impedían caminar con soltura y comprometían su llegada a Santiago. Al final de la peregrinación se dio cuenta de una cosa sorprendente: ¡Con qué poco se puede vivir!

[2] Resulta muy curioso el fenómeno vivido en estos días del “Black Friday” (‘viernes negro’), que, “aunque nació en Estados Unidos y España se sumó a la moda hace solo cuatro años, en nuestro país el viernes negro de descuentos ya casi se celebra con más ímpetu que en su lugar de origen. Esta jornada se ha convertido en una especie de Día Mundial del Consumo y ya es el segundo día de más compras del año, compitiendo con Reyes y por delante de Papá Noel. El furor consumista se clausurará este lunes con el llamado ‘Cyber Monday’, día pensado en origen para las rebajas en el comercio online” (El Mundo 26-11-2016).

viernes, 25 de noviembre de 2022

Homilías semanales EN AUDIO: Semana XXXIV del Tiempo Ordinario

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Salmo 23; Lucas 21, 1-4

Homilía Presentación de la Virgen María



Apocalipsis 14, 14-19; Salmo 95; Lucas 21, 5-11

Homilía santa Cecilia



Apocalipsis 15, 1-4; Salmo 97; Lucas 21, 12-19

Homilía miércoles XXXIV del Tiempo Ordinario



Apocalipsis 18, 1-2.21-23; 19, 1-3.9a; Salmo 99; Lucas 21, 20-28

Homilía jueves XXXIV del Tiempo Ordinario

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    


Apocalipsis 20,1-4.11-15; Salmo 83; Lucas 21, 29-33

Homilía viernes XXXIV del Tiempo Ordinario